LA EDAD
DEL PAVO
ELSA
BORNEMMAN
Como tantísimos príncipes y princesas de los cuentos, la
princesa de éste también estaba mortalmente triste, había perdido su risa y
languidecía -hora tras hora- sin que nadie en el palacio supiera qué hacer para
remediar ese mal.
-Mi Nunila se está consumiendo ... -gemía la reina.
-Mi adorada hijita desfallece ... -gemía el rey.
-La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa? -susurraban los
servidores.
-Los suspiros se escapan
de su boca de fresa... 2 -entonaban
los cantautores palaciegos.
«Para mí que
la Nunila está
harta de que
sus padres sean
tan ... tan... ejem ... extravagantes ... algo bobalicones, vamos ... », así
pensaba Abacuca, la sabia
de la corte. «La princesita se da
cuenta; ella sí que no tiene un pelo de tonta como ... bueno ...
ejem ... que -a Dios gracias- no
heredó esa ... esa tara ... Vaya, no encuentro manera elegante para
referirme a la personalidad de sus majestades, que por más que lo sean también
son seres de carne y huesos y sus defectos tienen ... Además, Nunila está
hartísima de que sus padres le contesten a todo que "sí, mi amor", sin
prestarle atención a lo que dice ...
Hartísima del "SINUNILISMo",
eso es.»
Pero cuando -por fin- juntó
el coraje necesario para presentarse ante la pareja real y exponerle su teoría (muy, muy suavizada para no provocar su ira) perdió su trabajo en la corte y se le
impuso sufrir el exilio en un reino vecino.
-¿Críticas a nosotros?
¿Cómo te atreves?
[Insensata! -le dijeron a dúo.
-¿Qué otra
palabra sino «sí» deben escuchar los nobles oídos de una princesa, a partir de su nacimiento? -le protestó la
reina.
-¿Qué estúpido pensamiento
ese del «sinunilisrno» has
horneado en tu
cabeza de zanahoria, como
para que oses decir que mi tesoro está triste porque todo
lo que ella opina merece
nuestra aprobación o a todo
lo que solicita le
contestamos «Sí-Nu-ni-la»? -rugió el rey.
Desesperada, la pareja real decidió -entonces- consultar a la
hechicera del bosque, que así denominaban
a ese montecito cercano a palacio bastante ralo (con cuatro o cinco
arbustos locos, a decir verdad) pero sin el cual esta historia no hubiese
estado completa.
-Mil dólares la consulta -les informó la hechicera, no bien
reina y rey llegaron a su casa rodante con la que se desplazaba de aquí para
allá.
-¡Mil dolares! ¡Mil
dolares! -aulló el rey, que tenía casi todos sus caudales en seguro depósito
-fuera del reino- y los codos permanentemente enyesados.
La hechicera no se alteró ante esa demostración de mal humor.
-Lo lamento, pero ni barato y -menos que menos- gratis logro acceder
a ninguna en el mismo momento en que yo les revele el único remedio posible.
Una vez que le fueron aceptadas sus condiciones, la hechicera
pasó a otro ambiente de su casa rodante y les pidió que aguardaran unos
minutos.
Cuando volvió, poco quedaba de esa muchacha bonita y vestida
a la moda, que había recibido a la pareja real momentos antes.
Una anciana horripilante se les apareció, arrastrando una
mesita en la que se destacaba una enorme bola de telgopor blanco.
Los reyes se estremecieron.
-Eh, eh, no se asusten.
Soy la misma chica, con mi uniforme de trabajo. Me maquillé y me
disfracé como corresponde, eso es todo.
Al rato, se le escuchó pronunciar estas palabras:
-En vista de que en
el destino de la niña hay dos... dos -digamos-
cosas «inmodificables» y de las que me está vedado hablar -y la hechicera los
miró alternada y fijament pero ninguno de ellos se dio por aludido-. Su hija Nunila... sólo puede curarse... si le hacen cosquillas en las plantas de los
pies con una pluma de algún pavo...
que tenga - exactamente- su misma edad... al día de hoy Además, Nunila deberá ver a otros dos pavos,
volando. Sí, eso es, dos pavos voladores
y la cura será total.
-Nunila tiene siete años...
siete meses... y siete días
... -exclamó el rey, enojado después de
hacer cuentas con los dedos-. [La carne
de pavo es muy apreciada, es un manjar!
-¡Jamás conseguiremos un pavo que haya alcanzado esa edad!
-chilló la reina.
-¡Y mucho menos otros que vuelen! [Los pavos no vuelan! -protestaron ambos, al darse cuenta de lo
absurdo del «remedio» indicado.
-Ése es problema de ustedes -sentenció la hechicera-. Pero mis videncias son infalibles. Bueno -agregó, empezando a quitarse el
disfraz-, vayan preparando el cheque o los convierto en pavos reales a ustedes
dos ...
-¡Qué excelente idea! -gritó el rey, que con tal de no pagar,
algo era capaz de aceptar lo increíble-.
¡Conviértanos en pavos de la misma edad de nuestra bija! ¡Y voladores!
[La salvaremos con nuestro sacrificio!
-¡Con uno solo alcanza, no hace falta que me transforme a mí
también! -se quejó la reina, espantada
ante la posibilidad de verse como una pava.
-Yo soy hechicera vidente,
no hago milagros -dijo entonces la hechicera-.
Y sería un milagro la transfiguración de cualquiera de ustedes, con lo
cincuentones que son, en una criatura de siete años animal o humana... Venga ese cheque de una ve y basta de
pavadas.
Al rey no le quedó otra alternativa que firmar y entregar su
cheque.
Al rato, él y su esposa
estaban de regreso en el palacio
con las noticias.
Como bien dicen que la esperan a es lo último que se pierde,
los monarcas resolvieron seguir
las indicaciones de
la hechicera, ilusionados como
estaban con que
ya aparecería un pavo de la misma edad de su amada hija y otros dos
capaces de volar.
Entre tanto, Nunila continuaba
de risa perdida. Pronto
-y a través
de todos los medios de difusión del reino- fue
anunciado lo siguiente:
Será recompensado con su peso en lingotes de oro aquel que
lleve al Palacio Real un pavo de siete años, siete meses y siete días y otros
dos que puedan volar, aclarándose que el pesaje corresponderá al de las aves y
no al de quien las presente.
Sus Altezas reales agradecen la colaboración de su pueblo
para recuperar -de este modo- la sonrisa de su amada hijita Nunila, por más
insólito que el pedido parezca.
(La reina había hecho fundir sus innumerables joyas de oro
para que su marido consintiera -finalmente- en redactar la proclama. Si así no hubiera sido, acaso esta historia
hubiese concluido aquí... porque todavía estaríamos esperando que el rey
volviera a gastar, rabioso como seguía por el pago que había tenido que hacerle
a la hechicera.)
Al día siguiente de anunciarse la proclama real, una cola de
varias cuadras. Comenzaba -por supuesto-
a las puertas del palacio.
Casi no quedaba vecino
de aquella comunidad que no
se hubiera hecho presente,
tentado por la recompensa y portando un pavo.
-Nos tiramos un lance, total ¿qué podemos perder?
-comentaban-. Nuestros reyes son tan...
tan extravagantes ... -y al decir
«extravagantes» se miraban con risitas cómplices; nadie ignoraba las pocas
luces mentales que destellaban en los cerebros de sus soberanos.
Así se vieron desfilar -ante la pareja
real- infinidad de
estas aves, que
fueron rigurosamente inspeccionadas por una Comisión de Expertos en
Pavos, Gansos y Burros, creada
-especialmente- para la ocasión.
Caro que la inmensa mayoría eran muy jovencitos, de esos que -pobrecitos ellos- se crían y se engordan para ser
comidos ... y ninguno podía volar
-obvio-, aunque sus dueños lo lanzaban
al espacio jurando y rejurando que hasta un ratito antes sí, que eran tímidos, que estaban nerviosos por la prueba, que les
dieran otra oportunidad...
El rey se puso furibundo y los echó a todos a los gritos de:
-¡Me tratan como a un
zonzo, insolentes! [Fuera
de aquí! ¡Gm! [Ninguna
de estas aves tiene siete años, siete meses y siete días como mi adorada
Nunila al día de la predicción!
¡Y ninguna puede volar!
[Farsantes!
La princesita -apoltronada sobre un gigantesco almohadón
ubicado cerca de los tronos reales de sus padres- observaba todo lo que
sucedía con una expresión de
aburrimiento inmortal.
Los expulsados, del palacio
(personas y pavos) eran tantos,
tantos, tantos, que el
tumulto y el barullo que se produjeron en el recinto alteró todos los ánimos.
Menos el de Nunila -por cierto- que continuaba contemplando
la escena con la misma indiferencia que de costumbre.
Entre empujones, griterío, plumas que volaban al azar,
resbalones, protestas, toses y más plumas flotantes, el enorme salón fue -poco
a poco- siendo desalojado.
Las miradas de padres y servidumbre siguieron -como en estado
de hipnosis- la dirección que indicaba la niña.
Entonces todos -azorados- vieron aterrizar un helicóptero. Y más
azorados se sintieron poco después, cuando -de la aeronave- vieron descender a
Abacuca, la sabia de la corte. Agitaba una bandera blanca a la par que se iba
aproximando al palacio. Majestuosa.
-¡Qué hace esa rufiana
aquí, si yo la mandé al exilio porque no supo decirme cómo curar a mi hija! ¿Y cómo se atreve a presentarse sin mi
permiso? ¡Y en helicóptero! ¡Esto es una invasión! ¡Deténgala de inmediato!
E rey aullaba y pataleaba
-enojadísimo- junto al ventanal,
cuando Abacuca se detuvo frente a él
-del otro lado de los cristales- y lo miró a los ojos, tras una breve reverencia
de cortesía. Digna como siempre. Sin ninguna muestra de temor ante las iras
del rey. Seguía agitando su bandera blanca
e hizo señas de que necesitaba entrar al salón,
sin darse por enterada de la
guardia real que la rodeaba y que sí la iba a hacer acceder al recinto, pero en
calidad de detenida.
-Calma, muchachos
-les susurraba-. No hace falta
que me sujeten. Traigo la solución para
la dolencia de la princesita Nunila.
Calma, calma ... El rey padece
una de sus habituales pataletas, eso es todo ...
Un momento después, la
corte en pleno escuchaba las palabras de Abacuca.
En respetuoso silencio, menos el monarca -claro- que no lograba contener
su rabia seguía refunfuñando.
-Su majestad ... -y la
voz de la sabia profundizó aún más el silencio-. He venido a comunicarte que descubrí cómo
combati el mal que aqueja a la princesita. Largas noches sin dormir estuve,
desde que me enviaste al exilio ...
Largas noches en las que no hice otra cosa que pensar y pensar en la
recuperación de la risa de tu bienamada
hija. Sin embargo, te confieso que no
arribaba a ninguna solución.
El rey se encrespó:
-¿Y entonces, para qué demonios volviste? ¡Al calabozo irás a parar esta vez! Abacuca
no se dejó intimidar y prosiguió su monólogo.
-Regresé porque ahora sí que sé cómo curar a Nunila. En las palabras mismas de la hechicera están
las claves. Manda traer el pergamino
donde las copiaste y que tu paje las lea en voz alta, así te explico con
claridad lo que descubrí.
Nunila pareció animarse un poco más al escuchar a la sabia.
Mientras el soberano enviaba a buscar el pergamino, Abacuca
prosiguió:
-Las palabras de la hechicera son un enigma a resolver. Verás que ...
La sabia fue interrumpida por el rey que -ya provisto del
pergamino indicó al paje que lo leyera
-Que lo haga lentamente, que se detenga cada vez que yo palmee
y que reanude cuando yo silbe -sugirió Abacuca.
El paje inició su lectura:
«En vista de que en el destino de Nunila
hay dos... dos...
digamos... "cosas"
inmodificables y de las que me está vedado hablar... »
La sabia palmeó e intentó explicar el sentido de ese
fragmento con suma delicadeza.
-Bien. Con todo
respeto -mi rey- debo revelarte que esas «cosas» misteriosas a las que se
refiere la hechicera ... son tú y tu
esposa ...
La pareja real se puso verde y el monarca ya estaba a punto
de estallar en una nueva pataleta, cuando oyeron -sorprendidos- la risita de
Nunila.
Abacuca
aprovechó el momento de emoción
de los reyes para tratar de salva la situación, para evitar que se
sintieran ofendidos.
-La hechicera dice «cosas»
debido a su total respeto por la investidura real...
Existen vocablos tan
excelsos -como rey o reina- que no
pueden ser pronunciados por
labios tan vulgares... como los
de una hechicera...
cuando ella sabe
que serán registrados
en un pergamino ... Por
eso agrega que
«le está vedado
hablar», lo tiene
auto prohibido. ¿Me explico?
-Sí. ¿Pero, y lo de
«inmodificables»?
-Seguramente se
refiere a que no ve necesaria ninguna cirugía estética ...
-Bien. Continúa
entonces.
Abacuca respiró aliviada y silbó, y el paje retomó la
lectura:
«Su hija Nunila sólo puede
curarse ... si le hacen cosquillas
en las plantas de los pies ...
con una pluma de algún pavo que tenga -exactamente- su misma edad al día de
hoy... »
La sabia palmeó pero no pudo continuar -de inmediato-
con su exposición: las risas de
Nunila se desgranaban cantarinas.
¡Así que para buscar
esa pluma se había organizado aquel disparatado desfile de horas antes!
Ella ignoraba todo, pero
empezaba a comprender y no podía
resistir la gracia que le causaba comprobar hasta qué punto llegaba la
bobaliconería de sus padres. ¡Cosquillas en los pies! ¡Qué ridículo!
La pareja real
volvió a enternecerse con lo que iban considerando
un milagro: ¡Nunila riéndose! Y aunque no entendían por qué, se sentían
satisfechos.
Abacuca volvió a la carga:
-¿Recuerdas -mi rey- la lujosa capa que mandaste a confeccionar para el día en que tu hija cumplía un año y
que estrenaste durante la fiesta que se celebró esa misma noche?
-Más que la recuerdo.
La conservo como un valioso tesoro.
Está recamada en perlas y bordada con plumas de pavo real...
-Envía por ella ahora mismo -indicó la sabia-. Las plumas pertenecen a un pavo que
-casualmente- nació el mismo día que Nunila, en la casa del sastre que t
la confeccionó.
-¿Dónde está ese
pavo? [Tráiganlo con urgencia que así se cumple una de las sugerencias de
la hechicera! -gritó el rey-aunque ella
no dijo nada de pavos reales ... y mi
capa ostenta plumas de pavo real...
Abacuca tragó saliva y le confesó que no, que eran verdosas
con tonalidades metálicas, bellas plumas, sí, pero de un pavo común y silvestre
porque no había sido posible conseguir el real, y que tanto ese pavo como el
sastre al que pertenecía y que lo había criado -como el recuerdo más importante
de su trabajo- estaban esperando en el helicóptero.
Nunila, radiante. A medida
que se iba enterando de tantos disparates,
sus mejillas comenzaban a tomar el colorcito de la alegría.
-¡Papá! ¡Mamá! -exclamó entonces-. ¿No les parece que ésta es la tarde más
divertida de nuestras vidas?
-¡No! ¡De ninguna
manera! -le respondió el padre.
-¡No! ¡No y réquete
no! -le contestó la madre.
«[Oh, qué suerte! ¡Por primera vez me contradicen!», pensó la
nena.
La pareja real se
tragaba la rabia por el rumbo
que iban tomando los acontecimientos pero lo
disimulaba: todo fuera
por la alegría
de Nunila, hasta
quién sabe qué
otra humillación ...
Abacuca hizo llamar al sastre, que enseguida entró al gran salón empujando un canastón sobre ruedas. En él, el pavo de siete años, siete meses y... Era un ejemplar simpatiquísimo por lo gordo y grandote. Créase o no, pesaba unos quince kilos y medía
algo más de un metro de largo. Se lo
presentaron a la pareja real...
El sastre reiteró
varias veces el
peso del animal,
imaginando la bolsa
de oro que recibiría por prometida recompensa...
Enseguida fue
examinado por la Comisión de Expertos
en Pavos, Gansos y Burros que comparó
sus plumas con las de la capa y
dictaminó que era cierto: ese ave era una suerte de mellizo alado de
Nunila.
-¡Qué cómico que es!
¿Puedo quedármelo? -preguntó la princesita.
-No, de ninguna manera
-dijo el rey, muy
nervioso porque pensaba
en los quince kilos de oro que irían a parar a manos
del sastre.
-No, no y réquete no -agregó la reina-. Una mascota debe
criarse desde chiquita.
A una señal de Abacuca,
el sastre abrió nuevamente la canasta y extrajo -entonces• un pavito de
apenas un mes.
-Éste es uno de los tataranietos, princesita. Un regalo de mi
parte. Es tuyo.
Nunila estaba encantada. Abandonó -rápidamente- el almohadón
y se dirigió junto al pavito bebé. Pronto lo tomó en brazos sin dificultades.
-Te vas a llamar Kabul -le murmuró. Y era como si el animalito
la conociera desde siempre, porque -apenas la nena lo estrechó contra su pecho-
le apoyó mansito su cabeza colorada y la miró fijamente.
Enseguida, los reyes y todo el personal del palacio los
rodeó, muy sorprendidos.
Fue entonces cuando Nunila comenzó a hablarle y el bichito a
contestarle, con un canto extraño, desigual en modulaciones, disonante para los
oídos de todos menos para los de la princesita, que parecía escucharlo
embelesada.
La increíble comunicación se extendió durante unos diez
minutos, tiempo de maravillas que no fue interrumpido por ninguno de los presentes,
tan asombrados estaban al ser espectadores de esa escena.
Al rato, entregada que le fue una de las plumas del pavo de
quince kilos, Nunila misma se hizo cosquillas en las plantas de los pies.
Sus carcajadas eran fruto de lo absurda que le parecía esa
indicación como remedio para su tristeza pero -absurda o no- lo cierto es que
lograba su propósito. ¿Cómo era posible
que sus padres hubieran confiado en tamaña tontería?
Pasados esos instantes de jolgorio generalizado, Abacuca
volvió a silbar y el paje a leer el tramo final del pergamino:
«Además, Nunila deberá ver a otros dos pavos volando. Sí, eso es, dos pavos voladores y la cura
será total.»
-¡Ahora sí que estamos fritos! -se quejó el rey-. ¡Los pavos no vuelan! ¡Hoy lo comprobamos!
-Inútiles nuestras ilusiones de que trajeran siquiera uno que
pudiera surcar el aire ... - acotó la reina, frunciendo los labios al hablar, como
lo hacia cada vez que exageraba la expresión de sus sentimientos-. ¡Los pavos no vuelan!
La sabia se aproximó a los tronos reales hasta casi rozarlos
con su aliento.
-Sus Altezas ... -les susurró entonces-. llegados a este fragmento final del enigma...
desearía informarles su significado únicamente a ustedes dos... Se trata de un
asunto privadísimo ...
Abacuca no tenía la menor intención de avergonzarlos
públicamente. Para ella también se
trataba de un asunto privadísimo ...
Pero Nunila -curiosa como criatura inteligente que era- volvió
junto a sus padres, dispuesta a no perderse ni media palabra de lo que allí se
estaba cuchicheando. En sus brazos, Kabul.
El rey ordenó a todos los presentes que se alejaran y que se
pusieran de caras hacia las paredes, como si estuvieran en penitencia.
-¡Ah, y tápense los oídos con las manos! -añadió-.
¡Abacuca va a confiarme un secreto!
Así fue como la sabia les descubrió -primero- el doble
sentido de la palabra «pavo»:
-Si bien significa «ave gallinácea», del tipo de las que aquí
vemos -les dijo-, también quiere decir «persona incauta» ... un poco tonta...
No sé si me explico ...
Nunila contenía la risa, cuando opinó:
-Pero, Abacuca, aunque los otros dos pavos que indicó la
hechicera deban ser personas, dos bobísimas personas ... ¡ igual no podrán volar!
La sabia le acarició levemente una mejilla:
-No por sí mismas -claro- porque los seres humanos no estamos
conformados para el vuelo ... [pero sí
en helicóptero! -y señaló el aparato estacionado en el parque.
Sería cosa de nunca acabar referir -ahora- todo el grotesco
episodio que tuvo lugar después de que los soberanos se dieron cuenta -ofendidísimos-
de que ellos dos eran los aludidos en el enigma de la hechicera como «pavos
voladores».
[¡Menos mal que Nunila jugueteaba con Kabul y fingía no darse
por enterada de tamaña revelación y que todos los asistentes continuaban contra
las paredes del salón, tapándose las orejas!
-¡De lo contrario, al exilio nuevamente, maldita Abacuca!
-vociferó el rey.
-¡Condenada sabelotodo! -chillaba la reina-. [Merecerias eterno calabozo!
-Por favor, admitan que -en muchas ocasiones- han obrado con
negligencia -les rogaba Abacuca-. Procedan con humildad siquiera por esta vez y
-de ese modo- voy a convencerme de que no son tan... tan...
extravagantes... como muchos
creen... Por favor, queridas altezas ...
-Buah. Todo sea por la alegría de nuestra hija... -dijeron
-al fin- resignados- y se prepararon para dar una vuelta en helicóptero.
Antes -como correspondía- recompensaron al sastre con los
quince kilos de oro que se había ganado al traer su viejo pavo hasta el
palacio.
Entretanto, Nunila seguía jugando con Kabul, más contenta que
nunca: ¡Sus padres le habían dado permiso para que los
danzarines y cantautores del palacio bailaran y cantaran para ella, durante el
tiempo que durara el vuelo! [Con lo que
le gustaba la música!
En el mismo instante en que el helicóptero despegó del parque
real -transportando a los dos soberanos para su vuelo «extraordinario»- los
cantautores comenzaron a tararear unas estrofas compuestas especialmente para
Nunila.
Mudos testigos como habían sido de todo lo sucedido en el
palacio, bien comprendían ellos la recuperada alegría de la niña...
Y -entonces - mientras los bailarines danzaban al compás de
la melodía y los dos «pavos voladores» cumplían con el último requisito de la
hechicera y los ojitos de Nunila brillaban como soles... en la amplia sala de la corte empezaron a
resonar los versos de la canción que se titulaba:
Hay un pavo en cada raza,
de cualquier edad y
clase,
que perturba el universo
con las pavadas que hace...
Pavos de todos los credos,
de cualquier ideología,
asombrando al mundo entero
con cada pavoteria.
Vuelan mariposas,
vuelan bajo el cielito asoleado...
(mas si los pavos volaran...
[siempre estaría
nublado!)
Brilla el sol y para todos
de luz el cielo un derroche
(mas si los pavos volaran...
[siempre sería de noche!)
No vuela la flor ni el árbol...
tampoco la gatería...
(pero si el pavo volara...
¡acaso usted volarial)
Vuelan moscas y gorriones
y el ovni que alguno
vio .
(pero si el pavo volara
.
¡también.. , volaría
yo....
Las risas de Nunila fueron campanillas repiqueteando en el
anochecer.
Amparado en la calidez de su abrazo, Kabul dormía
plácidamente, mientras su sueño se poblaba de miles, de millones de avecitas
como él, volando... volando... volando ...
FIN

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