CECIL,
El león de la melena negra
Una
historia de África, de leones y de personas que decidieron escucharlos
PARTE
I
EL
REINO
Capítulo 1
Donde empieza la sabana
Antes de que aparecieran las
carreteras.
Antes de que hubiera mapas.
Antes de que los seres humanos
dibujaran fronteras sobre la tierra y decidieran dónde comenzaba un país y
dónde terminaba otro, la sabana ya estaba allí.
Durante miles de años había
visto pasar animales, elefantes, jirafas, cebras, búfalos, antílopes, hienas y
leones muchísimos leones.
La sabana de Hwange, en
Zimbabue, era un lugar enorme.
No era la África de las
películas, con una llanura interminable cubierta únicamente de hierba, había
bosques, había matorrales, había árboles bajos y retorcidos, había caminos de
arena.
Había charcas que durante la
estación seca se convertían en lugares de reunión para decenas de especies.
Y había silencio.
Un silencio que nunca era
completamente silencio.
Porque siempre había algo.
El zumbido de un insecto.
El grito de un ave.
El crujido de una rama.
El golpe de una pezuña.
El viento pasando entre las
hojas.
Y, cuando llegaba la noche, el
sonido que dominaba todos los demás:
el rugido del león.
Un rugido podía viajar varios
kilómetros.
Para un ser humano que lo
escuchara por primera vez, podía resultar aterrador.
Para los demás animales era un
mensaje.
Aquí hay un león.
Este es su territorio.
Estoy vivo.
Muchos años atrás,
aproximadamente en 2002, nació un cachorro macho en aquella región.
No sabemos exactamente qué
día.
No conocemos su primer
recuerdo.
No sabemos cuál fue el primer
animal que vio.
Pero sabemos cómo terminó su
historia.
Y sabemos que, entre su
nacimiento y su muerte, aquel cachorro se convertiría en uno de los leones más
famosos de la historia reciente.
Su nombre sería:
Cecil.
Pero todavía faltaba mucho
para que alguien lo llamara así.
Capítulo 2
Un cachorro entre muchos
Un cachorro de león no parece
un rey.
Sus patas son demasiado
grandes para su cuerpo.
Sus movimientos son torpes, se
cae, se levanta, vuelve a caer.
Y, mientras aprende a caminar,
ya está aprendiendo algo mucho más importante: a sobrevivir.
Los leones viven en familias
llamadas manadas.
Las hembras suelen permanecer
relacionadas entre sí durante generaciones.
Los machos, en cambio, pueden
abandonar el grupo cuando crecen y formar alianzas con otros machos.
La vida parece sencilla desde
lejos.
Pero no lo es.
Una manada necesita comida.
Necesita agua.
Necesita territorio.
Y necesita defenderse de otros
leones.
Un macho que pierde una lucha puede
perder también su territorio.
Y cuando un nuevo grupo de
machos se apodera de una manada, los cachorros pueden quedar en peligro.
La infancia de un león está
llena de cosas que los seres humanos tardamos años en aprender a comprender.
Cecil creció en ese mundo.
Aprendió a correr.
Aprendió a esconderse.
Aprendió a observar.
Aprendió el olor de otros
animales.
Aprendió el sonido de las
hienas.
Y, poco a poco, dejó de
parecer un cachorro.
Sus patas se hicieron enormes.
Sus hombros se ensancharon.
Su cabeza creció.
Y alrededor de su cuello
empezó a aparecer una melena.
Al principio era pequeña.
Después más espesa.
Finalmente se volvió oscura y
poderosa.
El cachorro había
desaparecido.
Ahora había nacido un león.
Capítulo 3
Dos hermanos
En algún momento de su
juventud, Cecil se encontró con otro macho que acabaría siendo fundamental en
su vida.
Su nombre era Jericho.
Durante años se habló de
Jericho como hermano de Cecil, aunque los investigadores han utilizado también
la idea de una alianza entre machos para describir su relación. Lo importante
es que los dos formaron un equipo que llegó a dominar un territorio en Hwange.
Los dos eran diferentes.
Cecil era especialmente
reconocible por su aspecto.
Jericho tenía su propia
presencia.
Pero juntos eran fuertes.
Dos machos pueden defender
mejor un territorio que uno solo.
Pueden enfrentarse a rivales.
Pueden recorrer grandes
distancias.
Pueden proteger mejor su
posición.
Y, sobre todo, pueden
permanecer juntos durante largos periodos.
Cecil y Jericho llegaron a
establecerse en la parte oriental de Hwange.
Allí estaba la manada Ngweshla.
Para un visitante humano,
aquella palabra podía parecer simplemente el nombre de una manada.
Para los leones significaba
algo mucho más importante.
Era hogar, era territorio, era
alimento, era familia, era peligro, era todo.
Cecil y Jericho habían
encontrado su lugar.
Pero ninguno de los dos sabía
que un día habría personas observándolos desde vehículos.
Ni que aquellas personas
intentarían comprender sus vidas.
Ni que uno de esos
observadores acabaría recordando cada movimiento de Cecil hasta el último.
Capítulo 4
Los hombres que seguían huellas
A los seres humanos siempre
nos ha gustado seguir huellas.
Nuestros antepasados seguían
las huellas de los animales para cazarlos.
Los exploradores seguían
huellas para descubrir caminos.
Los detectives siguen huellas
para descubrir lo ocurrido.
Pero los científicos que
estudiaban los leones necesitaban seguir una clase diferente de huella.
No una huella en la arena.
Una huella invisible.
Una señal.
El proyecto de investigación
de leones de la Wildlife Conservation Research Unit de la Universidad de
Oxford, conocida como WildCRU, llevaba años trabajando en Hwange.
Uno de los científicos más
importantes del proyecto era Andrew Loveridge.
Otro era David Macdonald,
director de WildCRU.
Y en el terreno había
investigadores que pasaban largas temporadas siguiendo a los animales,
observándolos y registrando sus movimientos.
Uno de ellos era Brent
Stapelkamp.
No era un trabajo sencillo.
Los leones no vivían cerca de
una oficina.
Los investigadores tenían que
adentrarse en lugares remotos.
Tenían que soportar calor.
Polvo.
Distancias enormes.
Y muchas horas de espera.
Porque estudiar un animal
salvaje significa aceptar que el animal decide cuándo aparece.
El científico puede esperar.
El león no tiene ninguna
obligación de presentarse.
Pero los investigadores tenían
una herramienta nueva.
Una herramienta pequeña.
Un collar.
Capítulo 5
El collar de Cecil
En 2008, cuando Cecil tenía
aproximadamente entre cinco y seis años, los investigadores le colocaron un collar
con GPS.
Ese pequeño aparato cambiaría
para siempre la manera en que conocemos su historia.
El collar no impedía a Cecil
caminar.
No lo convertía en un animal
domesticado.
Simplemente registraba sus
movimientos y permitía a los investigadores estudiar por dónde se desplazaba.
Cecil caminaba.
El collar registraba.
Cecil descansaba.
El collar registraba.
Cecil cruzaba una zona del
parque.
El collar registraba.
Con el paso de los años, los
científicos fueron reuniendo miles de pequeños fragmentos de información.
No eran historias.
Eran puntos.
Coordenadas.
Fechas.
Horas.
Pero juntos podían convertirse
en una historia.
La historia de la vida de un
león.
WildCRU comenzó a seguir a
Cecil como parte de su investigación de largo plazo sobre los leones de Hwange.
Según Oxford, Cecil fue monitorizado durante unos ocho años y él y Jericho
consiguieron mantener un territorio en la zona oriental del parque, donde vivía
la manada Ngweshla.
Cecil se convirtió en uno de
los animales más conocidos del proyecto.
Y ocurrió algo curioso.
Los investigadores lo
conocían.
Los turistas lo conocían.
Los conductores de los
vehículos de safari lo conocían.
Su rostro aparecía en fotografías.
Su melena oscura era
inconfundible.
Cecil se había convertido en
una especie de celebridad.
Aunque él no tenía la menor
idea.
PARTE
II
LA
VIDA DE UN REY
Capítulo 6
La manada Ngweshla
Una manada de leones no es un
ejército.
Tampoco es una familia humana.
Es algo diferente.
Las relaciones cambian.
Los cachorros crecen.
Los machos llegan y se
marchan.
Las hembras pueden permanecer
durante generaciones.
Y todos dependen de un
territorio capaz de proporcionar alimento y agua.
En Ngweshla había hembras.
Había cachorros.
Había jóvenes.
Y estaban Cecil y Jericho.
Los dos machos tenían una
responsabilidad que no habían elegido mediante ninguna ceremonia.
Defender.
Vigilar.
Mantenerse fuertes.
Y competir con otros machos
que quisieran ocupar su lugar.
A veces los investigadores
observaban a los leones durante horas.
No podían intervenir.
No debían hacerlo.
Su trabajo consistía en
observar.
Un león dormía.
Otro se levantaba.
Una hembra se alejaba.
Los cachorros jugaban.
Y el sol continuaba avanzando
por el cielo.
Aquellas horas podían parecer
aburridas para alguien que esperaba una aventura.
Pero para un científico eran
extraordinarias.
Porque cada pequeño
comportamiento podía enseñar algo, cómo utilizaban el territorio, cómo
reaccionaban ante otros leones, cómo se desplazaban, cómo sobrevivían y cómo
las decisiones de los seres humanos podían afectarles.
Capítulo 7
El rey que no sabía que era famoso
Los turistas comenzaron a
reconocer a Cecil.
Cuando aparecía, los vehículos
se detenían.
Las cámaras se levantaban.
Los visitantes intentaban
guardar silencio.
Cecil estaba acostumbrado a
los vehículos.
Con el tiempo se había
habituado a ellos.
Eso permitía a los
investigadores y a los turistas acercarse relativamente mucho sin que el animal
huyera inmediatamente. Andrew Loveridge recordaría años después que Cecil
estaba tan acostumbrado a los vehículos que se podía llegar muy cerca de él.
Aquello tenía una consecuencia
inesperada.
Cecil se había convertido en
un león visible.
Un animal que muchas personas
podían observar.
Un animal que tenía nombre.
Un animal que tenía
fotografías.
Pero seguía siendo un animal
salvaje.
Y eso era algo que nunca debía
olvidarse.
Un león puede parecer
tranquilo.
Puede estar tumbado junto a
una carretera.
Puede ignorar un vehículo.
Puede cerrar los ojos al sol.
Y, sin embargo, sigue siendo
un depredador salvaje.
La confianza que Cecil tenía
con los vehículos no significaba que confiara en los seres humanos.
Simplemente había aprendido
que aquellos vehículos formaban parte de su entorno.
Esa diferencia acabaría siendo
terrible.
Capítulo 8
Andrew
Andrew Loveridge llevaba años
estudiando leones.
Conocía sus comportamientos.
Conocía sus territorios.
Conocía los problemas que
afrontaban.
Y conocía a Cecil mejor que
casi cualquier persona.
Había visto crecer al animal.
Había seguido sus movimientos.
Había estudiado su relación
con otros leones.
Había observado cómo utilizaba
su territorio.
Pero incluso un científico que
pasa años estudiando un animal nunca puede conocerlo completamente.
Un león sigue siendo un león.
Tiene sus propias decisiones.
Sus propios movimientos.
Sus propios instintos.
Andrew sabía también que la
vida de los leones estaba cambiando.
El mundo alrededor de Hwange
estaba cambiando.
Las personas necesitaban
tierras.
El ganado podía entrar en
contacto con los depredadores.
Los animales cruzaban las
fronteras de los parques.
Y fuera de las áreas
protegidas existían otros peligros.
Una de las mayores
dificultades de conservar un animal no consiste en protegerlo mientras está
dentro de un parque.
Consiste en protegerlo cuando
sale.
Y los leones salen.
Caminan.
Exploran.
Siguen presas.
Buscan agua.
Persiguen rivales.
El mapa humano decía:
parque.
El mapa de Cecil decía:
territorio.
Y ambos mapas no siempre
coincidían.
Capítulo 9
El mapa invisible
Imagina que dibujas una línea
sobre una hoja.
A un lado escribes:
SEGURO.
Al otro:
PELIGROSO.
Para una persona, la línea es
clara.
Para un león, no existe.
Eso era uno de los problemas
de Hwange.
Cecil podía salir del parque.
No porque quisiera desafiar a
los seres humanos.
No porque supiera que estaba
cruzando una frontera.
Simplemente porque necesitaba
moverse.
La conservación moderna tiene
que enfrentarse constantemente a ese problema.
Los animales no viven según
nuestras fronteras.
Y los seres humanos tampoco
pueden desaparecer simplemente porque exista un parque nacional.
Alrededor de las áreas
protegidas viven comunidades, hay familias, hay agricultores, hay ganaderos, hay
trabajadores, hay personas que necesitan sobrevivir y los leones también
necesitan sobrevivir.
Cuando un león mata ganado, la
pérdida puede ser importante para una familia.
Cuando una familia pierde
ganado repetidamente, puede comenzar a considerar al león una amenaza.
Por eso WildCRU no estudiaba
solamente a los animales.
También estudiaba el mundo
humano que los rodeaba.
La investigación buscaba
encontrar formas de reducir los conflictos entre personas y leones. Décadas de
trabajo de WildCRU en Hwange acabarían incluyendo proyectos de coexistencia,
educación y apoyo a comunidades.
Pero en 2015 nadie sabía que
Cecil estaba a punto de convertirse en el centro de una conversación mundial.
PARTE
III
LA
NOCHE
Capítulo 10
Julio
Llegó julio.
La estación seca.
La tierra estaba dura.
El agua era más importante.
Los animales se concentraban
alrededor de los lugares donde todavía podían beber.
Y los cazadores también
estaban presentes en la región.
La caza de trofeos era una
actividad polémica.
Había quienes sostenían que,
cuando estaba regulada, podía generar ingresos para la conservación y las
comunidades.
Otros criticaban que matar
animales salvajes por deporte podía perjudicar a las poblaciones y que,
especialmente en el caso de animales reproductores, podía producir
consecuencias graves.
No era una cuestión sencilla.
Pero para Cecil todo aquello
era irrelevante.
Él no sabía qué era un trofeo.
No sabía cuánto dinero costaba
una cacería.
No sabía qué era una cuota.
Solo sabía dónde caminar.
Y durante una de aquellas
noches caminó hacia una zona situada fuera del parque.
Capítulo 11
El campamento
En las proximidades de Hwange
había un campamento de caza.
El propietario de la propiedad
era Honest Ndlovu.
En el campamento trabajaban
personas que conocían el terreno.
Entre ellas estaba un
rastreador llamado Cornelius, que después contó detalles de aquella
noche.
También estaba Ndabezinhle,
que trabajaba como desollador.
Y había llegado un cliente
estadounidense:
Walter Palmer.
Palmer era dentista y cazador.
Había viajado a Zimbabue para
participar en una cacería de león.
El cazador profesional
encargado de guiarlo era Theo Bronkhorst.
La noche del 1 de julio de
2015, la expedición se puso en marcha.
Había un cebo.
Había un escondite.
Había arcos.
Y había un animal que no sabía
lo que estaba ocurriendo.
La información reconstruida
posteriormente por Andrew Loveridge y otros investigadores permitió conocer
muchos detalles de aquella noche. Un cadáver de elefante había sido utilizado
como cebo, y el grupo preparó un escondite desde el cual esperar al león.
El animal que apareció fue
Cecil.
Capítulo 12
La flecha
A la izquierda, el cazador que batió a 'Cecil' en otra cacería. EL MUNDO
La noche era oscura.
Cecil se acercó al cebo.
No sabemos qué veía
exactamente.
No sabemos qué pensaba.
No podemos saberlo.
Pero sí sabemos qué ocurrió
después.
Una flecha alcanzó al león.
Cecil no murió.
Huyó.
Herido.
El GPS continuó funcionando.
Y, sin que los hombres que lo
perseguían pudieran imaginarlo, aquel collar estaba dejando un registro de sus
últimos movimientos.
Los datos posteriores
permitieron reconstruir la secuencia.
El collar había transmitido
una posición cerca del lugar del cebo poco antes de las nueve de la noche.
Después Cecil se desplazó.
Pero muy poco.
Durante horas.
Aquello era una señal
terrible.
El león estaba herido y no
podía alejarse mucho.
La noche avanzaba.
Mientras tanto, en algún lugar
de Oxford, en algún ordenador, existían años de información sobre aquel animal.
Y en Zimbabue, el collar
continuaba transmitiendo.
Capítulo 13
Las horas
Hay algo especialmente
terrible en las historias que se pueden medir.
Una persona puede decir:
"Fue durante mucho
tiempo."
Pero un GPS puede decir:
aquí estaba.
después estaba allí.
después se movió unos metros.
después volvió a detenerse.
Los datos mostraron que Cecil
se desplazó aproximadamente 160 metros durante unas ocho horas después de ser
herido.
Finalmente, los cazadores
volvieron a buscarlo.
Los investigadores
reconstruyeron posteriormente que una segunda flecha acabó con su vida
aproximadamente entre diez y doce horas después de la primera herida.
No fueron cuarenta horas, como
afirmaron algunos informes iniciales.
Pero tampoco murió
inmediatamente.
Sufrió durante horas.
Y esa diferencia importa.
Porque la verdad, incluso
cuando es dolorosa, merece ser conocida.
Alrededor de la mañana del 2
de julio, Cecil había muerto.
Tenía aproximadamente trece
años.
El león que había sobrevivido
a sequías, rivales, heridas, hambre y años de vida salvaje había llegado al
final.
Pero nadie sabía todavía lo
que iba a suceder con su nombre.
Capítulo 14
El collar desaparece
Después de la muerte de Cecil,
los cazadores prepararon el animal como trofeo.
El collar GPS ya no estaba en su
cuello.
Los investigadores
descubrieron después que había dejado de transmitir unos días más tarde y
desapareció.
Aquello añadió nuevas
preguntas a la investigación.
¿Qué había ocurrido
exactamente?
¿Quién sabía que Cecil estaba
siendo estudiado?
¿Se sabía que llevaba un
collar?
¿Qué permisos existían?
¿La cacería había sido
autorizada correctamente?
La muerte de Cecil ya no era
simplemente una tragedia.
Se había convertido en un caso
que las autoridades debían investigar.
Y entonces sucedió algo que
nadie había planeado.
La noticia salió de África.
Y comenzó a viajar.
PARTE
IV
EL
LEÓN DEL MUNDO
Capítulo 15
Una fotografía
Todo comenzó con una
fotografía.
Un león de melena oscura.
Un rostro poderoso.
Una mirada que parecía
atravesar la pantalla.
La gente comenzó a
compartirla.
Primero cientos.
Después miles.
Después millones.
El nombre apareció en
periódicos.
CECIL.
En las redes sociales,
personas que jamás habían estado en Zimbabue comenzaron a hablar sobre él.
El fenómeno fue
extraordinario.
Un estudio académico posterior
de investigadores de Oxford analizó la reacción mundial y encontró que las
noticias sobre Cecil llegaron a cerca de 12.000 publicaciones diarias en
el momento de mayor intensidad, mientras que las menciones en redes sociales
llegaron a más de 87.000 en un solo punto de la crisis.
Cecil había pasado de ser un
león de Hwange a convertirse en una noticia mundial.
Y con él apareció una
pregunta:
¿Por qué la muerte de este
león había provocado tanta reacción?
Tal vez porque tenía nombre.
Tal vez porque había sido
estudiado.
Tal vez porque existían
fotografías.
Tal vez porque muchas personas
podían imaginarlo.
O quizá porque Cecil había
conseguido algo que muchos animales nunca consiguen:
hacer que los seres humanos se
detuvieran y miraran.
Capítulo 16
El mundo contra un cazador
Cuando la identidad de Walter
Palmer se hizo pública, la reacción fue enorme.
Hubo críticas.
Protestas.
Petición tras petición.
Personas que nunca habían
pensado demasiado en la caza de trofeos comenzaron a discutir sobre ella.
Algunos defendían la caza
regulada.
Otros exigían prohibiciones.
Algunos hablaban de
conservación.
Otros hablaban de crueldad.
Y, en medio de todo, estaba Cecil.
Un animal muerto.
Un animal que no podía
defenderse en ninguna discusión.
La historia jurídica tampoco
fue tan sencilla como algunos titulares iniciales hicieron parecer.
Las autoridades investigaron
la cacería.
Palmer fue investigado.
Theo Bronkhorst fue acusado en
Zimbabue.
Pero las acusaciones no
terminaron en una condena: en 2016 un tribunal desestimó el caso contra
Bronkhorst y las autoridades zimbabuenses no terminaron procesando a Palmer
allí.
La historia había llegado a
los tribunales.
Pero la discusión más
importante todavía estaba fuera de ellos.
Capítulo 17
Jericho
Mientras el mundo hablaba de
Cecil, los investigadores tenían otra preocupación.
Jericho.
¿Qué ocurriría con él?
Los dos machos habían formado
una alianza durante años.
Ahora uno había desaparecido.
Jericho continuaba allí.
Y, en medio de la tormenta
mediática, incluso apareció una noticia falsa que afirmaba que Jericho había
sido abatido.
Brent Stapelkamp comprobó los
datos del collar.
Jericho estaba vivo.
El GPS mostraba que se había
movido unos pocos metros, algo perfectamente normal para un león que descansaba.
El rumor fue desmentido.
Fue un momento extraño.
Mientras millones de personas
lloraban a Cecil, los investigadores seguían mirando puntos sobre una pantalla.
No porque no les importara.
Precisamente porque les
importaba.
La ciencia exigía comprobar.
No creer.
Comprobar.
Y Jericho seguía vivo, por el
momento.
Cecil, y sus cachorros en el Parque Nacional de Hwange, en Zimbabue -
Capítulo 18
Los cachorros
Pero había otra preocupación.
Cecil había dejado cachorros.
Y en una manada de leones, la
muerte de un macho dominante puede tener consecuencias.
Cuando cambia el poder entre
machos, los cachorros pueden quedar en peligro.
Un nuevo macho puede matar a
cachorros que no son suyos.
Eso puede parecer cruel desde
nuestra perspectiva.
Pero es parte de la biología
de los leones.
Los animales no conocen
nuestras ideas de justicia.
Actúan siguiendo estrategias
que han evolucionado durante miles de generaciones.
Los investigadores sabían que
la muerte de Cecil podía desencadenar una serie de cambios.
No era solamente un león
menos.
Podía significar: una manada
diferente, nuevos machos, nuevas luchas, nuevos cachorros, nuevos territorios.
La muerte de un león podía
cambiar la vida de muchos otros.
PARTE
V
EL
HIJO
Capítulo 19
Xanda
La historia de Cecil tuvo un
eco años después.
Uno de sus hijos se llamaba Xanda.
Xanda creció y se convirtió en
un macho adulto.
En 2017, cuando tenía unos
seis años, fue abatido por un cazador de trofeos cerca de Hwange.
En aquel caso, los
investigadores consideraron que la cacería había sido legal conforme a las
normas vigentes.
Para muchas personas, aquello
fue devastador.
Cecil.
Después Xanda.
La misma región.
La misma clase de debate.
Pero la historia de Xanda
también mostró algo importante.
La muerte de Cecil no había
solucionado ninguno de los grandes problemas que amenazaban a los leones.
Porque Cecil nunca había sido
el problema.
El problema era mucho mayor.
Capítulo 20
Un mundo que se hace pequeño
Hace mucho tiempo, los leones
ocupaban una parte enorme de África.
Hoy su territorio es muchísimo
menor.
La Universidad de Oxford
señala que los leones han desaparecido de alrededor del 92 % de su
distribución histórica.
No hay una sola causa, hay
pérdida de hábitat, hay disminución de presas, hay conflictos con las personas,
hay enfermedades, hay caza, hay problemas de conservación, hay muchos factores.
Y por eso no existe una
solución mágica.
No basta con construir una
valla, no basta con prohibir una actividad, no basta con crear un parque, no
basta con decir a las personas que protejan a los animales.
Hay que encontrar formas para
que los animales puedan sobrevivir y para que las comunidades que viven junto a
ellos también puedan hacerlo.
Esa es una de las partes más
difíciles de la conservación.
Y también una de las más
importantes.
Capítulo 21
Las personas que viven junto a los leones
Mientras en otros países la
historia de Cecil se discutía desde ordenadores y teléfonos, en África había
personas viviendo junto a los leones.
Personas que los veían.
Personas cuyos animales podían
ser atacados.
Personas que conocían la
sabana mucho mejor que cualquier visitante.
Y personas que podían
convertirse en parte fundamental de la solución.
Una de ellas sería, años
después, Moreangels Mbizah, una investigadora zimbabuense que había
pasado por el programa de formación de WildCRU.
Mbizah terminó su doctorado
con apoyo del fondo creado después de la muerte de Cecil y posteriormente fundó
en Zimbabue una organización dedicada a promover la convivencia entre las
personas y la fauna salvaje y el desarrollo de las comunidades.
Era una idea poderosa:
las personas que viven junto a
los animales no son solamente parte del problema.
Pueden ser parte de la
solución.
Y quizá esa sea una de las
lecciones más importantes que dejó Cecil.
PARTE
VI
EL
LEGADO
Capítulo 22
El dinero que llegó después
Cuando Cecil murió, muchas
personas quisieron hacer algo.
No podían devolverlo.
No podían borrar aquella
noche.
No podían cambiar lo ocurrido.
Pero podían ayudar a otros
leones.
Las donaciones comenzaron a
llegar a WildCRU.
En pocos días se habían
reunido cientos de miles de libras.
Finalmente, el apoyo
relacionado con el legado de Cecil superó las 750.000 libras.
El dinero ayudó a continuar
investigaciones.
Ayudó a proyectos de
conservación.
Ayudó a comunidades.
Ayudó a formar investigadores.
Y permitió que el trabajo que
Cecil había protagonizado involuntariamente continuara.
La tragedia no podía
deshacerse.
Pero podía convertirse en algo
útil.
En una herramienta.
En conocimiento.
En protección.
En una oportunidad para otros
animales.
Capítulo 23
Sesenta por ciento
Años después, WildCRU informó
de un resultado que habría sido imposible imaginar la noche en que Cecil murió.
En su área central de estudio
había un 60 % más de leones que cuando comenzó el proyecto.
No significaba que todos los
problemas estuvieran solucionados.
No significaba que los leones
estuvieran a salvo para siempre.
Pero significaba que el
trabajo servía para algo.
La investigación podía
convertirse en acción.
La acción podía convertirse en
protección.
Y la protección podía
convertirse en animales vivos.
Eso era quizá el verdadero
legado de Cecil.
No una estatua.
No una fotografía.
No una leyenda.
Sino otros leones caminando.
Capítulo 24
La última pregunta
Hay una pregunta que aparece
una y otra vez cuando se habla de Cecil.
¿Habría cambiado algo si no
hubiera tenido nombre?
Probablemente no.
Cada año mueren muchos
animales sin que nadie sepa siquiera que existieron.
No tienen fotografías.
No llevan collares GPS.
No aparecen en los periódicos.
No tienen millones de personas
hablando sobre ellos.
Cecil tuvo algo que la mayoría
de los animales no tienen:
una historia que los seres
humanos podían seguir.
Pero quizá esa sea
precisamente la lección.
Que no deberíamos necesitar
conocer el nombre de un animal para querer protegerlo.
No deberíamos necesitar una
fotografía.
No deberíamos necesitar una
tragedia internacional.
Cada león debería importar.
Cada elefante.
Cada rinoceronte.
Cada guepardo.
Cada animal que todavía tiene
un lugar en la naturaleza.
PARTE
VII
EL
RUGIDO
Capítulo 25
Bajo las estrellas
Imagina Hwange una noche
cualquiera.
No la noche de la muerte de
Cecil.
Una noche muchos años después.
El sol ya se ha escondido.
El cielo está lleno de
estrellas.
La temperatura ha bajado.
Los insectos han comenzado su
concierto.
Un elefante camina lentamente
entre los árboles.
Una familia de antílopes
permanece alerta.
En algún lugar, una hiena se
mueve en la oscuridad.
Y entonces ocurre.
Un rugido.
Profundo.
Largo.
Poderoso.
Otro león.
No Cecil.
Otro.
Uno de los que vinieron
después.
Tal vez uno de los
descendientes de los leones que los investigadores estudian hoy.
Tal vez un macho joven que
todavía no tiene nombre.
Tal vez una hembra que todavía
no ha sido fotografiada.
Tal vez un cachorro que ahora
duerme junto a su madre.
El rugido atraviesa la noche.
Y durante unos segundos parece
que toda la sabana escucha.
Quizá eso sea lo que quedó de
Cecil.
No su cuerpo.
No su melena.
No su collar.
Sino una pregunta.
Una pregunta que todavía sigue
viajando.
¿Qué vamos a hacer para que el
próximo león pueda vivir?
Epílogo
El lugar donde termina la historia
Durante años, Cecil fue un
punto en un mapa.
Los investigadores lo seguían
desde sus vehículos.
Veían dónde estaba.
Anotaban sus movimientos.
Estudiaban sus relaciones.
Intentaban comprender su vida.
Y, sin saberlo, estaban
escribiendo una historia.
No una historia con páginas.
Una historia hecha de
coordenadas.
Kilómetros.
Fechas.
Fotografías.
Observaciones.
Años.
Hasta que llegó una noche de
julio.
Y el punto dejó de moverse.
Pero entonces sucedió algo
extraño.
El punto muerto de un mapa se
convirtió en una historia viva.
La historia cruzó África.
Después cruzó océanos.
Llegó a Europa.
A América.
A Asia.
A millones de hogares.
Entró en escuelas.
En universidades.
En conversaciones familiares.
En debates políticos.
En proyectos de conservación.
Y llegó también a niños que
nunca habían visto un león.
Niños que quizá preguntaron:
¿Por qué lo mataron?
Y después:
¿Cuántos quedan?
Y finalmente:
¿Qué podemos hacer?
Quizá esas sean las preguntas
que realmente importan.
Porque un niño que pregunta
puede convertirse en un adulto que busca respuestas.
Y un adulto que busca
respuestas puede cambiar algo.
Tal vez algún día ese niño sea
científico.
O veterinario.
O guardaparques.
O escritor.
O fotógrafo.
O simplemente alguien que,
cuando vea un animal salvaje, recuerde que no está allí para nosotros.
Está allí porque tiene derecho
a existir.
Cecil no pudo elegir su
destino.
Pero su historia puede
ayudarnos a elegir el destino de otros.
Por eso, cuando la noche cae
sobre Hwange y un nuevo león levanta la cabeza hacia las estrellas, quizá
podamos imaginar que la sabana conserva memoria, no una memoria humana, no una
memoria escrita.
Una memoria hecha de caminos,
de olores, de huellas, de rugidos.
Y en algún lugar de esa
inmensa tierra dorada, un león joven comienza a caminar.
No sabe quién fue Cecil.
No sabe qué ocurrió en 2015.
No sabe que millones de
personas lloraron por un león de melena negra.
No sabe que su especie ocupa
hoy una fracción mucho menor de los territorios que alguna vez habitó.
No sabe que hay científicos
trabajando para protegerlo.
No sabe que hay personas que
todavía discuten sobre su futuro.
Solo camina.
Cruza la hierba.
Se detiene.
Escucha.
Mira hacia la oscuridad.
Y continúa.
Porque esa es la esperanza que
dejó Cecil.
Que la próxima historia no
tenga que comenzar con una muerte.
Que empiece con un nacimiento.
Que no termine con un trofeo.
Que termine con un rugido.
Y que, cuando llegue el
amanecer, el león siga allí, vivo, libre
bajo el mismo cielo que vio
caminar a Cecil.
FIN

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