(Cuento)
En un rincón perdido de un
valle verde y soleado, donde los cerros parecían gigantes dormidos y las nubes
viajaban despacio por el cielo, vivían dos lagartos llamados Lalo y Tito.
El valle era un lugar
extraordinario.
Por las mañanas, el sol
pintaba las piedras de color dorado. La hierba estaba cubierta de diminutas
gotas de rocío que brillaban como diamantes, y entre los arbustos zumbaban
abejas gorditas y perezosas. Cerca de allí corría un pequeño arroyo de agua
transparente que hacía plin, plin, plin al saltar entre las piedras.
Lalo vivía debajo de una roca
grande y plana.
Era un lagarto verde
brillante, con manchas amarillas en el lomo, patas pequeñas y una cola
larguísima que se movía de un lado a otro incluso cuando él estaba
completamente quieto. Tenía unos ojos grandes y redondos que siempre parecían
estar buscando algo interesante.
Y Lalo siempre estaba buscando
algo interesante.
Tito, en cambio, era más
pequeño y robusto. Tenía escamas marrón rojizas y una barriga de color crema.
Era bastante prudente, aunque él prefería decir que era "extremadamente
inteligente y cuidadoso".
Tenía, además, una pequeña
peculiaridad.
Cuando se ponía nervioso...
—¡Achís!
...estornudaba.
—¡Achís!
Mucho.
Aquella mañana, los dos amigos
recorrían el prado buscando algo para desayunar.
—¡Mira! —dijo Lalo, señalando
una piedra.
Tito se acercó.
—¿Qué es?
—Una hormiga.
—Eso es una hormiga.
—Exactamente.
Lalo se lanzó hacia ella.
Pero la hormiga fue más
rápida.
Corrió entre unas briznas de
hierba y desapareció.
—¡Se escapó!
Tito sonrió.
—Quizá deberías correr más
rápido.
—Quizá debería tener alas.
—Eso también ayudaría.
Lalo abrió la boca para
responder, pero en ese momento vio algo debajo de una piedra.
Algo que no era una hormiga.
Algo que tampoco era un
escarabajo.
Era un trozo de pergamino.
Estaba viejo, arrugado y
cubierto de pequeñas manchas de barro. Una esquina había sido mordisqueada por
algún animal, y una línea de tinta roja atravesaba el centro como una cicatriz.
Lalo tiró de él con cuidado.
—Tito...
—¿Qué?
—Creo que he encontrado algo.
Tito se acercó.
Sus ojos se hicieron enormes.
—Eso es un mapa.
—¡Exactamente!
Lalo extendió el pergamino
sobre una piedra.
El dibujo mostraba un sendero
que atravesaba un bosque, cruzaba un río y subía hasta un cerro.
Al final había dibujado un
cofre enorme.
Y debajo, con letras torcidas,
podía leerse:
"DONDE DUERME EL
GUARDIÁN, ENCONTRARÁS EL TESORO."
Tito tragó saliva.
—No me gusta esa frase.
—¿Cuál?
—La del guardián.
—A mí me gusta.
—Claro. Tú nunca piensas en
las partes peligrosas.
—Sí pienso.
—¿Y?
Lalo señaló el mapa.
—Pienso que debemos ir.
Tito miró hacia los cerros.
Eran enormes y azuladas, con
las cimas cubiertas de nubes blancas.
Luego miró el bosque.
Era oscuro incluso a plena luz
del día.
Después volvió a mirar el
mapa.
—Bueno...
—¿Sí?
—Supongo que un tesoro no va a
encontrarse solo.
Lalo sonrió.
—¡Sabía que dirías eso!
—No dije que estuviera de
acuerdo.
—Pero vienes conmigo.
—Eso sí.
Y asi comienza la aventura.
El
bosque de los sonidos extraños
El sendero se internaba en un
bosque espeso.
Los árboles eran tan altos que
sus copas se juntaban arriba formando un techo de hojas verdes. Los rayos de
sol se colaban entre las ramas en finas columnas doradas.
El aire olía a tierra húmeda,
hojas y flores silvestres.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
CRAC.
Lalo se detuvo.
—¿Qué fue eso?
Tito levantó la cabeza.
—Una rama.
Siguieron caminando.
CRAC.
—¿Y eso?
—Otra rama.
Caminaron unos pasos más.
CRAAAAAAC.
Los dos se quedaron inmóviles.
Tito señaló lentamente hacia
unos arbustos.
—Eso no fue una rama.
Las hojas comenzaron a
moverse.
Primero un poco.
Luego mucho.
Algo se acercaba.
Lalo se escondió detrás de
Tito.
—¿Por qué te escondes detrás
de mí?
—Porque tú eres más grande.
—¡Solo soy un centímetro más
grande!
De pronto...
¡FLOP!
Algo verde salió disparado del
arbusto.
—¡¡AAAAAAAH!!
Lalo y Tito saltaron al mismo
tiempo.
La criatura cayó sobre una
hoja.
Era una rana.
Una rana bastante gorda.
La rana los observó con unos
enormes ojos dorados.
—Croac.
Tito respiró profundamente.
—Casi me da un ataque.
La rana volvió a croar.
—Croac.
—Sí, sí. Muy graciosa.
La rana dio un salto y
desapareció entre las hojas.
Lalo se acomodó las escamas.
—Creo que el bosque está lleno
de monstruos.
—Era una rana.
—Un monstruo pequeño.
Continuaron caminando.
Y aunque ninguno quiso decirlo
en voz alta, desde aquel momento caminaron un poquito más rápido.
El río de las mil vueltas
Después de varias horas,
llegaron al río.
Era mucho más grande de lo que
parecía en el mapa.
El agua corría con fuerza
entre enormes piedras grises. La corriente formaba remolinos y pequeñas cascadas
que brillaban bajo el sol.
Lalo observó la otra orilla.
—Tenemos que cruzar.
Tito miró el agua.
—Yo no cruzo eso.
—¿Por qué?
—Porque está mojado.
—Es un río.
—Exactamente.
Lalo suspiró.
—Podemos nadar.
Tito retrocedió.
—No.
—¿Nunca has nadado?
—Una vez.
—¿Y qué pasó?
—Me mojé.
—Eso es bastante normal cuando
uno nada.
—Por eso no me gustó.
Lalo comenzó a buscar una
solución.
Entonces vio unas hojas
enormes flotando junto a la orilla.
—¡Ya sé!
Con ramas, hojas y largas
enredaderas construyeron una pequeña balsa.
No era una balsa especialmente
buena.
De hecho, parecía más bien una
ensalada flotante.
Pero flotaba.
Más o menos.
Los dos subieron.
—¿Listo? —preguntó Lalo.
—No.
—Perfecto.
Empujó la balsa.
La corriente comenzó a
arrastrarlos.
—¡Funciona! —gritó Lalo.
—¡Estamos avanzando!
—respondió Tito.
La balsa giró.
—Estamos girando —dijo Tito.
Giró otra vez.
—Estamos girando más.
Otra vez.
—¡ESTAMOS GIRANDO DEMASIADO!
Lalo intentó remar con una
rama.
—¡A la izquierda!
—¡¿Cuál izquierda?!
—¡Tu otra izquierda!
La balsa chocó contra una
piedra.
¡PLACH!
Los dos lagartos cayeron al
agua.
Cuando finalmente lograron
salir, estaban cubiertos de algas.
Tito tenía una hoja pegada en
la frente.
Lalo tenía dos.
Y algo pequeño se movió sobre
la cabeza de Tito.
—No digas nada —dijo Tito.
Lalo lo miró.
—No iba a decir nada.
—Bien.
—Pero tienes una rana en la
cabeza.
Tito abrió los ojos.
—¿QUÉ?
La rana saltó.
—¡Croac!
Tito salió corriendo.
—¡¡AAAAAH!!
Lalo se quedó doblado de la
risa.
El cerro del guardián
Cuando el sol comenzó a bajar,
llegaron al cerro.
La luz del atardecer teñía las
rocas de naranja y rojo. Las sombras se alargaban por el suelo y el aire se
había vuelto frío.
Al pie del cerro encontraron
una enorme cueva.
La entrada era tan grande que
Lalo y Tito parecían diminutos a su lado.
Sobre las piedras había marcas
profundas.
Tres.
Luego cuatro.
Luego otras cinco.
Parecían arañazos.
Tito tragó saliva.
—Lalo...
—Sí.
—Creo que son garras.
Lalo observó las marcas.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—Bueno... sí.
—¿De qué?
Lalo levantó la vista.
—No lo sé.
En ese momento escucharon un
sonido desde el interior.
GRRRRRRRRRRRR...
Una ráfaga de aire caliente
salió de la cueva.
Tito se quedó blanco.
—Eso no era el viento.
—No.
GRRRRRRRRRRRR...
—¿Y si volvemos mañana?
—No.
—¿Pasado mañana?
—No.
—¿El año que viene?
Lalo dio un paso hacia la
cueva.
—Vamos.
Tito suspiró.
—A veces odio que seas
valiente.
Entraron.
Dentro hacía frío y olía a
humo.
Las paredes estaban cubiertas
de piedras brillantes que reflejaban la luz de sus escamas. Al fondo se
escuchaba una respiración profunda.
Fuuuuuuuu...
Fuuuuuuuu...
Entonces lo vieron.
Un dragón.
Era enorme.
Mucho más enorme de lo que
cualquier lagarto debería tener que soportar.
Tenía escamas rojas como
brasas, dos cuernos negros curvados hacia atrás y unas alas gigantescas,
dobladas a los lados de su cuerpo. Su cola descansaba sobre el suelo como un
enorme tronco.
Dormía profundamente.
Cada vez que respiraba, una
pequeña nube de humo salía de sus fosas nasales.
Tito se escondió detrás de una
roca.
—No podemos pasar.
Lalo susurró:
—Tenemos que hacerlo.
—Es un dragón.
—Lo sé.
—Tiene dientes.
—Lo veo.
—Muchos dientes.
—Sí, Tito.
—Demasiados dientes.
Lalo sacó el mapa.
—El tesoro está detrás de él.
Tito miró el cofre que se veía
al fondo de la cueva.
—Tal vez podamos cogerlo sin
despertarlo.
Lalo dio un paso.
Luego otro.
Otro.
El suelo crujió.
CRAC.
Los dos se congelaron.
El dragón movió una pata.
Tito cerró los ojos.
Pero el dragón siguió
durmiendo.
Lalo continuó avanzando.
Entonces Tito estornudó.
—¡Achís!
El sonido rebotó por toda la
cueva.
El dragón abrió un ojo.
Tito abrió los suyos.
Lalo dejó de respirar.
El dragón levantó lentamente
la cabeza.
—¿Quién está ahí? —gruñó.
Su voz hizo vibrar las
piedras.
Lalo tembló un poquito.
Solo un poquito.
—Somos... buscadores de
tesoros.
El dragón entrecerró los ojos.
—¿Buscadores de tesoros?
—Sí.
—¿Y qué buscáis?
Lalo señaló el cofre.
—Eso.
El dragón soltó una carcajada.
—¡JA, JA, JA!
Las paredes de la cueva
temblaron.
Un puñado de polvo cayó del
techo.
—¿Qué tiene de gracioso?
—preguntó Tito.
El dragón señaló el cofre.
—Abridlo.
Lalo y Tito se acercaron.
El cofre era viejo y estaba
cubierto de dibujos de flores, árboles y animales.
Lalo levantó la tapa.
Dentro no había monedas.
Ni joyas.
Ni coronas.
Ni siquiera una sola galleta.
Había cientos de pequeñas
semillas doradas.
Tito tomó una entre sus patas.
—¿Esto es el tesoro?
—Sí —respondió el dragón.
—¿No hay oro?
—No.
—¿Joyas?
—No.
—¿Una galleta?
El dragón negó con la cabeza.
—Tampoco.
Tito suspiró.
—Qué decepción.
Lalo encontró una pequeña nota
dentro del cofre.
La desenrolló.
—Aquí dice: "El verdadero
tesoro es aquello que haces crecer".
Los dos guardaron silencio.
El dragón sonrió.
—Esas semillas pueden
convertir un lugar vacío en un hogar para miles de criaturas.
Lalo miró las semillas.
Pensó en el prado.
En las abejas.
En las mariposas.
En las flores.
Y sonrió.
—Creo que tenemos nuestro
tesoro.
Tito tomó un puñado.
—Está bien.
Luego miró al dragón.
—Pero si encontramos monedas
en el camino de vuelta, son mías.
El tesoro que creció
Al día siguiente regresaron al
valle.
El camino parecía diferente.
Quizá porque ahora llevaban un
tesoro.
O quizá porque Tito había
dejado de preocuparse por los monstruos.
Aunque seguía mirando los arbustos
con desconfianza.
Cuando llegaron al prado,
comenzaron a plantar las semillas.
Hicieron pequeños agujeros en
la tierra.
Uno aquí.
Otro allá.
Y otro más junto al arroyo.
Después regaron las semillas.
Esperaron.
Nada.
Pasó un día.
Nada.
Pasaron dos.
Nada.
Al tercer día, Tito se cruzó
de brazos.
—Te dije que eran semillas
aburridas.
Entonces...
Plof.
Una diminuta hoja verde salió
de la tierra.
—Lalo...
—¿Sí?
—Mira.
Otra hoja apareció.
Y otra.
Y otra.
Durante las siguientes
semanas, las plantas crecieron.
Sus tallos se hicieron altos.
Sus hojas se abrieron.
Y finalmente aparecieron
flores.
Flores azules.
Rojas.
Amarillas.
Moradas.
Blancas.
Flores pequeñas como botones y
otras enormes como platos.
El prado se transformó por
completo.
Las abejas regresaron.
Las mariposas revolotearon
entre las flores.
Los pájaros construyeron nidos
en los árboles jóvenes.
Incluso la rana volvió.
—Croac.
Tito la miró.
—Tú otra vez.
La rana saltó sobre su cabeza.
—¡Achís!
Lalo se echó a reír.
Desde el cerro, muy lejos, el
dragón observaba el valle.
Y sonreía.
Porque el tesoro que había
protegido durante tantos años ya no estaba escondido en una cueva.
Ahora estaba creciendo bajo el
sol.
Y Lalo y Tito comprendieron
algo importante:
Un tesoro no siempre es algo
que puedes guardar en un cofre.
A veces es algo que compartes.
Algo que cuidas.
Algo que haces crecer.
Aunque, por supuesto, Tito
seguía pensando que un cofre lleno de monedas habría sido bastante estupendo.
—La próxima aventura —dijo una
tarde— será para encontrar oro.
Lalo levantó una ceja.
—¿Y si encontramos otro
dragón?
Tito se quedó pensando.
—Entonces...
—¿Sí?
—Le preguntamos dónde guarda
las galletas.
Y los dos lagartos se echaron
a reír mientras el viento movía suavemente las flores del prado.
Fuuuuuuuu...
Como si el valle entero
también estuviera riendo con ellos.
Plan de trabajo en el aula: «Lalo, Tito y el tesoro
que no era de oro»
1. Fundamentación
El cuento «Lalo, Tito y el
tesoro que no era de oro» ofrece una oportunidad para acercar a los niños y las
niñas al mundo de los lagartos a través de una historia de aventura, amistad,
curiosidad y cuidado de la naturaleza.
La propuesta se plantea en el
marco del Día Mundial del Lagarto, utilizando la celebración como punto de
partida para conocer mejor a estos animales, descubrir algunas de sus
características y reflexionar sobre la importancia de proteger los espacios
naturales donde viven.
A través del cuento, los
lagartos dejan de ser únicamente animales que observamos en la naturaleza y se
convierten en protagonistas de una historia que permite despertar la
curiosidad, la empatía y el respeto por los seres vivos.
La actividad combina
literatura, conversación, expresión artística, exploración del entorno y
educación ambiental.
2. Objetivos
Objetivo general
Acercar a los niños y las
niñas al conocimiento y respeto de los lagartos y de su hábitat mediante la
lectura y el trabajo creativo a partir del cuento.
Objetivos específicos
Disfrutar de la escucha y
lectura de un cuento.
Comprender la secuencia de
acontecimientos de la historia.
Identificar a los personajes
principales y sus características.
Expresar opiniones, emociones
e ideas relacionadas con el cuento.
Conocer algunas
características básicas de los lagartos.
Comprender que los animales
forman parte de los ecosistemas.
Reflexionar sobre la
importancia de cuidar la naturaleza.
Desarrollar la imaginación
mediante actividades artísticas y narrativas.
Favorecer el trabajo
cooperativo.
Valorar la amistad, la
valentía, la colaboración y el cuidado de los demás.
Conocer el Día Mundial del
Lagarto como una oportunidad para aprender y sensibilizar sobre estos animales.
3. Áreas que se pueden
trabajar
Lenguaje y comunicación
Escucha activa del cuento.
Comprensión oral.
Descripción de personajes y
escenarios.
Ampliación del vocabulario.
Diálogos y dramatización.
Creación de finales
alternativos.
Narración de acontecimientos.
Conocimiento del medio y
educación ambiental
¿Qué es un lagarto?
Partes del cuerpo: cabeza,
ojos, patas, cola y escamas.
Alimentación.
Desplazamiento.
Hábitat.
Diferencias entre lagartos y
otros animales.
Importancia de los reptiles en
los ecosistemas.
Cuidado y protección de la
naturaleza.
Expresión artística
Dibujo de los personajes.
Creación de máscaras o
títeres.
Elaboración de un mural
colectivo.
Creación de un paisaje para
Lalo y Tito.
Diseño de una nueva portada
para el cuento.
Educación emocional y valores
Amistad.
Cooperación.
Valentía.
Resolución de problemas.
Respeto por los animales.
Cuidado del entorno.
4. Secuencia de actividades
Actividad 4.1. ¿Quién esconde
la cola?
Antes de leer el cuento, el
docente puede mostrar únicamente una imagen o silueta de una cola de lagarto.
Se pregunta al grupo:
—¿De qué animal creen que puede
ser esta cola?
—¿Dónde podría vivir?
—¿Cómo creen que se mueve?
—¿Será grande o pequeño?
—¿Tendrá pelo, plumas o
escamas?
A partir de las respuestas se
presenta el tema del Día Mundial del Lagarto y se explica que será una
oportunidad para conocer mejor a estos animales.
Actividad 4.2. Conocemos a
Lalo y Tito
Se presenta la portada y los
personajes principales.
Los niños observan sus
características y realizan una descripción colectiva.
Se puede elaborar en la
pizarra una tabla sencilla:
Lalo
Verde.
Curioso.
Aventurero.
Valiente.
Tito
Marrón rojizo.
Prudente.
Divertido.
Algo miedoso.
Después se pregunta:
—¿En qué se parecen?
—¿En qué son diferentes?
—¿Cuál de los dos se parece
más a nosotros?
Actividad 4.3. Lectura del
cuento
El docente realiza una lectura
expresiva de «Lalo, Tito y el tesoro que no era de oro».
Se recomienda hacer pausas
durante la narración para permitir que los niños anticipen lo que sucederá.
Por ejemplo:
«Los dos lagartos llegaron
frente a una enorme cueva. Desde el interior se escuchó...»
El docente puede detenerse y
preguntar:
—¿Qué creen que hay dentro?
—¿Quién será el guardián?
—¿Qué creen que encontrarán?
De esta manera se trabaja la
comprensión y la capacidad de anticipación.
5. El mapa de la aventura
Después de la lectura, los
niños reconstruyen el recorrido de Lalo y Tito.
En un mural grande dibujan:
El prado → El bosque → El río
→ El cerro → La cueva → El tesoro
Los alumnos pueden incorporar
dibujos, huellas, hojas, piedras de papel y otros elementos.
Esta actividad permite
trabajar la secuencia temporal y espacial de la historia.
6. Investigamos sobre los
lagartos
A partir del cuento se inicia
una pequeña investigación.
El docente puede presentar
imágenes de diferentes especies de lagartos y conversar con los niños sobre sus
características.
Preguntas orientadoras:
¿Todos los lagartos son
iguales?
¿Qué tienen cubriendo su
cuerpo?
¿Para qué les sirve la cola?
¿Cómo se desplazan?
¿Dónde pueden vivir?
¿Qué comen?
¿Todos tienen el mismo tamaño
y color?
Es importante explicar que
existen numerosas especies de lagartos y que sus características pueden ser muy
diferentes.
La actividad puede culminar
con un mural titulado:
«Todo lo que sabemos sobre los
lagartos»
7. El verdadero tesoro
Esta es una de las actividades
centrales del proyecto.
Se recuerda el momento en que
Lalo y Tito descubren que el tesoro no está formado por monedas ni joyas, sino
por semillas.
Se pregunta:
—¿Por qué creen que las
semillas son un tesoro?
—¿Qué puede crecer de una
semilla?
—¿Qué necesitan las plantas
para crecer?
—¿Qué animales pueden vivir
entre las plantas?
Se introduce así la idea de
que la naturaleza es un verdadero tesoro que debemos cuidar.
Los niños pueden plantar una
semilla en un pequeño recipiente y observar su crecimiento durante las semanas
siguientes.
Cada niño puede colocar una
etiqueta con el nombre de su planta.
8. Construimos el hábitat de
Lalo y Tito
En pequeños grupos se
construye una maqueta o mural del hábitat de los protagonistas.
Puede incluir:
Rocas.
Tierra.
Plantas.
Flores.
Árboles.
Agua.
Insectos.
Otros animales.
Un lugar donde puedan
refugiarse los lagartos.
Durante la actividad se
conversa sobre una cuestión fundamental:
¿Qué ocurriría si
desaparecieran las plantas, el agua o los refugios naturales?
Así se introduce, de forma
sencilla, el concepto de ecosistema y la importancia de conservar los hábitats.
9. Teatro de lagartos
Los niños representan
diferentes escenas del cuento.
Algunos pueden interpretar a
Lalo y Tito, mientras otros representan:
La rana.
El dragón.
Los animales del bosque.
Las flores.
El río.
El viento.
Los propios niños pueden crear
pequeñas frases para sus personajes.
Por ejemplo:
—¡Tenemos que encontrar el
tesoro!
—¡Yo no quiero cruzar ese río!
—¡Cuidado! ¡Hay un dragón!
—¡El tesoro no era de oro!
La dramatización permite
trabajar expresión oral, corporal y emocional.
10. Creamos nuestra propia
aventura
Como actividad de producción
creativa, cada niño puede inventar una nueva aventura para Lalo y Tito.
Se pueden ofrecer diferentes
tarjetas:
Lugar
Una cueva.
Una isla.
Un bosque.
Un cerro.
Problema
Se perdió el mapa.
Un animal necesita ayuda.
Comenzó una tormenta.
Desaparecieron las semillas.
Personaje
Una tortuga.
Una rana.
Un pájaro.
Un pequeño dragón.
Los niños combinan las
tarjetas y crean una nueva aventura.
11. Celebración del Día
Mundial del Lagarto
Para cerrar el proyecto se
puede organizar una pequeña jornada especial en el aula.
«La fiesta de Lalo y Tito»
Los niños pueden:
Exponer sus dibujos.
Mostrar la maqueta del
hábitat.
Presentar las plantas que
sembraron.
Representar una escena del
cuento.
Leer sus nuevas aventuras.
Exhibir el mural sobre los
lagartos.
Como actividad final pueden
elaborar un pequeño compromiso colectivo:
«Nuestro compromiso con los
lagartos»
Por ejemplo:
Nos comprometemos a:
Respetar a los animales.
No molestarlos ni
perseguirlos.
Cuidar las plantas.
Mantener limpios los espacios
naturales.
Proteger los lugares donde
viven los animales.
Observar la naturaleza con
respeto.
12. Producto final
Como cierre del proyecto se
puede crear un gran mural colectivo titulado:
«El tesoro de Lalo y Tito:
nuestro planeta»
En el centro se colocan Lalo y
Tito y, alrededor, los niños incorporan:
El bosque.
El río.
El cerro.
El dragón.
Las flores.
Las semillas.
Diferentes lagartos.
Mensajes de cuidado de la
naturaleza.
El mural puede quedar expuesto
en el aula o en un espacio común del centro educativo para compartir el trabajo
con las familias.
13. Evaluación
La evaluación será
principalmente mediante observación.
Se tendrá en cuenta si el niño
o la niña:
Participa en las
conversaciones.
Comprende la historia.
Identifica a los personajes.
Puede ordenar los principales
acontecimientos.
Reconoce algunas
características de los lagartos.
Comprende la importancia de
cuidar su hábitat.
Participa en actividades
grupales.
Expresa ideas y emociones.
Utiliza vocabulario
relacionado con el cuento y la naturaleza.
Manifiesta actitudes de
respeto hacia los animales y el entorno.
14. Cierre
El cuento permite convertir el
Día Mundial del Lagarto en una experiencia significativa para los niños. La
aventura de Lalo y Tito no solo los acerca al conocimiento de estos reptiles,
sino que transmite una idea fundamental: la naturaleza es un tesoro que todos
podemos ayudar a proteger.
De esta manera, la literatura
se convierte en una puerta de entrada al conocimiento, la imaginación, la
educación ambiental y los valores.
Y, al igual que descubren Lalo
y Tito, los niños pueden comprender que el mejor tesoro no siempre es algo que
podemos guardar en un cofre; a veces es aquello que cuidamos, compartimos y
hacemos crecer.