El Cascanueces y el Rey de los Ratones
E.T.A.
Hoffmann
INDICE
EL CASCANUECES Y EL REY DE LOS
RATONES …………....
NOCHEBUENA............................................................................
LOS REGALOS
...........................................................................
EL PROTEGIDO ........................................................................
PRODIGIOS...............................................................................
LA
BATALLA..............................................................................
LA ENFERMEDAD
...................................................................
CUENTO DE LA NUEZ DURA
.................................................
CONTINUACIÓN DEL CUENTO
DE LA NUEZ DURA...........
FIN DEL CUENTO DE LA NUEZ DURA
...................................
TÍO Y
SOBRINO........................................................................
LA VICTORIA
................................................................ ..........
EL REINO DE LAS MUÑECAS
................................................
LA CAPITAL
.............................................................................
CONCLUSIÓN
.......................................................................
Durante todo
el día 24
de diciembre, los
hijos del consejero médico
Stahlbaum no pudieron
entrar en ningún momento en la
sala, y menos aún en el salón de gala contiguo. Fritz y Marie estaban juntos,
encogidos, en un rincón de la habitación
del fondo. Era ya de noche,
pero aún
no habían traído
ninguna luz, como
solían hacer siempre en ese día señalado; así que sentían miedo. Fritz,
susurrando en secreto, reveló a su hermana
menor (acababa de cumplir siete años) que desde las primeras
horas de la
mañana había estado
oyendo ruidos, murmullos y
suaves golpes en las habitaciones cerradas. Le
contó también que
poco antes había
pasado por el pasillo,
a hurtadillas, un
hombrecillo oscuro con
una gran caja bajo el brazo, pero él sabía bien que no era otro que el
padrino Drosselmeier. Marie
comenzó a dar palmas de alegría y exclamó:
—¡Ay! ¿Qué nos habrá hecho el
padrino Drosselmeier?
¡Seguro que es algo muy
bonito!
El consejero
jurídico superior Drosselmeier
no era un hombre apuesto: era pequeño y delgado, su
rostro estaba lleno de arrugas, en el ojo derecho tenía un gran parche negro y
carecía de pelo, por lo que llevaba una bellísima peluca blanca
de cristal, una
pieza muy artística.
En realidad, el padrino en sí ya era un hombre muy artístico, que
entendía hasta de relojes e incluso sabía construirlos. Por ello,
cuando alguno de
los hermosos relojes
de la casa de
los Stahlbaum se
ponía enfermo y no
podía cantar, llegaba el
padrino Drosselmeier, se
quitaba su peluca de
cristal y su
chaqueta amarilla, se
ponía un delantal azul y
comenzaba a pinchar con instrumentos muy puntiagudos
el interior del
reloj, algo que
a la pequeña Marie
le hacía auténtico
daño, pero que no
ocasionaba ninguno en
el reloj; bien
al contrario, en seguida
recuperaba su vitalidad
y reemprendía sus susurros, sus toques
y cantos, lo que causaba
en todos gran alegría. Siempre que venía llevaba en el bolsillo algo
bonito para los
niños, unas veces
un hombrecillo que giraba
los ojos y
se inclinaba para
saludar, lo cual resultaba muy cómico, otras una caja de
la que surgía un pajarillo, o cualquier
otra cosa. Pero
por Navidad siempre construía
algo muy hermoso y artístico
que le costaba mucho trabajo, por lo que, en cuanto recibían el regalo, los padres lo guardaban
con cuidado.
—No hay —exclamó Marie.
Fritz opinaba que sólo podía
tratarse de una fortaleza en la que
marcharan e hicieran instrucción
toda suerte de hermosos soldados,
ante la cual
deberían presentarse otros soldados
pretendiendo entrar, y
entonces los soldados del
interior comenzarían a
disparar valientemente sus cañones con gran estruendo.
—No, no —le interrumpió Marie
a Fritz—. El padrino Drosselmeier me ha hablado de un hermoso jardín, que tiene
un gran lago en el que nadan cisnes maravillosos, con collares de oro, cantando
las más bellas canciones. Unaniña se acerca por el jardín hasta el lago, llama
a los cisnes y les da de comer mazapán.
—Los cisnes no comen mazapán
—la interrumpió Fritz con cierta brusquedad—, y además el padrino Drosselmeier
no puede hacer un jardín. De todas formas, tenemos pocos juguetes suyos:
siempre nos los quitan enseguida. Así que casi prefiero los que nos traen papá
y mamá; por lo menos con esos podemos quedarnos nosotros y hacer con ellos lo
que nos dé la gana.
Los niños siguieron
intentando adivinar qué les traerían en
aquella ocasión. Marie
contó que Mamsell
Trutchen (su muñeca grande)
había cambiado mucho;
estaba mucho más torpe que nunca y se caía a cada momento al suelo, tenía
señales muy feas
en la cara
y ya era imposible pensar siquiera en la pulcritud
de sus vestidos. De nada servían las más severas reprimendas. Y, además, mamá había
sonreído cuando se
alegró tanto con la
pequeña sombrilla de
Gretchen. Fritz, por el
contrario, aseguraba que en sus caballerizas faltaba un recio alazán, y
sus tropas carecían por completo de caballería; y eso lo sabía papá
perfectamente.
Así pues,
los niños sabían
que sus padres
les habían comprado gran
cantidad de bonitos
regalos, pero también estaban
seguros de que
el Niño Jesús
los observaba con amables y piadosos
ojos infantiles y que todo regalo
de Navidad, como
tocado por una
mano bendita, proporcionaba más
alegría que ningún
otro. Luise, su hermana
mayor, siempre se
lo recordaba cuando cuchicheaban
sobre los regalos
que esperaban, añadiendo además
que era el Niño Jesús quien, a través de la mano de sus queridos padres,
regalaba a los niños lo que más alegría podía proporcionarles. El
Niño Jesús lo sabía mejor que los propios niños; por
eso era mejor que no
pidieran muchas cosas, sino
que esperaran con
tranquilidad y piedad
lo que pudiera
traerles. La pequeña Marie quedó
muy pensativa, pero Fritz susurró como para sí:
—¡Lo que más me gustaría sería
húsares y un alazán!
Estaban completamente a
oscuras. Fritz y
Marie, muy pegados el uno al
otro, no se atrevieron a pronunciar una palabra
más; les parecía
como si unas
delicadas alas aletearan a su
alrededor y se oyera, muy lejos, una música maravillosa. Un claro resplandor
rozó la pared y los niños comprendieron
que el Niño
Jesús se había
ido volando sobre una nube
brillante a casa de otros niños. En aquel momento
se oyó un
sonido claro como
la plata: bling, bling, bling. Las puertas se abrieron
de golpe y de la sala grande salió tal resplandor, que los niños, gritando: «¡Ah! ¡Ah!», se
quedaron petrificados en el umbral. Pero papá y mamá se acercaron a la puerta,
cogieron a los niños de la mano y dijeron:
—¡Entrad, entrad, queridos
niños, y ved lo que os ha traído el Niño Jesús!
LOS
REGALOS
Me dirijo a ti, benévolo
lector u oyente (Fritz, Theodor, Ernst o como quiera que te llames), y te ruego
que recuerdes vivamente tu última mesa de Navidad, repleta de lindos y
atractivos regalos. Entonces podrás imaginarte también a los niños, de pie, quietos,
mudos, con ojos brillantes.
Y a
Marie, que al
cabo de un
rato exclamó con un
profundo suspiro:
Y a Fritz, que comenzó a dar
saltos en el aire. Los niños debían de
haber sido durante todo el año particularmente buenos y obedientes, pues nunca les habían traído tantas cosas tan
bonitas y tan
magníficas como en
aquella ocasión. El gran
árbol de Navidad del centro
de la sala estaba cargado
de multitud de
manzanas doradas y plateadas,
y en todas
las ramas pendían,
a manera de capullos y flores, peladillas, caramelos
de colores y toda clase de
golosinas. Pero había
que admitir que
lo más hermoso del maravilloso árbol era
que entre sus oscuras ramitas
titilaban como pequeñas
estrellas cientos de lucecitas; él mismo, al alumbrarse por
dentro y por fuera, invitaba
amablemente a los
niños a coger
sus flores y frutos. Todo lo que rodeaba el árbol
brillaba en multitud de colores. ¡Qué
cantidad de cosas
bonitas había allí!
¿Quién sería capaz de
describirlo?
Marie pudo ver las más
delicadas muñecas, toda clase de lindos cacharritos, y lo más bonito de todo, un vestidito de seda
adornado con lazos
de colores que
estaba colgado de una percha, de forma que se podía admirar por todos
los lados. Y eso
era lo que
estaba haciendo Marie, mientras
repetía una y otra vez:
—¡Ay, qué vestido más bonito,
más bonito! ¡Y yo me lo voy a poder poner!
Mientras tanto Fritz,
galopando y trotando alrededor de la
mesa, había ya probado tres o cuatro
veces el nuevo alazán que, en efecto,
había encontrado atado a la mesa.
Desmontó y opinó que era una bestia salvaje, pero que ya e domaría,
y comenzó a
inspeccionar el nuevo escuadrón de húsares, vestidos
espléndidamente de rojo y oro, con armas
de plata y montados en unos caballos
blancos tan brillantes que casi era para creer que también eran de plata
pura. Un poco más
tranquilos, los niños fueron a
hojear los libros
de estampas, que,
abiertos sobre la mesa,
mostraban hermosas flores,
vistosos personajes y niños jugando, pintados con tal naturalidad, que
parecía que estaban vivos y hablaban de verdad…
¡Bueno! Justo
cuando los niños
iban a mirar
aquellos libros maravillosos sonó
de nuevo la
campana. Sabían que ahora
ofrecería sus regalos el padrino Drosselmeier, así que fueron corriendo hacia
la mesa que había junto a la pared. Retiraron
el paraguas tras el que aquél había permanecido escondido durante todo el
tiempo. ¡Lo que vieronlos niños!
Sobre un césped verde,
adornado con flores de colores, se levantaba
un espléndido castillo
con profusión de ventanas-espejo y
torres doradas. Se
oyó un toque
de campanas y entonces
se abrieron puertas
y ventanas, dejando ver
varios caballeros y damas,
muy pequeños pero muy
graciosos, que paseaban
por las salas
con sombreros de plumas y largos trajes de cola. En el salón central,
que parecía envuelto en fuego (tal era el número de luces que ardían en
los candelabros de plata), había unos niños
que bailaban al
son del toque
de las campanas, con sus cortos
juboncillos y falditas. Un señor con un manto color esmeralda se asomaba a
menudo por la ventana, saludaba al exterior
y volvía a desaparecer. Incluso el
mismo padrino Drosselmeier, apenas
algo mayor que el
pulgar de papá,
aparecía abajo, ante
la puerta del castillo, y volvía
a entrar en el interior. Fritz observaba, con los brazos apoyados en la mesa, el bello castillo
y las figuras que bailaban y paseaban. Luego dijo:
—¡Padrino Drosselmeier!
¡Déjame entrar en tu castillo!
El consejero jurídico
superior le indicó que
aquello era absolutamente
imposible. Y además tenía razón, pues era una tontería que
Fritz pretendiera entrar en un castillo que, incluyendo sus torres doradas, apenas
era tan alto como él. Fritz lo admitió al cabo de un rato. Después de
que los caballeros y las damas siguieran paseando de un lado a
otro de la
misma forma, los
niños bailando, el hombre
esmeralda asomándose a la misma
ventana, el padrino Drosselmeier saliendo
ante la puerta,
Fritz exclamó impaciente:
—¡Padrino Drosselmeier, ahora
sal por la otra puerta, la de enfrente!
—No se puede, querido Fritz
—respondió el consejero jurídico superior.
—Bueno —continuó Fritz—,
entonces haz que el hombre verde que no hace más que asomarse a la ventana vaya
de paseo con los otros.
—Eso tampoco se puede
respondió de nuevo el consejero jurídico superior de mal humor—. La mecánica
tiene que quedarse tal y como se ha construido.
—¡Cómo! —dijo Fritz, alargando
la palabra—. ¿No se puede hacer nada de eso? Escucha, padrino Drosselmeier: si
todas esas cosas tan bonitas del castillo no pueden hacer más que lo que hacen,
siempre lo mismo, entonces no voy a seguir
preguntando por ellos… ¡No!
Prefiero mis húsares, que hacen maniobras, hacia adelante y hacia
atrás, como yo quiera, y que además no están encerrados en ninguna casa.
Y, diciendo esto, se apartó de
un salto de la mesa de los regalos y ordenó a su escuadrón que trotara de un
lado para otro, que agitara sus banderas,
atacara y disparara como le
viniera en gana.
Marie se había
apartado en silencio de la mesa,
pues también ella se aburrió pronto de los paseos y bailes de muñequitos dentro
del castillo y, como era muy obediente y generosa, no quería que se le
notase tanto como
a su hermano
Fritz. El consejero jurídico superior
Drosselmeier se dirigió
bastante malhumorado a los padres:
—Una obra artística así no está
hecha para niños incapaces de comprenderla, de modo que voy a envolver de nuevo
mi castillo.
Pero la
madre, acercándose, hizo
que le mostrara
el sorprendente e ingenioso
engranaje que ponía
en movimiento los pequeños
muñequitos. El consejero
lo desmontó todo y lo volvió a montar.
Esto le devolvió el buen humor
y aun regaló a los niños algunos hombres y mujeres muy burdos, marrones,
con caras, piernas y
manos doradas. Todos
ellos eran de confitura y olían tan bien y tan
apetitosos como el pan de especias, lo que produjo gran alegría a Fritz y
Marie. La hermana Luise, como quería su madre, se había puesto el bello vestido
que le habían traído y estaba preciosa; pero Marie, cuando
le dijeron que
se pusiera también
su vestido, afirmó que prefería mirarlo primero un rato. Se lo
permitieron con gusto.
EL
PROTEGIDO
En realidad, si Marie no
quería separarse de la mesa de Nochebuena,
era porque acababa de
descubrir algo que hasta entonces había pasado desapercibido.
Al retirar los húsares de Fritz, que habían realizado una parada militar
muy cerca del
árbol, se pudo
ver un hombrecillo,
pequeño y llamativo, que
estaba de pie, en silencio y sin llamar
la atención, como
si esperara tranquilamente a que le tocara la vez. Había mucho que
objetar a su figura, pues, aparte de que su torso, demasiado grande y largo, no
concordaba con sus cortas y finas
piernecillas, tenía una
cabeza también excesivamente
grande. Su correcta
vestimenta mejoraba bastante
las cosas, pues
dejaba traslucir que se trataba
de un hombre culto y refinado. Llevaba una
bellísima chaquetilla de
húsar, de color violeta
brillante, con multitud
de cordones blancos
y botoncitos, unos
pantalones del mismo color y las botas
más bonitas que jamás calzaron los pies de un estudiante, incluso los
de un oficial.
Estaban tan ajustadas
a sus delicadas piernecillas,
que parecían pintadas. Resultaba curioso, sin
embargo, que con
aquella ropa llevase colgado a la espalda
un estrecho y
pesado abrigo de madera
y que llevase
puesta una pequeña
gorra de minero; pero
Marie pensó que
también el padrino Drosselmeier llevaba colgando
siempre un horrible batín y una gorra lamentable y, sin
embargo, era un padrino cariñosísimo. Marie
se dio también
cuenta de que el
padrino Drosselmeier jamás estaría tan guapo como él, ni aunque fuera tan
delicado y elegante. Y según miraba sin cesar
al agradable hombrecillo,
al que cogió
cariño a primera vista, fue
percibiendo la bondad que asomaba a su
rostro. Sus ojos
verdes claro, demasiado
grandes y
saltones, sólo expresaban amistad y bondad. Le sentaba muy
bien la barba
de algodón, muy
cuidada, que marcaba su
barbilla, pues hacía resaltar más aún la dulce sonrisa de sus rojos labios.
—¡Ay! —exclamó al fin Marie—.
Oye, papá, ¿de quién es ese hombrecillo encantador que hay debajo del árbol?
—Ése —respondió su padre—,
ése, hija mía, va a trabajar con eficacia para todos vosotros, pues va a
abriros las nueces, y es de los tres: tuyo, de Luise y de Fritz.
Y, diciendo esto,
lo cogió con cuidado de la mesa
y, al levantarle el abrigo de
madera, el hombrecillo abrió una boca
grandísima dejando ver
dos filas de
dientecillos muy blancos y
puntiagudos. A una orden de su padre, Marie introdujo
en ella una
nuez, y —¡crac!
— al momento el
hombrecillo la había
abierto; las cáscaras cayeron al suelo y el dulce fruto
fue a parar a manos de Marie.
Entonces todos, incluida Marie, supieron que el delicado hombrecillo
pertenecía a la
familia de los cascanueces y
que ejercía la
profesión de sus antepasados. Marie
comenzó a gritar
de alegría y entonces el padredijo:
—Querida Marie, como a ti te
ha gustado tanto el amigo Cascanueces, tú te encargarás de cuidarlo y
protegerlo, aunque, como he dicho, Luise y Fritz pueden utilizarlo con tanto
derecho como tú.
Marie lo
cogió de inmediato
en sus brazos
y le hizo cascar nueces, pero elegía las más pequeñas,
para que no tuviera que abrir tanto la
boca, pues en el fondo no le sentaba
nada bien. Luise se fue con Marie
y también a ella tuvo
que prestarle sus
servicios el amigo Cascanueces, quien
parecía hacerlo con
gusto, pues mostraba sin cesar su
amistosa sonrisa. Mientras
tanto, Fritz está ya
aburrido de tanta
instrucción y tanto cabalgar y,
como vio a
sus hermanas tan
divertidas abriendo nueces, se
unió a ellas,
mostrando de todo corazón
con sus risas
la alegría que
le producía el divertido hombrecillo, el cual, como
Fritz también quería nueces, iba pasando de mano en mano sin dejar de abrir y
cerrar la boca. Fritz le metía
siempre las nueces
más grandes y más duras. De pronto se oyó un ¡crac-crac!, y de la boca
del hombrecillo cayeron tres dientecitos y toda la mandíbula inferior quedó
suelta, bailando.
—¡Ay, mi pobre y querido
Cascanueces! —gritó Marie quitándoselo a Fritz de las manos.
—¡Vaya tipo más tonto y
absurdo! —dijo Fritz—. Quiere ser cascanueces y ni siquiera tiene una dentadura
adecuada. Además, seguro que no sabe nada de su oficio.
¡Dámelo, Marie! Va a seguir
cascando nueces, aunque para ello pierda los dientes que le quedan, e incluso
toda la mandíbula. ¡Qué me importa ese inútil!
—¡No, no! —gritó Marie
llorando—. ¡No pienso dártelo, no pienso darte a mi querido Cascanueces! ¿Ves
con qué tristeza me mira y me muestra su boca herida? ¡Pero tú tienes un
corazón muy duro, pegas a tus caballos y hasta ordenas que fusilen a tus
soldados!
—¡Tiene que ser así y tú no
entiendes nada de eso! — respondió Fritz—. Y, además, el Cascanueces es tan mío
como tuyo, ¡así que dámelo!
Marie comenzó
a llorar con
fuerza y envolvió
al Cascanueces enfermo en su pequeño pañuelo. Los padres entraron con el padrino
Drosselmeier. Éste, para
gran tristeza de Marie, se puso de parte de Fritz. Pero su padre dijo:
—He dejado muy claro que el
Cascanueces está bajo la protección de Marie, y ahora, por lo que veo, la
necesita, de modo que ella tiene el poder absoluto sobre él y nadie es quién
para decir nada. Por otra parte, me asombra mucho que Fritz diga de alguien
herido en acto de servicio que siga realizándolo. Como buen militar, debería
saber que a los heridos no se les pone nunca en la fila o en el puesto. ¿O no?
Fritz estaba muy
avergonzado y, sin preocuparse más ni de
las nueces ni
del Cascanueces, se
deslizó a la
otra punta de la mesa, donde estaban sus húsares. Tras haber establecido las avanzadillas, se retiraron
a los cuarteles nocturnos. Marie
reunió los dientes
caídos del Cascanueces; vendó
la mandíbula herida
con un bello lazo de su vestido y después, con más
cuidado aún que antes, envolvió en
su pañuelo al
pobre pequeñín, que estaba muy pálido y asustado. Así lo
tenía en sus brazos, acunándolo como a
un niño
pequeño, mientras miraba los
hermosos dibujos del
nuevo libro que
había encontrado entre los
demás regalos. Se
enfadó muchísimo (algo muy
raro en ella)
cuando el padrino Drosselmeier se rio, preguntando sin cesar cómo podía tratar con tanto cuidado a un tipo tan
pequeño y horrible. Se acordó entonces
de aquella extraña comparación
que se le había ocurrido al ver por primera vez al hombrecillo y, muy
seria, dijo:
—¿Quién sabe, querido padrino,
¿quién sabe si tú estarías tan guapo como mi querido Cascanueces si te pusieras
igual de elegante y llevaras, como él, unas botas tan bonitas y brillantes?
Marie no supo por qué sus
padres se echaron a reír y por qué
el consejero jurídico
superior enrojeció y
dejó de reírse con
los demás. Seguramente
sería por algo especial.
PRODIGIOS
En el cuarto
de estar de la casa
del consejero médico, nada más entrar a la izquierda, junto
a la pared larga, hay
un gran armario
de cristal en
el que los
niños guardan todos los
bonitos objetos que
les regalan cada año. Luise era
aún muy pequeña cuando su padre se lo encargó a un hábil ebanista.
Éste le
puso cristales claros
como el cielo
y supo distribuirlo todo
con tal destreza,
que todo lo
que se colocaba en
él parecía dentro
casi más bonito
y más brillante que si se lo
tuviera en las manos. En el estante superior, al que Marie y Fritz no
alcanzaban, estaban las obras de arte del padrino Drosselmeier; en el de debajo, los libros de estampas, y los dos inferiores quedaban
a disposición de Marie y Fritz,
que podían llenarlos como quisieran;
sin embargo, Marie
siempre dedicaba el primero a casa de muñecas, mientras Fritz
instalaba en el otro los cuarteles
de sus tropas.
Y así ocurrió también aquel día,
pues Fritz había situado a sus húsares arriba, mientras Marie, después de apartar un poco a Mamsell Trutchen, sentó a la muñeca nueva tan
bien vestida en el cuarto de estar, maravillosamente amueblado, aceptando su invitación
a golosinas. He
dicho que la
habitación estaba maravillosamente amueblada
y es verdad, pues no sé si tú, mi atenta oyente Marie,
igual que la pequeña Stahlbaum
(recuerda que también
ella se llama Marie), no sé
si tú, digo,
tienes también un
pequeño sofá de flores, varias delicadas sillitas, una
hermosa mesita de té y, ante todo,
una preciosa camita
brillante en la que
acuestas a las muñecas más bonitas. Todo esto había en el rincón del
armario, cuyas paredes
estaban decoradas incluso con
cuadros de muchos colores, por lo que, como puedes imaginar,
la nueva muñeca,
que, como Marie supo
aquella misma noche,
se llamaba Mamsell Clárchen, tenía que
encontrarse muy a gusto en
aquella habitación.
Era ya
muy tarde, casi
medianoche. El padrino Drosselmeier se
había ido hacía
mucho y los
niños seguían sin poderse
apartar del armario
de cristal, a pesar de las repetidas veces que su madre
les había dicho que se fueran a la cama.
—Es cierto —exclamó al fin
Fritz, refiriéndose a sus húsares—. Los pobres muchachos también necesitan ya
un poco de descanso y, mientras yo esté aquí, ninguno se atreverá a hundir
siquiera un poco la cabeza, eso es seguro.
Y, diciendo esto, se fue. Pero
Marie continuó sus ruegos.
—Sólo un ratito más, mamá,
déjame sólo un ratito pequeñito; es que todavía tengo que poner bien una cosa;
en cuanto acabe me voy enseguida a la cama.
Marie era una niña obediente y
sensata, así que su buena madre podría dejarla
tranquilamente sola con
sus juguetes. Pero, para
que Marie no
se entusiasmara demasiado con
sus nuevas muñecas
y sus hermosos juguetes y
se olvidara de
las luces, que
continuaban encendidas alrededor del armario,
su madre las apagó todas y sólo
dejó luciendo la
lámpara que colgaba
del techo en el centro de la
habitación y que daba una luz
suave yagradable.
—Acuéstate pronto, Marie
querida; si no, mañana no vas a poder levantarte a la hora —dijo su madre
mientras se alejaba y entraba en su habitación.
En cuanto estuvo
sola se dispuso
al momento a
hacer algo que deseaba de todo
corazón y que, sin saber ella misma por qué, no había querido
contar ni a su madre. Seguía teniendo
en brazos al
Cascanueces enfermo, envuelto en
su pañuelo; entonces
lo colocó con muchísimo cuidado
sobre la mesa
y desenvolvió con toda
lentitud el pañuelo
para mirar las
heridas. El Cascanueces estaba
muy pálido, pero al mismo tiempo sonreía con tanta
dulzura y cariño, que
Marie se sintió conmovida.
—Ay, mi buen Cascanueces —dijo
en voz baja—, no te enfades porque mi hermano Fritz te haya hecho daño.
No ha sido a mala idea; lo que
pasa es que tanto soldado le ha hecho un poco más duro de corazón; pero, si no,
es un buen chico, te lo aseguro. Además, voy a ocuparme de ti y a cuidarte
hasta que vuelvas a estar totalmente sano y contento; el padrino Drosselmeier,
que sabe mucho de esto, volverá a sujetarte firmemente todos los dientes y te
colocará bien los hombros.
Pero Marie no pudo acabar de
decir todo lo que quería, pues, en cuanto
nombró al padrino
Drosselmeier, su amigo el
Cascanueces torció el
gesto y de
sus ojos saltaron brillantes
chispas verdes. Marie
comenzaba a sentirse horrorizada,
cuando vio otra vez ante sí la cara y la dulce sonrisa del honrado Cascanueces
y se dio cuenta de que lo que había descompuesto de forma tan horrible su rostro
había sido la
corriente de aire
al agitar de repente la luz dela habitación.
—¡Qué tonta soy! ¡Me asusto
por nada y hasta me creo que este muñequito de madera puede hacer gestos! Y,
sin embargo, quiero mucho a este Cascanueces, porque es tan cómico y bondadoso
a la vez… Hay que cuidarlo como se merece.
Cogió al Cascanueces en
brazos, se acercó al armario de cristal y, en cuclillas ante él, comenzó a
decir a la nueva muñeca:
—Por favor, Mamsell Clárchen,
préstale tu camita al Cascanueces herido y acomódate lo mejor que puedas en el
sofá. Ten en cuenta que tú estás totalmente sana y llena de vigor, pues, si no,
no tendrías esas hermosas y sonrosadas mejillas; además, son muy pocas las
muñecas que tienen un sofá tan mullido.
Mamsell Clárchen,
con su maravilloso vestido
de fiesta de Navidad, se mostraba muy
fina y malhumorada y no dijo ni mu.
«Pero a qué andar con tantas
contemplaciones», se dijo Marie,
sacando la cama.
Con mucho cuidado
y delicadeza metió en ella al pequeño Cascanueces, vendó con
una bonita cinta
que llevaba en
el vestido sus hombros heridos y le tapó hasta la
nariz.
—Pero no se va a quedar con
esa maleducada de Clare — siguió diciendo.
Sacó la camita con el
Cascanueces dentro y la colocó en el estante superior, junto al bonito pueblo
en el que estaban acantonados los húsares de Fritz.
Cerró el armario
con llave y, cuando
ya se iba
a dirigir al
dormitorio — ¡escuchad con
atención, niños! —, comenzó un siseo muy suave, muy suave, y murmullos y susurros en
derredor, detrás de la estufa, de las sillas, de los armarios.
El reloj de pared
ronroneaba cada vez con más fuerza, pero no podía dar la hora. Marie miró
hacia allí y la gran lechuza dorada que estaba sobre él tenía las alas
abatidas, cubriendo el reloj,
y había sacado
además su horrible cara de gato con pico curvo. Y
ronroneó aún más alto con palabras comprensibles:
Reloj, reloj, reloj, relojes,
todos tenéis que ronronear con suavidad,
con mucha suavidad.
El rey de
los ratones tiene un oído muy
fino, purr purr, pum pum, cantadle cancioncillas antiguas,
purr purr, pum
pum, tocad, campanitas, tocad,
¡pronto estará perdido!
Y entonces, pum, pum,
se oyó una voz ronca
y sorda, doce veces.
A Marie le entró mucho miedo
y, aterrorizada, estaba a punto de salir
corriendo de allí, cuando de pronto vio al padrino Drosselmeier sentado sobre el reloj de pared en lugar de
la lechuza, con
los faldones amarillos
de su levita caídos
a ambos lados,
como si fueran
las alas. Marie se dominó y
exclamó en voz alta y llorosa:
—¡Padrino Drosselmeier,
padrino Drosselmeier! ¿Qué estás haciendo ahí arriba? ¡Baja, ven aquí conmigo y
no me asustes así! ¡Anda, no seas malo, padrino Drosselmeier!
Y en
aquel momento surgieron
de todas las
esquinas terribles risitas y silbidos, y al punto se oyeron detrás de
las paredes mil piececillos
corriendo y trotando, y por entre las rendijas de las tablas
asomaron mil pequeñas lucecitas.
Pero no eran lucecitas, ¡no!, eran pequeños ojos refulgentes. Marie se dio cuenta de que por todas partes
asomaban ratones que, con gran esfuerzo,
iban saliendo al exterior. Pronto
todo fueron brincos
y saltos por la
habitación; un tropel
de ratones cada
vez mayor se amontonaba en
grupos, unos más
densos que otros, galopando de un lado a otro de la
habitación,hasta que al fin se colocaron todos en fila, exactamente igual que los soldados de Fritz cuando los
preparaba para la batalla. A Marie le pareció muy gracioso, y como ella, igual
que les ocurre a otros
niños, no sentía
ninguna repugnancia natural hacia
los ratones, se le había pasado el susto ya casi por completo, cuando de
repente se oyó un silbido tan
intenso y penetrante, que le recorrió la espalda
un escalofrío.
— ¡Y qué es lo que vio!
—En verdad, estimado lector
Fritz, sé que tú, igual que el valiente y sabio general Fritz Stahlbaum, tienes
un gran corazón, pero si hubieses visto lo que se presentó ante los ojos de
Marie, estoy seguro de que habrías salido corriendo; creo, incluso, que te
habrías metido en la cama tapándote hasta las orejas, mucho más de lo
necesario.
Pero ¡ay!,
Marie ni siquiera
podía hacer eso,
pues — ¡oídme bien,
niños! — muy
cerca de sus
pies, como movida por las fuerzas del subsuelo,
comenzó a brotar gran
cantidad de cal,
arena y fragmentos
de ladrillo. Aparecieron entonces
siete cabezas de ratón con
siete brillantes coronas siseando
y silbando horriblemente. Pronto consiguió salir también
por completo el cuerpo del que nacían las siete cabezas. El enorme ratón,
adornado con siete diademas,
comenzó a lanzar a coro
gritos de júbilo, dando
tres fuertes chillidos
al ejército, que de
inmediato se puso en movimiento —hop, hop, trot, trot— , precisamente
en dirección al
armario, derecho hacia Marie,
quien se encontraba aún pegada
a la puerta de cristal.
El corazón de Marie
palpitaba, angustiado, con tanta fuerza, que creyó que se le iba a
saltar del pecho e iba a morirse; pero luego tuvo la sensación de que toda la
sangre de sus
venas se paraba.
Medio desmayada, se tambaleó
hacia atrás y
entonces —klin, klin,
prrr — comenzaron a caer
trozos del cristal
de la puerta, que acababa de
romper con el codo. En ese momento
sintió un dolor punzante en el brazo izquierdo, pero su corazón se calmó
al dejar de oír los chillidos y silbidos y se sintió mucho mejor.
Se había hecho de nuevo el silencio
y, a pesar de
que no se
atrevía ni a
mirar, pensó que
los ratones, asustados por
el ruido de
los cristales rotos, habrían huido a refugiarse otra vez en
sus agujeros.
Pero ¿qué era aquello?
Justo detrás de Marie comenzó un extraño
rumor en el interior del armario
y se dejaron oír unas vocecitas muy finas que comenzaron a decir:
—¡Venga arriba, despertad!
¡Vamos a la batalla! ¡Hay que luchar esta misma noche! ¡Venga, arriba, a la
batalla!
Y simultáneamente tintineaban
con gran armonía,
belleza y brío unas pequeñas
campanillas.
—¡Ay! ¡Pero si ése es mi
pequeño juego de campanillas!
—exclamó Marie llena de
alegría, dando un rápido salto a un lado.
Entonces vio
que en el
armario había una
extraña iluminación y que todo en él estaba en movimiento. Eran varias
las muñecas que correteaban de un lado para otro, dando golpes con sus pequeños
brazos.
Y en aquel instante se levantó
de pronto el Cascanueces, echó la colcha lejos de sí y, saltando con ambos pies
de la cama, gritó con fuerza:
—¡Cuach, cuach, cuach!
¡Estúpida ratonera, cháchara
estúpida, gentuza de ratones, cuach, cuach y cuach, pura cháchara!
Mientras gritaba sacó su
pequeña espada y, blandiéndola en el aire, exclamó:
—Vosotros, mis queridos
vasallos, amigos y hermanos, ¿queréis apoyarme en la dura lucha?
Al punto
gritaron con fuerza
tres Scaramouches, un Pantalón,
cuatro deshollinadores, dos
citaristas y un tambor:
—¡Sí, señor! ¡Estamos unidos a
vos con una fidelidad a toda prueba, con vos marcharemos a la lucha, la
victoria o la muerte!
Y, diciendo
esto, se lanzaron
tras el entusiasmado Cascanueces, quien
se atrevió a
dar el peligroso
salto desde el anaquel más alto. ¡Sí! Para ellos era fácil lanzarse
abajo, no sólo porque llevaban ricos vestidos de paño y seda, sino porque en el
interior de su cuerpo no había mucho más que algodón y paja, y por
ello cayeron dando botes como sacos de lana. Pero el pobre Cascanueces se habría
roto con toda seguridad brazos
y piernas, pues, ¡imaginaos!, había casi dos pies de altura desde el
estante en que se encontraba hasta el
más bajo y su cuerpo era tan quebradizo
que parecía tallado con madera de tilo. Sí, el pobre Cascanueces se habría roto con toda seguridad brazos y piernas
si en el mismo momento en el que saltó no se hubiera levantado
también Mamsell Clárchen
de su sofá y
no hubiera cogido
al héroe con
la espada desenvainada en sus
suaves brazos.
—¡Ay, querida y buena
Clárchen! —sollozó Marie—.
¡Cómo me he equivocado
contigo! Seguro que le has dejado tu camita con gusto al amigo Cascanueces.
Mamsell Clárchen comenzó a
hablar, mientras estrechaba con suavidad al joven héroe contra su pecho de
seda:
—¡Oh, señor! Estáis enfermo y
herido y, si no queréis poneros en peligro dirigiéndoos a la lucha, ved cómo se
reúnen vuestros valientes vasallos, deseosos de luchar y seguros de la
victoria. Scaramouche, Pantalón, el deshollinador, el citarista y el tambor
están ya abajo y los abanderados de mi estante se encuentran ya en movimiento.
¡Señor, descansad en mis brazos y observad desde lo alto de mi sombrero de plumas
vuestra victoria!
Así habló Clárchen. Pero el
Cascanueces actuó como un
maleducado y se
puso a patalear
de tal forma,
que Clárchen tuvo que ponerle
enseguida en el suelo. Y en aquel momento, él, con gran firmeza,
colocó una rodilla en tierra y susurró:
—¡Ah, señora! ¡En la lucha y
en la batalla, siempre recordaré la gracia y benevolencia que me habéis mostrado!
Clárchen se inclinó hasta
cogerle por el bracito, le subió con gran
delicadeza y se soltó con rapidez
el cinturón que llevaba,
adornado con muchas
lentejuelas; pero, cuando iba a
colocárselo, el hombrecito
retrocedió dos pasos, se colocó
la mano en el pecho
y dijo con mucha ceremonia:
—Señora mía, no desperdiciéis
así vuestra merced en mí,pues…
Se interrumpió,
suspiró profundamente y,
arrancándose con rapidez la cinta con la que Marie le había vendado, se
la acercó a los labios y se la colocó luego como banda de campaña, tras lo cual,
blandiendo con valentía su brillante espadita, saltó ágil y ligero como un
pajarillo por encima del listón del armario.
Ya habréis
comprendido, mis excelentes
y benévolos oyentes, que
el Cascanueces había
percibido desde el principio, antes de que adquiriera
auténtica vida, todo el amor y bondad que Marie le había mostrado y que, como
se sentía inclinado hacia Marie, no
quería aceptar llevar siquiera una cinta de
Mamsell Clárchen, a pesar de que era
muy bonita y
vistosa. El bondadoso
y fiel Cascanueces prefería
acicalarse con la sencilla cinta
de Marie. ¿Pero qué pasa ahora?
Nada más saltar el
Cascanueces al suelo comenzaron de nuevo
los chillidos y grititos. ¡Ay! Bajo la mesa grande están ya
preparadas las filas
funestas de incontables ratones y
por encima de
todas ellas sobresale
el repugnante ratón de las siete cabezas.
¿Qué ocurrirá?
LA
BATALLA
—Fiel vasallo tambor, ¡tocad a
generala! —exclamó en voz muy alta el Cascanueces.
El tambor emprendió entonces
un redoble tan poderoso, que los
cristales del armario
comenzaron a temblar
y tintinear. Se oyeron ruidos y golpes en su interior y Marie se dio
cuenta de que todas las tropas de las
cajas en las que estaba acuartelado
el ejército completo
de Fritz comenzaron a
alzar con fuerza
las tapas; los
soldados salían y desde allí
saltaban al estante
inferior, donde se reunían
formando brillantes filas.
El Cascanueces caminaba de arriba abajo,
dirigiendo a las
tropas una arenga llena de
entusiasmo.
—¡Que no se mueva ni el perro
del trompetista! —
exclamó el Cascanueces
enfadado.
Pero a continuación se dirigió con rapidez a Pantalón, a quien,
algo pálido, le temblaba muchísimo la
barbilla, y dijo solemnemente:
—General, conozco su valor y
su experiencia. Se trata de tener una rápida visión de la situación y
aprovechar el momento. Le encomiendo el mando de toda la caballería y la
artillería. Usted no necesita caballo, pues tiene unas piernas muy largas y con
ellas galopa bastante bien. Haga ahora lo que corresponde a su rango.
Al momento
Pantalón presionó sus
largos y huesudos deditos contra los labios y cantó de
forma tan penetrante, que sonó como
si cien alegres
trompetas soplaran con alegría. En el armario comenzaron
entonces a relinchar y patalear los caballos. Entonces los coraceros
y dragones de Fritz y, en particular, sus nuevos y brillantes húsares
comenzaron a salir y pronto estuvieron todos formados abajo, en
el suelo. Regimiento
tras regimiento, con
las banderas desplegadas y las bandas
de música tocando, iniciaron el
desfile ante el Cascanueces y se colocaron en raudas filas diagonalmente en el suelo de la habitación. Ante ellos pasaron como una
exhalación los cañones de Fritz,
rodeados por los cañoneros, y
pronto comenzó a oírse
el bum bum.
Marie vio cómo
los garbanzos de caramelo
caían sobre el
tropel de ratones,
quienes no pudieron menos
de avergonzarse al
ponerse todos blancos de polvo
de los caramelos. Hubo sobre todo una batería,
que se había subido sobre el escabel de
mamá, que les causó
graves daños: disparaba
alajú sin interrupción, pum-
pum-pum, sobre los
ratones, que caían uno tras otro.
Pero éstos seguían aproximándose y consiguieron incluso superar uno de los
cañones. Prr-prr- prr, el humo y el
polvo impedían a
Marie ver lo que
ocurría. Lo cierto es que todos los regimientos
se batían con denuedo, y
que la victoria
estuvo durante mucho rato
oscilando de un
bando a otro.
Los ratones aumentaban en
número cada vez
más y más,
y las pequeñas píldoras
plateadas que lanzaban
con tanta habilidad alcanzaban ya
el interior del armario de cristal. Clárchen
y Trutchen corrían desesperadas
de un lado a otro y acabaron con
las manos llenas de heridas.
—¿Es que he de morir en mi más
hermosa juventud? ¡Yo, la más hermosa de las muñecas! —gritó Clárchen.
—¿Para eso me he conservado yo
tan bien, para morir aquí entre estas cuatro paredes? —exclamó Trutchen. Ambas
se echaron los brazos al cuello y comenzaron a llorar de tal forma, que su
llanto se oía por encima del terrible estruendo.
¡Pues bien, estimados
lectores! Apenas podéis imaginaros el espectáculo que en ese momento comenzó.
Prr-prr—puf, pif—chate—ra—cha—bum—barrum—
bum—barrum—bum —bum, todo a
la vez, y además el rey de los
ratones y los suyos chillaban y gritaban,
y se volvía a oír la voz potente del Cascanueces dando órdenes eficaces
mientras caminaba por entre los batallones que se encontraban bajo el fuego.
Pantalón había dirigido unos
cuantos brillantes ataques a la
caballería y se
había cubierto de
gloria, pero los húsares
de Fritz estaban sometidos al
bombardeo de la artillería ratonil,
que les arrojaba
unas horribles bolas apestosas que les pusieron perdidos sus
pantalones rojos, por lo que
no avanzaban casi
nada. Pantalón les
hizo girar por la izquierda, y con el entusiasmo del mando él hizo lo
mismo, así como
sus coraceros y
dragones; es decir, todos giraron
a la izquierda y se fueron a casa. Esto puso
en peligro a la batería
que se encontraba situada sobre
el escabel, y
poco después atacó
un grupo de ratones
con tanta fuerza
que volcó la
pequeña tarima, incluidos cañones
y cañoneros. El
Cascanueces, consternado, ordenó que el ala derecha retrocediera.
—Tú, Fritz, mi oyente, experto
militar, sabes que tal movimiento significa casi la huida y sé que lamentas
igual que yo la desgracia que amenazaba al ejército del pequeño Cascanueces,
tan amado por Marie.
—Pero aparta tu mirada de esta
calamidad y observa el ala izquierda del ejército del Cascanueces, donde todo
lleva un excelente camino y aún existen grandes esperanzas para el general y su
ejército. Pues durante este enfrentamiento habían ido apareciendo, en enorme silencio,
grandes masas de caballería ratonil de debajo de la cómoda, que, acompañando su
ataque de horribles chillidos, se lanzaron con furia sobre el ala izquierda del
ejército del Cascanueces. ¡Pero con qué resistencia se encontraron!
Con lentitud
—pues así lo
exigían las dificultades
del terreno, ya que había que superar el listón del armario— había ido
avanzando el cuerpo de los estandartes,
bajo el mando de dos emperadores chinos, y había formado en carréplain.
Eran unas tropas excelentes,
gallardas, de gran colorido, formadas
por multitud de
jardineros, tiroleses,
manchúes, peluqueros, arlequines, cupidos,
leones, tigres, macacos y monos
que se batían con sangre fría, coraje y tenacidad. Este batallón de
élite hubiese logrado, con valor espartano,
arrancar la victoria al
enemigo, de no haber
conseguido un audaz
capitán de caballería enemiga, en
un temerario avance,
arrancar de un mordisco
la cabeza de uno de los
emperadores chinos, que, al caer,
arrastró consigo a dos tunguses y un macaco.
Esto ocasionó un hueco por el
que penetró el enemigo y, poco después,
todo el batallón
estaba destrozado a dentelladas y mordiscos.
Pero el enemigo no logró más que una
mínima ventaja con
esta fechoría. En
el momento en que un
sanguinario jinete de la caballería ratonil rompía con sus
dientes a un valiente enemigo, le entró por el cuello una pequeña bola de papel
que le mató en el acto.
¿Era esto
suficiente para las
huestes del Cascanueces, que, en cuanto comenzaron a
retirarse, retrocedieron más y más, perdiendo
cada vez más gente, de forma que el infeliz Cascanueces se
encontraba ya pegado al armario de cristal junto a un pequeño
puñado de gente?
—¡Que avance la reserva!
Pantalón, Scaramouche, tambor, ¿dónde estáis? —gritaba el Cascanueces,
manteniendo aún la esperanza de que se formaran y salieran del armario de
cristal nuevas tropas.
Y, efectivamente, surgieron
algunos hombres y
mujeres marrones, de arcilla, con
las caras doradas, sombreros y
yelmos; pero se
batían con tanta
torpeza, que no acertaban
a dar a ninguno de los
enemigos y a punto estuvieron
incluso de arrebatar la gorra del Cascanueces, su general.
Y pronto llegaron
a ellos los
cazadores enemigos, que, a mordiscos,
les arrancaron las piernas.
Al caerse, incluso acabaron
con algunos de los hermanos en
armas del Cascanueces. Éste
se encontraba
estrechamente cercado por
los enemigos, en
peligro extremo. Quiso saltar por encima del listón del armario,
pero sus
piernas eran demasiado
cortas; Clárchen y Trutchen
estaban sin sentido
y no podían
ayudarle, húsares y dragones saltaban alegres a su lado y entraban en el
armario, hasta que, desesperado, gritó:
—¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi
reino por un caballo!
En ese
mismo instante dos
cazadores enemigos le agarraron
por el abrigo
de madera, y
el rey de
los ratones, de un salto, se acercó, chillando de júbilo por el
triunfo con sus
siete gargantas. Marie
no pudo contenerse más:
—¡Mi pobre Cascanueces! ¡Mi
pobre Cascanueces! — exclamó entre sollozos.
Sin darse cuenta realmente
de lo que hacía, se quitó el
zapato izquierdo y
lo lanzó con
fuerza al grupo
más numeroso de ratones, en el que se encontraba el
rey. Al instante pareció que todos habían desaparecido y muerto; pero
Marie sintió en el brazo izquierdo un dolor aún más punzante que antes y cayó
desmayada.
LA
ENFERMEDAD
Cuando Marie despertó de su
letargo, yacía en su camita, y el sol entraba,
chispeante y alegre, en la habitación
a través de los cristales cubiertos de hielo. A su lado estaba sentado
un hombre desconocido, al que pronto reconoció como el cirujano Wendelstern.
Éste dijo en voz baja:
—¡Por fin ha despertado!
Su madre
le dirigió una
mirada inquisitorial y preocupada y se acercó a ella.
—Ay, mamá querida —susurró la
pequeña Marie, ¿se han ido por fin todos esos horribles ratones, se ha salvado
el buen Cascanueces?
—No digas más tonterías, Marie
—respondió la madre—.
¿Qué tienen que ver los
ratones con el Cascanueces? Pero por tu culpa, niña mala, hemos estado muy
preocupados. Y todo porque los niños son cabezotas y no obedecen a sus padres.
Ayer noche estuviste hasta muy tarde jugando con tus muñecas. Estabas medio
dormida y es posible que un ratoncito (aunque aquí normalmente no los hay)
saliera y te asustara. Bueno, lo cierto es que rompiste con el brazo uno de los
cristales del armario y te hiciste un corte tan profundo, que el señor
Wendelstern, que acaba de sacarte hace un momento los cristales que aún tenías
en las heridas, opina que si el cristal te hubiese cortado una vena podrías
haberte quedado con un brazo inmóvil e incluso podrías haberte desangrado.
Gracias a Dios, desperté a medianoche y te eché en falta, así que me levanté y
fui al cuarto de estar. Allí te encontré, tendida en el suelo junto al armario
de cristal, sin sentido y sangrando sin cesar. Estuve a punto de desmayarme yo
misma del susto. Estabas allí caída, y a tu alrededor, diseminados, los
soldaditos de plomo de Fritz y otros muñecos, estandartes rotos, hombrecitos
de bizcocho; pero en tu
brazo herido sostenías
al Cascanueces, y no lejos de ti, tu zapato izquierdo.
—Ay, mamaíta, mamaíta —la
interrumpió Marie—.
¿Ves? Ésas eran las huellas de
la batalla entre los muñecos y los ratones y, al ver que los ratones iban a
coger preso al pobre Cascanueces, que era quien dirigía al ejército de muñecos,
me asusté mucho. Entonces arrojé mi zapato sobre los ratones y ya no sé lo que
pasó.
El cirujano Wendelstern hizo un gesto con los ojos a la madre y ésta dijo a Marie con gran
dulzura:
—Bueno, olvídalo y
tranquilízate. Ya han desaparecido todos los ratones y el Cascanueces está sano
y feliz en el armario de cristal.
Entonces entró
el consejero médico
en la habitación
y mantuvo una larga
conversación con el
cirujano Wendelstern.
Después tomó el pulso
a Marie. Ella oyó que
hablaban de una
fiebre producida por
la herida. Tenía que
quedarse en cama y tomar una medicina.
Así transcurrieron unos cuantos
días, aunque ella,
excepto algún dolor en el brazo, no se sentía enferma ni molesta.
Sabía que el pequeño
Cascanueces estaba sano y
salvo tras la batalla y a veces le parecía que, como en sueños, le decía en
un tono claramente
perceptible, aunque ciertamente
lastimero:
—Marie, estimadísima señora,
sé que os debo mucho,¡pero aún podéis hacer mucho más por mí!
Marie recapacitaba
en vano pensando
qué podría ser, pero no se le ocurría nada.
Marie no podía jugar a gusto a
causa de su brazo herido y, cuando se ponía a leer o incluso a mirar los
dibujos de los libros, se le nublaba la vista y tenía que dejarlo. Así pues, el
tiempo se le
hacía larguísimo y
deseaba con todas sus fuerzas que
llegara el atardecer, pues entonces su
madre se sentaba
a leerle y
contaba muchas cosas bonitas. Acababa
de terminar su
madre la excelente historia del príncipe Fakardin,
cuando se abrió la puerta y entró el padrino Drosselmeier diciendo:
—Ya es hora de que vea por mí
mismo cómo está la enferma.
En
cuanto Marie vio
al padrino Drosselmeier
con su chaquetita amarilla,
se le vino
a la mente con entera viveza la
imagen de aquella
noche en la que el Cascanueces perdió
la batalla contra
los ratones, y de
forma totalmente involuntaria le
gritó al consejero jurídico superior:
—¡Ay, padrino Drosselmeier,
estuviste realmente horrible! ¡Te vi sentado encima del reloj cubriéndolo con
tus alas para que no sonara muy fuerte, porque, si no, se habrían ahuyentado
los ratones! ¡Yo oí perfectamente cómo llamabas al rey de los ratones! ¿Por qué
no viniste en ayuda del Cascanueces, en mi ayuda, horrible padrino
Drosselmeier? ¿No eres tú el único culpable de que esté herida y enferma en la
cama?
La madre preguntó asustada:
—¿Qué te pasa, querida Marie?
Pero el padrino
Drosselmeier hizo gestos muy extraños y
comenzó a decir con monótona voz de grajo:
¡Péndulo tenía
que ronronear, picar,
no quería portarse bien, relojes,
relojes, péndulos de
reloj tienen que ronronear, en
silencio, ronronear, tocar
las campanas fuertes, tilín,
tilán, hink y honk, y honk y hank, niña de las muñecas, no tengas miedo, las
campanillas tocan, ya es la hora, hay que echar al rey de los ratones, y viene
el búho en rápido vuelo, pak y pik, y pik y puk, campanita, bim, bim, relojes,
ron, ron, los péndulos tienen que ronronear, picar, no quería portarse bien,
ran y run, pirr y purr!
Marie observó al padrino
Drosselmeier inmóvil, con los ojos muy abiertos, porque su aspecto era
muy distinto y aún mucho más
desagradable de lo
habitual, y estaba moviendo su
brazo derecho hacia adelante y hacia atrás como una marioneta a la que
tiran del hilo. El padrino podría haberle dado auténtico pavor de no
haber estado su madre presente,
y si Fritz,
que entre tanto
había entrado a hurtadillas
en la habitación,
no le hubiese interrumpido al fin con una gran
carcajada:
—¡Ay, padrino Drosselmeier!
—exclamó Fritz—. ¡Hoy estás muy divertido, te mueves como un bufón al que hace
mucho tiré a la estufa!
La madre se quedó muy seria y
dijo:
—Querido señor consejero
jurídico superior, ¿qué broma tan extraña es ésa? ¿Qué quiere usted decir?
—¡Cielo santo! —respondió
Drosselmeier riéndose—
¿Acaso se ha olvidado usted de
mi bella cancioncilla del relojero? Se la suelo cantar siempre a pacientes como
Marie.
Y, diciendo esto, se sentó de inmediato muy cerca de
la cama de Marie y dijo:
—Por lo que más quieras, no te
enfades porque no sacara en el primer momento sus catorce ojos al rey de los
ratones, pero no podía ser. En su lugar te voy a dar una enorme alegría.
Y mientras
así hablaba, el
consejero jurídico superior introdujo la mano en el bolsillo, y con mucha suavidad extrajo… el Cascanueces, al
que con gran habilidad había colocado
de nuevo los
dientes caídos y
fijado la mandíbula desencajada. Marie dio un grito de alegría y
la madre dijo sonriendo:
—¿Ves? ¿Te das cuenta ahora de
lo bien que se porta el padrino Drosselmeier con tu Cascanueces?
—Pero admitirás, Marie
—interrumpió el consejero jurídico a la señora del consejero médico—, admitirás
que el Cascanueces no tiene buen aspecto y que su cara no es precisamente lo
que se suele llamar hermosa. Si quieres oírlo, te puedo contar cómo tal fealdad
entró en su
familia y se transformó en
hereditaria. ¿O por casualidad
conoces ya la historia de la
princesa Pirlipat, la bruja
Ratonilda y el artístico
relojero?
—Oye —interrumpió en ese
momento Fritz, sin darse cuenta—, oye, padrino Drosselmeier, los dientes se los
has puesto muy bien y la mandíbula ya no baila tanto. Pero ¿por qué le falta la
espada?
—Ah —respondió el consejero
jurídico superior de mal humor—, chico, siempre estás criticando y sacando
faltas a todo. ¡Qué me importa a mí la espada del Cascanueces! Yo le he curado
el cuerpo; que él mismo haga una espada como pueda.
—Eso es cierto —exclamó
Fritz—; si es un tipo capaz, sabrá encontrar armas.
—Así pues, Marie —continuó el
consejero jurídico superior—, dime si sabes la historia de la princesa
Pirlipat.
—¡Ay, no! —respondió Marie—.
¡Cuéntamela, querido padrino Drosselmeier, cuéntamela!
—Confío —intervino entonces la
señora del consejero médico—, señor consejero jurídico superior, en que su
historia no sea tan horrible como todolo que usted suele contar.
—En absoluto, carísima señora consejera médica — respondió Drosselmeier. Al
contrario, lo que
tengo el honor de
contar ahora es
algo divertido.
—Cuenta, cuenta ya, querido
padrino —exclamaron los niños. El consejero jurídico superior comenzó:
La madre de Pirlipat era
esposa de un rey y, por tanto, reina; y
nuestra Pirlipat, desde el mismo momento en que nació, princesa. El rey no
cabía en sí de gozo por la hijita que
yacía en la cuna; daba
gritos de alegría, bailaba
y saltaba a la pata coja, gritando una y otra vez:
—¡Yupi! ¿Ha visto alguien
nunca algo más bonito que mi Pirlipatilla?
Y todos,
ministros, generales, presidentes
y oficiales, saltaban, igual que
el rey, sobre una sola pierna, gritando muy alto:
—¡No, nunca!
Y de hecho era imposible negar
que desde que el mundo existe nunca había
nacido niño más
hermoso que la princesa
Pirlipat. Su carita parecía
tejida con delicados copos,
blancos como lirios y rojos como rosas; sus ojitos, unos vivos
azures chispeantes, y
sus rizos,
entremezclándose en brillantes
hilos de oro,
eran la misma belleza.
Además, Pirlipatilla había
traído al mundo una fila de
pequeños dientes como perlas, con los que,
dos horas después
de nacer, mordió
el dedo del canciller
imperial cuando éste estaba
viéndolos más de
cerca, haciéndole gritar:
—¡Oh, Jesús!
Otros afirman que gritó: «¡Ay,
ay!», pero las opiniones al respecto
siguen aún hoy
muy divididas. Brevemente, Pirlipatilla mordió
de hecho al canciller
imperial en el dedo, y
el país, entusiasmado, supo
así que en el
hermoso y angelical
cuerpecito de Pirlipatilla
habitaba también el ingenio,
el ánimo y
la razón. Como
ya he dicho, todo
era alegría; únicamente
la reina estaba atemorizada e
inquieta, aunque nadie
sabía por qué. Ante
todo, llamó la
atención el hecho
de que hiciera vigilar la
cuna de Pirlipat
con gran atención.
Pues además de que
las puertas estaban
ocupadas por alabarderos, dos
niñeras tenían la orden de
permanecer siempre junto a la cuna y
otras seis debían estar, noche tras noche, sentadas en la habitación.
Pero lo
que a todos
parecía una locura
y nadie podía comprender es que
cada una de las seis cuidadoras debía tener un gato en el regazo y acariciarlo
durante toda la noche con el fin
de obligarle a ronronear sin interrupción. Es
imposible, queridos niños,
que podáis adivinar
por qué la madre de Pirlipat organizó todo ese tinglado, pero yo lo sé y
os lo voy a contar.
En cierta ocasión
se reunieron en la corte del
padre de
Pirlipat gran cantidad de
magníficos reyes y agradabilísimos príncipes;
todo se organizó
con gran boato y tuvieron lugar
multitud de justas de caballeros, comedias y bailes cortesanos. El rey, con el
fin de mostrar con claridad que a él no le faltaban ni el oro ni la plata,
quiso sacar un buen puñado del tesoro de la corona y con ello hacer
algo realmente extraordinario. Por
el jefe superior de cocina se
había enterado en secreto de que el astrónomo
de la corte
había anunciado la
época de la matanza. De modo que encargó una soberbia
cantidad de salchichas, morcillas y todo tipo de embuchados, tras lo cual él mismo, en su coche, fue a
invitar a todos los reyes y
príncipes… sólo a una cucharada
de sopa, para disfrutar así
con la sorpresa
que tales delicias
podían producir. Entonces dijo con toda amabilidad a la reina:
—Querida, ya sabes cuánto me
gustan los embutidos.
A la reina no le cabía duda de
lo que quería decir con eso; no significaba otra cosa, sino que ella misma se
dedicara en persona al
provechoso oficio de
hacer salchichas y morcillas, como ya había ocurrido otras
veces. El tesorero jefe recibió la orden de llevar de inmediato a la cocina el
gran puchero de oro para salchichas y todas las cacerolas de plata. Prepararon
un gran fuego con leña de sándalo, la
reina se puso
sus grandes delantales
de damasco y pronto
comenzaron a humear en el puchero
los dulces
aromas del caldo de
salchichas. El reconfortante olorcillo llegó
hasta el consejo
de Estado. El
rey, lleno de entusiasmo, no pudo aguantarse.
—Con su permiso, señores
—exclamó.
Y de un salto se plantó en la cocina,
abrazó a la reina, removió un rato con su cetro de oro el
puchero y volvió, ya más tranquilo, al consejo
de Estado. Justo
entonces había llegado el
momento importante en que
hay que cortar el tocino en dados y
asarlos en la parrilla de plata. Las damas de la corte se retiraron, pues la
reina, por su fidelidad y respeto hacia su real
esposo, quería hacerlo sola. Pero, cuando el tocino comenzó
a tostarse, se oyó una vocecita
finísima y susurrante que decía:
—¡Hermana, dame a mí también
un poco de asado, yo también quiero un banquete! ¡Yo también soy reina, dame un
poco de asado!
La reina
sabía bien que
quien así hablaba
era doña Ratonilda. Doña
Ratonilda vivía hacía ya muchos años en el palacio del rey. Afirmaba que estaba
emparentada con la familia y que ella
misma era soberana
del reino de Ratonia, por lo que,
además, tenía toda una corte bajo el fogón.
La reina era
una mujer buena
y generosa y, aunque
no reconocía a
doña Ratonilda como
reina y hermana suya, sin
embargo, le concedió de todo corazón que tomara parte en el banquete de aquel
día de fiesta y
dijo:
—Claro, salid de ahí, doña
Ratonilda; venid a probar mi tocino.
Doña Ratonilda salió rápida y
llena de gozo, saltó sobre el fogón y fue cogiendo con sus pequeñas y delicadas
patitas un trocito de
tocino tras otro
según la reina
se los iba dando. Pero entonces aparecieron también
los compadres y comadres de doña Ratonilda, además de sus siete hijos, unos
tunantes muy desobedientes, y se lanzaron sobre el tocino, de
forma que la
reina, asustada, no
podía defenderse de ellos.
Por suerte acudió
en su ayuda
la camarera mayor y ahuyentó a los indignos invitados, con lo que se
pudo salvar algo de tocino. Llamaron entonces al matemático de la corte,
y éste dio las instrucciones para
que se repartiera artísticamente el tocino
entre todos los embutidos.
Resonaron trompetas y
tambores, y todos los potentados presentes
y los príncipes
se dirigieron envueltos
en brillantes ropajes de fiesta, unos sobre andas y otros en carruajes de cristal, al
banquete de la matanza. El rey los recibió
con cordial amabilidad y
benevolencia y luego,
ataviado como señor
del reino, con
cetro y corona, se sentó a la cabecera de la
mesa. Ya durante el plato de botagueña se vio al rey palidecer cada vez
más y levantar los ojos al cielo,
mientras tenues suspiros
escapaban de su pecho.
¡Parecía que en
su interior hervía
un intensísimo dolor! Mas
durante el plato de morcillas se hundió, entre lamentos y sollozos, en su
asiento, llorando y gimiendo.
Todos saltaron sobre la mesa;
su médico de cabecera se esforzó en vano
por tomar el pulso del infeliz rey. Parecía que una
profunda e infinita desgracia estaba desgarrándole. Por fin, tras continuas
palabras de aliento y aplicarle fuertes
remedios, como son
en este caso cenizas
de plumas de ganso y similares,
pareció que el rey volvió en
sí. Entre tartamudeos
y de forma apenas perceptible
dijo:
—¡Tiene muy poco tocino!
Entonces la reina,
inconsolable, se arrojó a sus pies:
—¡Oh, mi pobre, desgraciado y
real esposo! ¡Cuán grande ha sido el dolor que habéis tenido que soportar!
¡Pero ved aquí a vuestros pies
a la culpable, castigadla, castigadla con dureza! ¡Ay! Ha sido doña Ratonilda
con sus siete hijos, sus compadres y comadres, quien se ha comido el tocino… y…
En ese momento la reina cayó
de espaldas, sin sentido. El rey se levantóde un brinco y lleno de furia gritó:
—¡Camarera mayor! ¿Cómo
ocurrió?
La camarera
mayor contó todo
lo que sabía
y el rey decidió vengarse de doña Ratonilda y de
su familia, que se habían comido todo
el tocino de los embutidos. Mandó llamar
al consejero privado
de Estado y
decidieron instruir un proceso
contra doña Ratonilda
y confiscarle todos sus bienes.
Mas, como el rey opinara que mientras tanto podría seguir comiéndose
todo el tocino, encargaron de todo el asunto al
arcanista y relojero de la corte. Este hombre, que se
llamaba igual que yo, es decir,
Christian Elías Drosselmeier, prometió
expulsar para siempre
del palacio, por medio
de una inteligente
argucia, a doña Ratonilda y su familia. Y,en efecto,
inventó unas pequeñas máquinas muy artísticas,
en las que se
introdujo tocino frito sujeto
por un hilillo,
que Drosselmeier colocó alrededor de
la vivienda de
la señora Comedora-de- tocino. Doña Ratonilda era
demasiado sabia para no darse cuenta
de la trampa
de Drosselmeier, pero
todas sus advertencias, todas
sus amonestaciones no
sirvieron de nada: atraídos
por el dulce olor del tocino frito, sus
siete hijos y muchos, muchos de los compadres y comadres de doña Ratonilda se introdujeron en las máquinas de
Drosselmeier y, cuando
iban a coger
el tocino, eran apresados por una reja que caía de
repente en la entrada y luego
ejecutados vergonzosamente en
la misma cocina. Doña
Ratonilda abandonó con
la poca gente
que le quedaba el lugar del
horror. Su pecho estaba lleno de odio, desesperación y venganza.
La corte festejó
el resultado, pero la reina quedó
muy preocupada, porque
conocía el carácter de
doña Ratonilda y
sabía que no
dejaría sin venganza la muerte de sus hijos y parientes.
Y, en efecto, doña Ratonilda se presentó en el momento en que la reina
estaba preparando para su
real esposo un paté de bofes que
le gustaba mucho, y dijo:
—Mis hijos, mis compadres y
comadres han sido asesinados. Ten mucho cuidado, majestad, porque la reina de
los ratones puede destrozar a tu hija a mordiscos. ¡Ten mucho cuidado!
Dicho esto, desapareció y no volvió a dejarse ver nunca más. La reina
estaba tan asustada, que el paté de bofes que
estaba preparando se le
cayó al suelo, con
lo que doña Ratonilda
echó a perder por segunda
vez uno de los platos predilectos del rey. Éste se puso furioso.
—Bueno, ya está bien por esta
noche, pronto te contaré el resto.
Marie, que
había estado inmersa
en sus propios pensamientos, rogó
al padrino Drosselmeier que continuara su
narración. Él no
se dejó convencer.
Levantándose de un salto,
dijo:
—No es bueno demasiado de una
vez. Mañana el resto. Estaba a punto de salir por la puerta, cuando Fritz
preguntó:
—Dime, padrino Drosselmeier.
¿Es verdad que inventaste la ratonera?
—¿Cómo se pueden hacer
preguntas tan tontas? —
exclamó la madre.
Pero el consejero jurídico
sonrió de forma extraña y dijo en voz baja:
¿No soy un relojero bueno? ¿No
seré capaz siquiera de inventar ratoneras?
CONTINUACIÓN
DEL CUENTO DE LA NUEZ DURA
—Así pues, niños —continuó el
consejero jurídico superior Drosselmeier al atardecer del día siguiente—, ya
sabéis por qué la reina hacía vigilar con tanta atención a la bellísima
princesita Pirlipat. ¿Cómo no iba a temer que doña Ratonilda volviese para
cumplir su amenaza y matar a la pequeña princesa? Las máquinas de Drosselmeier
no eran eficaces contra la agudeza y el ingenio de doña Ratonilda y únicamente
el astrónomo de la corte, que era a la vez el intérprete privado de los signos
divinos y de las estrellas, decía saber que la familia del gato Ronrón estaría en
condiciones de mantener a doña Ratonilda apartada de la cuna. Así pues, sucedió
que cada una de las cuidadoras recibió a uno de los hijos de esa familia,
quienes, por cierto, estaban empleados en la corte como consejeros delegados
privados. Tenían que mantenerlos en el
regazo y, mediante hábiles caricias, hacerles más dulce su duro servicio al
Estado. Pero una vez, siendo ya medianoche, una de las dos cuidadoras jefas
privadas que estaban sentadas junto a la cuna despertó sobresaltada, como de un
sueño profundo.
Todos estaban dominados por el
sueño; no se oía un solo ronroneo, y en medio de un profundo silencio de muerte
podía percibirse hasta
el roer de
la carcoma. Pero
la cuidadora jefa privada
tuvo la sensación
de que muy cerca
de ella había
un enorme y
horrible ratón que, levantándose sobre sus patas traseras, había apoyado su
funesta cabeza sobre el rostro de la princesa. Se levantó de un salto con
un grito
de horror. Todos despertaron.
Pero en ese momento doña Ratonilda (pues no era otro el gran ratón
que se hallaba
junto a la
cuna de Pirlipat) corrió veloz
hacia un rincón
de la habitación.
Los consejeros delegados se
lanzaron tras ella:
demasiado tarde. Había desaparecido
a través de una
rendija del suelo de la
habitación. El ruido despertó
a Pirlipatilla, que comenzó a llorar quejumbrosamente.
—¡Gracias al cielo!
—exclamaron las cuidadoras—. ¡Vive!
Mas cuál
no sería su
horror al mirar
a Pirlipatilla y descubrir en qué se había convertido la bella y hermosa niña. En lugar de su
cabecita de ángel de rizos rojo y oro había
una gruesa cabeza
informe sobre un
cuerpo pequeñísimo y encogido.
Sus ojitos azules
se habían transformado en unos
ojos verdes, saltones,
de mirada fija, y su boquita se
había estirado de una oreja a otra. La reina lloraba y se lamentaba, deseando
morir, y hubo que cubrir con
tapices guateados el gabinete
de estudio del rey, porque éste
se golpeaba una y otra vez con la cabeza contra las paredes a la vez que gritaba
con voz dolorida:
—¡Ay de mí, infeliz monarca!
Habría podido
darse cuenta entonces
de que hubiera sido
mejor comerse las
salchichas sin tocino
y dejar a doña Ratonilda y su
estirpe en paz bajo el fogón. Pero el real padre de Pirlipat no pensó en ello,
sino que culpó de todo lo ocurrido
al arcanista y
relojero de la
corte, Christian Elías Drosselmeier
de Nuremberg. Por ello dio la siguiente y sabia orden: en el plazo de
cuatro semanas Drosselmeier debía devolver
a la princesa Pirlipat a su estado
original o, al
menos, encontrar un
determinado remedio, no falaz,
para conseguirlo. De lo contrario, moriría de muerte vergonzosa bajo
el hacha del verdugo.
Drosselmeier se asustó
bastante, pero pronto confió en su arte y su fortuna y se dispuso al momento a
llevar a cabo la primera
operación que le
pareció provechosa. Con gran
habilidad desmontó a
la princesa Pirlipat, desenroscó sus
manitas y piececitos
y observó la estructura interna.
Pero descubrió que, a medida
que fuera creciendo la
princesa, se haría
todavía más deforme, y
no sabía qué
partido tomar ni
cómo solucionarlo. Volvió a
reconstruir cuidadosamente a la
princesita y se dejó caer, acongojado, junto a su cuna, que no podía
abandonar. Ya había llegado la cuarta semana —era ya miércoles—, cuando
el rey se asomó con ojos chispeantes de furia y, blandiendo
amenazadoramente el cetro, gritó:
¡Christian Elias Drosselmeier,
cura a la princesa o morirás!
Drosselmeier comenzó a llorar amargamente, mientras la princesita Pirlipat estaba,
satisfecha, cascando nueces. Fue entonces cuando, por primera vez, le llamó la
atención al arcanista el incansable
afán de
comer nueces de
la princesa Pirlipat y la circunstancia
de que naciera ya con dientes. De hecho, tras su transformación, estuvo
gritando sin parar hasta que, por
azar, vio una nuez y la abrió al momento. Al
comer el fruto
se calmó. Desde
aquel momento sus niñeras no encontraron nada más adecuado
que darle nueces.
—¡Oh sagrado instinto de la
naturaleza, eternamente inescrutable simpatía de todos los seres! —exclamó
Christian Elias Drosselmeier—. Tú me muestras la puerta del misterio a la que
he de llamar. Y la puerta se abrirá.
De inmediato
solicitó permiso para
hablar con el astrónomo de la corte. Fue conducido a él
bajo vigilancia. Ambos hombres se
abrazaron entre lágrimas, pues eran entrañables amigos,
se retiraron luego
a un gabinete secreto y comenzaron a consultar
infinidad de libros que hablaban de
los instintos, las simpatías, las antipatías y otras
misteriosas cuestiones. Llegó
la noche. El astrónomo de la corte estudió las estrellas y, con
ayuda de Drosselmeier, también gran experto en ello, estableció el horóscopo
de la princesa
Pirlipat. Tras un
gran esfuerzo, pues las líneas se iban haciendo cada vez más confusas, al fin, ¡qué
gran alegría!, al fin pudieron ver claramente que lo único que tenía que
hacer la princesa Pirlipat para librarse
del hechizo que
la afeaba y recuperar su belleza anterior era comer el
dulce fruto de la nuez Krakatuk.
La nuez Krakatuk tenía una cascara tan dura que hasta un
cañón de cuarenta
y ocho libras
podía pasar por encima de ella sin romperla. Y tendría
que ser un hombre que nunca se
hubiese afeitado y que
jamás se hubiese puesto botas
quien, ante la
princesa, abriera con
sus dientes la nuez y se la entregara con los ojos cerrados. El joven no
podría abrir los ojos hasta retroceder siete pasos sin dar ningún traspiés.
Drosselmeier estuvo trabajando ininterrumpidamente con el astrónomo durante tres días y tres
noches. El sábado a mediodía estaba el rey sentado a la mesa comiendo, cuando
Drosselmeier, que iba a ser decapitado
el domingo de madrugada, entró alborozado y feliz y anunció el remedio
hallado para devolver a la
princesa Pirlipat la belleza perdida. El rey se abrazó a él con intenso
afecto y le
prometió una espada
de diamantes, cuatro órdenes
y dos nuevas
levitas de domingo.
—Nada más acabar la comida
—añadió con amabilidad—, se emprenderá la labor. Ocupaos vos, estimado
arcanista, de que el joven sin afeitar esté a mano con sus zapatos, como
corresponde, y no le permitáis beber antes ni una gota de vino, para que no
tropiece al retroceder, como un cangrejo, los siete pasos, pues después podrá
beber hasta la saciedad.
Estas palabras
del rey consternaron a
Drosselmeier, quien, entre temblores
y vacilaciones, tartamudeando, consiguió decir que era cierto
que se había descubierto el remedio,
pero ahora había
que buscar ambas
cosas, la nuez Krakatuk
y el joven que tenía
que abrirla. Y era dudoso
que alguna vez
pudieran encontrarse tanto
la nuez como al Cascanueces. El rey, enfurecido, levantó el cetro por
encima de su cabeza coronada y
exclamó con voz de trueno:
—¡Bueno, pues se mantiene la
decapitación!
Fue una
suerte para Drosselmeier, hundido
en la angustia y la miseria,
que ese mismo día
la comida le gustara
muchísimo al rey;
estaba de buen
humor y accedió a los razonables y
numerosos argumentos que
presentó la bondadosa reina, conmovida por el destino de Drosselmeier. Finalmente
Drosselmeier, haciendo acopio
de todo su valor, expuso que en realidad él había cumplido su
obligación: había descubierto
el remedio para sanar a la
princesa y, por tanto, había rescatado
su vida. El rey afirmó
que eso eran sólo
tontas excusas y palabrería
vana, pero al fin,
tras tomarse un vasito
de licor estomacal, decidió que el relojero y el astrónomo se
dispusieran a partir
y que no
volvieran sin la
nuez Krakatuk en el
bolsillo. Y, tal como
había propuesto la reina, al hombre que
había de abrirla lo buscarían
por medio de anuncios
publicados varias veces
en los periódicos y
revistas intelectuales del
país y del extranjero.
El consejero jurídico superior
interrumpió aquí de nuevo su narración y prometió relatar el resto al día
siguiente.
FIN
DEL CUENTO DE LA NUEZ DURA
Al atardecer del día siguiente nada más encenderse las luces
llegó, efectivamente, el
padrino Drosselmeier y continuó así:
Drosselmeier y
el astrónomo de
la corte llevaban
ya quince años de camino sin haber encontrado señal alguna de la nuez
Krakatuk. Estuvieron en tantos
lugares y les ocurrieron tantas cosas extraordinarias, que podría estar
cuatro semanas enteras
contándooslo; pero no
lo haré. Simplemente os
diré que al
final Drosselmeier,
profundamente apesadumbrado, llegó
a sentir una enorme
añoranza de Nuremberg,
su querida ciudad natal. Especialmente en
cierta ocasión en
que se encontraba con
su amigo en un gran
bosque de Asia, mientras se fumaba una pipa de tabaco.
—¡Oh, mi bella ciudad de
Nuremberg, hermosa ciudad! Quien aún no te ha visto, por mucho que haya viajado
a Londres, París y Peter Wardein, no sabe lo que es esponjarse el corazón, y te
deseará eternamente a ti, a ti, oh Nuremberg, hermosa ciudad con sus hermosas
casas con ventanas.
El astrónomo, al oír los
tristes lamentos de Drosselmeier, sintió
gran compasión y
comenzó a llorar
tan melancólicamente que pudo
oírse en toda
Asia. Pero luego se
dominó y, secando
las lágrimas de
sus ojos, preguntó:
—Pero, estimado colega, ¿por
qué estamos aquí llorando? ¿Por qué no vamos a Nuremberg? ¿Acaso no da
absolutamente igual dónde y cómo busquemos a Krakatuk, la nuez fatal?
—Eso es cierto —respondió
Drosselmeier consolándose.
Al momento se levantaron
ambos, vaciaron sus pipas y comenzaron
a caminar, saliendo del bosque en el centro de Asia en línea recta hacia
Nuremberg. Nada más llegar allí,
Drosselmeier se dirigió
rápidamente a casa
de su primo Christoph
Zacharias Drosselmeier, artesano fabricante de
muñecas, lacador y
dorador, a quien
el relojero llevaba muchos años
sin ver. Le contó
toda la historia de la princesa
Pirlipat, doña Ratonilda y la nuez Krakatuk.
Aquél, juntando una
y otra vez
las manos y lleno de
asombro, repetía:
—¡Ay primo, primo, qué cosas
más extraordinarias! Drosselmeier continuó narrando las aventuras de su largo
viaje: cómo había pasado dos años en el palacio del rey Dátil y cómo el
príncipeAlmendra le había rechazado con desdén; cómo había estado preguntando
en vano en la Sociedad de Investigación de la Naturaleza de Villardilla; en
pocas palabras, cómo le había sido imposible en todas partes encontrar el más
mínimo rastro de la nuez Krakatuk. Mientras su primo llevaba a cabo su relato,
Christoph Zacharias castañeteó varias veces los dedos, giró sobre un solo pie,
chasqueó la lengua y gritó:
«¡Hum!, ¡hum!, ¡ay!, ¡oh!,
¡sería el diablo!».
Al fin, lanzó la gorra y la
peluca al aire, abrazó con fuerza a su primo y gritó:
—¡Primo, primo! ¡Estáis
salvados, salvados! ¡Os lo digo, estáis salvados, pues, o mucho me equivoco, o
yo mismo estoy en posesión de la nuez Krakatuk!
Acto seguido sacó una caja de la que extrajo una
nuez dorada de mediano tamaño.
—Mirad —dijo mientras mostraba
la nuez a su primo—, con esta nuez ocurrió lo siguiente: hace muchos años llegó
por Navidades un forastero con un saco de nueces, que puso a la venta. Tuvo una
pelea con el vendedor de nueces del lugar, que le agredió por no poder soportar
que el forastero vendiera nueces y, para defenderse mejor, dejó el saco justo
delante de mi puesto de muñecas. En ese momento pasó por encima del saco un
carricoche que llevaba una pesada carga; se rompieron todas las nueces menos
una, y el desconocido, con una extraña sonrisa, me la ofreció a cambio de una
brillante moneda de veinte del año 1720. Me pareció asombroso, pues
precisamente encontré en mi bolsillo una de esas monedas y, como el desconocido
la quería, compré la nuez y la bañé en oro, sin saber por qué había pagado
tanto por ella y por qué le concedí después tanto valor.
No cupo
ninguna duda de
que se trataba
de la tan buscada
nuez, pues, al llamar al astrónomo
de la corte, éste la raspó con
todo esmero y en la cascara apareció la palabra Krakatuk
grabada en caracteres
chinos. La alegría de los
viajeros fue enorme, y el primo se convirtió en el hombre más feliz bajo el sol
cuando Drosselmeier le aseguró que había labrado su buena fortuna, pues, aparte
de una respetable pensión, obtendría
gratis todo el oro que necesitara como dorador. El arcanista y el
astrónomo se pusieron sus gorras
de dormir y ya iban a irse a la
cama, cuando el último, es decir, el astrónomo, comenzó a hablar así:
—Estimado colega, la suerte
nunca viene sola. ¡Créame,
no sólo hemos encontrado la
nuez Krakatuk, sino también al joven que ha de abrirla y ofrecer la nuez de la
belleza a la princesa! Me refiero al hijo de vuestro señor primo.
—¡No, no voy a dormir
—continuó entusiasmado—, sino que esta misma noche voy a establecer el
horóscopo del joven!
Y, diciendo esto, se quitó el
gorro de dormir de un golpe y comenzó al momento su estudio.
En efecto, el hijo del primo
era un simpático y agradable muchacho
que aún no
se había afeitado
y que jamás había llevado botas. Es cierto que,
cuando era muy joven, había hecho de
payaso durante un par
de Navidades, pero ya
no se le
notaba en absoluto,
gracias a los esfuerzos
que su padre había dedicado a su formación. Durante los días de Navidad
llevaba una bella chaqueta roja
con sobredorados, una
espada, sombrero y un
exquisito peinado con redecilla. Así vestido, radiante, se colocaba en el
puesto de su padre y, con una galantería
innata en él, abría a las muchachas las nueces, por lo que éstas le llamaban
Pequeño Cascanueces.
A la
mañana siguiente el
astrónomo se arrojó entusiasmado al cuello del arcanista
y exclamó:
—¡Es él! ¡Lo tenemos! ¡Lo
hemos encontrado! Pero hay dos cosas, querido colega, que no podemos olvidar.
En primer lugar, es necesario que usted haga una robusta trenza de madera para
su excelente sobrino, colocada de forma que con ella se pueda tirar con gran
fuerza de la mandíbula inferior; y después, cuando lleguemos a la residencia
real, hemos de mantener en absoluto secreto que hemos hallado también al joven
que abrirá la nuez. Es mucho mejor que se presente después de nosotros. He
leído en el horóscopo que, si hay primero unos cuantos que se rompan los
dientes sin obtenerningún éxito, el rey concederá la mano de la princesa y la
sucesión en el trono al que abra la nuez y devuelva a su hija la belleza
perdida.
Al artesano de muñecas le
satisfacía extraordinariamente que su hijito se casara con la princesa y se
convirtiera en príncipe y rey, y por ello lo dejó enteramente en manos de
los enviados. La
trenza que Drosselmeier
colocó al esperanzado sobrino
resultó excelente y
con ella consiguió magníficos
resultados al abrir los más
duros huesos de melocotón.
Drosselmeier y el astrónomo informaron de inmediato a
palacio del hallazgo de la nuez Krakatuk, de modo que al punto se
dieron las órdenes
necesarias. Cuando los viajeros
llegaron con el
remedio para la
belleza de la princesa,
ya se había
reunido allí gran
cantidad de hermosos personajes,
entre los que había incluso algunos príncipes, que, confiando en su sana
dentadura, querían intentar romper el
encantamiento. El asombro
de los enviados al
volver a ver a la princesa
fue enorme. Su cuerpo,
pequeñísimo, con las
diminutas manitas y piececillos, parecía
incapaz de soportar
su deforme cabeza. La
fealdad de su
rostro aumentaba por
la presencia de una barba blanca
de algodón que le había crecido alrededor de la boca y
la barbilla.Todo sucedió tal y como el
astrónomo de la
corte había leído
en el horóscopo. Un
barbilampiño tras otro,
en zapatos, intentaron abrir
la nuez Krakatuk,
rompiéndose los dientes y la mandíbula sin ayudar
lo más mínimo a la princesa. Y
todos exclamaban desfallecidos, al
ser retirados por los dentistas a tal fin llamados:
—¡Ésa sí que es una nuez dura!
Y cuando el rey, con el corazón angustiado, prometió
al que acabara con el encantamiento
concederle la mano de su hija y
su reino, se presentó el dulce y delicado
joven Drosselmeier pidiendo permiso para intentarlo. Ninguno le había gustado a la princesa
Pirlipat tanto como el joven Drosselmeier.
Llevándose las manos al corazón,
suspiró ardientemente:
—¡Ojalá fuera él quien abriese
la nuez Krakatuk, convirtiéndose en mi esposo!
El joven
Drosselmeier saludó cortésmente
al rey y a la
reina y luego a la princesa Pirlipat. Recibió de manos del maestro de ceremonias
la nuez Krakatuk; sin más, se la colocó
entre los dientes,
tiró con fuerza
de la trenza
y, ¡crac-crac!, la cáscara se rompió en mil pedazos. Con gran habilidad limpió
el fruto de las fibras
que quedaron pegadas y con una
humilde reverencia se lo
ofreció a la princesa, tras lo cual cerró los ojos y comenzó a caminar hacia
atrás. La princesa tragó de inmediato el fruto y, ¡oh, maravilla!, desapareció
su figura deforme y en su
lugar apareció una angelical figura femenina de ojos azules, con un
rostro de seda blanco como los lirios y
rojo como las rosas, y unos hermosos
rizos ensortijados como hilos de oro. Tambores y trompetas se
unieron al alborozado júbilo del
pueblo. El rey
y toda la
corte bailaban sobre
una pierna, igual que
el día del nacimiento de Pirlipat,
y la reina se desmayó de alegría y gozo, de modo que tuvieron que atenderla
con Eau de
Cologne. Todo este
tumulto desconcertó
sobremanera al joven
Drosselmeier, quien aún tenía
que acabar de dar sus siete pasos; sin embargo, logró dominarse.
Estaba estirando el
pie derecho para completar el
séptimo paso, cuando
de repente, con un
desagradable chillido, surgió del suelo
doña Ratonilda; al apoyar el joven Drosselmeier el pie en el suelo, la pisó y
se tambaleó de tal forma que
estuvo a punto
de caer. ¡Oh, infortunio! Al
momento el joven
adquirió la misma deformidad que
antes tuviera la princesa
Pirlipat. Se le había encogido todo el cuerpo y apenas
podía soportar la enorme e informe cabeza con sus ojos grandes y saltones y la
gigantesca boca, que bostezaba de forma horrible. Por la espalda, en lugar de
la trenza, le caía un estrecho abrigo de madera con el que accionaba la
mandíbula inferior.
El relojero
y el astrónomo,
enloquecidos de horror, vieron cómo
doña Ratonilda se retorcía sangrando en el suelo. Su maldad no había
quedado sin venganza, pues el joven
Drosselmeier la había pisado
con la punta del tacón en el
cuello con tanta fuerza que la herida resultó mortal. En su agonía Ratonilda
chillaba lastimera:
¡Oh Krakatuk, oh nuez dura,
por la cual he de morir! Tú también morirás pronto, Cascanueces
infeliz. Mi hijo, el de siete coronas, pum, tocad, campanitas, tocad,
¡pronto estará perdido! de ratones adalid, le dará su merecido al Cascanueces, ¡hi, hi!, y vengará, Cascanueces
pequeño, mi muerte en ti. ¡Oh vida joven y bella, ya me despido de ti!
¡Ay muerte, hi, hi, hi, hi!
Con este último grito murió
doña Ratonilda y al punto la retiraron los caldereros reales.
Nadie se
había preocupado por el
joven Drosselmeier, más la princesa recordó
al rey su promesa y ordenó
al punto que trajeran
al joven héroe.
Más cuando se presentó
el desgraciado con su deformidad, la princesa se tapó la cara con ambas manos y
gritó:
—¡Fuera, llevaos a ese
repugnante Cascanueces!
Al momento,
el mariscal de
la corte le
cogió por los hombros
y le echó fuera de allí. El rey,
furioso porque habían querido forzarle a
aceptar un Cascanueces como yerno,
achacó toda la culpa a la torpeza del relojero y del astrónomo y expulsó a
ambos por toda la eternidad de la corte.
Pero, como nada
de esto había
aparecido en el horóscopo que estableciera el astrónomo en
Nuremberg, él no dejó de hacer nuevas observaciones y afirmó
que leía en las estrellas que el joven Drosselmeier estaría tan
bien en su
nueva situación que,
a pesar de
su deformidad, sería príncipe y rey.
Pero su deformidad sólo
desaparecería después de matar con sus propias manos al hijo con siete cabezas
que doña Ratonilda había tenido tras la
muerte de sus siete hijos, quien se
habría convertido en rey de los ratones. Afirmó que una
dama le amaba
a pesar de
su deformidad. Y dicen
que, en verdad,
el joven Drosselmeier
ha sido visto en
Navidades en Nuremberg,
en la tienda de su padre. ¡Como Cascanueces, es cierto, pero
también como príncipe!
—Y éste es, niños, el cuento
de la nuez dura y ahora ya sabéis por qué la gente dice a menudo: «Ésa sí que
es una nuez dura» y también a qué se debe que los cascanueces sean tan feos.
Así acabó
la narración del
consejero jurídico superior. Marie opinó que la princesa Pirlipat era una muchacha abominable e ingrata. Por el
contrario, Fritz aseguró que si el Cascanueces quería
convertirse en un
bravo muchacho no debería tener tantas contemplaciones con el rey de
los ratones y
que pronto recuperaría
su bella estampa anterior.
TÍO Y
SOBRINO
Si alguno de mis
honorables lectores ha vivido
alguna vez la experiencia de cortarse con un cristal, sabrá por sí mismo
cuánto duele y cuánto tarda en sanar. Marie tuvo que guardar
cama casi una
semana entera, pues
se mareaba nada más incorporarse. Pero
al fin sanó
por completo y pudo volver a jugar feliz, como siempre, en la
habitación. El armario
de cristal estaba
precioso, pues había nuevos
árboles, casas y
bonitas y relucientes muñecas. Ante
todo, Marie encontró
de nuevo a su
querido Cascanueces, que, de pie en el segundo anaquel, le sonreía con todos sus
dientecillos sanos.
Y Marie, al mirar a su
preferido con el corazón alegre, sintió una repentina angustia en el
corazón por lo que les había contado el
padrino Drosselmeier, la
historia del Cascanueces y de su
enfrentamiento con doña Ratonilda y su
hijo. Supo entonces que su Cascanueces
sólo podía ser el joven
Drosselmeier de Nuremberg,
el amable sobrino del
padrino Drosselmeier, desgraciadamente embrujado por doña
Ratonilda. Pues Marie,
durante la narración, no
dudó un solo instante de que el artesano relojero de la corte del
padre de Pirlipat fuera otro que el propio consejero jurídico superior
Drosselmeier.
«¿Pero por qué no te ayudó el
tío, por qué no te ayudó?», se
lamentaba Marie, cuando
comprendió con claridad que en la batalla que había
presenciado estaban en juego el reino y la corona del Cascanueces. ¿Acaso no
estaban todas las demás muñecas
subordinadas a él?
La inteligente Marie, al
sopesar todas estas
cosas en su mente,
creyó que el
Cascanueces y sus vasallos
tenían vida y movimiento
precisamente en el instante en que
ella les concedía esa posibilidad. Pero no fue así, todo en el armario
permanecía inmóvil y rígido y Marie,
muy lejos de renunciar a su convicción interna, lo achacó a que seguía
actuando el hechizo de doña Ratonilda y su hijo de las siete cabezas. Y dijo en voz
alta a su Cascanueces:
—Sin embargo, querido señor
Drosselmeier, aunque no esté usted en condiciones de moverse o dirigirme la
palabra, sé que me entiende y conoce el aprecio que le tengo. Cuente usted con
mi apoyo siempre que lo necesite. Al menos rogaré a su tío que, con su
habilidad característica, le ayude cuando sea necesario.
El Cascanueces permaneció
quieto y en silencio, pero a Marie le pareció sentir en el armario de cristal
un suave suspiro, que de
forma apenas perceptible pero hermosísima hizo resonar los cristales
del armario, como si una voz suave y argentina cantara:
Pequeña Marie, mi ángel de la
guarda, seré tuyo, querida Marie.
Marie sintió
un frío estremecimiento, acompañado,
sin embargo, de un
extraño bienestar. Comenzaba
a anochecer y el
consejero médico entró
con el padrino Drosselmeier. Poco después Luise había preparado ya la
mesa del té y toda la familia
estaba sentada alrededor, narrando todo tipo de alegres
historias. Marie acercó en silencio
su pequeña butaquita
y se sentó a los pies del
padrino Drosselmeier. En
un momento en
que todos estaban callados, Marie miró fijamente con sus
grandes ojos azules al consejero jurídico superior y dijo:
—Ahora sé, querido padrino
Drosselmeier, que mi Cascanueces es tu sobrino, el joven Drosselmeier de
Nuremberg; se ha convertido en príncipe, mejor dicho, en rey. Se ha cumplido
exactamente lo que tu acompañante, el astrónomo de la corte, predijo. Pero bien
sabes que ha declarado la guerra al hijo de doña Ratonilda, el horrible rey de
los ratones. ¿Por qué no le ayudas?
Marie empezó
a contar de
nuevo la batalla
que había presenciado. Las
carcajadas de Luise
y de su
madre interrumpían a menudo
su narración. Sólo
Fritz y Drosselmeier
permanecieron serios.
—¿De dónde saca esta niña
cosas tan absurdas? —dijo el consejero médico
—. ¿Cómo llegan a su cabeza?
La madre respondió:
—¡Ay, tiene una enorme
fantasía! En realidad, no son más que sueños provocados por la altísima fiebre
que ha tenido.
—Nada de eso es cierto
—interrumpió Fritz—. Mis
húsares rojos no son tan
ineficaces, Potz Bassa Manelka, si no, ¿cómo iba yo a mezclarme con ellos?
Pero el padrino Drosselmeier,
con una extraña sonrisa, tomó a la pequeña Marie
en su regazo y dijo
con más dulzura que nunca:
—¡Ay, querida Marie, a ti se
te ha concedido mucho más que a mí y que a todos nosotros! Tú, como Pirlipat,
eres princesa de nacimiento, pues gobiernas en un hermoso y brillante reino.
Pero, si quieres aceptar al pobre y deforme Cascanueces, has de sufrir aún
mucho, puesto que el rey de los ratones le persigue por todas las veredas y
caminos. Pero no soy yo quien puede salvarle. Sólo tú, tú eres la única que
puede hacerlo. Sé constante y fiel.
Ni Marie ni
nadie supo qué
quería decir Drosselmeier con aquello. Incluso
al consejero médico le pareció
tan extraño, que cogió la mano del consejero jurídico, le tomó el pulso
y dijo:
—Queridísimo amigo, usted
sufre una fuerte congestión en la cabeza, le voy a recetar algo.
Únicamente la señora consejera
médica sacudió pensativa la cabeza y dijo en voz baja:
—Creo sospechar a qué se
refiere el consejero jurídico superior, pero no puedo decirlo con claridad.
LA
VICTORIA
Poco más
tarde, en una
noche de luna
clara, unos extraños golpes, que
parecían provenir de un rincón de la habitación, despertaron a
Marie. Parecía como
si lanzaran piedrecitas de una pared a otra y, entre medias, se oían
pitidos y chillidos
repugnantes. Marie gritó asustada:
—¡Ay, los ratones, vuelven los
ratones!
Intentó despertar
a su madre,
pero fue incapaz
de pronunciar un sonido,
ni siquiera de
mover un solo miembro, al ver al rey de los ratones
que salía con gran esfuerzo por un
agujero de la
pared, hasta que
al fin comenzó a
dar vueltas con
sus ojos chispeantes y sus coronas
por la habitación. Luego, de un salto enorme, se colocó sobre la mesilla que se
encontraba junto a la cama de Marie.
Hi, hi, hi, tienes que darme
tus caramelos, tus figuritas de mazapán,
pequeñaja; si no,
rompo a mordiscos
a tu Cascanueces.
Así silbaba el rey
de los ratones, haciendo
chirriar los dientes de forma
repelente. Dicho esto, de un gran salto volvió a desaparecer por el agujero de la pared.
Marie, aterrorizada por la
horrible aparición, amaneció
a la mañana siguiente
pálida y tan excitada, que apenas era capaz de
pronunciar palabra. Cien
veces pensó en contárselo a su madre o a Luise, o al
menos a Fritz, pero se decía: «¿Habrá alguno que me crea? ¿No van a reírse de
mí?».
Tenía claro,
sin embargo, que
para salvar a
su Cascanueces no le quedaba otro remedio que entregar a cambio sus
caramelos y sus
figuritas de mazapán.
La noche siguiente colocó todos los que tenía junto al listón del
armario. A la mañana siguiente la consejera médica le dijo:
—¡No sé de dónde salen ahora
tantos ratones en nuestro cuarto de estar!
—¡Mira, pobre Marie! Se han
comido todos tus dulces.
Y así era, en efecto. El voraz
rey de los ratones no había encontrado
de su gusto el mazapán relleno, pero lo había roído con sus afilados dientes de
tal forma que hubo que tirarlo
íntegramente. A Marie ya no le
importaban nada sus golosinas, sino
que, en su
interior, estaba inmensamente alegre porque creía haber salvado así a su
Cascanueces. ¡Cómo se sintió cuando en la noche siguiente oyó chillidos muy cerca
de sus oídos! ¡Ay! El rey de los
ratones estaba otra vez allí, y sus ojos chispeaban aún más
repugnantemente y el silbido que
escapaba por entre sus dientes era aún más repulsivo que la noche anterior.
—Pequeñaja, como no me des tus
muñecos de azúcar y de tragacanto, destruiré a tu Cascanueces, a tu
Cascanueces. Y, diciendo esto, el repelente rey de los ratones desapareció de
nuevo.
Marie estaba
muy afligida. A la mañana
siguiente se dirigió al
armario y contempló
con tristeza sus muñequitos de azúcar
y de tragacanto. Y su dolor era justo, mi atenta oyente Marie, pues
no puedes imaginarte lo
maravillosas que eran
las figuritas de
azúcar y tragacanto que
Marie Stahlbaum poseía.
Además de poseer un bello pastor con su pastora, que apacentaban todo un rebaño
de blancas ovejas con un alegre perrito que por allí correteaba, había
dos carteros con cartas en la mano
y cuatro bellísimas
parejas de muchachos
bien vestidos, con chicas extraordinariamente lindas,
que se mecían en un columpio ruso. Además
de unos cuantos bailarines estaban
también el hacendado
Feldkümmel con la doncella de Orleáns, que no le importaban mucho a Marie,
pero en el
rincón había un
niñito de rojos carrillos, su
predilecto, y las
lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
—¡Ay, querido señor
Drosselmeier! —exclamó, dirigiéndose al Cascanueces—. No hay nada que deje de
hacer por salvarle a usted. ¡Pero es muy duro!
El gesto del Cascanueces era
tan lastimero, que Marie, que además tuvo en aquel momento la
visión de las siete fauces del rey
de los ratones
abiertas para devorar
al infeliz joven, decidió sacrificarlo
todo. Así pues,
por la noche colocó todos sus muñequitos de caramelo junto al
listón del armario.
Besó al pastor, a
la pastora, a las
ovejitas y por último
sacó también a su predilecto
del rincón, el niñito
de sonrosadas mejillas
de tragacanto, pero lo
colocó al final
de todos. Al
hacendado Feldkümmel y a la
doncella de Orleáns les correspondió la primera fila.
—¡Esto es demasiado! —exclamó
a la mañana siguiente la consejera médica—. Tiene que haber un enorme y poderoso
ratón en el armario de cristal, pues todas las muñequitas de caramelo de Marie
están mordidas y roídas.
Marie no pudo
aguantar las lágrimas; mas, a
pesar de ello, pronto
recuperó la sonrisa,
pues pensó: «¡Qué importa, si el Cascanueces está
asalvo!».
Por la
tarde la madre
contó al consejero
médico el desastre que el ratón
estaba organizando en el armario de cristal de los niños y éste comentó:
—Es terrible que no podamos
exterminar a ese funesto ratón que anda por el armario y que roe y destroza
todas las confituras de Marie.
—¡Ajá! —interrumpió Fritz
alegremente—. El panadero de abajo tiene un excelente consejero delegado de
color gris; lo voy a subir. Acabará enseguida con la situación. Le cortará la
cabeza, aunque sea la mismísima doña Ratonilda o su hijo, el rey de los
ratones.
—Y, además —comentó entre
risas la consejera médica—, saltará por todas las mesas y las sillas, tirando
vasos y tazas y destrozando mil cosas más.
—¡Nada de eso! —respondió
Fritz—. El consejero delegado del panadero es un tipo hábil; me gustaría poder
caminar sobre la punta del tejado con tanta
elegancia como él.
—Por lo que más queráis, no
traigáis un gato por la noche —rogó Luise, que no podía soportarlos.
—En realidad —dijo el
consejero médico—, Fritz tiene razón. También
podemos colocar una ratonera. ¿No tenemos ninguna?
—A lo mejor nos la puede hacer
el padrino; al fin y al cabo, él las ha inventado —gritó Fritz.
Todos se echaron a reír y,
como la señora consejera médica asegurase que en casa no había ninguna, el
consejero jurídico superior anunció que él tenía varias. En efecto, al momento
hizo traer de su casa una ratonera excelente.
Fritz y Marie recordaron con
toda vivacidad el cuento del padrino, el de la nuez dura. Y, mientras la
cocinera freía el tocino, Marie empezó
a temblar y tiritar. Dominada por el cuento y las maravillas que
en él ocurrían, dijo a su querida Dore:
—Ay, reina y señora, cuídese
usted de doña Ratonilda y de su familia. Fritz había desenvainado su sable y
dijo:
—¡Sí, ésos son los que
deberían presentarse ahora!
¡Ya les iba yo a dar para el
pelo!
Pero tanto
debajo como encima
del fogón todo permaneció en silencio y nada se movió.
Y cuando el consejero jurídico superior
ató el tocino
a un fino hilo y colocó con
sumo cuidado la ratonera junto al armario de cristal, Fritz
exclamó:
—¡Ten cuidado, padrino
Drosselmeier, no te vaya a jugar una mala pasada el rey de los ratones!
¡Ay! ¡Qué noche pasó la pobre
Marie! Algo frío como el hielo
recorrió su brazo
de un lado
a otro, se colocó,
áspero y
repugnante, en su
mejilla y comenzó
a dar pequeños grititos y
chillidos en su oído.
El repulsivo rey de los
ratones estaba sobre sus hombros. Una
espuma roja como
la sangre brotaba
de sus siete fauces
abiertas. Haciendo chasquear
y chirriar los dientes,
comenzó a sisear en el
oído de
Marie, que se había quedado paralizada.
Siseo, siseo, no entro en la
casa, no voy al banquete, no me cazarán,
siseo, dame tus libros
de imágenes y todos tus vestidos, si
no, no tendrás
paz, perderás al
pequeño Cascanueces, será roído, ¡hi hi, pi pi, quick quick!
Marie quedó
angustiada y preocupada.
A la mañana siguiente, cuando
su madre entró,
estaba pálida y descompuesta. Su madre dijo:
—Aún no ha caído ese malvado
ratón en la trampa.
Y, creyendo que Marie estaba
triste por la pérdida de sus dulces y que además tenía miedo al ratón, añadió:
—Pero estate tranquila,
querida niña, que vamos a deshacernos de ese horrible ratón. Si las trampas no
sirven de nada, Fritz traerá su consejero delegado gris.
En cuanto Marie se quedó sola
en el cuarto de estar, se acercó sollozando
al armario de
cristal y habló
así al Cascanueces:
—¡Ay, mi querido y buen señor
Drosselmeier! ¿Qué es lo que yo, pobre e infeliz niña, puedo hacer por usted?
Aunque le entregara a ese repulsivo rey de los ratones todos mis libros,
incluso el bonito vestido nuevo que me ha traído el Niño Jesús para que lo roa,
¿no seguirá siempre exigiendo cada vez más, hasta que al final ya no tenga nada
que entregarle y quiera roerme a mí misma en su lugar?
Así se lamentaba y se dolía la
pequeña Marie, cuando se dio cuenta de que el Cascanueces, desde aquella noche, tenía una gran
mancha de sangre en el cuello. Desde el momento en que Marie supo que su
Cascanueces era en realidad el joven
señor Drosselmeier, sobrino
del consejero jurídico superior,
ya no le volvió a coger más en brazos, ni a besarle o abrazarle. Una
cierta timidez le impedía incluso tener
excesivo contacto con
él. Mas ahora le cogió con gran
cuidado del estante y comenzó a limpiar con su pañuelo la sangre del cuello.
Cuál no sería su asombro al notar que el pequeño Cascanueces entraba en calor y
comenzaba a moverse en sus manos. Con gran rapidez volvió
a colocarlo en
su estante y vio
que su pequeña boca
comenzaba a moverse. Con gran esfuerzo
susurró el pequeño Cascanueces:
—Ay, apreciada demoiselle
Stahlbaum, querida amiga, yo os lo debo todo. No, no sacrifiquéis por mí ni un
solo libro de imágenes ni vuestro vestido de Navidad. Conseguidme únicamente
una espada, una espada, y del resto ya me ocuparé yo, aunque él…
El Cascanueces comenzó
a perder la voz, y su mirada, que
un momento antes,
llena de vida,
expresaba su profundo dolor, se
volvió otra vez rígida y muerta. Marie no
sintió el más
mínimo miedo, sino
que comenzó a saltar de alegría, pues al fin conocía un
medio para salvar al Cascanueces sin
tener que hacer
más dolorosos sacrificios. ¿Pero
dónde conseguir una
espada para el pequeño?
Marie decidió
pedir consejo a
Fritz, y por
la noche, cuando sus
padres habían salido,
estando solos en el
cuarto de estar junto al armario de cristal, le contó todo lo que había
ocurrido con el Cascanueces y el rey
de los ratones y
cómo ahora lo
importante era salvar
al Cascanueces. Nada preocupó tanto
a Fritz como el que, según lo que Marie
le había informado, sus
húsares se hubiesen portado
tan mal en
la batalla. Volvió
a preguntar con toda seriedad si de verdad había ocurrido así, y Marie
le dio su palabra de honor. Entonces Fritz se fue rápidamente al armario de
cristal, soltó a sus húsares un
discurso patético y luego, como
símbolo de su egoísmo
y cobardía, les
fue quitando uno
a uno la insignia
de la gorra
y además les
prohibió tocar la marcha de guardia de los húsares durante
todo un año. Una vez cumplido su deber, se volvió de nuevo a Marie y dijo:
—Por lo que al sable se
refiere, yo puedo ayudar al Cascanueces, pues ayer mismo pasé a la reserva a un
anciano coronel de los coraceros, quien, consecuentemente, ya no necesita su
hermoso y afilado sable.
El mencionado coronel
disfrutaba de la pensión que Fritz le
había concedido en el último
rincón de la
tercera balda. Le sacaron de
allí, le quitaron su sable de plata, que, en
efecto, era hermosísimo,
y se lo
colocaron al Cascanueces.
A la noche
siguiente, Marie no
podía dormir de
puro miedo. A medianoche le pareció oír en el cuarto de estar incesantes
murmullos, tintineos y crujidos. Y de
repente comenzó: «¡Quick!».
—¡El rey de los ratones! ¡El
rey de los ratones! —gritó
Marie.
Llena de horror, se levantó de
la cama de un salto. Todo estaba en
silencio; pero pronto
oyó unos suaves,
muy suaves, golpes en la puerta y se oyó una fina voz:
—¡Excelentísima demoiselle
Stahlbaum, abrid tranquila, traigo felices noticias!
Marie reconoció la voz del
joven Drosselmeier, se echó la bata sobre los hombros y abrió volando la
puerta. Fuera estaba el pequeño
Cascanueces, con la
espada ensangrentada en la
mano derecha y
una vela en la
izquierda. En cuanto
vio a Marie,
se colocó rodilla
en tierra y habló así:
—Vos, ¡oh señora!, habéis sido
la única que fortaleció mi ánimo con valor caballeresco y dio fuerza a mi brazo
para enfrentarme al insolente que se atrevió a ofenderos.
¡Herido de muerte yace el
traidor rey de los ratones, revolcándose en su sangre! ¡Señora! ¡No rehuséis
aceptar el signo de la victoria de manos de vuestro caballero, fiel y sometido
a vos hasta la muerte!
El Cascanueces se quitó las siete coronas de oro del rey de
los ratones que
llevaba colocadas en
el brazo izquierdo y se las
entregó a Marie, quien, llena de alegría, las aceptó. El Cascanueces se levantó
y continuó:
—¡Ay, mi excelsa demoiselle
Stahlbaum! ¡Cuántas cosas maravillosas podría enseñaros en este momento, una
vez vencido mi enemigo, si fuerais tan benevolente de seguirme sólo unos
cuantos pasos! ¡Ah, hacedlo así, excelsa demoiselle!
EL
REINO DE LAS MUÑECAS
Queridos niños,
creo que ninguno
de vosotros habría vacilado ni
un segundo en
seguir al honrado
y bondadoso Cascanueces, quien nada malo podía tener en su
pensamiento. Marie menos aún, pues sabía
hasta qué punto podía reclamar el agradecimiento del Cascanueces y estaba convencida de que mantendría su palabra
y le mostraría multitud de maravillas. Así pues, dijo:
—¡Voy con usted, señor
Drosselmeier, pero que no sea muy lejos, pues no he dormido nada aún!
—Entonces —respondió el
Cascanueces—, elegiré el camino más corto, aunque es algo más incómodo.
Comenzó a caminar. Marie le
siguió hasta que se detuvo ante el enorme
armario ropero del
pasillo. Con gran asombro, Marie
constató que sus
puertas, siempre
cerradas con llave, estaban
ahora abiertas y dejaban ver claramente
el abrigo de
viaje, de piel
de zorro, de su
padre, que colgaba en primera fila. El Cascanueces trepó con gran
habilidad por la moldura y los
adornos hasta que pudo agarrar la
gran borla que, sujeta de un grueso cordón,
colgaba en la
espalda del abrigo.
Al tirar el Cascanueces de
la borla, una
preciosa escalerilla de madera de cedro se desenrolló a lo largo
de la manga.
—¡Haced el favor de subir,
querida demoiselle! —
exclamó el Cascanueces.
Así lo hizo Marie. Apenas
había alcanzado el alto de la manga y
asomado por el cuello, cuando una luz cegó sus ojos. Súbitamente, se encontró en un prado de delicioso aroma en el que millones de pavesas
centelleaban como pulidas piedras
preciosas.
—Nos encontramos en el prado
de caramelo —dijo el Cascanueces—, pero en un momento cruzaremos aquella gran
puerta.
Marie levantó la vista y
descubrió la bellísima puerta que se levantaba
en el prado, unos pocos pasos
delante de ella. Parecía
estar construida de
mármol veteado de blanco, marrón y color pasa, pero, al
acercarse y cruzarla, se dio cuenta
de que estaba
hecha de almendras garrapiñadas y pasas, por lo que, como había asegurado el
Cascanueces, se llamaba la puerta de las almendras y las pasas.
Alguna gente vulgar
la llamaba
inadecuadamente «la puerta
de la comida
de estudiantes».
En una
galería que partía
de aquella puerta, aparentemente de azúcar de cebada, había
seis monitos vestidos con juboncillos
rojos, tocando la
más bella música de jenízaros
turcos que se
pueda oír, de forma que Marie
apenas se dio
cuenta de que
seguía caminando por
baldosas de mármol
de colores, que en realidad no
eran otra cosa que bonitos y artísticamente trabajados racimos de moras.
Pronto se
sintió envuelta en los más
dulces aromas, procedentes de un
maravilloso bosquecillo que se abría a ambos lados. Por entre el oscuro follaje
brotaban brillos y chispas tan luminosos,
que se podían
ver con toda claridad los frutos dorados y plateados
que pendían de tallos multicolores y los troncos y ramas, adornados con
cintas y ramos de flores, como felices parejas nupciales y alegres invitados.
Y, cuando los
aromas a naranja
se levantaban como un céfiro ondulante, se oía el murmullo de las
hojas y las
ramas, el oro
embriagador crujía y crepitaba,
y su sonido era como una
música jubilosa a cuyo
ritmo habían de
saltar y bailar
las centelleantes lucecillas.
—¡Ay! ¡Qué bonito es esto!
—exclamó Marie, entusiasmada y feliz.
—Estamos en el Bosque de
Navidad, estimada demoiselle —respondió el pequeño Cascanueces.
—¡Ay, si pudiera quedarme aquí
un rato! —continuó
Marie—. ¡Es todotan hermoso!
El Cascanueces dio un par de
palmadas con sus manitas. Al
momento se acercaron
pastorcillas y pastorcillos, cazadores y
cazadoras (que Marie,
a pesar de
que llevaban un rato paseando por el bosque, hasta entonces no había
visto), tan blancos
y delicados que
podría pensarse que eran de puro azúcar. Traían un maravilloso sillón
dorado, sobre el que colocaron un blanco cojín de regaliz, y con toda
cortesía invitaron a Marie
a que se sentara en él. En
cuanto lo hubo
hecho, pastores y pastoras iniciaron un delicado baile acompañado por la música
que, con gran corrección,
tocaban los cazadores con sus cuernos.
Luego desaparecieron todos
entre los arbustos.
—Disculpad —dijo el
Cascanueces—, estimadísima demoiselle Stahlbaum, que el baile haya resultado
tan miserable, pero toda esa gente pertenecía a nuestro ballet de alambre y lo
único que pueden hacer es repetir una y otra vez lo mismo. Y existen también
sus motivos para que los cazadores tocaran tan adormilada y lánguidamente.
Pues, aunque el cesto de golosinas cuelga en el árbol de Navidad justo encima
de vuestras narices, sigue estando demasiado alto. ¿Pero qué os parece si
seguimos paseando un poco?
—¡Ay! ¡Todo ha sido tan
hermoso y a mí me ha gustado tanto…! — manifestó Marie a la vez que se
levantaba y seguía al Cascanueces.
Caminaron a
lo largo de
un susurrante arroyo
que chapoteaba dulcemente y del que
al parecer procedían todos los
deliciosos aromas que llenaban el bosque.
—Es el arroyo de las naranjas
—explicó el Cascanueces en respuesta a sus preguntas—, pero, exceptuando su
excelente aroma, no se puede comparar en grandeza y belleza al río de la
limonada, que, igual que éste, desemboca en el lago de leche de almendras.
De hecho, Marie percibió
pronto un chapoteo, un rumor más
fuerte, y vio el ancho río de
la limonada, que se
deslizaba formando rizos
con sus orgullosas olas
color perla entre arbustos
brillantes como un
carbunclo de reflejos verdosos. Un
frescor
extraordinariamente
agradable que fortalecía
el corazón se
levantaba en oleadas de aquella
agua maravillosa. No lejos de
allí se arrastraba con esfuerzo un agua amarilla oscura que, sin embargo, despedía
un aroma increíblemente dulce,
a cuya orilla se
encontraban sentados multitud
de hermosísimos niños pescando
pequeños pececillos gordezuelos
que comían al momento. Al acercarse, Marie vio que los peces tenían aspecto
de nueces. Junto al río, un poco más
lejos, surgía un bello pueblecito; las
casas, los graneros, la iglesia y la casa parroquial eran marrón oscuro, aunque adornados con
tejados dorados. Muchos muros
tenían, además, tal
multitud de colores,
que parecía como si
en ellos hubiesen
pegado cidras y almendras confitadas. El Cascanueces dijo:
—Ése es el Hogar de Pan de
Especias junto al arroyo de la miel; en él viven magníficas personas. Pero casi
siempre están de mal humor, porque con frecuencia sufren dolores de muelas. Por
ello, es mejor que, en principio, no entremos.
En aquel
momento Marie divisó
una pequeña ciudad formada únicamente por
casas transparentes y multicolores, bellísimas. El
Cascanueces se dirigió directamente a
ella; Marie oyó
un tremendo y
alegre barullo y vio
miles de amables
personillas que rebuscaban entre
multitud de carros,
parados en el mercado
y repletos de
paquetes, y se
disponían a desenvolverlos. Y
lo que sacaron
parecían papeles de colores y tabletas de chocolate.
Estamos en Bombonópolis —dijo
el Cascanueces—. Acaba de llegar un envío del país del papel y del rey del
chocolate. Los habitantes de Bombonópolis han recibido recientemente serias
amenazas del ejército del almirante de los mosquitos y por ello están cubriendo
sus casas con los regalos del país del papel y levantando trincheras con el
excelente material que les envió el rey del chocolate. Pero, estimadísima
demoiselle Stahlbaum, no vamos a visitar todos los pueblos y ciudades de este
país. ¡Vamos a la capital, a la capital!
Con paso
rápido el Cascanueces
continuó su camino; Marie le siguió llena de
curiosidad. No mucho después se levantó un
delicioso aroma de
rosas y todo parecía envuelto en un dulce brillo rosado.
Marie comprobó que era producido por
el reflejo de un agua roja refulgente que fluía
entre las maravillosas
notas y melodías
que producían los murmullos
y chapoteos, formando pequeñas olas
de un rosa
plateado. En aquellas encantadoras aguas que se extendían
cada vez más hasta parecer casi un gran lago, nadaban hermosísimos cisnes blancos como la plata, con lazos
dorados en el cuello, que cantaban
compitiendo por entonar
las más bellas canciones, a
cuyo son saltaban
en las rosadas
olas pequeños pececillos, como
diamantes en un
divertido baile.
—¡Ay! —exclamó Marie—. Éste es
el lago que en cierta ocasión quiso hacerme el padrino Drosselmeier. Realmente,
yo soy la muchacha que arrullará a los queridos cisnes.
El Cascanueces mostró
una sonrisa burlona
que Marie nunca había visto en su
rostro, y dijo:
—Eso es algo que el tío nunca podrá conseguir; quizá vos misma sí, querida demoiselle Stahlbaum. Pero no perdamos tiempo pensando en eso y naveguemos por el lago de las rosas hasta la capital.
LA CAPITAL
El pequeño Cascanueces dio un
par de palmadas con sus pequeñas
manos. Creció el murmullo
de las aguas del Lago de Rosas,
las olas aumentaron y Marie vio acercarse desde la lejanía, tirado por dos
delfines con escamas de oro, un carro
de conchas formado
por multitud de piedras preciosas, de mil colores y
brillantes como el sol. Doce
pequeños y encantadores negritos
con gorritas y delantalillos tejidos
con brillantes plumas
de colibrí saltaron a la orilla
y, deslizándose con suavidad sobre las olas,
llevaron primero a
Marie y luego al Cascanueces hasta el carro de conchas, que
al punto comenzó a cruzar el lago. ¡Ay! ¡Cómo
disfrutó Marie de lo
hermoso que
resultaba deslizarse en el
carro de conchas, rodeada del perfume y las olas
rosas! Los dos
delfines de escamas doradas levantaban sus naricillas y disparaban rayos de cristal
hacia el cielo y, cuando caían en brillantes arcos de chispas, parecía como si
dos dulces y delicadas vocecitas de plata cantasen:
—¿Quién nada en el Lago de Rosas?
—¡El hada! ¡Mosquitos!
—¡Bim, bim, pececillos, ssh,
ssh, cisnes! ¡Suá, suá, pájaros de oro! ¡Trara, corrientes de olas, moveos,
tocad, cantad, soplad, vigilad, viene la pequeña hada, olas de rosa, agitaos,
refrescad, salpicad, moveos hacia adelante, adelante!
Pero dio la
impresión de que a
los doce
negritos, que habían saltado a la
parte de atrás del carro de conchas, les
molestaba realmente el canto
de los rayos de agua, pues
comenzaron a agitar sus
sombrillas de tal forma, que las
hojas de dátiles
de que
estaban hechas comenzaron a
crepitar y chisporrotear, y al mismo tiempo taconeaban un extrañísimo compás
y cantaban:
—Klap y klip, klip klap,
arriba y abajo, el corro de los negros no puede callar, moveos, peces, moveos,
cisnes, retumba, carro de conchas, retumba, klap y klip, klip y
klap, arriba y abajo.
—Los negros son gente
divertida —comentó el Cascanueces algo
confuso —, pero van a hacer que se me rebele todo el lago.
Y en
efecto, se levantó
un enloquecedor alboroto
de voces maravillosas, voces que parecían nadar en el lago y en el aire.
Pero Marie no les hacía ningún caso, sino que observaba las aromáticas olas rosas, desde cada una de las cuales le sonreía un gracioso
rostro de muchacha.
—¡Ay! —exclamó alegre, dando
una palmada—. ¡Mire usted, querido señor Drosselmeier! ¡Ahí abajo está la
princesa Pirlipat, me está sonriendo con tanta dulzura…!
¡Ay, venga, mire usted,
querido señor Drosselmeier! Pero el Cascanueces suspiró, casi lamentándose, y
dijo:
—¡Oh, excelente demoiselle
Stahlbaum, ésa no es la princesa Pirlipat! Sois vos, sólo vos. ¡Es sólo vuestro
propio y dulce rostro el que sonríe con tanta dulzura desde cada ola rosada!
Al oír esto Marie se retiró
con rapidez y cerró con fuerza los ojos, avergonzada. En
ese mismo momento
la cogieron los doce
negritos y, sacándola
del carro de conchas,
la llevaron a
tierra. Se encontraba
en una pequeña floresta
casi más bonita aún que el Bosque de Navidad, pues todo brillaba y relucía en
ella. Pero lo más
extraordinario eran los admirables y extraños frutos que colgaban de
los árboles y que no
sólo tenían raros colores, sino que despedían un aroma
maravilloso.
Nos encontramos en el Bosque
de las Confituras —dijo el Cascanueces —. Allí está la capital.
¿Y qué es lo que vio
entonces Marie? ¡Ay, niños! ¡Cómo podré
explicaros la maravillosa belleza
que se extendía ante sus ojos
sobre un rico y amplio prado lleno de flores! No era sólo que los muros y las
torres resplandecían con los más maravillosos colores, sino que, además, hasta
en la misma forma de los edificios era imposible encontrar nada semejante
en el mundo entero. Pues,
en lugar de tejados, las
casas estaban cubiertas
con coronas de delicado trenzado y las torres coronadas
con la más bella y colorida hojarasca
que se pueda
hallar. Cuando cruzaron la
puerta de la ciudad, que parecía estar hecha de almendrados y frutas confitadas, unos
soldados plateados presentaron armas,
y un hombrecillo, vestido con una
camisa de dormir de brocados, se echó al cuello del Cascanueces diciendo:
—¡Bienvenido, príncipe,
bienvenido al Burgo del Confite!
Grande fue el asombro de Marie
al notar que un hombre tan
distinguido recibía al
joven Drosselmeier como príncipe. Pero en aquel momento comenzó
a oír tantas y tan finas voces
entremezcladas, tal barullo
y tales carcajadas, tales juegos
y canciones, que no pudo pensar en ninguna otra cosa y al momento preguntó al
pequeño Cascanueces qué significaba aquello.
—Oh, excelente demoiselle Stahlbaum
—respondió el Cascanueces—, no es nada especial. Lo que ocurre es que el Burgo
del Confite es una ciudad populosa y alegre y en ella son todos los días así.
Pero venid, sigamos adelante.
Apenas hubieron
dado unos pasos,
llegaron a la
gran plaza del mercado, que
ofrecía una hermosísima
vista. Todas las casas
que la circundaban
eran de azúcar horadado, una
alegría sobre otra.
En el centro
se levantaba, a manera de obelisco, un pastel-árbol grosella, limonada y
otras deliciosas bebidas dulces; y en la pila se acumulaba gran
cantidad de crema
tan apetitosa, que daban ganas de comenzar a comerla a
cucharadas. Pero lo más bonito eran las maravillosas gentecillas
que se amontonaban a miles,
codo con codo,
y cantaban, bromeaban y
reían jubilosas, levantando
así el alegre vocerío que
Marie había percibido
ya desde la lejanía. Había señores
y damas con
muy hermosos atavíos, armenios y soldados,
predicadores, pastores y bufones,
en pocas palabras,
todos los tipos
que se pueden encontrar en el mundo. En una de las
esquinas aumentó el tumulto; el
pueblo abrió paso,
pues justo entonces pasaba por
allí, conducido en un palanquín,
el Gran Mogol acompañado por
noventa y tres grandes del reino y
setecientos esclavos. Pero
ocurrió que en
el otro extremo emprendía
su procesión la
cofradía de pescadores, compuesta
por unas quinientas personas.
Y lo peor fue que al gran
jefe turco se le ocurrió
dar un paseo a caballo por el mercado acompañado de tres mil jenízaros, a los que
se añadió la
gran procesión de la
Fiesta del sacrificio ininterrumpida, que
avanzaba directamente hacia el pastel-árbol con sonoras músicas y
cantos:
—Adelante, dad gracias al
poderoso sol. ¡Qué tumulto, qué empujones, qué jaleo, qué griterío!
Y pronto empezaron
también los lamentos, pues
en el barullo un
pescador había arrancado
a un brahmán la cabeza de un golpe y a punto
estuvo un moharrache de atropellar al Gran Mogol. El alboroto
se hacía cada vez más frenético. Todos empezaban ya a darse empujones y
golpes, cuando el
hombre vestido
con la camisa
de dormir de brocado que había recibido al Cascanueces a la entrada llamándole
príncipe trepó al
pastel-árbol y, después de tocar
tres veces una campanilla muy aguda,
gritó tres veces en voz muy alta:
—¡Pastelero! ¡Pastelero!
¡Pastelero!
Al momento
se acalló el
tumulto y cada uno
trató de arreglárselas como
pudo y, una
vez que se
hubieron recompuesto las
distintas procesiones, se hubo cepillado
al embadurnado Gran
Mogol y colocado
de nuevo la cabeza al brahmán, comenzó
de nuevo el mismo alegre alboroto
inicial.
—¿Qué significa eso de
«Pastelero», buen señor Drosselmeier?
—preguntó Marie.
—¡Ay, excelente demoiselle
Stahlbaum! —respondió el Cascanueces—. Aquí se llama Pastelero a un poder
desconocido pero temible que, según se cree, puede hacer de los hombres lo que
quiera. Es el hado que reina sobre este diminuto y feliz pueblo, y lo temen de
tal forma que el solo hecho de pronunciar su nombre acalla el mayor de los
tumultos, tal y como nos acaba de demostrar el señor burgomaestre. Todos dejan
entonces de pensar en lo terrenal, en golpes en las costillas o chichones en la
cabeza, para concentrarse en sí mismos y decir: «¿Qué es el hombre y qué va a
ser de él?».
Marie
no pudo evitar
emitir un grito
de admiración, incluso de
asombro, al encontrarse ante un castillo de un reluciente brillo rosado con
quinientas airosas torres. De vez en cuando,
diseminados por los muros,
había ricos ramos de
violetas, narcisos, tulipanes
y alhelíes, cuyos oscuros y ardientes
colores no hacían sino aumentar
la blancura al teñir el
fondo de rosa. La gran
cúpula del edificio central,
así como los
tejados piramidales de las torres estaban sembrados de mil
pequeñas y brillantes estrellas de oro y plata.
—Nos hallamos ante el Castillo
de Mazapán —dijo el
Cascanueces.
Marie estaba
totalmente absorta en la admiración
del maravilloso palacio y, sin embargo, no se le escapó que a una de las torres
grandes le faltaba
por completo el tejado y que unos hombrecillos, subidos en
un andamio hecho de canela en rama, parecían
querer reconstruirlo. Pero antes de que preguntara al respecto, el
Cascanueces continuó:
—Hace muy poco tiempo este
castillo estaba amenazado de gran desolación, incluso de destrucción total. El
gigante Goloso llegó por el camino, se comió de un mordisco el tejado de
aquella torre y, cuando ya comenzaba a mordisquear la gran cúpula, los
habitantes de Confite le trajeron como tributo todo un suburbio, así como una
gran parte del Bosque de las Confituras. Tras comérselo, continuó su camino.
En aquel
momento se oyó
una música muy
suave y agradable, se abrieron
las puertas del castillo y por ellas salieron
doce pequeños pajes
que llevaban en
sus diminutas manos, a manera de antorchas, tallos de clavo
aromático encendidos. Sus cabezas
eran una perla,
sus cuerpos rubíes y esmeraldas,
y caminaban sobre unos piececillos elaborados
de oro preciosamente
trabajado. Los seguían cuatro
damas, casi tan
grandes como Clárchen, pero
con unos vestidos tan extraordinariamente bellos que a
Marie no le cupo duda de que eran
princesas de nacimiento.
Abrazaron muy cariñosamente al
Cascanueces y exclamaron
alegres y emocionadas:
—¡Oh, príncipe mío…, mi buen
príncipe…, hermano mío!
El Cascanueces
parecía muy emocionado.
Se secó sus abundantes lágrimas, cogió luego a Marie de la mano y
pronunció en un tono patético:
—Ésta es la demoiselle Marie
Stahlbaum, la hija de un honorable consejero médico y mi salvadora. Si ella no
hubiera arrojado la zapatilla en el momento oportuno, si no me hubiera
procurado el sable del coronel retirado, yacería en la tumba, desgarrado por el
maldito rey de los ratones. ¡Oh! Quizá comparéis a esta demoiselle Stahlbaum
con Pirlipat, a pesar de que ésta es princesa de nacimiento, en belleza, bondad
y virtud. ¡Pues no, yo os digo que no!
Todas las damas exclamaron:
—¡No! —arrojándose al cuello
de Marie y exclamando entre sollozos—: ¡Oh,
noble salvadora de
nuestro querido hermano
el príncipe…, excelsa demoiselle Stahlbaum!
Las damas condujeron a Marie y
al Cascanueces al interior del castillo,
a una sala cuyas paredes
estaban hechas de brillantes cristales de mil colores.
Pero lo
que más gustó
a Marie fueron
las maravillosas sillitas, mesitas,
cómodas, escritorios, etc.,
que había por todas partes, hechas todas de madera de
cedro o de palo de Brasil y
adornadas con flores
doradas diseminadas sobre los
pequeños muebles. Las
princesas obligaron a sentarse
a Marie y
al Cascanueces y
dijeron que ellas mismas prepararían al instante un
banquete. Sacaron gran cantidad de
cucharas, cuencos y
fuentes de la
más delicada porcelana japonesa,
cucharas, tenedores y cuchillos, ralladores,
cacerolas y otros
pertrechos de cocina, todos
de oro y
plata. Y luego
llevaron las más maravillosas frutas
y pasteles que
Marie jamás hubiera visto, y comenzaron,
con sus pequeñas manitas blancas como la nieve, a
exprimir las frutas, añadir
las especias, rallar las almendras,
en pocas palabras, a trabajar
de tal forma que Marie
pudo darse cuenta
de lo bien
que las princesas conocían
la cocina y, por ende,
el delicioso banquete que
resultaría. Y al tener la viva sensación de dominar
también esos asuntos deseaba, sin
manifestarlo, poder tomar parte activa en la labor de las princesas. La más hermosa de las hermanas del
Cascanueces, como si hubiera
adivinado el secreto deseo de Marie, le entregó un pequeño mortero de oro
diciendo:
—¡Oh dulce amiga, cara
salvadora de mi hermano, tritura tú también alguno de estos dulces!
Y cuando
Marie se encontraba
golpeando con buen ánimo el mortero, que sonaba
alegre y dulce como una buena cancioncilla, el Cascanueces
comenzó a relatar con todo detalle lo
sucedido durante la
terrorífica batalla entre su
ejército y el del rey de los ratones: cómo a causa de la cobardía de sus tropas
había sido derrotado y cómo el repugnante rey de los ratones había estado a
punto de destrozarle a mordiscos,
por lo que Marie había
tenido que sacrificar varios de sus subordinados, que se habían puesto a su servicio, etc.,
etc. Durante este relato Marie tuvo
la impresión de
que sus palabras
e incluso sus propios golpes de mortero sonaban cada
vez más débiles y lejanos. Pronto vio unos velos de plata que ascendían
como finos cúmulos
de niebla en los
que nadaban las princesas, los pajes, el Cascanueces e
incluso ella misma. Se oyeron unos
extraños cantares, siseos
y zumbidos, cuyo eco se perdía en
la lejanía; entonces Marie se elevó, como sobre olas ascendentes, cada vez más y más alto, más y más alto, más y más alto…
CONCLUSIÓN
Hasta que se oyó: «¡Prrr…,
pfaff!».
Marie cayó
desde una altura
inconmensurable. ¡Eso sí que
fue un golpe! Pero al momento
abrió los ojos y se encontró
en su camita. Era ya bien entrado
el día y su madre se encontraba ante ella, diciendo:
—¿Pero cómo se puede dormir
hasta tan tarde? ¡Hace ya rato que está preparado el desayuno!
Ya te habrás dado cuenta, mi
muy estimado público aquí reunido,
que Marie, completamente aturdida
por las maravillas que acababa
de ver, se había quedado al fin dormida en la sala del Burgo del
Confite y que los moros o los pajes,
o quizá incluso
las mismas princesas,
la habían llevado a casa y metido en la cama.
—¡Oh, mamá, mamá querida, a
cuántos sitios me ha llevado esta noche el joven señor Drosselmeier y qué
infinidad de cosas bellas he visto!
Y entonces comenzó
a contarlo todo, casi con la
misma exactitud con la que yo lo
acabo de hacer, mientras su madre la observaba maravillada.
Cuando Marie acabó, su madre
dijo:
—Has tenido un largo y muy
hermoso sueño, querida
Marie, pero ahora olvídate de
todo eso.
Marie insistió
con terquedad en que no
había sido un sueño, sino que lo había visto todo con
sus propios ojos. Entonces su madre la
condujo hasta el armario de cristal, sacó el Cascanueces, que, como siempre, se
encontraba en el primer estante, y dijo:
—¡Pero qué niña más boba!
¿Cómo puedes creer que este muñeco de Nuremberg, hecho de madera, pueda tener
vida y movimiento?
—Mamaíta —la interrumpió
Marie—, yo sé muy bien que el pequeño Cascanueces es el joven señor
Drosselmeier de Nuremberg, el sobrino del padrino Drosselmeier.
Entonces ambos,
el consejero médico
y su esposa,
se echaron a reír a carcajadas.
—¡Ay! —continuó Marie, casi
llorando—. Y ahora tú, papaíto, te burlasde mi Cascanueces, con lo bien que
habló de ti. Cuando llegamos al Burgo del Confite y me presentó a las
princesas, sus hermanas, dijo que tú eras un consejero médico muy digno.
Las carcajadas
se hicieron aún
más fuertes, y Luise,
e incluso Fritz, se unieron a ellas.
Marie salió corriendo a la
habitación contigua; sacó de su pequeña cajita las siete coronas del rey de los
ratones y las llevó a su
habitación. Al entregárselas a su
madre, dijo:
—Mira, mamita, éstas son las
siete coronas del rey de los ratones, que me entregó la noche pasada el joven
señor Drosselmeier en señal devictoria.
La madre
observó, llena de
asombro, las pequeñas coronas de un metal totalmente desconocido,
pero muy brillantes, con un
trabajo tan delicado
que parecía imposible que
lo hubieran
podido ejecutar manos humanas. Tampoco el
consejero médico se
hartaba de mirar aquellas coronitas, y ambos, el padre y la madre, instaron con toda seriedad a Marie
a que confesara de dónde había
sacado las coronitas. Pero ésta no podía sino insistir en
lo que había
dicho y, cuando
el padre la empezó a reñir seriamente e incluso la acusó de ser una pequeña
mentirosa, ella se echó a llorar, lamentándose:
—¡Ay, pobre de mí! ¡Pobre de
mí! ¿Qué he de decir?
En ese
momento se abrió
la puerta. Entró
el consejero jurídico y exclamó:
—¿Qué pasa aquí? ¿Mi ahijada
Marie llorando y sollozando? ¿Qué es lo que ocurre?
El consejero
médico le informó
de todo lo
que había sucedido, al tiempo
que le mostraba las coronas.
Pero, apenas las hubo visto, el consejero jurídico se echó a reír,
diciendo:
—¡Pero qué disparate! ¡Qué
disparate! Ésas son las coronitas que hace unos años llevaba yo en la cadena
del reloj y que le regalé a Marie en uno de sus cumpleaños, cuando cumplió dos
o tres años, ¿no os acordáis?
Ni el consejero médico ni su
esposa lo recordaban, pero, al
darse cuenta Marie
de que las
caras de sus
padres recuperaban su gesto
amable, de un
salto abrazó al padrino diciendo:
—¡Ay, tú lo sabes todo,
padrino Drosselmeier! Diles que mi Cascanueces es tu sobrino, el joven señor
Drosselmeier de Nuremberg, y que ha sido él quien me ha regalado las coronas.
Pero el
consejero médico puso
una cara muy
seria y murmuró:
—¡Eso no son más que tonterías
absurdas!
Y cogió a Marie, la colocó
delante de sí y dijo con toda seriedad:
—Escucha, Marie: olvida ya
esos sueños y esos cuentos. Y si vuelves a decir que ese simple y deforme
Cascanueces es el sobrino del consejero jurídico superior, no sólo voy a tirar
por la ventana el Cascanueces, sino todos los muñecos, incluida Mamsell Clárchen.
Así pues, Marie no podía
hablar más de lo que llenaba su alma,
pues bien, os
podéis imaginar que
cosas tan hermosas y
maravillosas como las que le habían ocurrido no se pueden olvidar. Incluso, mi
muy estimado lector u oyente
Fritz, tu camarada
Fritz Stahlbaum volvía
la espalda a su hermana cuando
ésta iba a contarle cosas del
mundo tan maravilloso en el que fue tan feliz. Dicen que en alguna ocasión
llegó a susurrar entre dientes:
—¡Qué niña más boba!
Pero esto es algo que, dado su
probado buen carácter, no llego a creer. Lo cierto es, sin embargo, que, como
ya no creía nada de lo que Marie le contaba, pidió formalmente perdón a
los húsares en una parada
de gala, por la
injusticia cometida con
ellos, y en
lugar del estandarte perdido les colocó unos penachos
de plumas de ganso más altos y más bonitos y les permitió volver a tocar la
marcha de guardia. ¡Bueno,
nosotros sabemos lo
que había ocurrido con el valor
de los húsares cuando las horribles balas les hicieron las manchas rojas en sus
jubones!
Marie no podía hablar de su
aventura, pero las imágenes de
aquel maravilloso reino
de hadas la
envolvían en dulces susurros y amables notas. En cuanto centraba su atención en ello, volvía a
verlo todo otra vez. El resultado fue
que Marie, en
lugar de jugar
como antes, podía pasarse el
tiempo sentada, inmóvil
y en silencio, ensimismada, lo
que hizo que
todos la llamaran
la pequeña soñadora.
Cierto día el consejero
jurídico se encontraba en casa del consejero
médico arreglando un
reloj. Marie, sentada junto
al armario de
cristal, miraba, inmersa
en sus ensoñaciones, al Cascanueces y entonces involuntariamente dijo:
—¡Ay, querido señor
Drosselmeier, si viviera usted de verdad, yo no haría lo mismo que la princesa
Pirlipat, yo no le despreciaría por haber dejado de ser, por culpa mía, un
guapo joven!
En aquel momento exclamó el
consejero jurídico:
—¡Vaya, vaya…, qué tonterías!
Pero se
oyó un golpe
y una sacudida
tan fuertes, que Marie, desmayada, se cayó de la silla.
Cuando volvió en sí, su madre, que estaba a su lado, dijo:
—¿Pero cómo has podido caerte
de la silla? ¡Acaba de llegar de Nuremberg el sobrino del señor consejero
jurídico, así que pórtate bien!
Marie levantó
la vista. El
consejero jurídico se
había puesto de nuevo
su peluca de
cristal y su
chaqueta amarilla y sonreía
plenamente satisfecho, pero
de su mano llevaba
a un joven
pequeño, aunque muy agraciado. Su carita era como de leche
y sangre. Llevaba una preciosa
chaqueta roja con sobredorados,
medias y zapatos de seda blanca,
un maravilloso ramito de flores en la
solapa y estaba
perfectamente peinado y empolvado; por la espalda le caía una
soberbia trenza. La pequeña
espada que colgaba
a un lado
parecía confeccionada con piedras
preciosas, tal era su fulgor, y el sombrerito que llevaba bajo el brazo
parecía tejido con copos de seda. El joven mostró desde el primer momento su buena
educación, al entregar
a Marie cantidad
de juegos preciosos y sobre todo un excelente mazapán y las mismas
figuritas que el rey de los ratones le había roído y a Fritz un preciosísimo
sable que le había traído. Durante la
comida el educado
muchacho cascó las
nueces de todos los comensales;
ni la más dura se le resistía: se la metía en la boca con la mano derecha, con la izquierda
tiraba de la
trenza y —crac—
¡la nuez caía
hecha pedazos!
Marie se había puesto colorada
al ver al joven, y su rubor aumentó aún
más cuando, después
de comer, el joven Drosselmeier la invitó a que le acompañara al cuarto de estar, al armario de cristal.
—Jugad juntos, niños. Ahora
que todos mis relojes van bien no tengo nada en contra —dijo el consejero
jurídico superior.
Y el joven Drosselmeier, apenas se encontró a solas con Marie, se dejó caer de rodillas y
habló así:
—¡Oh, mi excelentísima
demoiselle Stahlbaum, ved aquí a vuestros pies al feliz Drosselmeier, al que
vos salvasteis la vida en este mismo lugar! Vos expresasteis con toda
generosidad que no me despreciaríais, como la abominable princesa Pirlipat, si
por vos hubiera aumentado mi fealdad. Y al momento dejé de ser un despreciable
Cascanueces y recuperé mi figura anterior, que no era desagradable. ¡Oh
excelente demoiselle Stahlbaum, hacedme feliz concediéndome vuestra valiosa
mano, compartid conmigo el reino y la corona,gobernad conmigo en el Burgo del
Confite pues ahora soy rey de allí!
Marie ayudó a incorporarse al
joven y dijo con suavidad:
—Querido señor Drosselmeier,
usted es una persona buena y amable y, ya que además gobierna en un ameno país
con una gente hermosa y divertida, le acepto a usted como prometido.
Y así Marie se convirtió en prometida
de Drosselmeier. Años más tarde la recogió, como
suele decirse, en una carroza dorada
tirada por caballos plateados.
Veintidós mil figuras, las más
brillantes, adornadas con
perlas y diamantes, bailaron en
su boda.
Cuentan que Marie es
todavía en estos momentos reina de un país, en el que por todas
partes pueden hallarse luminosos bosques de Navidad y transparentes castillos de mazapán; en una
palabra, las cosas más magníficas y maravillosas si se tienen ojos para ello.
Y éste ha sido el cuento de
«El Cascanueces y el rey de los
ratones».
FIN


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