Blog de Arinda

OBJETIVO :En este Blog vas a encontrar mis producciones en pintura y escultura. Además, material recopilado a través de mi trabajo como maestra, directora e inspectora, que puede ser de interés para docentes y estudiantes magisteriales .

domingo, 5 de abril de 2026

5 DE ABRIL- DOMINGO DE PASCUA- CUENTO

 


Había una vez, un bosque encantado al pie de un cerro cubierto de misterios y secretos, donde los árboles susurraban historias antiguas y los arroyos cantaban melodías tranquilizadoras. Allí vivía un búho sabio llamado Olegario.

 Este búho, con su vasto conocimiento y su visión aguda, era conocido en todo el bosque por sus consejos sabios y su espíritu amable.

 Una fría mañana otoñal, mientras el sol dorado despertaba la tierra, Olegario meditaba en su rama favorita.


Mientras tanto Sofía y Gabriel decidieron ir a jugar al bosque en busca de aventuras.

 Armados con su mochila llena de golosinas, otros adminículos y su valentía juvenil, se adentraron en los senderos cubiertos de musgo y hojas crujientes. Allí se encontraron con su amigo Olegario el búho sabio.

Siguiendo su recorrido y escuchando las últimas novedades del monte que le contaba Olegario, se toparon de frente con el conejo de Pascua, que venía corriendo desesperado.

-¡Mis huevos han desaparecido! -gritaba el conejo, con ojos llenos de consternación.

 -¿Qué ha ocurrido, conejo de Pascua?" preguntó Sofía curiosa.

 El conejo, con un tono de angustia, respondió.

 -¡Los huevos que hice anoche para repartirle a los niños han desaparecido!

 -¿Y cómo ha ocurrido eso? No los tenías guardados en la alacena de tu casa?- preguntó Gabriel.

 - Si , pero hoy cuando fui a pintarlos me encontré con una desagradable sorpresa,¡ habían desaparecido! -dijo el conejo de Pascua, casi al borde del llanto.

 -Tranquilo amiguito, nosotros te vamos a ayudar y vas a recuperar los huevos para felicidad de los niños- dijo Olegario con su voz pausada dando tranquilidad.

 -El zorro Kilokilo ha robado mis preciados huevos. Lo vi corriendo hacia el bosque oscuro, pero temo seguirlos solo - les contó el conejo de Pascua.

 -¡Ya, debemos ayudar al conejo a recuperar sus huevos ! – dijo Sofía, con determinación, volviéndose hacia Gabriel y Olegario.

 


Con un acuerdo unánime, el grupo se adentró en el espeso bosque. Entre los árboles retorcidos y los arbustos frondosos, la búsqueda comenzó.

Después de un rato de búsqueda infructuosa, Gabriel divisó una huella fresca en el suelo.

-¡Miren! ¡Es la marca del zorro Kilokilo!

Siguiendo la pista, el grupo se internó en lo profundo del bosque, donde los árboles se mecían con suaves susurros y las criaturas del bosque jugaban entre las sombras

Así llegaron a una cueva oculta entre las raíces de un gran ombú.

Con cautela espiaron para saber qué estaba haciendo Kilokilo y armar un plan para recuperar los huevos.

Dentro, vieron a Kilokilo rodeado de huevos brillantes.

-¡Ahí están los huevos!- exclamó Sofía, con alivio en su voz.

-Todavía no los ha comido- dijo en secreto Gabriel.

Los amigos entraron de improviso a la cueva.

Kilokilo, tratando de ocultar su sorpresa, soltó una risa nerviosa.

-¿Qué hacen aquí, amigos míos? ¿Acaso han venido a admirar mi nueva colección de huevos?- preguntó, tratando de aparentar inocencia.

Sofía lo miró fijamente, con un ceño fruncido.

-No estamos aquí para admirar tus travesuras, Kilokilo. Sabemos que has robado los huevos del conejo de Pascua, y es hora de devolverlos.

El zorro, con una sonrisa astuta, respondió:

-Oh, pero esos huevos me los gané justamente. ¿No es acaso la ley de la selva que el más astuto se lleva el premio?.

Gabriel  lo interrumpió con un tono de desaprobación.

-Las travesuras no son lo mismo que robarse algo, Kilokilo. No puedes simplemente robar lo que no te pertenece.

El búho Olegario, con su mirada penetrante, sentenció .

-La verdadera grandeza radica en la honestidad y la generosidad, no en el engaño y la astucia.

Kilokilo, sintiéndose acorralado, trató de mantener su compostura.

El travieso zorro Kilokilo se encontraba en un dilema. Había robado los huevos del conejo de Pascua, convencido de que podría disfrutar de un delicioso festín sin consecuencias.

-Muy bien, amigos, supongo que pueden llevarse los huevos. Pero recuerden que Kilokilo siempre tiene un as bajo la manga – dijo Olegario.



Pero Kilokilo no iba a rendirse tan fácilmente.

-¡Esos huevos son míos ahora! ¡Los encontré primero! - gruñó el zorro con arrogancia.

Con estas palabras, el zorro se precipitó hacia los huevos, desencadenando una serie de eventos cómicos que cambiarían el curso de la historia.

Mientras Kilokilo intentaba escapar por un hueco del árbol, tratando de mantener a salvo su precioso botín, su cuerpo quedó atrapado con la mitad del cuerpo adentro y la otra afuera, dejándolo en una posición sumamente incómoda.

Olegario, con su mirada penetrante, se acercó al zorro.

-La propiedad robada nunca trae verdadera satisfacción. Devuelve los huevos al conejo y enmienda tus acciones, Kilokilo.

-¡Ayuda! ¡Estoy atrapado!- gritó Kilokilo, retorciéndose en vano para liberarse.



Sofía y Gabriel, que seguían de cerca al zorro, no pudieron contener sus risas ante la situación. ---

-¡Kilokilo, qué descarado eres! ¡Ahora te toca enfrentar las consecuencias de tus travesuras!- exclamó Sofía entre carcajadas.

Olegario, el búho sabio, observó la escena con su característica serenidad.

-Parece que has metido la pata, Kilokilo. Pero no te preocupes, encontraremos una solución.

Entonces, Gabriel tuvo una brillante idea. Recordó haber leído en un libro sobre la naturaleza que las abejas podían ser de gran ayuda en situaciones como estas.

-¡Esperen un momento! ¡Creo que puedo solucionar esto! - exclamó con entusiasmo.

Gabriel corrió hacia un cercano colmenar y habló con la abeja reina.

El enjambre salió disparado acercándose al zorro.

Las abejas, sin dudarlo, se ordenaron tras el zorro y comenzaron a picar su trasero atrapado.

Kilokilo, al sentir los picotazos comenzó a retorcerse desesperadamente hasta que logró zafar.

Salió saltando y corriendo a más no poder, mientras las abejas lo seguían furiosas.

Finalmente, con un zumbido triunfante, las abejas volvieron a la colmena.

Kilokilo, con el trasero dolorido y una lección aprendida, se alejó corriendo entre los árboles, jurando nunca más volver a meterse en problemas.

 

FIN


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