Había una vez, un bosque
encantado al pie de un cerro cubierto de misterios y secretos, donde los
árboles susurraban historias antiguas y los arroyos cantaban melodías
tranquilizadoras. Allí vivía un búho sabio llamado Olegario.
Este búho, con su vasto conocimiento y su visión aguda, era conocido en todo el bosque por sus consejos sabios y su espíritu amable.
Una fría mañana otoñal, mientras el sol dorado despertaba la tierra, Olegario meditaba en su rama favorita.
Mientras tanto Sofía y Gabriel
decidieron ir a jugar al bosque en busca de aventuras.
Armados con su mochila llena de golosinas, otros adminículos y su valentía juvenil, se adentraron en los senderos cubiertos de musgo y hojas crujientes. Allí se encontraron con su amigo Olegario el búho sabio.
Siguiendo su recorrido y escuchando las últimas novedades del monte que le contaba Olegario, se toparon de frente con el conejo de Pascua, que venía corriendo desesperado.
-¡Mis huevos han desaparecido! -gritaba el conejo, con ojos llenos de consternación.
-¿Qué ha ocurrido, conejo de Pascua?" preguntó Sofía curiosa.
El conejo, con un tono de angustia, respondió.
-¡Los huevos que hice anoche para repartirle a los niños han desaparecido!
-¿Y cómo ha ocurrido eso? No los tenías guardados en la alacena de tu casa?- preguntó Gabriel.
- Si , pero hoy cuando fui a pintarlos me encontré con una desagradable sorpresa,¡ habían desaparecido! -dijo el conejo de Pascua, casi al borde del llanto.
-Tranquilo amiguito, nosotros te vamos a ayudar y vas a recuperar los huevos para felicidad de los niños- dijo Olegario con su voz pausada dando tranquilidad.
-El zorro Kilokilo ha robado mis preciados huevos. Lo vi corriendo hacia el bosque oscuro, pero temo seguirlos solo - les contó el conejo de Pascua.
-¡Ya, debemos ayudar al conejo a recuperar sus huevos ! – dijo Sofía, con determinación, volviéndose hacia Gabriel y Olegario.
Con un acuerdo unánime, el
grupo se adentró en el espeso bosque. Entre los árboles retorcidos y los
arbustos frondosos, la búsqueda comenzó.
Después de un rato de búsqueda
infructuosa, Gabriel divisó una huella fresca en el suelo.
-¡Miren! ¡Es la marca del zorro Kilokilo!
Siguiendo la pista, el grupo
se internó en lo profundo del bosque, donde los árboles se mecían con suaves
susurros y las criaturas del bosque jugaban entre las sombras
Así llegaron a una cueva
oculta entre las raíces de un gran ombú.
Con cautela espiaron para
saber qué estaba haciendo Kilokilo y armar un plan para recuperar los huevos.
Dentro, vieron a Kilokilo
rodeado de huevos brillantes.
-¡Ahí están los huevos!-
exclamó Sofía, con alivio en su voz.
-Todavía no los ha comido-
dijo en secreto Gabriel.
Los amigos entraron de
improviso a la cueva.
Kilokilo, tratando de ocultar
su sorpresa, soltó una risa nerviosa.
-¿Qué hacen aquí, amigos míos?
¿Acaso han venido a admirar mi nueva colección de huevos?- preguntó, tratando
de aparentar inocencia.
Sofía lo miró fijamente, con
un ceño fruncido.
-No estamos aquí para admirar
tus travesuras, Kilokilo. Sabemos que has robado los huevos del conejo de
Pascua, y es hora de devolverlos.
El zorro, con una sonrisa
astuta, respondió:
-Oh, pero esos huevos me los
gané justamente. ¿No es acaso la ley de la selva que el más astuto se lleva el
premio?.
Gabriel lo interrumpió con un tono de desaprobación.
-Las travesuras no son lo
mismo que robarse algo, Kilokilo. No puedes simplemente robar lo que no te
pertenece.
El búho Olegario, con su
mirada penetrante, sentenció .
-La verdadera grandeza radica
en la honestidad y la generosidad, no en el engaño y la astucia.
Kilokilo, sintiéndose
acorralado, trató de mantener su compostura.
El travieso zorro Kilokilo se
encontraba en un dilema. Había robado los huevos del conejo de Pascua,
convencido de que podría disfrutar de un delicioso festín sin consecuencias.
-Muy bien, amigos, supongo que
pueden llevarse los huevos. Pero recuerden que Kilokilo siempre tiene un as
bajo la manga – dijo Olegario.
Pero Kilokilo no iba a
rendirse tan fácilmente.
-¡Esos huevos son míos ahora!
¡Los encontré primero! - gruñó el zorro con arrogancia.
Con estas palabras, el zorro
se precipitó hacia los huevos, desencadenando una serie de eventos cómicos que
cambiarían el curso de la historia.
Mientras Kilokilo intentaba
escapar por un hueco del árbol, tratando de mantener a salvo su precioso botín,
su cuerpo quedó atrapado con la mitad del cuerpo adentro y la otra afuera,
dejándolo en una posición sumamente incómoda.
Olegario, con su mirada
penetrante, se acercó al zorro.
-La propiedad robada nunca
trae verdadera satisfacción. Devuelve los huevos al conejo y enmienda tus
acciones, Kilokilo.
-¡Ayuda! ¡Estoy atrapado!-
gritó Kilokilo, retorciéndose en vano para liberarse.
Sofía y Gabriel, que seguían
de cerca al zorro, no pudieron contener sus risas ante la situación. ---
-¡Kilokilo, qué descarado
eres! ¡Ahora te toca enfrentar las consecuencias de tus travesuras!- exclamó
Sofía entre carcajadas.
Olegario, el búho sabio, observó
la escena con su característica serenidad.
-Parece que has metido la
pata, Kilokilo. Pero no te preocupes, encontraremos una solución.
Entonces, Gabriel tuvo una
brillante idea. Recordó haber leído en un libro sobre la naturaleza que las
abejas podían ser de gran ayuda en situaciones como estas.
-¡Esperen un momento! ¡Creo
que puedo solucionar esto! - exclamó con entusiasmo.
Gabriel corrió hacia un
cercano colmenar y habló con la abeja reina.
El enjambre salió disparado
acercándose al zorro.
Las abejas, sin dudarlo, se
ordenaron tras el zorro y comenzaron a picar su trasero atrapado.
Kilokilo, al sentir los
picotazos comenzó a retorcerse desesperadamente hasta que logró zafar.
Salió saltando y corriendo a
más no poder, mientras las abejas lo seguían furiosas.
Finalmente, con un zumbido
triunfante, las abejas volvieron a la colmena.
Kilokilo, con el trasero
dolorido y una lección aprendida, se alejó corriendo entre los árboles, jurando
nunca más volver a meterse en problemas.
FIN

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