3 - CONVERSACIONES DE AQUÍ Y ALLÁ
—¿Sabes, Minguito? Ya descubrí todo. Todito.
El vive al final de la calle Barón de Capanema. Bien al final, y guarda el
coche al lado de la casa. Tiene dos jaulas, una con un canario y otra con un
"azulao"14. Fui allá bien tempranito, como quien no quiere nada, llevando mi cajoncito de lustrar.
Tenía tantas ganas de ir, Minguito, que esa vez ni sentía elpeso de mi cajón. Cuando llegué miré
bien la casa y me pareció demasiado grande para una persona que vive sola. El estaba al
otro lado, en el patio, junto a la pileta, afeitándose.
Golpeé con las manos.
—¿Quiere lustrarse?
Vino desde allí, con la cara llena de
jabón. Una parte ya estaba afeitada. Sonrió y me dijo:
—¡Ah! ¿Eras tú? Entra, muchachito.
Lo seguí.
—Espera que ya acabo.
Y continuó afeitándose con la navaja,
tras, tras, tras. Y pensé que cuando sea grande quiero tener una barba así de gruesa,
que haga así de lindo: tras, tras, tras...
Me senté en mi cajoncito y quedé esperando.
Me miró por el espejo.
—¿Y tu clase?
—Hoy es fiesta nacional. Por eso salí a
lustrar para ganar unas monedas.
—¡Ah!
Y continuó. Después se inclinó en la
pileta y se lavó la cara. Se secó con la toalla. El rostro le quedó colorado y brillante.
Después se rió de nuevo.
—¿Quieres tomar café conmigo? Dije que no,
pero queriendo.
—Entra.
Me gustaría que vieras cómo estaba
todo de limpio y arregladito. La mesa hasta tenía mantel a cuadros rojos. Y allí estaba
la taza. Nada de taza de lata, como en casa. Me contó que una negra vieja iba todos los
días "a poner orden" cuando él salía para trabajar.
—Si quieres, haz como yo, moja el pan en el
café. Pero no hagas ruido al tragar. Es feo.
En eso miré a Minguito; estaba mudo
como una bruja de trapo.
—¿Qué pasa?
—Nada. Estoy escuchando.
—Mira, Minguito, no me gustan las discusiones,
pero si estás enojado es mejor que me lo digas ya.
—Es que tú ahora solamente juegas con el
Portugués, y yo no puedo...
Me quedé pensativo. Era eso. No me
había pasado por la cabeza que él no podría divertirse con lo mismo.
—Dentro de dos días nos encontraremos con Buck
Jones. Ya le mandé un mensaje por el cacique "Toro sentado".
Buck Jones está lejos, cazando en Savanah... Minguito, ¿es Saváah o Savanah como se dice? En una
película tenía una "h" detrás. No sé. Cuando vaya a la casa de Dindinha le voy a
preguntar a tío Edmundo.
Nuevo silencio.
—¿Dónde estábamos?
—En mojar el café en el pan.
Largué una carcajada.
—Mojar el café en el pan no, tonto. En ese
momento nos quedamos en silencio, y él me miraba, estudiándome.
—Tanto hiciste hasta que por fin descubriste
dónde vivía.
Me quedé sin saber qué decir. Resolví
contar la verdad.
—¿Usted no se enojará si le digo una cosa?
—No. Entre amigos no debe haber secretos...
—Es mentira que anduve lustrando por ahí.
—Ya lo sabía.
—Pero yo quería tanto... Aquí, de este lado,
no hay nadie que se lustre, por causa del polvo. Solamente quien vive cerca de
la Río-San Pablo.
—Pero podrías haber venido sin cargar todo ese
peso, ¿no?
—Si yo no lo cargaba no me hubieran dejado
salir.
Sólo puedo andar cerca de casa. De
vez en cuando tengo que aparecer por alli, ¿comprende? En cambio, si voy más
lejos, tengo que fingir que voy a trabajar. Se rió de mi lógica.
—Yendo a trabajar, la gente de casa sabe que
no estoy haciendo travesuras. Y es mejor así, porque no recibo tantas
palizas.
—No creo que seas tan travieso como dices.
Quedé muy serio.
—Yo no sirvo para nada. Soy muy malo. Por eso
en Navidad es el diablo el que nace para mí y no recibo regalos. Soy una peste. Una pestecita chica. Un perro. Una cosa ordinaria. Una de mis hermanas me dijo que alguien tan malo como yo no debiera haber nacido.
Se rascó la cabeza, admirado.
—Solamente en esta semana recibí un montón de
palizas. Algunas bastante dolorosas.
Pero también me pegan por lo que no
hago. Me echan la culpa de todo. Ya se acostumbraron a pegarme.
—Pero ¿qué es lo que haces de malo?
—Debe ser culpa del diablo. Me vienen ganas de
hacer... y hago. Esta semana pegué fuego a la cerca de la Negra Eugenia.
La llamé "Doña Cordelia", "Pata Chueca", y ella se puso hecha una fiera. Pateé una
pelota de trapo y la muy burra entró por la ventana y quebró un espejo grande de doña
Narcisa. Con la "baladeira"15 rompí tres lámparas. Le tiré una pedrada a la cabeza al hijo de
don Abel.
—Basta, basta.
Se ponía la mano en la boca para
esconder la sonrisa.
—Pero todavía hay más. Arranqué todas las
plantas que doña Tentena acababa de plantar. Le hice tragar una bolita al
gato de doña Rosena.
—¡Ah; eso no! No me gusta que maltraten a los
animales.
—Pero no era de las grandes. Era una bien
chiquita. Le dieron un purgante al bicho y salió. Y en vez de devolverme la
bolita lo que me dieron fue una brutal paliza. Pero peor fue cuando yo estaba durmiendo y papá agarró
el zueco y me pegó unos zuecazos. Yo ni siquiera sabía por qué me pegaban.
—¿Y por qué fue?
—Fuimos muchos chicos a ver una película.
Entramos en la segunda sección porque es más barato. Entonces tuve ganas,
¿sabe?... y me quedé bien en el rincón de la pared, orinando. Aquella agua corría. Es una
tontería que uno tenga que salir y perderse un pedazo de la película. Pero usted ya sabe
cómo somos los chicos. Basta que uno lo haga para que todos los otros tengan ganas. Y, así,
todo el mundo se fue a ese rinconcito y pronto se formó un río. Al fin lo descubrieron, y ya
se sabe: fue el hijo de don Pablo. Me prohibieron ir al cine "Bangú" durante un año,
hasta que tenga juicio. A la noche el dueño se lo contó a papá, y a él no le hizo ninguna gracia... yo puedo
decirlo.
Aun así, Minguito continuaba
enfadado.
—Mira, Minguito, no necesitas quedarte con esa
cara. El es mi mejor amigo. Pero tú eres el rey absoluto de los árboles,
así como Luis es el rey absoluto de mis hermanos. Es necesario que sepas que el corazón de
la gente tiene que ser muy grande y debe caber en él todo lo que a uno le gusta.
Silencio.
—¿Sabes una cosa, Minguito? Voy a jugar a las
bolitas— Hoy estás muy aburrido.
* * *
Al comienzo el secreto existió solo
porque yo tenia vergüenza de ser visto en el coche del hombre que me diera unas
palmadas. Después persistió porque siempre es lindo tener un secreto. Y el Portugués me daba
todos los gustos en ese sentido. Nos habíamos jurado, a muerte, que nadie debería saber
nada de nuestra amistad. Primero, porque no quería que llevara a los otros chicos; cuando
venía gente conocida, hasta el mismo Totoca, yo bajaba del coche. Segundo, porque nadie
debía molestar tantos temas que teníamos para conversar.
—¿Usted nunca vio a mi madre? Es india. Hija
de indio. Todos allá en casa son medio indios.
—¿Y cómo saliste tan blanquito? Y además con
cabellos rubios, casi blancos.
—Es la parte del portugués. Mamá es india,
bien morena y de cabellos lisos; solamente
Gloria y yo salimos así, como gato
barcino de mal pelo. Ella trabaja en los telares del Molino
Inglés para ayudar a pagar la casa.
El otro día fue a levantar una caja y sintió un dolor horrible. Tuvo que ir al médico; le
dio una faja porque tenía una hernia que se estranguló.
Mamá es buena conmigo. Cuando me
pega, agarra varillas de "guanxuma"16 del
fondo y me pega en las piernas solamente.
Vive tan cansada que cuando llega a casa de noche no tiene ganas ni de conversar.
El automóvil marchaba y yo conversaba.
—La que es brava es mi hermana mayor.
Enamoradiza hasta no poder más. Cuando mamá la mandaba que me cuidara y
paseara, le recomendaba que no fuera más allá de nuestra calle, porque sabía que en la
esquina tenía un festejante esperando. Pero ella iba para ese lado que le decían, y allá
tenía otro festejante que también la esperaba. Lápices ni había, porque vivía escribiendo
cartas para su festejante...
—Llegamos...
Estábamos cerca del Mercado y paraba
en el lugar establecido.
—Hasta mañana, muchachito.
El sabía que yo iba a buscar la
manera de dar una vueltita por el sitio del estacionamiento, tomar un refresco y
recibir sus figuritas. Conocía hasta los horarios en los que él no tenía nada que hacer.
Y ese juego ya duraba más de un mes.
Mucho más. Nunca pensé que él pudiera poner esa cara tan triste cuando le
conté las historias de Navidad. Se quedó con los ojos llenos de lágrimas y pasó sus manos
por mis cabellos, prometiendo que nunca más dejaría de tener un regalo ese día.
Y los días pasaban, sin apuro y muy
felices. Hasta que allá en casa comenzaron a notar mi trasformación. No cometía
tantas travesuras y vivía en mi pequeño mundo del fondo de la casa. Es verdad que
algunas veces el diablo vencía mis propósitos. Pero ya no decía tantas palabrotas como antes y
dejaba en paz a los vecinos.
Siempre que podía él inventaba un
paseo, y fue en uno de ellos cuando detuvo el coche y me sonrió:
—¿Te gusta pasear en "nuestro"
coche?
—¿También es mío?
—Todo lo que es mío es tuyo. Como dos grandes
amigos.
Quedé enloquecido. ¡Ay, si yo pudiera
contar a todo el mundo que era medio dueño
del coche más hermoso del mundo!
—¿Quiere decir que ahora somos completamente
amigos?
—Sí, lo somos. ¿Te puedo preguntar una cosa?
—Claro que sí, señor.
—Pienso que ahora ya no querrás crecer para
matarme, ¿verdad?
—No, nunca haría eso.
—Pero lo dijiste, ¿no?
—Lo dije cuando sentía rabia. Yo nunca voy a
matar a nadie porque cuando en casa matan una gallina no me gusta ver.
Después descubrí que usted no era nada de lo que se decía. No era antropófago ni nada.
Casi dio un salto.
—¿Qué dijiste?
—Que no era antropófago.
—¿Y sabes qué es eso?
—Sí que sé. Me lo enseñó tío Edmundo. Es un
sabio. Hay un hombre en la ciudad que lo invitó a hacer un diccionario. Lo
único que hasta hoy él no supo contestarme es qué es carborundum.
—Estás escapando del asunto. Quiero que me
expliques exactamente qué es un antropófago.
—Los antropófagos eran indios que comían carne
humana. En la historia del Brasil hay una figurita de ellos descascarando
portugueses para comérselos. También se comían a guerreros de las tribus enemigas. Es
lo mismo que caníbal. Solamente que los caníbales están en África y les gusta mucho
comer misioneros con barba.
Soltó una alegre carcajada, como
ningún brasileño sabría hacerlo.
—Tienes una cabecita de oro, muchachito. A
veces hasta me asusto.
Después me miró con seriedad.
—Vamos a ver, ¿cuántos años tienes?
—¿De mentira o de verdad?
—De verdad, naturalmente. No quiero tener un
amigo mentiroso.
—Bueno, así es: de verdad, ahora tengo cinco
años todavía. De mentira, seis. Porque si no no podía entrar en la escuela.
—¿Y por qué te pusieron tan temprano en la
escuela?
—¡Imagínese! Todo el mundo quería verse libre
de mí durante algunas horas. ¿Usted sabe lo que es el carborundum?
—¿De dónde sacaste eso?
Metí la mano en el bolsillo y busqué,
entre las piedras de la honda, las figuritas, el hilo del trompo y bolitas.
Saqué en la mano una medalla con la
cabeza de un indio. Un indio de la América del
Norte con la cabeza rodeada de
plumas. Del lado de atrás estaba escrita esa palabra.
Miró y remiró la medalla.
—Fíjate que tampoco yo sé lo que quiere decir.
¿Dónde encontraste esto?
—Formaba parte del reloj de papá. Venía sujeta
con una correa para que colgara del bolsillo del pantalón. Papá decía que
el reloj iba a ser mi herencia. Pero necesitó dinero y vendió el reloj. ¡Un reloj tan lindo!
Entonces me dio el resto de mi herencia, que era esto.
Corté la correa porque tenía un olor
agrio insufrible.
Volvió a acariciar mi pelo.
—Eres un niño muy complicado, pero confieso
que estás llenando de alegría el viejo corazón de un portugués. Bueno,
dejemos eso. ¿Vámonos, ahora?
—Está tan lindo aquí. Un ratito más,
solamente. Preciso decirle algo muy serio.
—Entonces habla.
—Nosotros somos amigos hasta más no poder, ¿no
es cierto?
—Sin duda.
—Hasta el automóvil ya es medio mío, ¿no?
—Y un día será todo tuyo.
66
—Es que....
Me estaba costando decirlo.
—Vamos, ¿te enfadaste? No eres de esos...
—¿No se enojará?
—Te lo prometo.
—Hay dos cosas en nuestra amistad que no me
gustan.
Pero la cosa no salía tan fácil como
había planeado.
—¿Cuáles son?
—Primero, si nosotros somos tan grandes
amigos, por qué tengo que llamarlo "usted" aquí, "usted"! allá...
El se rió.
—Pues trátame como quieras.
—De "tú", no es muy difícil. Puedo
repetirle a Minguito todas nuestras conversaciones.
¿No está enojado?
—¿Por qué? Es un pedido muy justo. ¿Y quién es
ese Minguito, del que nunca oí
hablar?
—Minguito es Xururuca.
—Bien, Xururuca es Minguito y Minguito es
Xururuca. Pero quedé en las mismas.
—Minguito es mi planta de naranja-lima. Cuando
más lo quiero, lo llamo Xururuca.
—Es decir, que posees una planta de
naranja-lima que se llama Minguito.
— ¡Es más vivo! Habla conmigo, se
vuelve caballo, sale conmigo. Con Buck Jones, con Tom Mix... Con Fred Thompson...
Tú... (los primeros "tú" eran duros de decir, pero yo ya estaba decidido. ..)... ¿A ti te
gusta Ken Maynard?
Hizo un gesto como de quien no
entiende nada de cowboys de cine.
—El otro día Fred Thompson me lo presentó. Me
gustó mucho el sombrero de cuero
que usa. Pero parece que no sabe
reírse...
—Vamos ya, que me estoy mareando con todo ese
mundo que solo existe en tu cabecita. ¿Y la otra cosa?
—La otra cosa todavía es más difícil. Pero ya
que hablé de "tú" y no te enojaste... No
me gusta mucho tu nombre. Es decir,
no es que no me gusta, pero entre amigos queda muy...
—Virgen santísima, ¿qué vendrá ahora?
—¿Te parece que yo puedo llamarte
"Valadares"? Pensó un poco y se sonrió.
—Sí, en realidad no suena bien.
—Tampoco me gusta decirte Manuel. No imaginas
cómo me pongo de furioso cuando papá cuenta chistes de portugueses y
dice: "Eh, Manuel... Se ve que el hijo de su madre nunca tuvo un amigo portugués...
—¿Qué dijiste?
—¿Que mi padre imita a los portugueses?
—No. Antes. Una cosa fea.
—¿Hijo de su madre, es tan malo como el otro
hijo?...
—Casi lo mismo.
—Pues voy a ver si no lo digo más. ¿Entonces?
—Es lo que yo te pregunto. ¿Qué conclusión
sacaste? No me quieres llamar Valadares ni tampoco Manuel.
—Hay un nombre que a mí me parece lindo.
—¿Cuál?
Puse la cara más sinvergüenza del
mundo.
—Como don Ladislao y los otros te llaman en la
confitería...
El cerró el puño fingiendo enojo en
broma.
—¿Sabes que eres el mayor atrevido del mundo
que conozco? Quieres llamarme "Portuga", ¿no es así?
—Es más de amigo.
—¿Es todo lo que deseas? Sea. Te lo permito.
Ahora vamos, ¿eh?
Puso en marcha el motor y anduvo un
trecho, pensativo. Colocó la cabeza fuera de la ventana y miró el camino. No venía
nadie.
Abrió la puerta del coche y ordenó:
—Baja.
Obedecí y lo seguí hasta la parte
trasera del coche.
Señaló la rueda sobresaliente.
—Ahora, agárrate bien. Pero cuidado. Me encogí
todo, de "murciélago", feliz de la vida.
El subió al coche y salió andando
despacito. Después de cinco minutos paró y me vino a ver.
—¿Te gustó?
—¡Cómo en un sueño!
—Ahora, basta. Vamos, que comienza a
oscurecer. La noche venía llegando mansita y a lo lejos las cigarras cantaban en
los "espinheiros"17, anunciando más calor.
El coche se deslizaba suavemente.
—Bueno. De ahora en adelante no se habla más
de aquel asunto. ¿De acuerdo?
—Nunca más.
—Lo único que me gustaría es verte llegar a tu
casa, diciendo en dónde estuviste todo este tiempo.
—Ya pensé en eso. Voy a decir que fui a la
clase de Catecismo. ¿Hoy es jueves?
—Nadie puede contigo. Le encuentras salida a
todo.
Me aproximé bien a él y recosté mi
cabeza junto a su brazo.
—¡Portuga!
—Hum...
—Nunca más quiero estar lejos de ti, ¿sabes?
—¿Por qué?
—Porque eres la mejor persona del mundo. Nadie
me maltrata cuando estoy cerca de ti y siento "un sol de felicidad
dentro de mi corazón".
4 - DOS PALIZAS MEMORABLES
—Dobla aquí. Ahora cortas con el cuchillo el
papel, bien por el doblez.
El ruido suave del filo del cuchillo
dividía el papel.
—Ahora pega bien finito, dejando este margen.
Así.
Yo estaba al lado de Totoca,
aprendiendo a hacer un globo. Después que todo estuvo pegado, Totoca prendió el globo por
la punta de arriba, con un sujetador de ropa, en una varilla.
—Sólo cuando está bien seco, se le hace la
abertura. ¿Aprendiste, burrito?
—Sí, aprendí.
Nos quedamos sentados en el umbral de
la puerta de la cocina, mirando cómo el globo de colores demoraba en secarse.
Totoca, compenetrado de su calidad de maestro, iba explicando:
—Globo-mandarina uno debe hacerlo solamente
después de mucha práctica; al principio debes hacerlo apenas de dos
gajos, que es más fácil.
—Totoca, si yo hago sólito un globo, ¿tú le
haces la abertura?
—Depende.
Ya estaba él queriendo sacar
provecho. Meter mano en mis bolitas o en mi colección de fotos de artistas de cine, que
"nadie comprendía cómo crecía tanto".
—Caramba, Totoca, cuando me pides algo, yo
hasta peleo por ti.
—Bueno. La primera vez te la hago gratis, y si
no aprendes, las otras veces lo haré si me das algo a cambio.
—De acuerdo.
En aquel momento yo hubiera jurado
que iba a aprender tan bien que nunca más pondría las manos en mis globos.
Desde entonces la idea de mi globo no
me salió ya de la cabeza. Tenía que ser "mi" globo. Imaginaba la sorpresa del
Portuga cuando le contara mi proeza; la admiración de Xururuca cuando viese el globo
balanceándose en mis manos.
Dominado por la idea, me llené los
bolsillos de bolitas y algunas figuritas repetidas y gané el mundo de la calle. Iba a
venderlas lo más barato posible para poder comprar, por lo menos, dos hojas de papel de seda.
—¡A ver, gente! Cinco bolitas por diez
centavos. ¡Nuevas como si fuesen del negocio!
Y nada.
—Diez figuritas por diez centavos: ustedes no
podrán comprarlas ni en la tienda de doña Lota.
Nada. Toda la mocosada estaba completamente
sin dinero. Fui a la calle del Progreso, de arriba para abajo, ofreciendo mi
mercadería. Visité la calle Barón de Capanema casi trotando, ¡pero, nada! ¿Y si fuese a
casa de Dindinha? Fui allá, pero ella no se interesó.
—No quiero comprar figuritas ni bolitas. Es
mejor que las guardes. Porque mañana vas a venir a pedirme para comprar otras.
Seguramente que Dindinha andaba sin
dinero.
Volví a la calle y miré mis piernas.
Estaban sucias de tanto juntar tierra de la calle.
Miré el sol, que ya comenzaba a
bajar. Fue cuando sucedió el milagro.
—¡Zezé! ¡Zezé!
Era Biriquinho, que venía corriendo
como un loco en mi dirección.
—Anduve buscándote por todas partes. ¿Estás
vendiendo?
Sacudí los bolsillos haciendo
balancear las bolitas.
—Vamos a sentarnos.
Nos sentamos al mismo tiempo y
desparramé en el suelo la mercadería.
—¿Cuánto?
—Cinco bolitas por diez centavos, y diez
figuritas por el mismo precio.
—Es caro.
Ya iba a enojarme. ¡Ladrón de
porquería! ¡Caro, cuando todo el mundo vendía cinco figuritas y tres bolitas por lo que
yo estaba pidiendo! Iba a guardar todo en el bolsillo.
—Espera. ¿Puedo elegir?
—¿Cuánto tienes?
—Trescientos réis. Puedo gastar hasta
doscientos.
—Bueno, te doy seis bolitas y doce fotos.
***
Entré volando en el negocio de "Miseria
y Hambre".
Nadie recordaba ya "aquella
escena". Solo estaba don Orlando, conversando junto al mostrador. Cuando pitase la Fábrica,
entonces sí que la gente vendría a tomar un trago y nadie más podría entrar.
—¿Tiene papel de seda?
—¿Y tú tienes dinero? En la cuenta de tu padre
no llevas nada más.
No me ofendí. Únicamente le mostré
las dos monedas de un tostao18.
—Solamente hay rosado y color amarillo.
—¿Solo?
—En la época de las cometas ustedes mismos se
lo llevaron todo. ¿Pero qué diferencia hay? ¿Acaso las cometas de cualquier
color no suben igual?
—No es para cometa. Voy a hacer mi primer
globo. Y quería que mi primer globo fuese el más bonito del mundo.
No había tiempo que perder. Si corría
hasta el negocio de Chico Franco perdería mucho tiempo.
—Bueno, llevo ése.
Ahora la cosa era diferente. Puse una
silla junto a la mesa, y trepé en ella a Luis, para que pudiese mirar bien.
—Te quedas quietecito, ¿prometes? Zezé va a
hacer una cosa dificilísima. Cuando crezcas voy a enseñártela sin
cobrarte nada.
Comenzó a oscurecer rápidamente y yo
trabajaba. La Fábrica hizo sonar el silbato.
Había que apurarse. Jandira ya estaba
colocando los platos en la mesa. Tenía la manía de darnos de comer más temprano, para
que luego no molestásemos a los mayores.
—¡Zezé!... ¡Luis!...
El grito fue tan fuerte como si uno
estuviera allá por los lados del Murundu. Bajé a Luis
y le dije:
—Anda primero, que ya voy yo.
—¡Zezé!... ¡Ven en seguida o vas a ver!
—¡Ya voy!
La diabla estaba de mal humor. Debía
de haberse peleado con alguno de sus festejantes. El de la punta o el del
comienzo de la calle.
Ahora, como si fuese a propósito, la
cola estaba secándose y la harina se pegaba en los dedos, dificultando el trabajo.
El grito llegó más fuerte. Y casi no
había luz para mi trabajo.
—¡Zezé!...
Listo. Estaba perdido. Ella venía de
allá furiosa.
—¿Piensas que soy tu sirvienta? Ven a comer en
seguida.
Entró violentamente en la sala y me
agarró de las orejas. Me fue arrastrando hasta el comedor y me tiró contra la mesa.
Entonces me enojé.
—No como. No como. ¡No como! Quiero acabar de
hacer mi globo.
Me escapé y volví corriendo hacia el
lugar de antes.
Ella se volvió hecha una fiera. En
vez de avanzar hacia mí, caminó en dirección a la mesa. Y era una vez un bello sueño.
Mi globo inacabado se trasformó en tiras rotas. No satisfecha con eso (tan grande fue mi
sorpresa, que no hice nada), me agarró por las piernas y por los brazos y me tiró en
medio del comedor.
—Cuando yo hablo es para que se me obedezca.
El diablo se soltó adentro de mí. La
rebelión estalló como un ventarrón. Al comienzo fue una simple andanada.
—¿Sabes lo que eres? ¡Una puta!
Pegó su cara a la mía. Sus ojos
despedían rayos.
—Repite eso si tienes coraje. Pronuncié bien
las sílabas:
—¡Pu-ta! ¡Pros-ti-tu-ta!
Agarró la mano de cuero de encima de
la cómoda y comenzó a pegarme sin piedad.
Me volví de espaldas y escondí la
cabeza entre las manos. El dolor era menor que mi rabia.
—¡Puta! i Puta! i Hija de una puta!...
Ella no paraba y mi cuerpo era un
solo dolor de fuego. En eso entró Antonio. Y corrió en ayuda de mi hermana, que ya estaba
comenzando a cansarse de tanto pegarme.
—¡Mata, asesina! ¡La cárcel está ahí para vengarme!
Y ella pegaba, pegaba hasta el punto
de que yo había caído de rodillas, apoyándome en la cómoda.
—¡Puta! ¡Hija de puta!
Totoca me levantó y me puso de
frente.
—Cállate la boca, Zezé, no puedes insultar así
a tu hermana.
—Ella es una puta. Asesina. ¡Hija de puta!
Entonces él comenzó a pegarme en la
cara, en los ojos, en la nariz, en la boca. Sobre todo en la boca.
Mi salvación fue que Gloria
escuchara. Estaba en lo del vecino, conversando con doña Rosena, y vino volando, atraída por
la gritería. Entró en la sala como un huracán. Gloria no era para jugar, y cuando vio que la
sangre mojaba mi cara apartó a Totoca hacia un lado y ni le importó que Jandira fuera la
mayor, alejándola de un empujón. Yo yacía en el suelo, casi sin poder abrir los ojos y respirando
con dificultad. Me llevó al dormitorio. Yo ni lloraba, pero en cambio el rey Luis, que se había
escondido en el dormitorio de mamá, hacía un barullo terrible.
Gloria protestaba:
—¡Un día de éstos ustedes matan a esta
criatura y quiero ver qué pasará! Son unos monstruos sin corazón.
Me había acostado en la cama e iba a
buscar la santa palangana de salmuera. Totoca entró bastante confundido en el
dormitorio. Gloria lo empujó.
—¡Sal de aquí, cobarde!
—¿No escuchaste lo que estaba insultando?
—El no estaba haciendo nada. Ustedes lo
provocaron. Cuando yo salí, estaba quietecito haciendo su globo. Ustedes
no tienen corazón. ¿Cómo se le puede pegar así a un hermano?
Y mientras me limpiaba la sangre,
escupí en la palangana un pedazo de diente.
¡Aquello echó fuego al volcán!
—¡Mira lo que hiciste, sinvergüenza! Cuando
quieres pelear tienes miedo y lo llamas a él. ¡Cobardón! Con nueve años y
todavía meando la cama. Voy a mostrarle a todo el mundo tu colchón y tus pantalones mojados,
que andas escondiendo en el cajón todas las mañanas.
Después echó a todo el mundo afuera
del dormitorio y atrancó la puerta. Encendió la luz porque ya la noche era completa.
Me sacó la camisa y fue lavando las manchas y las heridas de mi cuerpo.
—¿Te duele, Gum?
—Esta vez está doliendo mucho.
—Voy a hacerlo despacito, mi diablito querido.
Pero necesito que te quedes de espaldas un rato para secarte; si no
la ropa se te va a pegar y va a dolerte.
Pero lo que más me dolía era la cara.
Dolía de dolor y rabia ante tanta maldad sin motivo.
Después que las cosas mejoraron, ella
se acostó a mi lado y se quedó acariciándome el pelo.
—Viste, Godóia. Yo no estaba haciendo nada.
Cuando lo merezco no me importa que me peguen. Pero yo no estaba haciendo
nada.
Ella tragó en seco.
—Lo más triste fue lo de mi globo. ¡Estaba
quedando tan lindo! Pregúntale a Luis.
—Te creo. Seguro que iba a ser muy lindo. Pero
no importa. Mañana vamos a casa de Dindinha y compramos papel. Voy a
ayudarte a hacer el globo más lindo del mundo. Tan bonito, que hasta las estrellas van a
estar envidiosas.
—No sirve de nada, Godóia. Uno hace solamente
un primer globo lindo. Cuando ése no sirve, nunca más acierta o tiene
ganas de hacerlo.
—Un día... un día... voy a llevarte lejos de
esta casa. Nos vamos a ir a vivir...
Se detuvo. Seguramente pensaba en la
casa de Dindinha, pero allá sería el mismo infierno. Fue entonces cuando
resolvió participar directamente de mi planta de naranja-lima y de mis sueños.
—Te llevo a vivir al rancho de Tom Mix o de
Buck Jones.
—Pero a mí me gusta más Fred Thompson.
—Entonces nos vamos para allá.
Y completamente desamparados
comenzamos a llorar juntos y bajito...
* * *
Durante dos días, a pesar de mi
nostalgia, no fui a ver al Portugués. No dejaban que fuese a la escuela. Nadie quería dar
muestras de tamaña brutalidad. Cuando mi rostro se deshinchara y mis labios cicatrizaran
reanudaría el ritmo de mi vida. Pasaba los días sentado con mi hermanito, junto a
Minguito, sin ganas de conversar. Con miedo de todo.
Papá había jurado que me molería a
palos si llegaba a repetir otra vez lo que dijera a Jandira. De modo que respiraba hasta
con miedo de respirar. Mejor era refugiarme en la pequeña sombra de mi planta de
naranja-lima. Quedarme mirando las montañas de figuritas que el Portuga me regalaba, y enseñar
con paciencia al rey Luis a jugar a las bolitas. El no tenía demasiada habilidad, pero algún
día acabaría por aprender.
Pero mi nostalgia era muy grande. El
Portuga debía de extrañarme, y si él hubiera sabido realmente dónde vivía hasta
habría sido capaz de venir a buscarme. Hacía falta a mi oído, a la ternura de mi oído,
aquella manera de hablar medio grave y llena de "tú". Doña Cecilia Paim me había dicho que para
que uno pudiera tratar a otros de "tú" tenía que saber mucha gramática. También le estaba
haciendo falta a la nostalgia de mis ojos su rostro moreno, sus ropas oscuras siempre
impecables, el cuello de la camisa duro, como si acabara de salir del cajón, su
chaleco a cuadros, hasta sus gemelos dorados en forma de ancla.
Pero pronto, pronto estaría bien. Las
heridas de los chicos cicatrizan en seguida y mucho antes de lo que decía esa frase
que acostumbraban citar: "Cuando se case, sanará".
Esa noche papá no había salido. No
había nadie en casa, salvo Luis, que ya dormía.
Mamá debería de estar llegando del
centro. Algunas veces hacía guardia en el Molino Inglés y la veíamos los domingos.
Yo había resuelto quedarme cerca de
papá porque así no haría ninguna travesura. El estaba sentado en su sillón hamaca y
miraba vagamente la pared. Su cara siempre con barba. Su camisa no siempre muy
limpia. Seguro que no había salido a jugar con los amigos porque no tenía dinero. Pobre papá,
debía ser triste saber que era mamá la que trabajaba para ayudar a mantener la casa. Lalá
ya había entrado a la Fábrica. Debía de ser duro ir a buscar un montón de empleos y volver
desanimado siempre por la misma respuesta:
"Precisamos una persona más
joven"...
Sentado en el umbral de la puerta, yo
contaba las lagartijas blancuzcas de la pared y desviaba la vista para mirar a papá.
Solamente en aquella mañana de
Navidad lo había visto tan triste. Necesitaba hacer alguna cosa por él. ¿Y si cantara?
Podría cantar bien bajito, y eso seguramente que lo iba a mejorar. Repasé en la cabeza mi
repertorio y me acordé de la última canción que aprendiera con don Ariovaldo. El tango; el tango
era una de las cosas más bonitas que yo escuchara.
Comencé bajito:
Yo quiero una mujer desnuda,
¡Bien desnuda la quiero tener....
De noche al claro de Luna
Quiero el cuerpo de esa mujer...
—¡Zezé!
—Sí, papá.
Me levanté rápidamente. A papá le
debía de estar gustando mucho y querría que fuera a cantarla más cerca.
—¿Qué estás cantando?
Repetí.
Yo quiero una mujer desnuda...
—¿Quién te enseñó esa canción?
Sus ojos habían adquirido un brillo
pesado, como si fuera a volverse loco.
—Fue don Ariovaldo.
—Ya dije que no quería que anduvieras en su
compañía.
El no me había dicho nada. Creo que
ni siquiera sabía que trabajaba de ayudante de cantor.
—Repite de nuevo la canción
—Es un tango de moda.
Yo quiero una mujer desnuda...
Estalló una bofetada en mi cara.
—Canta de nuevo.
Yo quiero una mujer desnuda...
Otra bofetada, otra, y otra más. Las
lágrima, sin querer, saltaban de mis ojos.
—Vamos, continúa cantando.
Yo quiero una mujer desnuda...
Mi rostro casi no se podía mover, era
arrojado a uno y otro lado. Mis ojos se abrían y volvían a cerrarse bajo el impacto de
las bofetadas. No sabía si tenía que parar o que obedecer... Pero en mi dolor había
resuelto una cosa. Sería la última paliza que soportaría; la última, aunque para eso tuviera
que morir.
Cuando paró un poco y mandó que
cantara, no canté. Lo miré con un desprecio enorme y le dije:
—¡Asesino!... Mátame de una vez. La cárcel
está ahí para vengarme. Loco de furia, entonces se levantó del sillón
hamaca. Se desabotonó el cinto. Aquel cinto que tenía dos hebillas de metal y comenzó a
insultarme, apoplético; llamándome perro, porquería, inútil, vagabundo, si ésa era la forma de
hablarle al padre...
El cinto silbaba con una fuerza
terrible sobre mí. Parecía que tenía mil dedos que me acertaban en cualquier parte del
cuerpo. Y me fui cayendo, encogiéndome en un rinconcito de la pared. Estaba seguro de que me
iba a matar. Aún pude escuchar la voz de Gloria, que entraba para salvarme. Gloria, la
única de pelo rubio, como yo. Gloria, a la que nadie tocaba. Sujetó la mano de papá y paró
el golpe.
—¡Papá! ¡Papá! ¡Por amor de Dios, pégame a mí,
pero no le pegues más a esta criatura!
Arrojó el cinto sobre la mesa y se
pasó las manos por el rostro. Lloraba por él y por mí.
—Perdí la cabeza. Pensé que se estaba burlando
de mí, que me faltaba al respeto.
Al levantarme Gloria del suelo, me
desmayé. Cuando volví a darme cuenta de las cosas, ardía en fiebre. Mamá y Gloria
estaban a mi cabecera y me decían cosas cariñosas.
En el comedor se notaba el ir y venir
de mucha gente; hasta Dindinha había sido llamada. A cada movimiento me dolía todo.
Después supe que querían llamar al médico, pero no se atrevían.
Gloria me trajo un caldo que había
hecho y trató de darme algunas cucharadas. Mal podía respirar y menos tragar.
Quedaba en una somnolencia endiablada y cuando me despertaba el dolor iba disminuyendo.
Pero mamá y Gloria continuaban velándome. Mamá pasó la noche conmigo y solamente
bien de madrugada se levantó para prepararse. Tenía que ir a trabajar. Cuando vino a
despedirse de mí, me tomé de su cuello.
—No va a ser nada, hijito. Mañana ya estarás
bien...
—Mamá. . .
Le hablé bajito, haciendo la peor
acusación de mi vida.
—Mamá, yo no debía de haber nacido. Debía
haber sido como mi globo...
Me acarició tristemente la cabeza.
—Todo el mundo debe haber nacido así, como
nació. Tú también. Solo que a veces, Zezé, eres demasiado atrevido...
5 - SUAVE Y EXTRAÑO PEDIDO
Se necesitó una semana para que me
recuperase del todo. Mi desánimo no provenía de los dolores ni de los golpes.
Aunque es verdad que en casa comenzaron a tratarme tan bien que era como para desconfiar.
Pero algo faltaba. Algo importante que me hiciese volver a ser el mismo, tal vez a creer en
las personas, en la bondad de ellas. Me quedaba quietecito, sin ganas de nada,
sentado casi siempre cerca de Minguito, mirando la vida, perdido en un desinterés por todo.
Nada de conversar con él ni de escuchar sus historias. Lo más que sucedía era dejar a mi
hermanito que se quedara cerca. Hacer trencitos del Pan de Azúcar con los botones, que él
adoraba, y dejarlo subir y bajar los cien trencitos todo el día.
Lo miraba con una ternura inmensa,
porque cuando era criatura como él también me gustaba eso...
Gloria estaba muy preocupada con mi
silencio. Ella misma me traía mi montaña de figuritas, mi bolsa con bolitas, y a
veces yo ni jugaba. No tenía ganas de ir al cine ni de salir a lustrar zapatos. La verdad es que
no conseguía dejar de estirar mi dolor de adentro. De bichito golpeado malvadamente, sin
saber por qué....
Gloria preguntaba por mi mundo de
fantasías.
—No están; se fueron lejos....
Por supuesto que me refería a Fred
Thompson y a los otros amigos.
Pero ella nada sabía de la revolución
que se realizaba dentro de mí. Lo que había resuelto. Iba a cambiar de películas.
¡No más películas de cowboys, ni de indios ni de nada!
De ahora en adelante solo iría a ver
películas de amor, como las llamaban los grandes. Con muchos besos, muchos abrazos y donde
todo el mundo se quisiera. Ya que solamente servía para recibir golpes, por lo
menos podría ver a otros quererse.
Llegó el día en que ya podía ir a la
escuela. Pero no fui a ella. Sabía que el Portuga había pasado una semana esperando con
"nuestro" coche, y naturalmente solo volvería a esperarme cuando le avisara. Debía de
estar muy preocupado con mi ausencia. Aunque me supiera enfermo no vendría a verme.
Nos habíamos dado palabra, habíamos hecho un pacto de muerte con nuestro secreto.
Nadie, solo Dios, debería conocer nuestra amistad.
Junto a la confitería, frente a la
Estación, estaba el coche, tan lindo, detenido. Nació el primer rayo de sol de alegría. Mi
corazón se adelantó a mí cabalgando sobre mi nostalgia.
¡Iba a ver a mi amigo!
Pero en ese momento una fuerte pitada
me dejó todo tembloroso, al sonar en la entrada de la Estación. Era el
Mangaratiba. Violento, orgulloso, dueño de todos los rieles.
Pasó volando, haciendo zangolotear
los vagones. Las personas miraban desde las ventanitas. Todos los que viajaban
eran felices. Cuando era más chico me gustaba quedarme viendo pasar al Mangaratiba,
y decir adiós a los pasajeros hasta no terminar nunca. Hasta que el tren desaparecía
en el horizonte. Hoy quien pasaba por algo semejante era Luis.
Lo busqué entre las mesas de la
confitería y allí estaba. En la última mesa, para poder ver a los clientes que llegaban. Se
hallaba de espaldas, sin saco y con el lindo chaleco de cuadros, dejando escapar las mangas
blancas de la camisa limpia.
Me fue dominando una debilidad tan
grande que apenas conseguí llegar cerca de sus espaldas. Quien dio la alarma fue don
Ladislao:
—¡Portuga, mira quién está ahí!
Se dio vuelta despacio y su rostro se
abrió en una sonrisa de felicidad. Abrió los brazos y me apretó largamente.
—Mi corazón estaba diciéndome que vendrías
hoy. Después me miró un cierto tiempo.
—Entonces, fugitivo, ¿dónde estuviste todo
este tiempo?
—Estuve muy enfermo. Empujó una silla.
—Siéntate.
Chasqueó con los dedos, llamando al
mozo, que ya sabía lo que me gustaba. Pero cuando trajo el refresco y las
galletas, ni los toqué. Apoyé la cabeza sobre los brazos y así me quedé, sintiéndome débil y triste.
—¿No quieres?
Como no respondiera, el Portuga
levantó mi cara. Me mordía los labios con fuerza y mis ojos estaban inundados.
—Pero ¿qué es eso, muchacho? Cuéntale a tu
amigo. ..
—No puedo. Aquí no puedo... Don Ladislao
estaba balanceando la cabeza negativamente, como si no comprendiera
nada. Resolví decir algo:
—Portuga, ¿es verdad que el coche todavía es
"nuestro" coche?
—Sí, ¿todavía tienes dudas?
—¿Serías capaz de llevarme a dar un paseo? Se
asustó con el pedido.
—Si quieres, vamos ya.
Como viese que mis ojos estaban todavía
más mojados, me tomó por el brazo, me llevó hasta el auto y me sentó sin
necesitar abrir la puerta.
Volvió para pagar el gasto y escuché
que conversaba con don Ladislao y otros.
—Nadie entiende a esta criatura en su casa.
Nunca vi un niño con tanta sensibilidad.
—Cuenta la verdad, Portuga. A ti te gusta
mucho este diablillo.
—Mucho más de lo que te imaginas. Es un
chiquilín maravilloso e inteligente.
Fue hasta el coche y se sentó.
—¿Adonde quieres ir?
—Solamente salir de aquí. Podríamos ir hasta
el camino de Murundu. Es cerca y no se gasta mucha gasolina.
Se rió.
—¿No eres demasiado niño para entender esos
problemas de los grandes?
Allá en casa la pobreza era tanta que
desde muy temprano uno aprendía eso de no gastar en cualquier cosa. Todo costaba
dinero. Todo era caro.
Durante el pequeño viaje, no dijo
nada. Dejaba que recuperara. Pero cuando todo se fue perdiendo y el camino iba
trasformándose en una maravilla de verdes pastos, paró el coche, me miró y sonrió con esa
bondad que colmaba lo que faltaba de bondad en el resto del mundo.
—Portuga, mírame la cara. Cara no, hocico. En
casa dicen que yo tengo hocico, porque
no soy gente sino bicho; soy indio
Pinagé e hijo del diablo.
—Prefiero mirar tu cara.
—Pero mírame bien. Mira cómo todavía estoy
hinchado de tantas palizas.
Los ojos del portugués adquirieron
una expresión de inquietud y de pena.
—Pero, ¿por qué te hicieron eso?
Le fui contando todo, todo, sin
exagerar una palabra. Cuando terminé, sus ojos estaban húmedos y no sabía qué hacer.
—Pero no pueden pegarle tanto a una criatura
como tú. Aún no cumpliste los seis años.
¡Virgen mía de Fátima!
—Yo sé por qué. No sirvo para nada. Soy tan
malo que cuando llega la Navidad sucede que, en vez de nacer el Niño Jesús,
¡nace el Niño-Diablo!...
—Esas son tonterías. Todavía eres un angelito.
Puedes ser un poco travieso...
Aquella idea fija volvió a atormentar
mi mente.
—Soy tan malo que ni debería haber nacido. Le
dije eso a mamá el otro día.
Por primera vez, él tartamudeó.
—No debías haber dicho eso.
—Te dije que quería hablar contigo porque lo
necesitaba mucho. Yo sé que es una desgracia que papá, a su edad, no
pueda conseguir trabajo; sé que eso debe doler mucho.
Mamá tiene que salir de madrugada a
trabajar para ayudar a mantener la casa; trabaja en los telares del Molino Inglés. Ella
usa una faja porque fue a levantar una caja pesada y se le hizo una hernia. Lalá es una muchacha
que hasta estudió mucho, pero tuvo que emplearse como obrera en la Fábrica. . . Todo
eso es malo. Pero no por ello papá tenía que pegarme así. En Navidad le dije que podía
pegarme tanto como quisiera, pero esta vez fue demasiado.
Me miraba a la cara, atónito.
—¡Virgen mía de Fátima! ¿Cómo una criatura así
puede entender y sufrir los problemas de la gente grande? ¡Nunca vi una
cosa igual!
Tragó un poco de saliva por la
emoción.
—Somos amigos, ¿no es cierto? ¿Vamos a
conversar de hombre a hombre? Aunque a veces me da escalofríos hablar de
ciertas cosas contigo. Pues bien, creo que no debieras haberle dicho esas palabrotas a tu
hermana. Por otra parte, nunca deberías decir palabrotas, ¿no?
—Pero soy muy chico; es mi manera de vengarme.
—¿Sabes lo que significan? Hice que sí con la
cabeza.
—Entonces no puedes ni debes. Hicimos una
pausa.
— ¡Portugal
—¿Eh?
—¿No quieres que yo diga palabrotas?
—No.
—Bueno, si no me muero, no volveré a insultar
más.
—Muy bien. Pero ¿qué asunto es ése de morir?
—Cuando lleguemos, dentro de un rato, te voy a
contar.
Volvimos a callarnos y el Portugués
estaba ensimismado.
—Necesito saber una cosa, ya que confias en
mi.
¿Esa historia de la música, eso del
tango; tú sabías lo que estabas cantando?
—No quiero mentirte. Yo no lo sabía bien, pero
lo aprendí porque aprendo todo. Porque la música es muy linda. No pensaba en
lo que quería decir... ¡Pero me pegó tanto, Portugal
No importa...
Sollocé largamente.
—No importa, porque lo voy a matar.
—¿Qué es eso, muchacho, matar a tu padre?
—Sí, voy a matarlo. Ya comencé. Matar no
quiere decir que uno tome el revólver de
Buck Jones y haga ¡bum! No es eso.
Uno lo mata en el corazón. Va dejando de querer. Y un buen día la persona muere.
—Qué cabecita imaginativa que tienes. Decía
eso, pero no conseguía esconder la emoción que lo asaltaba.
—Pero ¿no me dijiste también a mí que me
matabas?
—Lo dije al comienzo. Después te maté al
contrario. Te hice morir naciendo en mi corazón. Eres la única persona a la
que quiero, Portuga. El único amigo que tengo. No porque me regales fotos, refrescos,
galletas o bolitas... Te juro que estoy diciendo la verdad.
—Pero, caramba, si todo el mundo te quiere...
tu mamá, y hasta tu padre. Tu hermana
Gloria, el rey... ¿Acaso te olvidaste
de tu planta de naranja-lima? Ese tal Minguito y...
—Xururuca.
—Entonces...
—Ahora es diferente, Portuga. Xururuca es un
simple naranjito que ni siquiera sabe dar una flor...
Esa es la verdad... Pero tú, no. Tú
eres mi amigo y por eso te pedí que diésemos un paseo en nuestro coche, que dentro de
poco va a ser solamente tuyo. Vine a despedirme de ti.
—¿Despedirte?
—En serio. Ya ves, no sirvo para nada, estoy
cansado de sufrir golpes y tirones de oreja. Voy a dejar de ser una boca
más...
Comencé a sentir un nudo doloroso en
la garganta. Necesitaba mucho coraje para
contar el resto.
—Entonces, ¿vas a escaparte?
—No. Pasé toda la semana pensando en eso. Hoy
de noche me voy a tirar debajo de las ruedas del Mangaratiba.
Ni siquiera habló. Me apretó
fuertemente entre sus brazos y me consoló de la manera que sabía hacerlo.
—No, no digas eso, por amor de Dios. Tienes
una linda vida por delante. Con esa cabeza y esa inteligencia. No digas
eso, que es pecado. No quiero que ni pienses ni repitas eso. ¿Y yo? ¿Tú no me quieres? Si me
quieres y no estás mintiendo, no debes hablar más así.
Se alejó de mí y me miró a los ojos.
Pasó la palma de sus manos sobre mis lágrimas.
—Yo te quiero mucho, muchacho. Mucho más de lo
que piensas. Vamos, sonríe.
Sonreí, medio aliviado con la
confesión.
—Todo eso va a pasar. Pronto serás dueño de
las calles con tus cometas, rey de las bolitas, un vaquero tan fuerte como
Buck Jones... Por otra parte, estuve pensando una cosa.
¿Quieres saberla?
—¡Quiero!
—El sábado no iré a visitar a mi hija. Ella
fue a pasar unos días a Paquetá con el marido. Había pensado, como el tiempo
es bueno, ir a pescar en el Guandu. Como estoy sin un gran amigo para acompañarme, pensé
en ti.
Mis ojos se iluminaron.
—¿Me llevarías?
—Bien, si quieres, sí. No tienes ninguna
obligación. La respuesta fue recostar mi cara en su cara afeitada y lo apreté en
mis brazos, rodeando con ellos su cuello.
Estábamos riendo y toda la tragedia
se había alejado.
—Hay un lugar muy lindo. Llevaremos alguna
cosa para comer. ¿Qué es lo que más te gusta?
—Tú, Portuga.
—Hablo de salame, huevos, bananas...
—Me gusta todo. En casa se aprende a que le
guste todo lo que tiene y cuando tiene.
—Entonces, ¿vamos?
—Ni voy a dormir pensando en eso. Pero había
un grave problema circundando la felicidad.
—¿Y qué vas a decir para poder alejarte de tu
casa todo un día?
—Invento cualquier cosa.
—¿Y si después te descubren?
—Hasta fin de mes no pueden pegarme. Se lo
prometieron a Gloria, y Gloria es una fiera. Es la única gata barcina que
se parece a mí.
—¿Verdad?
—Sí. Solamente me podrán golpear después de un
mes, cuando me "recupere".
Encendió el motor y recomenzó la
marcha de regreso.
—¿Quiere decir que de aquello no se habla más?
—Aquello ¿qué cosa?
—Lo del Mangarativa.
—Voy a demorar un tiempo más para hacer eso.
—Me parece bien.
Después supe, por don Ladislao, que a
pesar de mi promesa el Portuga regresó a su casa luego que el Mangarativa pasó de
regreso. Bien entrada la noche.
* * *
Habíamos viajado por lindos caminos.
La carretera no era ancha ni asfaltada, ni empedrada; pero, en compensación, los
árboles y los pastos eran una belleza. Y eso para no hablar del sol y del cielo alegre,
tan azul. Una vez Dindinha había dicho que la alegría es "un sol brillante dentro del
corazón". Porque el sol lo iluminaba todo de felicidad. Si eso era verdad, dentro de mi pecho un sol lo
embellecía todo...
Volvimos a conversar sobre ciertas
cosas, mientras el coche se deslizaba sin ningún apuro. Hasta parecía que él también
quería escuchar la conversación.
—Es cierto, cuando estás conmigo eres una seda
y muy buenito. Dices que tu maestra... ¿cómo se llama?...
—Doña Cecilia Paim. ¿Sabes que ella tiene una
manchita blanca en uno de los ojos?
Se rió.
—Pues doña Cecilia Paim, según me dijiste, no
creería en nada de lo que haces fuera de las clases. Con tu hermanito y con
Gloria eres bueno. Entonces, ¿por que cambias así?
—Eso es lo que no sé. Solamente sé que todo lo
que hago termina en travesura. Toda la calle conoce mi maldad. Parece que
el diablo anda soplándome cosas al oído. Si no fuera así, no inventaría tanta travesura,
como dice tío Edmundo. ¿Sabes lo que hice una vez con tío Edmundo? ¿Nunca te lo conté?
—No me lo contaste.
—Mira, hace ya como seis meses. Recibió una
hamaca-red del Norte e hizo alardes.
No dejaba que nadie se hamacara en la
red, el muy hijo de puta...
—¿Qué dijiste?
—Bueno, el miserable; cuando terminaba de
dormir, la desarmaba y la llevaba debajo del brazo. Como si uno le fuera a
sacar un pedazo. Un día fui a casa de Dindinha y ella no me vio entrar. Debía de estar con los
anteojos en la punta de la nariz, leyendo los avisos. Di vuelta a la casa. Miré las
guayaberas, y nada. En eso vi a tío Edmundo roncando en la red armada entre la cerca y un tronco de
naranjo; roncaba como un cerdo, con la boca medio blanda y abierta. El diario había
caído al suelo. Entonces el diablo me dijo una cosa y vi que tenía una caja con fósforos dentro
del bolsillo. Rompí una tira de papel sin hacer ruido. Junté las otras hojas del diario y les
prendí fuego. Cuando aparecieron las llamas bien debajo del...
Hice una pausa y pregunté seriamente:
—Portuga, ¿puedo decir traste?
—Bueno. Pero es medio palabrota y no se debe
hablar así.
—¿Y cómo puede decir uno cuando quiere hablar
del traste?
—Nalgas.
—¿Cómo? Debo aprender esa palabra difícil.
—Nalgas. Nal-gas.
—Bueno, cuando comenzó a quemarse debajo de
las nalgas de su traste, corrí al portón, me escapé y me quedé mirando
lo que pasaba por un agujerito de la cerca— Fue un alarido infernal. El viejo dio un
salto y levantó la hamaca. Dindinha corrió y encima le pegó un reto "Estoy cansada de
decirte que no debes acostarte en la red mientras estás fumando." Y viendo el diario
quemado, todavía protestó porque no lo había leído.
El Portugués se reía con ganas y yo
estaba contento al verlo tan alegre.
—¿No te agarraron?
—Ni me descubrieron. Eso se lo conté solamente
a Xururuca. Si me agarraban seguro que me cortaban los huevos.
—¿Cortaban el qué?
—Bueno, me capaban.
Volvió a reír y nos quedamos mirando
la carretera. Soplaba una polvareda amarilla por todos los rincones por los que el
coche pasaba. Pero estaba pensando una cosa.
—Portuga, ¿no me mentiste, no?
—¿Sobre qué, bandido?
—Mira que nunca escuché decir a nadie:
"Le dieron una patada en las nalgas". ¿Tú sí lo escuchaste? Nuevamente se echó a
reír.
—Eres tremendo. Tampoco yo lo oí nunca. Pero
dejemos eso. Olvidemos las nalgas y usa, en cambio, la palabra trasero.
Dejemos esta conversación, o si no acabaré sin saber qué responderte. Mira el paisaje, que
cada vez estará más poblado de árboles grandes. El río está cada vez más cerca.
Dio vuelta a la derecha y tomó un
atajo. El coche andando, andando, fue a parar en un descampado. Solamente había un árbol
grande lleno de enormes raíces. Aplaudí por tanta
felicidad.
—¡Qué lindo! ¡Qué lugar más lindo! Cuando me
encuentre con Buck Jones le voy a decir que las campiñas y planicies
suyas no le llegan a los pies a las nuestras.
Me acarició la cabeza.
—Así te quiero ver siempre. Viviendo los
buenos sueños y no con embustes en la cabeza.
Bajamos del coche y le ayudé a
descargar las cosas hasta la sombra de los árboles.
—¿Vienes siempre solo aquí, Portuga?
—Casi siempre. ¿Ves? También tengo un árbol.
—¿Cómo se llama, Portuga? Quien tiene un árbol
así de grande, ha de bautizarlo. El pensó, sonrió y pensó.
—Es un secreto mío, pero te lo voy a decir. Se
llama Reina Carlota.
—Y ella ¿habla contigo?
—Hablar, no habla. Porque una reina nunca
habla directamente con sus súbditos. Pero yo siempre la trato de
"Majestad".
—¿Qué quiere decir súbditos?
—Forman el pueblo que obedece a lo que manda
la reina.
—¿Y yo voy a ser súbdito tuyo?
Soltó una carcajada tan fuerte que
levantó viento en la hierba.
—No, porque no soy rey y no mando nada. Yo
siempre te pediré las cosas.
—Pero tú podrías ser rey. Tienes todo para
serlo. Todo rey es gordo, como tú. El rey de copas, el de espadas, el de bastos y
el de oros. Todos los reyes de la baraja son lindos como tú, Portuga.
—Vamos. Vamos con el trabajo; si no con esta
conversación tan larga no pescaremos nada.
Tomó una caña de pescar, una lata en
la que tenía un montón de gusanos, se quitó los zapatos y el chaleco. Sin el
chaleco resultaba todavía más gordo. Señaló el río
—Hasta allí puedes jugar, porque el río es
poco hondo. Para el otro lado, no, porque es muy profundo Ahora voy a quedarme
aquí pescando. Si quieres quedarte conmigo, no puedes hablar, porque de lo contrario
los peces huyen.
Lo dejé sentado allá y me fui a
explorar. Descubrí cosas. ¡Qué lindo era aquel pedazo de río! Me mojé los pies y vi
cantidad de sapitos de aquí para allá en el agua. Quedé mirando la arena, las piedras y las
hojas que eran empujadas por la corriente. Me acordé de Gloria:
Déjame, fuente, decía
La flor al llorar.
Yo he nacido en el monte,
No me lleves hacia el mar.
Ay, balanceo de mis ramas,
Balanceo de las ramas mías,
Ay, gotas de rocío claras,
Caídas del cielo azul. . .
Y la fuente sonora y fría,
Con un susurro burlón,
Por sobre la arena corría,
Corría llevando a la flor. . .
Gloria tenía razón. Aquello era la
cosa más linda del mundo. Lástima que no pudiera contarle que había visto vivir a la
poesía. Si bien no con una flor, por lo menos con un buen número de hojitas que caían de los
árboles e iban a parar al mar. ¿Sería verdad que el río,ese río, también iba hacia el mar?
Podría preguntárselo al Portuga. Pero, no, eso estorbaría su tarea de pescador. Pero de la
pesca solamente se logró sacar dos "lambaos", que hasta daba pena haberlos pescado.
El sol estaba bien alto. Mi cara se
hallaba encendida de tanto como jugaba y conversaba con la vida. Fue entonces
cuando el Portuga vino hacia donde me encontraba y me llamó. Fui corriendo como un
cabrito,
—Cómo estás de sucio, muchacho.
—Jugué a todo. Me acosté en el suelo. Jugué
con el agua...
—Vamos a comer. Pero no puedes comer asi, tan
sucio como si fueses un chanchito.
Vamos, desvístete y te bañas en aquel
lugar poco hondo.
Pero me quedé indeciso, sin querer
obedecer.
—No sé nadar.
—No es necesario. Te vigilo desde aquí cerca.
Continuaba quieto. No quería que él viese...
—No me vas a decir que tienes vergüenza de
desvestirte cerca de mí.
—No. No es eso...
No tenía otra alternativa; me volví
de espaldas y comencé a quitarme la ropa. Primero la camisa, después los pantalones con
los tirantes de género.
Tiré todo en el suelo y me volví
hacia él, suplicante. En verdad no dijo nada, pero tenía el horror y la rebelión estampados en
los ojos. No quería que viera las heridas y las cicatrices de las palizas que había
recibido.
Solamente murmuró emocionado:
—Si te duele, no entres en el agua.
—Ya no me duele más.
* * *
Comimos huevos, salame, banana, pan,
como a mí me gustaba. Fuimos a beber agua en el río y volvimos debajo de la
Reina Carlota.
Ya se iba a sentar cuando le hice una
seña para que se detuviera.
Coloqué la mano en el pecho e hice
una reverencia al árbol.
—Majestad, su súbdito, el caballero Manuel
Valadares, es el mayor guerrero de la nación Pinagé... y nos vamos a sentar
debajo de la señora.
Nos reímos y luego nos sentamos.
El Portuga se extendió en el suelo,
forró con el chaleco una raíz de árbol y dijo:
—Ahora llegó el momento de echarse un
sueñecito.
—No tengo ganas de dormir.
—No importa. No voy a dejarte suelto por ahí,
travieso como eres.
Me pasó la mano por encima del pecho
y me hizo prisionero. Nos quedamos un largo
tiempo mirando cómo las nubes
escapaban por entre las ramas de los árboles. Había llegado el momento. Si yo no hablaba
ahora, nunca más lo haría.
—¡Portuga!
—Humm...
—¿Estás durmiendo?
—Todavía no.
—¿Es verdad eso que le dijiste a don Ladislao
en la confitería?
—Caramba, son tantas las cosas que le he dicho
a don Ladislao en la confitería...
—Sobre mí. Yo escuché. Desde el coche lo oí
todo.
—¿Y qué escuchaste?
—Que me quieres mucho.
—Claro que te quiero. ¿Entonces?
Me di vuelta sin libertarme de sus
brazos. Miré sus ojos semicerrados. Su rostro, así, quedaba más gordo y más parecido al
de un rey.
—No, quiero saber a fondo si me quieres.
—Claro que sí, bobito. ¡Y me apretó más para
probar lo que había dicho.
—Estuve pensando seriamente. Tú tienes solo a
esa hija que vive en "El Encantado", ¿no?
—Así es.
—Vives solo en aquella casa con dos jaulas de
pajaritos, ¿verdad?
—Así es.
—Dijiste que no tenías nietos, ¿no?
—Así es.
—¿Y dices que me quieres?
—Así es.
—Entonces ¿por qué no vas a casa y le pides a
papá que me regale a ti?
Quedó tan emocionado que se sentó y
me tomó la cara con las dos manos.
—¿Te gustaría ser mi hijito?
—Uno no puede elegir al padre antes de nacer.
Pero si hubiese podido hacerlo te hubiera elegido a ti.
—¿De veras, muchacho?
—Te lo puedo jurar. Además, sería una persona
menos para comer. Te prometo que no
hablo ni digo más palabrotas, ni
siquiera "traste". Te lustro los zapatos, cuido de tus pajaritos en la jaula. Me vuelvo totalmente
bueno. No va a haber mejor alumno en la escuela. Hago todo, todo bien.
No sabía qué contestar.
—En casa todo el mundo se muere de alegría si
pueden darme. Va a ser un alivio.
Tengo una hermana, entre Gloria y
Antonio, que fue dada en el Norte. Fue a vivir con una
prima que es rica para poder estudiar
y aprender a ser gente...
El silencio continuaba y sus ojos
estaban llenos de lágrimas.
—Y si no me quieren dar, tú me compras. Papá
está sin ningún dinero. Seguro que me
vende. Si pide muy caro puedes
comprarme a crédito, así como hace don Jacobo cuando vende...
Como no respondiera, volví a mi
antigua posición y él también.
—Sabes, Portuga, si no me quieres no importa.
No quería hacerte llorar...
Acarició muy lentamente mi pelo.
—No se trata de eso, hijo mío. No es eso. La
gente no resuelve así la vida, con una sola maniobra. Pero te voy a proponer
una cosa. No podré sacarte del lado de tus padres ni de tu casa, aunque me gustaría mucho
poder hacerlo. Eso no está bien. Pero de ahora en adelante yo, que te quería como a un
hijo, voy a tratarte como si realmente lo fueras. Me erguí, exultante.
—¿Verdad, Portuga?
—Hasta puedo jurar, como tú dices siempre.
Hice una cosa que raramente hacía o
me gustaba hacer con mis familiares. Besé su rostro gordo y bondadoso. . .
6 - DE PEDAZOS Y PEDAZOS SE FORMA LA TERNURA
—¿No hablabas con ninguno de ellos, ni podías
montar a caballo, Portuga?
—Con ninguno.
—Pero ¿no eras un niño, entonces?
—Sí. Pero no todos los chicos tienen la
felicidad que tú tienes, de entenderte con los árboles. Además, no a todos los
árboles les gusta hablar.
Se rió afectuosamente y prosiguió:
—Tampoco se trataba de árboles, sino de
parras, y antes de que me preguntes qué son, te voy a explicar: Parras son
los árboles de las uvas. De donde nacen las uvas. Son gruesas trepadoras. ¡Qué bonito es
cuando llegan las vendimias (él explicó cómo eran) y el vino que se hace en el lagar (nueva
explicación)!. . .
Por la manera en que iban ocurriendo
las cosas, sabía explicar con gran sabiduría.
Tan bien como tío Edmundo.
—Cuenta más.
—¿Te gusta?
—Mucho. ¡Si yo pudiera conversar contigo
ochocientos cincuenta y dos mil kilómetros sin parar!
—¿Y la gasolina para tamaño recorrido?
—Sería la de gastos diarios.
Entonces contó cosas del
"capin"19 que se trasforma en heno en el invierno, y de la fabricación de los quesos. Es decir,
quesos no, "queisos", porque él cambiaba mucho la música de las palabras, aunque yo
pensaba que les daba mayor musicalidad.
Dejó de contar y lanzó un gran
suspiro. . .
—Me gustaría volver allá muy pronto. Tal vez
para esperar calmosamente mi vejez, en un lugar de paz y encantamiento.
Folhadela, cerquita de Monreal, en mi más bello lugar tramontano.
Solamente entonces me di cuenta de
que Portuga era mayor que papá, aunque su cara gorda estuviese menos arrugada,
brillando siempre. Una cosa rara pasó dentro de mí.
—¿Estás hablando en serio?
Entonces se dio cuenta de mi
turbación.
—Tontito, eso va a tardar mucho. Tal vez nunca
suceda en mi vida.
—¿Y yo? Con lo que me costó que fueses como
quería.
Mis ojos estaban cobardemente llenos
de lágrimas.
—Pero tú debes admitir que a veces la gente
también tiene el derecho de soñar.
—Es que no me pusiste en tu sueño.
Sonrió, encantado.
—En todos mis sueños, Portuga, te pongo.
Cuando salgo por las verdes campiñas, con Tom Mix y Fred Thompson, alquilé una
diligencia para que viajes en ella y no te canses mucho. Vas a todos los rincones a los
que voy yo. De vez en cuando, en la clase, miro hacia la puerta y pienso que llegas y me
saludas con la mano...
—¡Santo Dios! Nunca vi una almita tan sedienta
de ternura como tú. Pero no debías apegarte tanto a mí, ¿sabes?
Y eso era lo que le estaba contando a
Minguito. Minguito era peor que yo para charlar.
—Pero la verdad, Xururuca, es que después que
él apareció en mi vida mi padre quedó convertido en una lechuza. Todo lo
que hago él encuentra que está bien. Pero lo encuentra así, de un modo diferente. No es como
otros, que dicen: "Ese chico va a ir lejos". ¡Ay, muy lejos, pero nunca salgo de Bangú!
Miré a Minguito con ternura. Ahora
que había descubierto lo que era ternura, la ponía en todo lo que me gustaba.
—Mira, Minguito, quiero tener doce hijos y
otros doce. ¿Entiendes? Los primeros serán todos chicos y nunca van a recibir
palizas. Los otros doce van a hacerse hombres. Y les voy a preguntar: "¿Qué quieres ser,
hijo? ¿Leñador? Entonces, listo: aquí están el hacha y la camisa a cuadros. ¿Quieres ser
domador de circo? Listo: aquí están el látigo y el uniforme. .
.".
—Y en Navidad, ¿cómo vas a hacer con tantas
criaturas?
¡También Minguito tenía cada cosa!
Interrumpir en un momento así...
—En Navidad voy a tener mucho dinero. Comprare
un camión de castañas y avellanas.
Nueces, higos y pasas. Y tantos
juguetes que hasta ellos van a tener que prestárselos a los vecinos pobres. . . Y voy a tener
mucho dinero, porque de ahora en adelante quiero ser rico, muy rico y además voy a ganar en la
lotería.
Miré desafiante a Minguito y reprobé
su interrupción.
—Y déjame terminar de contar lo que falta, que
todavía hay muchos hijos. "Bien, hijo, ¿quieres ser vaquero? Aquí están la
silla y el lazo. ¿Quieres ser maquinista del Mangaratiba? Aquí están la gorra y el
pito. . ."
—¿Para qué el pito, Zezé? Vas a terminar
loquito de tanto hablar solo.
Totoca había llegado y se sentó cerca
de mí. Examinó con una sonrisa amistosa mi plantita de naranja-lima, llena de
lazos y de tapitas de cerveza. Algo estaba queriendo.
—Zezé, ¿quieres prestarme cuatrocientos réis?
—No.
—Pero los tienes, ¿no es cierto?
—Sí que los tengo.
—¿Y me dices que no me los prestas, sin
siquiera saber para qué los quiero?
—Necesito hacerme muy rico para poder viajar
allá, detrás de los montes.
—¿Qué locura es ésa?
—No te la voy a contar.
—Pues trágatela,
—Me la trago y no te presto los cuatrocientos
réis.
—Eres muy hábil, tienes puntería. Mañana
juegas y ganas más bolitas para vender. En un momento recuperas los
cuatrocientos réis.
—Aun así no te presto nada, y no vengas a
pelear que estoy portándome bien, sin meterme con nadie.
—No quiero pelear. Pero eres el hermano que
más quiero. Y de pronto te trasformaste en un monstruo sin corazón...
—No soy un monstruo. Ahora soy un troglodita
sin corazón.
—¿Qué cosa eres?
—Troglodita. Tío Edmundo me mostró un retrato
en la revista. Tenía un mameluco peludo con una porra en la mano. Pues
bien, troglodita era la gente que vivía al comienzo del mundo, en unas cavernas de Ne. .
. Ne. . . Ne no sé qué. No conseguí retener el nombre porque era extranjero y muy
difícil...
—Tío Edmundo no debiera meterte tantos gusanos
en la cabeza. Bueno, ¿me los prestas?
—No sé si tengo...
—¡Caramba, Zezé, cuántas veces salimos a
lustrar y porque no hiciste nada yo divido mis ganancias! ¡Cuántas veces estás
cansado y te traigo tu caja de lustrador!...
Era verdad. Totoca pocas veces era
malo conmigo. Yo sabía que al final le haría el
préstamo.
—Si me los prestas te cuento dos cosas
maravillosas.
Quedé en silencio.
—Te digo que tu planta de naranja-lima es
mucho más linda que mi tamarindo.
—¿De veras dices eso?
Metí la mano en el bolsillo y sacudí
las monedas.
—¿Y las otras dos cosas?
—Que nuestra miseria se va a acabar; papá
encontró un empleo de gerente en la fábrica de Santo Aleixo. Vamos a ser
ricos de nuevo. ¡Caramba! ¿No te pones contento?
—Sí, por papá. Pero no quiero salir de Bangú.
Voy a quedarme a vivir con Dindinha. De aquí saldré solamente para ir detrás
de los montes.
—¿Prefieres quedarte con Dindinha y tomar
purgante todos los meses, antes que venir con nosotros?
—Sí, lo prefiero. Nunca vas a saber por qué. .
. ¿Y la otra cosa?
—No puedo hablar aquí. Hay "alguien"
que no debe escuchar.
Salimos y nos fuimos hacia el baño. Y
también allí habló en voz baja.
—Tengo que avisarte, Zezé. Para que te vayas
acostumbrando. La municipalidad va a ensanchar las calles. Va a rellenar
todos los zanjones y avanzar hacia el interior de todas las quintas.
—¿Y qué hay con eso?
—¿Cómo, tú que eres tan inteligente no
entendiste? Al agrandar las calles va a derribar todo lo que está allí.
E indicó el lugar donde se hallaba mi
planta de naranja-lima. Hice un gesto de llanto.
—Estás mintiéndome, ¿verdad, Totoca?
—No, es la pura verdad. ¿Pero eres o no eres
un hombre?
—Sí, lo soy.
Pero las lágrimas bajaban
cobardemente por mi cara. Me abracé a su barriga, implorando.
—Tú vas a estar de mi lado, ¿verdad, Totoca?
Voy a juntar mucha gente para hacer una guerra. Nadie va a cortar mi
planta de naranja-lima. . .
—Está bien. Nosotros no los dejaremos. Y ahora
¿me prestas el dinero?
—¿Para qué?
—Como no puedes entrar en el cine Bangú,
quiero ver una película de Tarzán que están dando. Después te la cuento.
Tomé una moneda de quinientos réis y
se la entregué, mientras me limpiaba los ojos con los faldones de la camisa.
—Quédate con el vuelto. Alcanza para comprar caramelos.
. .
Volví a mi planta de naranja-lima sin
ganas de hablar, acordándome solamente de la película de Tarzán. Yo la había visto
anunciada el día anterior. Fui allá y le conté a Portuga.
—¿Quieres ir?
—Querer, habría querido. . . pero no puedo
entrar en el cine Bangú.
Le recordé por qué no podía. Se rió.
—Esa cabecita ¿no está inventando cosas?
—Te lo juro, Portuga. Pero pienso que si una
persona mayor fuera conmigo, nadie diría nada.
—Y si esa persona grande fuera yo. . . ¿Es eso
lo que quieres?
Mi rostro se iluminó de felicidad.
—Pero tengo que trabajar, hijo.
—A esa hora nunca hay trabajo. En vez de estar
conversando o dormitando en el coche, verías a Tarzan luchando con
el leopardo, el yacaré y los gorilas. ¿Sabes quién trabaja? Frank Merrill.
Pero todavía estaba indeciso.
—Eres un diablillo. Tienes un ardid para todo.
—Son dos horas, apenas. Tú ya eres muy rico,
Portuga.
—Entonces, vamos. Pero vamos a pie. Voy a
dejar el coche estacionado en la parada.
Y nos fuimos. Pero en la boletería la
empleada dijo que tenía órdenes terminantes, de no dejarme entrar durante un año.
—Yo me responsabilizo por él. Eso era antes,
ahora es muy juicioso.
La empleada me miró y le sonreí. Tomé
la entrada, me besé la punta de los dedos y soplé hacia ella.
7 - EL MANGARATIBA
Cuando doña Cecilia Paim preguntó si
alguien quería ir al pizarrón a escribir una frase, pero una frase inventada por el
alumno, nadie se animó. Pensé una cosa y levanté el dedo.
—¿Quieres venir, Zezé?
Salí del banco y me dirigí al pizarrón
mientras escuchaba, con orgullo, su comentario:
—¿Vieron? Nada menos que el más pequeño del
grupo.
Yo no alcanzaba bien ni a la mitad
del pizarrón. Tomé la tiza y me esmeré en la letra.
"Faltan pocos días para que
lleguen las vacaciones."
La miré para ver si había algún
error. Ella sonreía, satisfecha, y sobre la mesa continuaba vacío el florero.
Vacío, pero con la rosa de la
imaginación como ella había dicho. Quizá porque doña
Cecilia Paim no era bonita, muy
raramente alguien le llevaba una flor.
Volví a mi banco, contento con mi
frase. Contento porque cuando llegaran las vacaciones iría a pasear en burro con
Portuga.
Después aparecieron otros, decididos
a escribir una frase. Pero el héroe había sido yo.
Alguien pidió permiso para entrar en
la clase. Uno que llegaba tarde. Era Jerónimo.
Llegó inquieto y tomó asiento detrás
de mí. Colocó los libros con mucho ruido y comentó algo con su vecino. No presté mucha
atención. Lo que quería era estudiar mucho para llegar a sabio. Pero una palabra de la
conversación susurrada me llamó la atención. Hablaban del
Mangaratiba.
—¿Agarró a algún coche?
—Al cochazo aquel tan lindo de don Manuel
Valadares.
Me di vuelta, atontado.
—¿Qué fue lo que dijiste?
—Dije eso: que el Mangaratiba agarró al coche
del Portugués en el paso de la calle da Chita. Por eso llegué tarde. El tren
despedazó al automóvil. Había un montón de gente.
Llamaron hasta al Cuerpo de bomberos
de Realengo.
Comencé a sudar, frío, y mis ojos
amenazaban oscurecerse.
Jerónimo continuaba respondiendo a
las preguntas del vecino.
—No sé si murió. No dejaban que ningún chico
se aproximara.
Me fui levantando sin sentirlo. Aquel
deseo de vomitar me atacó mientras mi cuerpo estaba mojado de sudor frío. Salí del
banco y caminé hacia la puerta de salida. Ni siquiera reparé bien en el rostro de doña
Cecilia Paim, que había venido a mi encuentro, tal vez asustada por mi palidez.
—¿Qué pasa, Zezé?
Pero no podía responderle. Mis ojos
comenzaban a llenarse de lágrimas. Me entró una locura enorme y comencé a correr; sin
pensar en la sala de la directora continué corriendo.
Alcancé la calle y me olvidé de la
carretera Río-San Pablo, de todo. Lo único que quería era correr, correr y llegar allá. Mi
corazón me dolía más que el estómago y corrí por toda la calle de las Casitas sin parar. Llegué a la
confitería y pasé la vista por los automóviles para ver si Jerónimo había mentido. Pero nuestro
coche no se encontraba allí. Solté un gemido y volví a correr. Fui sujetado por los
fuertes brazos de don Ladislao.
—¿Adonde vas, Zezé?
Las lágrimas mojaban mi rostro.
—Voy allá.
—No debes ir.
Me retorcí como un loco, pero sin
conseguir librarme de sus brazos.
—Quédate tranquilo, hijo. No te dejaré ir
allá.
—Entonces el Mangaratiba lo mató...
—No. La asistencia ya llegó. Solo se arruinó
mucho el coche.
—Usted me está mintiendo, don Ladislao.
—¿Por qué iba a mentirte? ¿No te conté que el
tren agarró al automóvil? Pues bien, cuando pueda recibir visitas en el
hospital te llevaré, lo prometo. Ahora vamos a tomar un refresco.
Tomó un pañuelo y me enjugó el sudor.
—Preciso vomitar un poco.
Me recosté en la pared y él me ayudó
teniéndome la cabeza.
—¿Estás mejor, Zezé?
Hice que sí con la cabeza.
—Voy a llevarte a tu casa, ¿quieres?
Dije que no con la cabeza y me fui
caminando lentamente, desorientado por completo.
Sabía toda la verdad. El Mangaratiba
no perdonaba nada. Era el tren más fuerte que había.
Vomité dos veces más y pude ver que
nadie se molestaba. Que ya no había nadie en mi vida. No volví a la escuela; fui
siguiendo lo que el corazón me mandaba. De vez en cuando sollozaba y enjugaba mi rostro en la
blusa del uniforme. Nunca más volvería a ver a mi Portuga. Nunca más; él se había ido.
Fui caminando, caminando. Paré en la carretera, en la que me permitió llamarlo Portuga y me
colocó sobre su coche para hacer el "murciélago".
Me senté en un tronco de árbol y me
encogí todo, apoyando mi cara en las rodillas. Me dominó un desasosiego tan grande que
ni yo mismo lo esperaba.
—Eres muy malo, Niño Jesús. ¡Yo que pensaba
que esta vez iba a nacer Dios, y haces
esto conmigo! ¿Por qué no me quieres
como a los otros chicos? Me portaba bien. No peleaba más, estudié mis lecciones,
dejé de decir palabrotas. Ni siquiera "traste" decía.
¿Por qué hiciste eso conmigo, Niño
Jesús? Van a cortar mi planta de naranja-lima y ni siquiera por eso me enojé. Solamente
lloré un poquitito. . . Y ahora. . . Y ahora. . .
Nuevo torrente de lágrimas.
—Yo quiero de nuevo a mi Portuga, Niño Jesús.
Me lo tienes que traer de vuelta. . .
Una voz muy suave, muy dulce, le
habló a mi corazón. Debía ser la voz amiga del árbol en el que me sentara.
— No llores, niñito. El se fue para el
cielo.
Cuando ya estaba anocheciendo, sin
fuerzas, sin siquiera poder vomitar más o llorar, fui encontrado por Totoca, sentado en
el umbral de entrada de la casa de doña Elena Villas- Boas.
Habló conmigo y solamente pude gemir.
— ¿Qué tienes, Zezé? Dime qué te pasa.
Pero continuaba gimiendo bajito. Totoca puso la mano sobre mi frente.
— Estás ardiendo de fiebre. ¿Qué pasó,
Zezé? Ven conmigo, vamos a casa. Te ayudo a ir lentamente. Conseguí decir entre
gemidos:
— Déjame, Totoca. No voy más a esa
casa.
— Vas a ir, sí. Es nuestra casa.
— No tengo nada más allá. Todo se
acabó.
Intentó ayudarme a que me levantara,
pero vio que no tenía fuerzas.
Anudó mis brazos a su cuello y me
llevó en brazos. Entró en casa y me dejó en la cama.
— ¡Jandira! ¡Gloria! ¿Dónde están
todos? Encontró a Jandira conversando en la casa de Alaíde.
—Jandira, Zezé está muy enfermo. Ella vino
rezongando.
— Debe estar haciendo otra comedia. Uno
buenos chinelazos. . .
Pero Totoca entró nervioso en la
habitación.
— No, Jandira. Esta vez está muy
enfermo y va a morirse. . .
* * *
Durante tres días y tres noches
estuve sin conocimiento. La fiebre me devoraba y los
vómitos volvían a atacarme en cuanto
intentaban darme algo de comer o de beber. Me iba consumiendo, consumiendo. Quedaba con
los ojos en la pared, sin moverme durante horas y horas.
Oía lo que hablaban a mi alrededor.
Lo entendía todo, pero no quería responder. No quería hablar. Solamente pensaba en
ir al cielo.
Gloria se cambió de habitación y
pasaba las noches a mi lado. No dejaba ni apagar la luz. Todos usaban mucha dulzura.
Hasta Dindinha vino a pasar unos días con nosotros.
Totoca se quedaba horas y horas con
los ojos desorbitados, hablándome de vez en cuando.
—Fue mentira, Zezé. Puedes creerme. Fue pura
maldad. No van a ensanchar la calle ni nada. . .
La casa se fue vistiendo de silencio,
como si la muerte tuviese pasos de seda. No hacían ruido. Todo el mundo hablaba
en voz baja. Mamá se quedaba casi toda la noche cerca de mí. Pero yo no me olvidaba
de él. De sus carcajadas. De su diferente pronunciación. Hasta los gritos de
los grillos, allá fuera, imitaban el trac, trac de su barba. No podía dejar de pensar en él. Ahora ya
sabía lo que era el dolor. Dolor no de recibir golpes hasta desmayarse. No de cortarse el
pie con un pedazo de vidrio y recibir puntos en la farmacia. Dolor era eso que llenaba
todo el corazón, con lo que la gente tenía que morirse, sin poder contarle a nadie el
secreto. Dolor era lo que me daba esa debilidad en los brazos, en la cabeza, hasta en el deseo de
dar vuelta la cabeza en la almohada. Y la cosa empeoraba. Mis huesos estaban saltando
de la piel. Llamaron al médico. El doctor Faulhaber vino y me examinó. No tardó
mucho en descubrirlo todo.
—Fue un shock. Un trauma muy fuerte. Vivirá
solamente si consigue vencer ese shock.
Gloria llevó al médico afuera y le
contó:
—Fue realmente un shock, doctor. Desde que
supo que iban a cortar su planta de naranja-lima quedó así.
—Entonces hay que convencerlo de que no es
verdad.
—Ya lo intentamos de todas formas, pero no lo
cree. Para él, su plantita de naranja lima es una persona. Es un niño muy
extraño. Muy sensible y precoz.
Escuchaba todo y continuaba sin
interés de vivir. Quería ir al cielo, y ningún vivo iba allá.
Compraron remedios, pero continuaba
vomitando.
Entonces sucedió algo hermoso. La
calle se puso en movimiento para visitarme.
Olvidaron que yo era el diablo con
figura de persona. Vino don "Miseria y Hambre" y me llevó torta de mana-mole. La negra
Eugenia me trajo huevos y le rezó a mi barriga para que dejara de vomitar.
—El hijo de don Pablo se está muriendo. . . Me
decían cosas agradables.
—Tienes que curarte, Zezé. Sin ti y tus
diabluras la calle está muy triste.
Vino a verme doña Cecilia Paim,
trayendo mi cartera de colegio y una flor. Y eso solo sirvió para hacerme llorar de nuevo.
Ella contó cómo había salido de la clase;
pero solamente sabía eso.
Hubo gran tristeza cuando llegó don
Ariovaldo. Reconocí su voz y fingí que dormía.
—Espere usted hasta que se despierte. Se sentó
y se puso a conversar con Gloria.
—Escuche, doña, vine por todos los rincones
preguntando por la casa hasta que la descubrí.
Sollozó con fuerza.
—Mi santito no puede morirse. No deje que se
muera, doña. ¿Era para usted que él
traía mis folletos, no?
Gloria casi no podía contestar.
—No deje que se muera este bichito, doña. Si
le sucede cualquier cosa nunca más vendré a este suburbio desgraciado.
Cuando entró en la habitación, se
sentó cerca de la cama y apoyó mi mano en su cara.
—Mira, Zezé. Tienes que mejorarte para ir a
cantar conmigo. Casi no he vendido nada.
Todo el mundo pregunta: "Eh, Ariovaldo,
¿dónde está tu canarito?". Vas a prometerme que te sanarás, ¿prometido?
Mis ojos aún tuvieron fuerzas para
llenarse de lágrimas, y sabiendo que no debía emocionarme más, Gloria llevó afuera
a don Ariovaldo.
* * *
Comencé a mejorar. Ya conseguía tragar
algo y alimentar mi estómago. Solamente cuando recordaba aumentaba la fiebre
y volvían los vómitos, con sus temblores y el sudor frío. A veces no podía dejar de ver
al Mangaratiba volando y destrozándolo. Pedía al Niño Dios, si es que alguna vez yo le
importaba, que él no hubiese sentido nada.
Entonces venía Gloria y pasaba sus
manos por mi cabeza.
—No llores, Gum. Todo esto va a pasar. Si
quieres te doy toda mi "mangueira" para ti.
Nadie va a jugar con ella.
Pero ¿de qué me servía una
"mangueira" vieja, sin dientes, que ya no sabía dar mangos? Hasta mi planta de
naranja-lima perdería pronto su encanto, para trasformarse en un árbol como cualquier otro. . . Y
eso si le daban tiempo al pobrecito.
¡Qué fácil era morirse para algunos!
Bastaba con que viniera un tren malvado, y listo.
¡Y qué difícil era ir al cielo para
mí! Todo el mundo me sujetaba las piernas y no me dejaban ir.
La bondad y la dedicación de Gloria
conseguían que yo conversara un poco. Hasta papá dejó de salir de noche. Totoca
adelgazó tanto, de remordimientos, que Jandira llegó a darle un coscorrón.
—¿Ya no basta con uno, Antonio?
—Tú no estás en mi lugar para sentirte así. Yo
fui el que se lo contó. Todavía siento en la barriga, hasta cuando estoy
durmiendo, su cara llorando, llorando. . .
—Ahora no vas a venir tú a llorar también. Ya
estás hecho un hombrón, y él va a vivir.
Déjate de esas cosas y ve a comprarme
una lata de leche condensada en lo de "Miseria y Hambre".
—Entonces dame la plata, porque no le fía más
a papá.. .
La debilidad me daba una continua
somnolencia. Ya no sabía cuándo era de día y cuándo de noche. La fiebre iba
cediendo, y mis agitaciones y temblores comenzaban a distanciarse.
Abrí los ojos y en la semioscuridad
estaba Gloria, que no se alejaba de mi lado. Había traído el sillón-hamaca a la
habitación, y muchas veces se adormecía de cansancio.
—Godóia, ¿ya es la tarde?
—Casi la tarde, corazón.
—¿Quieres abrir la ventana?
—¿No te va a doler la cabeza?
—Creo que no. .....
La luz entró y se vio un pedazo de
lindo cielo. Lo miré y de nuevo comencé a llorar.
—¿Qué es eso, Zezé? Un cielo tan lindo, tan
azul, que el Niño Dios hizo para ti. . . El me lo dijo hoy.
No entendía lo que el cielo
significaba para mí.
Se recostaba cerca de mí, tomaba mis
manos y hablaba tratando de animarme.
Su rostro estaba abatido y flaco.
—Mira, Zezé, dentro de poco estarás sano.
Soltando cometas, ganando ríos de bolitas, subiendo a los árboles, montando a
Minguito. Quiero verte como antes, cantando canciones, trayéndome folletos de música.
¡Haciendo tantas cosas lindas! ¿Viste cómo está de triste la calle? Todo el mundo siente tu falta
y tu alegría. . . Pero tienes que ayudar. Vivir, vivir y vivir.
—Sabes, Godóia, es que no quiero vivir más. Si
me sano voy a volver a ser malo. No me entiendes. Pero ya no tengo para
quién ser bueno.
—Bien, pero no necesitas ser siempre tan
bueno. Continúa siendo un niño, una criatura como siempre fuiste.
—¿Para qué, Godóia? ¿Para que todo el mundo me
pegue? ¿Para que todo el mundo me martirice?. . . Tomó mi cara entre
sus manos y dijo, resuelta:
—Mira, Gum. Te juro una cosa. Cuando te sanes,
nadie, nadie, ni siquiera Dios, va a poner las manos sobre ti. Solamente
si antes pasan por sobre mi cadáver. ¿Me crees?
Hice un signo afirmativo.
—¿Qué es un cadáver?
Por primera vez el rostro de Gloria
se iluminó con una gran alegría. Lanzó una carcajada porque sabía que si yo me
interesaba por las palabras difíciles estaba nuevamente interesado en vivir.
—Cadáver quiere decir lo mismo que muerto, que
difunto. Pero no hablemos ahora de eso, que no es conveniente.
Me pareció lo mismo, pero no podía
dejar de pensar que él ya era cadáver desde hacía muchos días. Gloria continuaba
hablando, prometiéndome cosas, pero yo ahora pensaba en los dos pajaritos, el
"azulao" y el canario. ¿Qué harían con ellos? A lo mejor morían de tristeza, como en el caso
del "avinhado"20 de Orlando Pelo de Fuego. A lo mejor les abrían las puertas de la jaula,
dejándolos en libertad. Pero eso sería lo mismo que la muerte. Ya no sabían volar. Se
quedaban como tontos, parados en los naranjos hasta que la chiquilinada les acertaba con la
honda. Cuando Zico quedó sin dinero para conservar el vivero de Tié-Sangue, abrió las
puertas y sucedió esa maldad. Ni uno solo escapó de la puntería de los chicos.
Las cosas comenzaban a tomar su ritmo
normal en la casa. Ya se escuchaban ruidos por todas partes. Mamá había vuelto a
trabajar. El sillón-hamaca retornó a la habitación en donde siempre estuviera. Solamente
Gloria permanecía en su puesto. Hasta que no me viese en pie no se alejaría.
—Toma este caldo, Gum. Jandira mató la gallina
negra solamente para hacerte este caldito. ¡Mira qué lindo olor tiene!
Y soplaba la cuchara para enfriarlo.
"Si quieres, haz como yo, moja
el pan en el café. Pero no hagas ruido al tragar. Es feo."
—Pero, ¿qué es eso, Gum? No vas a llorar ahora
porque mataron la gallina negra.
Estaba vieja. Tan vieja que ya no
ponía huevos. . .
Tanto hiciste que acabaste por
descubrir dónde vivo. . . "
— Yo sé que ella era la pantera negra
del Jardín Zoológico, pero compraremos otra pantera negra mucho más salvaje que
ésa.
"Entonces, fugitivo, ¿dónde
estuviste todo este tiempo?"
— Godóia, ahora no. Si tomo voy a
comenzar a vomitar.
— ¿Si te lo doy más tarde, lo tomarás?
Y la frase vino a borbotones, sin que
pudiera controlarme:
"Prometo que seré bueno, que no
pelearé más, que no diré más palabrotas, ni siquiera traste voy a decir. . . Pero quiero
quedarme siempre contigo. . ."
Me miraron apenados porque creían que
estaba hablando de nuevo con Minguito.
* * *
Al comienzo era apenas un rozar suave
en la ventana, pero después se convirtió en golpes. Una voz venía del lado de
afuera, bien baja:
—¡Zezé!. . .
Me levanté y apoyé la cabeza en la
madera de ventana.
—¿Quién es?
—Yo. Abre.
Empujé la manija sin hacer ruido para
no despertar a Gloria. En la oscuridad, como si fuese un milagro, brillaba todo
"enjaezado" Minguito.
—¿Puedo entrar?
—Como poder, puedes. Pero no hagas ruido para
que ella no se despierte.
—Te aseguro que no se despertará.
Saltó adentro de la habitación y
volví a la cama.
—Mira lo que te traje. Se empeñó en venir
también a visitarte.
Adelantó un brazo y vi una especie de
pájaro plateado.
—No puedo ver bien, Minguito.
—Mira bien porque vas a tener una sorpresa. Lo
adorné todo con plumas de plata. ¿No está lindo?
—¡Luciano! ¡Qué lindo estás! Siempre deberías
estar así. Pensé que eras un halcón, ese de la historia del califa Stork.
Acaricié su cabeza, emocionado, y por
primera vez sentí que era suave y que hasta a los murciélagos les gustaba la
ternura.
—Pero no te diste cuenta de una cosa. Mira
bien. Dio una vuelta para exhibirse.
—Estoy con las espuelas de Tom Mix, el
sombrero de Ken Maynard, las dos pistolas de Fred Thompson, el cinto y las botas
de Richard Talmadge. Y además de todo eso, don Ariovaldo me prestó la camisa a
cuadros que tanto te gusta.
—Nunca vi nada más lindo, Minguito. ¿Cómo
conseguiste juntar todo esto?
—Bastó con que supieran que estabas enfermo
para que me prestaran todo.
—¡Qué lástima que no puedas quedarte vestido
así para siempre!
Me quedé mirando a Minguito,
preocupado por si él sabría el destino que le esperaba.
Pero no dije nada.
Entonces se sentó a la orilla de la
cama; sus ojos solo expandían dulzura y preocupación. Aproximó su cara a mis
ojos.
—¿Qué pasa, Xururuca?
—Más Xururuca eres tú, Minguito.
—Bueno, entonces eres el Xururuquinha. ¿No
puedo quererte con más cariño a veces, como tú haces conmigo?
—No hables así. El médico me prohibió llorar y
emocionarme.
—Ni quiero eso. Vine porque sentía nostalgias
y quiero verte de nuevo bueno y alegre.
En la vida todo pasa. Tanto, que vine
para llevarte a pasear. ¿Vamos?
—Estoy muy débil.
—Un poco de aire libre te va a curar. Te ayudo
para que saltes por la ventana. Y salimos.
—¿Adonde vamos?
—Vamos a pasear por la parte canalizada.
—Pero no quiero ir por la calle Barón de
Capanema. Nunca más voy a pasar por allí.
—Vamos por la calle de las represas, hasta el
final.
Ahora Minguito se había trasformado
en un caballo que volaba. En mi hombro, Luciano se equilibraba, feliz.
En el sector canalizado, Minguito me
dio la mano para que mantuviera el equilibrio en los gruesos caños. Era lindo cuando
había un agujero y el agua salpicaba como una fuentecita, mojándome y haciendo
cosquillas en la planta de los pies. Me sentía un poco mareado, pero la alegría que Minguito
me estaba proporcionando era el indicio de que ya estaba sano. Por lo menos mi corazón
latía suavemente.
De repente, a lo lejos pitó un tren.
—¿Oíste, Minguito?
—Es el pito de un tren a lo lejos. Pero un
extraño ruido vino acercándose ,y nuevas pitadas cortaban la soledad.
El horror me dominó por completo.
—Es él, Minguito. El Mangaratiba. El asesino.
Y el ruido de las ruedas sobre las vías crecía terriblemente.
—Súbete aquí, Minguito. ¡Rápido, Minguito!
Pero Minguito no conseguía guardar el equilibro sobre el caño, a causa de
las brillantes espuelas.
—Súbete, Minguito, dame la mano. Quiere matarte. Quiere destrozarte. Quiere cortarte en pedazos.
Apenas Minguito se trepó en el caño,
el tren malvado pasó sobre nosotros pitando y lanzando humo.
—¡Asesino!... ¡ Asesino!...
Mientras tanto, el tren continuaba su
marcha sobre las vías. Su voz llegaba, entrecortada de carcajadas.
—No soy culpable... No soy culpable... No soy
culpable...
Todas las luces de la casa se
encendieron y mi habitación fue invadida por caras semi adormecidas.
—Fue una pesadilla.
Mamá me tomó en los brazos, intentando
aplastar contra su pecho mis sollozos.
—Fue un sueño, hijo... Una pesadilla.
Volví a vomitar, mientras Gloria le
contaba a Lalá.
—Me desperté cuando él gritaba
"asesino"... Hablaba de matar, destrozar, cortar ... Mi Dios, ¿cuándo acabará todo esto?
Pero unos pocos días después acabó.
Estaba condenado a vivir, vivir. Una mañana,
Gloria entró, radiante. Estaba
sentado en la cama y miraba la vida con una tristeza que dolía.
—Mira, Zezé.
En sus manos había una florcita
blanca.
—La primera flor de Minguito. Pronto será un
naranjo adulto y comenzará a dar naranjas.
Me quedé acariciando entre mis dedos
la flor blanquita. No lloraría más por cualquier cosa. Aunque Minguito estuviera
intentando decirme adiós con aquella flor; partía del mundo de mis sueños hacia el mundo de mi
realidad y mi dolor.
—Ahora vamos a tomar un
"mingauzinho"21 y dar unas vueltas por la casa, como hiciste ayer. ¡Vamos!
Entonces el rey Luis se subió a mi
cama. Ahora siempre dejaban que estuviese cerca de mí. Al comienzo no querían que se
impresionara.
—¡Zezé!...
—¿Qué, mi reyecito?
Y en verdad, él era el único rey. Los
otros, los de oro, de copas, bastos o espadas eran apenas figuras sucias por los
dedos de quienes jugaban. Y el otro, él, ni siquiera había llegado a ser realmente un rey.
—Zezé, te quiero mucho.
—Yo también quiero a mi hermanito.
—¿Quieres hoy jugar conmigo?
—Hoy juego contigo, sí. ¿Qué quieres hacer?
—Quiero ir al Jardín Zoológico, después a
Europa. Después quiero ir a las selvas del Amazonas y jugar con Minguito.
—Si no estoy muy cansado haremos todo eso.
Después del café, bajo la mirada
feliz de Gloria, fuimos hacia el fondo, tomados de la mano. Gloria se recostó sobre la
puerta, aliviada. Antes de llegar al gallinero me di vuelta y le dije adiós con la mano. En sus
ojos brillaba la felicidad, en mi extraña precocidad, adivinaba lo que pasaba en su
corazón: "¡Ha vuelto a sus sueños, gracias a Dios!".
—Zezé...
—Hum...
—¿Dónde está la pantera negra?
Era difícil recomenzar todo sin creer
en nada. Tenía deseos de contarle lo que en realidad sucedía. "Tontito,
nunca existió esa pantera negra. Apenas era una gallina negra y vieja, que me comí en un caldo".
—Solo quedaron las dos leonas, Luis. La
pantera negra se fue de vacaciones a la selva del Amazonas.
Era mejor conservar su ilusión lo más
posible. Cuando yo era una criaturita también creía en esas cosas.
El reyecito agrandó los ojos.
—¿Allí, en esa selva?
—No tengas miedo. Se fue tan lejos que nunca
más acertará el camino de vuelta.
Sonreí con amargura. La selva del
Amazonas era apenas una media docena de naranjos espinosos y hostiles.
—Sabes, Luis, Zezé está muy débil; necesita
regresar. Mañana jugaremos más. Al trencito del Pan de Azúcar y a todo
lo que quieras.
Accedió e iniciamos lentamente el
regreso. Todavía era muy pequeño para adivinar la verdad. Yo no quería llegar cerca del
zanjón o del río Amazonas. No quería encontrarme
con el desencanto de Minguito. Luis
no sabía que aquella flor blanquita había sido nuestro adiós.
8 - SON TANTOS L0S VIEJOS ARBOLES
Aún no había anochecido y la noticia
había sido confirmada. Parecía que una nube de paz volvería a reinar sobre la casa y
la familia.
Papá me tomó de la mano, y delante de
todos me sentó en sus rodillas. Se balanceó lentamente en el sillón para que no
me mareara.
—Ya pasó todo, hijo. Todo. Un día también vas
a ser padre y descubrirás qué difíciles son ciertos momentos en la vida de un
hombre. Parece que nada sale bien, provocando una interminable desesperación. Pero
ahora, no. Papá fue nombrado gerente de la
Fábrica de Santo Aleixo. Ya nunca faltará nada en tus zapatitos en la noche de Navidad.
Hizo una pausa... Tampoco él se
olvidaría de aquello por el resto de su vida.
—Vamos a viajar mucho, mamá no tendrá que
trabajar más, ni tus hermanos. ¿Todavía tienes la medalla del indio?
Revolví en mis bolsillos y la
encontré.
—Bueno, compraré nuevamente un reloj para
colocar la medalla. Un día será tuyo...
"¿Portuga, sabes lo que es
carborundum?". Y papá hablaba y hablaba siempre. Me hacía daño su rostro con barba al
rozar mi cara. El olor que se escapaba de su camisa muy usada me daba escalofríos. Me fui resbalando
de sus rodillas y caminé hacia la puerta de la
cocina. Me senté en los escalones y
contemplé el fondo, cuando morían todas las luces. Mi corazón se rebelaba sin rabia.
"¿Qué quiere ese hombre que me sienta en sus rodillas?" El no era mi padre. Mi padre había
muerto. El Mangaratiba lo mató.
Papá me había seguido y vio que mis
ojos se encontraban nuevamente húmedos.
Casi se arrodilló para hablar
conmigo.
—No llores, hijo. Vamos a tener una casa muy
grande. Un río de verdad pasa por detrás. Hay grandes árboles, y
tantos, que serán todos tuyos. Podrás hacer lo que quieras, armar redes-hamacas.
No entendía. ¡No entendía! Ningún
árbol podría ser tan lindo en la vida como la Reina Carlota.
—Serás el primero que elija árboles.
Miré sus pies, con los dedos que
salían de sus zuecos.
Era un viejo árbol de raíces oscuras.
Era un padre-árbol. Pero un árbol que yo casi no conocía.
—Y hay más. Tan pronto no van a cortar tu
planta de naranja-lima. Cuando la corten estarás lejos y no sentirás nada.
Sollozando me abracé a sus rodillas.
—Ya no me interesa, papá. No me interesa... Y
mirando su rostro, que también se encontraba lleno de lágrimas, murmuré
como un muerto:
—Ya la cortaron, papá, hace más de una semana
que cortaron mi planta de naranjalima.
9 - LA CONFESIÓN FINAL
Los años pasaron, mi querido Manuel
Valadares. Hoy tengo cuarenta y ocho años y, a veces, en mi nostalgia, siento la
impresión de que continúo siendo una criatura. Que en cualquier momento vas a aparecer
trayéndome fotos de artistas de cine o más bolitas. Tú fuiste quien me enseñó la ternura de
la vida, mi Portuga querido. Hoy soy yo el que tiene que distribuir las bolitas y las
figuritas, porque la vida sin ternura no vale gran cosa. A veces soy feliz en mi ternura, a veces me engaño,
lo que es más común.
En aquel tiempo... En el tiempo de
nuestro tiempo, no sabía que muchos años antes un Príncipe Idiota, arrodillado
frente a un altar, preguntaba a los iconos, con los ojos llenos de lágrimas:
¿POR QUE LES CUENTAN COSAS A LAS CRIATURITAS?"
Y la verdad es, mi querido Portuga,
que a mí me contaron las cosas demasiado pronto. ¡Adiós!
Ubatuba, 1967
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