El árbol de
globos
Cuento
y dibujos de
Phoebe
Gilman
Hace
mucho, mucho y muy lejos, al otro lado de un amplio océano, había un pequeño y
feliz reino. En un gran castillo en la cima de su colina más alta vivían el Rey
y su hija, la Princesa Leora.
A
la princesa Leora le encantaba jugar, cantar y bailar, pero sobre todo adoraba
los globos. El castillo siempre estaba lleno de ellos
Un
día llegaron mensajeros con una
Invitación
para el Rey Su Majestad.
El
Gran Rey de Kaluna Invita a Su Majestad a un torneo real Por favor, traiga a
sus caballeros más valientes
-¿Puedo
ir también?- preguntó la princesa Leora.
-Lo
siento, dijo su padre, esta vez no.
Pero
no estaré mucho tiempo fuera y tu tío cuidará las cosas aquí. Quiero que le
ayudes.
-¡No,
el archiduque!- dijo la princesa Leora- No me gusta, es gruñón y nunca juega, ¿Qué
haré si algo sale mal?
-
No te preocupes- dijo el rey- Siempre puedes mandarme una señal. Solo tienes
que reunir un montón de tus globos y liberarlos desde la torre. Dondequiera que
esté, los veré y vendré
de
inmediato a casa.
Besó
a su hija para despedirse y se marchó a caballo.
En
cuanto el rey se fue, el archiduque entró corriendo con los guardias más crueles
del reino.
-Por
fin la oportunidad que he estado esperando. Ahora seré el Guardia Rey. ¡Encierren
a la Princesa en su habitación y destruyan todos sus horribles globos!
Y
comenzaron a destruir todos los globos del reino. ¡Pop, pop, pop! ¡Paf!
¡KablamPum! princesa
Desde
su dormitorio la Princesa Leora podía oír el sonido de globos explotando por
todas partes.
¿Cómo podía hacerle señales a su padre sin sus
globos?
Pero
había algo que ignoraba el archiduque
No
sabía de un pasadizo secreto que conducía a la cámara del amigo de Leora, el mago.
Rápidamente
se deslizó a través de una
pequeña
abertura tras una cortina y entró por una oscura escalera sinuosa dentro de los
muros del castillo.
Por
fin llegó a la cámara de la mago
Debes
ayudarme, susurró la princesa
Leora.
Rápidamente
le contó al mago lo que estaba ocurriendo, el mal que estaba haciendo el
archiduque.
-Solo
hay una cosa que hacer, -dijo el mago -encuentra un globo entero antes del próximo
amanecer, plántalo bajo el árbol que crece en el patio y di estas palabras
mágicas
-Globo
de luna, globo de luna, cosquillas al árbol, cuatro globos más florecen para mí.
El
sol se estaba poniendo y la princesa Leora se deslizó por las puertas del
castillo para comenzar su búsqueda.
Visitó
al señor más rico de la ciudad pero todos sus globos estaban rotos, preguntó al
carnicero, preguntó al panadero, preguntó
al viejo fabricante de juguetes, pero nadie tenía globos.
Miró
por callejones oscuros, miró en el mercado vacío y llamó a todas las puertas.
Al final del amanecer no había otro sitio donde mirar.
Tristemente,
la princesa Leora se sentó junto a una pequeña casa
El
niño que vivía allí la oyó y se acercó a la ventana y preguntó.
-Princesa
Leora, ¿qué haces aquí en la oscuridad?
Cuando
la princesa le dijo por qué tenía que buscar un globo antes de la mañana una
expresión extraña apareció en el rostro del chico
-Puedo
ayudarte,- dijo.
Se
fue corriendo dentro y volvió enseguida con un globo
-Cuando
oí todos los globos explotar, escondí el último en el fondo del armario. Quería
quedármelo, pero lo necesitas más.
Luego
la princesa Leora dio las gracias al chico y corrió de vuelta por el mercado
vacío, más allá de las tiendas del carnicero y del panadero y el viejo fabricante de juguetes,
pasando por la casa del rico señor y a través de las puertas del castillo.
La luna empezaba a desvanecerse cuando llegó
al árbol del patio. Se arrodilló junto a él, cavó un agujero y plantó el globo
en él Luego dijo las palabras mágicas
-Globo
de luna, globo luna, Globo de luna, cosquillas en el árbol Cuatro globos más
florecen para mí.
De
repente el árbol empezó a temblar Pequeños globos florecieron en él y
comenzaron a crecer y a crecer más y más.
La
Princesa Leora alzó la mano para tocar uno y cientos descendieron flotando.
Cada
vez más globos florecían en el árbol hasta llenar todo el patio.
Al
salir el sol, atravesaban la puerta, la gente se asomaba por las ventanas y
salía corriendo a las calles, gritando, señalando y riendo
-¡Estalla
esos globos!- gritó el archiduque a sus hombres, pero cada vez que lo
intentaban, los globos mágicos se alejaban silbando.
En
poco tiempo, toda la ciudad se llenaba de globos, todos los tenderos tenían que
cerrar las puertas, todos los pollos. tuvieron que volar a sus gallineros, todo
el tráfico tuvo que detenerse.
El
árbol seguía floreciendo, todos los trabajadores tenían que jugar, todas las
escuelas tenían que cerrar, los globos estaban por todas partes, el árbol
seguía floreciendo
El
archiduque saltaba arriba y abajo enfurecido al ver que sus guardias no podían estallar
los globos.
Furioso
se lanzó hacia el árbol con su lanza, pero de repente un globo floreció en su
punta y rebotó de nuevo sobre su trasero.
Justo
entonces un globo estalló desde la
punta
de cada lanza
Más
enfadado que nunca el archiduque corrió tras la princesa Leora gritando
-¡Te
atraparé!
Por
ese entonces a la distancia, el rey cabalgaba por un bosque oscuro, cuando vio
un globo enganchado en la rama de un árbol.
Pensó
que era un lugar extraño para un globo, pero cuando llegó al borde del bosque
vio algo aún más extraño.
Todo su reino estaba lleno de miles y millones
y millones y millones de globos.
--¡Leora! - el rey jadeó -¡Debe de estar en gran peligro!
De
vuelta al castillo de inmediato el rey galopó hacia el patio y pudo ver al
archiduque gritándole a la princesa.
-¡La
princesa Leora tenía razón sobre ti, traidor!- el rey tronó.
-¡Lo
estropeaste todo! - le estaba gritando- ¡No es justo! ¡Quiero ser el rey!
Los
caballeros pusieron al archiduque y a sus hombres justo donde debían estar, en
la mazmorra.
Luego
invitó a todos en el reino a la mayor fiesta que jamás había habido.
La
gente jugó, bailó y cantó. La princesa Leora abrió el cofre del tesoro real y
dio un regalo a todos.
El
árbol de globos dejó de florecer al salir la luna, pero la fiesta continuó y
continuó hasta la noche.
Toda
la gente se quedó más allá de su hora de dormir.
En
cuanto al archiduque y sus hombres, estuvieron en la mazmorra mucho, mucho
tiempo, pero nunca se aburrieron, estuvieron muy ocupados inflando globos.
Fin

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