Blog de Arinda

OBJETIVO :En este Blog vas a encontrar mis producciones en pintura y escultura. Además, material recopilado a través de mi trabajo como maestra, directora e inspectora, que puede ser de interés para docentes y estudiantes magisteriales .

viernes, 15 de junio de 2012

CUENTOS FAMOSOS PARA NIÑOS -


Juana Spyri





ÍNDICE
I.-----------Camino de los Alpes 6
II.----------En casa del abuelo     17
III.---------    Una jornada en los Alpes 25
IV.---------    La casita de la abuela 31
V.----------    Visitas inesperadas     40
VI.---------Cosas nuevas y asombrosas     49
VII.--------La señorita Rottenmeier pasa un día agitado 56
VIII.-------Siguen las sorpresas en casa del señor Sesemann  67
IX.---------El regreso del señor Sesemann 73
X.----------La abuelita de Clara 77
XI.---------Pérdidas y ganancias 84
XII.--------    Fantasmas en casa del señor Sesemann 87
XIII.-------Camino de los Alpes en un atardecer de verano 91
XIV.-------El domingo cuando las campanas suenan 100


I. CAMINO DE LOS ALPES





Desde la risueña y antigua ciudad de Mayenfeld parte un sendero que, entre verdes campos y tupidos bosques, llega hasta el pie de los Alpes majestuosos, que dominan aquella parte del valle. Desde allí, el sendero empieza a subir hasta la cima de las montañas a través de prados de pastos y olorosas hierbas que abundan en tan elevadas tierras.
Por este camino subían, cierta mañana de sol del mes de junio, una robusta y alta muchacha de la comarca y, a su lado, cogida de la mano, una niña, cuyo moreno rostro aparecía sonrojado de ardor. No era sorprendente que así ocurriera porque, pese al fuerte calor, la pobre niña iba arropada como en pleno invierno. La pequeña no tendría más de cinco años: estaba tan sofocada, que apenas si podía avanzar.


 

Una hora después llegaron a la aldea de Dörffi, situada a mitad del camino a la cima. Era el pueblo donde la joven había nacido y pronto empezaron a llamarla de todos los lados. Abriéronse las ventanas, aparecieron las mujeres del pueblo en el umbral de sus casas. Mas la joven no se detuvo con ninguna. Se limitaba a contestar a los saludos y a las preguntas y no aminoró la marcha hasta que estuvo frente a una casita del otro extremo de la aldea. Una voz la llamó desde dentro. La puerta estaba abierta.

 —¿Eres tú, Dete? Espera un momento; podremos ir juntas si vas más lejos.
Salió de la casa una mujer alta, de aspecto joven y agradable.


 La niña echó a andar detrás de las dos amigas. —Pero, Dete, ¿dónde vas tú con esta pequeña? —La llevo al Viejo; se quedará con él.
—¡Cómo! ¿Quieres que esta niña se quede con el Viejo de los Alpes? Me parece que has perdido el juicio, Dete.
—¡No faltaría más! Es el abuelo de la niña y le toca hacer algo por ella.
—¿A dónde piensas ir?
—A Frankfurt —repuso Dete—. Me han ofrecido allí un empleo en casa de una familia que estuvo el año pasado en Ragatz. Yo les servía allí y arreglaba sus habitaciones. Ya entonces quisieron llevarme a la ciudad.
—No me gustaría estar en el lugar de la niña —dijo Barbel—. Nadie sabe exactamente qué clase de hombre es el Viejo de los Alpes. No quiere tratos con nadie; en todo el año no va ni una vez a la iglesia y cuando, por casualidad, desciende con su grueso bastón, todo el mundo le rehuye porque le temen.
—Todo lo que tú quieras —replicó Dete, un poco molesta—, pero no por eso deja de ser abuelo de la niña y de tener la obligación de cuidarla. Bien mirado, ¿qué daño puede hacerle? Además, pase lo que pase, él será el responsable y no yo.
—Yo sólo quisiera saber —continuó Barbel— qué es lo que el Viejo puede tener sobre su conciencia para poner siempre ojos tan terribles cuando ve a alguien y por qué vivirá allí arriba sin tratarse con nadie. Circulan toda clase de rumores sobre él y creo que tú has de saber algo de ello por tu hermana, ¿no es así, Dete?
—Naturalmente; sé algo, pero me guardaré mucho de hablar. Si él se enterara después, ¡bueno se pondría!
Sin embargo, la curiosidad de Barbel no estaba satisfecha. Hacia mucho tiempo que deseaba saber algo sobre la vida de aquel Viejo de los Alpes, del que las gentes no hablaban sino en voz baja, como si temieran indisponerse con él, sin atreverse; sin embargo, a defenderle. Como Barbel hacia poco que había llegado de Praettigau para establecerse en Dörffi, ignoraba las circunstancias del pasado de los habitantes de aquellos contornos. Dete, una de sus antiguas amigas, había nacido, por el contrario, en Dörffi, y había vivido allí con su madre hasta que ésta murió hacia un año. Entonces había bajado a Ragatz para emplearse de camarera en el hotel. De allí venia aquel día.



 —Tú, Dete, eres una de las pocas personas a las que se puede dar crédito cuando hablan. Dime, ¿qué ha sucedido para que el Viejo se haya retirado allí arriba y sea siempre tan huraño?
—Si tuviera la seguridad de que luego no se sabría en toda la comarca, te contaría algunas cosas de él.
—¡Cómo, Dete! ¿Qué piensas de mi? —repuso Barbel un poco ofendida—. No vayas a figurarte que las de Praettigau somos unas charlatanas. Cuando es preciso, bien sé callarme. Cuéntame, pues, y no te inquietes.
—Está bien, pero has de cumplir tu palabra —respondió Dete.
Sin embargo, antes de comenzar el relato, se volvió para asegurarse de que la niña no anduviera demasiado cerca de ellas y pudiese escuchar lo que iba a decir.
Mas Heidi había desaparecido. Dete se detuvo y oteó el sendero que acababan de recorrer. Pero Heidi no aparecía en ningún lugar de la vereda.
—¡Ah, ya la veo! —exclamo por fin Barbel—. ¡Fijate allá abajo! Allí está saltando con Pedro el cabrero y sus animales. Así estamos mejor. Pedro se ocupará de la niña y nosotras podremos hablar a nuestras anchas.
—No es preciso ocuparse mucho de la niña, porque a pesar de tener solo cinco años, es muy lista. Más tarde, buena falta le hará; el Viejo no posee nada más que su casita y sus dos cabras.
—¿Acaso tenia antes más? —pregunto Barbel.
—¿Ese? ¡Ya lo creo! —exclamo vivamente Dete—. Sus padres poseían una de las más hermosas haciendas de Domleschg. Tenia solo dos hijos. El hermano menor era tranquilo de carácter y ordenado. Pero al Viejo no le gustaba trabajar; quería hacer el señorito. Terminó por perder en el juego todo su patrimonio. Su padre y su madre murieron del disgusto, y su hermano, al que redujo a la pobreza, salió del país para ir Dios sabe donde. El Viejo mismo, que no poseía ya nada más que su mala fama, desapareció también. Después de muchos años, un día apareció en Domleschg acompañado de un hijo, ya mayorcito. Pero todas las puertas se le cerraron y, naturalmente, el Viejo se enfadó. Declaró que nunca volvería a Domleschg y se marcho para siempre; se estableció con su hijo aquí, en Dörffi. Por lo que se dijo de él entonces, su mujer murió dos años después de casados. Seguramente el Viejo tendría algún dinero, porque hizo que su hijo Tobías aprendiera el oficio de carpintero. Tobías era un chico muy trabajador y agradable, bien visto por todo el pueblo. Pero por lo que toca al padre, la gente desconfiaba de él. Como le habíamos aceptado por pariente nuestro, porque la abuela de mi madre y la de la suya eran hermanas, nosotras siempre le llamábamos tío.
—Pero ¿qué ha sido de Tobías?
—Tobías había ido a Mels para aprender allí el oficio. Cuando regresa a Dörffi se casó con mi hermana Adelaida. Vivieron muy felices. Pero dos años después, mientras Tobías trabajaba en una construcción, le cayó encima una viga y lo mató. Adelaida sufrió una emoción tan fuerte que cayó gravemente enferma con un acceso violento de fiebre, del que no se repuso. Poco tiempo después murió. Pronto corrió el rumor de que aquella desgracia era un castigo a la vida impía del Viejo. Llegaron a decírselo a la cara y hasta el señor cura le habló con objeto de que se arrepintiera de su vida pasada. Pero en vez de modificarse se volvió más hosco. Por otro lado los vecinos evitaban encontrarse con él todo lo posible. Un día se supo que se había ido para establecerse en la cima de la montaña, y que no pensaba bajar nunca más al pueblo. Mi madre y yo recogimos a la hija de Adelaida, que se llama como su madre; entonces no tenía más que un año. El año pasado, cuando tuve que ir al balneario, me llevé a la pequeña. La puse de pupila en casa de la vieja Ursula Pfaeffers, y así he podido dedicarme enteramente a mi trabajo. Esta primavera, la familia de Frankfurt a la que serví el año pasado, ha vuelto a Ragatz y me pide de nuevo que vaya con ellos. Saldremos pasado mañana.
—¿Y tú quieres dejar esta pequeña en casa del Viejo después de lo que me has contado de él? —dijo Barbel en tono de reproche.
—¿Qué quieres? —se excusó Dete—. He hecho cuanto he podido. No puedo llevarme a Frankfurt una niña de cinco años. Pero, a propósito, Barbel, ¿hasta dónde ibas tú?




 —Precisamente hemos llegado adonde yo venía —contestó Barbel—. He venido para hablar con la abuela del cabrero; ella hila para mí durante el invierno. ¡Adiós, Dete, y que tengas mucha suerte!
Dete tendió la mano a su amiga y se detuvo un momento para verla entrar en la casita del pastor de cabras. Era una choza situada un poco lejos del sendero, en una hondonada abrigada del viento. La casita era tan vieja y estaba tan destartalada que, a no ser por aquella feliz circunstancia, no se hubiera podido vivir en ella sin peligro cuando soplaba el viento de los Alpes, que llamaban fohn en Suiza, con su acostumbrada violencia. En la cabaña vivía Pedro, el pastorcillo de cabras, que tenía once años y bajaba todas las mañanas a Dörffi para llevarse las cabras a los prados de césped de lo alto de la montaña, donde los animales se regalaban todo el día con una hierba jugosa y aromática. A la llegada de la noche, Pedro descendía con las cabras, saltando con ellas ligera y alegremente. Al llegar a Dörffi, lanzaba un agudo silbido que oían en todas partes. En seguida acudían los hijos de los dueños de las cabras y cada uno se llevaba las suyas. Siempre eran niños los que iban a buscar a las cabras, porque estos animales son muy apacibles, de los que no hay nada que temer. Durante el verano, aquellos eran los únicos momentos en que Pedro cambiaba algunas palabras con sus semejantes. Verdad es que en su casa estaban su madre y su anciana abuela, que era ciega; pero el muchacho salía muy temprano por la mañana y regresaba tarde por la noche, porque se entretenía todo el tiempo posible con los niños del pueblo, de modo que al llegar a casa, sólo tenía tiempo para cenar rápidamente y caer luego rendido de fatiga sobre la cama.



Como no veía a la niña por ninguna parte, ni tampoco al pastor y sus cabras, Dete volvió a emprender la subida de la montaña y al llegar a un altozano, se detuvo de nuevo para buscar a la niña con la mirada, pero de nuevo vio fracasado su intento. Mientras Dete ejercitaba así su paciencia, los dos niños habían recorrido una larga distancia. Pedro quería llevar a sus cabras a los sitios que él conocía, donde los animales encontraban matorrales y zarzales de su gusto. Al principio, la pequeña siguió al pastorcillo, aunque con mucha fatiga porque se ahogaba a causa de la mucha ropa que llevaba puesta. Heidi no decía nada; se limitaba a contemplar a su compañero, que con los pies desnudos y pantalones cortos, saltaba alegremente delante de ella, mientras que las cabras, con sus delgadas y largas patas, brincaban ágilmente de piedra en piedra, corrían de una parte a otra y no se estaban quietas ni un momento. 

 De pronto la niña se detuvo, se sentó en la hierba, se descalzó rápidamente los pesados zapatos y las medias; luego se levantó y empezó a despojarse del pañuelo rojo y de sus dos vestidos; su tía Dete le había puesto el vestido bueno debajo del de diario para evitarse la molestia de tener que llevarlo en la mano. En menos de un minuto Heidi quedó vestida sólo con una falda ligera; sus brazos desnudos surgían de la camisa de mangas cortas. Luego ordenó la ropa que se había quitado en un montón, que dejó al lado de una piedra, y se fue saltando y brincando detrás de las cabras casi tan ágil como cualquiera de ellas.
Una vez libre de la ropa que la molestaba, Heidi entabló conversación con Pedro, que se vio en un aprieto para poder contestar a tantas preguntas como le dirigía la niña. Heidi quería saber exactamente cuántas cabras tenía, adonde las llevaba a pacer, qué era lo que hacía allí arriba después de llegar con los animales al sitio elegido y miles de cosas más. Hablando de este modo, llegaron por fin a la casita del cabrero, no lejos de la cual esperábales todavía la tía de Heidi. Apenas vio a los dos, exclamo con viveza.




 —Pero, Heidi, ¿qué has hecho? ¡Como vienes! ¿Qué has hecho de tus vestidos? ¿Donde está el pañuelo? ¿Y los zapatos? ¿Donde están tus medias? ¡ Contéstame, Heidi!
—¡Allí abajo! —respondio la niña tranquilamente, señalando con la mano hacia la pendiente.
Dete siguió con la mirada la dirección y vio, en efecto, un montón cubierto con una tela roja que sin duda era el pañuelo de la pequeña.
—¡Desgraciada! —exclamo su tía, fuera de sí—. ¿Qué idea te ha pasado por la cabeza? ¿Qué significa esto? ¡Por qué te has quitado los trajes?
—No me hacían falta —respondio la niña, que no tenía aspecto de estar afligida por su conducta.
—¡Esto es demasiado! ¿Te has vuelto loca? Y ahora ¿Como bajar otra vez allí para buscar la ropa? Cuando menos perderíamos media hora. 


 Escúchame, Pedro, ve tú y trae aquel paquete, pero date prisa.
Y Dete hizo brillar delante de sus ojos una moneda de cinco céntimos completamente nueva. Pedro partió disparado pendiente abajo. Llego al montón de ropa, lo recogió y volvió veloz con el paquete. Dete le felicito y le dio la moneda ofrecida.
—Ahora bien podrías llevarme el paquete hasta allá arriba, a casa del Viejo, puesto que sigues el mismo camino —añadio tía Dete.
Pedro asintió y echo a andar con la ropa de Heidi debajo del brazo izquierdo y su látigo en la mano derecha; de cuando en cuando lo hacía restallar. Heidi y las cabritas brincaban alegres y ágiles a su lado. 


Al cabo de tres cuartos de hora llegaron por fin a la altiplanicie roqueña sobre la que se elevaba la cabaña del Viejo de los Alpes. Estaba expuesta a todos los vientos, pero construida de forma que recibía los rayos del sol de la maña¬na hasta la noche, y gozaba de un amplio panorama sobre todo el valle. Detrás de la casita se alzaba un grupo de tres viejos y altísimos abetos. Un poco más lejos comenzaba el último repecho de la montaña, cuyas pendientes, alfombradas de verde césped al principio, tornábanse rocosas y sembradas de maleza, y terminaban en un soberbio remate de altas y abruptas rocas. 

Sobre un banco de madera sólidamente sujeto a la pared de la casita, en el lado que daba sobre el valle, se hallaba sentado el Viejo de los Alpes, con la pipa en la boca, las dos manos apoyadas en las rodillas. Heidi llegó la primera al final del sendero y se dirigió en derechura hacia el anciano. Le tendió la mano y le dijo:
—Buenos días, abuelito.
—¿Qué significa esto? —preguntó el Viejo con voz hosca, pero estrechando la mano de la niña, a la que contempló largamente.
Heidi sostuvo la mirada inquisidora sin desviar los ojos. Aquel abuelo con la barba espesa y las cejas grises, erizadas como la maleza, le causaba tal sorpresa que no podía dejar de mirarlo. Mientras tanto, tía Dete había llegado también, seguida de Pedro.
—Buenos días, tío —dijo Dete avanzando hacia él—. Le traigo a la hija de Tobías y Adelaida. Creo que no la reconocerá usted, puesto que no la ha visto desde que tenía un año.
—¡Ah!... ¿Y qué viene a hacer aquí? —preguntó el viejo con voz terrible—. ¡Oye, tú! —exclamó después dirigiéndose a Pedro—, ya te estás marchando con las cabras, que hoy has llegado muy tarde. Llévate también las dos mías.
Pedro obedeció inmediatamente y desapareció.
—La niña viene para quedarse en su casa, tío —dijo Dete contestando a la pregunta—. Me parece que ya he hecho todo lo que debía, teniéndola como la he tenido durante cuatro años. Ahora le toca a usted hacer lo demás.


 —¡Ah, ah! —gruñó el Viejo atravesando a Dete con una mirada aguda—. ¿Y qué quieras tú que haga yo si ella no quiere quedarse aquí y empieza a lloriquear?
—¡Allá usted! —repuso Dete—. Nadie vino a decirme a mí cómo me las había de arreglar cuando me vi con la niña en brazos, y eso que no tenía entonces más que un año, y de mi trabajo tenía que sacar el sustento para mí y mi pobre madre. Ahora no puedo tenerla ya porque he aceptado una colocación. Usted, como pariente más próximo de la niña, ha de acogerla, y si no puede tenerla, haga lo que quiera. Si le pasa algo, usted es el responsable. Me parece que no tiene usted necesidad de añadir una culpa más a las muchas que tiene que reprocharse.
Al oír sus últimas palabras, el Viejo se había levantado y la miró con ojos tan terribles, que la joven se echó atrás. Después, el anciano extendió el brazo hacia el sendero y dijo con voz imperativa:
—Vete inmediatamente de aquí y no vuelvas en mucho tiempo. ¡Márchate!
Dete no se hizo repetir el mandato.
—Pues bien, tío, ¡adiós! ¡Adiós, Heidi! —dijo rápidamente y desapareció por el sendero a toda prisa, sin detenerse hasta llegar a Dörffi.
—¿Dónde está la niña? —le gritaban—. Dete, ¿dónde has dejado a la pequeña?
A todas estas preguntas, Dete respondió siempre con la misma impaciencia:
—¡Está allá arriba, en casa del Viejo de los Alpes!
No era habitual en Dete ser tan poco explícita, pero le mortificaba que de todas partes le gritasen en tono de reproche: —¿Cómo has podido hacer semejante cosa? ¡Pobre pequeña! ¡Abandonar a la niña allá arriba! ¡Pobrecita! ¿Qué le va a pasar?



 Dete descendió la segunda parte del camino volando más que corriendo, y no aminoró el paso hasta que se vio lo bastante lejos de aquellos inoportunos preguntones que la habían asediado. No estaba Dete muy contenta de su acción. Su madre, en su lecho de muerte, le había encarecido que cuidara de Heidi. Pero Dete se decía para sí, a fin de tranquilizar el aguijón de su conciencia, que podría ser mucho más útil a Heidi ganando dinero que cuidándola personalmente. Por ello sintió una gran satisfacción de poderse alejar completamente de aquella región, en la que todo el mundo quería meterse en sus asuntos, y ocupar una colocación tan magnífica como la que le habían ofrecido en Frankfurt. 

II. EN CASA DEL ABUELO



Una vez que Dete hubo desaparecido, el Viejo sentóse otra vez sobre el banco y empezó a lanzar grandes bocanadas de humo blanco de su pipa; tenía la mirada fija en el suelo y no decía ni palabra. Mientras él se hallaba sumido en sus meditaciones, Heidi examinó con visible satisfacción todo cuanto la rodeaba y llegó al grupo de los tres grandes abetos que se alzaban detrás de la cabaña. El viento soplaba con fuerza y sus ráfagas doblaban el espeso ramaje de los árboles, produciendo un sonido profundo que sonaba como el aullido quejumbroso de un lobo. Heidi se detuvo a escuchar aquel para ella inusitado ruido. Luego, cuando el viento amainó, el ruido men¬guó y la niña dio nuevamente la vuelta a la cabaña y se encontró otra vez frente a su abuelo. Heidi se colocó delante de él y, con las manos a la espalda, le contempló silenciosamente. El abuelo alzó al fin los ojos.
—¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó a la niña, que permanecía inmóvil.
—Quisiera ver lo que hay dentro de la cabaña —dijo Heidi.
—Ven —exclamo el Viejo, al tiempo que se levantaba y se dirigía hacia la puerta—. Coge tu ropa —añadio antes de entrar en la casa.
—¡Ya no la necesito! —declaro Heidi.
—¿Por qué no la necesitas ahora?
—Porque me gusta ir más como esas cabritas de patas ligeras.
—Está bien, pero de todos modos ve a coger la ropa —le contestó el anciano—, porque vamos a guardarla en el armario.
Heidi obedeció. El Viejo abrió la puerta y la niña entro con él en una habitación de regular tamaño que ocupaba todo el ancho de la casita. En ella no había muchos enseres: una mesa y un taburete; en un rincón, la cama del abuelo; en la pared opuesta a la entrada se abría otra puerta. El anciano la abrió; era un armario empotrado. En él guardaba su ropa. Sobre uno de los estantes había camisas, algunos calcetines y pañuelos; en otro estaban los platos, tazas y vasos, y en el estante inferior un gran pan, carne ahumada y queso. El armario contenía todo lo que el Viejo de los Alpes necesitaba para vivir.
Cuando Heidi vio abierto el armario, acudió corriendo y tiro el paquete de ropa en un rincón, detrás de la de su abuelo, donde no era fácil que se perdiera. Luego examinó atentamente la habitación y los enseres, y por fin dijo:
—¿Donde dormiré yo, abuelito?
—Donde quieras —respondio éste.
Cerca del rincón en el que estaba la cama del abuelo había una escalera de mano apoyada contra la pared, que conducía al desván de la cabaña. Por ella subió Heidi ágilmente y descubrió arriba un montón de oloroso heno. 



Una pequeña ventana redonda permitía ver desde el desván todo el valle.
—¡Qué bien se está aquí! —exclamo gozosa la pequeña —Aquí quiero dormir, abuelito. ¡ Sube y verás qué bonito es esto!
—Ya lo conozco —contesto el Viejo.
—Ahora voy a hacerme la cama —volvio a decir la niña, corriendo de un lado para otro—, pero es preciso que subas y me traigas una sábana.
—¡Está bien, ahora voy! —respondio el abuelo, y en seguida se dirigió al armario.
Rebusco en su interior durante un rato y por fin extrajo un gran trozo de tela basta. El lecho que Heidi se había preparado sobre el suelo del desván no desagradó al anciano.

 —Muy bien, así me gusta —dijo el abuelo—; aquí traigo la sábana, pero antes de ponerla, espera un poco.
Y diciendo esto, cogió más heno y aumento el espe¬sor del lecho para que la niña no notara la dureza del suelo.
Su abuelo la ayudo a extender la sábana y una vez colocada, Heidi se detuvo pensativa ante su obra.
—Nos hemos olvidado una cosa, abuelito —dijo a poco.
—¿Qué es?
—La manta.
—Espera un momento —dijo el anciano, y descendió la escalera; se dirigió a su cama y volvió poco después con un gran saco de pesado lienzo.
Pronto quedo extendida la tela de saco sobre el lecho improvisado. Heidi quedó de nuevo contemplando la obra y por fin exclamo:
—La manta es muy bonita y la cama me gusta mucho, mucho. Quisiera que fuera de noche, para poder acostarme ya en ella.
—Creo que será mejor que vayamos a comer algo —respondio el abuelo—. ¿Qué te parece a ti?


En su afán de prepararse la cama, Heidi había olvidado todo lo demás. Pero al oír hablar de comida, advirtió de pronto que, en efecto, sentía hambre.
—Sí, sí, vámonos a comer algo.
El Viejo se dirigió al hogar, descolgó un caldero grande que estaba suspendido de la cadena sobre los rescoldos del hogar, lo reemplazo por uno más pequeño y se sentó sobre un taburetito para avivar el fuego. Pronto empezó a hervir el contenido del pequeño caldero; mientras tanto, el abuelo había cogido unas tenazas de hierro y sostenía sobre el fuego un gran trozo de queso, dándole vueltas con lentitud hasta que estuvo dorado. Heidi había seguido aquellos preparativos con mucha atención, tuvo una idea y se alejó del hogar y empezó a ir y venir del armario a la mesa. El abuelo concluyó por fin su faena junto al hogar y se acercó a la mesa con un cazo en la mano y el queso asado en la otra sujeto al extremo de las tenazas. Cuando se aproximó a la mesa, la hallo ya puesta; sobre ella reposaba un pan, dos platos hondos y dos cuchillos.
—Muy bien, pequeña; me gusta que sepas pensar un poco —dijo el anciano en tono de alabanza—, pero aún falta algo en la mesa.
Al reparar en el vapor delicioso que salía del cazo, Heidi emprendió lo que quería su abuelo y se dirigió rápidamente al armario. En él, solo había un tazón, pero en el mismo estante había dos vasos; la pequeña regresó a la mesa y coloco allí la taza y un vaso.
—Muy bien, veo que sabes salir del paso, pero ¿donde vas a sentarte?
El único asiento alto que había en la casita era el del abuelo. Heidi corrio como una flecha hacia el hogar, cogio el taburetito y lo coloco ante la mesa, sentándose en él.
—Ahora ya tienes asiento, es verdad, pero es muy bajo y apenas llegas a la mesa —dijo el anciano, añadiendo en seguida—: Espera un poco que voy a arreglarlo.
Se levanto, lleno la taza de leche y la puso sobre el taburete grande acercando a éste el taburetito, en el que mando sentarse a la niña; de aquella forma el asiento mayor servía de mesa a Heidi. Después coloco en él un gran pedazo de pan y un trozo de queso dorado.
—Ahora come, hija mía —dijo y se sento en una esquina de la mesa para comer él también.
Heidi no se hizo repetir dos veces la orden; asio la taza y bebio el contenido de un tiron.
—¿Te gusta esta leche? —pregunto el abuelo, satisfecho al ver con qué apetito había bebido la niña. —Nunca la he bebido tan buena —contesto Heidi. —Pues entonces quiero que bebas más —dijo el Viejo, y lleno la taza otra vez hasta el borde.
Heidi comía con gran apetito el pan, sobre el que había extendido el queso asado, tierno como la mantequilla.
Terminada la comida, el Viejo salio para limpiar y poner en orden el establo de las cabras. Heidi no le perdía de vista mientras hacía aquel trabajo. Después de poner en el suelo paja fresca para los animales, el abuelo se dirigió a un pequeño cuarto adosado en la parte posterior de la casa. Allí cogió madera, aserro tres trozos de igual tamaño y luego corto una tabla redonda, en la que hizo tres agujeros, introdujo en ellos los trozos que antes había cortado y los sujetó con clavos.
—¿Sabes lo que estoy haciendo? —preguntó el abuelo.
—Un taburete para mí, porque es muy alto. ¡Y en qué poco tiempo lo has terminado! —exclamó la pequeña, que no salía de su asombro.
«Ella comprende lo que ve, tiene buenos ojos», se dijo el abuelo al dar la vuelta a la casa, armado de sus herramientas y de algunos trozos de madera, dando aquí y allá un martillazo, asegurando la puerta, reparando un desperfecto aquí y otro allá. Heidi le seguía paso a paso, sin quitarle el ojo de encima y encontrándolo todo muy divertido, tanto que llegó la noche sin que se hubiera dado cuenta del tiempo transcurrido.




De pronto sonó un agudo silbido. Heidi vio que su abuelo avanzaba hacia el sendero. Eran Pedro y sus cabras que bajaban, como todas las noches, de los prados de pasto. Heidi se colocó en medio del rebaño, dando gritos de alegría y acariciando una tras otra a sus amigas de la mañana. Dos lindas cabras, blanca la una y de color castaño la otra, avanzaron y fueron a lamer la mano del Viejo, que les ofreció un poco de sal. Luego Pedro desapareció con el resto del rebaño. Heidi acarició tiernamente a las dos cabritas y empezó a dar saltos a su alrededor llena de alegría. Después comenzó a hacer preguntas:
—¿Son nuestras estas cabritas, abuelito? ¿Duermen en el establo? ¿Las tendremos siempre aquí?
El abuelo apenas tenía tiempo de responder con un «sí» lacónico al torrente de preguntas de la pequeña.
Cuando las cabritas terminaron de lamer la sal, el Viejo dijo a Heidi:
—Ve a buscar tu tazón y tráete el pan.
Heidi obedeció y regreso al instante. El abuelo empezó a ordeñar la cabrita blanca y cuando tuvo el tazón lleno, corto un trozo de pan y dijo:
—Esto es para ti; tómalo pronto y vete a dormir. Yo ahora voy a meter las cabras en el establo. Buenas noches, Heidi.
—Buenas noches, abuelito, y que descanses. ¿Como se llaman, abuelito? Dime sus nombres —exclamo la pequeña corriendo detrás del Viejo y de las cabras.
—Esta se llama Blanquita y aquélla Diana —replico el abuelo.
—¡Adios, Blanquita; adiós, Diana! —grito Heidi con todas sus fuerzas mientras las cabras entraban en el establo.
Heidi se sentó después en el banco que había delante de la casa, para beber la leche y comer el pan. Apenas se metió en el lecho quedo profundamente dormida y tan bien como si se hubiera hallado en la cama de una princesa.
Un momento después, y antes de que anocheciera por completo, el Viejo se acostó también, porque se levantaba todas las mañanas a la salida del sol.
A media noche el Viejo se desperto murmurando para sí: «Seguramente tendrá miedo allí arriba», y trepo por la escalera para ver lo que hacía la pequeña.
La luna brillaba en el firmamento, y a veces su disco plateado quedaba oculto por grandes nubes que el viento arrastraba en loca carrera. De pronto la blanca claridad del astro de la noche penetro por la ventana del desván y proyecto sus rayos sobre el lecho en que descansaba la niña. Heidi dormía profunda y tranquilamente. Parecía que soñaba con cosas agradables, porque una expresión de feliz satisfacción resplandecía en su carita de ángel.
El abuelo contempló largo rato a la niña; luego la luna volvió a esconderse detrás de las nubes y, sin hacer ruido, el Viejo volvió a su lecho en la oscuridad.


III. UNA JORNADA EN LOS ALPES



Un silbido agudo despertó a Heidi a la mañana siguiente. Al abrir los ojos vio que el sol penetraba por la pequeña ventana. Cuando oyó la voz profunda de su abuelo, que hablaba con alguien delante de la casa, todo lo sucedido el día anterior volvió de pronto a su memoria.
Heidi saltó de la cama y se vistió en pocos minutos. Sin tardanza bajó la escalera y salió de la casita. Delante de ella estaba Pedro, con su rebaño, y el abuelo, que en aquel momento abría el establo para hacer salir a sus dos cabras. Heidi corrió al encuentro de éstas para darles los buenos días al mismo tiempo que a su abuelo.





 

 
—¿Quieres ir a los pastos? —le preguntó el Viejo. Heidi, al oír tal proposición, saltó de alegría. —Pues entonces ve a lavarte.
El anciano metió en el zurrón de Pedro un buen pedazo de pan y otro no menos grande de queso.
Pedro contemplaba con ojos asombrados la cantidad de comida destinada a Heidi, el doble de la que él llevaba para sí.
 —Has de llevarte también un tazón, porque la pequeña no sabe beber como tú directamente de las ubres de las cabras. Tú le ordeñarás dos tazones de leche al mediodía. Y ten cuidado de que no se caiga por algún precipicio.





Los dos niños emprendieron alegremente su camino, seguidos por las cabras. Las pequeñas flores azules y amarillas de los Alpes abrían gozosas sus corolas para recibir los cálido rayos del sol y parecían sonreír a Heidi. Los prados estaban cuajados de ellas.
Los pastos donde Pedro acostumbraba a llevar a pacer sus cabras durante la jornada se hallaban en la falda de unos altísimos picos que alzaban al cielo sus cimas desnudas y abruptas. El prado lindaba, por un lado, con el borde de un precipicio cortado a pico.


 Cuando llegaron al prado, Pedro se quitó el zurrón y lo colocó cuidadosamente en un hueco del terreno, porque sabía que si las ráfagas de viento empezaban a soplar fuerte, podrían precipitar sus provisiones montaña abajo. Después de tomar esta precaución, el pequeño pastor se tendió cuan largo era sobre el césped soleado para reponerse de la fatiga de la ascensión.


 Heidi se sentó al lado. Abajo, el valle estaba inundado por la brillante luz de la mañana; frente a Heidi extendíase, a bastante distancia, un enorme ventisquero; a la izquierda se alzaba una gigantesca masa de rocas. Heidi contemplaba con asombro el majestuoso paisaje. Un gran silencio circundaba a los niños.
De pronto Heidi oyó un grito penetrante. Levantó los ojos y vio un enorme pájaro, mayor que cuantos había visto hasta entonces, que se cernía por encima de ella con las alas desplegadas y describiendo anchos círculos mientras lanzaba roncos y fieros graznidos.
—¡Pedro! ¡Despiértate! —exclamo Heidi—. ¡Allí está el gavilán!





 Pedro se levanto rápidamente y contemplo también el ave de presa, que volaba cada vez más alto y que al fin desaparecio detrás de las rocas grises.
Después Pedro se puso a silbar y a llamar con tanta fuerza, que Heidi se preguntó, asustada, qué iba a pasar. Más, al parecer, las cabras conocían muy bien aquellas señales porque iban llegando una tras otra y en poco tiempo el rebaño estuvo nuevamente reunido.
Pedro extrajo el contenido de su zurrón, coloco los alimentos sobre el zurrón vacío y puso los grandes pedazos destinados a Heidi en el lado opuesto al de su menguado almuerzo. Luego tomo el tazón, ordeñó a la cabra Blanquita y puso el tazón lleno en medio del «mantel». Después llamó a Heidi.


 —¿Ya has acabado de saltar? Es la hora de comer; siéntate y empieza —dijo Pedro.
—¿Es para mí esta leche? —pregunto Heidi.
—Sí —respondio el pastorcillo—, y los dos grandes pedazos que ahí ves, también son para ti.
Heidi bebió la leche y cuando hubo terminado, Pedro se levantó para llenar el tazón por segunda vez. La niña cortó entonces el pan en dos trozos y ofreció la parte mayor a su amiguito, con todo el queso que estaba destinado a ella, diciendo:
—Toma esto, yo tengo bastante con este pedazo.
Pedro se quedó mudo de sorpresa. Al ver que él no alargaba la mano, con un gesto resuelto se lo colocó Heidi encima de las rodillas. Pedro dio principio a una comida como no la había tenido en todos los días de su vida.
Al cabo de un rato Heidi logró aprender los nombres de las cabras. La pequeña Blancanieves balaba tan lastimeramente, que Heidi había acudido junto a ella varias veces para ver lo que le pasaba.
—Lo hace porque la Vieja ya no viene con nosotros. La han vendido la semana pasada.
—¿Quién es la Vieja? —preguntó Heidi.
—¡Pues la madre de Blancanieves! —contestó Pedro. 

—¿Dónde está la abuela? —exclamó la pequeña. 
—No tiene.
—¿Y el abuelo? —Tampoco tiene.
—¡Pobre Blancanieves! —exclamó Heidi acariciándola—. Ahora ya no tienes que quejarte porque yo vendré todos los días y no estarás ya tan solita.
Heidi, con las manitas a la espalda, lo contemplaba todo con la mayor atención.
Entretanto el día había declinado sin que los niños se hubieran dado cuenta de ello: el sol había alcanzado la línea del horizonte y estaba a punto de ocultarse tras las montañas. Un halo dorado parecía resplandecer sobre la hierba y las elevadas rocas comenzaban también a irradiar luz. Heidi se puso en pie de un salto y exclamó.


 —Pedro, Pedro ¡que está ardiendo! ¡Todas las montañas arden! Y la nieve también y el cielo.
—No te asustes. Eso pasa todos los días —respondió Pedro tranquilamente.
—¡Qué preciosa es la nieve de color de rosa! ¡Oh, qué color más lindo aquel de allí arriba! ¡Ah! Todo se vuelve ahora de color gris... ¡Oh, Pedro, todo acabó!
Y Heidi se sentó en la hierba, muy decepcionada, como si realmente todo hubiera acabado.
—Mañana lo verás otra vez —dijo Pedro—. Y ahora levántate que es hora de marchar.
Llamó a silbidos a las cabras para reunir todo el rebaño y pocos momentos después emprendieron él regreso.
Había sufrido tantas emociones aquel día, y su mente bullía con tantas ideas nuevas, que Heidi no podía hablar y los dos niños descendieron en silencio hasta que llegaron a la cabaña del Viejo. Heidi se precipitó hacia su abuelo seguida de Blanquita y Diana.




Pedro exclamó desde alguna distancia.
—¿Verdad que volverás mañana? ¡Buenas noches!
Heidi se volvió rápidamente hacia él para tenderle la mano y para asegurarle que no faltaría al día siguiente.



—¡Oh, abuelito, qué bonito ha sido todo! —exclamó Heidi cuando regresó al lado del Viejo—. ¡El fuego, las rosas sobre las rocas y las flores azules y amarillas!
—Ahora es preciso que vayas a lavarte bien. Yo, entre tanto, he de ir al establo para ordeñar las cabras.
Más tarde, cuando Heidi se sentó en el elevado taburete y tuvo delante su tazón de leche y el Viejo a su lado, la niña preguntó:
—Dime, abuelito, ¿por qué grita tanto el gavilán?
—Pues porque así se burla de las gentes que viven amontonadas en pueblos y ciudades y se molestan unas a otras.
Heidi quería saber de dónde venía aquel fuego que hubo antes de oscurecer, porque Pedro no había sabido qué contestar a sus preguntas.
—Verás —dijo el abuelo—. Eso es un efecto de los rayos del sol. Cuando el sol se pone y da las buenas noches a las montañas, les envía sus últimos y más bonitos rayos para que no se olviden hasta el día siguiente.
A Heidi le gustó mucho lo que su abuelo le había contado y apenas podía esperar la llegada del nuevo día para volver a subir a los prados de pastos y para ver otra vez cómo el sol daba las buenas noches a las montañas.
Pero había llegado la hora de acostarse. La niña durmió toda la noche de un tirón sobre su lecho de heno perfumado y soñó con grandiosas montañas de rocas carmesí y sobre todo, con las alegres piruetas de las cabritas.



IV. LA CASITA DE LA ABUELA

A la mañana siguiente el sol amaneció tan radiante como el día anterior. Con él aparecieron de nuevo ante la cabaña Pedro y sus cabras, a la hora acostumbrada; los dos niños y el rebaño emprendieron el camino hacia los campos de pastos. 
Así transcurrió el verano. 


 Cuando llegó el otoño, el abuelo solía decir con insistencia:
—Hoy te quedarás en casa, Heidi, porque el viento es muy fuerte.
Lo que más le gustaba a la niña era el poder ir con el pastorcillo y las cabras al monte, pero también le entretenía mucho observar el trabajo que realizaba su abuelito, que siempre dedicaba su tiempo a algo útil, con martillo, sierra y clavos en la mano; o se dedicaba a preparar los famosos quesos de los Alpes.
Luego aumentó el frío. Una mañana todo amaneció blanco.


Desde aquel día, Pedro el cabrero dejó de subir al monte con sus cabras. Heidi, sentada junto a la ventana, contemplaba cómo caían los grandes copos de nieve sin interrupción, mientras crecía la densa capa que cubría el suelo. Un día cesó de nevar y el Viejo salió afuera y empezó a abrir un sendero a través de la muralla blanca que cubría la puerta y a librar la casa de su peso.


El abuelo realizó aquel trabajo en momento muy oportuno porque cuando él y Heidi se hallaban por la tarde sentados junto al fuego del hogar, oyeron recios golpes en la puerta y patadas en el suelo. A poco entró Pedro, el pastorcillo, que había sido el causante de aquel ruido al quitarse la nieve de los zapatos y de la ropa. No había querido esperar un día más para volver a ver a Heidi.
—Buenas tardes —dijo al entrar—, y, colocándose inmediatamente junto al fuego, quedó silencioso.
Sin embargo, su rostro expresaba la alegría que le causaba hallarse de nuevo en compañía de su amiguita.
—Bien, general, Ocómo te van las cosas? —preguntó el abuelo—. Ahora te has quedado sin ejército y tienes que morder el lapicero.
—¿Por qué ha de morder el lapicero, abuelito? —pre¬guntó la curiosa Heidi.
—Durante el invierno, Pedro tiene que ir al colegio —explicó el anciano—; allí se aprende a leer y a escribir y eso, a veces, resulta muy difícil y obliga a morder un poco el lapicero, ¿no es verdad, general?
—Sí, es verdad —confirmó Pedro.
Heidi demostró inmediatamente un gran interés por el colegio. Abrumó a Pedro de preguntas sobre lo que pasaba allí, quería saberlo todo.
El anciano permanecía silencioso durante la conversación de los niños, pero más de una vez se dibujó una leve sonrisa en su rostro, lo que era señal indudable de que escuchaba atentamente.
—Bueno, general, ahora ya has hablado bastante —dijo al cabo de algún tiempo—, ahora necesitas recuperar las fuerzas. Ven, que nos harás compañía.

Al decir estas palabras, se levantó y se acercó al armario a fin de preparar lo necesario para la cena. Desde que la niña había ido a vivir en la cabaña, el anciano, además del taburete alto y de otro muy bajo, ambos para Heidi, había construido un banco muy largo junto a la pared y otros más pequeños en los que cabían dos personas, porque a la pequeña le gustaba mucho sentarse al lado de su abuelito. Había, por tanto, asientos para los tres. Pedro abrió desmesuradamente sus ojos saltones cuando vio el enorme trozo de carne ahumada que el Viejo colocaba sobre el pedazo de pan que le había destinado. Hacía muchísimo tiempo que el chico no había participado de semejante festín.

Al terminar la cena era casi de noche y Pedro se dispuso a marchar. Había dicho su «Buenas noches» y «Gracias», y se hallaba en el umbral de la puerta cuando volvió sobre sus pasos para dirigirse a Heidi:
—Volveré el domingo que viene —dijo— y me ha mandado decir la abuela que podrías visitarla también alguna vez.
Al día siguiente, la primera cosa que dijo Heidi a su abuelo fue:
—Abuelito, es preciso que vaya a ver a la abuela. Ella me espera.
—Hay mucha nieve en el camino —respondió el Viejo. No transcurrió ni un solo día sin que la niña lo repitiera seis o siete veces:
—Abuelito, hoy debería ir a ver a la abuelita: me está esperando.
Cuatro días después de la visita de Pedro, cayó una fuerte helada, pero el sol enviaba raudales de sus rayos al interior de la cabaña desde un cielo despejado.
Aquel día el abuelo se levanto, subio sin decir nada al desván donde guardaba el heno y dormía Heidi y bajo con la tela de saco que servía de colcha en la cama de la niña; luego dijo:
—Vamos.
Heidi no se hizo repetir la orden, salto de su asiento y se precipito fuera de la casa.
El Viejo entro en el cobertizo y salio de él arrastran¬do un gran trineo.

El abuelo envolvió a Heidi en la tela de saco, se sentó en el trineo y puso a la niña sobre sus rodillas; luego asió el travesaño de guiar y dio un vigoroso empujón con los pies. El trineo partió como una flecha; Heidi lanzaba gritos de alegría mientras avanzaban velozmente. De pronto el trineo se detuvo casi en seco. Habían llegado a la cabaña de Pedro. El Viejo bajó a la niña y dijo:
—Ahora entra y cuando comience a oscurecer te preparas para regresar.
Luego dio la vuelta al trineo y, arrastrándolo tras sí, emprendió la subida a la casita.
Heidi abrió la puerta de la cabaña de Pedro. Era una choza en la que todo parecía bajo y estrecho. Heidi vio ante sí una mesa junto a la que una mujer sentada remendaba el chaleco de Pedro. 

En un rincón del cuarto hilaba una viejecita arrugada. La niña comprendió inmediatamente quién era aquella anciana y sin vacilar, se dirigió hacia ella, diciendo:
—Buenos días, abuelita. Hoy he venido a verte. ¿Se te ha hecho muy larga la espera?
La viejecita levantó la cabeza y buscó con su mano la que le ofrecía Heidi; cuando la hubo cogido, la retuvo un momento sin hablar. Al fin dijo:
—¿Eres tú la nieta del Viejo de los Alpes? ¿Eres tú la pequeña Heidi?
—Sí, sí, soy yo —respondió la niña—. El abuelo aca¬ba de traerme aquí en el trineo.
—¿Es posible? ¡Y qué calor tienes en la mano! ¿Qué aspecto tiene, Brígida?
—Se parece mucho a Adelaida, pero tiene los ojos negros y el pelo encrespado como lo tenía Tobías y lo tiene el Viejo: creo que se parece a los dos.

Durante aquella conversación, Heidi no había perdido el tiempo y observó todos los detalles de aquella habitación.
—Abuelita —dijo—, mira aquella contraventana que está suelta y da golpes. El abuelito la fijaría en seguida con un clavo, porque si no, con los golpes, un día romperá los cristales.
—Hija mía —respondió la anciana—, yo no puedo verlo como tú, pero lo oigo. Y no es solamente la contraventana, toda la casa parece venirse abajo si juzgamos por los crujidos que da.
—Pero, abuelita, ¿por qué dices que no puedes ver cómo se mueve la contraventana? ¡Fíjate cómo se mueve ahora!
Y Heidi señaló con la mano lo que quería que la anciana viese.
—¡Ay, hija mía! Yo no puedo ver ya nada, ni contraventanas ni otras cosas —repuso la anciana suspirando.

Heidi se echó a llorar amargamente y llena de pesar sollozaba.
—¿Es que nadie puede hacer que veas, nadie?
La anciana trató de consolar a la pequeña, pero le costó mucho trabajo hacerla callar. Después de haber agotado todos los medios para calmar su dolor, la abuelita dijo al fin:
—Ven aquí, mi buena Heidi, acércate mucho, que quiero decirte una cosa. Cuando ya no se puede ver nada, es muy agradable oír palabras amables, y yo quisiera escucharte a ti. Ven, siéntate a mi lado y cuéntame cosas. Dime qué haces allí arriba y lo que hace el abuelo.
Heidi se secó rápidamente las lágrimas y dijo en tono consolador:
—Ya verás, abuelita, cuando yo le cuente todo al abuelito, él hará que tú veas y también te arreglará la casa para que no haga más ruido cuando sopla el viento. El abuelito sabe arreglarlo todo.
La anciana permaneció silenciosa y Heidi empezó a contarle con mucha viveza cómo vivía con su abuelo, lo que hacía durante los días de invierno. A medida que iba contando, se animaba más al recuerdo de tantas cosas bonitas que había visto fabricar de un sencillo trozo de madera.

De pronto la conversación quedó interrumpida por un gran — ruido que sonó en la puerta y fue seguido por la inopinada entrada de Pedro. Al ver a Heidi, se detuvo en seco y abrió desmesuradamente sus grandes y redondos ojos. Luego hizo la más amable de sus muecas, mientras Heidi le saludaba con estas palabras:
—Buenas tardes, Pedro.
—¿Pero es posible que el chico ya haya venido del colegio? —exclamó la anciana sorprendida—. Hace muchos años que la tarde no me había parecido tan corta como hoy. ¡Buenas tardes, Pedro! ¿Cómo van los estudios?
—Lo mismo que siempre —contestó Pedro.
—¡Ay! —suspiró la vieja—, espero que ahora que vas a cumplir doce años las cosas cambiarán.
—¿Por qué cambiarán las cosas, abuelita? —preguntó Heidi inmediatamente.
—Quiero decir que Pedro podrá aprender a leer —respondió la anciana—. Allí encima de aquella tabla hay un libro muy antiguo que contiene canciones muy hermosas. Hace ya tantísimo tiempo que no las oigo cantar que las he olvidado, y espero que cuando Pedro esté más adelantado pueda leerme de cuando en cuando alguna canción. Pero dice que no puede aprender a leer, que es demasiado difícil para él.

—Creo que debemos encender ahora la lumbre, porque ya está oscureciendo —dijo entonces la madre de Pedro, que no había dejado un momento de mover la aguja—. También a mí se me ha pasado la tarde sin darme cuenta.
A las primeras palabras de Brígida, Heidi se había levantado y, tendiendo la mano a la abuela, dijo:
—Adiós, abuelita. Ahora he de marcharme porque está oscureciendo.
Los dos niños apenas habían dado veinte pasos por el sendero cuando vieron que el Viejo bajaba a toda prisa a su encuentro.
—Muy bien, Heidi, así me gusta, has cumplido tu palabra —dijo envolviéndola al mismo tiempo en la colcha.
Y sin detenerse, la cogió en brazos y emprendió el regreso. Apenas habían entrado en la cabaña y Heidi se vio libre del abrigo, exclamó impetuosa:
—Abuelito, mañana has de coger el martillo y clavos grandes para clavar los postigos de la choza de la abuela y muchas otras cosas.
 —¿Tú crees que debo ir? ¿Es que han dicho que vaya? —preguntó el Viejo.
—No, nadie me ha dicho nada —replicó Heidi—, pero todo está roto. Y fíjate, abuelito, la abuelita ya no puede ver. ¿Verdad que tú también harás que ella vea?
Heidi había abrazado al anciano y le miraba con sus ojos dulces, llenos de confianza. El Viejo la miró un momento sin hablar, pero al fin dijo:
—Bien, bien, niña, se puede reparar un poco la cabaña de la abuela. Mañana veremos eso.

A la tarde del día siguiente bajaron otra vez en el trineo y, como el día anterior, el anciano dejó la niña a la puerta de la choza diciendo:
—Entra y cuando empiece a oscurecer, prepárate a regresar.
Heidi se precipitó en brazos de la abuela y después de saludarla arrimó un taburete y se sentó a su lado, comenzando inmediatamente a contar y a preguntar un sinfín de cosas. De pronto oyeron golpes muy fuertes en la pared de la choza y la abuela se sobrecogió de miedo, la rueca cayó de sus manos y exclamó con voz temblorosa:
—¡Misericordia! Ya lo decía yo, ¡la casa se viene abajo!
Pero Heidi la cogió cariñosamente de las manos y explicó:
—No, no, abuelita, no tengas miedo. Es el abuelito, con su martillo; va a clavar toda la casa para que nunca más pases miedo.
—¿Pero es posible que suceda esto? ¿Has oído, Brígida? ¿Oyes? Sí, sí, es el ruido de los golpes de un martillo. Sal, Brígida, y si es el Viejo de los Alpes, dile que entre un momento para que yo pueda darle las gracias.


El Viejo estaba precisamente a punto de fijar otro clavo en la pared. La madre de Pedro avanzó hacia él.
—Le deseo buenas tardes —dijo— y la madre también. Le estamos muy agradecidos y la madre quisiera darle las gracias.
—Basta ya —le interrumpió ásperamente el Viejo—. Ya sé muy bien lo que pensáis del Viejo de los Alpes. Entra en casa y no te preocupes por mí.
Brígida obedeció inmediatamente. Empezaba a oscurecer cuando el Viejo clavaba el último clavo. Entonces fue a buscar el trineo. En aquel momento, Heidi apareció en el umbral de la puerta. El abuelo la abrigó cuidadosamente, la cogió en brazos como la noche anterior, y luego echó a andar sendero arriba arrastrando con la mano libre el trineo. Hubiera podido sentar a Heidi en él, pero corría peligro de que la manta se soltara y la pequeña se helase durante el camino.

Cada tarde la anciana esperaba con ansiedad oír los pasos menudos y familiares de Heidi y apenas la pequeña abría la puerta y entraba en la habitación, no dejaba de exclamar nunca:
—¡Bendito sea Dios! ¡Ya está aquí!
Heidi no dejaba de bajar a la choza ninguna tarde por poco que el tiempo invernal lo permitiera. El Viejo, sin que mediara entre ellos una palabra, bajaba también con martillo y herramientas y pasaba muchas tardes remendando la destartalada choza de Pedro el cabrero. Desde entonces, en las largas noches de tempestuoso viento invernal, la casa ya no crujía como antes y la anciana afirmaba que desde hacía muchísimo tiempo no había dormido tan tranquila, y que nunca olvidaría la bondad del Viejo de los Alpes.