LA GESTA HEROICA
Óleo sobre tela "Juan Antonio Lavalleja" realizado por el pintor Jean Philippe Goulu (1786-1853).
En 1823, Juan Antonio Lavalleja,
que había sido uno de los lugartenientes de Artigas, había regresado a la Banda
Oriental - entonces Provincia Cisplatina bajo el dominio portugués
recientemente convertido en brasileño - luego de estar alrededor de cinco años
preso en la Isla das Cobras. Se afincó en la zona denominada “Rincón de
Zamora”, actual Depto. de Tacuarembó, dedicándose a las actividades
ganaderiles.
Al producirse en 1823 el
movimiento llamado de “Los caballeros orientales” se unió nuevamente a la causa
revolucionaria; por lo que se trasladó en primera instancia a las provincias
argentinas de Entre Ríos y Santa Fé y posteriormente a Buenos Aires, en busca
de apoyo para iniciar una acción revolucionaria en la Banda Oriental.
Fracasado el intento de 1823,
Lavalleja se asiló en Buenos Aires.
Arrendó en Buenos Aires el saladero de Pascual Costa –personaje de
arraigo entre el elemento popular de las orillas y al que el señoritismo
unitario llamaba, despectivamente, “don Pascualón”– para distraer a los
portugueses que observaban todos sus movimientos y dar empleo a sus compañeros
de emigración.
Como el capital que tenía era poco, en setiembre de 1824
solicitó préstamos a los montevideanos Andrés Cavaillón y Francisco Joanicó.
En Buenos Aires, el grupo principal de orientales que decidió emprender la
Cruzada Libertadora comenzó a reunirse en la sastrería de José Pérez y Antonio
Villanueva, regenteada por el montevideano Luis Ceferino de la Torre. Asimismo,
se realizaban reuniones en el saladero de Costa, en Barracas, y en el del
también montevideano Pedro Trápani, en la Ensenada de Barragán.
Pedro
Trápani se encontraba radicado en la vecina orilla desde 1812, en cuyo año se
había asociado al primer saladero instalado en la Provincia de Buenos Aires con
los comerciantes ingleses Roberto Ponsonby Staples y Juan Mac Neile. Su
vinculación con Ponsonby Staples –agente oficioso y luego cónsul de Inglaterra–
habría de facilitarle el trato del plenipotenciario Lord John Ponsonby –sobrino
de Ponsonby Staples– quien así pudo ejercer influencia decisiva para formar la
opinión de Lavalleja sobre la independencia oriental.
El aludido grupo de conjurados estaba integrado por Juan Antonio Lavalleja,
Manuel Oribe, Manuel Lavalleja, Simón del Pino, Manuel Meléndez, Pedro Trápani
y Luis Ceferino de la Torre. Pronto se acrecentaría con la incorporación de Atanasio
Sierra, Manuel Freyre y Basilio Araújo. En el saladero de
Pascual Costa desempeñaba tareas Juan Spikerman y en el que era asociado Pedro
Trápani, ubicado en la Ensenada de Barragán, trabajaban Juan y Ramón Ortiz y
Juan Acosta.
Las autoridades brasileñas conocían estas reuniones
secretas y no dejaron de advertir los síntomas anunciadores de la próxima
rebelión. Existen publicadas numerosas comunicaciones del Cónsul del Brasil en
Buenos Aires, Simpronio Pereira Sodré al Barón de la Laguna; de José Florencio
Perea al mismo y del propio Lecor a las autoridades del Brasil, así como de
confidentes secretos que Lecor tenía en Buenos Aires y que le escribían ocultos
bajo diferentes seudónimos.
A comienzos de 1825, casi todo el
continente americano del sur estaba independizado de la colonización española.
La batalla de Ayacucho, en 1824,
había derrotado finalmente al poder español; pero en la zona del Río de la
Plata, la provincia oriental había quedado desde 1820 en manos de los
portugueses instalados en el Brasil, con el nombre de Provincia Cisplatina.
Esa situación se modificó en
1822, cuando el Rey de Portugal Pedro I, refugiado en Brasil, rehusó retornar a
Portugal pronunciando el célebre “Eu fico”.
Entonces, la Provincia Cisplatina
pasó del dominio portugués al dominio brasileño.
Al conocerse el resultado de la
Batalla de Ayacucho, Juan Antonio Lavalleja, que se encontraba asilado en
Buenos Aires juntamente con otros destacados participantes en la revolución
artiguista, redoblaron sus preparativos para reunir una fuerza expedicionaria
para dirigirse a la Banda Oriental y tratar de liberarla del dominio brasileño.
Contando
con la simpatía de la opinión y de los líderes del partido federal bonaerense,
los conjurados se dieron a la tarea de reunir fondos para su empresa
libertadora.
En esta gestión fue de primera importancia la acción
de Pedro Trápani. Por sus conexiones empresarias, recaudó, con Gregorio Gómez,
la cantidad de 16.200 pesos.
En
cuanto a las armas, Manuel Oribe logró, por intermedio del fuerte comerciante
español José María Platero, avecindado en Montevideo, retirar “unas 200
tercerolas que desde el año 1823 tenía depositadas en la Aduana –narra en sus
memorias, Luis Ceferino de la Torre– que le fueron cedidas generosamente y
despachadas por el vista don Gregorio Gómez con conocimiento del objeto a que
se destinaban”.
Respecto de la bandera que debía simbolizar el objetivo de la empresa, “se
adoptó –dice de la Torre en su «Memoria»– la tricolor que había usado la
Provincia Oriental cuando la invadió el ejército portugués, con el agregado en
el centro de «Libertad o Muerte» consecuente con el juramento prestado”. Y
agrega el citado memorialista que, con ese diseño, construyó dos “con sus
propias manos”.
Lavalleja
envió a Basilio Araújo para comprometer a Andrés Latorre, el que, desde el
litoral del Uruguay, debía amagar una invasión por el Hervidero para distraer
fuerzas brasileñas.
En
estos preparativos, se pensó, incorporar en un futuro a Fructuoso Rivera que, más allá
de toda discrepancia, era el hombre-clave para insurreccionar la campaña.
Juan Spikerman, en su diario, declara que el 1º de abril de 1825 se embarcaron
a las 12 de la noche, en la costa de San Isidro, en un lanchón, los nueve
primeros individuos de la expedición, desembarcando y acampando en una isla
formada por un ramal del Paraná, llamada Brazo Largo.
La isla Brazo Largo es una isla fluvial distintiva, ubicada en el laberinto de islas y ramales del delta del Paraná, accesible solo por agua. Los nueve individuos
eran: Manuel Oribe, Manuel Freire, Manuel Lavalleja, Atanasio Sierra, Juan
Spikerman, Carmelo Colman, Sargento Areguatí, José Leguizamón (a) Palomo y el
baqueano Andrés Cheveste. Con los nombrados, se sabe que arribó también el
cadete Andrés Spikerman.
En sus investigaciones para establecer el verdadero punto de partida de este
primer grupo de orientales, el historiador argentino Enrique de Gandía logró
establecer que el mismo fue el llamado, en la época, “puerto Sánchez” –por el
nombre del propietario de la zona, Cecilio Sánchez– y conocido, actualmente,
por “puerto Pintos”, ubicado en el predio que hoy ocupa el Club Náutico San
Isidro.
Por su parte, Lavalleja y el resto de los cruzados que habían partido algunos
días después, fueron demorados por un fuerte temporal que los arrojó hacia el
sur, sobre la costa del Salado, y recién pudieron reunirse con sus compañeros,
en la isla de Brazo Largo, el día 15.
Durante la permanencia del primer grupo en el Brazo Largo en espera del resto
de los cruzados, Manuel Oribe, Manuel Lavalleja y el baqueano Andrés Cheveste
pasaron a la costa oriental para entrevistarse con Tomás Gómez y convenir el
día y el punto donde debía esperar con caballadas a los expedicionarios.
Vueltos a la isla, aguardaron el arribo de la segunda expedición unos diez días
más, al cabo de los cuales “don Manuel Lavalleja y don Manuel Oribe, genios
impacientes y movedizos” –recuerda Domingo Ordoñana– “determinaron irse con
Cheveste a inquirir la causa de aquel silencio y buscar qué comer, que por lo
pronto era la primera necesidad que había que satisfacer.
Al llegar a tierra la
noche era oscura, y casi a tientas dieron con una carbonería, cuyo dueño los
llevó a la inmediata estancia de los Ruiz, quienes les explicaron que don Tomás
Gómez había sido descubierto, teniendo que escaparse para Buenos Aires, y que
las caballadas de la costa habían sido recogidas e internadas.
Cuando Ruiz
concluyó su narración, Oribe le contestó resueltamente: «Pues, amigo, nosotros
vamos a desembarcar, aunque sea para marchar a pie; mientras tanto, vean de
darnos un poco de carne, porque nos morimos de hambre en la isla». Vista por
los hermanos Ruiz la decisión de los expedicionarios, convinieron en favorecer
resueltamente sus intentos, en hacer las señales de aproximación, en aprontar
los caballos, en hablar con algunos amigos y en evitar cualquier choque
extemporáneo con aquel terrible Tornero (jefe brasileño que vigilaba la costa
del Uruguay)”.
Reunidos todos los expedicionarios, el día 18, según Spikerman, “nos embarcamos
en los dos lanchones y navegamos durante la noche, hasta ponernos a la vista de
la costa oriental, a fin de hacer la travesía del Uruguay, en la noche del 19.
El río estaba cruzado por lanchas de guerra imperiales, y, por consiguiente,
emprendimos marcha en esa noche. A las siete, habiendo navegado como dos horas,
nos encontramos entre dos buques enemigos, uno a babor y otro a estribor;
veíamos sus faroles a muy poca distancia; el viento era sur, muy lento, y
tuvimos que hacer uso de los remos. A las 11 de la noche desembarcamos en el
Arenal Grande, costa del Uruguay”.
La versión de Luis Sacarello, marinero de uno de los lanchones, que difiere, en
parte, con la de Spikerman, permite, sin embargo, establecer algunas
precisiones sobre la forma y el lugar del desembarco de los cruzados. Sobre el
particular, dice este memorialista: “...A la noche siguiente, del 18, se nos
dio la voz de silencio y palada seca, por el temor que había a la vigilancia de
los cruceros brasileños, y en cuanto llegamos a la Punta Gorda bajaron a tierra
dos hombres, que volvieron pronto. Empezamos a costear río arriba hasta Punta
Chaparro, en donde bajaron los dos hombres; seguimos a Casa Blanca (estancia),
y allí bajaron y hablaron los dos hombres con un austríaco –según de Gandía,
siguiendo a Domingo Ordoñana, era carbonero y se llamaba Albarrachan – que
tenía inmediato a la costa un rancho, quien dio la noticia de que la gente que
buscábamos se hallaba en el Rincón, entre el monte, y entonces fuimos hasta la
Punta de Amarillo, que es la de San Salvador, en donde desembarcaron todos
[...] Parece que allí encontraron gente reunida y entonces se internaron y
nosotros nos volvimos para Buenos Aires”.
La playa de Arenal Grande era también denominada, popularmente, “de la
graseada” por las faenas que en ella solían tener lugar para beneficiar las
grasas y sebos de los vacunos faenados, de donde derivaría luego el “Agraciada”
que lleva el actual arroyo que en ella desemboca. La imprecisión de los relatos determinó diferentes
opiniones en la historiografía nacional respecto del verdadero lugar del
desembarco. En prolijo estudio, el Cnel. Oscar Antúnez Olivera determina la
punta de Amarillo o del Arenal Grande como el lugar del desembarco.
Atanasio Sierra, uno de los cruzados,
narra así el momento vivido por los expedicionarios luego del desembarco:
“Estábamos en una situación singular. A nuestra espalda el monte, al frente el
caudaloso Uruguay, sobre cuyas aguas batían los remos de las tres lanchas que
se alejaban; en la playa yacían recados, frenos, armas de diferentes formas y
tamaños; aquí dos o tres tercerolas; allá un sable aquí una espada, más allá un
par de pistolas; ponchos por un lado, sombreros por el otro, todo mezclado aún
como se había desembarcado. Este desorden, agregado a nuestros trajes
completamente sucios, rotos en varias partes y que naturalmente no guardaban la
uniformidad militar, nos daba el aspecto de verdaderos bandidos”.
“Desde las once de la noche del 19 hasta las nueve de la mañana del 20, nuestra
ansiedad fue extrema. Continuamente salíamos a la orilla del monte y
aplicábamos el oído a la tierra por ver si sentíamos el trote de los caballos
que esperábamos. Lavalleja se paseaba tranquilamente al lado de un grupo de
sarandíes, y habiéndosele acercado don Manuel Oribe y Zufriategui diciéndole
que eran las seis de la mañana y no llegaba Gómez con los caballos, les
respondió sonriéndose: «Puede ser que Gómez no venga porque los brasileros lo
tendrán apurado; pero Cheveste volverá, y con caballos; es capaz de sacarlos de
la misma caballada de Laguna». Cuando don Tomás Gómez, acompañado de Cheveste y
don Manuel Lavalleja, llegaron con los deseados caballos, hubo muchos de
nosotros que se abrazaron al pescuezo de éstos dándoles besos como si fuesen
sus queridas”.
Rapidamente se les fueron uniendo otros contingentes de milicianos, lo que les permitió ocupar la población de Dolores, y poco después la de Villa Soriano. Eludiendo la ciudad de Mercedes, bien defendida por los brasileños, avanzaron hacia el sur-este.El jefe brasileño de Montevideo, el Gral. Lecor, destacó una
partida de 70 hombres para tratar de detener al grupo
comandado por Lavalleja.
Fructuoso Rivera - Oleo sobre tela de Baldassare Verazzi.Museo Histórico Nacional. Montevideo - Uruguay
Al mando del mismo, iba Fructuoso
Rivera, que se había incorporado como Oficial al ejército ocupante. Rivera
alcanzó al grupo de Lavalleja el 29 de abril de 1825, sobre las márgenes del
arroyo Monzón; pero a pesar de la rivalidad que los había separado en los
últimos tiempos, ambos jefes orientales acordaron continuar juntos el
emprendimiento libertador.
Su gesto de reconciliación y
unión de sus fuerzas para enfrentar a ejército brasileño, se conoce como “el
abrazo del Monzón”.
La incorporación de Rivera
constituyó un hecho fundamental para el éxito de la campaña, debido a su enorme
prestigio, lo que determinó que el alzamiento contra la dominación brasileña se
generalizara en todo el territorio de la Banda Oriental.
Las fuerzas comandadas por
Lavalleja prosiguieron así su avance; y el 2 de mayo ocuparon la ciudad de
Canelones, luego de haberse apoderado de la ciudad de San José.
El 8 de mayo llegaron al Cerrito
de la Victoria, en las afueras de la ciudad de Montevideo, a la que pusieron
sitio.
"Sesión de la Sala Representante de la Provincia Oriental”. Óleo de Eduardo Amézaga.
Simultáneamente, Lavalleja adoptó algunas medidas para
organizar el gobierno del territorio liberado. Convocó a representantes de los pueblos para elegir un Gobierno Provisional, el cual se constituyó el 14 de junio de 1825 en la ciudad de la Florida, siendo presidido por Manuel Calleros. Dicho gobierno designó a Lavalleja como General en Jefe del ejército libertador, así como asignó a Rivera el cargo de Inspector General de Armas.
Poco después, tenía lugar la batalla de Rincón en que Rivera obtuvo un importante triunfo que le reportó disponer de una enorme caballada que vino a ser fundamental para el equipamiento del ejército patriota; y luego la decisiva batalla de Sarandí, que consolidó definitivamente la liberación del territorio de la Banda Oriental del dominio brasileño.
Para saber más
8 DE JUNIO DE 1830 NACIÓ JUAN MANUEL BLANES
BUENA INFORMACIÓN EN:
http://www.uruguayeduca.edu.uy/Portal.Base/Web/verContenido.aspx?ID=201417
http://www.lamochila.com.uy/bicentenario/nota_linea_de_tiempo.php
http://www.ultimasnoticias.com.uy/hemeroteca/110408/prints/esp02.html
http://lamochila.espectador.com/bicentenario/nota.php?m=amp&nw=MTU2
http://www.montevideo.com.uy/aclase/html/abril.htm
En Buenos Aires, el grupo principal de orientales que decidió emprender la Cruzada Libertadora comenzó a reunirse en la sastrería de José Pérez y Antonio Villanueva, regenteada por el montevideano Luis Ceferino de la Torre. Asimismo, se realizaban reuniones en el saladero de Costa, en Barracas, y en el del también montevideano Pedro Trápani, en la Ensenada de Barragán.
Respecto de la bandera que debía simbolizar el objetivo de la empresa, “se adoptó –dice de la Torre en su «Memoria»– la tricolor que había usado la Provincia Oriental cuando la invadió el ejército portugués, con el agregado en el centro de «Libertad o Muerte» consecuente con el juramento prestado”. Y agrega el citado memorialista que, con ese diseño, construyó dos “con sus propias manos”.
Por su parte, Lavalleja y el resto de los cruzados que habían partido algunos días después, fueron demorados por un fuerte temporal que los arrojó hacia el sur, sobre la costa del Salado, y recién pudieron reunirse con sus compañeros, en la isla de Brazo Largo, el día 15.
Durante la permanencia del primer grupo en el Brazo Largo en espera del resto de los cruzados, Manuel Oribe, Manuel Lavalleja y el baqueano Andrés Cheveste pasaron a la costa oriental para entrevistarse con Tomás Gómez y convenir el día y el punto donde debía esperar con caballadas a los expedicionarios. Vueltos a la isla, aguardaron el arribo de la segunda expedición unos diez días más, al cabo de los cuales “don Manuel Lavalleja y don Manuel Oribe, genios impacientes y movedizos” –recuerda Domingo Ordoñana– “determinaron irse con Cheveste a inquirir la causa de aquel silencio y buscar qué comer, que por lo pronto era la primera necesidad que había que satisfacer.
Reunidos todos los expedicionarios, el día 18, según Spikerman, “nos embarcamos en los dos lanchones y navegamos durante la noche, hasta ponernos a la vista de la costa oriental, a fin de hacer la travesía del Uruguay, en la noche del 19.
La versión de Luis Sacarello, marinero de uno de los lanchones, que difiere, en parte, con la de Spikerman, permite, sin embargo, establecer algunas precisiones sobre la forma y el lugar del desembarco de los cruzados. Sobre el particular, dice este memorialista: “...A la noche siguiente, del 18, se nos dio la voz de silencio y palada seca, por el temor que había a la vigilancia de los cruceros brasileños, y en cuanto llegamos a la Punta Gorda bajaron a tierra dos hombres, que volvieron pronto. Empezamos a costear río arriba hasta Punta Chaparro, en donde bajaron los dos hombres; seguimos a Casa Blanca (estancia), y allí bajaron y hablaron los dos hombres con un austríaco –según de Gandía, siguiendo a Domingo Ordoñana, era carbonero y se llamaba Albarrachan – que tenía inmediato a la costa un rancho, quien dio la noticia de que la gente que buscábamos se hallaba en el Rincón, entre el monte, y entonces fuimos hasta la Punta de Amarillo, que es la de San Salvador, en donde desembarcaron todos [...] Parece que allí encontraron gente reunida y entonces se internaron y nosotros nos volvimos para Buenos Aires”.
La playa de Arenal Grande era también denominada, popularmente, “de la graseada” por las faenas que en ella solían tener lugar para beneficiar las grasas y sebos de los vacunos faenados, de donde derivaría luego el “Agraciada” que lleva el actual arroyo que en ella desemboca. La imprecisión de los relatos determinó diferentes opiniones en la historiografía nacional respecto del verdadero lugar del desembarco. En prolijo estudio, el Cnel. Oscar Antúnez Olivera determina la punta de Amarillo o del Arenal Grande como el lugar del desembarco.
“Estábamos en una situación singular. A nuestra espalda el monte, al frente el caudaloso Uruguay, sobre cuyas aguas batían los remos de las tres lanchas que se alejaban; en la playa yacían recados, frenos, armas de diferentes formas y tamaños; aquí dos o tres tercerolas; allá un sable aquí una espada, más allá un par de pistolas; ponchos por un lado, sombreros por el otro, todo mezclado aún como se había desembarcado. Este desorden, agregado a nuestros trajes completamente sucios, rotos en varias partes y que naturalmente no guardaban la uniformidad militar, nos daba el aspecto de verdaderos bandidos”.
“Desde las once de la noche del 19 hasta las nueve de la mañana del 20, nuestra ansiedad fue extrema. Continuamente salíamos a la orilla del monte y aplicábamos el oído a la tierra por ver si sentíamos el trote de los caballos que esperábamos. Lavalleja se paseaba tranquilamente al lado de un grupo de sarandíes, y habiéndosele acercado don Manuel Oribe y Zufriategui diciéndole que eran las seis de la mañana y no llegaba Gómez con los caballos, les respondió sonriéndose: «Puede ser que Gómez no venga porque los brasileros lo tendrán apurado; pero Cheveste volverá, y con caballos; es capaz de sacarlos de la misma caballada de Laguna». Cuando don Tomás Gómez, acompañado de Cheveste y don Manuel Lavalleja, llegaron con los deseados caballos, hubo muchos de nosotros que se abrazaron al pescuezo de éstos dándoles besos como si fuesen sus queridas”.
Al mando del mismo, iba Fructuoso
Rivera, que se había incorporado como Oficial al ejército ocupante. Rivera
alcanzó al grupo de Lavalleja el 29 de abril de 1825, sobre las márgenes del
arroyo Monzón; pero a pesar de la rivalidad que los había separado en los
últimos tiempos, ambos jefes orientales acordaron continuar juntos el
emprendimiento libertador.
Su gesto de reconciliación y
unión de sus fuerzas para enfrentar a ejército brasileño, se conoce como “el
abrazo del Monzón”.
La incorporación de Rivera
constituyó un hecho fundamental para el éxito de la campaña, debido a su enorme
prestigio, lo que determinó que el alzamiento contra la dominación brasileña se
generalizara en todo el territorio de la Banda Oriental.
Las fuerzas comandadas por
Lavalleja prosiguieron así su avance; y el 2 de mayo ocuparon la ciudad de
Canelones, luego de haberse apoderado de la ciudad de San José.
El 8 de mayo llegaron al Cerrito
de la Victoria, en las afueras de la ciudad de Montevideo, a la que pusieron
sitio.
Simultáneamente, Lavalleja adoptó algunas medidas para
Para saber más
8 DE JUNIO DE 1830 NACIÓ JUAN MANUEL BLANES
BUENA INFORMACIÓN EN:
http://www.uruguayeduca.edu.uy/Portal.Base/Web/verContenido.aspx?ID=201417
http://www.lamochila.com.uy/bicentenario/nota_linea_de_tiempo.php
http://www.ultimasnoticias.com.uy/hemeroteca/110408/prints/esp02.html
http://lamochila.espectador.com/bicentenario/nota.php?m=amp&nw=MTU2
http://www.montevideo.com.uy/aclase/html/abril.htm








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