Un cuento escrito por Hans Christian Andersen,
"Cada cosa en su sitio" es un cuento
escrito por Hans Christian Andersen, publicado originalmente en 1852 en su
colección Cuentos y relatos de hadas.
El relato narra la historia de una pastora pobre maltratada
por un noble arrogante que rompe una rama de un sauce gritando "¡Cada cosa
en su sitio!". Un buhonero la rescata, planta la rama que crece como
símbolo de justicia, y muestra cómo el destino corrige las desigualdades
sociales con ironía y moralidad.
Los temas principales que trata son:
- Justicia poética y humildad.
- Crítica a la nobleza altiva.
- El orden natural: las cosas encuentran su lugar con el tiempo.
CADA COSA EN SU SITIO
Hace de esto más de cien años.
Detrás del bosque, a orillas de un gran lago, se levantaba
un viejo palacio, rodeado por un profundo foso en el que crecían cañaverales, juncales
y carrizos. Junto al puente, en la puerta principal, habla un viejo sauce,
cuyas ramas se inclinaban sobre las cañas.
Desde el valle llegaban sones de cuernos y trotes de
caballos; por eso la zagala se daba prisa en sacar los gansos del puente antes
de que llegase la partida de cazadores. Venía ésta a todo galope, y la muchacha
hubo de subirse de un brinco a una de las altas piedras que sobresalían junto
al puente, para no ser atropellada.
Era casi una niña, delgada y flacucha, pero en su rostro
brillaban dos ojos maravillosamente límpidos. Mas el noble caballero no reparó
en ellos; a pleno galope, blandiendo el látigo, por puro capricho dio con él en
el pecho de la pastora, con tanta fuerza que la derribó. - ¡Cada cosa en su
sitio! -exclamó-. ¡El tuyo es el estercolero! -y soltó una carcajada, pues el chiste
le pareció gracioso, y los demás le hicieron coro. Todo el grupo de cazadores prorrumpió
en un estruendoso griterío, al que se sumaron los ladridos de los perros. Era
lo que dice la canción:
«¡Borrachas llegan las ricas aves!».
Dios sabe lo rico que era.
La pobre muchacha, al caer, se agarró a una de las ramas colgantes del sauce, y gracias a
ella pudo quedar suspendida sobre el barrizal.
En cuanto los señores
y la jauría hubieron desaparecido por la puerta, ella trató de salir de su
atolladero, pero la rama se quebró, y la muchachita cayó en medio del
cañaveral, sintiendo en el mismo momento que la sujetaba una mano robusta.
Era un buhonero, que, habiendo presenciado toda la escena
desde alguna distancia, corrió en su auxilio. - ¡Cada cosa en su sitio! -dijo,
remedando al noble en tono de burla y poniendo a la muchacha en un lugar seco.
Luego intentó volver a adherir la rama quebrada al árbol;
pero eso de «cada cosa en su sitio» no siempre tiene aplicación, y así la clavó
en la tierra reblandecida.
-. Crece si puedes; crece hasta convertirte en una buena
flauta para la gente del castillo -.
Con ello quería
augurar al noble y los suyos un bien merecido castigo. Subió después al
palacio, aunque no pasó al salón de fiestas; no era bastante distinguido para
ello. Sólo le permitieron entrar en la habitación de la servidumbre, donde
fueron examinadas sus mercancías y discutidos los precios.
Pero del salón donde se celebraba el banquete llegaba el griterío
y alboroto de lo que querían ser canciones; no sabían hacerlo mejor. Resonaban las
carcajadas y los ladridos de los perros. Se comía y bebía con el mayor
desenfreno. El vino y la cerveza espumeaban en copas y jarros, y los canes
favoritos participaban en el festín; los
señoritos los besaban después de secarles el hocico con las
largas orejas colgantes.
El buhonero fue al fin introducido en el salón, con sus
mercancías; sólo querían divertirse con él.
El vino se les había subido a la cabeza, expulsando de ella
a la razón. Le sirvieron cerveza en un calcetín para que bebiese con ellos,
¡pero de prisa! Una ocurrencia por demás graciosa, como se ve.
Rebaños enteros de ganado, cortijos con sus campesinos
fueron jugados y perdidos a una sola
carta. - ¡Cada cosa en su sitio! -dijo el buhonero cuando hubo podido escapar
sano y salvo de aquella Sodoma y Gomorra, como él la llamó-.
Mi sitio es el camino, bajo el cielo, y no allá arriba -. Y
desde el vallado se despidió de la zagala con un gesto de la mano.
Pasaron días y semanas, y aquella rama quebrada de sauce que
el buhonero plantara junto al foso, seguía verde y lozana; incluso salían de
ella nuevos vástagos. La doncella vio que había echado raíces, lo cual le
produjo gran contento, pues le parecía que era su propio árbol.
Y así fue prosperando el joven sauce, mientras en la
propiedad todo decaía y marchaba del revés, a fuerza de francachelas y de
juego: dos ruedas muy poco apropiadas para hacer avanzar el carro.
No habían transcurrido aún seis años, cuando el noble hubo
de abandonar su propiedad convertido en pordiosero, sin más haber que un saco y
un bastón. La compró un rico buhonero, el mismo que un día fuera objeto de las
burlas de sus antiguos propietarios, cuando le sirvieron cerveza en un
calcetín. Pero la honradez y la laboriosidad llaman a los vientos favorables, y
ahora el comerciante era dueño de la noble mansión.
Desde aquel momento quedaron desterrados de ella los naipes.
- ¡Mala cosa! - decía el nuevo dueño-. Viene del diablo,
después que hubo leído la Biblia, quiso fabricar una
caricatura de ella e ideo el juego de cartas.
El nuevo señor contrajo matrimonio - ¿con quién dirías? -
Pues con la zagala, que se había conservado honesta, piadosa y buena. Y en sus nuevos
vestidos aparecía tan pulcra y distinguida como si hubiese nacido en noble cuna.
¿Cómo ocurrió la cosa? Bueno, para nuestros tiempos tan
ajetreados sería ésta una historia demasiado larga, pero el caso es que sucedió;
y ahora viene lo más importante.
En la antigua propiedad todo marchaba a las mil maravillas;
la madre cuidaba del gobierno doméstico, y el padre, de las faenas agrícolas.
Llovían sobre ellos las bendiciones; la prosperidad llama a
la prosperidad. La vieja casa señorial fue reparada y embellecida; se rellenaron
los fosos y se plantaron en ellos árboles frutales; la casa era cómoda,
acogedora, y el suelo, brillante y limpísimo. En las veladas de invierno, el
ama y sus criadas hilaban lana y lino en el gran salón, y los domingos se leía
la Biblia en alta voz, encargándose de ello el Consejero comercial, pues a esta
dignidad había
sido elevado el ex-buhonero en los últimos años de su vida.
Crecían los hijos - pues habían venido hijos -, y todos recibían buena instrucción,
aunque no todos eran inteligentes en el mismo grado, como suele suceder en las familias.
La rama de sauce se había convertido en un árbol exuberante,
y crecía en plena libertad, sin ser podado.
- ¡Es nuestro árbol familiar! -decía el anciano matrimonio,
y no se cansaban de recomendar a sus hijos, incluso a los más ligeros de
cascos, que lo honrasen y respetasen siempre.
Y ahora dejamos transcurrir cien años.
Estamos en los tiempos presentes. El lago se había
transformado en un cenagal, y de la antigua mansión nobiliaria apenas quedaba vestigio:
una larga charca, con unas ruinas de piedra en uno de sus bordes, era cuanto subsistía
del profundo foso, en el que se levantaba un espléndido árbol centenario de ramas
colgantes: era el árbol familiar.
Allí seguía, mostrando lo hermoso que puede ser un sauce
cuando se lo deja crecer en libertad.
Cierto que tenía hendido el tronco desde la raíz hasta la
copa, y que la tempestad lo había torcido un poco; pero vivía, y de todas sus grietas
y desgarraduras, en las que el viento y la intemperie habían depositado tierra
fecunda, brotaban flores y hierbas; principalmente en lo alto, allí donde se
separaban las grandes ramas, se había formado una especie de jardincito colgante
de frambuesas y otras plantas, que suministran alimento a los pajarillos; hasta
un
gracioso acerolo había echado allí raíces y se levantaba,
esbelto y distinguido, en medio del viejo sauce, que se miraba en las aguas
negras cada vez que el viento barría las lentejas acuáticas y las arrinconaba
en un ángulo de la charca. Un estrecho sendero pasaba a través de los campos
señoriales, como un trazo hecho en una superficie sólida.
En la cima de la colina lindante con el bosque, desde la
cual se dominaba un soberbio panorama, se alzaba el nuevo palacio, inmenso y
suntuoso, con cristales tan transparentes, que habríase dicho que no los había.
La gran escalinata frente a la puerta principal parecía una galería de follaje,
un tejido de rosas y plantas de amplias hojas. El césped era tan limpio y verde como si cada mañana y cada tarde
alguien se entretuviera en quitar hasta la más ínfima brizna de hierba seca.
En el interior del palacio, valiosos cuadros colgaban de las
paredes, y había sillas y divanes tapizados de terciopelo y seda, que parecían
capaces de moverse por sus propios pies; mesas con tablero de blanco mármol y
libros encuadernados en tafilete con cantos de oro... Era gente muy rica la que
allí residía, gente noble: eran barones.

No hay comentarios:
Publicar un comentario