Blog de Arinda

OBJETIVO :En este Blog vas a encontrar mis producciones en pintura y escultura. Además, material recopilado a través de mi trabajo como maestra, directora e inspectora, que puede ser de interés para docentes y estudiantes magisteriales .

domingo, 12 de febrero de 2017

12 DE FEBRERO NACÍA CHARLES DARWIN




 
El Beagle cruzando el estrecho de Magallanes


Charles Robert Darwin nacido el 12 de febrero de 1809 y fallecido el 19 de abril de 1882 fue un naturalista inglés que sostuvo que todas las especies de seres vivos han evolucionado con el tiempo a partir de un antepasado común mediante un proceso denominado selección natural. La evolución fue aceptada como un hecho por la comunidad científica y por buena parte del público en vida de Darwin, mientras que su teoría de la evolución mediante selección natural no fue considerada como la explicación primaria del proceso evolutivo hasta los años 1930, y actualmente constituye la base de la síntesis evolutiva moderna. Con sus modificaciones, los descubrimientos científicos de Darwin aún siguen siendo el acta fundacional de la biología como ciencia, puesto que constituyen una explicación lógica que unifica las observaciones sobre la diversidad de la vida. 


El viaje de Darwin alrededor del mundo- durante 5 años -  a bordo del Beagle significó mucho para sus trabajos científicos. Se trataba de una expedición cartográfica que él, como naturalista, aprovechó para descubrir un mundo nuevo, la sucesión de paisajes, estudia las diferentes especies de animales, plantas la geografía y la geología.

El barco estaba al mando del capitán Robert Fitzroy, que acogió a Darwin por recomendación del botánico John S.  Henslow, que simpatizaba con el joven Charles.

El Beagle costeó América del Sur, visitando Uruguay desde el 5 de julio de 1832 al 24 de julio de 1833, llegó al estrecho de Magallanes, cruzó el Cabo de Hornos,
visitó las Islas Galápagos, Nueva Zelanda,   Australia y África.

 
DIARIO DEL VIAJE DE UN NATURALISTA

ALREDEDOR DEL MUNDO
(EN EL NAVÍO DE S. M., «BEAGLE»)

CHARLES DARWIN
TRADUCCIÓN POR JUAN MATEOS


CAPITULO III
SUMARIO:  Montevideo.-  Maldonado.-  Excursión  al  río  Polanco.-  Lazos  y 
bolas.-   Perdices.-   Carencia   de   árboles.Garnos.-   Capybara,   o   cerdo   de   río.-  
Tucutuco-  Molothus,  costumbres  parecidas 
a  las  del  cuclillo.-  Papamoscas.-  Aves 
burionas.-  Halcones  que  se  alimentan  de  carnaza.-  Tubos  formados  por  el  rayo.- 
Casa fulminada.

Maldonado.
5  de  julio  de  1832.-  Largamos  velas  por  la  mañana  y  salimos  del  magnífico  puerto  de  Río.  Durante  nuestro  viaje  hasta  el  Plata  no  vemos  nada  de  particular,  como  no  sea  un  día  una  grandísima  bandada  de  marsopas,  en  número  de  varios  millares.  El  mar  entero  parecía  surcado  por  estos  animales,  y  nos  ofrecían  el  espectáculo más extraordinario cuando cientos de ellos avanzaban a saltos, que hacían salir del agua todo su cuerpo. Mientras nuestro buque corría nueve nudos por hora, esos animales podían pasar y repasar por delante de la proa con la mayor facilidad y seguir adelantándonos hasta muy lejos.  Empieza a hacer mal tiempo en el momento en que penetramos en la desembocadura del Plata.  Con una noche muy oscura, nos vemos rodeados por gran número de focas y de pájaros bobos que hacen un ruido tan extraño, que el oficial de cuarto nos asegura que oye los mugidos del ganado vacuno en la costa.

Otra  noche  nos  es  dado  presenciar  una  magnífica  función  de  fuegos  artificiales;  naturales:  el  tope  del  palo  y  los  extremos  de  las  vergas  brillaban  con  el  fuego  de  San  Telmo; casi podíamos distinguir la forma de la veleta, que parecía como si la hubiesen frotado  con  fósforo.  El  mar  estaba  tan  luminoso,  que  los  Pájaros  bobos  parecían  dejar  detrás de sí en su superficie  un reguero de luz, y de vez en cuando las profundidades del cielo se iluminaban de pronto al fulgor de un magnífico relámpago.

En la desembocadura del río, observo con mucho interés la lentitud con que se mezclan las aguas marinas y las fluviales.  Estas últimas, fangosas y amarillentas,  flotan  en  la  superficie  del  agua  salada  gracias  a  su  menor  peso  específico.  Podemos estudiar particularmente este efecto en la es tela que deja el barco,  allí donde una línea de  agua  azulada  se  mezcla  con  el  líquido  circundante  después  de  cierto  número  de  pequeñas resacas. 
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Montevideo (Uruguay) - Siglo XIX- Año 1832

26 de julio.- Anclamos en Montevideo.  Durante los dos años siguientes, el Beagle se ocupó en estudiar las costas orientales y meridionales de América al sur del Plata.  Para  evitar  inútiles  repeticiones  extracto  las  partes  de  mi  diario  referentes  a  las  mismas comarcas, sin atender al orden en que las visitamos.
Maldonado está en  la  margen  septentrional  del  Plata  a  poca  distancia  de  la  desembocadura de este río. Es una población pequeña, muy miserable y muy tranquila.
Está construida como todas las de este país, cruzándose las calles en ángulo recto y con una gran plaza en el centro, cuya extensión hace resaltar aún más el escaso número de habitantes. Apenas hay algo de comercio; las exportaciones se limitan a algunas pieles y algunas cabezas de ganado vivo.  La población se compone principalmente de  propietarios,  algunos  tenderos  y  los  artesanos  necesarios,  tales  como  herreros  y  carpinteros, que ejecutan todos los trabajos en un radio de 50 millas. La población está separada del río por una hilera de colinas de  arena como de una milla de anchura (1.609 metros); la rodea por las otras partes una planicie ligeramente ondulada y cubierta por una  capa  uniforme  de  hermoso  césped,  el  cual  ramonean  innumerables  rebaños  de  ganado  vacuno,  lanar  y  caballar.  Hay muy pocas tierras cultivadas, hasta en los alrededores más próximos a la población. Algunos setos de cactus y de agaves indican los sitios donde se ha sembrado un poco de trigo o de maíz.  El terreno conserva el mismo carácter en casi toda la extensión de la margen septentrional del Plata; la única diferencia consiste quizá en que las colinas de granito son aquí un poco más elevadas.
El paisaje es muy poco interesante: apenas se ve una casa, un cercado o hasta un árbol que lo alegre un poco.  Sin  embargo,  cuando  se  ha  estado  metido  en  un  barco  algún  tiempo, se siente cierto placer en pasearse  aun por llanuras de césped cuyos límites no pueden  percibirse.  Aparte de eso, si la vista siempre es la misma, muchos objetos particulares tienen suma belleza.  La mayor parte de las avecillas poseen brillantes colores; el admirable césped verde, ramoneado muy al rape por las reses, está adornado por pequeñas flores, entre las cuales hay una que se parece a la margarita y os recuerda una antigua amiga.  ¿Qué  diría  una  florista al  ver  llanuras  enteras  tan  completamente  cubiertas  por  la  verbena  melindres,  que  aun  a  gran  distancia  presentan  admirables  matices de escarlata? 

Diez   semanas   permanecí   en   Maldonado,   y   durante   ese   tiempo   pude   proporcionarme una colección casi completa de los animales mamíferos, aves y reptiles de la comarca.
Antes  de  hacer  ninguna  observación  acerca  de  estos  animales,  contaré  un  viajecillo  que  hice  hasta  el  río  Polanco,  sito  a  unas  70  millas  en  dirección  al  norte. 
Como prueba de excesiva baratura de todas las cosas en este país, puedo citar el hecho de que dos hombres queme acompañaban con un rebaño de unos doce caballos de silla, no me costaban más que dos pesos al día. Mis acompañantes llevaban sables y pistolas, precaución que yo creía bastante inútil. Sin embargo, una de las primeras noticias que llegaron a nuestros oídos fue que la víspera habían asesinado a un viajero que venía de Montevideo:  habíase  encontrado  su  cadáver  en  el  camino,  junto  a  una  cruz  puesta  en  memoria de un homicidio análogo.
Pasamos la primera noche en una casita de campo aislada. Noto allí bien pronto que poseo dos o tres objetos (y sobre todo una brújula de bolsillo) que producen el más extraordinario asombro. En todas las casas me piden que enseñe la brújula e indique en un mapa la dirección de diferentes ciudades.


 Produce la más intensa admiración el que yo, un extranjero, pueda indicar el camino (porque camino y dirección son dos voces sinónimas en este país llano), para dirigirse  a  tal  o  cual  punto  donde  jamás  estuve.  En una  casa,  una  mujer  joven  y  enferma  en  cama,  hace  que  me  rueguen  ir  a  enseñarla  la  famosa  brújula.  Si  grande  es  su  sorpresa,  aún  es  mayor  la  mía  al  ver  tanta  ignorancia  entre  gentes  dueñas  de  miles  de  cabezas  de  ganado  y  de  estancias de  grandísima  extensión. Sólo puede explicarse esta ignorancia por la escasez de visitas de forasteros en este remoto rincón.  Me  preguntan  si  es  la  tierra  o  el  sol  quien  se  mueve,  si  en  el  norte  hace  más  calor  o  más  frío,  dónde  está  España  y  otra  multitud  de  cosas  por  el  estilo.  Casi todos los habitantes tienen una   vaga  idea  de  que  Inglaterra,  Londres  y  América  del  Norte  son  tres  nombres  diferentes  de  un  mismo  lugar;  los  más  instruidos  saben que Londres y la América del Norte son países separados, aunque muy cerca uno de  otro,  y  que  Inglaterra  es  una  gran  ciudad  que  está  en  Londres!  Llevaba conmigo algunas cerillas químicas, y las encendía con los dientes. No tenía límites el asombro, a la vista de un hombre que producía fuego con los dientes; así es que acostumbraba a reunirse toda la familia para presenciar ese espectáculo. Un día me ofrecieron un peso por una sola cerilla.  En el pueblecillo de Las Minas me vieron jabonarme, lo cual dio margen a comentarios sin cuento; uno de los principales negociantes me interrogó con cuidado  acerca  de  esta  práctica  tan  singular;  preguntóme  también  por  qué  a  bordo  llevábamos barba, pues había oído decir a nuestro guía que entonces gastábamos barba.
Ciertamente le era yo muy sospechoso.  Tal vez hubiera oído hablar de las abluciones  mandadas  por  la  religión  mahometana;  y  sabiendo  que  era  yo  hereje,  probablemente  sacaría la consecuencia de que todos los herejes son turcos. Es usual en este país pedir hospitalidad por la noche en la primera casa algo acomodada que se encuentra.  El asombro causado por la brújula y mis demás baratijas,  servíanme  hasta  cierto  punto,  pues  con  esto  y  las  largas  historias  que  contaban  los  guías  acerca  de  mi  costumbre  de  romper las piedras, mi facultad de distinguir las serpientes venenosas de las que no lo eran,  mi  pasión  por  coleccionar  insectos,  etc.,  me  hallaba  en  situación  de  pagarles  su  hospitalidad. Verdaderamente, hablo como si
me hubiese visto en plena África central; no  halagará  a  la  banda  oriental  mi  comparación;  pero  tales  eran  mis  sentimientos  en  aquella época.
Al día siguiente llegamos al pueblecillo de Las Minas. Algunos cerros más, pero en resumen el país conserva el mismo aspecto; sin embargo, un habitante de las Pampas vería de seguro en él una región alpestre
La comarca está tan poco habitada, que apenas encontramos una sola persona durante un día entero de viaje. El pueblo de Las Minas aún es menos importante que Maldonado; está en una pequeña llanura rodeada de cerrillos pedregosos muy bajos. Tiene la forma simétrica de costumbre, y no deja de presentar un aspecto bastante bonito con su iglesia enlucida con cal y sita en el centro mismo del pueblo.  Las  casas  de  los  arrabales  se  elevan  en  el  llano  como  otros  tantos  seres aislados, sin jardines, sin patios de ninguna especie. Es la moda del país; pero eso da, en último término, a todas las casas una apariencia poco cómoda. 


Pasamos la noche en una pulpería o taberna.  Gran número de gauchos acuden por la noche a beber alcohólicos y a fumar cigarros.  Su aspecto es muy chocante: suelen ser fornidos y  guapos,  pero  llevan  impresos  en  la  cara  todos  los  signos  del  orgullo  y  de  la  vida  relajada;  muchos  de  ellos  gastan  bigote  y  cabellos  muy  largos,  ensortijados  por  la  espalda. Sus vestidos, de colores chillones; sus grandísimas espuelas resonantes, en los talones;  sus  cuchillos,  llevados  en  el  cinto  a  modo  de  dagas  (de  los  cuales  hacen  tan  frecuente  uso),  les  dan  un  aspecto  muy  diferente  de  lo  que  pudiera  hacer  suponer  su  nombre  de  gauchos  o  simples  campesinos.  Son  en  extremo  corteses;  nunca  beben  sin  pediros  que  probéis  su  bebida;  pero  mientras  os  hacen  un  saludo  gracioso,  puede  decirse que están dispuestos a asesinaros si se presenta ocasión. 
 
Ñandú

El tercer día seguimos una dirección bastante irregular, pues estaba yo ocupado en examinar algunas capas de mármol.  Vimos muchos avestruces (Struthio  rhea)  en las  hermosas  llanuras  de  césped.  Algunas bandadas eran hasta de veinte o treinta individuos.  Cuando  estos  avestruces  se  colocan  en  una  pequeña  eminencia  y  su  contorno  se  destaca  sobre  el  cielo,  forman  un  espectáculo  muy  bonito.  Nunca he encontrado en ninguna otra parte del país avestruces tan domesticados; os dejan aproximaros hasta muy cerca de ellos, pero entonces extienden las alas, huyen, y bien pronto os dejan atrás, cualquiera que fuere la velocidad de vuestros caballos. 
Llegamos  por  la  tarde  a  casa  de  don  Juan  Fuentes,  rico  propietario  territorial, pero  que  no  conoce  personalmente  a  ninguno  de  mis  acompañantes.  Cuando un forastero se acerca a una casa, hay que guardar algunas ceremonias de etiqueta. Se pone al paso el caballo, se recita un Ave María, y no es cortés echar pie a tierra antes de que alguien  salga  de  la  casa  y  os  diga  que  os   apeéis;  la  respuesta  estereotipada  del propietario  es:  Sin  pecado  concebida. 
Se  entra  en  la  casa  entonces,  y  se  habla  de  generalidades  durante  algunos  minutos;  luego  se  pide  hospitalidad  para  aquella  noche,lo cual se concede siempre, por supuesto. El forastero come con la familia y le dan un aposento, donde hace la cama con las mantas de su recado (osilla de las Pampas).
Es  curioso  advertir  cómo  las  mismas  circunstancias  producen  costumbres  casi  análogas.  En  el  Cabo  de  Buena  Esperanza  se  practican  universalmente  la  misma hospitalidad  y  casi  la  misma  etiqueta.  Al punto se advierte la diferencia de carácter entre el español y el holandés, en que el primero nunca hace ni una sola pregunta a su huésped  fuera  de  lo  que  exigen  las  reglas  más  severas  de  la  cortesía,  al  paso  que  el  bueno  del  holandés  le  pregunta  de  dónde  viene,  a  dónde  va,  qué  hace  y  hasta  cuántos  hermanos, hermanas o hijos tiene.
Poco  tiempo  después  de  nuestra  llegada  a  casa  de  don  Juan  se  echa  hacia  ella  uno de los grandes rebaños de reses vacunas y se eligen tres animales a quienes matar para las necesidades de la gente. Esas reses casi salvajes son muy ágiles; como conocen muy bien ellazo fatal, obligan a los caballos a una larga y ruda cacería antes de dejarse coger. 

ESTANCIA CIMARRONA - LITOGRAFÏA  ANTIGUA
Después de haber sido testigo de la grosera riqueza indicada por un número tan grande  de  hombres,  vacas  y  caballos,  casi  es  un  espectáculo  el  mirar  la  miserable  casucha  de  don  Juan.  El  piso  se  compone  sencillamente  de  barro  endurecido  y  las  ventanas  no  tienen  vidrieras;  los  muebles  de  la  sala  consisten  en  algunas  sillas  muy  ordinarias,  algunos  taburetes  y  dos  mesas, 
Aunque  hay  muchos  forasteros,  la  comida  sólo se compone de dos platos (inmensos en verdad), conteniendo el uno vaca asada, el otro  vaca  cocida  y  algunos  trozos  de  calabaza;  no  se  sirve  ninguna  otra  hortaliza  y  ni  siquiera  un  pedazo  de  pan.  Una  jarra  grande  de  barro  cocido,  llena  de  agua,  sirve  de  vaso  a  toda  la  compañía.  Y,  sin  embargo,  este  hombre  es  dueño  de  varias  millas  cuadradas de terreno, cuya casi totalidad puede producir trigo y con un poco de cuidado todas  las  legumbres  usuales.  Se  pasa  la  velada  en  fumar  y  se  improvisa  un  pequeño  concierto  vocal  con  acompañamiento  de  guitarra.  Las señoritas, sentadas  todas  juntas  en un rincón de la sala, no comen con los hombres.
Se  han  escrito  tantas  obras  descriptivas  acerca  de  estos  países,  que  es  casi superfluo  describir  el  lazo o  las  bolas. 
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El lazo- Juan M. Blanes
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El lazo consiste  en  una  cuerda  muy  fuerte  pero  muy  delgada,  hecha  de  cuero  sin  curtir,  trenzado  con  esmero.  Uno  de  los  extremos  está  fijo  en  la  ancha  cincha  que  sostiene  el  complicado  aparato  del  recado.
El  otro  extremo  termina  en  un  anillito  de  hierro  o  de  cobre,  por  medio  del  cual  puede  hacerse  un  nudo  corredizo. El gaucho, en el momento de servirse del lazo,
conserva, en la mano con que gobierna  el  caballo,  una  parte  de  la  cuerda  arrollada;  y  en  la  otra  mano  tiene  el  nudo  corredizo,  dejándolo  muy  ancho,  por  lo  común  de  unos  ocho  pies  de  diámetro.  Lo hace  girar  alrededor  de  la  cabeza,  cuidando,  con  un  hábil  movimiento  de  la  muñeca,  de  mantener abierto el nudo corredizo; luego lo arroja y le hace caer en el sitio que quiere.
Cuando no se emplea el lazo, se arrolla y se lleva atado a la parte de atrás de la silla.

Las Boleadoras- Juan Manuel Blanes

Hay dos especies de bolas: las más sencillas, que se emplean para cazar avestruces, consisten en  dos  piedras  redondas,  cubiertas  de  cuero  y  reunidas  por  una  tenue  cuerda  trenzada,  como de unos ocho pies de longitud; la otra especie sólo difiere de ésta en que consta de tres  pelotas  reunidas  por  una  cuerda  a  un  centro  común.  El gaucho tiene en la mano la más pequeña de las tres y hace girar las otras dos en derredor de la cabeza; luego de hacer puntería las arroja, y las bolas van a través del aire girando sobre sí mismas como balas de cañón enramadas.  En  cuanto  las  bolas dan  contra  cualquier  objeto,  se  enroscan  cruzándose  en  derredor  de  él  y  se  anudan  con  fuerza.  El  grueso  y  el  peso  de  las  bolas varían según el fin que se propone lograr con ellas: hechas de piedra y del tamaño de una manzana, hieren con tanta fuerza, que a veces rompen las patas del caballo a las cuales se arrollan; se hacen de madera, del tamaño de un nabo, para apoderarse de los animales sin herirlos. A veces son de hierro las bolas, y entonces llegan a mucha mayor distancia. La dificultad principal para servirse del lazo o de las bolas consiste en ser tan buen jinete, que, yendo a galope o volviendo grupas de pronto, se pueda hacerlos girar con bastante igualdad  en  derredor  de  la  cabeza  para  poder  apuntar;  a  pie  se  aprendería  muy  pronto  a manejarlos.  Divertíame  cierta  vez  en  galopar  y  hacer  girar  las  bola en  derredor  de  mi cabeza,  cuando  la  bola  libre  chocó  accidentalmente  con  un  arbustillo;  cesando  entonces  de  pronto  el  movimiento  de  revolución,  cayó  al  suelo  la  bola,  rebotó  enseguida  y  fue  a  enroscarse  a  una  de  las  patas  traseras  de  mi  caballo;  escapóseme  la  otra  bola  y  quedó  cogida  mi  cabalgadura.  Afortunadamente  era  un  caballo  viejo  y  experto,  pues  de  otro  modo se hubiera puesto a cocear hasta caer de lado. Los gauchos se desternillaron de risa gritando que hasta entonces habían visto coger a toda clase de animales, pero que nunca habían visto a un hombre cogerse él mismo. 
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Dos días después llegué al punto más lejano que deseaba visitar. El país conserva el mismo carácter, tanto que el hermoso césped se hace más fatigoso que el camino más polvoriento. Vi en todas partes gran número de perdices (Nothura major).
Estas aves no van en bandadas, y no se ocultan como las perdices en Inglaterra. Un hombre a caballo no tiene más que describir en derredor de estas perdices un círculo, o más bien una espiral, que le acerque a ellas cada vez más, para matar a palos todas cuantas quiera. El método más  común  consiste  en  cazarlas  con  un  nudo  corredizo  o  un  lazo  pequeño  hecho  con  el  cañón de una pluma de avestruz, atado a la punta de un palo largo. Un niño, jinete en un caballo  viejo  y  pacífico,  puede  coger  así  30  ó  40  en  un  solo  día. 
En el extremo más septentrional de la América del Norte1 los indios cazan el conejo americano describiendo una espiral en torno de él, mientras está fuera de su yacija; la hora del medio día, cuando el sol está alto y el cuerpo del cazador no proyecta una sombra muy larga, parece ser el mejor momento para esta especie de caza. 

 
Sierra de la Ánimas

Regresamos a  Maldonado  por  un  camino  un  poco  diferente.  Paso  un  día  en  casa de  un  viejo  español  muy  hospitalario,  cerca  del  «Pan  de  Azúcar»,  sitio  muy  conocido  para  quien  haya  remontado  el  Plata.  Una mañana temprano subimos a la «Sierra de las Animas».  Gracias  a  la  salida  del  sol,  el  paisaje  es  casi  pintoresco.  Al poniente se extiende la vista por una inmensa llanura hasta la montaña de Montevideo, y al oriente por la región ondulosa de Maldonado.  En  la  cúspide  de  la  montaña  hay  varios  montoncitos  de  piedras,  que  evidentemente  están  allí  desde  hace  mucho  tiempo.  Mi compañero de viaje me asegura que son obra de los indios antiguos. Esos montones se parecen, en pequeño, a los que con tanta frecuencia se encuentran en el país de Gales.
El deseo de señalar un acontecimiento cualquiera con un montón de piedras en el punto más  alto  de  las  cercanías,  parece  ser  una  pasión  inherente  de  la  humanidad.  Hoy  no existe ni un solo indio salvaje o civilizado en ninguna parte de la provincia, y no sé que los  antiguos  moradores  hayan  dejado  tras  de    recuerdos  permanentes  más  que  esos  insignificantes montones de piedras de la «Sierra de las Animas».

Hay  pocos  árboles  en  la  banda  oriental;  hasta  pudiera  decirse  que  no  hay  ninguno, y este es un hecho muy notable. Encuéntranse matorrales achaparrados en una parte de las colinas peñascosas; a orillas de las mayores corrientes de agua, sobre todo el norte de Las Minas, hay sauces en bastante gran número. Me han dicho que hubo un bosque de palmeras junto al «Arroyo Tapes»; por otra parte, cerca del «Pan de Azúcar», a 35°  de latitud, he visto una palmera de muchísima altura. Excepto estos pocos árboles,y  los  plantados  por  los  españoles,  falta  por  completo  la  leña.  En  el  número  de  las especies  introducidas  por  los  europeos  pueden  contarse  el  álamo  blanco,  el  olivo,  el  melocotonero  y  algunos  otros  frutales;  el  melocotonero  se  ha  propagado  tan  bien,  que  es  la  única  leña  para  quemar  que  puede  hallarse  en  la  ciudad  de  Buenos  Aires.  Los  países  absolutamente  llanos,  tales  como  las  Pampas,  parecen  poco  favorables  al  crecimiento  de  los  árboles.  ¿A qué debe atribuirse este hecho?  Acaso  a  la  fuerza  de  los  vientos,  acaso  también  al  modo  del  desecamiento  del  suelo.  Pero no  puede  explicarse  por  estas  causas  la  falta  de  árboles  en  las  cercanías  de  Maldonado:  las  colinas  peñascosas que entrecortan esta región presentan abrigos y hay allí diferentes clases de terrenos;  por  lo  común  corre  un  arroyo  por el  fondo  de  cada  valle,  y  la  naturaleza  arcillosa del suelo parece hacerlo muy apto para conservar una humedad suficiente. Se ha  pensado,  y  ésta  es  una  deducción  muy  probable  en  sí,  que  la  cantidad  anual  de  humedad  determina  la  presencia  de  los  bosques2 ;  pues  bien,  en  esta  provincia  caen  lluvias abundantes y frecuentes en invierno, y aunque el verano es seco, no lo es en un grado excesivo3.

Inmensos árboles cubren la casi totalidad de la Australia; sin embargo,el clima de este país es mucho más árido. Esta carencia de árboles en la banda oriental debe, pues, depender de alguna otra causa desconocida. 
Si  sólo  se  atendiese  a  la  América  del  Sur,  nos  inclinaríamos  acaso  a  creer  que los árboles no crecen sino en un clima muy húmedo; en efecto, el límite de la zona de los  bosques  coincide  muy  singularmente  con  el  de  los  vientos  húmedos.  En  la  parte  meridional  de  este  continente,  allí  donde  soplan  casi  constantemente  de  tempestad  los vientos  del  oeste,  cargados  de  humedad  por  el  Pacífico,  todas  las  islas  y  todos  los puntos de la costa occidental tan profundamente recortada, desde el 380  de latitud hasta la punta más extrema de la Tierra de Fuego, están cubiertos de impenetrables bosques.
En  la  vertiente  oriental  de  las  Cordilleras  y  en  esas  mismas  latitudes,  pero  donde  el  cielo azul y el clima tan hermoso prueban que el viento ha sido privado de su humedad al  pasar  por  las  montañas,  las  áridas  llanuras  de  la  Patagonia  tienen  pobrísima vegetación. En las partes más septentrionales del continente, en la región de los vientos alisios  constantes  al  suroeste,  magníficos  bosques  adornan  la  costa  occidental;  al  paso que puede darse el nombre de desierto a toda la costa occidental comprendida entre los 40  y los 320   latitud  sur.  En esta  costa  occidental,  al  norte  de  los  44 ° latitud  sur,  al  paso  que los vientos alisios pierden su regularidad y caen periódicamente torrentes de lluvia, las costas que rodean el Pacífico, tan desnudas en el Perú, vístense junto al cabo Blanco de  una  admirable  vegetación,  tan  célebre  en  Guayaquil  y  en  Panamá.  Así,  en  la  parte  meridional  y  en  la  parte  septentrional  de  este  continente,  los  bosques  y  los  desiertos ocupan  posiciones  inversas  con  respecto  a  las  cordilleras,  y  esas  posiciones  parecen  determinadas por la dirección de los vientos que reinan con más constancia. En medio del  continente  hay  una  gran  región  intermediaria  que  comprende  Chile  central  y  las provincias del Plata, región donde los vientos cargados de humedad no tiene que pasar por encima de altas montañas; pues bien, en esa región la tierra ya no es un desierto ni está  cubierta  de  bosques.  Pero,  aun  aplicando  sólo  a  la  América  del  Sur  esta  regla,  según  la  cual  los  árboles  no  crecen  sino  en  un  clima  húmedo  por  vientos  cargados  de  vapores,  nos  encontramos  con  una  excepción  muy  marcada:  las  islas  Falkland.  Estas islas, situadas en la misma latitud que la Tierra del Fuego y distantes de ella 200 ó 300 millas nada más, tienen un clima casi análogo y una formación geológica casi idéntica.
Abundan  en  situaciones  favorables;  el  suelo,  como  el  de  la  Tierra  de  Fuego,  es  una  especie  de  turba,  y,  sin  embargo,  apenas  se  encuentran  allí  algunas  plantas  que  merezcan  el  nombre  de  arbustillos;  en  la Tierra  de  Fuego,  por  el  contrario,  impenetrables  bosques  cubren  hasta  el  rincón  más  pequeño.  No obstante, la dirección de los vientos y de las corrientes marinas es favorable para el transporte de semillas desde la Tierra  de  Fuego,  como  lo  prueban  las  canoas  y  los  numerosos  troncos  de  árboles  que, arrastrados  desde  esta  última,  van  a  estrellarse  contra  la  isla  Falkland  occidental.  Sin  duda,  a  esta  causa  se  debe  la  semejanza  de  la  flora  de  ambos  países,  excepto  los  árboles, pues en las islas Falkland no han podido crecer ni siquiera las que se ha tratado de trasplantar.  
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Cervus campestris

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Durante  mi  permanencia  en  Maldonado,  enriquecióse  mi  colección  con  varios  cuadrúpedos, ochenta especies de aves y numerosos reptiles, incluyendo nueve especies de éstos. El único mamífero indígena que aún se encuentra, muy común por otra parte, es el Cervus campestris. Este ciervo, reunido a menudo en pequeños rebaños, abunda en todas  las  regiones  que  rodean  al  Plata  y  en  la  Patagonia  septentrional.  Si  se  anda  arrastrándose por el suelo para aproximarse a una manada, llevados estos animales por la curiosidad se os acercarán a menudo; empleando esta estratagema, he podido matar en  un  mismo  sitio  a  tres  ciervos  de  un  mismo  rebaño.  Aun siendo tan manso y tan  curioso, este animal desconfía en extremo si ve a alguien a caballo; en efecto, nadie va nunca  a  pie  por  este  país,  y  et  ciervo  sólo  ve  un  enemigo  en  el  hombre  cuando  va  a caballo  y  armado  de  bolas.  En Bahía Blanca, establecimiento reciente en la Patagonia septentrional, me quedé atónito al ver cuán poco se asusta el ciervo por el disparo de un arma de fuego.  Un  día  disparé  diez  tiros  de  fusil  a  un  ciervo  a  una  distancia  de  80  metros; pues bien, parecía sorprenderle mucho más el ruido de la bala al dar en el suelo que el de la detonación de la escopeta. Ya no me quedaba pólvora; me vi obligado, por tanto,  a  levantarme  (lo  confieso  para  mi  ludibrio  como  cazador,  aunque  con  facilidad  mato un pájaro al vuelo), y tuve que gritar muy fuerte para que el ciervo se alejase.
El hecho más curioso que debo advertir, acerca de este animal, es el olor fuerte y desagradable que exhala el macho. Es imposible describir este olor: diéronme náuseas y estuve a punto de desmayarme muchas veces mientras desollaba el ejemplar cuya piel está hoy en el Museo Zoológico. Envolví la piel en un pañuelo de seda para llevármela a casa.  Pues  bien;  después  de  haber  hecho  lavar  mucho  el  pañuelo  de  bolsillo  lo  usé  continuamente;  a  pesar  de  lavarlo  con  frecuencia,  cada  vez  que  lo  desdoblaba  sentía  inmediatamente ese olor, y esto duró diez y nueve meses. He aquí un pasmoso ejemplo de la persistencia de una sustancia que, sin embargo, debe de ser muy volátil; en efecto, a  menudo  me  ha  ocurrido,  al  pasar  a  media  milla  de  distancia  de  una  manada  de  ciervos,  sentir,  traído  por  el  viento,  un  aire  pestífero  a  causa  del  olor  del  macho.  Creo que este olores más penetrante en la época en que son perfectas las astas del macho, es decir,  cuando  están  desprovistas  de  la  piel  peluda  que  las  cubre  durante  algún  tiempo. 
Cuando  el  ciervo  exhala  este  olor,  claro  es  que  no  se  puede  comer  su  carne,  pero  los gauchos  afirman  que  se  la  puede  quitar  todo  mal  gusto  enterrándola  en  tierra  húmeda  y  dejándola  permanecer  allí  algún  tiempo.  He  leído  no    dónde  que  los  habitantes  de  las  islas  situadas  al  norte  de  Escocia  tratan  de  la  misma  manera,  antes  de  comerla,  la  tan detestable carne de las aves que se alimentan de pescado. 
El  orden  de  los  roedores  cuenta  aquí  con  especies  numerosas;  me  proporcioné ocho especies de ratones4
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Carpincho

El roedor más grande que hay en el mundo, el Hidrochoerus capybara (cerdo de agua), es muy común  en  este  país.  En  Montevideo  maté  uno  que  pesaba 98 libras; desde la punta del hocico hasta la cola medía tres pies y dos pulgadas de longitud;  su  circunferencia  era  de  tres  pies  y  ocho  pulgadas.  Estos  grandes  roedores  frecuentan  algunas  veces  las  islas  en  la  desembocadura  del  Plata,  donde  el  agua  es completamente  salada;  pero  abundan  mucho  más  en  las  márgenes  de  los  ríos  y  de  los lagos de agua dulce. Cerca de Maldonado suelen vivir tres o cuatro juntos. Durante el día están  tendidos  entre  las  plantas  acuáticas  o  van  tranquilamente  a  pacer  la  hierba  de  la  llanura5
Vistos desde cierta distancia, su paso y su color les hace parecerse a los cerdos; pero cuando están sentados, vigilando con atención todo lo que pasa, vue’el aspecto de sus congéneres los cavias y los conejos. La gran longitud de su maxilar le da una apariencia cómica cuando se les ve de frente o de perfil. En Maldonado son casi mansos; andando con precaución, pude acercarme a una distancia de tres metros a cuatro de estos animales. Puede explicarse esta casi domesticidad por el hecho de que el jaguar ha  desaparecido  por  completo  de  este  país  desde  hace  algunos  años,  y  el  gaucho  no  piensa  que  ese  animal  sea  digno  de  ser  cazado.  Conforme  iba  acercándome  a  los  cuatro  individuos,  de  los  cuales  acabo  de  hablar,  dejaban  oír  el  ruido  que  les  caracteriza,  una  especie  de  gruñido  sordo  y  abrupto;  no  puede  decirse  que  sea  un  sonido,  sino  más  bien  una expulsión brusca del aire que tienen en los pulmones; no conozco sino un solo ruido análogo  a  ese  gruñido,  y  es  el  primer  ladrido  ronco  de  un  perro  grande.  Después  de  habernos mirado mutuamente por espacio de algunos minutos, pues me examinaban ellos con  tanta  atención  como  podía  yo  examinarlos,  tiráronse  todos  al  agua  con  el  mayor  ímpetu, dejando oír su gruñido. Después de zambullirse durante algún tiempo volvieron a la superficie, pero sin sacar más que la parte superior de la cabeza. Cuando la hembra va a  nado  dícese  que  sus  hijuelos  se  sientan  en  el  lomo  de  la  madre. 
Fácilmente  se  podría  matar  en  gran  número  a  estos  animales,  pero  su  piel  vale  poco  y  su  carne  no  es  muy buena. Abundan en las islas del río Paraná y sirven por lo común de presa al jaguar.

El   tucutuco 

El   tucutuco  (Ctenomys   brasiliensis)   es   un   curioso   animalito   que   puede describirse  en  pocas  palabras:  un  roedor  que  tiene  las  costumbres  del  topo.  Muy numeroso en algunas partes del país, no por eso deja de ser difícil adquirirlo; pues nunca sale, según creo, de debajo del suelo.  Deja  en  el  extremo  exterior  de  su  agujero  un  montoncito  de  tierra,  lo  mismo  que  hace  el  topo;  sólo  que  ese  montón  es  más  pequeño. 
Estos animales minan tan completamente espacios grandísimos, que al pasar por encima de sus galerías los caballos, se hunden a menudo hasta los corvejones. Hasta cierto punto, los  tucutucos  parecen  vivir  en  sociedad;  el  hombre  que  me  dio  mis  ejemplares  había  cogido  seis  de  un  golpe,  y  me  dijo  que  era  cosa  harto  común  el  coger  a  muchos  juntos. 
No se mueven durante la noche; se alimentan principalmente con las raíces de las plantas,y  para  encontrarlas  hacen  galerías  inmensas.  En todas partes se conoce a este animal, por un ruido muy particular que hace debajo del suelo. La persona que por vez primera oye  este  ruido  se  queda  muy  sorprendida:  no  es  fácil  decir  de  dónde  viene  y  es  imposible suponer quién lo causa. Ese ruido consiste en un gruñido nasal corto pero no muy  fuerte,  repetido  rápidamente  cuatro  veces  en  el  mismo  tono6 ;  se  ha  dado  a  este  animal  el  nombre  de  tucutuco, para  imitar  el  sonido  que  produce.  Allí donde abunda este animal puede oírsele en todos los instantes del día, y a menudo exactamente debajo del sitio donde estamos.  En  un  aposento  los  tucutucos  se  mueven  despacio  y  con  pesadez,  lo  cual  parece  depender  de  la  acción  de  sus  patas  traseras;  les  es  imposible saltar  a  la  más  pequeña  altura  vertical,  por  carecer  de  cierto  ligamento  la  articulación  del muslo. No tratan de escaparse; cuando están encolerizados o se asustan, dejan oír el tucutuco.  Conservé  algunos  vivos  y  la  mayor  parte  se  domesticaron  perfectamente  desde  el  primer  día,  sin  tratar  de  huir  ni   de  morder;  otros  siguieron  siendo  ariscos  un  poco más tiempo.
El  hombre  que  me  los  había  proporcionado  me  afirmó  que  se  encuentran  gran  número de ellos ciegos. Un ejemplar que conservé en espíritu de vino, hallábase en ese estado;  Mr.  Reed  piensa  que  su  ceguera  proviene  de  una  inflamación  de  la  membrana  nisctitante. Estando vivo el animal, puse un dedo a media pulgada de su cabeza y no lo vio;  sin  embargo,  se  dirigía  por  la  estancia  casi  tan  bien  como  los  otros.  Dadas las costumbres estrictamente subterráneas del tucutuco, la ceguera, aun siendo tan común no puede ser para él una grave desventaja; sin embargo, parece extraño que un animal, sea cual fuere, tenga un órgano sujeto a alterarse con tanta frecuencia. Lamarck hubiera sacado   mucho   partido   de   este   hecho,   si   lo   hubiese   conocido   cuando   discutía   (probablemente con más verdad de la que por lo común se encuentra en él) la ceguera adquirida gradualmente  por  el  Aspalax7 , un roedor que vive debajo  de  tierra,  y  por  el  Proteus, un  reptil  que  vive  en  oscuras  cavernas  llenas  de  agua;  en  estos  dos  últimos  animales,  el  ojo  está  casi  en  estado  rudimentario  y  cubierto  por  una  membrana aponeurósica y por piel. En el topo común, el ojo es extraordinariamente pequeño, pero perfecto;  muchos  anatómicos,  sin  embargo,  dudan  de  que  esté  unido  al  verdadero  nervio   óptico;   ciertamente   la   visión   del   topo   debe   de   ser   imperfecta,   aunque   probablemente  le  sea  útil  cuando  sale  de  su  agujero.  En  el  tucutuco  (que,  según  creo,  nunca  sale  a  la  superficie)  el  ojo  es  bastante  grande,  pero  casi  nunca  sirve  para  nada,  puesto que puede alterarse sin que esto parezca causar el menor perjuicio al animal; sin duda  ninguna,  Lamarck  hubiera  sostenido  que  el  tucutuco  está  pasando  hoy  al  estado  del aspalax y del proteo.  

 Molothrus niger
 
Hállanse  numerosas  especies  de  aves  en  las  verdeantes  llanuras  que  rodean  a  Maldonado.  Hay  allí  varias  especies  de  una  familia  que  por  su  conformación  y  sus  hábitos se aproxima mucho a nuestro estornino; una de esas especies (Molothrus niger) tiene  unas  costumbres  muy  notables.  Con  frecuencia  puede  verse  a  muchos  de  sus individuos  posados  en  los  lomos  de  un  caballo  o  de  una  vaca;  cuando  se  encaraman  sobre un seto, limpiándose las plumas al sol, intentan algunas veces cantar o más bien silbar.
 El  sonido  que  emiten  es  singularísimo:  se  asemeja  al  ruido  que  haría  el  aire  saliendo  por  un  pequeño  orificio  debajo  del  agua,  pero  con  fuerza  suficiente  para  producir  un  sonido  agudo.  Según  Azara,  este  ave  deposita  sus  huevos  en  los  nidos  de  otras,  como  hace  el  cuco.  Los  campesinos  me  han  dicho  varias  veces  que  hay  ciertamente  un  ave  que  tiene  esta  costumbre;  mi  ayudante,  persona  muy  cuidadosa,  encontró un nido del gorrión de este país (Zonotrichia matutina), nido que contenía un huevo  mayor  que  los  otros,  de  color  y  forma  diferentes  también. 

 Hay  otra  especie  de  Molothus en la América del Norte (Molothrus pecoris) que tiene esa misma costumbre del cuco y que desde todos los puntos de vista se asemeja mucho a la especie del Plata, hasta en el insignificante detalle de posarse en el lomo de las reses; sólo difiere de ella en  ser  un  poco  más  pequeña,  y  en  que  su  plumaje  y  sus  huevos  tienen  un  tinte  algo diferente.  Esta  semejanza  chocante  de  conformación  y  de  costumbres  en  especies  representativas  que  habitan  en  los  dos  extremos  de  un  gran  continente,  tiene  siempre  sumo interés, aunque se encuentra con frecuencia. 
Mr. Swainson ha advertido con mucha razón8  que, excepto el Molothrus pecoris (al  cual  conviene  añadir  el  Molothrus  niger),  los  cucos  son  las  únicas  aves  que  realmente  pueden  llamarse  parásitas, es  decir  «que  se  adhieren,  digámoslo  así,  a  otro  animal vivo, animal cuyo calor hace desarrollarse a su cría, que alimenta a sus hijuelos y  la  muerte  del cual  causaría  la  de  éstos».  Es  muy  de  notar  que  algunas  especies  del  cuco  y  del  molotro,  aunque  no  todas,  hayan  adoptado  esta  extraña  costumbre  de propagación parásita, cuando difieren casi todas sus otras costumbres. El molotro es un ave  esencialmente  sociable,  como  nuestro  estornino,  y  vive  en  llanuras  abiertas  sin  tratar  de  esconderse  o  de  ocultarse;  por  el  contrario  (como  todo  el  mundo  lo  sabe),  el  cuco es tímido en extremo, no frecuenta sino los matorrales más retirados y se alimenta de  frutos  y  de  orugas.  Estos dos géneros tienen también una conformación muy diferente.  Se  han  propuesto  muchas  teorías,  llegándose  a  invocar  hasta  la  frenología, para explicar el origen de ese tan curioso instinto que induce al cuco a poner sus huevos en  los  nidos  de  otras  aves.  Creo que sólo las observaciones de M.  Prévost9   han dado alguna luz respecto a este problema.  La  hembra  del  cuco  pone  lo  menos  cinco  o  seis  huevos;  según  la  mayor  parte  de  los  observadores;  y,  según  M.  Prévost,  tiene  que  ayuntarse  con  el  macho  cada  vez  que  ha  puesto  uno  o  dos  huevos.  Pues  bien,  si  la hembra  se  viese  obligada  a  incubar  sus  propios  huevos,  tendría  que  incubarlos  todos  juntos,  y  por  consiguiente,  los  de  las  primeras  puestas  quedarían  abandonados  tanto tiempo  que  se  pudrirían,  o  tendría  que  ir  incubando  cada  huevo  por  separado, inmediatamente después de ponerlo; y como el cuco permanece en nuestro país mucho menos  tiempo  que  ninguna  otra  ave  emigrante,  la  hembra  no  dispondría  del  necesario  para ir incubando uno tras otro todos sus huevos durante su permanencia. El hecho de que el cuco se ayunta varias veces y la hembra pone los huevos con intervalos, parece explicar que los deposite en los nidos de otras aves y los abandone a los cuidados de sus padres postizos. Estoy tanto más dispuesto a aceptar esta explicación, cuanto que, como pronto   se   verá,   he   llegado   de   una   manera   independiente   a   adoptar   las   mismas   conclusiones  respecto  a  los  avestruces  de  la  América  meridional,  cuyas  hembras  son parásitas  unas  de  otras,  si  así  puede  decirse;  en  efecto,  cada  hembra  deposita  varios  huevos en los nidos de otras hembras, y el macho se encarga de todos los cuidados de la incubación, como los padres postizos respecto al cuco.
El número, la falta de energía y las asquerosas costumbres de las aves de rapiña de la América del Sur, que se alimentan de animales muertos, hacen de ellas unos seres en  extremo  curiosos  para  quien  sólo  conoce  bien  las  aves  de  la  Europa  septentrional. 
Pueden  comprenderse  en  esta  lista  cuatro  especies  de  caracaras  o  Polyvorus, el  buitre, el  gallinazo  y  el  cóndor.  La  conformación  de  las  caracaras  las  hace  colocar  en  el  número de las águilas; veremos sin son dignas de tan alta alcurnia. Sus costumbres las hacen asemejarse mucho a nuestros cuervos, a nuestras picazas, a nuestras cornejas, que se  alimentan  de  carnes  muertas;  tribu  de  aves  muy  difundida  en  todo  el  resto  del  mundo,  pero  que  no  existe  en  la  América  del  Sur.  

 Comencemos  por  el  Polyvorus brasiliensis.
Esta  ave  es  muy  común  y  habita  en  una  superficie  geográfica  muy  extensa; está en extremo difundida por las ll anuras herbosas del Plata, donde recibe el nombre  de  carrancha,  y  se  encuentra  también  bastante  a  menudo  en  los  llanos  estériles de la Patagonia. En el desierto que separa el río Negro del Colorado están en gran número en el camino de las caravanas para devorar los cadáveres de los infelices animales a quienes la sed y la fatiga han hecho morir en el camino. Aunque muy común en estos países secos y abiertos, así como en las costas áridas del Pacífico, habita también  en  los  impenetrables  bosques  tan  húmedos  de  la  Patagonia  occidental  y  de  la  Tierra  de  Fuego.  Las  carranchas,  así  como  los  chimangos,  están  siempre  presentes  en  gran  número  en  las  «estancias»,  así  como  en  los  mataderos.  Así  que  muere  un  animal  en  la  llanura  comienzan  a  comérselo  los  gallinazos;  luego  vienen  las  dos  especies  de  Polyvorus, que  no  dejan  absolutamente  más  que  los  huesos.  Aunque  estas  aves  se  encuentran  juntas  en  la  misma  presa,  distan  mucho  de  ser  amigas.  Mientras  que  la  carrancha  está  tranquilamente  encaramada  sobre  una  rama  de  árbol  o  descansa  en  el  suelo,  el  chimango  continúa  a  menudo  volando  durante  largo  tiempo  de  acá  para  allá. 
Esta última no se apura y se limita a bajar la cabeza. Aunque las carranchas se reunen con  frecuencia  en  gran  número,  no  viven  en  sociedad,  puesto  que  en  los  lugares desiertos se las ve a menudo solas o cuando más en parejas. 
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Calandria 

Me  he  fijado  mucho  en  un  pájaro  burlón  (Mimus orpheus), llamado calandria por  los  habitantes;  este  ave  deja  oír  un  canto  superior  al  de  todas  las  demás  aves  del país, y también es casi la única de la América del Sur a quien he visto encaramarse para cantar. Puede compararse este canto al de la silvia o curruca, sólo que es más potente; algunas notas duras y muy altas se mezclan con un gorjeo muy agradable. No se le oye en primavera; durante las otras estaciones dista mucho de ser armonioso su penetrante grito. Cerca de Maldonado estas aves son muy atrevidas y muy poco ariscas; visitan en gran número- las casas de campo para arrancar pedazos a la carne colgada en las paredes  o  en  postes;  si  otra  ave,  sea  cual  fuere,  se  aproxima  a  ellas  para  tomar  parte  en  el  festín,  las  calandrias  la  expulsan  enseguida. 

Otra  especie,  próxima  aliada  de  ésta  (Mimus patagónica, de D'Orbigny), que habita en las inmensas llanuras desiertas de la Patagonia,  es  mucho  más  salvaje,  y  tiene un  tono  de  voz  un  poco  diferente.  Paréceme  curioso mencionar (lo cual prueba la importancia de las más ligeras diferencias entre las costumbres) que, habiendo visto esta segunda especie, y no juzgándola sino desde este punto  de  vista,  creí  que  era  diferente  de  la  especie  habitante  en  las  cercanías  de  Maldonado.  Habiendo adquirido luego un ejemplar, y comparado ambas especies sin gran esmero, pareciéronme tan absolutamente semejantes que cambié de opinión. Pues bien, Mr. Gould sostiene que son dos especies distintas, conclusión que concuerda con la leve diferencia de hábitos que Mr. Gould no conocía, sin embargo. 
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Saurophagus  sulphuratus - benteveo

No  citaré  más  que  otras  dos  aves  muy  comunes  y  muy  nobles  por  sus  costumbres.  Puede  considerarse  al  Saurophagus  sulphuratus  como  el  tipo  de  la  gran  tribu  americana  de  los  papamoscas.  Por su conformación se asemeja mucho  al  verdadero  alcotán,  pero  por  sus  costumbres  puede  comparársele  a  muchas  aves.  Le he observado con frecuencia estando yo de caza en el campo, cerniéndose ya encima de un sitio, ya sobre otro sitio.  Cuando  está  suspenso  así  en  el  aire,  a  cierta  distancia  se  le  puede  tomar  fácilmente  por  uno  de  los  miembros  de  la  familia  de  las  aves  de  rapiña;  pero  se  deja  caer  con  mucha  menos  fuerza  y  rapidez  que  el  halcón.  Otras veces, el saurófago   frecuenta   las   cercanías   del   agua;   Permanece   allí   quieto   como   un Martín pescador, y pesca los pececillos que cometen la imprudencia de acercarse demasiado a la orilla.  A  menudo  se  guardan  estas  aves  enjauladas  o  en  los  corrales  de  las  granjas;  en  este  caso,  se  les  cortan  las  alas.  Se  domestican  muy  pronto,  y  es  muy  divertido observar sus maneras cómicas, las cuales se parecen mucho a las de la urraca común,  según  me  han  dicho.  Cuando vuelan, avanzan por medio de una serie de ondulaciones, porque el peso de su cabeza y de su pico es demasiado grande, si con el de su cuerpo se compara. Por la noche, el saurófago se encarama sobre un matorral, casi siempre  al  borde  del  camino;  y  repite  continuamente,  sin  modificarlo  nunca,  un  grito  agudo y bastante agradable, que se parece un poco a palabras articuladas. Los españoles creen reconocer éstas: «bien te veo», y por eso le han dado este nombre.  
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Carancho

Dícese que las carranchas son muy astutas y que roban gran número de huevos.
De  acuerdo  con  los  chimangos,  intentan  arrancar  las  costras  que  se  forman  en  las  heridas  de  los  caballos  y  las  mulas  han  podido  hacerse  en  los  lomos.  Por  un  lado  el pobre  animal  con  las  orejas  colgando  y  encorvado  er  espinazo,  por  otro  lado  el  ave  amenazadora  echando  miradas  de  gula  a  esta  presa  asquerosa:  todo  ello  forma  un  cuadro,  descrito  por  el  capitán  Head  con  su  ingenio  y  su  exactitud  habituales.  Estas  falsas águilas rarísimas veces atacan a un cuadrúpedo o a un ave vivos.
Quien ha tenido ocasión  de  pasar  la  noche  tumbado  entre  su  manta  en  las  desoladas  llanuras  de  la  Patagonia, cuando por la mañana abre los ojos y se ve rodeado a distancia por esas aves que  le  vigilan  inmediatamente  comprende  las costumbres de buitre de esos comedores de  carnaza;  por  supuesto,  este  es  uno  de  los  caracteres  de  aquellos  países  que  no  se  olvida  con  facilidad  y  que  reconoce  todo  el  que  los  ha  recorrido.  Si  un  grupo  de  hombres  va  de  caza,  juntamente  con  caballos  y  con  perros;  muchas  de  esas  aves  les  acompañan toda la jornada. En cuanto la carrancha se ha hartado, su buche desnudo se proyecta adelante; entonces (como siempre, por otra parte) está inactiva, pesada, floja; su  vuelo  perezoso  y  lento  se  parece  al  de  la  grulla  inglesa;  rara  vez  se  cierne  en  los  aires;  sin  embargo,  dos  veces  vi  a  una  de  ellas  cerniéndose  a  gran  altura;  entonces  parecía  moverse  en  el  aire  con  mucha  facilidad.  En  vez  de  saltar  corre,  pero  no  con  tanta rapidez como algunas de sus congéneres. A veces, aunque muy pocas, deja oír la carrancha un grito; ese grito, fuerte, muy penetrante y singularísimo, puede compararse al  sonido  de  la  g gutural  española  seguido  por  una  doble  rr;  cuando  prorrumpe  en  ese  grito eleva la cabeza cada vez más, hasta que, a la postre y abierto el pico cuan grande es,  el  vértice  de  la  cabeza  casi  toca  a  la  parte  inferior  de  su  dorso.  Este  hecho  se  ha  negado;  pero  he  podido  observar  frecuentemente  a  esas  aves  con  la  cabeza  tan  echada  hacia atrás, que casi forman un círculo. Apoyándome en la elevada autoridad de Azara puedo añadir a estas observaciones: que la carrancha se alimenta de gusanos, moluscos acuáticos,  limacos,  saltamontes  y  ranas;  que  mata  a  los  corderillos  arrancándoles  el  cordón  umbilical;  y  que  persigue  al  gallinazo  con  tanto  encarnizamiento,  que  este  último  se  ve  obligado  a  expeler  la  carnaza  tragada  por  él  recientemente.  Azara  afirma  que a menudo se reúnen cinco o seis carranchas para dar caza a grandes aves y aun a las garzas reales. Todos estos hechos prueban que este ave es muy variable en sus gustos y que está dotada de una gran espontaneidad. 
chimango
El Polyvorus chimango es mucho más pequeño que la especie precedente. Es un ave  verdaderamente  omnívora;  come  de  todo,  hasta  pan;  y  me  han  asegurado  que  devasta  los  campos  de  patatas  en  Chiloé,  arrancando  los  tubérculos  que  acaban  de  plantarse.  Entre  todas  las  aves  que  comen  carne  muerta,  suele  ser  la  última  que  abandona  el  cadáver  de  un  animal;  muy  a  menudo  hasta  la  he  visto  en  el  interior  del  costillaje de un caballo o de una vaca, como un pájaro dentro de una jaula.

El Polyvorus Novae  Zelandiae  es  otra  especie  muy  común  en  las  islas  Falkland.  Estas aves se parecen casi en todo a las carranchas.  Se alimentan de cadáveres y de animales marinos; en los peñones de Ramírez hasta tienen que pedir al mar todo su alimento. En extremo atrevidas, frecuentan las cercanías de las casas para apoderarse de todo cuanto se arroje desde ellas. Así que un cazador mata a un animal, se juntan alrededor suyo en gran número para precipitarse sobre cuanto el hombre pueda abandonar y esperan con paciencia durante horas si es preciso.  Cuando  están  ahitos,  hínchaseles  el  implume  buche,  lo  cual  les  da  un  aspecto  repulsivo. 
Suelen  atacar  a  las  aves  heridas:  habiendo  llegado  a  descansar  en  la  costa  un  Mórfex herido,  inmediatamente  fue  rodeado  por  varias de esas aves, las cuales acabaron de matarlo a picotazos. El Beagle sólo visitó en verano las islas Falkland; pero los oficiales del buque Aventure, que pasaron un invierno en estas islas, me han citado muchos ejemplos extraordinarios de la audacia y de la rapacidad de estas aves.
Una vez atacaron a un perro que dormía a los pies de uno de  los  oficiales;  otra  vez,  estando  de  caza,  hubo  que  disputarlas  unos  gansos  que  acababan  de  ser  muertos.  Dícese  que  reunidas  en  bandadas  (y  en  esto  se  parecen  a  las  carranchas), se colocan junto al boquete de una gazapera y se arrojan sobre el conejo en cuanto  sale.  Cuando  el  barco  estaba  en  el  puerto  iban  constantemente  a  visitarlo  y  era  menester una vigilancia de todos los instantes para impedir que destrozasen los pedazos de  cuero  que  había  en  las  jarcias  y  llevarse  los  cuartos  de  carne  o  la  caza  colgados  a  popa. Estas aves son muy curiosas, y también sólo por eso muy desagradables: recogen todo  cuanto  pueda  haber  en  el  suelo;  transportaron  a  una  milla  de  distancia  un  gran  sombrero de hule y lleváronse también un par de bolas muy pesadas, de las que sirven para la caza de reses mayores. Durante una excursión, Mister Usborne tuvo una pérdida muy  sensible,  puesto  que  le  robaron  una  brujulita  de  Kater,  metida  en  un  estuche  de  tafilete  rojo,  y  jamás  pudo  recobrarla.  Se pelean mucho y tienen terribles accesos de cólera, durante los cuales arrancan la hierba a picotazos.  No  puede  decirse  que  vivan  verdaderamente en sociedad; no se ciernen en las alturas y su vuelo es pesado y torpe; corren  con  mucha  rapidez,  y  su  paso  se  asemeja  bastante  al  de  los  faisanes.  Son muy  estrepitosos,  dan  varios  gritos  agudos;  uno  de  esos  gritos  se  parece  al  de  la  grulla  inglesa,  por  lo  cual  les  han  dado  este  nombre  los  pescadores  de  focas.  Circunstancia  curiosa:  cuando  arrojan  un  grito  echan  atrás  la  cabeza,  igual  que  la  carrancha.  Construyen los nidos en costas escarpadas, pero sólo en los islotes pequeños próximos a la costa y nunca en tierra firme o en las dos islas principales: extraña precaución para un ave tan poco asustadiza y tan atrevida. Los marinos dicen que la carne cocida de estas aves es muy blanda y constituye un manjar excelente; pero se necesita sumo valor para tragar un solo bocado de ella. 
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buitre
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Sólo nos falta hablar del buitre (Vultur Aurea) y del gallinazo. Encuéntrase el primero en todas las comarcas moderadamente húmedas desde el cabo de Hornos hasta la América del Norte.  Al  contrario  que  el  Polyvorus  brariliensit  y  el  chimango,  ha  penetrado en las islas Falkland.
El buitre es un ave solitaria, que a lo sumo se encuentra por parejas.  Puede reconocerse inmediatamente hasta a gran distancia por su elegante vuelo y por la altura a que se cierne. Sabido es que sólo se alimenta de carnaza. En la costa  occidental  de  la  Patagonia,  en  medio  de  los  islotes  con  vegetación  y  en  la  costa  tan profundamente recortada, se nutre nada más que con lo que el mar arroja a la costa y con las focas muertas. Donde estas últimas se reúnen sobre los peñascos, de seguro se encuentran buitres. El gallinazo (Cathartes atratus) no habita en las mismas regiones que  la  última  especie  y  nunca  se  encuentra  al  sur  del  41  de  latitud.  Según Azara,  pretende una tradición que no había de estas  aves  junto  a  Montevideo  en  tiempo  de  la  conquista,  y  que  sólo  han  ido  a  esos  parajes  detrás  de  los  habitantes.  En  la  actualidad  habitan  en  gran  número  en  el  valle  del  Colorado,  sito  a  300  millas  al  sur  de  Montevideo.
Parece  probable  que  esta  nueva  inmigración  ha  ocurrido  desde  el  tiempo  de  Azara.   
El  gallinazo  suele  preferir  un  clima  húmedo,  o  más  bien  las  cercanías  del  agua  dulce; por eso abunda en extremo en el Brasil y en el Plata y nunca se le encuentra en las  llanuras  áridas  y  desiertas  de  la  Patagonia  septentrional,  excepto  a  lo  largo  de  algunos ríos. Estas aves frecuentan las Pampas hasta las Cordilleras, pero ni una sola he visto  en  Chile;  en  el  Perú  se  las  respeta,  por  considerarlas  como  los  verdaderos  barrenderos de las calles. Ciertamente puede decirse que esta clase de buitres viven en sociedad,  pues  parecen  complacerse  en  su  mutua  compañía  y  no  sólo  se  reúnen  para  arrojarse  contra  una  presa  común.  En un día bueno pueden observarse a menudo  bandadas  enteras  cerniéndose  a  grandes  alturas,  describiendo  cada  ave  las  más  graciosas  evoluciones. Estas evoluciones no pueden ser para ellas más que un ejercicio, o tal vez se relacionen con sus enlaces matrimoniales.
He  citado  todas  las  aves  que  se  alimentan  de  carnaza,  excepto  el  cóndor;  quizá 
sea  preferible  dejar  lo  que  tengo  que  decir  de  él  hasta  que  visitemos  un  país  más  en relación con sus costumbres que las llanuras del Plata.

 Tubos vitrificados y silíceos que forma el rayo cuando penetra en la arena.

A algunas millas de Maldonado, en una ancha zona de montecillos de arena que separan  la  laguna  del  Potrero  de  las  márgenes  del  Plata,  encontré  un  grupo  de  esos  tubos vitrificados y silíceos que forma el rayo cuando penetra en la arena. Esos tubos se parecen  por  completo  a  los  de  Drigg  en  Cumberland,  descritos  en  las  Geological Tran- iactions 10.
Los cerrillos de arena de Maldonado, no estando sujetos por vegetales de ninguna especie, cambian continuamente de posición.  Por  esta  causa,  los  tubos  habían  sido  proyectados  sobre  la  superficie;  y  numerosos  fragmentos,  desparramados  en  derredor  de  ellos,  probaban  que  antes  estuvieron  enterrados  a  mayor  profundidad.  Había cuatro que penetraban verticalmente en la arena en este sitio; ahondando con las manos, pude seguir uno de ellos hasta una profundidad de dos pies; añadiendo algunos fragmentos  que  con  toda  evidencia  habían  pertenecido  al  mismo  tubo,  alcancé  una  longitud total de cinco pies y tres pulgadas. El diámetro de este tubo era de igual calibre en  todas  partes,  lo  cual  nos  autoriza  para  suponer  que  en  su  origen  tenía  una  longitud  mucho  mayor.  Pero,  en  último  término,  estas  dimensiones  son  muy  pequeñas  si  se  comparan  con  las  de  los  tubos  de  Drigg,  uno  de  los  cuales  se  encontró  hasta  una  longitud de 30 pies.
La superficie interior de estos tubos está completamente vitrificada, reluciente y pulida.  Examinado  al  microscopio  un  pequeño  fragmento,  se  asemeja  a  un  trozo  de metal sometido a la acción del soplete: tan grande es el número de burbujas de aire o de vapor que contiene. La arena es en este punto silícea del todo o en gran parte; pero en algunos sitios del tubo presenta un color negro, y la superficie reluciente tiene un brillo absolutamente metálico.  El  espesor  de  las  paredes  del  tubo  varía  entre  1/13  y  1/20  de  pulgada,  subiendo  a  veces  hasta  el  de  1/  10  de  pulgada.  En  el  exterior,  los  granos  de  arena  están  redondeados  y  un  poco  vitrificados,  pero  no  he  podido  advertir  ningún  signo  de  cristalización.  Como  ya  se  indicó  en  las  Geological  Transactions,  los  tubos suelen  estar  comprimidos  y  tienen  profundas  ranuras  longitudinales,  lo  cual  hace  que  parezcan en absoluto un tallo vegetal arrugado, o mejor aún la corteza de un olmo o de un alcornoque. Tienen unas dos pulgadas de circunferencia; pero en algunos fragmentos cilíndricos donde  no  existen  ranuras,  la  circunferencia  llega  hasta  a  cuatro  pulgadas. 
Estas   ranuras   provienen   evidentemente   de   la   compresión   ejercida   por   la   arena   circundante  sobre  el  tubo,  mientras  éste  se  hallaba  aún  blando,  a  consecuencia  de  los efectos del calor intenso. A juzgar por los fragmentos no comprimidos, la chispa debía tener  un  diámetro  (si  así  puede  decirse)  de  1/4  pulgada.  Los señores Hachette y Beudant 11 , en París, consiguieron hacer tubos11  análogos desde todos los puntos de  vista a estas fulguritas, haciendo pasar descargas eléctricas extremadamente intensas a través de  vidrio  en  polvo  impalpable;  cuando  añadían  sal  al  vidrio  para  aumentar  su  fusibilidad,  los  tubos  tenían  dimensiones  mucho  mayores.  No consiguieron obtener  tubos  haciendo  pasar  la  chispa  a  través  del  feldespato  o  cuarzo  pulverizados.  Un tubo  obtenido  en  vidrio  pulverizado  tenía  cerca  de  una  pulgada  de  longitud  (exactamente  982/1.000) y un diámetro interior de 19 milésimas de pulgada. Cuando al mismo tiempo se advierte que se empleó la batería más fuerte existente en París y que se hizo uso de sustancias  tan  fácilmente  fusibles  como  el  vidrio  para  llegar  a  formar  tubos  tan  pequeños, ¡qué asombro se experimenta al pensar  en la fuerza de una descarga eléctrica que  en  varios  puntos  arenosos  pudo  formar  cilindros  que  en  un  caso  tenían  por  lo  menos  30  pies  de  longitud  y  un  diámetro  interior  de  1  1/2  pulgada  en  los  sitios  no  comprimidos, con una sustancia tan extraordinariamente refractaria como el cuarzo!
Los tubos, como ya lo he hecho notar, penetran en la arena en una dirección casi vertical. Sin embargo, uno de ellos, menos regular que los otros, se desviaba de la línea recta; el mayor codo formaba un ángulo de 330.
De ese mismo tubo, separadas entre sí un pie, partían dos ramas pequeñas, una con la punta vuelta hacia arriba y la otra hacia abajo. Este hecho es tanto más notable, cuanto que el fluido eléctrico debió de volverse atrás, formando con la línea principal de dirección un ángulo agudo de 260
Aparte de estos cuatro tubos, que conservaban su posición en planos verticales, y que pude seguir por debajo de la superficie, encontré encima del suelo otros varios grupos de fragmentos  pertenecientes,  con  seguridad,  a  tubos  que  debían  de  haberse  formado  allí  cerca. 
Todos estaban en la cima plana de un montecillo de arena movediza, de unos 60 metros por 20, situado en medio de otros méganos arenosos más altos, a una distancia como de media  milla  de  una  cadena  de  colinas  de  400  ó  500  pies  de  altura.  Lo  que  me  parece  más notable aquí, como en Drigg y como en el caso observado por el señor Ribbentrop en  Alemania,  es  el  número  de  tubos  encontrados  en  un  espacio  tan  restringido. 
En  Drigg observáronse tres en un espacio de 15 metros cuadrados; en Alemania se halló el mismo número. En el caso que acabo de describir, había, ciertamente, más de cuatro en un terreno de 60 metros por 20.  Pues bien, como no parece probable que descargas  separadas  produzcan  esos  tubos,  debemos  creer  que  la  chispa  se  divide  en  ramas  separadas un poco antes de penetrar en el suelo.

Por  otra  parte,  las  cercanías  del  río  de  la  Plata  parecen  singularmente  sujetas  a  los  fenómenos  eléctricos.  En 1793 12 estalló sobre Buenos Aires una de las tempestades quizá más terribles de que guarda recuerdo la Historia12 ; cayeron rayos en 37 puntos de la ciudad y quedaron muertas 19 personas. 
Con  arreglo  a  los  hechos  que  he  podido  entresacar de muchas narraciones de viajes, me inclino a creer que las tempestades son muy  comunes  junto  a  la  desembocadura  de  los  grandes  ríos.  ¿Consistirá  en  que  la  mezcla  de  inmensas  cantidades  de  agua  dulce  y  de  agua  salada  perturbe  el  equilibrio  eléctrico?  Durante  nuestras  visitas  accidentales  en  esta  parte  de  la  América  del  Sur, también oímos decir que habían caído rayos sobre un buque, dos iglesias y una casa.

Poco  tiempo  después  vi  una  de  esas  iglesias  y  la  casa  que  pertenecía  a  Mr.  Hood, cónsul general de Inglaterra en Montevideo.  Algunos de los efectos del rayo habían sido curiosísimos; el papel estaba en negrecido en una anchura como de un pie a cada lado de los alambres de hierro de las campanillas. Dichos alambres se fundieron; y aunque  aquel  aposento  tenía  quince  pies  de  alto,  al  caer  fundidos  glóbulos  de  metal  sobre las sillas y los muebles, los atravesaron con muchos agujeritos. Parte de la pared se hizo trizas, como si dentro de la casa  hubiese hecho explosión una mina cargada de pólvora; y los restos de esa pared fueron proyectados con tanta fuerza, que se metieron en la pared opuesta de la estancia. El marco dorado de un espejo quedó negro todo él; relatilizose  sin  duda  el  dorado,  puesto  que  un  frasco  colocado  encima  de  la  chimenea  junto  al  espejo  estaba  revestido  de  brillantes  partículas  metálicas  que  se  adherían  al  vidrio tan por completo como  si hubiera sido esmaltado.
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1  HEARNE: Journey, pág. 383.

2  MACLAREN: artículo AMERICA, Enciclopedia Británica.

3  Azara dice: «Creo que la cantidad anual de lluvias es en todas estas comarcas más cuantiosa que en España».
Tomo I, pág. 36.

4 En junio hallé 27 especies de ratones en la América del sur, donde aún se conocen 13 más, según las obras de Aza
ra y de otros autores. Mister Waterhouse ha descrito y dado nombre, en las reuniones de la Sociedad Zoológica, a las especies que traje. Aprovecho esta ocasión para mostrar mi agradecimiento a Mr. Waterhouse y a los demás sabios miembros de esta Sociedad por la benévola ayuda que se han dignado concederme en todas ocasiones.

5 En el estómago y en el duodeno de un Capybara que abrí, encontré una grandísima cantidad de un líquido amarillento, en el cual apenas podía distinguirse ni una sola fibra. Mr. Owen me participa que una parte de su esófago es de tan poco calibre, que por él no podría pasar ninguna cosa más gruesa que una pluma de cuervo. Los anchos dientes y las fuertes mandíbulas de este animal son ciertamente a propósito para reducir a papilla las plantas acuáticas de las cuales se alimenta.


6 En las márgenes del río Negro, en la Patagonia septentrional, hay un animal que tiene las mismas costumbres.
Probablemente es de una especie afín, pero no la he visto nunca. El ruido que hace este animal difiere del de la especie de Maldonado; no repite su llamada sino dos veces en lugar de tres o cuatro, y es más distinta y sonora.
Cuando  se  oye  a  cierta  distancia  se  asemeja  tanto  al  ruido  que  se  haría  cortando  un  arbolito  con  un  hacha,  que  algunas veces me puse a dudar si no sería ésta la causa del ruido que oía.

7 Philo oph. Zoolog., tomo I, pág. 242

8 Magazine of Zoology and Botany, tomo 1, pág. 217.

9 Memoire au devant 1'Académie des Sciences, à Parir. L'Institut, 1834, pág. 418.

10  Geolog. Trans., tomo II, pág. 528. El Dr. Prietsley descubrió en las Philosoph. Tran . algunos tubos  silíceos  imperfectos  y  una  piedra  de  cuarzo  fundido  encontrados  en  el  suelo,  debajo  de  un  árbol,  donde  un  hombre había sido muerto por el rayo.(1790, pág. 294)

11 Annales de chimie et de physique, tomo XXXVII, pág. 319.

12 AZARA: Viaje, tomo 1, pág. 36.




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