ORIGAMI
María Inés Garibaldi
Me llamo Mauro y tengo un pasatiempo. Doblo papelitos, origami se llama eso de doblar papelitos y en japonés quiere decir plegar papel.
Eso lo sé porque me lo dijo la
seño del año pasado, la misma que me enseñó a doblar las pequeñas figuras.
Es difícil practicar el origami,
hay que tener paciencia oriental como me dijo papá. Puedo pasarme días doblando
una figura.
Cinco días enteros estuve
plegando hasta que me salió el tiranosaurio.
Tengo algunos libros de origami y
para mi cumpleaños me regalaron otro.
Era muy lindo porque tenía figuras
del mar.
Lástima que estuviera en japonés.
Igual se entendía porque tenía fotos y
diagramas. Lo que me olvidé de decir es que los diagramas para hacer origami
tienen unos símbolos que dicen lo que tenés que hacer y esos símbolos son
iguales en todo el mundo,
en todos pero todos los países.
– – – – – – rayita, rayita,
rayita: doblás para adelante.
– • – • – • rayita, punto,
rayita, punto: doblás para atrás.
Pero, a veces, hay alguna indicación escrita y, si el libro está en japonés, es un problema.
Quería hacer el delfín. Y no me
salía.
Estaba pensando si conocía a
algún japonés cuando mamá dijo que se iba a comprar una planta. Y recordé que
el señor que vendía plantas era japonés, lo sabía porque tenía los ojos así, –
– , como rayitas.
Agarré el Agarré el libro y fui
con mamá.
–Hola –le dije al japonés–, ¿me puedes
leer lo que dice acá? –le pregunté mostrándole el libro.
Y se rio. A carcajadas. Yo puse
cara de “de qué te reís” y me dijo que él había nacido acá.
–Acá, ¿Adónde?
–En Argentina, ¿dónde más va a
ser acá?
–¡Pero tienes cara de japonés!
–Porque me parezco a mi abuelo
que sí era.
–Entonces, ¿no sabes?
–Ni un poco.
Colorado me puse. De rabia.
Entonces me dijo:
–No te pongas así, déjame el
libro por unos días. En casa quedaron las cosas de mi abuelo, a lo mejor
encuentro algo que me ayude a entender lo que dice.
–Cuídalo mucho, pero mucho de
muchísimo.
–No te preocupes. Vuelve la semana que viene.
Es mentira que las semanas tienen
siete días, tienen como un millón.
Pero pasan. Me llevó mi papá.
–¿Estás seguro de que no te
equivocaste de dirección? –le dije cuando vi la vidriera.
Donde ante había muchas plantas y
flores, ahora estaba lleno de origamis.
Cuando entré al negocio había más
origamis colgados por todas partes.
–¿Y? ¿Pudiste saber lo que dice
el libro? –pregunté ilusionado.
–No, me dijo y se me desinfló la
ilusión. – Sólo encontré las figuras que colgué. ¿Te gustan? –dijo y me
devolvió el libro.
Me fui pateando la bronca. Una semana
entera había esperado, con su millón de días, para nada.
No me iba a dar por vencido.
Cuando llegué a casa me puse a practicar, hasta que mamá me llamó para la cena.
Y al guardar el libro en la biblioteca se cayó un sobre que había adentro.
Tenía una carta y otro sobre
Mauro:
Después de tantos años, abrí el baúl de mi abuelo. Así supe que hacía origami como vos. Y encontré el sobre que te mando.
Adentro hay papeles especiales para origami.
Lamento mucho no haber podido ayudarte.
Carlos
Después de comer volví a mi
cuarto y me puse a mirar los papeles que me había regalado Carlos. Y decidí
intentar otra vez con el delfín, pero con uno de esos papeles.
No tenía ilusión de que me
saliera y cuando llegué al pliegue complicado, no sé, pasó algo raro, como si
el papel se hubiera doblado solo. Doblar el resto fue fácil. Y me salió.
Era un delfín realmente hermoso.
Busqué la pecera del hámster, la llené de bollos de papel para que pareciera el
mar, puse el delfín adentro y me acosté.
Miré un rato la tele y cuando la
estaba por apagar noté algo que se movía en el escritorio. ¿El delfín?
Me levanté y me acerqué. Se quedó
quieto. Le dije que no tuviera miedo y, como si me hubiera entendido, siguió
saltando.
Volví a la cama. No podía
dormirme, mi cabeza explotaba de pensamientos:
Que tenía que esconder bien el
delfín.
Que iba a hacer pececitos de
origami para darle de comer.
Que tenía que elegir bien los
animales que haría con ese papel especial.
Que tendría un zoológico, ¡en
miniatura y de verdad!
Que no le iba a contar a nadie mi
secreto (bueno, solamente a ustedes).
Y que, por las dudas, con ese
papel, el tiranosaurio no lo iba a hacer.
UNA MONSTRUOSA PELEA
María
Inés Garibaldi
COOPERACION Y AYUDA MUTUA
Había una vez un monstruo grande,
grandísimo.
Vivía en una cueva pequeña, muy
pequeñita.
Y eso era un tremendo problema.
Especialmente cuando el monstruo quería dormir.
Porque al acostarse quedaban sus
monstruosas patas afuera de la cueva, cortando el camino de las hormigas.
Entonces las hormigas no tenían
más remedio que pasar por encima de ellas.
Y le hacían hormiguísimas
cosquillas.
El monstruo se despertaba
sobresaltado y, ¡PAFF!, golpeaba su cabezota repeluda contra el techo de la
cueva.
Después pataleaba para descosquillarse
y, ¡ZUUUM!, las hormigas salían volando.
Noche tras noche tras noche.
Hasta que el monstruo dijo:
¡BASTA!
Hasta que las hormigas dijeron:
¡BASTA!
Y se armó una monstruosa pelea.
La monstruosa pelea duró muchas
lunas hasta que la luna de puro enojada se escondió.
Siguió durando muchos cielos
estrellados hasta que las estrellas se enfurruñaron y no titilaron más.
Una noche, ya sin luna, ya sin
estrellas, el monstruo durmió al revés. Con las patas adentro y la cabezota
afuera de la cueva.
Y las hormigas se perdieron entre
tanto pelo y chichón.
A la noche siguiente construyeron
un puente.
Pero el monstruo roncó y el
puente se derrumbó.
Entonces las hormigas hicieron
una gran reunión para buscar una solución.
-Hagamos un puente más fuerte
-vociferaron los hormigones.
-Ataquemos con artillería
-gritaron las hormigotas.
-Cambiemos el camino -susurraron
los hormigazos.
-Agrandemos la cueva del monstruo
-dijeron los hormiguiños.
Y se hizo un hormigoso silencio.
Los hormiguiños explicaron su
plan y todo el hormiguero fue a contárselo al monstruo.
El monstruo carcajeó, ¡JAJARAJA!,
y su cabezota retumbó.
Le dolieron los chichones, ¡AYY!,
entonces aceptó.
Ahora el monstruo duerme todo
adentro de su cueva y las hormigas tienen de vuelta despejado su camino.
Las hormigas le hacen cosquillas
al monstruo, pero sólo para jugar.
Y él las lleva a pasear en su
cabezota repeluda para que puedan ver la luna, un poco más cerca.

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