Blog de Arinda

OBJETIVO :En este Blog vas a encontrar mis producciones en pintura y escultura. Además, material recopilado a través de mi trabajo como maestra, directora e inspectora, que puede ser de interés para docentes y estudiantes magisteriales .

sábado, 24 de enero de 2026

24 DE ENERO - CUENTO - EL CASCANUECES Y EL REY DE LOS RATONES - E.T.A. HOFFMANN

 

El  Cascanueces y el Rey de los Ratones

E.T.A. Hoffmann



INDICE

 

EL CASCANUECES Y EL REY DE LOS RATONES …………....

NOCHEBUENA............................................................................

LOS REGALOS ...........................................................................

EL PROTEGIDO ........................................................................

PRODIGIOS...............................................................................

LA BATALLA..............................................................................

LA ENFERMEDAD ...................................................................

CUENTO DE LA NUEZ DURA .................................................

CONTINUACIÓN  DEL CUENTO  DE LA NUEZ  DURA...........

FIN DEL CUENTO DE LA NUEZ DURA ...................................

TÍO Y SOBRINO........................................................................

LA VICTORIA ................................................................ ..........

EL REINO DE LAS MUÑECAS ................................................

LA CAPITAL .............................................................................

CONCLUSIÓN ....................................................................... 



Durante   todo  el  día  24  de  diciembre,   los  hijos   del consejero   médico   Stahlbaum   no   pudieron   entrar   en ningún momento en la sala, y menos aún en el salón de gala contiguo. Fritz y Marie estaban juntos, encogidos, en un rincón de la habitación  del  fondo. Era ya de noche, pero  aún  no  habían  traído  ninguna  luz,  como  solían hacer siempre en ese día señalado; así que sentían miedo. Fritz, susurrando en secreto, reveló a su hermana  menor (acababa  de  cumplir siete años) que desde las primeras horas   de   la   mañana   había   estado   oyendo   ruidos, murmullos y suaves golpes en las habitaciones cerradas. Le  contó  también  que  poco  antes  había  pasado  por  el pasillo,  a  hurtadillas,  un  hombrecillo  oscuro  con  una gran caja bajo el brazo, pero él sabía bien que no era otro que  el   padrino   Drosselmeier.   Marie   comenzó   a  dar palmas de alegría y exclamó:

—¡Ay! ¿Qué nos habrá hecho el padrino Drosselmeier?

¡Seguro que es algo muy bonito!

El  consejero  jurídico  superior  Drosselmeier  no  era  un hombre apuesto: era pequeño y delgado, su rostro estaba lleno de arrugas, en el ojo derecho tenía un gran parche negro y carecía de pelo, por lo que llevaba una bellísima peluca  blanca  de  cristal,  una  pieza  muy  artística.  En realidad, el padrino en sí ya era un hombre muy artístico, que entendía hasta de relojes e incluso sabía construirlos. Por  ello,  cuando  alguno  de  los  hermosos  relojes  de  la casa  de  los  Stahlbaum  se  ponía  enfermo  y  no  podía cantar,  llegaba  el  padrino  Drosselmeier,  se  quitaba  su peluca  de  cristal  y  su  chaqueta  amarilla,  se  ponía  un delantal  azul  y comenzaba  a pinchar  con instrumentos muy  puntiagudos  el  interior  del  reloj,  algo  que  a  la pequeña  Marie  le  hacía  auténtico  daño,  pero  que  no ocasionaba   ninguno  en  el  reloj;  bien  al  contrario,  en seguida   recuperaba   su   vitalidad   y   reemprendía   sus susurros,  sus toques  y cantos,  lo  que causaba  en todos gran alegría. Siempre que venía llevaba en el bolsillo algo bonito  para  los  niños,  unas  veces  un  hombrecillo  que giraba   los  ojos  y  se   inclinaba   para  saludar,   lo  cual resultaba muy cómico, otras una caja de la que surgía un pajarillo,   o   cualquier   otra   cosa.   Pero   por   Navidad siempre  construía  algo  muy hermoso  y artístico  que le costaba mucho trabajo, por lo que, en cuanto  recibían el regalo, los padres lo guardaban con cuidado.

—No hay —exclamó Marie.

Fritz opinaba que sólo podía tratarse de una fortaleza en la que  marcharan  e hicieran  instrucción  toda  suerte de hermosos  soldados,  ante  la  cual  deberían  presentarse otros   soldados   pretendiendo   entrar,   y   entonces   los soldados      del     interior     comenzarían      a      disparar valientemente sus cañones con gran estruendo.

—No, no —le interrumpió Marie a Fritz—. El padrino Drosselmeier me ha hablado de un hermoso jardín, que tiene un gran lago en el que nadan cisnes maravillosos, con collares de oro, cantando las más bellas canciones. Unaniña se acerca por el jardín hasta el lago, llama a los cisnes y les da de comer mazapán.

—Los cisnes no comen mazapán —la interrumpió Fritz con cierta brusquedad—, y además el padrino Drosselmeier no puede hacer un jardín. De todas formas, tenemos pocos juguetes suyos: siempre nos los quitan enseguida. Así que casi prefiero los que nos traen papá y mamá; por lo menos con esos podemos quedarnos nosotros y hacer con ellos lo que nos dé la gana.

Los niños siguieron intentando  adivinar qué les traerían en aquella  ocasión.  Marie  contó  que  Mamsell  Trutchen (su   muñeca   grande)   había   cambiado   mucho;   estaba mucho más torpe que nunca y se caía a cada momento al suelo,   tenía   señales   muy  feas   en   la  cara   y  ya  era imposible pensar siquiera en la pulcritud de sus vestidos. De nada servían las más severas reprimendas.  Y, además, mamá  había  sonreído  cuando  se  alegró  tanto  con  la pequeña  sombrilla  de  Gretchen.  Fritz,  por el  contrario, aseguraba que en sus caballerizas faltaba un recio alazán, y sus tropas carecían por completo de caballería; y eso lo sabía papá perfectamente.

Así  pues,  los  niños  sabían  que  sus  padres  les  habían comprado    gran   cantidad   de   bonitos   regalos,   pero también   estaban   seguros   de   que   el   Niño   Jesús   los observaba  con amables  y piadosos  ojos infantiles  y que todo  regalo  de  Navidad,  como  tocado  por  una  mano bendita,  proporcionaba   más  alegría  que  ningún  otro. Luise,   su   hermana   mayor,   siempre   se   lo  recordaba cuando  cuchicheaban  sobre  los  regalos  que  esperaban, añadiendo además que era el Niño Jesús quien, a través de la mano de sus queridos padres, regalaba a los niños lo que más alegría podía proporcionarles.  El  Niño Jesús lo sabía mejor que los propios  niños; por  eso era mejor que  no pidieran  muchas  cosas, sino  que esperaran  con tranquilidad   y   piedad   lo   que   pudiera   traerles.   La pequeña Marie quedó muy pensativa, pero Fritz susurró como para sí:

—¡Lo que más me gustaría sería húsares y un alazán!

Estaban  completamente   a  oscuras.  Fritz  y  Marie,  muy pegados el uno al otro, no se atrevieron a pronunciar una palabra  más;  les  parecía  como  si   unas  delicadas   alas aletearan a su alrededor y se oyera, muy lejos, una música maravillosa. Un claro resplandor rozó la pared y los niños comprendieron  que  el  Niño  Jesús  se  había  ido  volando sobre una nube brillante  a casa de otros niños. En  aquel momento  se  oyó  un  sonido  claro  como  la  plata:  bling, bling, bling. Las puertas se abrieron de golpe y de la sala grande salió tal resplandor,  que los niños, gritando: «¡Ah! ¡Ah!», se quedaron petrificados en el umbral. Pero papá y mamá se acercaron a la puerta, cogieron a los niños de la mano y dijeron:

—¡Entrad, entrad, queridos niños, y ved lo que os ha traído el Niño Jesús!

LOS REGALOS

 

Me dirijo a ti, benévolo lector u oyente (Fritz, Theodor, Ernst o como quiera que te llames), y te ruego que recuerdes vivamente tu última mesa de Navidad, repleta de lindos y atractivos regalos. Entonces podrás imaginarte también a los niños, de pie, quietos, mudos, con ojos brillantes.

Y  a  Marie,  que  al  cabo  de  un  rato  exclamó  con  un profundo suspiro:

Y a Fritz, que comenzó a dar saltos en el aire. Los  niños debían de haber sido durante todo el año particularmente buenos y obedientes,  pues nunca les habían traído tantas cosas   tan  bonitas   y  tan  magníficas   como   en   aquella ocasión.  El gran árbol  de Navidad  del centro  de la  sala estaba   cargado   de   multitud   de   manzanas   doradas   y plateadas,  y  en  todas  las  ramas  pendían,  a  manera  de capullos y flores, peladillas,  caramelos  de colores  y toda clase  de  golosinas.  Pero  había  que  admitir  que  lo  más hermoso  del maravilloso  árbol era  que entre sus oscuras ramitas   titilaban   como   pequeñas   estrellas   cientos   de lucecitas; él mismo, al alumbrarse por dentro y por fuera, invitaba  amablemente  a  los  niños  a  coger  sus  flores  y frutos. Todo lo que rodeaba el árbol brillaba en multitud de  colores.  ¡Qué  cantidad  de  cosas  bonitas  había  allí!

¿Quién sería capaz de describirlo?

Marie pudo ver las más delicadas muñecas, toda clase de lindos cacharritos,  y lo más bonito de todo, un vestidito de  seda   adornado   con  lazos   de  colores   que  estaba colgado de una percha, de forma que se  podía admirar por  todos  los  lados.  Y eso  era  lo  que  estaba  haciendo Marie, mientras repetía una y otra vez:

—¡Ay, qué vestido más bonito, más bonito! ¡Y yo me lo voy a poder poner!

Mientras tanto Fritz, galopando  y trotando alrededor de la mesa, había ya probado  tres o cuatro veces el  nuevo alazán que, en efecto, había encontrado  atado a la mesa. Desmontó y opinó que era una bestia salvaje, pero que ya e   domaría,    y   comenzó    a   inspeccionar    el    nuevo escuadrón de húsares, vestidos espléndidamente  de rojo y oro, con armas de plata y montados  en unos caballos blancos tan brillantes que casi era para creer que también eran  de plata  pura.  Un poco  más  tranquilos,  los niños fueron  a  hojear  los  libros  de  estampas,  que,  abiertos sobre   la   mesa,   mostraban   hermosas   flores,   vistosos personajes y niños jugando, pintados con tal naturalidad, que parecía  que estaban  vivos y hablaban  de verdad…

¡Bueno!  Justo  cuando  los  niños  iban  a  mirar  aquellos libros  maravillosos  sonó  de  nuevo  la  campana.  Sabían que ahora ofrecería sus regalos el padrino Drosselmeier, así que fueron corriendo hacia la mesa que había junto a la pared. Retiraron  el  paraguas  tras el que aquél  había permanecido escondido durante todo el tiempo. ¡Lo que vieronlos niños!

Sobre un césped verde, adornado con flores de colores, se levantaba   un   espléndido   castillo   con   profusión   de ventanas-espejo  y  torres  doradas.  Se  oyó  un  toque  de campanas  y  entonces  se  abrieron  puertas  y  ventanas, dejando  ver  varios  caballeros  y damas,  muy  pequeños pero  muy  graciosos,   que  paseaban  por  las  salas  con sombreros de plumas y largos trajes de cola. En el salón central, que parecía envuelto en fuego (tal era el número de luces que ardían en los  candelabros  de plata), había unos   niños   que   bailaban   al   son   del   toque   de   las campanas, con sus cortos juboncillos y falditas. Un señor con un manto color esmeralda se asomaba a menudo por la ventana,  saludaba  al exterior  y volvía  a  desaparecer. Incluso  el  mismo  padrino   Drosselmeier,  apenas  algo mayor  que  el  pulgar  de  papá,  aparecía  abajo,  ante  la puerta del castillo, y  volvía a entrar en el interior. Fritz observaba, con los  brazos apoyados en la mesa, el bello castillo y las figuras que bailaban y paseaban. Luego dijo:

—¡Padrino Drosselmeier! ¡Déjame entrar en tu castillo!

El consejero  jurídico  superior  le indicó  que  aquello  era absolutamente imposible. Y además tenía razón, pues era una tontería  que  Fritz pretendiera  entrar en  un castillo que, incluyendo  sus torres doradas,  apenas  era tan alto como él. Fritz lo admitió al cabo de un rato. Después de que los caballeros y las damas siguieran paseando de un lado  a  otro  de  la  misma  forma,  los  niños  bailando,  el hombre  esmeralda  asomándose  a la misma  ventana,  el padrino   Drosselmeier   saliendo   ante   la   puerta,   Fritz exclamó impaciente:

—¡Padrino Drosselmeier, ahora sal por la otra puerta, la de enfrente!

—No se puede, querido Fritz —respondió el consejero jurídico superior.

—Bueno —continuó Fritz—, entonces haz que el hombre verde que no hace más que asomarse a la ventana vaya de paseo con los otros.

—Eso tampoco se puede respondió de nuevo el consejero jurídico superior de mal humor—. La mecánica tiene que quedarse tal y como se ha construido.

—¡Cómo! —dijo Fritz, alargando la palabra—. ¿No se puede hacer nada de eso? Escucha, padrino Drosselmeier: si todas esas cosas tan bonitas del castillo no pueden hacer más que lo que hacen, siempre lo mismo, entonces no voy a seguir  preguntando  por ellos… ¡No! Prefiero  mis húsares,  que hacen maniobras, hacia adelante y hacia atrás, como yo quiera, y que además no están encerrados en ninguna casa.

Y, diciendo esto, se apartó de un salto de la mesa de los regalos y ordenó a su escuadrón que trotara de un lado para otro, que agitara sus banderas,  atacara y  disparara como  le  viniera  en  gana.  Marie  se  había  apartado  en silencio de la mesa, pues también ella se aburrió pronto de los paseos y bailes de muñequitos dentro del castillo y, como era muy obediente y generosa, no quería que se le notase  tanto  como  a  su   hermano  Fritz.  El  consejero jurídico    superior    Drosselmeier    se    dirigió    bastante malhumorado a los padres:

—Una obra artística así no está hecha para niños incapaces de comprenderla, de modo que voy a envolver de nuevo mi castillo.

Pero  la  madre,  acercándose,   hizo  que  le  mostrara  el sorprendente    e   ingenioso   engranaje    que   ponía    en movimiento  los  pequeños  muñequitos.  El  consejero  lo desmontó todo y lo volvió a montar.

Esto le devolvió el buen humor y aun regaló a los niños algunos hombres y mujeres muy burdos,  marrones,  con caras,  piernas  y  manos  doradas.  Todos  ellos  eran  de confitura y olían tan bien y tan apetitosos como el pan de especias, lo que produjo gran alegría a Fritz y Marie. La hermana Luise, como quería su madre, se había puesto el bello vestido que le habían traído y estaba preciosa; pero Marie,  cuando   le   dijeron  que  se  pusiera  también  su vestido, afirmó que prefería mirarlo primero un rato. Se lo permitieron con gusto.

 

EL PROTEGIDO

 

En realidad, si Marie no quería separarse de la mesa de Nochebuena,  era porque acababa  de descubrir  algo  que hasta entonces había pasado desapercibido. Al retirar los húsares de Fritz, que habían realizado una parada militar muy   cerca   del   árbol,   se   pudo   ver   un  hombrecillo,

pequeño y llamativo, que estaba de pie, en silencio y sin llamar  la  atención,  como  si  esperara  tranquilamente  a que le tocara la vez. Había mucho que objetar a su figura, pues, aparte de que su torso, demasiado grande y largo, no concordaba  con sus cortas  y finas  piernecillas,  tenía una cabeza  también  excesivamente  grande.  Su correcta vestimenta   mejoraba   bastante   las  cosas,  pues   dejaba traslucir que se trataba  de un  hombre  culto y refinado. Llevaba  una  bellísima  chaquetilla   de  húsar,  de  color violeta  brillante,  con  multitud  de  cordones  blancos  y botoncitos,  unos pantalones  del mismo color y las botas más bonitas que jamás calzaron los pies de un estudiante, incluso  los  de  un  oficial.  Estaban  tan  ajustadas   a  sus delicadas  piernecillas,  que parecían  pintadas.  Resultaba curioso,   sin   embargo,   que   con   aquella   ropa   llevase colgado  a  la  espalda  un  estrecho  y  pesado  abrigo  de madera  y  que  llevase  puesta  una   pequeña   gorra  de minero;   pero   Marie   pensó   que   también   el   padrino Drosselmeier llevaba colgando siempre un horrible batín y una gorra lamentable  y,  sin embargo,  era un padrino cariñosísimo.   Marie  se  dio  también  cuenta  de  que  el padrino Drosselmeier jamás estaría tan guapo como él, ni aunque fuera tan delicado y elegante. Y según miraba sin cesar  al  agradable  hombrecillo,  al  que  cogió  cariño  a primera vista, fue percibiendo la bondad que asomaba a su  rostro.  Sus  ojos  verdes  claro,  demasiado  grandes  y

saltones, sólo expresaban  amistad y bondad. Le  sentaba muy   bien   la   barba   de   algodón,   muy   cuidada,   que marcaba su barbilla, pues hacía resaltar más aún la dulce sonrisa de sus rojos labios.

—¡Ay! —exclamó al fin Marie—. Oye, papá, ¿de quién es ese hombrecillo encantador que hay debajo del árbol?

—Ése —respondió su padre—, ése, hija mía, va a trabajar con eficacia para todos vosotros, pues va a abriros las nueces, y es de los tres: tuyo, de Luise y de Fritz.

Y, diciendo  esto,  lo cogió  con cuidado  de la mesa  y,  al levantarle el abrigo de madera, el hombrecillo abrió una boca  grandísima  dejando  ver  dos  filas  de  dientecillos muy blancos  y puntiagudos.  A una orden  de su padre, Marie   introdujo   en  ella   una   nuez,   y   —¡crac!      al momento  el  hombrecillo  la  había  abierto;  las  cáscaras cayeron al suelo y el dulce fruto fue a parar a manos de Marie.  Entonces  todos,  incluida Marie, supieron  que el delicado   hombrecillo   pertenecía   a  la   familia   de   los cascanueces    y    que    ejercía    la    profesión    de    sus antepasados.   Marie   comenzó   a   gritar   de   alegría   y entonces el padredijo:

—Querida Marie, como a ti te ha gustado tanto el amigo Cascanueces, tú te encargarás de cuidarlo y protegerlo, aunque, como he dicho, Luise y Fritz pueden utilizarlo con tanto derecho como tú.

Marie  lo  cogió  de  inmediato  en  sus  brazos  y  le  hizo cascar nueces, pero elegía las más pequeñas, para que no tuviera  que abrir tanto la boca, pues en el  fondo  no le sentaba  nada bien. Luise se fue con  Marie y también  a ella    tuvo    que    prestarle    sus    servicios    el    amigo Cascanueces,   quien   parecía   hacerlo   con   gusto,   pues mostraba  sin cesar su  amistosa  sonrisa.  Mientras  tanto, Fritz   está   ya   aburrido   de  tanta   instrucción   y  tanto cabalgar  y,  como  vio  a  sus  hermanas   tan  divertidas abriendo  nueces,  se  unió  a  ellas,  mostrando  de  todo corazón   con  sus  risas  la  alegría   que  le  producía   el divertido hombrecillo, el cual, como Fritz también quería nueces, iba pasando de mano en mano sin dejar de abrir y cerrar la boca. Fritz le metía  siempre  las  nueces  más grandes y más duras. De pronto se oyó un ¡crac-crac!, y de la boca del hombrecillo cayeron tres dientecitos y toda la mandíbula inferior quedó suelta, bailando.

—¡Ay, mi pobre y querido Cascanueces! —gritó Marie quitándoselo a Fritz de las manos.

—¡Vaya tipo más tonto y absurdo! —dijo Fritz—. Quiere ser cascanueces y ni siquiera tiene una dentadura adecuada. Además, seguro que no sabe nada de su oficio.

¡Dámelo, Marie! Va a seguir cascando nueces, aunque para ello pierda los dientes que le quedan, e incluso toda la mandíbula. ¡Qué me importa ese inútil!

—¡No, no! —gritó Marie llorando—. ¡No pienso dártelo, no pienso darte a mi querido Cascanueces! ¿Ves con qué tristeza me mira y me muestra su boca herida? ¡Pero tú tienes un corazón muy duro, pegas a tus caballos y hasta ordenas que fusilen a tus soldados!

—¡Tiene que ser así y tú no entiendes nada de eso! — respondió Fritz—. Y, además, el Cascanueces es tan mío como tuyo, ¡así que dámelo!

Marie   comenzó   a   llorar   con   fuerza   y   envolvió   al Cascanueces enfermo en su pequeño pañuelo. Los padres entraron  con  el  padrino  Drosselmeier.  Éste,  para  gran tristeza de Marie, se puso de parte de Fritz. Pero su padre dijo:

—He dejado muy claro que el Cascanueces está bajo la protección de Marie, y ahora, por lo que veo, la necesita, de modo que ella tiene el poder absoluto sobre él y nadie es quién para decir nada. Por otra parte, me asombra mucho que Fritz diga de alguien herido en acto de servicio que siga realizándolo. Como buen militar, debería saber que a los heridos no se les pone nunca en la fila o en el puesto. ¿O no?

Fritz estaba muy avergonzado  y, sin preocuparse  más ni de  las  nueces  ni  del  Cascanueces,  se  deslizó  a  la  otra punta de la mesa, donde estaban sus húsares. Tras haber establecido  las avanzadillas,  se retiraron  a los  cuarteles nocturnos.    Marie    reunió    los    dientes    caídos    del Cascanueces;  vendó  la  mandíbula  herida  con  un  bello lazo de su vestido y después, con más cuidado aún que antes,  envolvió  en  su  pañuelo  al  pobre  pequeñín,  que estaba muy pálido y asustado. Así lo tenía en sus brazos, acunándolo  como a un  niño  pequeño,  mientras  miraba los   hermosos    dibujos    del   nuevo   libro   que   había encontrado    entre    los    demás    regalos.    Se    enfadó muchísimo  (algo  muy  raro  en  ella)  cuando  el  padrino Drosselmeier  se rio, preguntando  sin cesar cómo  podía tratar con tanto cuidado a un tipo tan pequeño y horrible. Se acordó entonces  de aquella extraña comparación  que se le había ocurrido al ver por primera vez al hombrecillo y, muy seria, dijo:

—¿Quién sabe, querido padrino, ¿quién sabe si tú estarías tan guapo como mi querido Cascanueces si te pusieras igual de elegante y llevaras, como él, unas botas tan bonitas y brillantes?

Marie no supo por qué sus padres se echaron a reír y por qué  el  consejero  jurídico  superior  enrojeció  y  dejó  de reírse   con   los   demás.   Seguramente   sería   por   algo especial.

PRODIGIOS

 

En el  cuarto  de estar  de  la casa  del  consejero  médico, nada más entrar a la izquierda,  junto  a la  pared  larga, hay  un  gran  armario  de  cristal  en  el   que  los  niños guardan  todos los bonitos  objetos  que  les regalan  cada año. Luise era aún muy pequeña cuando su padre se lo encargó a un hábil ebanista.

Éste   le  puso   cristales   claros   como   el   cielo   y   supo distribuirlo  todo  con  tal  destreza,  que  todo  lo  que  se colocaba  en  él  parecía  dentro  casi  más  bonito  y  más brillante que si se lo tuviera en las manos. En el estante superior, al que Marie y Fritz no alcanzaban, estaban las obras de arte del padrino Drosselmeier;  en el de debajo, los libros de estampas,  y los dos inferiores  quedaban  a disposición  de Marie y Fritz, que podían llenarlos como quisieran;   sin   embargo,   Marie   siempre   dedicaba   el primero a casa de muñecas, mientras Fritz instalaba en el otro  los  cuarteles  de  sus  tropas.  Y así ocurrió  también aquel día, pues Fritz había situado a sus húsares arriba, mientras  Marie, después de apartar un poco a  Mamsell Trutchen, sentó a la muñeca nueva tan bien vestida en el cuarto de estar, maravillosamente amueblado, aceptando su  invitación  a  golosinas.  He  dicho  que  la  habitación estaba  maravillosamente  amueblada  y es  verdad,  pues no sé si tú, mi atenta oyente Marie, igual que la pequeña Stahlbaum  (recuerda  que  también  ella se llama  Marie), no    si  tú,  digo,  tienes  también  un  pequeño  sofá  de flores, varias delicadas sillitas, una hermosa mesita de té y,  ante  todo,  una  preciosa  camita  brillante  en  la  que acuestas a las muñecas más bonitas. Todo esto había en el rincón  del  armario,  cuyas  paredes  estaban  decoradas incluso con cuadros de muchos colores, por lo que, como puedes  imaginar,  la  nueva  muñeca,  que,  como  Marie supo    aquella    misma    noche,    se    llamaba    Mamsell Clárchen,  tenía que  encontrarse  muy a gusto en aquella habitación.

Era   ya   muy   tarde,   casi   medianoche.    El    padrino Drosselmeier   se  había  ido  hacía  mucho   y   los  niños seguían  sin  poderse  apartar  del  armario  de  cristal,  a pesar de las repetidas veces que su madre les había dicho que se fueran a la cama.

—Es cierto —exclamó al fin Fritz, refiriéndose a sus húsares—. Los pobres muchachos también necesitan ya un poco de descanso y, mientras yo esté aquí, ninguno se atreverá a hundir siquiera un poco la cabeza, eso es seguro.

Y, diciendo esto, se fue. Pero Marie continuó sus ruegos.

—Sólo un ratito más, mamá, déjame sólo un ratito pequeñito; es que todavía tengo que poner bien una cosa; en cuanto acabe me voy enseguida a la cama.

Marie era una niña obediente y sensata, así que su buena madre   podría   dejarla   tranquilamente    sola   con   sus juguetes.   Pero,   para   que   Marie   no   se   entusiasmara demasiado   con  sus  nuevas  muñecas   y  sus  hermosos juguetes  y  se  olvidara  de  las  luces,  que  continuaban encendidas  alrededor  del armario,  su madre  las apagó todas  y sólo  dejó  luciendo  la  lámpara  que  colgaba  del techo en el centro de la  habitación  y que daba una luz suave yagradable.

—Acuéstate pronto, Marie querida; si no, mañana no vas a poder levantarte a la hora —dijo su madre mientras se alejaba y entraba en su habitación.

En cuanto  estuvo  sola  se  dispuso  al  momento  a  hacer algo que deseaba  de todo corazón  y que, sin  saber ella misma por qué, no había querido contar ni a  su madre. Seguía   teniendo   en  brazos   al   Cascanueces   enfermo, envuelto    en   su   pañuelo;    entonces    lo   colocó    con muchísimo  cuidado  sobre  la  mesa  y  desenvolvió  con toda   lentitud   el   pañuelo  para   mirar   las  heridas.   El Cascanueces  estaba  muy pálido,  pero al mismo  tiempo sonreía  con tanta  dulzura  y cariño,  que  Marie  se sintió conmovida.

—Ay, mi buen Cascanueces —dijo en voz baja—, no te enfades porque mi hermano Fritz te haya hecho daño.

No ha sido a mala idea; lo que pasa es que tanto soldado le ha hecho un poco más duro de corazón; pero, si no, es un buen chico, te lo aseguro. Además, voy a ocuparme de ti y a cuidarte hasta que vuelvas a estar totalmente sano y contento; el padrino Drosselmeier, que sabe mucho de esto, volverá a sujetarte firmemente todos los dientes y te colocará bien los hombros.

Pero Marie no pudo acabar de decir todo lo que quería, pues,  en  cuanto  nombró  al  padrino  Drosselmeier,   su amigo  el  Cascanueces   torció  el   gesto  y  de  sus  ojos saltaron  brillantes  chispas  verdes.  Marie  comenzaba  a sentirse horrorizada, cuando vio otra vez ante sí la cara y la dulce sonrisa del honrado Cascanueces y se dio cuenta de que lo que había descompuesto  de forma tan horrible su  rostro  había  sido  la  corriente  de  aire  al  agitar  de repente la luz dela habitación.

—¡Qué tonta soy! ¡Me asusto por nada y hasta me creo que este muñequito de madera puede hacer gestos! Y, sin embargo, quiero mucho a este Cascanueces, porque es tan cómico y bondadoso a la vez… Hay que cuidarlo como se merece.

Cogió al Cascanueces en brazos, se acercó al armario de cristal y, en cuclillas ante él, comenzó a decir a la nueva muñeca:

—Por favor, Mamsell Clárchen, préstale tu camita al Cascanueces herido y acomódate lo mejor que puedas en el sofá. Ten en cuenta que tú estás totalmente sana y llena de vigor, pues, si no, no tendrías esas hermosas y sonrosadas mejillas; además, son muy pocas las muñecas que tienen un sofá tan mullido.

Mamsell  Clárchen,  con su maravilloso  vestido de  fiesta de Navidad, se mostraba muy fina y malhumorada  y no dijo ni mu.

«Pero a qué andar con tantas contemplaciones»,  se  dijo Marie,    sacando    la   cama.    Con   mucho    cuidado   y delicadeza metió en ella al pequeño Cascanueces,  vendó con  una  bonita  cinta  que   llevaba  en  el  vestido   sus hombros heridos y le tapó hasta la nariz.

—Pero no se va a quedar con esa maleducada de Clare — siguió diciendo.

Sacó la camita con el Cascanueces dentro y la colocó en el estante superior, junto al bonito pueblo en el que estaban acantonados  los húsares  de Fritz.  Cerró  el  armario  con llave  y,  cuando  ya  se  iba  a  dirigir  al  dormitorio   — ¡escuchad con atención, niños! —, comenzó un siseo muy suave, muy suave, y murmullos  y susurros en  derredor, detrás de la estufa, de las sillas, de los armarios.

El reloj de pared ronroneaba  cada vez con más  fuerza, pero no podía dar la hora. Marie miró hacia allí y la gran lechuza dorada que estaba sobre él tenía las alas abatidas, cubriendo  el  reloj,  y  había  sacado  además  su  horrible cara de gato con pico curvo. Y ronroneó aún más alto con palabras comprensibles:

Reloj, reloj, reloj, relojes, todos tenéis que ronronear con suavidad,  con  mucha  suavidad.  El  rey  de  los  ratones tiene un oído muy fino, purr purr, pum  pum,  cantadle cancioncillas   antiguas,   purr   purr,   pum   pum,   tocad, campanitas, tocad, ¡pronto estará perdido!

Y entonces,  pum, pum,  se oyó una  voz  ronca  y  sorda, doce veces.

A Marie le entró mucho miedo y, aterrorizada,  estaba a punto de salir corriendo de allí, cuando de pronto vio al padrino Drosselmeier  sentado sobre el reloj de pared en lugar  de  la  lechuza,  con  los  faldones  amarillos  de  su levita  caídos  a  ambos  lados,  como  si  fueran  las  alas. Marie se dominó y exclamó en voz alta y llorosa:

—¡Padrino Drosselmeier, padrino Drosselmeier! ¿Qué estás haciendo ahí arriba? ¡Baja, ven aquí conmigo y no me asustes así! ¡Anda, no seas malo, padrino Drosselmeier!

Y  en  aquel  momento  surgieron  de  todas  las  esquinas terribles risitas y silbidos, y al punto se oyeron detrás de las paredes  mil  piececillos  corriendo  y trotando,  y por entre las rendijas  de las tablas  asomaron  mil pequeñas lucecitas. Pero no eran lucecitas, ¡no!, eran pequeños ojos refulgentes.  Marie se dio cuenta de que por todas partes asomaban ratones  que, con gran esfuerzo, iban saliendo al  exterior.  Pronto  todo  fueron  brincos  y  saltos  por  la habitación;  un  tropel  de  ratones  cada  vez  mayor   se amontonaba   en  grupos,  unos  más  densos  que   otros, galopando de un lado a otro de la habitación,hasta que al fin se colocaron todos en fila, exactamente  igual que los soldados de Fritz cuando los preparaba para la batalla. A Marie le pareció muy gracioso, y como ella, igual que les ocurre  a  otros   niños,  no  sentía  ninguna  repugnancia natural hacia los ratones, se le había pasado el susto ya casi por completo, cuando de repente se oyó un silbido tan  intenso  y penetrante,  que le recorrió  la espalda  un escalofrío.

— ¡Y qué es lo que vio!

—En verdad, estimado lector Fritz, sé que tú, igual que el valiente y sabio general Fritz Stahlbaum, tienes un gran corazón, pero si hubieses visto lo que se presentó ante los ojos de Marie, estoy seguro de que habrías salido corriendo; creo, incluso, que te habrías metido en la cama tapándote hasta las orejas, mucho más de lo necesario.

Pero  ¡ay!,  Marie  ni  siquiera  podía  hacer  eso,  pues  — ¡oídme  bien,  niños!    muy  cerca  de  sus  pies,  como movida  por las fuerzas  del subsuelo,  comenzó  a  brotar gran  cantidad  de  cal,  arena  y  fragmentos  de  ladrillo. Aparecieron  entonces  siete  cabezas  de  ratón  con  siete brillantes   coronas  siseando   y  silbando  horriblemente. Pronto consiguió salir también por completo el cuerpo del que nacían las siete cabezas. El enorme ratón, adornado con  siete  diademas,  comenzó  a lanzar  a coro  gritos  de júbilo,  dando  tres  fuertes  chillidos  al  ejército,  que  de inmediato se puso en movimiento —hop, hop, trot, trot— ,  precisamente  en  dirección  al  armario,  derecho  hacia Marie,  quien  se encontraba  aún pegada  a la  puerta  de cristal.  El corazón  de  Marie  palpitaba,  angustiado,  con tanta fuerza, que creyó que se le iba a saltar del pecho e iba a morirse; pero luego tuvo la sensación de que toda la sangre  de  sus  venas  se  paraba.  Medio  desmayada,  se tambaleó  hacia  atrás  y  entonces  —klin,  klin,  prrr  — comenzaron  a caer  trozos  del  cristal  de la puerta,  que acababa  de  romper con el codo. En ese momento  sintió un dolor punzante en el brazo izquierdo, pero su corazón se calmó al dejar de oír los chillidos y silbidos y se sintió mucho  mejor.  Se había  hecho de nuevo  el silencio  y,  a pesar  de  que  no  se  atrevía  ni  a  mirar,  pensó  que  los ratones,  asustados  por  el  ruido  de  los  cristales  rotos, habrían huido a refugiarse otra vez en sus agujeros.

Pero ¿qué era aquello?

Justo detrás  de Marie comenzó  un extraño  rumor en  el interior del armario y se dejaron oír unas vocecitas muy finas que comenzaron a decir:

—¡Venga arriba, despertad! ¡Vamos a la batalla! ¡Hay que luchar esta misma noche! ¡Venga, arriba, a la batalla!

Y simultáneamente tintineaban con gran armonía,

belleza y brío unas pequeñas campanillas.

—¡Ay! ¡Pero si ése es mi pequeño juego de campanillas!

—exclamó Marie llena de alegría, dando un rápido salto a un lado.

Entonces   vio   que  en  el  armario   había   una   extraña iluminación y que todo en él estaba en movimiento. Eran varias las muñecas que correteaban de un lado para otro, dando golpes con sus pequeños brazos.

Y en aquel instante se levantó de pronto el Cascanueces, echó la colcha lejos de sí y, saltando con ambos pies de la cama, gritó con fuerza:

—¡Cuach, cuach, cuach!

¡Estúpida ratonera, cháchara estúpida, gentuza de ratones, cuach, cuach y cuach, pura cháchara!

Mientras gritaba sacó su pequeña espada y, blandiéndola en el aire, exclamó:

—Vosotros, mis queridos vasallos, amigos y hermanos, ¿queréis apoyarme en la dura lucha?

Al  punto  gritaron  con  fuerza  tres  Scaramouches,  un Pantalón,  cuatro  deshollinadores,   dos  citaristas   y   un tambor:

—¡Sí, señor! ¡Estamos unidos a vos con una fidelidad a toda prueba, con vos marcharemos a la lucha, la victoria o la muerte!

Y,  diciendo   esto,   se   lanzaron   tras   el   entusiasmado Cascanueces,  quien  se  atrevió  a  dar  el  peligroso  salto desde el anaquel más alto. ¡Sí! Para ellos era fácil lanzarse abajo, no sólo porque llevaban ricos vestidos de paño y seda, sino porque  en el  interior  de su cuerpo  no había mucho más que algodón y paja, y por ello cayeron dando botes como sacos de lana. Pero el pobre Cascanueces  se habría  roto con toda  seguridad  brazos  y piernas, pues, ¡imaginaos!, había casi dos pies de altura desde el estante en que se encontraba  hasta el más bajo y su  cuerpo era tan quebradizo que parecía tallado con madera de tilo. Sí, el pobre Cascanueces  se habría roto con toda seguridad brazos y piernas si en el mismo momento en el que saltó no se hubiera  levantado  también  Mamsell  Clárchen  de su  sofá  y  no  hubiera  cogido  al  héroe  con  la  espada desenvainada en sus suaves brazos.

—¡Ay, querida y buena Clárchen! —sollozó Marie—.

¡Cómo me he equivocado contigo! Seguro que le has dejado tu camita con gusto al amigo Cascanueces.

Mamsell Clárchen comenzó a hablar, mientras estrechaba con suavidad al joven héroe contra su pecho de seda:

—¡Oh, señor! Estáis enfermo y herido y, si no queréis poneros en peligro dirigiéndoos a la lucha, ved cómo se reúnen vuestros valientes vasallos, deseosos de luchar y seguros de la victoria. Scaramouche, Pantalón, el deshollinador, el citarista y el tambor están ya abajo y los abanderados de mi estante se encuentran ya en movimiento. ¡Señor, descansad en mis brazos y observad desde lo alto de mi sombrero de plumas vuestra victoria!

Así habló Clárchen. Pero el Cascanueces  actuó como un maleducado   y  se  puso  a  patalear  de  tal  forma,  que Clárchen  tuvo  que ponerle  enseguida  en el suelo.  Y en aquel momento, él, con gran firmeza, colocó una rodilla en tierra y susurró:

—¡Ah, señora! ¡En la lucha y en la batalla, siempre recordaré la gracia y benevolencia que me habéis mostrado!

Clárchen se inclinó hasta cogerle por el bracito, le subió con gran  delicadeza  y se soltó  con rapidez  el  cinturón que  llevaba,  adornado   con  muchas   lentejuelas;   pero, cuando  iba  a colocárselo,  el  hombrecito  retrocedió  dos pasos, se colocó la mano  en  el pecho  y dijo con mucha ceremonia:

—Señora mía, no desperdiciéis así vuestra merced en mí,pues…

Se  interrumpió,  suspiró  profundamente  y,  arrancándose con rapidez la cinta con la que Marie le había vendado, se la acercó a los labios y se la colocó luego como banda de campaña, tras lo cual, blandiendo con valentía su brillante espadita, saltó ágil y ligero como un pajarillo por encima del listón del armario.

Ya  habréis  comprendido,   mis  excelentes   y   benévolos oyentes,  que  el  Cascanueces  había  percibido  desde  el principio, antes de que adquiriera auténtica vida, todo el amor y bondad que Marie le había mostrado y que, como se sentía inclinado  hacia Marie, no quería aceptar llevar siquiera una cinta de  Mamsell Clárchen, a pesar de que era   muy    bonita    y    vistosa.    El   bondadoso    y   fiel Cascanueces  prefería  acicalarse  con la sencilla  cinta  de Marie. ¿Pero qué pasa ahora?

Nada más saltar el Cascanueces  al suelo comenzaron de nuevo los chillidos  y grititos.  ¡Ay! Bajo la mesa  grande están  ya  preparadas   las  filas  funestas  de  incontables ratones   y   por   encima   de   todas   ellas   sobresale   el repugnante ratón de las siete cabezas.

 ¿Qué ocurrirá?

LA BATALLA

 

—Fiel vasallo tambor, ¡tocad a generala! —exclamó en voz muy alta el Cascanueces.

El tambor emprendió  entonces  un redoble tan  poderoso, que  los  cristales  del  armario  comenzaron  a  temblar  y tintinear. Se oyeron ruidos y golpes en su interior y Marie se dio cuenta de que todas las tropas  de las cajas en las que   estaba   acuartelado   el   ejército   completo   de   Fritz comenzaron  a  alzar  con  fuerza  las  tapas;  los  soldados salían y desde  allí saltaban  al  estante  inferior,  donde  se reunían    formando    brillantes    filas.    El    Cascanueces caminaba  de  arriba  abajo,  dirigiendo  a  las  tropas  una arenga llena de entusiasmo.

—¡Que no se mueva ni el perro del trompetista! —

exclamó el Cascanueces enfadado.

Pero a continuación  se dirigió con rapidez a Pantalón, a quien, algo pálido, le temblaba muchísimo  la barbilla, y dijo solemnemente:

—General, conozco su valor y su experiencia. Se trata de tener una rápida visión de la situación y aprovechar el momento. Le encomiendo el mando de toda la caballería y la artillería. Usted no necesita caballo, pues tiene unas piernas muy largas y con ellas galopa bastante bien. Haga ahora lo que corresponde a su rango.

Al  momento  Pantalón  presionó  sus  largos  y  huesudos deditos contra los labios y cantó de forma tan penetrante, que  sonó  como  si  cien  alegres  trompetas  soplaran  con alegría. En el armario comenzaron entonces a relinchar y patalear los caballos. Entonces  los coraceros  y dragones de Fritz y, en particular, sus nuevos y brillantes húsares comenzaron  a salir y  pronto estuvieron  todos formados abajo,  en  el  suelo.  Regimiento  tras  regimiento,  con  las banderas  desplegadas  y las bandas  de música  tocando, iniciaron el desfile ante el Cascanueces y se colocaron en raudas filas diagonalmente  en el suelo de la  habitación. Ante ellos pasaron como una exhalación los cañones  de Fritz, rodeados  por los cañoneros,  y  pronto  comenzó  a oírse  el  bum  bum.  Marie  vio  cómo  los  garbanzos  de caramelo  caían  sobre  el  tropel  de  ratones,  quienes  no pudieron   menos   de   avergonzarse   al   ponerse   todos blancos de polvo de los caramelos. Hubo sobre todo una batería,  que se había  subido  sobre el escabel  de  mamá, que   les   causó    graves    daños:    disparaba    alajú   sin interrupción,   pum-  pum-pum,   sobre  los   ratones,  que caían uno tras otro. Pero éstos  seguían aproximándose  y consiguieron incluso superar uno de los cañones. Prr-prr- prr,  el humo  y el  polvo  impedían  a  Marie  ver  lo  que ocurría. Lo cierto es que todos los regimientos  se batían con  denuedo,  y  que  la  victoria  estuvo  durante  mucho rato   oscilando   de   un   bando   a   otro.   Los   ratones aumentaban  en  número  cada  vez  más  y  más,  y  las pequeñas   píldoras   plateadas   que  lanzaban  con  tanta habilidad alcanzaban ya el interior del armario de cristal. Clárchen  y Trutchen  corrían  desesperadas  de  un lado a otro y acabaron con las manos llenas de heridas.

—¿Es que he de morir en mi más hermosa juventud? ¡Yo, la más hermosa de las muñecas! —gritó Clárchen.

—¿Para eso me he conservado yo tan bien, para morir aquí entre estas cuatro paredes? —exclamó Trutchen. Ambas se echaron los brazos al cuello y comenzaron a llorar de tal forma, que su llanto se oía por encima del terrible estruendo.

¡Pues bien, estimados lectores! Apenas podéis imaginaros el espectáculo que en ese momento comenzó.

Prr-prr—puf,           pif—chate—ra—cha—bum—barrum— bum—barrum—bum  —bum,  todo  a la vez, y además  el rey de los ratones  y los suyos chillaban  y gritaban,  y se volvía a oír la voz potente del Cascanueces dando órdenes eficaces mientras caminaba por entre los batallones que se encontraban bajo el fuego.

Pantalón había dirigido unos cuantos brillantes ataques a la  caballería   y  se  había  cubierto   de  gloria,  pero   los húsares  de Fritz estaban sometidos  al bombardeo  de la artillería  ratonil,  que  les  arrojaba  unas  horribles  bolas apestosas que les pusieron perdidos sus pantalones rojos, por  lo  que  no  avanzaban  casi  nada.  Pantalón  les  hizo girar por la izquierda, y con el entusiasmo  del mando él hizo  lo  mismo,  así  como  sus  coraceros  y  dragones;  es decir, todos giraron a la izquierda y se fueron a casa. Esto puso  en peligro  a la  batería  que  se encontraba  situada sobre  el  escabel,  y  poco  después  atacó  un  grupo  de ratones  con  tanta  fuerza  que  volcó  la  pequeña  tarima, incluidos     cañones    y    cañoneros.     El    Cascanueces, consternado, ordenó que el ala derecha retrocediera.

—Tú, Fritz, mi oyente, experto militar, sabes que tal movimiento significa casi la huida y sé que lamentas igual que yo la desgracia que amenazaba al ejército del pequeño Cascanueces, tan amado por Marie.

—Pero aparta tu mirada de esta calamidad y observa el ala izquierda del ejército del Cascanueces, donde todo lleva un excelente camino y aún existen grandes esperanzas para el general y su ejército. Pues durante este enfrentamiento habían ido apareciendo, en enorme silencio, grandes masas de caballería ratonil de debajo de la cómoda, que, acompañando su ataque de horribles chillidos, se lanzaron con furia sobre el ala izquierda del ejército del Cascanueces. ¡Pero con qué resistencia se encontraron!

Con  lentitud  —pues  así  lo  exigían  las  dificultades  del terreno, ya que había que superar el listón del armario— había ido avanzando el cuerpo de los estandartes,  bajo el mando de dos emperadores chinos, y había formado en carréplain.

Eran unas tropas excelentes, gallardas, de gran colorido, formadas     por     multitud     de    jardineros,     tiroleses, manchúes,    peluqueros,    arlequines,    cupidos,    leones, tigres,  macacos  y monos  que se  batían con sangre  fría, coraje y tenacidad. Este batallón de élite hubiese logrado, con valor espartano,  arrancar la victoria  al enemigo,  de no  haber  conseguido   un  audaz  capitán  de  caballería enemiga,   en   un   temerario   avance,   arrancar   de   un mordisco  la cabeza  de uno de los emperadores  chinos, que, al caer, arrastró consigo a dos tunguses y un macaco.

Esto ocasionó un hueco por el que penetró el enemigo  y, poco   después,   todo  el  batallón   estaba   destrozado   a dentelladas  y mordiscos.  Pero el  enemigo  no logró más que   una   mínima   ventaja   con   esta   fechoría.   En   el momento  en que  un  sanguinario  jinete  de la caballería ratonil rompía con sus dientes a un valiente enemigo, le entró por el cuello una pequeña bola de papel que le mató en el acto.

¿Era  esto  suficiente  para  las  huestes  del  Cascanueces, que, en cuanto comenzaron a retirarse, retrocedieron más y más, perdiendo  cada vez más  gente, de forma  que el infeliz Cascanueces  se  encontraba  ya pegado  al armario de cristal junto a un pequeño puñado de gente?

—¡Que avance la reserva! Pantalón, Scaramouche, tambor, ¿dónde estáis? —gritaba el Cascanueces, manteniendo aún la esperanza de que se formaran y salieran del armario de cristal nuevas tropas.

Y,  efectivamente,  surgieron  algunos  hombres  y  mujeres marrones,  de arcilla, con las caras doradas, sombreros  y yelmos;   pero   se   batían   con   tanta   torpeza,   que   no acertaban  a dar a ninguno  de  los  enemigos  y a punto estuvieron incluso de arrebatar la gorra del Cascanueces, su  general.   Y  pronto   llegaron  a  ellos  los  cazadores enemigos,  que, a  mordiscos,  les arrancaron  las piernas.

Al caerse, incluso acabaron con algunos de los hermanos en    armas    del    Cascanueces.     Éste    se     encontraba estrechamente   cercado   por  los   enemigos,   en  peligro extremo. Quiso saltar por encima del listón del armario, pero  sus  piernas  eran   demasiado   cortas;  Clárchen   y Trutchen   estaban   sin   sentido   y  no  podían  ayudarle, húsares y dragones saltaban alegres a su lado y entraban en el armario, hasta que, desesperado, gritó:

—¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!

En   ese   mismo   instante   dos   cazadores   enemigos   le agarraron  por  el  abrigo  de  madera,  y  el  rey  de   los ratones, de un salto, se acercó, chillando de júbilo por el triunfo    con   sus    siete    gargantas.    Marie    no    pudo contenerse más:

—¡Mi pobre Cascanueces! ¡Mi pobre Cascanueces! — exclamó entre sollozos.

Sin darse cuenta  realmente  de lo que hacía, se quitó  el zapato  izquierdo  y  lo  lanzó  con  fuerza  al  grupo  más numeroso de ratones, en el que se encontraba  el  rey. Al instante pareció que todos habían desaparecido y muerto; pero Marie sintió en el brazo izquierdo un dolor aún más punzante que antes y cayó desmayada.

 

LA ENFERMEDAD

 

Cuando Marie despertó de su letargo, yacía en su camita, y el sol entraba,  chispeante  y alegre, en la  habitación  a través de los cristales cubiertos de hielo. A su lado estaba sentado un hombre desconocido, al que pronto reconoció como el cirujano Wendelstern. Éste dijo en voz baja:

—¡Por fin ha despertado!

Su    madre    le    dirigió    una    mirada    inquisitorial    y preocupada y se acercó a ella.

—Ay, mamá querida —susurró la pequeña Marie, ¿se han ido por fin todos esos horribles ratones, se ha salvado el buen Cascanueces?

—No digas más tonterías, Marie —respondió la madre—.

¿Qué tienen que ver los ratones con el Cascanueces? Pero por tu culpa, niña mala, hemos estado muy preocupados. Y todo porque los niños son cabezotas y no obedecen a sus padres. Ayer noche estuviste hasta muy tarde jugando con tus muñecas. Estabas medio dormida y es posible que un ratoncito (aunque aquí normalmente no los hay) saliera y te asustara. Bueno, lo cierto es que rompiste con el brazo uno de los cristales del armario y te hiciste un corte tan profundo, que el señor Wendelstern, que acaba de sacarte hace un momento los cristales que aún tenías en las heridas, opina que si el cristal te hubiese cortado una vena podrías haberte quedado con un brazo inmóvil e incluso podrías haberte desangrado. Gracias a Dios, desperté a medianoche y te eché en falta, así que me levanté y fui al cuarto de estar. Allí te encontré, tendida en el suelo junto al armario de cristal, sin sentido y sangrando sin cesar. Estuve a punto de desmayarme yo misma del susto. Estabas allí caída, y a tu alrededor, diseminados, los soldaditos de plomo de Fritz y otros muñecos, estandartes rotos,  hombrecitos  de bizcocho; pero  en tu brazo  herido  sostenías  al Cascanueces, y no lejos de ti, tu zapato izquierdo.

—Ay, mamaíta, mamaíta —la interrumpió Marie—.

¿Ves? Ésas eran las huellas de la batalla entre los muñecos y los ratones y, al ver que los ratones iban a coger preso al pobre Cascanueces, que era quien dirigía al ejército de muñecos, me asusté mucho. Entonces arrojé mi zapato sobre los ratones y ya no sé lo que pasó.

El cirujano Wendelstern  hizo un gesto con los ojos a  la madre y ésta dijo a Marie con gran dulzura:

—Bueno, olvídalo y tranquilízate. Ya han desaparecido todos los ratones y el Cascanueces está sano y feliz en el armario de cristal.

Entonces  entró  el  consejero  médico  en  la  habitación  y mantuvo    una    larga    conversación    con    el    cirujano Wendelstern.  Después  tomó  el pulso  a Marie.  Ella  oyó que  hablaban  de  una  fiebre  producida  por  la  herida. Tenía que quedarse  en cama y tomar una medicina. Así transcurrieron  unos  cuantos  días,  aunque  ella,  excepto algún dolor en el brazo, no se sentía enferma ni molesta. Sabía  que  el pequeño  Cascanueces  estaba  sano  y salvo tras la batalla y a veces le parecía que, como en sueños, le decía   en   un    tono   claramente    perceptible,    aunque ciertamente lastimero:

—Marie, estimadísima señora, sé que os debo mucho,¡pero aún podéis hacer mucho más por mí!

Marie  recapacitaba  en  vano  pensando  qué  podría  ser, pero no se le ocurría nada.

Marie no podía jugar a gusto a causa de su brazo herido y, cuando se ponía a leer o incluso a mirar los dibujos de los libros, se le nublaba la vista y tenía que  dejarlo. Así pues,  el  tiempo  se  le  hacía  larguísimo  y  deseaba  con todas sus fuerzas que llegara el atardecer, pues entonces su  madre  se  sentaba  a  leerle  y  contaba  muchas  cosas bonitas.  Acababa   de   terminar  su  madre  la  excelente historia del príncipe Fakardin, cuando se abrió la puerta y entró el padrino Drosselmeier diciendo:

—Ya es hora de que vea por mí mismo cómo está la enferma.

 En  cuanto  Marie  vio  al  padrino  Drosselmeier   con  su chaquetita  amarilla,  se  le  vino  a  la  mente  con  entera viveza   la   imagen   de   aquella   noche   en   la   que   el Cascanueces  perdió  la  batalla  contra  los  ratones,  y  de forma   totalmente   involuntaria   le   gritó   al   consejero jurídico superior:

—¡Ay, padrino Drosselmeier, estuviste realmente horrible! ¡Te vi sentado encima del reloj cubriéndolo con tus alas para que no sonara muy fuerte, porque, si no, se habrían ahuyentado los ratones! ¡Yo oí perfectamente cómo llamabas al rey de los ratones! ¿Por qué no viniste en ayuda del Cascanueces, en mi ayuda, horrible padrino Drosselmeier? ¿No eres tú el único culpable de que esté herida y enferma en la cama?

La madre preguntó asustada:

—¿Qué te pasa, querida Marie?

Pero el padrino Drosselmeier  hizo gestos muy extraños y comenzó a decir con monótona voz de grajo:

¡Péndulo  tenía  que  ronronear,  picar,  no  quería  portarse bien,   relojes,   relojes,   péndulos   de   reloj    tienen   que ronronear,   en  silencio,   ronronear,   tocar   las  campanas fuertes, tilín, tilán, hink y honk, y honk y hank, niña de las muñecas, no tengas miedo, las campanillas tocan, ya es la hora, hay que echar al rey de los ratones, y viene el búho en rápido vuelo, pak y pik, y pik y puk, campanita, bim, bim, relojes, ron, ron, los péndulos tienen que ronronear, picar, no quería portarse bien, ran y run, pirr y purr!

Marie observó al padrino Drosselmeier  inmóvil, con  los ojos muy abiertos, porque su aspecto era muy distinto y aún  mucho  más  desagradable  de  lo  habitual,  y estaba moviendo su brazo derecho hacia adelante y hacia atrás como una marioneta  a la que  tiran del hilo. El padrino podría haberle dado auténtico pavor de no haber estado su  madre  presente,  y  si  Fritz,  que  entre  tanto  había entrado  a  hurtadillas  en  la  habitación,  no  le  hubiese interrumpido al fin con una gran carcajada:

—¡Ay, padrino Drosselmeier! —exclamó Fritz—. ¡Hoy estás muy divertido, te mueves como un bufón al que hace mucho tiré a la estufa!

La madre se quedó muy seria y dijo:

—Querido señor consejero jurídico superior, ¿qué broma tan extraña es ésa? ¿Qué quiere usted decir?

—¡Cielo santo! —respondió Drosselmeier riéndose—

¿Acaso se ha olvidado usted de mi bella cancioncilla del relojero? Se la suelo cantar siempre a pacientes como Marie.

Y, diciendo  esto, se sentó de inmediato  muy cerca de  la cama de Marie y dijo:

—Por lo que más quieras, no te enfades porque no sacara en el primer momento sus catorce ojos al rey de los ratones, pero no podía ser. En su lugar te voy a dar una enorme alegría.

Y  mientras  así  hablaba,  el  consejero  jurídico  superior introdujo  la mano en el bolsillo, y con  mucha suavidad extrajo… el Cascanueces, al que con gran habilidad había colocado   de   nuevo   los   dientes   caídos   y   fijado   la mandíbula  desencajada. Marie dio un grito de alegría y la madre dijo sonriendo:

—¿Ves? ¿Te das cuenta ahora de lo bien que se porta el padrino Drosselmeier con tu Cascanueces?

—Pero admitirás, Marie —interrumpió el consejero jurídico a la señora del consejero médico—, admitirás que el Cascanueces no tiene buen aspecto y que su cara no es precisamente lo que se suele llamar hermosa. Si quieres oírlo, te puedo contar cómo tal fealdad entró en su

familia y se transformó en hereditaria. ¿O por casualidad

conoces ya la historia de la princesa Pirlipat, la bruja

Ratonilda y el artístico relojero?

—Oye —interrumpió en ese momento Fritz, sin darse cuenta—, oye, padrino Drosselmeier, los dientes se los has puesto muy bien y la mandíbula ya no baila tanto. Pero ¿por qué le falta la espada?

—Ah —respondió el consejero jurídico superior de mal humor—, chico, siempre estás criticando y sacando faltas a todo. ¡Qué me importa a mí la espada del Cascanueces! Yo le he curado el cuerpo; que él mismo haga una espada como pueda.

—Eso es cierto —exclamó Fritz—; si es un tipo capaz, sabrá encontrar armas.

—Así pues, Marie —continuó el consejero jurídico superior—, dime si sabes la historia de la princesa Pirlipat.

—¡Ay, no! —respondió Marie—. ¡Cuéntamela, querido padrino Drosselmeier, cuéntamela!

—Confío —intervino entonces la señora del consejero médico—, señor consejero jurídico superior, en que su historia no sea tan horrible como todolo que usted suele contar.

—En absoluto, carísima señora consejera médica — respondió Drosselmeier.  Al  contrario,  lo  que  tengo  el honor  de  contar  ahora  es  algo divertido.

—Cuenta, cuenta ya, querido padrino —exclamaron los niños. El consejero jurídico superior comenzó:

 CUENTO DE LA NUEZ DURA

 

La madre de Pirlipat era esposa de un rey y, por  tanto, reina; y nuestra Pirlipat, desde el mismo momento en que nació, princesa. El rey no cabía en sí de gozo por la hijita que  yacía  en la cuna;  daba  gritos  de alegría,  bailaba  y saltaba a la pata coja, gritando una y otra vez:

—¡Yupi! ¿Ha visto alguien nunca algo más bonito que mi Pirlipatilla?

Y  todos,  ministros,   generales,   presidentes   y  oficiales, saltaban, igual que el rey, sobre una sola pierna, gritando muy alto:

—¡No, nunca!

Y de hecho era imposible negar que desde que el mundo existe  nunca  había  nacido  niño  más  hermoso  que  la princesa  Pirlipat.  Su carita  parecía  tejida  con delicados copos, blancos como lirios y rojos como rosas; sus ojitos, unos     vivos     azures     chispeantes,      y     sus     rizos, entremezclándose   en   brillantes   hilos  de  oro,  eran  la misma   belleza.   Además,   Pirlipatilla   había   traído   al mundo una fila de pequeños dientes como perlas, con los que,  dos  horas  después  de  nacer,  mordió  el  dedo  del canciller  imperial  cuando  éste estaba  viéndolos  más  de

cerca, haciéndole gritar:

—¡Oh, Jesús!

Otros afirman que gritó: «¡Ay, ay!», pero las opiniones al respecto  siguen  aún  hoy  muy  divididas.  Brevemente, Pirlipatilla  mordió  de  hecho  al canciller  imperial  en el dedo,   y  el  país,   entusiasmado,   supo   así  que   en  el hermoso  y  angelical  cuerpecito  de  Pirlipatilla  habitaba también  el  ingenio,  el  ánimo  y  la  razón.  Como  ya  he dicho,   todo   era   alegría;   únicamente   la   reina   estaba atemorizada  e  inquieta,  aunque  nadie  sabía  por  qué. Ante  todo,  llamó  la  atención  el  hecho  de  que  hiciera vigilar   la  cuna   de   Pirlipat   con  gran  atención.   Pues además   de   que   las   puertas   estaban   ocupadas   por alabarderos,  dos  niñeras  tenían la orden de permanecer siempre junto  a la cuna y otras seis debían estar, noche tras noche, sentadas en la habitación.

Pero  lo  que  a  todos  parecía  una  locura  y nadie  podía comprender es que cada una de las seis cuidadoras debía tener un gato en el regazo y  acariciarlo  durante  toda la noche con el fin de obligarle a ronronear sin interrupción. Es  imposible,  queridos  niños,  que  podáis  adivinar  por qué la madre de Pirlipat organizó todo ese tinglado, pero yo lo sé y os lo voy a contar.

En cierta  ocasión  se reunieron  en la corte del padre  de  Pirlipat     gran     cantidad     de     magníficos     reyes     y agradabilísimos   príncipes;  todo  se  organizó  con  gran boato y tuvieron lugar multitud de justas de caballeros, comedias y bailes cortesanos. El rey, con el fin de mostrar con claridad que a él no le faltaban ni el oro ni la plata, quiso sacar un buen puñado del tesoro de la corona y con ello  hacer  algo  realmente   extraordinario.   Por  el  jefe superior de cocina se había enterado en secreto de que el astrónomo  de  la  corte  había  anunciado  la  época  de  la matanza. De modo que encargó una soberbia cantidad de salchichas, morcillas y todo tipo de embuchados,  tras lo cual él mismo, en su coche, fue a invitar a todos los reyes y   príncipes…   sólo   a  una   cucharada   de   sopa,   para disfrutar  así  con  la  sorpresa  que  tales  delicias  podían producir. Entonces dijo con toda amabilidad a la reina:

—Querida, ya sabes cuánto me gustan los embutidos.

A la reina no le cabía duda de lo que quería decir con eso; no significaba otra cosa, sino que ella misma se dedicara en  persona  al  provechoso  oficio  de  hacer  salchichas  y morcillas, como ya había ocurrido otras veces. El tesorero jefe recibió la orden de llevar de inmediato a la cocina el gran puchero de oro para salchichas y todas las cacerolas de plata. Prepararon un gran fuego con leña de sándalo, la  reina  se  puso  sus  grandes  delantales  de  damasco  y pronto  comenzaron  a humear  en el puchero  los dulces

aromas del caldo de salchichas. El reconfortante olorcillo llegó   hasta   el   consejo   de   Estado.   El   rey,  lleno   de entusiasmo, no pudo aguantarse.

—Con su permiso, señores —exclamó.

Y de un salto se plantó  en la cocina,  abrazó  a la  reina, removió un rato con su cetro de oro el puchero y volvió, ya más  tranquilo,  al consejo  de  Estado.  Justo  entonces había  llegado  el  momento  importante  en  que hay  que cortar el tocino en dados y asarlos en la parrilla de plata. Las damas de la corte se retiraron, pues la reina, por su fidelidad  y respeto  hacia su real  esposo,  quería  hacerlo sola. Pero, cuando el tocino  comenzó  a tostarse,  se oyó una vocecita finísima y susurrante que decía:

—¡Hermana, dame a mí también un poco de asado, yo también quiero un banquete! ¡Yo también soy reina, dame un poco de asado!

La  reina  sabía  bien  que  quien  así  hablaba  era   doña Ratonilda. Doña Ratonilda vivía hacía ya muchos años en el palacio del rey. Afirmaba que estaba emparentada con la familia  y que  ella  misma  era  soberana  del reino  de Ratonia, por lo que, además, tenía toda una corte bajo el fogón.  La  reina  era  una   mujer  buena  y  generosa   y, aunque  no  reconocía  a  doña  Ratonilda  como  reina  y hermana suya, sin embargo, le concedió de todo corazón que tomara parte en el banquete de aquel día de fiesta y

dijo:

—Claro, salid de ahí, doña Ratonilda; venid a probar mi tocino.

Doña Ratonilda salió rápida y llena de gozo, saltó sobre el fogón y fue cogiendo con sus pequeñas y delicadas patitas un  trocito  de  tocino  tras  otro  según  la  reina  se  los  iba dando. Pero entonces aparecieron también los compadres y comadres de doña Ratonilda, además de sus siete hijos, unos tunantes  muy desobedientes,  y se lanzaron sobre el tocino,   de   forma   que   la   reina,   asustada,   no   podía defenderse  de  ellos.  Por  suerte  acudió  en  su  ayuda  la camarera mayor y ahuyentó a los indignos invitados, con lo que se pudo salvar algo de tocino. Llamaron entonces al matemático  de la corte,  y éste dio las instrucciones  para que se repartiera  artísticamente  el tocino  entre todos los embutidos.

Resonaron trompetas y tambores, y todos los potentados presentes   y  los  príncipes   se  dirigieron   envueltos   en brillantes ropajes de fiesta, unos sobre  andas y otros en carruajes de cristal, al banquete de la matanza. El rey los recibió  con cordial  amabilidad  y  benevolencia  y luego, ataviado  como  señor  del  reino,  con  cetro  y corona,  se sentó a la cabecera  de la  mesa. Ya durante  el plato  de botagueña se vio al rey palidecer cada vez más y levantar los ojos al cielo,  mientras  tenues suspiros escapaban  de su   pecho.   ¡Parecía    que   en   su   interior   hervía    un intensísimo  dolor! Mas durante  el plato de morcillas  se hundió, entre lamentos y sollozos, en su asiento, llorando y gimiendo.

Todos saltaron sobre la mesa; su médico de cabecera  se esforzó en vano por tomar el pulso del infeliz rey. Parecía que     una     profunda     e     infinita     desgracia     estaba desgarrándole. Por fin, tras continuas palabras de aliento y  aplicarle  fuertes   remedios,   como  son  en  este  caso cenizas  de plumas  de ganso  y similares,  pareció que el rey volvió  en sí.  Entre  tartamudeos  y de forma  apenas perceptible dijo:

—¡Tiene muy poco tocino!

Entonces la reina, inconsolable, se arrojó a sus pies:

—¡Oh, mi pobre, desgraciado y real esposo! ¡Cuán grande ha sido el dolor que habéis tenido que soportar!

¡Pero ved aquí a vuestros pies a la culpable, castigadla, castigadla con dureza! ¡Ay! Ha sido doña Ratonilda con sus siete hijos, sus compadres y comadres, quien se ha comido el tocino… y…

En ese momento la reina cayó de espaldas, sin sentido. El rey se levantóde un brinco y lleno de furia gritó:

—¡Camarera mayor! ¿Cómo ocurrió?

La  camarera  mayor  contó  todo  lo  que  sabía  y  el  rey decidió vengarse de doña Ratonilda y de su familia, que se habían  comido  todo  el tocino  de los embutidos.  Mandó llamar   al   consejero   privado   de   Estado   y   decidieron instruir  un  proceso  contra  doña  Ratonilda  y  confiscarle todos sus bienes. Mas, como el rey  opinara  que mientras tanto podría seguir comiéndose todo el tocino, encargaron de todo el asunto al  arcanista y relojero de la corte. Este hombre,  que se  llamaba  igual que yo, es decir, Christian Elías  Drosselmeier,  prometió  expulsar  para  siempre  del palacio,  por  medio  de  una  inteligente  argucia,  a  doña Ratonilda y su familia. Y,en efecto, inventó unas pequeñas máquinas  muy  artísticas,  en las  que  se  introdujo  tocino frito   sujeto   por   un   hilillo,   que   Drosselmeier   colocó alrededor   de  la  vivienda   de  la   señora   Comedora-de- tocino. Doña Ratonilda era demasiado sabia para no darse cuenta  de  la  trampa  de  Drosselmeier,   pero  todas  sus advertencias,  todas  sus  amonestaciones   no  sirvieron  de nada: atraídos por  el dulce olor del tocino frito, sus siete hijos y muchos, muchos de los compadres y comadres de doña   Ratonilda se introdujeron en las máquinas de Drosselmeier   y,  cuando   iban  a  coger   el  tocino,   eran apresados por una reja que caía de repente en la entrada y luego  ejecutados  vergonzosamente   en  la  misma  cocina. Doña   Ratonilda   abandonó   con  la   poca   gente   que  le quedaba el lugar del horror. Su pecho estaba lleno de odio, desesperación  y venganza.  La  corte  festejó  el  resultado, pero la reina  quedó  muy preocupada,  porque conocía  el carácter  de  doña  Ratonilda  y  sabía  que  no  dejaría  sin venganza  la muerte de sus hijos y  parientes.  Y, en efecto, doña Ratonilda se presentó en el momento en que la reina estaba  preparando  para su  real esposo  un paté de bofes que le gustaba mucho, y dijo:

—Mis hijos, mis compadres y comadres han sido asesinados. Ten mucho cuidado, majestad, porque la reina de los ratones puede destrozar a tu hija a mordiscos. ¡Ten mucho cuidado!

Dicho esto, desapareció  y no volvió a dejarse ver nunca más. La reina estaba tan asustada,  que el paté  de bofes que  estaba  preparando  se  le cayó  al suelo,  con  lo  que doña  Ratonilda  echó a perder  por  segunda  vez uno de los platos predilectos del rey. Éste se puso furioso.

—Bueno, ya está bien por esta noche, pronto te contaré el resto.

Marie,   que   había   estado   inmersa   en   sus   propios pensamientos,    rogó    al    padrino    Drosselmeier    que continuara   su   narración.   Él   no   se   dejó   convencer.

Levantándose de un salto, dijo:

—No es bueno demasiado de una vez. Mañana el resto. Estaba a punto de salir por la puerta, cuando Fritz preguntó:

—Dime, padrino Drosselmeier. ¿Es verdad que inventaste la ratonera?

—¿Cómo se pueden hacer preguntas tan tontas? —

exclamó la madre.

Pero el consejero jurídico sonrió de forma extraña y dijo en voz baja:

¿No soy un relojero bueno? ¿No seré capaz siquiera de inventar ratoneras?

 

CONTINUACIÓN DEL CUENTO DE LA NUEZ DURA

 

—Así pues, niños —continuó el consejero jurídico superior Drosselmeier al atardecer del día siguiente—, ya sabéis por qué la reina hacía vigilar con tanta atención a la bellísima princesita Pirlipat. ¿Cómo no iba a temer que doña Ratonilda volviese para cumplir su amenaza y matar a la pequeña princesa? Las máquinas de Drosselmeier no eran eficaces contra la agudeza y el ingenio de doña Ratonilda y únicamente el astrónomo de la corte, que era a la vez el intérprete privado de los signos divinos y de las estrellas, decía saber que la familia del gato Ronrón estaría en condiciones de mantener a doña Ratonilda apartada de la cuna. Así pues, sucedió que cada una de las cuidadoras recibió a uno de los hijos de esa familia, quienes, por cierto, estaban empleados en la corte como consejeros delegados privados. Tenían  que mantenerlos en el regazo y, mediante hábiles caricias, hacerles más dulce su duro servicio al Estado. Pero una vez, siendo ya medianoche, una de las dos cuidadoras jefas privadas que estaban sentadas junto a la cuna despertó sobresaltada, como de un sueño profundo.

Todos estaban dominados por el sueño; no se oía un solo ronroneo, y en medio de un profundo silencio de muerte podía  percibirse  hasta  el  roer  de  la  carcoma.  Pero  la cuidadora  jefa  privada  tuvo  la  sensación  de  que  muy cerca  de  ella  había  un  enorme  y  horrible  ratón  que, levantándose  sobre sus patas traseras, había apoyado su funesta cabeza sobre el rostro de la princesa. Se levantó de un salto con un  grito  de horror.  Todos despertaron. Pero en ese momento doña Ratonilda (pues no era otro el gran  ratón  que  se  hallaba  junto  a  la  cuna  de  Pirlipat) corrió   veloz   hacia   un  rincón   de   la   habitación.   Los consejeros  delegados  se  lanzaron  tras  ella:  demasiado tarde.  Había  desaparecido  a  través  de  una rendija  del suelo  de  la habitación.  El ruido  despertó  a Pirlipatilla, que comenzó a llorar quejumbrosamente.

—¡Gracias al cielo! —exclamaron las cuidadoras—. ¡Vive!

Mas  cuál  no  sería  su  horror  al  mirar  a  Pirlipatilla  y descubrir en qué se había convertido  la bella y hermosa niña. En lugar de su cabecita de ángel de rizos rojo y oro había   una   gruesa   cabeza   informe   sobre   un   cuerpo pequeñísimo   y  encogido.  Sus  ojitos  azules  se  habían transformado  en unos  ojos  verdes,  saltones,  de  mirada fija, y su boquita se había estirado de una oreja a otra. La reina lloraba y se lamentaba, deseando morir, y hubo que cubrir con  tapices  guateados  el gabinete  de estudio  del rey, porque éste se golpeaba una y otra vez con la cabeza contra las paredes a la vez que gritaba con voz dolorida:

—¡Ay de mí, infeliz monarca!

Habría  podido  darse  cuenta  entonces  de  que  hubiera sido  mejor  comerse  las  salchichas  sin  tocino  y dejar  a doña Ratonilda y su estirpe en paz bajo el fogón. Pero el real padre de Pirlipat no pensó en ello, sino que culpó de todo  lo  ocurrido   al  arcanista   y  relojero   de  la  corte, Christian Elías Drosselmeier  de Nuremberg. Por ello dio la siguiente y sabia orden: en el plazo de cuatro semanas Drosselmeier  debía  devolver  a la princesa  Pirlipat  a su estado  original  o,  al  menos,  encontrar  un  determinado remedio,  no  falaz,  para  conseguirlo.   De  lo  contrario, moriría de muerte vergonzosa bajo el hacha del verdugo.

Drosselmeier se asustó bastante, pero pronto confió en su arte y su fortuna y se dispuso al momento a llevar a cabo  la  primera  operación  que  le  pareció  provechosa.  Con gran    habilidad    desmontó    a    la    princesa    Pirlipat, desenroscó   sus   manitas   y   piececitos   y   observó   la estructura  interna.  Pero  descubrió  que,  a  medida  que fuera   creciendo   la   princesa,   se   haría   todavía   más deforme,   y   no   sabía   qué   partido   tomar   ni   cómo solucionarlo.  Volvió  a  reconstruir  cuidadosamente  a  la princesita y se dejó caer, acongojado, junto a su cuna, que no podía abandonar.  Ya había llegado  la cuarta semana —era  ya miércoles—,  cuando  el rey se asomó  con  ojos chispeantes de furia y, blandiendo amenazadoramente  el cetro, gritó:

¡Christian Elias Drosselmeier, cura a la princesa o morirás!

Drosselmeier  comenzó a llorar amargamente,  mientras la princesita Pirlipat estaba, satisfecha, cascando nueces. Fue entonces cuando, por primera vez, le llamó la atención al arcanista   el   incansable   afán   de   comer   nueces   de   la princesa Pirlipat y la circunstancia  de que naciera ya con dientes. De hecho, tras su transformación, estuvo gritando sin parar hasta  que,  por  azar, vio una nuez y la abrió al momento.   Al   comer   el  fruto   se   calmó.   Desde   aquel momento sus niñeras no encontraron nada más adecuado

que darle nueces.

—¡Oh sagrado instinto de la naturaleza, eternamente inescrutable simpatía de todos los seres! —exclamó Christian Elias Drosselmeier—. Tú me muestras la puerta del misterio a la que he de llamar. Y la puerta se abrirá.

De   inmediato   solicitó   permiso   para   hablar   con   el astrónomo de la corte. Fue conducido a él bajo vigilancia. Ambos hombres  se abrazaron entre  lágrimas,  pues eran entrañables  amigos,  se  retiraron  luego  a  un  gabinete secreto y comenzaron a consultar infinidad de libros que hablaban  de los  instintos,  las simpatías,  las antipatías  y otras    misteriosas    cuestiones.    Llegó    la    noche.    El astrónomo  de la corte estudió las estrellas y, con ayuda de Drosselmeier, también gran experto en ello, estableció el   horóscopo   de   la   princesa   Pirlipat.   Tras   un   gran esfuerzo, pues las líneas se iban haciendo  cada vez más confusas,  al fin, ¡qué  gran  alegría!,  al fin pudieron  ver claramente que lo único que tenía que hacer la princesa Pirlipat   para   librarse   del   hechizo   que   la   afeaba   y recuperar su belleza anterior era comer el dulce fruto de la nuez Krakatuk.

La nuez Krakatuk  tenía una cascara tan dura que  hasta un  cañón  de  cuarenta  y  ocho  libras  podía  pasar  por encima de ella sin romperla. Y tendría que ser un hombre que  nunca  se  hubiese  afeitado  y que  jamás  se  hubiese puesto  botas  quien,  ante  la  princesa,  abriera  con  sus dientes la nuez y se la entregara con los ojos cerrados. El joven no podría abrir los ojos hasta retroceder siete pasos sin dar ningún traspiés. Drosselmeier  estuvo  trabajando ininterrumpidamente  con el astrónomo durante tres días y tres noches. El sábado a mediodía estaba el rey sentado a la mesa comiendo, cuando Drosselmeier,  que iba a ser decapitado el domingo de madrugada, entró alborozado y feliz y anunció el  remedio  hallado para devolver  a la princesa Pirlipat la belleza perdida. El rey se abrazó a él con   intenso   afecto   y   le   prometió   una   espada   de diamantes,   cuatro   órdenes   y  dos   nuevas   levitas   de domingo.

—Nada más acabar la comida —añadió con amabilidad—, se emprenderá la labor. Ocupaos vos, estimado arcanista, de que el joven sin afeitar esté a mano con sus zapatos, como corresponde, y no le permitáis beber antes ni una gota de vino, para que no tropiece al retroceder, como un cangrejo, los siete pasos, pues después podrá beber hasta la saciedad.

Estas   palabras   del  rey   consternaron   a   Drosselmeier, quien,  entre  temblores  y  vacilaciones,  tartamudeando, consiguió decir que era cierto que se había descubierto el remedio,  pero  ahora  había  que  buscar  ambas  cosas,  la nuez  Krakatuk  y el joven  que  tenía  que  abrirla.  Y era dudoso  que  alguna  vez  pudieran  encontrarse  tanto  la nuez como al Cascanueces. El rey, enfurecido, levantó el cetro por encima de su cabeza coronada  y exclamó  con voz de trueno:

—¡Bueno, pues se mantiene la decapitación!

Fue   una   suerte   para   Drosselmeier,   hundido   en   la angustia  y la miseria,  que  ese mismo  día  la  comida  le gustara  muchísimo   al  rey;  estaba   de   buen  humor  y accedió  a los razonables  y  numerosos argumentos  que presentó  la bondadosa  reina, conmovida  por el destino de   Drosselmeier.   Finalmente   Drosselmeier,    haciendo acopio de todo su valor, expuso que en realidad él había cumplido  su  obligación:  había  descubierto  el  remedio para sanar a la princesa  y, por tanto, había rescatado su vida.  El  rey afirmó  que  eso eran  sólo  tontas  excusas  y palabrería  vana,  pero  al fin,  tras tomarse  un  vasito  de licor estomacal, decidió que el relojero y el astrónomo se dispusieran  a  partir  y  que  no  volvieran  sin  la  nuez Krakatuk  en el bolsillo.  Y, tal  como  había  propuesto  la reina, al hombre  que  había  de abrirla  lo buscarían  por medio   de   anuncios   publicados   varias   veces   en   los periódicos    y    revistas   intelectuales    del   país   y   del extranjero.

El consejero jurídico superior interrumpió aquí de nuevo su narración y prometió relatar el resto al día siguiente.

 

 

 

FIN DEL CUENTO DE LA NUEZ DURA

 

Al atardecer  del día siguiente  nada más encenderse  las luces  llegó,  efectivamente,   el  padrino  Drosselmeier   y continuó así:

Drosselmeier   y  el  astrónomo  de  la  corte  llevaban  ya quince años de camino sin haber encontrado señal alguna de la nuez Krakatuk.  Estuvieron  en tantos  lugares y les ocurrieron tantas cosas extraordinarias, que podría estar cuatro  semanas  enteras  contándooslo;  pero  no  lo  haré. Simplemente    os    diré    que    al    final    Drosselmeier, profundamente   apesadumbrado,    llegó   a   sentir   una enorme   añoranza   de  Nuremberg,   su  querida   ciudad natal.   Especialmente    en   cierta   ocasión   en   que   se encontraba  con  su  amigo  en  un  gran  bosque  de  Asia, mientras se fumaba una pipa de tabaco.

—¡Oh, mi bella ciudad de Nuremberg, hermosa ciudad! Quien aún no te ha visto, por mucho que haya viajado a Londres, París y Peter Wardein, no sabe lo que es esponjarse el corazón, y te deseará eternamente a ti, a ti, oh Nuremberg, hermosa ciudad con sus hermosas casas con ventanas.

El astrónomo, al oír los tristes lamentos de Drosselmeier, sintió    gran    compasión    y    comenzó    a    llorar    tan melancólicamente   que  pudo  oírse  en  toda  Asia.  Pero luego  se  dominó  y,  secando  las  lágrimas  de  sus  ojos, preguntó:

—Pero, estimado colega, ¿por qué estamos aquí llorando? ¿Por qué no vamos a Nuremberg? ¿Acaso no da absolutamente igual dónde y cómo busquemos a Krakatuk, la nuez fatal?

—Eso es cierto —respondió Drosselmeier consolándose.

Al momento  se levantaron  ambos, vaciaron  sus pipas  y comenzaron  a caminar, saliendo del bosque en el centro de Asia en línea recta hacia Nuremberg. Nada más llegar allí,  Drosselmeier  se  dirigió  rápidamente  a  casa  de  su primo    Christoph    Zacharias    Drosselmeier,    artesano fabricante  de  muñecas,  lacador  y  dorador,  a  quien  el relojero  llevaba  muchos años  sin  ver. Le  contó  toda  la historia de la princesa Pirlipat, doña Ratonilda y la nuez Krakatuk.  Aquél,  juntando  una  y  otra  vez  las  manos y lleno  de  asombro, repetía:

—¡Ay primo, primo, qué cosas más extraordinarias! Drosselmeier continuó narrando las aventuras de su largo viaje: cómo había pasado dos años en el palacio del rey Dátil y cómo el príncipeAlmendra le había rechazado con desdén; cómo había estado preguntando en vano en la Sociedad de Investigación de la Naturaleza de Villardilla; en pocas palabras, cómo le había sido imposible en todas partes encontrar el más mínimo rastro de la nuez Krakatuk. Mientras su primo llevaba a cabo su relato, Christoph Zacharias castañeteó varias veces los dedos, giró sobre un solo pie, chasqueó la lengua y gritó:

«¡Hum!, ¡hum!, ¡ay!, ¡oh!, ¡sería el diablo!».

Al fin, lanzó la gorra y la peluca al aire, abrazó con fuerza a su primo y gritó:

—¡Primo, primo! ¡Estáis salvados, salvados! ¡Os lo digo, estáis salvados, pues, o mucho me equivoco, o yo mismo estoy en posesión de la nuez Krakatuk!

Acto seguido  sacó una caja de la que extrajo  una  nuez dorada de mediano tamaño.

—Mirad —dijo mientras mostraba la nuez a su primo—, con esta nuez ocurrió lo siguiente: hace muchos años llegó por Navidades un forastero con un saco de nueces, que puso a la venta. Tuvo una pelea con el vendedor de nueces del lugar, que le agredió por no poder soportar que el forastero vendiera nueces y, para defenderse mejor, dejó el saco justo delante de mi puesto de muñecas. En ese momento pasó por encima del saco un carricoche que llevaba una pesada carga; se rompieron todas las nueces menos una, y el desconocido, con una extraña sonrisa, me la ofreció a cambio de una brillante moneda de veinte del año 1720. Me pareció asombroso, pues precisamente encontré en mi bolsillo una de esas monedas y, como el desconocido la quería, compré la nuez y la bañé en oro, sin saber por qué había pagado tanto por ella y por qué le concedí después tanto valor.

No  cupo  ninguna  duda  de  que  se  trataba  de  la  tan buscada  nuez, pues, al llamar al astrónomo  de la  corte, éste la raspó con todo esmero y en la cascara apareció la palabra   Krakatuk   grabada   en   caracteres   chinos.   La alegría de los viajeros fue enorme, y el primo se convirtió en el hombre más feliz bajo el sol cuando Drosselmeier le aseguró que había labrado su buena fortuna, pues, aparte de una respetable  pensión,  obtendría  gratis todo el oro que necesitara como dorador. El arcanista y el astrónomo se pusieron  sus  gorras  de dormir  y ya iban a irse a la cama, cuando el último, es decir, el astrónomo, comenzó a hablar así:

—Estimado colega, la suerte nunca viene sola. ¡Créame,

no sólo hemos encontrado la nuez Krakatuk, sino también al joven que ha de abrirla y ofrecer la nuez de la belleza a la princesa! Me refiero al hijo de vuestro señor primo.

—¡No, no voy a dormir —continuó entusiasmado—, sino que esta misma noche voy a establecer el horóscopo del joven!

Y, diciendo esto, se quitó el gorro de dormir de un golpe y comenzó al momento su estudio.

En efecto, el hijo del primo era un simpático y agradable muchacho  que  aún  no  se  había  afeitado  y  que  jamás había llevado botas. Es cierto que, cuando era muy joven, había  hecho  de  payaso  durante  un  par de  Navidades, pero  ya  no  se  le  notaba   en   absoluto,   gracias   a  los esfuerzos  que su padre había  dedicado  a su formación. Durante los días de Navidad llevaba una bella chaqueta roja   con   sobredorados,   una   espada,   sombrero   y  un exquisito peinado con redecilla. Así vestido, radiante, se colocaba en el puesto de su padre y, con una  galantería innata en él, abría a las muchachas las nueces, por lo que éstas le llamaban Pequeño Cascanueces.

 

A    la    mañana    siguiente    el    astrónomo    se    arrojó entusiasmado al cuello del arcanista y exclamó:

—¡Es él! ¡Lo tenemos! ¡Lo hemos encontrado! Pero hay dos cosas, querido colega, que no podemos olvidar. En primer lugar, es necesario que usted haga una robusta trenza de madera para su excelente sobrino, colocada de forma que con ella se pueda tirar con gran fuerza de la mandíbula inferior; y después, cuando lleguemos a la residencia real, hemos de mantener en absoluto secreto que hemos hallado también al joven que abrirá la nuez. Es mucho mejor que se presente después de nosotros. He leído en el horóscopo que, si hay primero unos cuantos que se rompan los dientes sin obtenerningún éxito, el rey concederá la mano de la princesa y la sucesión en el trono al que abra la nuez y devuelva a su hija la belleza perdida.

Al artesano de muñecas le satisfacía extraordinariamente que su hijito se casara con la princesa y se convirtiera en príncipe y rey, y por ello lo dejó enteramente  en manos de  los  enviados.  La  trenza  que  Drosselmeier  colocó  al esperanzado    sobrino    resultó    excelente    y   con   ella consiguió  magníficos  resultados  al abrir  los más  duros huesos de melocotón.

Drosselmeier  y el astrónomo informaron de inmediato a palacio del hallazgo de la nuez Krakatuk, de modo que al punto  se  dieron   las  órdenes   necesarias.   Cuando   los viajeros  llegaron  con  el  remedio  para  la  belleza  de  la princesa,   ya  se  había  reunido   allí   gran  cantidad   de hermosos personajes, entre los que había incluso algunos príncipes, que, confiando en su sana dentadura, querían intentar  romper  el  encantamiento.   El  asombro  de  los enviados  al  volver a ver  a la  princesa  fue  enorme.  Su cuerpo,   pequeñísimo,   con   las   diminutas   manitas   y piececillos,   parecía   incapaz   de   soportar   su   deforme cabeza.   La   fealdad   de   su   rostro   aumentaba  por   la presencia  de una barba blanca de  algodón  que le había crecido alrededor de la boca y la barbilla.Todo sucedió tal y  como  el  astrónomo   de  la  corte  había  leído  en  el horóscopo.   Un   barbilampiño   tras   otro,   en   zapatos, intentaron   abrir   la   nuez   Krakatuk,   rompiéndose   los dientes  y la mandíbula  sin ayudar  lo más mínimo  a la princesa.   Y   todos   exclamaban   desfallecidos,    al   ser retirados por los dentistas a tal fin llamados:

—¡Ésa sí que es una nuez dura!

Y cuando  el rey, con el corazón angustiado,  prometió  al que acabara con el encantamiento  concederle  la mano de su hija y su reino, se presentó  el dulce y  delicado  joven Drosselmeier  pidiendo  permiso para intentarlo.  Ninguno le había gustado a la princesa Pirlipat tanto como el joven Drosselmeier.  Llevándose  las manos  al corazón,  suspiró ardientemente:

—¡Ojalá fuera él quien abriese la nuez Krakatuk, convirtiéndose en mi esposo!

El  joven  Drosselmeier  saludó  cortésmente  al  rey  y a  la reina y luego a la princesa Pirlipat. Recibió de manos del maestro  de ceremonias  la nuez Krakatuk;  sin más,  se la colocó  entre  los  dientes,  tiró  con  fuerza  de  la  trenza  y, ¡crac-crac!, la cáscara se rompió en mil pedazos. Con gran habilidad   limpió  el  fruto  de  las  fibras  que   quedaron pegadas y con una humilde  reverencia  se lo  ofreció a la princesa, tras lo cual cerró los ojos y comenzó a caminar hacia atrás. La princesa tragó de inmediato el fruto y, ¡oh, maravilla!,  desapareció  su figura  deforme  y en su  lugar apareció una angelical figura femenina de ojos azules, con un rostro de seda blanco como los lirios y  rojo como las rosas, y unos hermosos  rizos  ensortijados  como hilos de oro. Tambores y trompetas se unieron al alborozado júbilo del  pueblo.  El  rey  y  toda  la  corte  bailaban  sobre  una pierna,  igual  que  el  día  del nacimiento  de Pirlipat,  y la reina se desmayó de alegría y gozo, de modo que tuvieron que  atenderla  con  Eau  de  Cologne.  Todo  este  tumulto desconcertó   sobremanera   al  joven  Drosselmeier,   quien aún tenía que acabar de dar sus siete pasos; sin embargo, logró  dominarse.  Estaba  estirando  el  pie  derecho  para completar  el  séptimo  paso,  cuando  de  repente,  con  un desagradable  chillido, surgió del suelo doña Ratonilda; al apoyar el joven Drosselmeier el pie en el suelo, la pisó y se tambaleó  de tal forma  que  estuvo  a  punto  de  caer. ¡Oh, infortunio!   Al   momento   el   joven   adquirió   la   misma deformidad  que  antes  tuviera  la princesa  Pirlipat.  Se  le había encogido todo el cuerpo y apenas podía soportar la enorme e informe cabeza con sus ojos grandes y saltones y la gigantesca boca, que bostezaba de forma horrible. Por la espalda, en lugar de la trenza, le caía un estrecho abrigo de madera con el que accionaba la mandíbula inferior.

El  relojero   y  el  astrónomo,   enloquecidos   de   horror, vieron  cómo  doña Ratonilda se retorcía sangrando en el suelo. Su maldad no había quedado  sin venganza, pues el joven Drosselmeier  la había  pisado  con la punta  del tacón en el cuello con tanta fuerza que la herida resultó mortal. En su agonía Ratonilda chillaba lastimera:

¡Oh Krakatuk, oh nuez dura, por la cual he de morir! Tú también morirás pronto,  Cascanueces  infeliz. Mi hijo, el de siete coronas, pum, tocad, campanitas, tocad, ¡pronto estará perdido! de ratones adalid, le dará su merecido al Cascanueces,  ¡hi, hi!, y vengará,  Cascanueces  pequeño, mi muerte en ti. ¡Oh vida joven y bella, ya me despido de ti! ¡Ay muerte, hi, hi, hi, hi!

Con este último grito murió doña Ratonilda y al punto la retiraron los caldereros reales.

Nadie  se  había  preocupado  por  el joven  Drosselmeier, más la princesa  recordó  al rey su  promesa  y ordenó  al punto   que   trajeran   al   joven   héroe.   Más   cuando   se presentó  el desgraciado  con  su deformidad,  la princesa se tapó la cara con ambas manos y gritó:

—¡Fuera, llevaos a ese repugnante Cascanueces!

Al  momento,  el  mariscal  de  la  corte  le  cogió  por  los hombros  y le echó fuera  de allí. El rey, furioso  porque habían querido forzarle a aceptar un Cascanueces  como yerno, achacó toda la culpa a la torpeza del relojero y del astrónomo y expulsó a ambos por toda la eternidad de la corte.  Pero,  como  nada  de  esto  había  aparecido  en  el horóscopo que estableciera el astrónomo en Nuremberg, él no dejó de hacer nuevas observaciones  y afirmó  que leía en las estrellas que el joven Drosselmeier estaría tan bien   en   su   nueva   situación   que,   a    pesar   de   su deformidad, sería príncipe y rey.

Pero su deformidad sólo desaparecería después de matar con sus propias manos al hijo con siete cabezas que doña Ratonilda  había tenido tras la muerte de sus  siete hijos, quien se habría convertido en rey de los ratones. Afirmó que  una  dama  le  amaba  a  pesar  de  su  deformidad.  Y dicen  que,  en  verdad,  el  joven  Drosselmeier   ha   sido visto  en  Navidades  en  Nuremberg,  en la tienda  de  su padre. ¡Como Cascanueces, es cierto, pero también como príncipe!

—Y éste es, niños, el cuento de la nuez dura y ahora ya sabéis por qué la gente dice a menudo: «Ésa sí que es una nuez dura» y también a qué se debe que los cascanueces sean tan feos.

Así  acabó  la  narración  del  consejero  jurídico  superior. Marie opinó que la princesa  Pirlipat era una  muchacha abominable e ingrata. Por el contrario, Fritz aseguró que si   el   Cascanueces    quería   convertirse   en   un   bravo muchacho no debería tener tantas contemplaciones con el rey  de  los  ratones  y  que  pronto  recuperaría  su  bella estampa anterior.

TÍO Y SOBRINO

 

Si alguno  de  mis honorables  lectores  ha vivido  alguna vez la experiencia de cortarse con un cristal, sabrá por sí mismo cuánto duele y cuánto tarda en sanar. Marie tuvo que  guardar   cama  casi  una   semana  entera,  pues  se mareaba  nada  más  incorporarse.  Pero  al  fin  sanó  por completo y pudo volver a jugar feliz, como siempre, en la habitación.  El  armario  de  cristal  estaba  precioso,  pues había   nuevos  árboles,   casas   y  bonitas   y  relucientes muñecas.  Ante  todo,  Marie  encontró  de  nuevo  a   su querido Cascanueces, que, de pie en el segundo anaquel, le sonreía con todos sus dientecillos sanos.

Y Marie, al mirar a su preferido  con el corazón  alegre, sintió una repentina angustia en el corazón por lo que les había  contado  el  padrino  Drosselmeier,  la  historia  del Cascanueces y de su enfrentamiento  con doña Ratonilda y su hijo. Supo entonces que su Cascanueces  sólo podía ser  el  joven  Drosselmeier   de  Nuremberg,   el  amable sobrino   del   padrino   Drosselmeier,   desgraciadamente embrujado  por doña  Ratonilda.  Pues  Marie,  durante  la narración,  no  dudó  un solo instante  de que el artesano relojero de la corte del padre de Pirlipat fuera otro que el propio consejero jurídico superior Drosselmeier.

«¿Pero por qué no te ayudó el tío, por qué no te ayudó?», se  lamentaba  Marie,  cuando  comprendió  con  claridad que en la batalla que había presenciado estaban en juego el reino y la corona del Cascanueces. ¿Acaso no estaban todas   las   demás   muñecas   subordinadas    a   él?   La inteligente  Marie,  al  sopesar  todas  estas  cosas  en  su mente,  creyó  que  el  Cascanueces  y sus  vasallos  tenían vida  y  movimiento  precisamente  en el instante  en  que ella les concedía esa posibilidad. Pero no fue así, todo en el  armario  permanecía  inmóvil  y  rígido  y Marie,  muy lejos de renunciar a su convicción interna, lo achacó a que seguía actuando el hechizo de doña Ratonilda  y  su hijo de las siete cabezas. Y dijo en voz alta a su Cascanueces:

—Sin embargo, querido señor Drosselmeier, aunque no esté usted en condiciones de moverse o dirigirme la palabra, sé que me entiende y conoce el aprecio que le tengo. Cuente usted con mi apoyo siempre que lo necesite. Al menos rogaré a su tío que, con su habilidad característica, le ayude cuando sea necesario.

El Cascanueces  permaneció  quieto  y en silencio, pero  a Marie le pareció sentir en el armario de cristal un suave suspiro,    que    de    forma    apenas    perceptible    pero hermosísima hizo resonar los cristales del armario, como si una voz suave y argentina cantara:

Pequeña Marie, mi ángel de la guarda, seré tuyo, querida Marie.

Marie  sintió  un  frío  estremecimiento,  acompañado,  sin embargo,    de   un   extraño    bienestar.    Comenzaba    a anochecer  y  el  consejero  médico  entró  con  el  padrino Drosselmeier.  Poco después Luise había preparado ya la mesa  del té y toda la  familia  estaba  sentada  alrededor, narrando todo tipo de alegres historias. Marie acercó en silencio  su  pequeña  butaquita  y se sentó  a los pies del padrino  Drosselmeier.   En  un  momento  en  que  todos estaban  callados, Marie  miró fijamente  con sus  grandes ojos azules al consejero jurídico superior y dijo:

—Ahora sé, querido padrino Drosselmeier, que mi Cascanueces es tu sobrino, el joven Drosselmeier de Nuremberg; se ha convertido en príncipe, mejor dicho, en rey. Se ha cumplido exactamente lo que tu acompañante, el astrónomo de la corte, predijo. Pero bien sabes que ha declarado la guerra al hijo de doña Ratonilda, el horrible rey de los ratones. ¿Por qué no le ayudas?

Marie  empezó  a  contar  de  nuevo  la  batalla  que  había presenciado.   Las  carcajadas  de  Luise  y  de  su  madre interrumpían   a   menudo   su   narración.   Sólo   Fritz   y Drosselmeier permanecieron serios.

—¿De dónde saca esta niña cosas tan absurdas? —dijo el consejero médico

—. ¿Cómo llegan a su cabeza? La madre respondió:

—¡Ay, tiene una enorme fantasía! En realidad, no son más que sueños provocados por la altísima fiebre que ha tenido.

—Nada de eso es cierto —interrumpió Fritz—. Mis

húsares rojos no son tan ineficaces, Potz Bassa Manelka, si no, ¿cómo iba yo a mezclarme con ellos?

Pero el padrino  Drosselmeier,  con una  extraña  sonrisa, tomó a la pequeña  Marie  en su regazo  y  dijo  con más dulzura que nunca:

—¡Ay, querida Marie, a ti se te ha concedido mucho más que a mí y que a todos nosotros! Tú, como Pirlipat, eres princesa de nacimiento, pues gobiernas en un hermoso y brillante reino. Pero, si quieres aceptar al pobre y deforme Cascanueces, has de sufrir aún mucho, puesto que el rey de los ratones le persigue por todas las veredas y caminos. Pero no soy yo quien puede salvarle. Sólo tú, tú eres la única que puede hacerlo. Sé constante y fiel.

Ni Marie  ni  nadie  supo  qué  quería  decir  Drosselmeier con aquello.  Incluso  al consejero  médico  le pareció  tan extraño, que cogió la mano del consejero jurídico, le tomó el pulso y dijo:

—Queridísimo amigo, usted sufre una fuerte congestión en la cabeza, le voy a recetar algo.

Únicamente la señora consejera médica sacudió pensativa la cabeza y dijo en voz baja:

—Creo sospechar a qué se refiere el consejero jurídico superior, pero no puedo decirlo con claridad.

 

LA VICTORIA

 

Poco  más  tarde,  en  una  noche  de  luna  clara,   unos extraños golpes, que parecían provenir de un rincón de la habitación,    despertaron    a   Marie.    Parecía    como    si lanzaran piedrecitas de una pared a otra y, entre medias, se  oían  pitidos   y  chillidos   repugnantes.   Marie   gritó asustada:

—¡Ay, los ratones, vuelven los ratones!

Intentó   despertar   a  su  madre,   pero  fue  incapaz   de pronunciar  un  sonido,  ni  siquiera  de  mover  un  solo miembro, al ver al rey de los ratones que salía con gran esfuerzo  por  un  agujero  de  la  pared,  hasta  que  al  fin comenzó  a  dar  vueltas  con  sus  ojos  chispeantes  y  sus coronas por la habitación. Luego, de un salto enorme, se colocó sobre la mesilla que se encontraba junto a la cama de Marie.

Hi, hi, hi, tienes que darme tus caramelos, tus figuritas de mazapán,   pequeñaja;   si  no,  rompo  a  mordiscos   a   tu Cascanueces.

Así silbaba  el rey  de los  ratones,  haciendo  chirriar  los dientes de forma repelente. Dicho esto, de un gran salto volvió a desaparecer  por el agujero  de la pared.  Marie, aterrorizada   por  la  horrible  aparición,  amaneció  a  la mañana  siguiente  pálida y tan  excitada,  que apenas era capaz   de   pronunciar   palabra.   Cien   veces   pensó   en contárselo a su madre o a Luise, o al menos a Fritz, pero se decía: «¿Habrá alguno que me crea? ¿No van a reírse de mí?».

Tenía   claro,   sin   embargo,    que   para   salvar   a    su Cascanueces no le quedaba otro remedio que entregar a cambio  sus  caramelos  y  sus  figuritas  de  mazapán.  La noche siguiente colocó todos los que tenía junto al listón del armario. A la mañana siguiente la consejera médica le dijo:

—¡No sé de dónde salen ahora tantos ratones en nuestro cuarto de estar!

—¡Mira, pobre Marie! Se han comido todos tus dulces.

Y así era, en efecto. El voraz rey de los ratones no  había encontrado de su gusto el mazapán relleno, pero lo había roído con sus afilados dientes de tal forma que hubo que tirarlo  íntegramente.  A Marie  ya no le  importaban  nada sus    golosinas,     sino    que,    en    su     interior,    estaba inmensamente  alegre porque creía haber salvado así a su Cascanueces. ¡Cómo se sintió cuando en la noche siguiente oyó chillidos  muy cerca  de  sus oídos! ¡Ay! El rey de los ratones estaba otra vez allí, y sus ojos chispeaban aún más repugnantemente  y el silbido que escapaba por entre sus dientes era aún más repulsivo que la noche anterior.

—Pequeñaja, como no me des tus muñecos de azúcar y de tragacanto, destruiré a tu Cascanueces, a tu Cascanueces. Y, diciendo esto, el repelente rey de los ratones desapareció de nuevo.

Marie  estaba  muy  afligida.  A  la  mañana  siguiente  se dirigió    al   armario    y   contempló    con   tristeza    sus muñequitos  de azúcar  y de tragacanto.  Y su  dolor era justo, mi atenta oyente Marie, pues no puedes imaginarte lo  maravillosas   que   eran   las   figuritas   de   azúcar   y tragacanto   que  Marie   Stahlbaum   poseía.  Además   de poseer un bello pastor  con su pastora,  que apacentaban todo un  rebaño  de blancas ovejas con un alegre perrito que por allí correteaba, había dos carteros con cartas en la mano  y  cuatro  bellísimas  parejas  de  muchachos  bien vestidos,  con chicas  extraordinariamente  lindas,  que  se mecían en un columpio  ruso. Además  de unos  cuantos bailarines  estaban  también  el  hacendado  Feldkümmel con la doncella de Orleáns, que no le importaban mucho a  Marie,  pero  en  el  rincón  había   un  niñito  de  rojos carrillos,  su  predilecto,  y  las  lágrimas  comenzaron   a brotar de sus ojos.

—¡Ay, querido señor Drosselmeier! —exclamó, dirigiéndose al Cascanueces—. No hay nada que deje de hacer por salvarle a usted. ¡Pero es muy duro!

El gesto  del Cascanueces  era  tan lastimero,  que  Marie, que además tuvo en aquel momento la visión de las siete fauces  del  rey  de  los  ratones  abiertas  para  devorar  al infeliz  joven, decidió  sacrificarlo  todo.  Así  pues,  por la noche colocó todos sus muñequitos de caramelo junto al listón  del  armario.  Besó  al  pastor,  a  la  pastora,  a  las ovejitas  y por  último  sacó  también a su  predilecto  del rincón,  el  niñito  de  sonrosadas  mejillas  de  tragacanto, pero   lo   colocó    al    final   de   todos.   Al   hacendado Feldkümmel  y a la doncella de Orleáns les correspondió la primera fila.

—¡Esto es demasiado! —exclamó a la mañana siguiente la consejera médica—. Tiene que haber un enorme y poderoso ratón en el armario de cristal, pues todas las muñequitas de caramelo de Marie están mordidas y roídas.

Marie  no pudo  aguantar  las lágrimas;  mas,  a pesar  de ello,  pronto   recuperó   la  sonrisa,   pues   pensó:   «¡Qué importa, si el Cascanueces está asalvo!».

Por  la  tarde  la  madre  contó  al  consejero   médico   el desastre que el ratón estaba organizando en el armario de cristal de los niños y éste comentó:

—Es terrible que no podamos exterminar a ese funesto ratón que anda por el armario y que roe y destroza todas las confituras de Marie.

—¡Ajá! —interrumpió Fritz alegremente—. El panadero de abajo tiene un excelente consejero delegado de color gris; lo voy a subir. Acabará enseguida con la situación. Le cortará la cabeza, aunque sea la mismísima doña Ratonilda o su hijo, el rey de los ratones.

—Y, además —comentó entre risas la consejera médica—, saltará por todas las mesas y las sillas, tirando vasos y tazas y destrozando mil cosas más.

—¡Nada de eso! —respondió Fritz—. El consejero delegado del panadero es un tipo hábil; me gustaría poder caminar sobre la punta del tejado con tanta

elegancia como él.

—Por lo que más queráis, no traigáis un gato por la noche —rogó Luise, que no podía soportarlos.

—En realidad —dijo el consejero médico—, Fritz tiene razón. También  podemos colocar una ratonera. ¿No tenemos ninguna?

—A lo mejor nos la puede hacer el padrino; al fin y al cabo, él las ha inventado —gritó Fritz.

Todos se echaron a reír y, como la señora consejera médica asegurase que en casa no había ninguna, el consejero jurídico superior anunció que él tenía varias. En efecto, al momento hizo traer de su casa una ratonera excelente.

Fritz y Marie recordaron con toda vivacidad el cuento del padrino, el de la nuez dura. Y, mientras la cocinera freía el tocino,  Marie  empezó  a temblar  y tiritar.  Dominada por el cuento y las maravillas que en él ocurrían, dijo a su querida Dore:

—Ay, reina y señora, cuídese usted de doña Ratonilda y de su familia. Fritz había desenvainado su sable y dijo:

—¡Sí, ésos son los que deberían presentarse ahora!

¡Ya les iba yo a dar para el pelo!

Pero  tanto  debajo  como  encima  del  fogón  todo permaneció en silencio y nada se movió. Y cuando el consejero  jurídico  superior  ató  el  tocino  a un fino hilo y colocó  con sumo  cuidado  la ratonera junto al armario de cristal, Fritz exclamó:

—¡Ten cuidado, padrino Drosselmeier, no te vaya a jugar una mala pasada el rey de los ratones!

¡Ay! ¡Qué noche pasó la pobre Marie! Algo frío como el hielo  recorrió  su  brazo  de  un  lado  a  otro,  se  colocó, áspero  y  repugnante,  en  su  mejilla  y  comenzó  a  dar pequeños grititos y chillidos en su oído.

El repulsivo rey de los ratones estaba sobre sus hombros. Una  espuma  roja  como  la  sangre  brotaba  de  sus  siete fauces   abiertas.   Haciendo   chasquear   y   chirriar   los dientes,  comenzó  a sisear  en  el oído  de  Marie,  que  se había quedado paralizada.

Siseo, siseo, no entro en la casa, no voy al banquete, no me cazarán,  siseo,  dame  tus libros  de imágenes  y  todos tus vestidos,  si  no,  no  tendrás  paz,  perderás   al  pequeño Cascanueces, será roído, ¡hi hi, pi pi, quick quick!

Marie  quedó  angustiada   y  preocupada.   A  la   mañana siguiente,   cuando   su   madre   entró,   estaba   pálida   y descompuesta. Su madre dijo:

—Aún no ha caído ese malvado ratón en la trampa.

Y, creyendo que Marie estaba triste por la pérdida de sus dulces y que además tenía miedo al ratón, añadió:

—Pero estate tranquila, querida niña, que vamos a deshacernos de ese horrible ratón. Si las trampas no sirven de nada, Fritz traerá su consejero delegado gris.

En cuanto Marie se quedó sola en el cuarto de estar,  se acercó  sollozando  al  armario  de  cristal  y  habló  así  al Cascanueces:

—¡Ay, mi querido y buen señor Drosselmeier! ¿Qué es lo que yo, pobre e infeliz niña, puedo hacer por usted? Aunque le entregara a ese repulsivo rey de los ratones todos mis libros, incluso el bonito vestido nuevo que me ha traído el Niño Jesús para que lo roa, ¿no seguirá siempre exigiendo cada vez más, hasta que al final ya no tenga nada que entregarle y quiera roerme a mí misma en su lugar?

Así se lamentaba y se dolía la pequeña Marie, cuando se dio cuenta de que el Cascanueces,  desde aquella noche, tenía una gran mancha  de sangre en el cuello.  Desde el momento en que Marie supo que su Cascanueces era en realidad   el   joven   señor    Drosselmeier,    sobrino    del consejero  jurídico  superior,  ya no le volvió a coger más en brazos, ni a besarle o abrazarle. Una cierta timidez le impedía   incluso  tener  excesivo  contacto  con  él.   Mas ahora le cogió con gran cuidado del estante y comenzó a limpiar con su pañuelo la sangre del cuello. Cuál no sería su asombro al notar que el pequeño Cascanueces entraba en calor y comenzaba a moverse en sus manos. Con gran rapidez  volvió  a  colocarlo  en  su  estante  y vio  que  su pequeña boca comenzaba  a moverse. Con gran esfuerzo susurró el pequeño Cascanueces:

—Ay, apreciada demoiselle Stahlbaum, querida amiga, yo os lo debo todo. No, no sacrifiquéis por mí ni un solo libro de imágenes ni vuestro vestido de Navidad. Conseguidme únicamente una espada, una espada, y del resto ya me ocuparé yo, aunque él…

El Cascanueces  comenzó  a perder  la voz, y su  mirada, que  un  momento  antes,  llena  de  vida,  expresaba  su profundo dolor, se volvió otra vez rígida y muerta. Marie no  sintió  el  más  mínimo  miedo,  sino  que  comenzó  a saltar de alegría, pues al fin conocía un medio para salvar al   Cascanueces   sin   tener   que   hacer   más   dolorosos sacrificios.  ¿Pero  dónde  conseguir  una  espada  para  el pequeño?

Marie  decidió  pedir  consejo  a  Fritz,  y  por  la  noche, cuando  sus  padres  habían  salido,  estando  solos  en  el cuarto de estar junto al armario de cristal, le contó todo lo que  había  ocurrido  con el Cascanueces  y el rey  de  los ratones   y   cómo   ahora   lo   importante   era   salvar   al Cascanueces.  Nada preocupó tanto a Fritz como el  que, según lo que  Marie  le había  informado,  sus  húsares  se hubiesen   portado   tan   mal   en   la   batalla.   Volvió   a preguntar con toda seriedad si de verdad había ocurrido así, y Marie le dio su palabra de honor. Entonces Fritz se fue rápidamente al armario de cristal, soltó a sus húsares un  discurso   patético   y   luego,   como   símbolo   de   su egoísmo   y  cobardía,  les   fue  quitando  uno  a  uno  la insignia  de  la   gorra  y  además  les  prohibió  tocar  la marcha de guardia de los húsares durante todo un año. Una vez cumplido su deber, se volvió de nuevo a Marie y dijo:

—Por lo que al sable se refiere, yo puedo ayudar al Cascanueces, pues ayer mismo pasé a la reserva a un anciano coronel de los coraceros, quien, consecuentemente, ya no necesita su hermoso y afilado sable.

El mencionado coronel disfrutaba de la pensión que Fritz le  había  concedido  en  el  último  rincón  de  la  tercera balda. Le sacaron  de allí, le quitaron  su sable  de plata, que,  en  efecto,  era  hermosísimo,  y  se  lo  colocaron  al Cascanueces.

A la  noche  siguiente,  Marie  no  podía  dormir  de  puro miedo. A medianoche le pareció oír en el cuarto de estar incesantes murmullos,  tintineos y crujidos. Y de repente comenzó: «¡Quick!».

—¡El rey de los ratones! ¡El rey de los ratones! —gritó

Marie.

Llena de horror, se levantó de la cama de un salto.  Todo estaba  en  silencio;  pero  pronto  oyó  unos  suaves,  muy suaves, golpes en la puerta y se oyó una fina voz:

—¡Excelentísima demoiselle Stahlbaum, abrid tranquila, traigo felices noticias!

Marie reconoció la voz del joven Drosselmeier, se echó la bata sobre los hombros y abrió volando la puerta. Fuera estaba    el    pequeño     Cascanueces,     con    la    espada ensangrentada   en  la  mano  derecha  y  una  vela  en  la izquierda.  En  cuanto  vio  a  Marie,  se  colocó  rodilla  en tierra y habló así:

—Vos, ¡oh señora!, habéis sido la única que fortaleció mi ánimo con valor caballeresco y dio fuerza a mi brazo para enfrentarme al insolente que se atrevió a ofenderos.

¡Herido de muerte yace el traidor rey de los ratones, revolcándose en su sangre! ¡Señora! ¡No rehuséis aceptar el signo de la victoria de manos de vuestro caballero, fiel y sometido a vos hasta la muerte!

El Cascanueces  se quitó las siete coronas de oro del  rey de   los   ratones   que   llevaba   colocadas   en   el   brazo izquierdo y se las entregó a Marie, quien, llena de alegría, las aceptó. El Cascanueces se levantó y continuó:

—¡Ay, mi excelsa demoiselle Stahlbaum! ¡Cuántas cosas maravillosas podría enseñaros en este momento, una vez vencido mi enemigo, si fuerais tan benevolente de seguirme sólo unos cuantos pasos! ¡Ah, hacedlo así, excelsa demoiselle!

 

EL REINO DE LAS MUÑECAS

 

Queridos  niños,  creo  que  ninguno  de  vosotros  habría vacilado   ni   un   segundo   en   seguir   al   honrado    y bondadoso Cascanueces, quien nada malo podía tener en su pensamiento.  Marie menos aún, pues sabía hasta qué punto podía reclamar el agradecimiento  del Cascanueces y estaba convencida  de que mantendría  su palabra  y le mostraría multitud de maravillas. Así pues, dijo:

—¡Voy con usted, señor Drosselmeier, pero que no sea muy lejos, pues no he dormido nada aún!

—Entonces —respondió el Cascanueces—, elegiré el camino más corto, aunque es algo más incómodo.

Comenzó a caminar. Marie le siguió hasta que se detuvo ante  el  enorme  armario  ropero  del  pasillo.  Con  gran asombro,   Marie   constató   que   sus   puertas,   siempre

cerradas con llave, estaban ahora abiertas y dejaban ver claramente  el  abrigo  de  viaje,  de  piel  de  zorro,  de  su padre, que colgaba en primera fila. El Cascanueces trepó con gran habilidad  por la moldura  y los  adornos  hasta que pudo agarrar la gran borla que, sujeta de un grueso cordón,  colgaba  en  la  espalda  del  abrigo.  Al  tirar  el Cascanueces   de  la  borla,   una  preciosa   escalerilla   de madera de cedro se desenrolló a lo largo de la manga.

—¡Haced el favor de subir, querida demoiselle! —

exclamó el Cascanueces.

Así lo hizo Marie. Apenas había alcanzado el alto de  la manga y asomado por el cuello, cuando una luz cegó sus ojos. Súbitamente,  se encontró en un prado de  delicioso aroma en el que millones de pavesas centelleaban  como pulidas piedras preciosas.

—Nos encontramos en el prado de caramelo —dijo el Cascanueces—, pero en un momento cruzaremos aquella gran puerta.

Marie levantó la vista y descubrió la bellísima puerta que se levantaba  en el prado, unos  pocos  pasos  delante  de ella.  Parecía  estar  construida   de  mármol   veteado  de blanco, marrón y color pasa, pero, al acercarse y cruzarla, se   dio   cuenta   de   que   estaba   hecha   de   almendras garrapiñadas  y pasas, por lo que, como había asegurado el Cascanueces,  se llamaba  la puerta de las almendras y las     pasas.     Alguna      gente     vulgar      la      llamaba inadecuadamente     «la    puerta     de    la     comida     de estudiantes».

En    una    galería    que    partía    de    aquella    puerta, aparentemente  de azúcar de cebada,  había  seis monitos vestidos   con  juboncillos   rojos,  tocando   la  más   bella música  de jenízaros  turcos  que  se  pueda  oír, de forma que   Marie   apenas   se   dio   cuenta    de    que    seguía caminando  por baldosas  de  mármol  de colores,  que en realidad no eran otra cosa  que bonitos  y artísticamente trabajados racimos de moras.

Pronto  se  sintió  envuelta  en  los  más  dulces  aromas, procedentes de un maravilloso bosquecillo que se abría a ambos lados. Por entre el oscuro follaje brotaban brillos y chispas   tan  luminosos,   que  se   podían  ver  con  toda claridad los frutos dorados y  plateados  que pendían de tallos multicolores y los troncos y ramas, adornados con cintas y ramos de flores, como felices parejas nupciales y alegres  invitados.  Y,  cuando  los  aromas  a  naranja  se levantaban como un céfiro ondulante, se oía el murmullo de  las  hojas  y  las  ramas,  el  oro  embriagador  crujía  y crepitaba,  y su sonido  era  como una  música  jubilosa  a cuyo  ritmo  habían  de  saltar  y  bailar  las  centelleantes lucecillas.

—¡Ay! ¡Qué bonito es esto! —exclamó Marie, entusiasmada y feliz.

—Estamos en el Bosque de Navidad, estimada demoiselle —respondió el pequeño Cascanueces.

—¡Ay, si pudiera quedarme aquí un rato! —continuó

Marie—. ¡Es todotan hermoso!

El Cascanueces dio un par de palmadas con sus manitas. Al  momento   se  acercaron   pastorcillas   y   pastorcillos, cazadores   y  cazadoras   (que   Marie,   a   pesar   de   que llevaban un rato paseando por el bosque, hasta entonces no  había  visto),  tan  blancos   y  delicados   que  podría pensarse que eran de puro azúcar. Traían un maravilloso sillón dorado, sobre el que colocaron un blanco cojín de regaliz,  y con toda  cortesía  invitaron  a Marie  a que  se sentara  en  él.   En  cuanto  lo  hubo  hecho,  pastores  y pastoras iniciaron un delicado  baile acompañado  por la música  que, con gran corrección,  tocaban  los cazadores con  sus cuernos.  Luego  desaparecieron  todos  entre  los arbustos.

 

—Disculpad —dijo el Cascanueces—, estimadísima demoiselle Stahlbaum, que el baile haya resultado tan miserable, pero toda esa gente pertenecía a nuestro ballet de alambre y lo único que pueden hacer es repetir una y otra vez lo mismo. Y existen también sus motivos para que los cazadores tocaran tan adormilada y lánguidamente. Pues, aunque el cesto de golosinas cuelga en el árbol de Navidad justo encima de vuestras narices, sigue estando demasiado alto. ¿Pero qué os parece si seguimos paseando un poco?

—¡Ay! ¡Todo ha sido tan hermoso y a mí me ha gustado tanto…! — manifestó Marie a la vez que se levantaba y seguía al Cascanueces.

Caminaron   a  lo  largo  de  un  susurrante   arroyo   que chapoteaba  dulcemente  y del que  al parecer  procedían todos los deliciosos aromas que llenaban el bosque.

—Es el arroyo de las naranjas —explicó el Cascanueces en respuesta a sus preguntas—, pero, exceptuando su excelente aroma, no se puede comparar en grandeza y belleza al río de la limonada, que, igual que éste, desemboca en el lago de leche de almendras.

De hecho, Marie percibió pronto un chapoteo, un rumor más  fuerte,  y  vio  el  ancho  río  de  la  limonada,  que  se deslizaba  formando  rizos  con sus  orgullosas  olas  color perla  entre  arbustos  brillantes  como  un  carbunclo  de reflejos    verdosos.     Un     frescor     extraordinariamente  agradable   que   fortalecía  el  corazón   se  levantaba   en oleadas de  aquella  agua maravillosa.  No lejos de allí se arrastraba con esfuerzo un agua amarilla oscura que, sin embargo,  despedía  un  aroma  increíblemente   dulce,  a cuya    orilla    se   encontraban    sentados    multitud    de hermosísimos    niños    pescando    pequeños    pececillos gordezuelos que comían al momento. Al acercarse, Marie vio que los peces tenían aspecto de  nueces. Junto al río, un poco más lejos, surgía un  bello pueblecito; las casas, los graneros, la iglesia y la casa parroquial  eran marrón oscuro, aunque adornados con tejados dorados. Muchos muros   tenían,   además,   tal  multitud   de  colores,   que parecía   como   si  en  ellos  hubiesen   pegado   cidras   y almendras confitadas. El Cascanueces dijo:

—Ése es el Hogar de Pan de Especias junto al arroyo de la miel; en él viven magníficas personas. Pero casi siempre están de mal humor, porque con frecuencia sufren dolores de muelas. Por ello, es mejor que, en principio, no entremos.

En  aquel  momento  Marie  divisó  una  pequeña  ciudad formada     únicamente     por     casas     transparentes     y multicolores,    bellísimas.    El    Cascanueces    se   dirigió directamente  a  ella;  Marie  oyó  un  tremendo  y  alegre barullo    y   vio    miles    de   amables    personillas    que rebuscaban   entre   multitud   de  carros,   parados   en  el mercado   y   repletos   de   paquetes,   y  se   disponían   a desenvolverlos.  Y  lo  que  sacaron  parecían  papeles  de colores y tabletas de chocolate.

Estamos en Bombonópolis —dijo el Cascanueces—. Acaba de llegar un envío del país del papel y del rey del chocolate. Los habitantes de Bombonópolis han recibido recientemente serias amenazas del ejército del almirante de los mosquitos y por ello están cubriendo sus casas con los regalos del país del papel y levantando trincheras con el excelente material que les envió el rey del chocolate. Pero, estimadísima demoiselle Stahlbaum, no vamos a visitar todos los pueblos y ciudades de este país. ¡Vamos a la capital, a la capital!

Con  paso  rápido  el  Cascanueces  continuó  su  camino; Marie le siguió llena de curiosidad.  No  mucho después se levantó  un  delicioso  aroma  de  rosas  y todo  parecía envuelto en un dulce brillo rosado. Marie comprobó que era producido  por el  reflejo  de un agua roja refulgente que  fluía  entre  las  maravillosas  notas  y  melodías  que producían    los    murmullos    y    chapoteos,    formando pequeñas    olas    de   un   rosa   plateado.    En   aquellas encantadoras aguas que se extendían cada vez más hasta parecer casi un gran lago, nadaban hermosísimos  cisnes blancos como la plata, con lazos dorados en el cuello, que cantaban    compitiendo    por   entonar   las   más    bellas canciones,   a  cuyo   son  saltaban   en  las   rosadas   olas pequeños  pececillos,  como  diamantes  en  un  divertido baile.

—¡Ay! —exclamó Marie—. Éste es el lago que en cierta ocasión quiso hacerme el padrino Drosselmeier. Realmente, yo soy la muchacha que arrullará a los queridos cisnes.

El Cascanueces  mostró  una  sonrisa  burlona  que  Marie nunca había visto en su rostro, y dijo:

—Eso es algo que el tío nunca podrá conseguir; quizá vos misma sí, querida demoiselle Stahlbaum. Pero no perdamos tiempo pensando en eso y naveguemos por el lago de las rosas hasta la capital. 


 LA CAPITAL

 

El pequeño Cascanueces dio un par de palmadas con sus pequeñas  manos.  Creció  el murmullo  de las  aguas del Lago de Rosas, las olas aumentaron y Marie vio acercarse desde la lejanía, tirado por dos delfines con escamas de oro,  un  carro  de  conchas   formado   por  multitud   de piedras preciosas, de mil colores y brillantes como el sol. Doce  pequeños  y encantadores  negritos  con  gorritas  y delantalillos   tejidos   con   brillantes   plumas   de  colibrí saltaron a la orilla y, deslizándose con suavidad sobre las olas,  llevaron  primero  a  Marie  y luego  al Cascanueces hasta el carro de conchas, que al punto comenzó a cruzar el  lago.  ¡Ay! ¡Cómo  disfrutó  Marie  de lo  hermoso  que

resultaba deslizarse en el carro de conchas, rodeada del   perfume  y las olas  rosas!  Los  dos  delfines  de  escamas doradas levantaban  sus naricillas y disparaban rayos de cristal hacia el cielo y, cuando caían en brillantes arcos de chispas, parecía como si dos dulces y delicadas vocecitas de plata cantasen:

—¿Quién nada en el Lago de Rosas?

—¡El hada! ¡Mosquitos!

—¡Bim, bim, pececillos, ssh, ssh, cisnes! ¡Suá, suá, pájaros de oro! ¡Trara, corrientes de olas, moveos, tocad, cantad, soplad, vigilad, viene la pequeña hada, olas de rosa, agitaos, refrescad, salpicad, moveos hacia adelante, adelante!

Pero  dio  la impresión  de  que  a los  doce  negritos,  que habían saltado a la parte de atrás del carro de  conchas, les molestaba  realmente  el canto  de los  rayos  de agua, pues  comenzaron  a agitar  sus  sombrillas  de tal forma, que   las   hojas   de   dátiles    de   que   estaban   hechas comenzaron   a  crepitar   y   chisporrotear,   y  al  mismo tiempo taconeaban un extrañísimo compás y cantaban:

—Klap y klip, klip klap, arriba y abajo, el corro de los negros no puede callar, moveos, peces, moveos, cisnes, retumba, carro de conchas, retumba, klap y klip, klip y

klap, arriba y abajo.

—Los negros son gente divertida —comentó el Cascanueces algo  confuso —, pero van a hacer que se me rebele todo el lago.

Y  en  efecto,  se  levantó  un  enloquecedor   alboroto  de voces maravillosas, voces que parecían nadar en el lago y en el aire. Pero Marie no les hacía ningún caso, sino que observaba  las aromáticas  olas rosas, desde  cada una de las cuales le sonreía un gracioso rostro de muchacha.

—¡Ay! —exclamó alegre, dando una palmada—. ¡Mire usted, querido señor Drosselmeier! ¡Ahí abajo está la princesa Pirlipat, me está sonriendo con tanta dulzura…!

¡Ay, venga, mire usted, querido señor Drosselmeier! Pero el Cascanueces suspiró, casi lamentándose, y dijo:

—¡Oh, excelente demoiselle Stahlbaum, ésa no es la princesa Pirlipat! Sois vos, sólo vos. ¡Es sólo vuestro propio y dulce rostro el que sonríe con tanta dulzura desde cada ola rosada!

Al oír esto Marie se retiró con rapidez y cerró con fuerza los   ojos,   avergonzada.   En   ese   mismo   momento   la cogieron  los  doce  negritos  y,  sacándola  del  carro  de conchas,   la  llevaron   a   tierra.  Se  encontraba   en  una pequeña  floresta  casi  más bonita aún que el Bosque  de Navidad, pues todo brillaba y relucía en ella. Pero lo más

extraordinario  eran los admirables y extraños frutos que colgaban  de  los  árboles   y  que  no  sólo  tenían   raros colores, sino que despedían un aroma maravilloso.

Nos encontramos en el Bosque de las Confituras —dijo el Cascanueces —. Allí está la capital.

¿Y qué es lo que vio entonces  Marie? ¡Ay, niños! ¡Cómo podré explicaros  la maravillosa  belleza  que se  extendía ante sus ojos sobre un rico y amplio prado lleno de flores! No era sólo que los muros y las torres resplandecían con los más maravillosos colores, sino que, además, hasta en la misma forma de los edificios era imposible  encontrar nada  semejante  en el mundo  entero.  Pues,  en lugar  de tejados,   las   casas   estaban   cubiertas   con   coronas   de delicado trenzado y las torres coronadas con la más bella y   colorida   hojarasca   que   se   pueda   hallar.   Cuando cruzaron la puerta de la ciudad, que parecía estar hecha de   almendrados y frutas confitadas, unos soldados plateados  presentaron  armas,  y un hombrecillo,  vestido con una camisa de dormir de brocados, se echó al cuello del Cascanueces diciendo:

—¡Bienvenido, príncipe, bienvenido al Burgo del Confite!

Grande fue el asombro de Marie al notar que un hombre tan   distinguido   recibía   al   joven   Drosselmeier   como príncipe. Pero en aquel momento comenzó a oír tantas y tan   finas   voces   entremezcladas,   tal   barullo   y   tales carcajadas, tales juegos y canciones, que no pudo pensar en ninguna otra cosa y al momento preguntó al pequeño Cascanueces qué significaba aquello.

—Oh, excelente demoiselle Stahlbaum —respondió el Cascanueces—, no es nada especial. Lo que ocurre es que el Burgo del Confite es una ciudad populosa y alegre y en ella son todos los días así. Pero venid, sigamos adelante.

Apenas  hubieron  dado  unos  pasos,  llegaron  a  la  gran plaza  del mercado,  que  ofrecía  una  hermosísima  vista. Todas  las  casas  que  la   circundaban   eran  de  azúcar horadado,   una   alegría   sobre   otra.   En   el   centro   se levantaba, a manera de obelisco, un pastel-árbol grosella, limonada y otras deliciosas bebidas dulces; y en la pila se acumulaba  gran  cantidad  de  crema  tan  apetitosa,  que daban ganas de comenzar a comerla a cucharadas.  Pero lo  más bonito eran las maravillosas gentecillas que se amontonaban   a   miles,   codo   con   codo,   y   cantaban, bromeaban  y  reían  jubilosas,  levantando  así  el  alegre vocerío  que  Marie  había  percibido  ya  desde  la lejanía. Había   señores   y  damas  con  muy   hermosos   atavíos, armenios  y soldados,  predicadores, pastores  y bufones, en   pocas   palabras,   todos   los   tipos   que   se   pueden encontrar en el mundo. En una de las esquinas aumentó el  tumulto;  el  pueblo  abrió  paso,  pues  justo  entonces pasaba  por  allí,  conducido  en  un  palanquín,  el  Gran Mogol acompañado por noventa y tres grandes del reino y  setecientos   esclavos.   Pero   ocurrió   que   en  el   otro extremo    emprendía    su    procesión    la    cofradía    de pescadores,  compuesta  por unas  quinientas  personas.  Y lo peor  fue que  al gran  jefe  turco  se le ocurrió  dar un paseo a caballo por el mercado acompañado  de tres mil jenízaros,  a  los  que  se  añadió  la  gran  procesión  de  la Fiesta    del    sacrificio    ininterrumpida,    que   avanzaba directamente hacia el pastel-árbol con sonoras músicas y cantos:

—Adelante, dad gracias al poderoso sol. ¡Qué tumulto, qué empujones, qué jaleo, qué griterío!

Y pronto  empezaron  también  los lamentos,  pues  en  el barullo  un  pescador  había  arrancado  a  un  brahmán la cabeza de un golpe y a punto estuvo un moharrache  de atropellar  al Gran Mogol.  El alboroto  se hacía cada vez más frenético. Todos empezaban ya a darse empujones y golpes,  cuando  el  hombre   vestido  con  la  camisa  de dormir de brocado que había recibido al Cascanueces a la entrada   llamándole   príncipe   trepó   al  pastel-árbol   y, después de tocar tres veces una campanilla  muy aguda, gritó tres veces en voz muy alta:

—¡Pastelero! ¡Pastelero! ¡Pastelero!

Al  momento  se  acalló  el  tumulto  y cada  uno  trató  de arreglárselas  como  pudo  y,  una  vez  que  se  hubieron recompuesto  las distintas procesiones,  se hubo cepillado al  embadurnado  Gran  Mogol  y  colocado  de  nuevo  la cabeza al brahmán,  comenzó  de  nuevo el mismo alegre alboroto inicial.

—¿Qué significa eso de «Pastelero», buen señor Drosselmeier?  —preguntó Marie.

—¡Ay, excelente demoiselle Stahlbaum! —respondió el Cascanueces—. Aquí se llama Pastelero a un poder desconocido pero temible que, según se cree, puede hacer de los hombres lo que quiera. Es el hado que reina sobre este diminuto y feliz pueblo, y lo temen de tal forma que el solo hecho de pronunciar su nombre acalla el mayor de los tumultos, tal y como nos acaba de demostrar el señor burgomaestre. Todos dejan entonces de pensar en lo terrenal, en golpes en las costillas o chichones en la cabeza, para concentrarse en sí mismos y decir: «¿Qué es el hombre y qué va a ser de él?».

 Marie  no  pudo  evitar  emitir  un  grito  de  admiración, incluso de asombro, al encontrarse ante un castillo de un reluciente brillo rosado con quinientas airosas torres. De vez en cuando,  diseminados  por los  muros,  había ricos ramos  de violetas,  narcisos,  tulipanes  y alhelíes,  cuyos oscuros  y ardientes  colores  no hacían  sino aumentar  la blancura  al teñir el fondo  de rosa.  La gran  cúpula   del edificio  central,  así  como  los  tejados   piramidales   de las torres estaban sembrados de mil pequeñas y brillantes estrellas de oro y plata.

—Nos hallamos ante el Castillo de Mazapán —dijo el

Cascanueces.

Marie  estaba  totalmente  absorta  en  la  admiración  del maravilloso palacio y, sin embargo, no se le escapó que a una  de  las  torres  grandes  le  faltaba  por  completo  el tejado y que unos hombrecillos, subidos en un andamio hecho de canela en rama, parecían  querer reconstruirlo. Pero antes de que preguntara al respecto, el Cascanueces continuó:

—Hace muy poco tiempo este castillo estaba amenazado de gran desolación, incluso de destrucción total. El gigante Goloso llegó por el camino, se comió de un mordisco el tejado de aquella torre y, cuando ya comenzaba a mordisquear la gran cúpula, los habitantes de Confite le trajeron como tributo todo un suburbio, así como una gran parte del Bosque de las Confituras. Tras comérselo, continuó su camino.

En  aquel  momento  se  oyó  una  música  muy  suave  y agradable, se abrieron las puertas del castillo y por ellas salieron   doce   pequeños   pajes   que   llevaban   en   sus diminutas manos, a manera de antorchas, tallos de clavo aromático  encendidos.  Sus cabezas  eran  una  perla,  sus cuerpos  rubíes  y esmeraldas,  y caminaban  sobre  unos piececillos  elaborados  de  oro  preciosamente  trabajado. Los   seguían   cuatro   damas,   casi   tan   grandes   como Clárchen,        pero        con        unos        vestidos        tan extraordinariamente bellos que a Marie no le cupo duda de  que  eran  princesas  de  nacimiento.  Abrazaron  muy cariñosamente   al  Cascanueces  y  exclamaron  alegres  y emocionadas:

—¡Oh, príncipe mío…, mi buen príncipe…, hermano mío!

El  Cascanueces  parecía  muy  emocionado.  Se  secó  sus abundantes  lágrimas, cogió luego a Marie de la mano y pronunció en un tono patético:

—Ésta es la demoiselle Marie Stahlbaum, la hija de un honorable consejero médico y mi salvadora. Si ella no hubiera arrojado la zapatilla en el momento oportuno, si no me hubiera procurado el sable del coronel retirado, yacería en la tumba, desgarrado por el maldito rey de los ratones. ¡Oh! Quizá comparéis a esta demoiselle Stahlbaum con Pirlipat, a pesar de que ésta es princesa de nacimiento, en belleza, bondad y virtud. ¡Pues no, yo os digo que no!

Todas las damas exclamaron:

—¡No! —arrojándose al cuello de Marie y exclamando entre sollozos—: ¡Oh,  noble  salvadora   de  nuestro   querido   hermano   el príncipe…, excelsa demoiselle Stahlbaum!

Las damas condujeron a Marie y al Cascanueces al interior del castillo,  a una sala cuyas paredes  estaban  hechas  de brillantes cristales de mil colores.

Pero  lo  que  más  gustó  a  Marie  fueron  las  maravillosas sillitas,  mesitas,  cómodas,  escritorios,  etc.,  que  había  por todas partes, hechas todas de madera de cedro o de palo de  Brasil  y  adornadas  con  flores  doradas  diseminadas sobre  los  pequeños  muebles.  Las  princesas  obligaron  a sentarse  a  Marie  y  al  Cascanueces  y  dijeron  que  ellas mismas prepararían al instante un banquete. Sacaron gran cantidad   de   cucharas,   cuencos   y   fuentes   de   la   más delicada    porcelana    japonesa,    cucharas,    tenedores    y cuchillos,   ralladores,   cacerolas   y   otros   pertrechos   de cocina,  todos  de  oro  y  plata.  Y  luego  llevaron  las  más maravillosas  frutas  y  pasteles  que  Marie  jamás  hubiera visto,  y comenzaron,  con sus  pequeñas  manitas blancas como la nieve, a exprimir  las frutas,  añadir  las especias, rallar las almendras,  en pocas  palabras,  a trabajar  de tal forma  que  Marie  pudo  darse  cuenta  de  lo  bien  que  las princesas  conocían  la  cocina  y,  por  ende,  el   delicioso banquete  que  resultaría.  Y al tener  la viva sensación  de dominar  también esos asuntos deseaba, sin  manifestarlo, poder tomar parte activa en la labor de  las princesas.  La más hermosa  de las hermanas  del  Cascanueces,  como si hubiera adivinado el secreto deseo de Marie, le entregó un pequeño mortero de oro diciendo:

—¡Oh dulce amiga, cara salvadora de mi hermano, tritura tú también alguno de estos dulces!

Y  cuando   Marie  se  encontraba   golpeando   con   buen ánimo el mortero, que sonaba alegre  y dulce  como una buena cancioncilla, el Cascanueces comenzó a relatar con todo  detalle  lo  sucedido  durante  la  terrorífica  batalla entre su ejército y el del rey de los ratones: cómo a causa de la cobardía de sus tropas había sido derrotado y cómo el repugnante rey de los ratones había estado a punto de destrozarle  a  mordiscos,  por lo que  Marie  había  tenido que sacrificar varios de sus subordinados,  que se habían puesto a su servicio, etc., etc. Durante  este relato  Marie tuvo  la  impresión  de  que  sus  palabras  e  incluso  sus propios golpes de mortero sonaban cada vez más débiles y lejanos. Pronto vio unos velos de plata que ascendían como  finos  cúmulos  de  niebla  en los  que  nadaban  las princesas, los pajes, el Cascanueces e incluso ella misma. Se  oyeron  unos  extraños  cantares,  siseos  y  zumbidos, cuyo eco se perdía en la lejanía; entonces Marie se elevó, como sobre olas ascendentes,  cada vez más y más  alto, más y más alto, más y más alto…

 

CONCLUSIÓN

Hasta que se oyó: «¡Prrr…, pfaff!».

Marie  cayó  desde  una  altura  inconmensurable.  ¡Eso  sí que  fue un golpe!  Pero  al momento  abrió los ojos  y  se encontró  en su camita. Era ya bien entrado  el  día  y su madre se encontraba ante ella, diciendo:

—¿Pero cómo se puede dormir hasta tan tarde? ¡Hace ya rato que está preparado el desayuno!

Ya te habrás dado cuenta, mi muy estimado público aquí reunido,   que  Marie,  completamente   aturdida  por  las maravillas  que acababa  de ver, se había  quedado  al fin dormida en la sala del Burgo del Confite y que los moros o  los  pajes,  o  quizá  incluso  las  mismas  princesas,  la habían llevado a casa y metido en la cama.

—¡Oh, mamá, mamá querida, a cuántos sitios me ha llevado esta noche el joven señor Drosselmeier y qué infinidad de cosas bellas he visto!

Y entonces  comenzó  a contarlo todo, casi con la  misma exactitud  con la que yo lo acabo de hacer,  mientras  su madre la observaba maravillada.

Cuando Marie acabó, su madre dijo:

—Has tenido un largo y muy hermoso sueño, querida

Marie, pero ahora olvídate de todo eso.

Marie  insistió  con  terquedad  en  que  no  había  sido  un sueño, sino que lo había visto todo con sus propios  ojos. Entonces su madre la condujo hasta el armario de cristal, sacó el Cascanueces,  que, como siempre,  se  encontraba en el primer estante, y dijo:

—¡Pero qué niña más boba! ¿Cómo puedes creer que este muñeco de Nuremberg, hecho de madera, pueda tener vida y movimiento?

—Mamaíta —la interrumpió Marie—, yo sé muy bien que el pequeño Cascanueces es el joven señor Drosselmeier de Nuremberg, el sobrino del padrino Drosselmeier.

Entonces  ambos,  el  consejero  médico  y  su  esposa,  se echaron a reír a carcajadas.

—¡Ay! —continuó Marie, casi llorando—. Y ahora tú, papaíto, te burlasde mi Cascanueces, con lo bien que habló de ti. Cuando llegamos al Burgo del Confite y me presentó a las princesas, sus hermanas, dijo que tú eras un consejero médico muy digno.

Las  carcajadas  se  hicieron  aún  más  fuertes,  y Luise,  e incluso Fritz, se unieron a ellas.

Marie salió corriendo a la habitación contigua; sacó de su pequeña cajita las siete coronas del rey de los ratones y las llevó  a su habitación.  Al entregárselas  a  su madre, dijo:

—Mira, mamita, éstas son las siete coronas del rey de los ratones, que me entregó la noche pasada el joven señor Drosselmeier en señal devictoria.

La  madre   observó,   llena   de   asombro,   las   pequeñas coronas de un metal totalmente  desconocido,  pero muy brillantes,   con   un   trabajo   tan   delicado   que   parecía imposible   que   lo   hubieran   podido   ejecutar   manos humanas.  Tampoco el  consejero  médico  se  hartaba  de mirar  aquellas coronitas,  y ambos, el padre y la madre, instaron  con toda seriedad  a Marie  a que confesara  de dónde había sacado las coronitas. Pero ésta no podía sino insistir  en  lo  que  había  dicho  y,  cuando  el  padre  la empezó a reñir seriamente  e incluso la acusó de ser una pequeña mentirosa, ella se echó a llorar, lamentándose:

—¡Ay, pobre de mí! ¡Pobre de mí! ¿Qué he de decir?

En  ese  momento  se  abrió  la  puerta.  Entró  el  consejero jurídico y exclamó:

—¿Qué pasa aquí? ¿Mi ahijada Marie llorando y sollozando? ¿Qué es lo que ocurre?

El  consejero  médico  le  informó  de  todo  lo  que  había sucedido,  al tiempo  que le mostraba  las  coronas.  Pero, apenas las hubo visto, el consejero jurídico se echó a reír, diciendo:

—¡Pero qué disparate! ¡Qué disparate! Ésas son las coronitas que hace unos años llevaba yo en la cadena del reloj y que le regalé a Marie en uno de sus cumpleaños, cuando cumplió dos o tres años, ¿no os acordáis?

Ni el consejero médico ni su esposa lo recordaban, pero, al  darse  cuenta  Marie  de  que  las  caras  de  sus  padres recuperaban   su  gesto  amable,  de  un  salto  abrazó  al padrino diciendo:

—¡Ay, tú lo sabes todo, padrino Drosselmeier! Diles que mi Cascanueces es tu sobrino, el joven señor Drosselmeier de Nuremberg, y que ha sido él quien me ha regalado las coronas.

Pero  el  consejero  médico  puso  una  cara  muy  seria  y murmuró:

—¡Eso no son más que tonterías absurdas!

Y cogió a Marie, la colocó delante de sí y dijo con toda seriedad:

—Escucha, Marie: olvida ya esos sueños y esos cuentos. Y si vuelves a decir que ese simple y deforme Cascanueces es el sobrino del consejero jurídico superior, no sólo voy a tirar por la ventana el Cascanueces, sino todos los muñecos, incluida Mamsell Clárchen.

Así pues, Marie no podía hablar más de lo que llenaba su alma,  pues   bien,   os  podéis  imaginar   que  cosas   tan hermosas y maravillosas como las que le habían ocurrido no se pueden olvidar. Incluso, mi muy estimado lector u oyente   Fritz,  tu  camarada   Fritz   Stahlbaum   volvía  la espalda  a su hermana  cuando  ésta iba a contarle  cosas del mundo tan maravilloso en el que fue tan feliz. Dicen que en alguna ocasión llegó a susurrar entre dientes:

—¡Qué niña más boba!

Pero esto es algo que, dado su probado buen carácter, no llego a creer. Lo cierto es, sin embargo,  que, como  ya no creía nada de lo que Marie le contaba, pidió  formalmente perdón  a  los  húsares  en  una  parada   de   gala,  por  la injusticia  cometida  con  ellos,  y  en  lugar  del  estandarte perdido les colocó unos penachos de plumas de ganso más altos y más bonitos y les permitió volver a tocar la marcha de   guardia.   ¡Bueno,   nosotros   sabemos   lo   que   había ocurrido con el valor de los húsares cuando las horribles balas les hicieron las manchas rojas en sus jubones!

Marie no podía hablar de su aventura, pero las imágenes de  aquel  maravilloso  reino  de  hadas  la  envolvían  en dulces susurros  y amables notas. En  cuanto centraba su atención en ello, volvía a verlo todo otra vez. El resultado fue  que  Marie,  en  lugar  de  jugar  como  antes,  podía pasarse   el   tiempo   sentada,   inmóvil   y   en   silencio, ensimismada,   lo   que  hizo  que  todos   la  llamaran   la pequeña soñadora.

Cierto día el consejero jurídico se encontraba en casa del consejero  médico  arreglando  un  reloj.  Marie,  sentada junto  al  armario   de  cristal,   miraba,   inmersa   en  sus ensoñaciones, al  Cascanueces y entonces involuntariamente dijo:

—¡Ay, querido señor Drosselmeier, si viviera usted de verdad, yo no haría lo mismo que la princesa Pirlipat, yo no le despreciaría por haber dejado de ser, por culpa mía, un guapo joven!

En aquel momento exclamó el consejero jurídico:

—¡Vaya, vaya…, qué tonterías!

Pero  se  oyó  un  golpe  y  una  sacudida  tan  fuertes,  que Marie, desmayada, se cayó de la silla. Cuando volvió en sí, su madre, que estaba a su lado, dijo:

—¿Pero cómo has podido caerte de la silla? ¡Acaba de llegar de Nuremberg el sobrino del señor consejero jurídico, así que pórtate bien!

Marie  levantó  la  vista.  El  consejero  jurídico  se  había puesto  de  nuevo  su  peluca  de  cristal  y  su  chaqueta amarilla  y  sonreía  plenamente  satisfecho,  pero  de  su mano   llevaba   a   un   joven   pequeño,   aunque    muy agraciado. Su carita era como de leche y sangre. Llevaba una preciosa  chaqueta  roja con  sobredorados,  medias  y zapatos de seda blanca, un  maravilloso  ramito de flores en    la    solapa    y    estaba    perfectamente    peinado    y empolvado; por la espalda le caía una soberbia trenza. La pequeña    espada   que    colgaba    a   un   lado    parecía confeccionada  con piedras preciosas,  tal era su fulgor,  y el sombrerito que llevaba bajo el brazo parecía tejido con copos de seda. El joven mostró desde el primer momento su  buena  educación,  al  entregar  a  Marie  cantidad  de juegos preciosos y sobre todo un excelente mazapán y las mismas figuritas que el rey de los ratones le había roído y a Fritz un preciosísimo sable que le había traído. Durante la  comida  el  educado  muchacho  cascó  las  nueces  de todos los comensales; ni la más dura se le resistía: se la metía en la boca  con la mano derecha, con la izquierda tiraba   de  la   trenza   y  —crac—   ¡la  nuez   caía   hecha pedazos!

Marie se había puesto colorada al ver al joven, y su rubor aumentó  aún más  cuando,  después  de  comer,  el joven Drosselmeier  la invitó a que le acompañara  al cuarto de estar, al armario de cristal.

—Jugad juntos, niños. Ahora que todos mis relojes van bien no tengo nada en contra —dijo el consejero jurídico superior.

Y el joven Drosselmeier,  apenas se encontró  a solas con Marie, se dejó caer de rodillas y habló así:

—¡Oh, mi excelentísima demoiselle Stahlbaum, ved aquí a vuestros pies al feliz Drosselmeier, al que vos salvasteis la vida en este mismo lugar! Vos expresasteis con toda generosidad que no me despreciaríais, como la abominable princesa Pirlipat, si por vos hubiera aumentado mi fealdad. Y al momento dejé de ser un despreciable Cascanueces y recuperé mi figura anterior, que no era desagradable. ¡Oh excelente demoiselle Stahlbaum, hacedme feliz concediéndome vuestra valiosa mano, compartid conmigo el reino y la corona,gobernad conmigo en el Burgo del Confite pues ahora soy rey de allí!

Marie ayudó a incorporarse al joven y dijo con suavidad:

—Querido señor Drosselmeier, usted es una persona buena y amable y, ya que además gobierna en un ameno país con una gente hermosa y divertida, le acepto a usted como prometido.

Y así Marie se convirtió  en prometida  de  Drosselmeier. Años  más tarde la recogió,  como  suele  decirse,  en una carroza  dorada  tirada  por caballos  plateados.  Veintidós mil  figuras,  las más  brillantes,  adornadas  con  perlas  y diamantes, bailaron en su boda.

Cuentan que Marie es todavía  en estos momentos  reina de un país, en el que por todas partes  pueden  hallarse luminosos  bosques de Navidad y  transparentes castillos de mazapán; en una palabra, las cosas más magníficas y maravillosas si se tienen ojos para ello.

Y éste ha sido el cuento de «El Cascanueces  y el rey de los ratones».

 

FIN