Blog de Arinda

OBJETIVO :En este Blog vas a encontrar mis producciones en pintura y escultura. Además, material recopilado a través de mi trabajo como maestra, directora e inspectora, que puede ser de interés para docentes y estudiantes magisteriales .

viernes, 14 de agosto de 2026

1 4 DE AGOSTO DIA MUNDIAL DEL LAGARTO- CUENTO Y APLICACION EN EL AULA

 


(Cuento)


 

En un rincón perdido de un valle verde y soleado, donde los cerros parecían gigantes dormidos y las nubes viajaban despacio por el cielo, vivían dos lagartos llamados Lalo y Tito.

El valle era un lugar extraordinario.

Por las mañanas, el sol pintaba las piedras de color dorado. La hierba estaba cubierta de diminutas gotas de rocío que brillaban como diamantes, y entre los arbustos zumbaban abejas gorditas y perezosas. Cerca de allí corría un pequeño arroyo de agua transparente que hacía plin, plin, plin al saltar entre las piedras.

Lalo vivía debajo de una roca grande y plana.

Era un lagarto verde brillante, con manchas amarillas en el lomo, patas pequeñas y una cola larguísima que se movía de un lado a otro incluso cuando él estaba completamente quieto. Tenía unos ojos grandes y redondos que siempre parecían estar buscando algo interesante.

Y Lalo siempre estaba buscando algo interesante.

Tito, en cambio, era más pequeño y robusto. Tenía escamas marrón rojizas y una barriga de color crema. Era bastante prudente, aunque él prefería decir que era "extremadamente inteligente y cuidadoso".

Tenía, además, una pequeña peculiaridad.

Cuando se ponía nervioso...

—¡Achís!

...estornudaba.

—¡Achís!

Mucho.

Aquella mañana, los dos amigos recorrían el prado buscando algo para desayunar.

—¡Mira! —dijo Lalo, señalando una piedra.

Tito se acercó.

—¿Qué es?

—Una hormiga.

—Eso es una hormiga.

—Exactamente.

Lalo se lanzó hacia ella.

Pero la hormiga fue más rápida.

Corrió entre unas briznas de hierba y desapareció.

—¡Se escapó!

Tito sonrió.

—Quizá deberías correr más rápido.

—Quizá debería tener alas.

—Eso también ayudaría.

Lalo abrió la boca para responder, pero en ese momento vio algo debajo de una piedra.

Algo que no era una hormiga.

Algo que tampoco era un escarabajo.



Era un trozo de pergamino.

Estaba viejo, arrugado y cubierto de pequeñas manchas de barro. Una esquina había sido mordisqueada por algún animal, y una línea de tinta roja atravesaba el centro como una cicatriz.

Lalo tiró de él con cuidado.

—Tito...

—¿Qué?

—Creo que he encontrado algo.

Tito se acercó.

Sus ojos se hicieron enormes.

—Eso es un mapa.

—¡Exactamente!

Lalo extendió el pergamino sobre una piedra.

El dibujo mostraba un sendero que atravesaba un bosque, cruzaba un río y subía hasta un cerro.

Al final había dibujado un cofre enorme.

Y debajo, con letras torcidas, podía leerse:

"DONDE DUERME EL GUARDIÁN, ENCONTRARÁS EL TESORO."

Tito tragó saliva.

—No me gusta esa frase.

—¿Cuál?

—La del guardián.

—A mí me gusta.

—Claro. Tú nunca piensas en las partes peligrosas.

—Sí pienso.

—¿Y?

Lalo señaló el mapa.

—Pienso que debemos ir.

Tito miró hacia los cerros.

Eran enormes y azuladas, con las cimas cubiertas de nubes blancas.

Luego miró el bosque.

Era oscuro incluso a plena luz del día.

Después volvió a mirar el mapa.

—Bueno...

—¿Sí?

—Supongo que un tesoro no va a encontrarse solo.

Lalo sonrió.

—¡Sabía que dirías eso!

—No dije que estuviera de acuerdo.

—Pero vienes conmigo.

—Eso sí.

Y asi comienza la aventura.


El bosque de los sonidos extraños

El sendero se internaba en un bosque espeso.

Los árboles eran tan altos que sus copas se juntaban arriba formando un techo de hojas verdes. Los rayos de sol se colaban entre las ramas en finas columnas doradas.

El aire olía a tierra húmeda, hojas y flores silvestres.

Todo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

CRAC.

Lalo se detuvo.

—¿Qué fue eso?

Tito levantó la cabeza.

—Una rama.

Siguieron caminando.

CRAC.

—¿Y eso?

—Otra rama.

Caminaron unos pasos más.

CRAAAAAAC.

Los dos se quedaron inmóviles.

Tito señaló lentamente hacia unos arbustos.

—Eso no fue una rama.

Las hojas comenzaron a moverse.

Primero un poco.

Luego mucho.

Algo se acercaba.

Lalo se escondió detrás de Tito.

—¿Por qué te escondes detrás de mí?

—Porque tú eres más grande.

—¡Solo soy un centímetro más grande!

De pronto...

¡FLOP!

Algo verde salió disparado del arbusto.

—¡¡AAAAAAAH!!

Lalo y Tito saltaron al mismo tiempo.

La criatura cayó sobre una hoja.

Era una rana.

Una rana bastante gorda.

La rana los observó con unos enormes ojos dorados.

—Croac.

Tito respiró profundamente.

—Casi me da un ataque.

La rana volvió a croar.

—Croac.

—Sí, sí. Muy graciosa.

La rana dio un salto y desapareció entre las hojas.

Lalo se acomodó las escamas.

—Creo que el bosque está lleno de monstruos.

—Era una rana.

—Un monstruo pequeño.

Continuaron caminando.

Y aunque ninguno quiso decirlo en voz alta, desde aquel momento caminaron un poquito más rápido.

 

El río de las mil vueltas

Después de varias horas, llegaron al río.

Era mucho más grande de lo que parecía en el mapa.

El agua corría con fuerza entre enormes piedras grises. La corriente formaba remolinos y pequeñas cascadas que brillaban bajo el sol.

Lalo observó la otra orilla.

—Tenemos que cruzar.

Tito miró el agua.

—Yo no cruzo eso.

—¿Por qué?

—Porque está mojado.

—Es un río.

—Exactamente.

Lalo suspiró.

—Podemos nadar.

Tito retrocedió.

—No.

—¿Nunca has nadado?

—Una vez.

—¿Y qué pasó?

—Me mojé.

—Eso es bastante normal cuando uno nada.

—Por eso no me gustó.

Lalo comenzó a buscar una solución.

Entonces vio unas hojas enormes flotando junto a la orilla.

—¡Ya sé!

Con ramas, hojas y largas enredaderas construyeron una pequeña balsa.

No era una balsa especialmente buena.

De hecho, parecía más bien una ensalada flotante.

Pero flotaba.

Más o menos.

Los dos subieron.

—¿Listo? —preguntó Lalo.

—No.

—Perfecto.

Empujó la balsa.

La corriente comenzó a arrastrarlos.

—¡Funciona! —gritó Lalo.

—¡Estamos avanzando! —respondió Tito.

La balsa giró.

—Estamos girando —dijo Tito.

Giró otra vez.

—Estamos girando más.

Otra vez.

—¡ESTAMOS GIRANDO DEMASIADO!

Lalo intentó remar con una rama.

—¡A la izquierda!

—¡¿Cuál izquierda?!

—¡Tu otra izquierda!

La balsa chocó contra una piedra.

¡PLACH!

Los dos lagartos cayeron al agua.

Cuando finalmente lograron salir, estaban cubiertos de algas.

Tito tenía una hoja pegada en la frente.

Lalo tenía dos.

Y algo pequeño se movió sobre la cabeza de Tito.

—No digas nada —dijo Tito.

Lalo lo miró.

—No iba a decir nada.

—Bien.

—Pero tienes una rana en la cabeza.

Tito abrió los ojos.

—¿QUÉ?

La rana saltó.

—¡Croac!

Tito salió corriendo.

—¡¡AAAAAH!!

Lalo se quedó doblado de la risa.

 

El cerro del guardián

Cuando el sol comenzó a bajar, llegaron al cerro.

La luz del atardecer teñía las rocas de naranja y rojo. Las sombras se alargaban por el suelo y el aire se había vuelto frío.

Al pie del cerro encontraron una enorme cueva.

La entrada era tan grande que Lalo y Tito parecían diminutos a su lado.

Sobre las piedras había marcas profundas.

Tres.

Luego cuatro.

Luego otras cinco.

Parecían arañazos.

Tito tragó saliva.

—Lalo...

—Sí.

—Creo que son garras.

Lalo observó las marcas.

—Probablemente.

—¿Probablemente?

—Bueno... sí.

—¿De qué?

Lalo levantó la vista.

—No lo sé.

En ese momento escucharon un sonido desde el interior.

GRRRRRRRRRRRR...

Una ráfaga de aire caliente salió de la cueva.

Tito se quedó blanco.

—Eso no era el viento.

—No.

GRRRRRRRRRRRR...

—¿Y si volvemos mañana?

—No.

—¿Pasado mañana?

—No.

—¿El año que viene?

Lalo dio un paso hacia la cueva.

—Vamos.

Tito suspiró.

—A veces odio que seas valiente.

Entraron.

Dentro hacía frío y olía a humo.

Las paredes estaban cubiertas de piedras brillantes que reflejaban la luz de sus escamas. Al fondo se escuchaba una respiración profunda.

Fuuuuuuuu...

Fuuuuuuuu...

Entonces lo vieron.

Un dragón.

Era enorme.

Mucho más enorme de lo que cualquier lagarto debería tener que soportar.

Tenía escamas rojas como brasas, dos cuernos negros curvados hacia atrás y unas alas gigantescas, dobladas a los lados de su cuerpo. Su cola descansaba sobre el suelo como un enorme tronco.

Dormía profundamente.

Cada vez que respiraba, una pequeña nube de humo salía de sus fosas nasales.

Tito se escondió detrás de una roca.

—No podemos pasar.

Lalo susurró:

—Tenemos que hacerlo.

—Es un dragón.

—Lo sé.

—Tiene dientes.

—Lo veo.

—Muchos dientes.

—Sí, Tito.

—Demasiados dientes.

Lalo sacó el mapa.

—El tesoro está detrás de él.

Tito miró el cofre que se veía al fondo de la cueva.

—Tal vez podamos cogerlo sin despertarlo.

Lalo dio un paso.

Luego otro.

Otro.

El suelo crujió.

CRAC.

Los dos se congelaron.

El dragón movió una pata.

Tito cerró los ojos.

Pero el dragón siguió durmiendo.

Lalo continuó avanzando.

Entonces Tito estornudó.

—¡Achís!

El sonido rebotó por toda la cueva.

El dragón abrió un ojo.

Tito abrió los suyos.

Lalo dejó de respirar.

El dragón levantó lentamente la cabeza.

—¿Quién está ahí? —gruñó.

Su voz hizo vibrar las piedras.

Lalo tembló un poquito.

Solo un poquito.

—Somos... buscadores de tesoros.

El dragón entrecerró los ojos.

—¿Buscadores de tesoros?

—Sí.

—¿Y qué buscáis?

Lalo señaló el cofre.

—Eso.

El dragón soltó una carcajada.

—¡JA, JA, JA!

Las paredes de la cueva temblaron.

Un puñado de polvo cayó del techo.

—¿Qué tiene de gracioso? —preguntó Tito.

El dragón señaló el cofre.

—Abridlo.

Lalo y Tito se acercaron.

El cofre era viejo y estaba cubierto de dibujos de flores, árboles y animales.

Lalo levantó la tapa.

Dentro no había monedas.

Ni joyas.

Ni coronas.

Ni siquiera una sola galleta.

Había cientos de pequeñas semillas doradas.

Tito tomó una entre sus patas.

—¿Esto es el tesoro?

—Sí —respondió el dragón.

—¿No hay oro?

—No.

—¿Joyas?

—No.

—¿Una galleta?

El dragón negó con la cabeza.

—Tampoco.

Tito suspiró.

—Qué decepción.

Lalo encontró una pequeña nota dentro del cofre.

La desenrolló.

—Aquí dice: "El verdadero tesoro es aquello que haces crecer".

Los dos guardaron silencio.

El dragón sonrió.

—Esas semillas pueden convertir un lugar vacío en un hogar para miles de criaturas.

Lalo miró las semillas.

Pensó en el prado.

En las abejas.

En las mariposas.

En las flores.

Y sonrió.

—Creo que tenemos nuestro tesoro.

Tito tomó un puñado.

—Está bien.

Luego miró al dragón.

—Pero si encontramos monedas en el camino de vuelta, son mías.

 

El tesoro que creció

Al día siguiente regresaron al valle.

El camino parecía diferente.

Quizá porque ahora llevaban un tesoro.

O quizá porque Tito había dejado de preocuparse por los monstruos.

Aunque seguía mirando los arbustos con desconfianza.

Cuando llegaron al prado, comenzaron a plantar las semillas.

Hicieron pequeños agujeros en la tierra.

Uno aquí.

Otro allá.

Y otro más junto al arroyo.

Después regaron las semillas.

Esperaron.

Nada.

Pasó un día.

Nada.

Pasaron dos.

Nada.

Al tercer día, Tito se cruzó de brazos.

—Te dije que eran semillas aburridas.

Entonces...

Plof.

Una diminuta hoja verde salió de la tierra.

—Lalo...

—¿Sí?

—Mira.

Otra hoja apareció.

Y otra.

Y otra.

Durante las siguientes semanas, las plantas crecieron.

Sus tallos se hicieron altos.

Sus hojas se abrieron.

Y finalmente aparecieron flores.

Flores azules.

Rojas.

Amarillas.

Moradas.

Blancas.

Flores pequeñas como botones y otras enormes como platos.

El prado se transformó por completo.

Las abejas regresaron.

Las mariposas revolotearon entre las flores.

Los pájaros construyeron nidos en los árboles jóvenes.

Incluso la rana volvió.

—Croac.

Tito la miró.

—Tú otra vez.

La rana saltó sobre su cabeza.

—¡Achís!

Lalo se echó a reír.

Desde el cerro, muy lejos, el dragón observaba el valle.

Y sonreía.

Porque el tesoro que había protegido durante tantos años ya no estaba escondido en una cueva.

Ahora estaba creciendo bajo el sol.

Y Lalo y Tito comprendieron algo importante:

Un tesoro no siempre es algo que puedes guardar en un cofre.

A veces es algo que compartes.

Algo que cuidas.

Algo que haces crecer.

Aunque, por supuesto, Tito seguía pensando que un cofre lleno de monedas habría sido bastante estupendo.

—La próxima aventura —dijo una tarde— será para encontrar oro.

Lalo levantó una ceja.

—¿Y si encontramos otro dragón?

Tito se quedó pensando.

—Entonces...

—¿Sí?

—Le preguntamos dónde guarda las galletas.

Y los dos lagartos se echaron a reír mientras el viento movía suavemente las flores del prado.

Fuuuuuuuu...

Como si el valle entero también estuviera riendo con ellos.

 

Plan de trabajo en el aula: «Lalo, Tito y el tesoro que no era de oro»

 

1. Fundamentación

El cuento «Lalo, Tito y el tesoro que no era de oro» ofrece una oportunidad para acercar a los niños y las niñas al mundo de los lagartos a través de una historia de aventura, amistad, curiosidad y cuidado de la naturaleza.

La propuesta se plantea en el marco del Día Mundial del Lagarto, utilizando la celebración como punto de partida para conocer mejor a estos animales, descubrir algunas de sus características y reflexionar sobre la importancia de proteger los espacios naturales donde viven.

A través del cuento, los lagartos dejan de ser únicamente animales que observamos en la naturaleza y se convierten en protagonistas de una historia que permite despertar la curiosidad, la empatía y el respeto por los seres vivos.

La actividad combina literatura, conversación, expresión artística, exploración del entorno y educación ambiental.

 

2. Objetivos

 

Objetivo general

Acercar a los niños y las niñas al conocimiento y respeto de los lagartos y de su hábitat mediante la lectura y el trabajo creativo a partir del cuento.

 

Objetivos específicos

Disfrutar de la escucha y lectura de un cuento.

Comprender la secuencia de acontecimientos de la historia.

Identificar a los personajes principales y sus características.

Expresar opiniones, emociones e ideas relacionadas con el cuento.

Conocer algunas características básicas de los lagartos.

Comprender que los animales forman parte de los ecosistemas.

Reflexionar sobre la importancia de cuidar la naturaleza.

Desarrollar la imaginación mediante actividades artísticas y narrativas.

Favorecer el trabajo cooperativo.

Valorar la amistad, la valentía, la colaboración y el cuidado de los demás.

Conocer el Día Mundial del Lagarto como una oportunidad para aprender y sensibilizar sobre estos animales.

 

3. Áreas que se pueden trabajar

Lenguaje y comunicación

Escucha activa del cuento.

Comprensión oral.

Descripción de personajes y escenarios.

Ampliación del vocabulario.

Diálogos y dramatización.

Creación de finales alternativos.

Narración de acontecimientos.

Conocimiento del medio y educación ambiental

¿Qué es un lagarto?

Partes del cuerpo: cabeza, ojos, patas, cola y escamas.

Alimentación.

Desplazamiento.

Hábitat.

Diferencias entre lagartos y otros animales.

Importancia de los reptiles en los ecosistemas.

Cuidado y protección de la naturaleza.

Expresión artística

Dibujo de los personajes.

Creación de máscaras o títeres.

Elaboración de un mural colectivo.

Creación de un paisaje para Lalo y Tito.

Diseño de una nueva portada para el cuento.

Educación emocional y valores

Amistad.

Cooperación.

Valentía.

Resolución de problemas.

Respeto por los animales.

Cuidado del entorno.

4. Secuencia de actividades

Actividad 4.1. ¿Quién esconde la cola?

Antes de leer el cuento, el docente puede mostrar únicamente una imagen o silueta de una cola de lagarto.

 

Se pregunta al grupo:

—¿De qué animal creen que puede ser esta cola?

—¿Dónde podría vivir?

—¿Cómo creen que se mueve?

—¿Será grande o pequeño?

—¿Tendrá pelo, plumas o escamas?

A partir de las respuestas se presenta el tema del Día Mundial del Lagarto y se explica que será una oportunidad para conocer mejor a estos animales.

 

Actividad 4.2. Conocemos a Lalo y Tito

Se presenta la portada y los personajes principales.

Los niños observan sus características y realizan una descripción colectiva.

 

Se puede elaborar en la pizarra una tabla sencilla:

 

Lalo

Verde.

Curioso.

Aventurero.

Valiente.

 

Tito

Marrón rojizo.

Prudente.

Divertido.

Algo miedoso.

 

Después se pregunta:

—¿En qué se parecen?

—¿En qué son diferentes?

—¿Cuál de los dos se parece más a nosotros?

 

Actividad 4.3. Lectura del cuento

El docente realiza una lectura expresiva de «Lalo, Tito y el tesoro que no era de oro».

Se recomienda hacer pausas durante la narración para permitir que los niños anticipen lo que sucederá.

 

Por ejemplo:

«Los dos lagartos llegaron frente a una enorme cueva. Desde el interior se escuchó...»

 

El docente puede detenerse y preguntar:

—¿Qué creen que hay dentro?

—¿Quién será el guardián?

—¿Qué creen que encontrarán?

De esta manera se trabaja la comprensión y la capacidad de anticipación.

 

5. El mapa de la aventura

Después de la lectura, los niños reconstruyen el recorrido de Lalo y Tito.

En un mural grande dibujan:

El prado → El bosque → El río → El cerro → La cueva → El tesoro

Los alumnos pueden incorporar dibujos, huellas, hojas, piedras de papel y otros elementos.

Esta actividad permite trabajar la secuencia temporal y espacial de la historia.

 

6. Investigamos sobre los lagartos

A partir del cuento se inicia una pequeña investigación.

El docente puede presentar imágenes de diferentes especies de lagartos y conversar con los niños sobre sus características.

 

Preguntas orientadoras:

¿Todos los lagartos son iguales?

¿Qué tienen cubriendo su cuerpo?

¿Para qué les sirve la cola?

¿Cómo se desplazan?

¿Dónde pueden vivir?

¿Qué comen?

¿Todos tienen el mismo tamaño y color?

Es importante explicar que existen numerosas especies de lagartos y que sus características pueden ser muy diferentes.

La actividad puede culminar con un mural titulado:

 

«Todo lo que sabemos sobre los lagartos»

 

7. El verdadero tesoro

Esta es una de las actividades centrales del proyecto.

Se recuerda el momento en que Lalo y Tito descubren que el tesoro no está formado por monedas ni joyas, sino por semillas.

 

Se pregunta:

—¿Por qué creen que las semillas son un tesoro?

—¿Qué puede crecer de una semilla?

—¿Qué necesitan las plantas para crecer?

—¿Qué animales pueden vivir entre las plantas?

Se introduce así la idea de que la naturaleza es un verdadero tesoro que debemos cuidar.

Los niños pueden plantar una semilla en un pequeño recipiente y observar su crecimiento durante las semanas siguientes.

Cada niño puede colocar una etiqueta con el nombre de su planta.

 

8. Construimos el hábitat de Lalo y Tito

En pequeños grupos se construye una maqueta o mural del hábitat de los protagonistas.

 

Puede incluir:

Rocas.

Tierra.

Plantas.

Flores.

Árboles.

Agua.

Insectos.

Otros animales.

Un lugar donde puedan refugiarse los lagartos.

 

Durante la actividad se conversa sobre una cuestión fundamental:

¿Qué ocurriría si desaparecieran las plantas, el agua o los refugios naturales?

Así se introduce, de forma sencilla, el concepto de ecosistema y la importancia de conservar los hábitats.

 

9. Teatro de lagartos

 

Los niños representan diferentes escenas del cuento.

Algunos pueden interpretar a Lalo y Tito, mientras otros representan:

La rana.

El dragón.

Los animales del bosque.

Las flores.

El río.

El viento.

 

Los propios niños pueden crear pequeñas frases para sus personajes.

 

Por ejemplo:

—¡Tenemos que encontrar el tesoro!

—¡Yo no quiero cruzar ese río!

—¡Cuidado! ¡Hay un dragón!

—¡El tesoro no era de oro!

La dramatización permite trabajar expresión oral, corporal y emocional.

 

10. Creamos nuestra propia aventura

Como actividad de producción creativa, cada niño puede inventar una nueva aventura para Lalo y Tito.

Se pueden ofrecer diferentes tarjetas:

 

Lugar

Una cueva.

Una isla.

Un bosque.

Un cerro.

 

Problema

Se perdió el mapa.

Un animal necesita ayuda.

Comenzó una tormenta.

Desaparecieron las semillas.

 

Personaje

Una tortuga.

Una rana.

Un pájaro.

Un pequeño dragón.

Los niños combinan las tarjetas y crean una nueva aventura.

 

11. Celebración del Día Mundial del Lagarto

Para cerrar el proyecto se puede organizar una pequeña jornada especial en el aula.

 

«La fiesta de Lalo y Tito»

 

Los niños pueden:

Exponer sus dibujos.

Mostrar la maqueta del hábitat.

Presentar las plantas que sembraron.

Representar una escena del cuento.

Leer sus nuevas aventuras.

Exhibir el mural sobre los lagartos.

Como actividad final pueden elaborar un pequeño compromiso colectivo:

 

«Nuestro compromiso con los lagartos»

 

Por ejemplo:

Nos comprometemos a:

Respetar a los animales.

No molestarlos ni perseguirlos.

Cuidar las plantas.

Mantener limpios los espacios naturales.

Proteger los lugares donde viven los animales.

Observar la naturaleza con respeto.

 

12. Producto final

Como cierre del proyecto se puede crear un gran mural colectivo titulado:

«El tesoro de Lalo y Tito: nuestro planeta»

En el centro se colocan Lalo y Tito y, alrededor, los niños incorporan:

El bosque.

El río.

El cerro.

El dragón.

Las flores.

Las semillas.

Diferentes lagartos.

Mensajes de cuidado de la naturaleza.

El mural puede quedar expuesto en el aula o en un espacio común del centro educativo para compartir el trabajo con las familias.

 

13. Evaluación

La evaluación será principalmente mediante observación.

Se tendrá en cuenta si el niño o la niña:

Participa en las conversaciones.

Comprende la historia.

Identifica a los personajes.

Puede ordenar los principales acontecimientos.

Reconoce algunas características de los lagartos.

Comprende la importancia de cuidar su hábitat.

Participa en actividades grupales.

Expresa ideas y emociones.

Utiliza vocabulario relacionado con el cuento y la naturaleza.

Manifiesta actitudes de respeto hacia los animales y el entorno.

 

14. Cierre

El cuento permite convertir el Día Mundial del Lagarto en una experiencia significativa para los niños. La aventura de Lalo y Tito no solo los acerca al conocimiento de estos reptiles, sino que transmite una idea fundamental: la naturaleza es un tesoro que todos podemos ayudar a proteger.

De esta manera, la literatura se convierte en una puerta de entrada al conocimiento, la imaginación, la educación ambiental y los valores.

Y, al igual que descubren Lalo y Tito, los niños pueden comprender que el mejor tesoro no siempre es algo que podemos guardar en un cofre; a veces es aquello que cuidamos, compartimos y hacemos crecer.


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