Kenneth Grahame
El dragón reticente
Las huellas en la nieve han sido
infalibles provocadoras de sentimientos desde que la nieve fue por primera vez
una maravilla blanca en este monótono mundo nuestro. En un libro de poesía que
nos regaló una tía, había un poema de Wordsworth en el que destacaban con
fuerza (con un cuadro para ellas solas, además), pero ni el poema ni el
sentimiento nos parecían muy buenos.
Las huellas en la arena eran otra
cosa, y comprendimos la actitud mental de Crusoe mucho más fácilmente que la de
Wordsworth. Emoción y misterio, curiosidad y suspenso: éstos eran los únicos
sentimientos que las huellas, ya fueran en la arena o en la nieve, eran capaces
de despertar en nosotros.
Nos habíamos despertado temprano
aquella mañana de invierno, desconcertados al principio por la luz que llenaba
la habitación. Luego, cuando por fin nos dimos cuenta de la verdad y supimos
que jugar a las bolas de nieve ya no era un sueño nostálgico, sino una certeza
sólida que nos esperaba fuera, fue una mera lucha brutal por conseguir la ropa
necesaria, y el atarse las botas parecía un invento torpe, y el abotonarse los
abrigos una forma de abrocharse excesivamente tediosa, con toda aquella nieve
desperdiciándose en nuestra misma puerta.
Cuando llegó la hora de la cena,
tuvieron que arrastrarnos por el pescuezo. Terminado el breve armisticio, se
reanudó el combate; pero al poco rato Charlotte y yo, un poco cansados de las
competiciones y de los proyectiles que corrían estremecedores por dentro de la
ropa, abandonamos el pisoteado campo de batalla del césped y fuimos a explorar
los espacios vírgenes del mundo blanco que se extendía más allá.
Se extendía ininterrumpidamente a
cada lado nuestro, este misterioso y suave ropaje bajo el cual nuestro mundo
familiar se había escondido tan repentinamente.
Débiles huellas mostraban dónde se
había posado algún pájaro ocasional, pero de otro tráfico no había casi ninguna
señal, lo que hacía que estas extrañas huellas fueran aún más desconcertantes.
Los encontramos primero en la
esquina de los arbustos, y los examinamos largamente, con las manos en las
rodillas. Aunque nos considerábamos tramperos experimentados, resultaba molesto
que de repente nos sorprendiera una bestia que no podíamos identificar de
inmediato.
—¿No lo sabes? —dijo Charlotte con
bastante desdén—. Creía que conocías a todas las bestias habidas y por haber.
Aquello me puso en un aprieto y me
apresuré a pronunciar una serie de nombres de animales que abarcaban tanto la
zona ártica como la tropical, pero sin mucha seguridad.
—No —dijo Charlotte, pensativa—,
ninguno de ellos me sirve. Parece alguna especie de lagarto. ¿Has dicho
iguanodonte? Podría ser eso, tal vez. Pero eso no es británico, y queremos una
verdadera bestia británica. ¡Creo que es un dragón!
—No es ni la mitad de grande
—objeté.
—Bueno, todos los dragones deben
ser pequeños para empezar —dijo Charlotte —; como todo lo demás. Quizá sea un
dragoncito que se ha perdido. Sería bonito tener un dragoncito. Podría arañar y
escupir, pero en realidad no podría hacer nada. ¡Vamos a buscarlo!
Así que nos adentramos en el ancho
mundo nevado, tomados de la mano, con el corazón lleno de expectativas y con la
plena confianza de que unos pocos rastros en la nieve nos permitirían capturar
un espécimen medio adulto de una bestia fabulosa.
Hicimos correr al monstruo a
través del prado y a lo largo del cerco del campo contiguo, y luego salió a la
carretera como cualquier animal civilizado. Aquí sus huellas se mezclaron y se
perdieron entre otras más ordinarias, pero la imaginación y una idea fija sirven
de mucho, y estábamos seguros de conocer la dirección que un dragón tomaría
naturalmente.
Los rastros también reaparecían a
intervalos, al menos según Charlotte, y como se trataba de su dragón, le dejé a
ella el seguimiento de la huella y troté tranquilamente, con la sensación de
que, de todos modos, era una expedición y seguro que algo saldría de ella.
Charlotte me llevó a través de
otros campos, y a través de un bosquecillo, y a un camino nuevo; y empecé a
sentirme seguro de que era sólo su confuso orgullo el que la hacía seguir
fingiendo ver huellas de dragón en lugar de reconocer que estaba totalmente
perdida, como una persona razonable.
Por fin, me arrastró excitada a
través de una brecha en un cerco de carácter evidentemente privado; el mundo
abierto y baldío de campos y setos desapareció, y nos encontramos en un jardín,
bien cuidado, aislado, de aspecto muy poco encantado. Una vez dentro, supe
dónde estábamos. Era el jardín de mi amigo, el hombre del circo, aunque nunca
antes me había acercado a él por una brecha ilegal, desde este lado
desconocido.
Y allí estaba el hombre-circo en
persona, fumando plácidamente en pipa mientras paseaba arriba y abajo por los
senderos. Me acerqué a él y le pregunté cortésmente si había visto últimamente
una Bestia.
—¿Puedo preguntar —dijo con toda
cortesía—, qué clase de Bestia están buscando?
—Es una especie de lagarto
—expliqué—. Charlotte dice que es un dragón, pero no sabe mucho de bestias.
El hombre-circo miró lentamente a
su alrededor.
—No creo —dijo—, haber visto un
dragón por aquí recientemente. Pero si me encuentro con uno sabré que les
pertenece a ustedes, y haré que se lo lleven enseguida.
—Muchas gracias —dijo Charlotte—,
pero no te preocupes, por favor, porque tal vez no sea un dragón después de
todo. Me pareció ver sus pisadas en la nieve, las seguimos y parecían llegar
hasta aquí, pero tal vez sea todo un error, y gracias de todos modos.
—No es ninguna molestia —dijo el
hombre-circo alegremente—. Estaré encantado. Pero, por supuesto, como dicen,
puede tratarse de un error. Y está oscureciendo, y parece que por el momento se
ha escapado, sea lo que sea. Será mejor que entren y tomen un té. Estoy solo, y
haremos un fuego crepitante, y tengo el Libro de las Bestias más grande que
jamás hayan visto. Tiene todas las bestias del mundo, y todas ellas coloreadas;
¡trataremos de encontrar a su bestia en él!
Siempre estábamos dispuestos a
tomar el té, a cualquier hora, y especialmente cuando se combinaba con bestias.
También había mermelada y confitura de damasco, traídas expresamente para
nosotros; y después se extendió el libro de las fieras, que, como había dicho
el hombre, contenía todas las clases de fieras que ha habido en el mundo.
Cuando dieron las seis en punto,
la más prudente Charlotte me dio un codazo y, con un esfuerzo bestial, nos
recuperamos y nos pusimos en pie de mala gana.
—Yo voy con ustedes —dijo el
hombre-circo—. Quiero fumar otra pipa y un paseo me haría bien. No hace falta
que me hablen, a menos que quieran hacerlo.
Nuestros ánimos volvieron a su
nivel acostumbrado. El camino nos había parecido tan largo, el mundo exterior
tan oscuro y espeluznante después de la cálida y luminosa habitación y el
colorido libro de fieras.
Pero dar un paseo con un hombre de
verdad… ¡era un placer en sí mismo! Salimos a paso ligero, con el hombre en
medio. Lo miré y me pregunté si alguna vez viviría para fumar una gran pipa con
aquella majestuosidad despreocupada. Pero Charlotte, cuya joven mente no
pensaba en el tabaco como posible meta, se hizo oír desde el otro lado.
—Ahora, entonces —dijo—, cuéntanos
una historia, por favor, ¿quieres?
El Hombre suspiró pesadamente y
miró a su alrededor.
—Lo sabía —gimió—. Sabía que
tendría que contar una historia. Oh, ¿por qué dejé mi agradable chimenea?
Bueno, les contaré una historia. Sólo déjenme pensar un momento.
Así que pensó un momento, y luego
nos contó una historia.
—Hace mucho tiempo (puede que cientos
de años), en una cabaña a medio camino entre este pueblo y aquella ladera de
las Colinas, vivía un pastor con su mujer y su hijo pequeño.
El pastor pasaba los días (y en
ciertas épocas del año también las noches) en el amplio seno de las Colinas,
con la única compañía del sol, las estrellas y las ovejas, y el amistoso
parloteo de hombres y mujeres lejos de su vista y oído.
Pero su pequeño hijo, cuando no
estaba ayudando a su padre, y a menudo también cuando lo estaba, pasaba gran
parte de su tiempo enterrado en grandes volúmenes que tomaba prestados de la
amable alta burguesía y de los interesados párrocos de los alrededores. Y sus
padres lo querían mucho, y estaban bastante orgullosos de él, aunque no se lo
decían, de modo que lo dejaban ir a su antojo y leer todo lo que quisiera; y en
lugar de recibir a menudo un golpe en la cabeza, como muy bien podría haberle
sucedido, era tratado más o menos como un igual por sus padres, que
sensatamente pensaban que era una división muy justa del trabajo que ellos
aportaran el conocimiento práctico y él el aprendizaje de los libros. Sabían
que, a pesar de lo que dijeran sus vecinos, los libros solían ser útiles en
caso de apuro. Lo que más le interesaba al niño era la historia natural y los
cuentos de hadas, y los tomaba como venían, en una especie de sándwich, sin
hacer distinciones; y realmente su forma de leer parece bastante sensata.
Una noche,
el pastor, que desde hacía algunas noches se hallaba perturbado y preocupado, y
fuera de su habitual equilibrio mental, llegó a casa todo tembloroso, y,
sentándose a la mesa donde su mujer y su hijo estaban apaciblemente ocupados,
ella con su costura, él siguiendo las aventuras del Gigante sin Corazón en el
Cuerpo, exclamó con gran agitación:
—¡Todo ha
terminado para mí, María! Nunca más podré subirme a esas Colinas, ¡siempre fue
así!
—No te
pongas así —dijo su esposa, que era una mujer muy sensata—, primero cuéntanos
todo, lo que sea que te haya dado esta sacudida, y entonces tú, yo y nuestro
hijo aquí presente, entre todos, podremos llegar al fondo del asunto.
—Comenzó
hace algunas noches —dijo el pastor—. Conocen aquella cueva de allí arriba;
nunca me gustó, y a las ovejas tampoco, y cuando a las ovejas no les gusta algo
suele haber una razón para ello. Pues bien, desde hace algún tiempo se oyen
débiles ruidos procedentes de esa cueva; ruidos como fuertes suspiros, con
gruñidos entremezclados; y a veces un ronquido, muy bajo. Ronquidos de verdad,
pero de algún modo no ronquidos honestos, como los suyos y los míos por las
noches, ¡ya saben!
—Lo sé
—remarcó el muchacho en voz baja.
—Por
supuesto que estaba terriblemente asustado —continuó el pastor—; pero de algún
modo no pude mantenerme alejado. Así que esta misma tarde, antes de bajar, me
he dado una vuelta por la cueva, sin hacer ruido. Y allí, Señor, por fin lo vi,
tan claro como te veo a ti.
—¿Ver a
quién? —dijo su esposa, empezando a compartir el terror nervioso de su marido.
—¡Bueno,
él, te lo aseguro! —dijo el pastor—. Salía hasta la mitad de la cueva, y
parecía estar disfrutando del frescor de la noche de una manera poética. Era
tan grande como cuatro caballos y estaba cubierto de escamas brillantes, de un
azul intenso en la parte superior y un verde tierno en la parte inferior.
Cuando respiraba, tenía en las fosas nasales esa especie de parpadeo que se ve
sobre nuestros caminos de tiza en un día caluroso de verano.
Tenía el
mentón apoyado en sus patas, y yo diría que estaba meditando algunas cosas. Oh,
si, una bestia bastante pacífica, y no alborotada ni haciendo nada que no fuera
correcto y apropiado. Admito todo esto. Y, sin embargo, ¿qué voy a hacer?
Escamas, ya saben, y garras; y una cola, con certeza, aunque yo no vi ese
extremo de él; no estoy acostumbrado a ellos, y no los soporto, ¡eso es un
hecho!
El niño,
que al parecer había estado absorto en su libro durante el parlamento de su
padre, cerró ahora el tomo, bostezó, se llevó las manos a la nuca y dijo
somnoliento:
—Está
bien, padre. No te preocupes. Sólo es un dragón.
—¡¿Sólo un
dragón?! —gritó su padre—. ¿Qué quieres decir, sentado allí, tú y tus dragones?
¡Es sólo un dragón! ¿Y qué sabes tú de esto?
—Porque lo
es, y porque lo sé —respondió el muchacho en voz baja—. Mira, padre, tú sabes
que cada uno tiene su línea. Tú sabes de ovejas, del tiempo, y cosas. Yo sé de
dragones. Siempre he dicho que aquella cueva de arriba era una cueva de
dragones. Siempre he dicho que debió pertenecer a un dragón alguna vez, y que
debería pertenecer a algún dragón ahora, si es que las reglas cuentan para
algo. Bueno, ahora me dices que tiene un dragón, y eso está bien. No estoy ni
la mitad de sorprendido que cuando me dijiste que no tenía un dragón. Las
reglas siempre funcionan si esperas pacientemente. Ahora, por favor, déjame
todo esto a mí. Yo iré mañana por la mañana… no, por la mañana no puedo, tengo
un montón de cosas que hacer… bueno, quizás por la tarde si estoy libre, subiré
y hablaré con él; y verás que todo irá bien. Pero, por favor, no andes por ahí
preocupándote por mí. Tú no los entiendes, y son muy sensibles, ¿sabes?
—Tiene toda la razón, padre —dijo la sensata madre—. Como él dice, dragones es su línea y no la nuestra. Es un gran conocedor de las bestias de los libros, como todo el mundo sabe. Y, a decir verdad, no me siento muy feliz pensando en ese pobre animal que yace solo allá arriba, sin un poco de cena caliente ni nadie con quien cambiar las noticias; y tal vez podamos hacer algo por él; y si no es muy respetable, nuestro muchacho se dará cuenta enseguida. Tiene una forma de ser muy agradable que hace que todo el mundo le cuente todo.
Al día siguiente, después de tomar
el té, el niño subió por la pista calcárea que conducía a la cima de las
Colinas, y allí encontró al dragón, perezosamente estirado en la hierba frente
a su cueva. La vista desde aquel punto era magnífica.
A derecha e izquierda, las leguas
de Colinas, desnudas y cubiertas de sauces; delante, el valle, con sus granjas
agrupadas, sus hilos de caminos blancos que atravesaban huertos y tierras bien
cultivadas y, a lo lejos, un indicio de viejas ciudades grises en el horizonte.
Una brisa fresca jugueteaba sobre
la superficie de la hierba y el hombro plateado de una gran luna se asomaba por
encima de los enebros lejanos. No era de extrañar que el dragón pareciese estar
tranquilo y contento; de hecho, a medida que el niño se acercaba, podía oír a
la bestia ronronear con alegre regularidad.
—¡Bueno, vivimos y aprendemos! —se
dijo a sí mismo—. ¡Ninguno de mis libros me dijo nunca que los dragones
ronronearan!
—¡Hola dragón! —dijo tranquilamente
el muchacho cuando estuvo a su altura.
El dragón, al oír los pasos que se
acercaban, hizo un esfuerzo cortés por levantarse. Pero cuando vio que era un
niño, frunció las cejas con severidad.
—No me pegues —dijo—, ni me tires
piedras, ni me eches agua, ni nada. ¡Te digo que no lo permitiré!
—No voy a pegarte —dijo el niño,
cansado, dejándose caer en la hierba junto a la bestia—, Y, por el amor de
Dios, no sigas diciendo “no”; oigo tanto de eso, y es monótono y me cansa. Sólo
he entrado para preguntarte cómo estabas y ese tipo de cosas; pero si estorbo
puedo irme fácilmente. Tengo muchos amigos, y ninguno puede decir que tengo la
costumbre de meterme donde no me llaman.
—No, no, no te enfades —dijo el
dragón apresuradamente—; la verdad es que soy tan feliz aquí arriba como el día
es largo; ¡nunca sin ocupación, querido amigo, nunca sin ocupación! Y, sin
embargo, entre nosotros, a veces es un poco aburrido.
El niño mordió un tallo de hierba
y lo masticó.
—¿Vas a quedarte aquí mucho
tiempo? —preguntó cortésmente.
—Por el momento no puedo decirlo
—contestó el dragón—. Parece un lugar bastante agradable, pero llevo poco
tiempo aquí, y uno debe mirar, reflexionar y considerar antes de establecerse.
Establecerse es algo muy serio. Además, ¡ahora voy a decirte algo! No lo
adivinarías, aunque lo intentaras. El hecho es que soy un mendigo
condenadamente perezoso.
—Me sorprendes —dijo el niño
civilizadamente.
—Es la triste verdad —continuó el
dragón acomodándose entre sus patas y evidentemente encantado de haber encontrado
un oyente por fin—. Y creo que así es como llegué aquí. Verás, todos los demás
compañeros eran tan activos y serios y todo ese tipo de cosas (siempre
alborotando y escaramuzando, recorriendo las arenas del desierto, paseando por
la orilla del mar, persiguiendo caballeros por todas partes, devorando
damiselas, y en general todo eso), mientras que a mí me gustaba comer con
regularidad y luego apoyar la espalda contra un trozo de roca y dormitar un
poco, y despertarme y pensar en las cosas que pasaban y en cómo seguían pasando
igual, ¡ya sabes! Así que, cuando ocurrió, me quedé bastante atrapado.
—¿Cuándo ocurrió qué, por favor?
—preguntó el niño.
—Eso es precisamente lo que no sé
—dijo el dragón—. Supongo que la tierra estornudó, o se sacudió, o el fondo se
desprendió de algo. En cualquier caso, hubo una sacudida, un estruendo y un
estrépito general, y me encontré a kilómetros de distancia bajo tierra y
encajonado como un burro. Bueno, gracias a Dios, mis necesidades son pocas y,
en cualquier caso, tuve paz y tranquilidad y no se me pedía siempre que fuera a
hacer algo. Y tengo una mente muy activa, siempre ocupada, te lo aseguro. Pero
el tiempo pasaba y la vida se volvía monótona, y por fin empecé a pensar que
sería divertido subir y ver lo que hacían los demás. Así que arañé y excavé, y
trabajé por aquí y por allá y al final salí por esta cueva de aquí. Y me gusta
el campo, y la vista, y la gente (lo que he visto de ellos) y en general me
siento inclinado a establecerme aquí
—¿En qué está siempre ocupada tu
mente? —preguntó el muchacho—. Eso quiero saber.
El dragón se sonrojó ligeramente y
apartó la mirada. Luego dijo con timidez:
—¿Alguna vez, por diversión, has
intentado inventar unos versos poéticos?
—Por supuesto —dijo el niño—.
Montones. Y algunos estoy seguro que son bastante buenos, sólo que aquí a nadie
le importan. Madre es muy amable y todo eso, cuando se las leo, y mi padre
también. Pero de alguna manera no parecen…
—Exactamente —dijo el dragón—; mi
propio caso exactamente. No lo parecen, y no se puede discutir con ellos al
respecto. Ahora, que tienes cultura, la tienes; lo supe enseguida, y me
gustaría conocer tu sincera opinión sobre algunas cosillas que eché a la
ligera, cuando estuve allí abajo. Me alegro mucho de haberte conocido, y espero
que los demás vecinos sean igual de agradables. Anoche vino un señor mayor muy
agradable, pero no parecía querer molestar.
—Era mi padre —dijo el niño—, y es
un señor amable; algún día te lo presentaré si quieres.
—¿No pueden subir mañana por la
noche a cenar, o algo? —preguntó el dragón—. Sólo si no tienen nada mejor que
hacer, por supuesto —añadió cortésmente.
—Muchas gracias —dijo el
muchacho—, pero no vamos a ningún lado sin mi madre, y, a decir verdad, me temo
que ella no te apruebe del todo. Ya ves que no hay forma de superar el duro
hecho de que eres un dragón, ¿verdad? Y cuando hablas de establecerte, y los
vecinos, y así sucesivamente, no puedo evitar sentir que no te das cuenta de tu
posición. Eres un enemigo de la raza humana, ¿sabes?
—No tengo ningún enemigo en el
mundo —dijo el dragón alegremente—. Para empezar, soy demasiado perezoso para
hacerlos. Y si leo a otros mi poesía, siempre estoy dispuesto a escuchar la
suya.
—¡Oh, muchacho! —gritó el
muchacho—. Me gustaría que intentaras comprender bien la situación. Cuando los
demás te descubran, vendrán a por ti con lanzas, espadas, y todo tipo de armas.
Tendrás que ser exterminado, según su forma de ver las cosas. Eres un azote,
una plaga y un monstruo nefasto.
—Ni una palabra de verdad —dijo el
dragón moviendo solemnemente la cabeza—. El carácter soportará la más estricta
investigación. Y ahora, hay un pequeño soneto en el que estaba trabajando
cuando apareciste en escena…
—¡Oh, si no quieres ser sensato,
me voy a casa! —gritó el niño, levantándose—, No, no puedo pararme a leer
sonetos; mi madre está esperando. Vendré a verte mañana, en un momento u otro,
y ¡por el amor de Dios, trata de darte cuenta de que eres un azote pestilente,
o te encontrarás en un aprieto terrible! Buenas noches.
Al niño le resultó fácil
tranquilizar a sus padres acerca de su nuevo amigo. Siempre le habían dejado
esa rama a él, y aceptaron su palabra sin un murmullo.
El pastor fue presentado
formalmente y se intercambiaron muchos cumplidos y amables preguntas. Su esposa,
sin embargo, aunque se mostró dispuesta a hacer todo lo que estuviera en su
mano (arreglar las cosas, poner la cueva en orden o cocinar algo cuando el
dragón había estado estudiando sonetos y se había olvidado de comer, como
suelen hacer los hombres), no pudo reconocerlo formalmente.
El hecho de que fuera un dragón y
de que “no supieran quién era” parecía contarlo todo para ella. Sin embargo, no
se oponía a que su hijito pasara las tardes tranquilamente con el dragón,
siempre que estuviera en casa a las nueve; y muchas noches agradables pasaron
sentados en el prado, mientras el dragón contaba historias de los viejos,
viejos tiempos, cuando abundaban los dragones y el mundo era un lugar más
animado de lo que es ahora, y la vida estaba llena de emociones, saltos y
sorpresas.
Sin embargo, lo que el niño temía
no tardó en suceder. El dragón más modesto y retraído del mundo, si es tan
grande como cuatro caballos y está cubierto de escamas azules, no puede
mantenerse completamente fuera de la vista del público.
Y así, en la taberna nocturna del
pueblo, el hecho de que un dragón vivo de verdad se sentara en la cueva de las
Colinas fue, naturalmente, tema de conversación. Aunque los aldeanos estaban
muy asustados, también se sentían orgullosos. Era una distinción tener un
dragón propio, y se sentía como una pluma en la gorra del pueblo.
Sin embargo, todos estaban de
acuerdo en que este tipo de cosas no se podían permitir. La terrible bestia
debía ser exterminada, el país debía ser liberado de esta plaga, de este
terror, de este azote destructor. El hecho de que ni siquiera un gallinero
fuera peor por la llegada del dragón no podía tener nada que ver. Era un
dragón, y no podía negarlo, y si no elegía comportarse como tal, eso era cosa
suya. Pero a pesar de las muchas conversaciones valerosas, no se encontró
ningún héroe dispuesto a tomar la espada y la lanza y liberar a la aldea
sufriente y ganar fama inmortal; y la acalorada discusión de cada noche siempre
terminaba en nada. Mientras tanto, el dragón, un bohemio feliz, se tumbaba en
el césped, disfrutaba de las puestas de sol, contaba anécdotas de antaño al
niño y pulía sus viejos versos mientras meditaba otros nuevos.
Un día, al entrar en el pueblo, el
niño encontró que todo tenía un aspecto festivo que no se explicaba por el
calendario. Alfombras y telas de alegres colores colgaban de las ventanas, las
campanas de la iglesia repicaban ruidosamente, la callejuela estaba sembrada de
flores y toda la población se agolpaba a ambos lados de ella, charlando, empujándose
y ordenándose unos a otros que se apartasen. El niño vio a un amigo de su edad
entre la multitud y lo saludó.
—¿Qué pasa? —gritó—. ¿Son los
jugadores, los osos, un circo o qué?
—No pasa nada —le respondió su
amigo—. Ya viene.
—¿Quién viene? —preguntó el niño,
metiéndose entre la multitud.
—San Jorge, por supuesto
—respondió su amigo—. Ha oído hablar de nuestro dragón y viene con el propósito
de matar a la bestia mortal y liberarnos de su horrible dominio. ¡Oh, Dios mío!
¡No será una pelea divertida!
¡Esto sí que era una noticia! El
niño pensó que debía cerciorarse por sí mismo, y se metió entre las piernas de
sus bondadosos mayores, insultándolos todo el tiempo por su poco cortés
costumbre de empujar. Una vez en primera fila, esperó sin aliento la llegada de
quien fuera.
Enseguida, desde el extremo más
alejado de la línea, llegó el sonido de los vítores. A continuación, el paso
acompasado de un gran caballo de guerra hizo que su corazón latiera más
deprisa, y entonces se encontró vitoreando con el resto, mientras, entre gritos
de bienvenida, llantos estridentes de mujeres, levantamiento de bebés y
agitación de pañuelos, San Jorge avanzaba lentamente calle arriba. El corazón
del niño se detuvo y respiró entre sollozos, la belleza y la gracia del héroe
superaban todo lo que había visto hasta entonces.
Su armadura estriada tenía
incrustaciones de oro, su casco emplumado colgaba del arco de su silla de
montar, y su espesa cabellera rubia enmarcaba un rostro agraciado y gentil más
allá de toda expresión, hasta que se percibía la severidad en sus ojos.
Echó las riendas delante de la pequeña posada,
y los aldeanos se agolparon a su alrededor con saludos, agradecimientos y
declaraciones elocuentes de sus agravios, quejas y opresiones.
El niño oyó la voz grave y dulce
del Santo, que les aseguraba que ahora todo iría bien y que él los apoyaría y
los vería enmendados y libres de su enemigo; luego desmontó y atravesó la
puerta, y la multitud entró tras él. Pero el niño subió la colina tan rápido
como pudo.
—¡Ya está, dragón! —gritó en
cuanto estuvo a la vista de la bestia—. ¡Ya viene! ¡Ya está llegando! Tendrás
que recomponerte y hacer algo de una vez.
El dragón se estaba lamiendo las
escamas y frotándolas con un poco de franela que le había prestado la madre del
muchacho, hasta que brilló como una gran turquesa.
—No seas violento, niño —dijo sin
mirar a su alrededor—. Siéntate y recupera el aliento, y trata de recordar que
el sustantivo gobierna al verbo, y entonces tal vez tengas la bondad de decirme
quién viene.
—Eso es, tómatelo con calma —dijo
el niño—. Espero que seas la mitad de frío cuando haya terminado con mis
noticias. Es sólo San Jorge quien viene, eso es todo; cabalgó hacia el pueblo
hace media hora. Por supuesto que puedes lamerlo, ¡un gran tipo como tú! Pero
pensé en advertirte, porque seguramente llegará temprano, y tiene la lanza más
larga y malvada que jamás hayas visto —y el muchacho se levantó y empezó a
saltar de emoción ante la perspectiva de la batalla.
—¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! —gimió
el dragón—; esto es demasiado horrible. No quiero verlo, y eso es todo. No
quiero conocerlo. Estoy seguro de que no es simpático. Debes decirle que se
vaya de una vez, por favor. Dile que puede escribir si quiere, pero que no
puedo concederle una entrevista. No veo a nadie en este momento.
—Ahora, dragón, dragón —dijo el
muchacho, implorante —, no seas perverso y mal pensado. Tendrás que pelear con
él tarde o temprano, ¿sabes? Porque él es San Jorge y tú el dragón. Será mejor
que lo superes, y entonces podremos seguir con los sonetos. Y también deberías
considerar un poco a los demás. Si para ti ha sido aburrido estar aquí arriba,
¡piensa en lo aburrido que ha sido para mí!
—Mi querido hombrecito —dijo el
dragón solemnemente—, entiende, de una vez por todas, que no puedo pelear y no
pelearé. Nunca he luchado en mi vida, y no voy a empezar ahora, sólo para darte
una fiesta romana. En los viejos tiempos siempre dejaba que los otros
compañeros, los compañeros serios, hicieran toda la lucha, y sin duda por eso
tengo el placer de estar aquí ahora.
—Pero si no peleas, ¡te cortará la
cabeza! —jadeó el muchacho, abatido ante la perspectiva de perder tanto su
pelea como a su amigo.
—Oh, creo que no —dijo el dragón
vagamente—. Sabrás arreglar algo. Confío profundamente en ti, eres un gran
gestor. Sólo baja y haz que todo esté bien. Lo dejo enteramente en tus manos.
El muchacho regresó a la aldea muy
abatido. En primer lugar, no iba a haber ninguna pelea; en segundo lugar, su
querido y honorable amigo el dragón no se había mostrado tan heroico como a él
le hubiera gustado; y, por último, si el dragón era un héroe de corazón o no,
daba lo mismo, porque San Jorge le cortaría la cabeza sin ninguna duda.
—¡”Arreglar algo”, vamos! —se dijo
amargamente—. El dragón trata todo el asunto como si fuera una invitación a té
y croquet.
Al pasar por la calle, los
aldeanos se alejaban rezagados hacia sus casas, todos animados y comentando
alegremente la espléndida pelea que se avecinaba. El muchacho continuó su
camino hasta la posada, y entró en la habitación principal, donde San Jorge estaba
sentado solo, meditando sobre las posibilidades de la lucha y las tristes
historias de rapiña y maldad que tan recientemente habían llegado a sus
comprensivos oídos.
—¿Puedo pasar, San Jorge? —dijo el
muchacho cortésmente en la puerta—. Quiero hablar contigo sobre este pequeño
asunto del dragón, si es que no estás cansado de él a estas horas.
—Si, pasa, muchacho —dijo el Santo
amablemente—. Otra historia de miseria y maldad, me temo. ¿Es un buen padre,
entonces, de quien el tirano te ha privado? ¿O alguna tierna hermana o hermano?
Bueno, pronto será vengado.
—Nada de eso —dijo el niño—. Hay
un malentendido en alguna parte, y quiero arreglarlo. El hecho es que éste es
un buen dragón.
—Exacto —dijo San Jorge sonriendo
agradablemente—. Comprendo perfectamente. Un buen dragón. Créeme, no lamento en
lo más mínimo que sea un adversario digno de mi acero, y no un espécimen débil
de su nociva tribu.
—Pero no es una tribu nociva
—gritó el muchacho, angustiado—. ¡Oh, cielos, que estúpidos son los hombres
cuando se les mete una idea en la cabeza! Te digo que es un buen dragón, y un
amigo mío, y me cuenta las historias más hermosas que jamás hayas oído, todas
sobre los viejos tiempos y cuando él era pequeño. Y ha sido tan amable con mi
madre, y ella haría cualquier cosa por él. Y a papá también le gusta, aunque a
papá no le gusta mucho el arte y la poesía, y siempre se queda dormido cuando
el dragón empieza a hablar de estilo. Pero el hecho es que nadie puede evitar
que le caiga bien una vez que lo conoce. Es tan simpático y confiable, y tan
sencillo como un niño.
—Siéntate y levanta la silla —dijo
San Jorge—. Me gustan los que defienden a sus amigos, y estoy seguro de que el
dragón tiene sus cosas buenas, si tiene un amigo como tú. Pero esa no es la
cuestión. Toda esta noche he estado escuchando, con dolor y angustia
indescriptibles, historias de asesinatos, robos y agravios; quizá demasiado
coloreadas, no siempre del todo convincentes, pero que forman en su mayor parte
un gravísimo rollo de crímenes. La historia nos enseña que los mayores canallas
poseen a menudo todas las virtudes domésticas; y me temo que tu culto amigo, a
pesar de las cualidades que le han conquistado (y con razón) tu estima, ha de
ser rápidamente exterminado.
—Oh, has estado tragando todas las
historias que te han contado estos tipos —dijo el muchacho impaciente—.
Nuestros aldeanos son los mayores contadores de historias de todo el país. Es
un hecho conocido. Eres forastero en estos parajes, de lo contrario ya lo
habrías oído. Todo lo que quieren es pelea. Son los mendigos más horribles para
conseguir peleas, es carne y bebida para ellos. Perros, toros, dragones… lo que
sea con tal de pelear. En este momento tienen a un pobre tejón inocente en el
establo de atrás. Iban a divertirse con él hoy, pero lo están guardando hasta
que termine tu pequeño asunto. Y no dudo de que te han estado diciendo lo héroe
que eras, y cómo estabas destinado a ganar, en la causa del derecho y la
justicia, y así sucesivamente; pero déjame decirte, ¡acabo de pasar por la calle,
y estaban apostando seis a cuatro por el dragón libremente!
—Seis a cuatro para el dragón
—murmuró San Jorge tristemente, apoyando la mejilla en la mano—. Este es un
mundo malvado, y a veces empiezo a pensar que toda la maldad que hay en él no
está enteramente embotellada dentro de los dragones. Y sin embargo… ¿no te
habrá engañado esta bestia astuta en cuanto a su verdadero carácter, para que
tu buena opinión de él sirva de tapadera de sus maldades? Es más, ¿no puede
haber, en este mismo momento, alguna desventurada princesa inmersa en aquella
tenebrosa caverna?
En cuanto hubo hablado, San Jorge
se arrepintió de lo que había dicho, el muchacho parecía genuinamente afligido.
—Te aseguro, San Jorge —dijo
seriamente—, que no hay nada de eso en la cueva. El dragón es todo un
caballero, cada centímetro de él, y puedo decir que nadie se sentirá más
escandalizado y apenado que él al oírte hablar de esa manera tan suelta sobre
asuntos en los que tiene opiniones muy firmes.
—Bueno, tal vez he sido demasiado
crédulo —dijo San Jorge—. Tal vez he juzgado mal al animal. Pero, ¿qué vamos a
hacer? Aquí estamos el dragón y yo, casi cara a cara, cada uno supuestamente
sediento de la sangre del otro. No veo ninguna salida, exactamente. ¿Qué
sugieres? ¿No puedes arreglar las cosas de alguna manera?
—Eso es justo lo que dijo el
dragón —respondió el muchacho, bastante molesto—. Realmente, la forma en que
ustedes dos parecen dejarme todo a mí… supongo que no podrían ser persuadidos
de irse tranquilamente, ¿verdad?
—Imposible, me temo —dijo el
Santo—. Va contra las reglas. Lo sabes tan bien como yo.
—Bueno, entonces, mira —dijo el
muchacho—, todavía es temprano; ¿te importaría dar un paseo conmigo y ver al
dragón y hablar de ello? No está lejos, y cualquier amigo mío será bienvenido.
—Bueno, es irregular —dijo San
Jorge levantándose—, pero en realidad me parece lo más sensato. Te estás
tomando muchas molestias por tu amigo —añadió con buen humor, mientras salían
juntos por la puerta—. Pero, ¡ánimo! Quizá no tenga que haber ninguna pelea
después de todo.
—¡Oh, pero espero que sí!
—respondió el pequeño con nostalgia.
—He traído a un amigo a verte,
dragón —dijo el niño en voz bastante alta.
El dragón se despertó
sobresaltado.
—Estaba pensando en algunas cosas
—dijo a su manera—. Encantado de conocerlo, señor. ¡Hace un tiempo encantador!
—Este es San Jorge —dijo el
muchacho, brevemente—. San Jorge, permíteme presentarte al dragón. Hemos venido
a hablar tranquilamente, dragón; y ahora, por el amor de Dios, tengamos un poco
de sentido común y lleguemos a algún acuerdo práctico, porque estoy harto de
opiniones y teorías de la vida y tendencias personales, y todo ese tipo de
cosas. Quizás pueda añadir que mi madre está en guardia.
—Encantado de conocerte, San Jorge
—comenzó el dragón, algo nervioso—, porque has sido un gran viajero, según he
oído, y yo siempre he sido más bien de quedarme en casa. Pero puedo mostrarle
muchas antigüedades, muchas características interesantes de nuestro país, si se
detiene aquí en algún momento…
—Creo —dijo San Jorge, de manera
franca y agradable—, que sería mejor que siguiéramos el consejo de nuestro
joven amigo y tratáramos de llegar a un acuerdo, sobre una base comercial,
acerca de este pequeño asunto nuestro. ¿No crees que, después de todo, el plan
más sencillo sería luchar según las reglas y dejar que gane el mejor? Puedo
decirte que en el pueblo apuestan por ti, pero eso no me importa.
—Oh, si, hazlo, dragón —dijo el
muchacho encantado—, ¡te ahorrará muchas molestias!
—Mi joven amigo, cállate —dijo el
dragón severamente—. Créeme San Jorge, no hay nadie en el mundo a quien
complacería antes que a ti y a este joven caballero. Pero todo esto es una
tontería, un convencionalismo y una estupidez popular. No hay absolutamente
nada por lo que pelear, de principio a fin. Y de todos modos no voy a hacerlo,
¡así que ya está decidido!
—Pero, ¿y si te obligo? —dijo San
Jorge, algo molesto.
—No puedes —respondió el dragón
triunfante—. Sólo tendría que entrar en mi cueva y retirarme durante un tiempo
por el agujero por el que salí. Pronto te hartarías de estar fuera esperando a
que saliera a luchar contigo. Y en cuanto te hubieras marchado de verdad,
volvería a subir alegremente, porque, te lo digo sinceramente, ¡me gusta este
lugar y voy a quedarme aquí!
San Jorge contempló durante un
rato el hermoso paisaje que los rodeaba.
—Pero este sería un hermoso lugar
para el combate —comenzó de nuevo persuasivamente—, estas grandes Colinas
desnudos para la arena. ¡Y yo con mi armadura dorada enfrentándome a tus
grandes, espiraladas y azules escamas! Piensa en la imagen que daría.
—Ahora estás tratando de llegar a
mí a través de mi sensibilidad artística —dijo el dragón—. Pero no funcionará.
No, pero sería un cuadro muy bonito, como dices —añadió vacilando un poco.
—Parece que nos estamos acercando
al asunto —dijo el muchacho—. Tienes que ver, dragón, que tiene que haber una
pelea de algún tipo, porque no puedes querer tener que bajar a ese sucio y
viejo agujero otra vez y quedarte allí hasta Dios sabe cuándo.
—Podría arreglarse —dijo San Jorge
pensativo—. Debo clavarte una lanza en alguna parte, por supuesto, pero no
estoy obligado a hacerte mucho daño. Hay tanto de ti que debe haber algunos
lugares libres en alguna parte. Aquí, por ejemplo, justo detrás de tu pata
delantera. No podría hacerte mucho daño, ¡justo aquí!
—Ahora estás haciendo cosquillas,
Jorge —dijo el dragón, tímidamente—-. No, ese lugar no servirá en absoluto.
Aunque no doliera, y estoy seguro de que sí, y mucho; y me haría reír y eso lo
estropearía todo.
—Probemos en otro sitio, entonces
—dijo San Jorge pacientemente—. Debajo de tu cuello, por ejemplo, todos esos
pliegues de piel gruesa; si te clavara la lanza aquí nunca sabrías que lo he
hecho.
—Si, pero, ¿estás seguro de que
acertarás al lugar correcto? —preguntó el dragón ansioso.
—Por supuesto que lo estoy —dijo
San Jorge con confianza—. ¡Eso déjamelo a mí!
—Te lo pregunto porque tengo que
dejártelo a ti —contestó el dragón bastante irritado—. Sin duda lamentarías
profundamente cualquier error que pudieras cometer con las prisas del momento;
¡pero no lo lamentarías ni la mitad de lo que lo lamentaría yo! Sin embargo,
supongo que tenemos que confiar en alguien, a medida que avanzamos por la vida,
y tu plan parece, en general, tan bueno como cualquier otro.
—Mira, dragón —interrumpió el
muchacho, un poco celoso de su amigo, que parecía llevarse la peor parte—. ¡No
entiendo muy bien lo que quieres decir! Por lo visto, habrá una pelea y te van
a dar una paliza; y lo que yo quiero saber es qué vas a sacar tú de ello.
—San Jorge —dijo el dragón—, dile,
por favor; ¿qué pasará después de que me venzan en el combate mortal?
—Bueno, según las reglas supongo
que te llevaré triunfante a la plaza del mercado o a lo que corresponda —dijo
San Jorge.
—Precisamente —dijo el dragón—. Y
luego…
—Y luego habrá gritos, discursos y
cosas —continuó San Jorge—. Y yo explicaré que te has convertido, y que ves el
error de tus caminos, y así sucesivamente.
—Así es —dijo el dragón—. ¿Y
entonces…?
—Oh, y luego —dijo San Jorge—,
habrá el banquete habitual, supongo.
—Exactamente —dijo el dragón—; y
ahí es donde entro yo. Mira —continuó, dirigiéndose al muchacho—, estoy
aburridísimo aquí arriba, y nadie me aprecia de verdad. Voy a entrar en la
sociedad gracias a la amable ayuda de nuestro amigo, que se está tomando tantas
molestias por mí; ¡y verás que tengo todas las cualidades para gustar a la
gente que se entretiene! Así que ya está todo arreglado, y si no te importa
(soy un tipo chapado a la antigua) no quiero echarte, pero…
—¡Recuerda que tendrás que hacer
tu parte de la pelea, dragón! —dijo San Jorge, que captó la indirecta y se
levantó para marcharse—. Me refiero a saltar, respirar fuego, etcétera…
—Puedo saltar muy bien —respondió
el dragón—; pero en cuanto a respirar fuego, es sorprendente con qué facilidad
se pierde la práctica; pero lo haré lo mejor que pueda. ¡Buenas noches!
Habían descendido la colina y
estaban casi de vuelta en la aldea, cuando San Jorge se detuvo en seco:
—Sabía que había olvidado algo
—dijo—. Debería haber una princesa. Aterrorizada y encadenada a una roca, y
todo ese tipo de cosas. Niño, ¿no puedes conseguir una Princesa?
El muchacho estaba en medio de un
tremendo bostezo.
—Estoy muerto de cansancio —se
lamentaba—. Y no puedo conseguir una princesa, ni nada más, a estas horas de la
noche. Y mi madre está esperando, ¡y deja de pedirme que arregle más cosas
hasta mañana!
A la mañana siguiente, la gente
empezó a llegar a las Colinas a una hora bastante temprana, con sus ropas de
domingo y llevando cestas con botellas asomando de ellas, cada uno con la
intención de asegurarse un buen sitio para el combate.
No se trataba precisamente de un
asunto sencillo, ya que, por supuesto, era muy posible que el dragón ganara y,
en ese caso, incluso los que habían apostado por él pensaban que no podían
esperar que se enfrentara a sus partidarios en un pie de igualdad con el resto.
Por lo tanto, los lugares se elegían con prudencia y con vistas a una rápida
retirada en caso de emergencia; y la primera fila estaba compuesta en su mayor
parte por chicos que habían escapado al control paterno y ahora se
despatarraban y revolcaban por la hierba, sin tener en cuenta las estridentes
amenazas y advertencias que les lanzaban sus ansiosas madres.
El chico se había asegurado un
buen sitio en la parte delantera, muy cerca de la cueva, y se sentía tan
ansioso como un director de escena en su primera noche. ¿Se podía confiar en el
dragón? Podía cambiar de opinión y echar a perder toda la representación; o
bien, dado que el asunto había sido planeado tan apresuradamente, sin siquiera
un ensayo, podía estar demasiado nervioso para presentarse. El muchacho miró
atentamente la cueva, pero no había señales de vida ni de ocupación. ¿Podría el
dragón haberse escabullido cobardemente?
Las partes más altas del terreno estaban
ahora ennegrecidas por los curiosos, y pronto se oyeron vítores y se agitaron
pañuelos que indicaban que algo era visible para ellos y que el muchacho, que
se hallaba en el extremo del dragón, aún no podía ver. Un minuto más y las
rojas plumas de San Jorge coronaban la colina, mientras cabalgaba lentamente
por el gran espacio llano que se extendía hasta la sombría boca de la cueva.
Tenía un aspecto muy galante y hermoso, montado en su alto caballo de guerra,
con su armadura dorada brillando al sol, su gran lanza erguida y el pequeño
estandarte blanco, cruzado de carmesí, ondeando en su punta. Echó las riendas y
permaneció inmóvil. Las filas de espectadores empezaron a retroceder un poco,
nerviosas; e incluso los chicos de delante dejaron de tirarse del pelo y de
darse puñetazos, y se inclinaron hacia delante, expectantes.
—Ahora, dragón —murmuró el
muchacho, impaciente, removiéndose en su asiento. No tenía por qué angustiarse,
si tan sólo lo hubiera sabido. Las posibilidades dramáticas del asunto le habían
hecho inmensas cosquillas al dragón, y se había levantado muy temprano,
preparándose para su primera aparición pública con tanto entusiasmo como si los
años hubieran corrido hacia atrás, y él hubiera sido de nuevo un dragoncito,
jugando con sus hermanas en el suelo de la cueva de su madre, al juego de
santos y dragones, en el que el dragón estaba obligado a ganar.
Se oyó entonces un murmullo bajo,
mezclado con resoplidos, que se elevó a un rugido que parecía llenar la
llanura. Entonces una nube de humo ocultó la boca de la cueva, y de en medio de
ella el dragón en persona, brillante, azul marino, magnífico, salió brincando
espléndidamente; y todo el mundo dijo “¡Ohhh!”, como si hubiera sido un
poderoso cohete. Sus escamas relucían, su larga y puntiaguda cola le azotaba
los costados, sus garras rasgaban el césped y lo hacían volar por encima de su
lomo, y humo y fuego brotaban incesantemente de sus furiosas fosas nasales.
—Oh, bien hecho, dragón —gritó el
muchacho emocionado—. No creí que fuera capaz —añadió para sí.
San Jorge bajó la lanza, agachó la
cabeza, clavó los talones en los costados de su caballo y salió disparado sobre
la hierba. El dragón cargó con un rugido y un chillido, una gran combinación
azul y giratoria de espirales, resoplidos, mandíbulas que chocaban, púas y
fuego.
—¡Falló! —gritó la multitud. Hubo
un momento en que se enredaron la armadura dorada, las escamas verdeazuladas y
la cola de púas, y luego el gran caballo, lanzando mordiscos, se llevó al
Santo, con la lanza en alto, casi hasta la boca de la cueva.
El dragón se sentó y rugió
ferozmente, mientras San Jorge tiraba con dificultad de su caballo para
colocarlo en posición.
“¡Fin del primer asalto!” pensó el
muchacho. “¡Qué bien lo han conseguido! Pero espero que el Santo no se altere.
Puedo confiar plenamente en el dragón. Qué buen actor es el tipo”.
San Jorge había logrado por fin
que su caballo se mantuviera firme y miraba a su alrededor mientras se enjugaba
la frente. Al ver al muchacho, sonrió, asintió y levantó tres dedos por un
instante.
—Parece que todo está bien
planeado —se dijo el muchacho—. Evidentemente, el tercer asalto será el último.
Ojalá hubiera durado un poco más. ¿Qué estará haciendo ahora ese viejo dragón?
El dragón aprovechaba el intervalo
para dar un espectáculo de saltos ante el público. Hay que explicar que el
salto consiste en dar vueltas y vueltas en un amplio círculo, enviando ondas y
ondulaciones de movimiento a lo largo de toda la columna vertebral, desde las
orejas puntiagudas hasta la punta de la larga cola. Cuando estás cubierto de
escamas azules, el efecto es particularmente agradable; y el muchacho recordó
el deseo expresado recientemente por el dragón de convertirse en un éxito
social.
San Jorge recogió entonces las
riendas y comenzó a avanzar, dejando caer la punta de su lanza y acomodándose
firmemente en la silla de montar.
—¡Tiempo! —gritó todo el mundo con
entusiasmo; y el dragón se detuvo en el extremo y empezó a brincar de un lado a
otro con enormes y torpes saltos, chillando como un piel roja. Esto,
naturalmente, desconcertó al caballo, que viró violentamente, tanto que el
Santo apenas se salvó por las crines; y cuando pasaron disparados, el dragón
lanzó un feroz mordisco a la cola del caballo que hizo que la pobre bestia se
precipitara enloquecida por encima de las Colinas, de modo que el lenguaje del
Santo, que había perdido un estribo, fue afortunadamente inaudible para la
multitud.
El segundo asalto evocó evidentes
muestras de amistad hacia el dragón. Los espectadores no tardaron en apreciar a
un combatiente que se defendía tan bien y que, evidentemente, quería dar
muestras de buen juego; y muchos comentarios alentadores llegaron a oídos de
nuestro amigo mientras se pavoneaba de un lado a otro, con el pecho erguido y
la cola en el aire, disfrutando enormemente de su nueva popularidad.
San Jorge había desmontado y
estaba ajustando sus cinchas, y diciéndole a su caballo, con un idioma bastante
florido, exactamente lo que pensaba de él, de sus relaciones y de su conducta
en la presente ocasión; así que el muchacho se dirigió hacia el extremo de la
línea del santo, y le sostuvo su lanza.
—¡Ha sigo una pelea magnífica, San
Jorge! —dijo con un suspiro—. ¿No puedes dejar que dure un poco más?
—Bueno, creo que mejor no —respondió
el Santo—. El hecho es que tu viejo amigo simplón se está volviendo engreído
ahora que han empezado a animarlo, y se olvidará por completo del acuerdo y
empezará a hacerse el tonto, y no se sabe dónde se detendría. Acabaré con él en
esta ronda.
Se subió a la silla de montar y
tomó la lanza que le tendió el muchacho.
—No tengas miedo —añadió
amablemente—. He marcado mi lugar con exactitud, y seguro me prestará toda la
ayuda que tenga a su alcance, porque sabe que es su única oportunidad de que lo
inviten al banquete.
San Jorge acortó ahora su lanza,
llevando la culata bien arriba bajo el brazo; y, en vez de galopar como antes,
trotó elegantemente hacia el dragón, que se agazapó al acercarse, agitando la
cola hasta que crepitó en el aire como un gran látigo.
Al acercarse a su adversario, el
Santo giró sobre sí mismo y lo rodeó con cautela, sin perder de vista el lugar
libre, mientras que el dragón, adoptando una táctica similar, se paseaba con
cautela alrededor del mismo círculo, amagando de vez en cuando con la cabeza.
Así, los dos luchaban por abrirse paso, mientras los espectadores guardaban un
silencio sepulcral.
Aunque el asalto duró algunos
minutos, el final fue tan rápido que todo lo que el muchacho vio fue un
movimiento relámpago del brazo del Santo, y luego un torbellino y una confusión
de espinas, garras, cola y trozos de césped volando. El polvo se disipó, los
espectadores gritaron y corrieron a vitorear, y el muchacho se dio cuenta de
que el dragón había caído, clavado en la tierra por la lanza, mientras que San
Jorge había desmontado y estaba a sus anchas sobre él.
Todo parecía tan auténtico que el
muchacho corrió sin aliento, con la esperanza de que el viejo y querido dragón
no estuviera realmente herido. Al acercarse, el dragón levantó un gran párpado,
guiñó un ojo solemnemente y volvió a desplomarse. Estaba sujeto a tierra por el
cuello, pero el Santo le había golpeado en el lugar acordado, y ni siquiera
parecía hacerle cosquillas.
—¿No le va a cortar la cabeza,
señor? —preguntó uno de los que aplaudían en la multitud. Había apoyado al
dragón y, naturalmente, se sentía un poco dolorido.
—Bueno, hoy no creo —respondió San
Jorge agradablemente—. Verás, eso puede hacerse en cualquier momento. No hay
ninguna prisa. Creo que primero iremos todos al pueblo a tomar un refresco, y
luego le daré una buena charla, y verás que será un dragón muy diferente.
Al oír la palabra mágica
“refresco”, toda la multitud formó en procesión y esperó en silencio la señal
para avanzar. Había pasado el tiempo de las charlas, los vítores y las apuestas
y había llegado la hora de la acción.
San Jorge, empuñando su lanza con
ambas manos, soltó al dragón, que se levantó, se sacudió y examinó sus púas,
escamas y demás, para comprobar que todo estaba en orden. Entonces el Santo
montó y encabezó la procesión, el dragón lo siguió dócilmente en compañía del
muchacho, mientras los sedientos espectadores se mantenían a una respetuosa
distancia.
Cuando llegaron de nuevo a la
aldea y formaron frente a la posada, se produjo un gran alboroto. Después del
refrigerio, San Jorge pronunció un discurso, en el que informó a su audiencia
de que les había quitado su terrible azote, con muchos problemas e
inconvenientes para él mismo, y que ahora no debían ir por ahí refunfuñando y
creyendo que tenían agravios, porque no los tenían.
Y no debían ser tan aficionados a
las peleas, porque la próxima vez podrían tener que pelear ellos mismos, lo que
no sería en absoluto lo mismo. Y que había un tejón en los establos de la
posada al que había que liberar de inmediato, y que él mismo iría a ver cómo lo
hacían. Luego les dijo que el dragón había estado reflexionando y había visto
que toda cuestión tenía dos caras, y que no iba a seguir haciéndolo y que, si
se portaban bien, tal vez se quedaría a vivir allí. Así que debían hacer
amigos, y no tener prejuicios, ni andar por ahí creyendo que sabían todo lo que
había que saber, porque no lo sabían, ni de lejos. Y les advirtió que no
pecaran de románticos, de inventarse historias y de pensar que los demás las
creerían sólo porque eran verosímiles y muy coloridas. Luego se sentó, en medio
de muchos vítores de arrepentimiento, y el dragón le dio un codazo en las
costillas al muchacho y le susurró que él mismo no lo habría hecho mejor. Luego
todos se fueron a preparar el banquete.
Los banquetes son siempre cosas
agradables, pues consisten sobre todo en comer y beber; pero lo especialmente
agradable de un banquete es que llega cuando algo ha terminado, y no hay nada
más de qué preocuparse, y mañana parece estar muy lejos. San Jorge estaba
contento porque había habido una pelea y no había tenido que matar a nadie,
pues en realidad no le gustaba matar, aunque generalmente tenía que hacerlo. El
dragón estaba contento porque había habido una pelea y, lejos de resultar
herido, había ganado popularidad y un lugar seguro en la sociedad. El muchacho
estaba contento porque había habido una pelea y, a pesar de todo, sus dos
amigos se llevaban muy bien. Y todos los demás estaban contentos porque había
habido una pelea y, bueno, no necesitaban otras razones para ser felices. El
dragón se esforzaba por decir lo correcto a todo el mundo, y resultó ser el
alma de la velada; mientras que el Santo y el muchacho, mientras miraban,
sentían que sólo estaban asistiendo a una fiesta cuyo honor y gloria eran
enteramente del dragón. Pero eso no les importaba, pues eran buenos amigos, y
el dragón no se mostraba en absoluto orgulloso ni olvidadizo. Al contrario,
cada diez minutos, más o menos, se inclinaba hacia el muchacho y le decía
impresionado:
—¡Mira! Después me acompañarás a
casa, ¿verdad? —y el muchacho asentía siempre con la cabeza, aunque había
prometido a su madre no llegar tarde.
Por fin terminó el banquete, los
invitados se habían marchado con muchas buenas noches y felicitaciones e
invitaciones, y el dragón, que había visto salir al último de ellos del local,
salió a la calle seguido por el muchacho; se limpió la frente, suspiró, se
sentó en la calzada y contempló las estrellas.
—¡Ha sido una noche estupenda!
—murmuró—. ¡Buenas estrellas! Qué bonito lugar. Creo que me detendré aquí. No
tengo ganas de subir ninguna colina. El muchacho prometió llevarme a casa. Será
mejor que lo haga. No hay responsabilidad de mi parte. Toda la responsabilidad
es del muchacho —y su barbilla se hundió en su ancho pecho y se durmió
plácidamente.
—Oh, levántate, dragón —gritó el
muchacho lastimosamente—. Sabes que mi madre está esperando, y yo estoy muy
cansado; y me hiciste prometer que te acompañaría a casa, ¡y nunca supe lo que
significaba, o no lo habría hecho! —Y el niño se sentó al lado del dragón
dormido y lloró.
La puerta detrás de ellos se
abrió, un rayo de luz iluminó el camino, y San Jorge, que había salido a dar un
paseo en el fresco aire nocturno, divisó las dos figuras sentadas allí: el gran
dragón inmóvil y el lloroso muchachito.
—¿Qué pasa, muchacho? —preguntó
amablemente, acercándose a su lado.
—¡Oh, es este gran dragón!
—sollozó el muchacho—. Primero me hace prometerle que lo acompañaría a casa, y
luego me dice que mejor lo lleve y, ¡se va a dormir! Es como si tuviera que
llevar un pajar a casa. Y estoy muy cansado, y mi madre… —se quebró de nuevo.
—Ahora no te hagas cargo —dijo San
Jorge—. Yo estaré a tu lado y ambos lo llevaremos a casa. ¡Despierta, dragón!
—dijo bruscamente sacudiendo a la bestia.
El dragón levantó la cabeza
somnoliento.
—Qué noche, Jorge —murmuró—. Qué…
—Mira, dragón —dijo el Santo con
firmeza—, aquí está este pequeño esperando acompañarte a casa, y sabes que
debería haber estado en la cama hace dos horas, y lo que dirá su madre no lo
sé; cualquiera que no fuera un cerdo egoísta lo habría hecho ir a la cama hace
mucho tiempo.
—¡Y se irá a la cama! —gritó el
dragón poniéndose de pie—. Pobrecito, imagínate que esté levantado a estas
horas. Es una vergüenza, eso es lo que es; y no creo, San Jorge, que hayas sido
muy considerado, pero ven de una vez y no nos permitas tener más discusiones o
vacilaciones. Dame la mano, muchacho; gracias, Jorge, un brazo del que
sujetarme para subir la colina es justo lo que quería.
Y subieron la colina tomados del
brazo, el Santo, el dragón y el muchacho. Las luces del pueblito empezaron a
apagarse; pero había estrellas y una luna tardía, mientras subían juntos hacia
las Colinas. Y, cuando doblaron la última esquina y desaparecieron de su vista,
la brisa nocturna les devolvió fragmentos de una vieja canción. No puedo estar
seguro de quién de ellos cantaba, pero creo que era el dragón.
—Llegamos a tu puerta —dijo el
hombre abruptamente, poniendo una mano en su hombro—. Buenas noches. Corta por
lo sano, ¡o lo atraparás!
—¿Podría ser nuestra propia
puerta? Si, allí estaba, con las marcas familiares de nuestros pies en la barra
inferior, de cuando nos balanceábamos sobre ella.
—Oh, pero, ¡espera un momento!
—dijo Charlotte—. Quiero saber un montón de cosas. ¿El dragón realmente se ha
establecido? Y…
—No hay más de esa historia —dijo
el hombre, amable pero firmemente—. Al menos, no esta noche. Ahora vete. Adiós.
—Me pregunto si será verdad —dijo
Charlotte, mientras subíamos por el sendero—. ¡Por partes, sonó terriblemente
como una tontería!
—A lo mejor es todo verdad
—respondí alentador.
Charlotte entró corriendo como un
conejo, huyendo del frío y la oscuridad; pero yo me quedé un momento en el aire
quieto y helado, para echar una mirada retrospectiva al mundo blanco y
silencioso de fuera, antes de cambiarlo por la tierra de la luz del fuego, los
cojines y las risas. Era el día del ensayo del coro, y se acercaba la hora de
los villancicos, y un miembro tardío se dirigía a casa por el camino, cantando
mientras avanzaba:
—Entonces, San Jorge, te
inclinaste en el frío,
Venciste al dragón, tan temible y
sombrío.
Tan sombrío; y tan feroz; que
decimos tranquilamente:
¡El día de Navidad despertaremos
pacíficamente!
El cantor retrocedió y el
villancico se apagó. Pero yo me preguntaba, con la mano en el pestillo de la
puerta, si ésa era la canción, o algo parecido, que cantaba el dragón mientras
subía contento por la colina.


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