Análisis literario del cuento
FARIAS Y MIRANDA, AVESTRUCEROS
Enrique Amorin
I
Acodado en la ventana del cuarto de huéspedes, el
avestrucero Pedro Farías contemplaba el amanecer. A medida que el sol iba
saliendo, se dejaba estar en aquella cómoda posición. Medía con sus ojos las
pampas y cerrilladas de Ñapindá, en donde habría de extender el galope de su
caballo. Era el día señalado para la arriada y desplume de los avestruces.
Asomaba su delgada faz, curtida por el sol. El acicalado corte de su cabello
delataba sus frecuentes y largas estadas en la ciudad.
Al hallarle en aquella actitud, el peón casero, que volvía
al tambo con un balde de leche en ca en cada mano, los dejó en tierra y se puso
a contemplarle. Aparentaba descansar, a la vera del sendero bordeado de
naranjos.
Solamente a un recién llegado —pueblero por más señas— se le
podía ocurrir la idea de acodarse en una ventana, a mirar vagamente el
amanecer. Aparte de esto, algo debía tener metido en la cabeza aquel forastero,
para estarse absorto en tan singular actitud.
Con una sonrisa, que precedió un par de escupitajos en las
manos, el peón casero alzó los baldes y continuó su camino.
El avestrucero Pedro Farías acababa de ser juzgado. . .
El avestrucero Pedro Farías acababa de ser juzgado. . .
Por cuarta o quinta vez, arribaba a la estancia de los
Amaro. Siempre en jira comercial, comisionado por un fuerte negociante en
plumas. Pero, aparte de su trabajo, en esta ocasión, le llevaba a la estancia
de La Ventana un vehemente deseo de alcanzar la gracia de una muchacha, hija
adoptiva del matrimonio sin descendencia de los Amaro. Floriana se llamaba la
protegida. Habíala conocido en un corso de Carnaval, en la vecina ciudad. A más
de su rozagante y rubia juventud, Floriana poseía otro atractivo: seguramente
habría de ser heredera de los dueños de La Ventana. Era, en verdad, mujer
conveniente y apetecible para Farías, rudo hombre de campo a quien la ciudad
había transformado su vestimenta y suavizado un poco sus manos. Como era
delgado, esbelto y rubio, las prendas ciudadanas caían bien en su cuerpo.
Acodado en la ventana, dejaba vagar sus ojos, desde las
pampas y cerrilladas de Ñapindá hasta la casa de los patrones. Sacaba la cabeza
hacia afuera, de vez en vez, mirando atentamente a su derecha. Luego se volvía
para adentro A la derecha, entre viejas casuarinas de un verde sucio o gastado,
aparecía la casa. El avestrucero aguardaba los primeros movimientos. Una puerta
entreabierta, una ventana, el andar de la cocinera por el patio posterior, el
ruido de una roldana, el rechinar de un gozne . . .
Sus días en aquella estancia estaban contados. No pasarían
de tres, a lo sumo. Debía, pues, aprovecharlos desde el amanecer.
De Floriana tenía la seguridad de una mirada profunda y
poseía un ramito de flores con un papel de plomo rodeando los tallos . . .
Farías anhelaba que Floriana le viese en aquella actitud. Así comprendería los
propósitos que le traían a la estancia de los Amaro. El cielo del amanecer —con
una estrella valiente resistiendo aún los rayos tempraneros— limpiaba sus ojos,
alejándoselos del sueño. Una rama de paraíso se asomaba en lo alto de la
ventana. En las hojas, gotas de rocío por caer la decoraban. Los pájaros abrían
la mañana. Cuando Farías se cansaba de mirar los campos extendidos y las
antipáticas cerradas ventanas de la casa, metía sus ojos en el follaje. Y así
estuvo abstraído hasta el momento en que pasó una tropilla de caballos, en
dirección al corral. El tropel de cascos lo despertó.
El día de trabajo había comenzado. Se sentó en su cama; se
desperezó; forcejeó luego para colocarse las botas y encendiendo el primer
cigarrillo salió al patiezuelo vecino.
En dirección a su pieza venía Pancho Miranda, el otro
avestrucero, un hombre retacón, fornido, cara redonda, con bigotes caídos como
guampas de vacas tamberas. La curtida piel de su rostro dábale un aspecto de
pescador. Más aún con aquellas redes que al hombro traía. Era el
"entendido" en lo relacionado al desplume. Acompañado de este sujeto,
había recorrido Pedro Farías media República. Si él era imprescindible para tratar
y vigilar el trabajo, Miranda lo era también en otra faz del negocio. En ambos,
trabajando a la par, confiaba la firma de Leopoldo Carlón y Cía., barraqueros
de la ciudad.
Miranda, con las redes al hombro, parecía un pescador camino
del mar. Se acercó, dejándolas sobre el caballete enclenque del recado del
capataz y le pidió fuego, entre un "buenos días" cortante. Hablaron
luego, mientras mateaban de pie, de las precauciones tomadas. No les habría de
molestar el viento. La manga, de todas maneras, iba a ser colocada de boca al
Este, de donde podría soplar. Acorralarían así, en la bolsa de la red, a los
avestruces y las plumas, evitando desperdicios. Se habló del cuidado que debían
tener para que los avestruces no se pasasen al campo vecino. Para esto, según
Miranda, era menester ir hasta el fondo de aquella invernada, al trote. Arriar
despacio hacia el centro y una vez reunidas las bandadas, precipitarlas en la
manga. La tarea iba a ser facilitada por el capataz, que había adelantado un
aparte, ordenando parar rodeo esa mañana. Estando la hacienda reunida para el
trabajo, no tendrían que cuidar el alboroto de la novillada.
Desplegaron la red. Revisándola y atando una que otra malla
suelta, esperaron el momento de churrasquear.
El peón casero llegó con el asador en alto, en donde venía
ensartado un costillar y un cuarto de cordero. Clavó el asador y se alejó. Tras
del asado llegó la salmuera, en manos del capataz, quien la había preparado en
honor a los avestruceros. —No sé si he perdido la mano, ustedes dirán . . .
—exclamó el capataz mientras rociaba el cuarto, agitando la latita con la
salmuera.
El aire era aún frío. Mediaba setiembre. El campo verde con
relámpagos de plata. En algunos lugares aparecían rastros de escarcha. Los
caballos ensillados fueron traídos al patio. Allí solamente entraba el caballo
del capataz, de manera que se hacía una excepción con los de los avestruceros.
A un mismo poste de la verja circundante fueron atados el rabicano de Farías y
el alazán de Pancho Miranda. Las bestias traían los cascos húmedos de rodo. No
bien entrados en el patio de tierra seca comenzaron a picar el piso. Al momen to,
los vasos estaban cubiertos de barro. El alazán de Miranda, con la cabeza
gacha, hada sonar la coscoja del freno. Con el hocico pegado al tejido de
alambre, el rabicano permanecía inmóvil, mientras el caballo del capataz le
olía la panza, desconociéndole.
Matearon los tres hombres en silencio. Miranda, cuando
terminó de churrasquear y dio las gracias por el mate, se puso en cuclillas a
revisar detenidamente la red. Llevaba el cigarrillo a los labios, para poder
disponer de las manos, y con los ojos entrecerrados para que el humo no se los
dañase, ataba nudo tras nudo, en las fallas de la red. Farías, escarbándose los
dientes, no perdía un solo momento de mirar a "las casas". Para
desembarazarse de su preocupación, cortó unas achuras del cuarto de cordero,
arrojándoselas a los perros que merodeaban. Apartó una gordura elegida para
dársela en la boca al perro del capataz, un mastín barcino, cola quebrada. Uno
de los peones, el Lechuza —un sujeto desdentado, con asombrados ojos redondos—,
se acercó en busca de la red. No necesitó hablar, ni explicarse, para que
Miranda le diese la manga. Bastó que el avestrucero la arrojase a un lado, como
abandonándola, para que el Lechuza se la llevase.
Cuando el peón, acompañado de "un comedido",
partió en dirección a Ñapindá, Miranda les gritó:
—¿Llevan las estacas, che Lechuza?
El peón detuvo su caballo. Como iban a unos cincuentra
metros, conversando, no le oyeron. Al no ser respondido, tornaron la vista
sobre ellos, los tres hombres que rodeaban el asador. Bastó un segundo grito,
esta vez de Farías: "|Las estacas!", para que el peón, inclinando una
y otra vez la cabeza, diese la respuesta tranquilizadora.
—¿La van a colocar a la caída de la zanja? —preguntó el
capataz.
—Sí —respondió Miranda—; al fondo del campo, así los
embocamos todos en una corrida.
Miranda no perdía de vista a Farías, quien, con un pedazo de
carne en la mano, levantando la vista hacia "las casas", esperaba el
salto de un perrito hambriento. Floriana, al oír la voz del avestrucero cuando
interrogó al Lechuza, habíase asomado a la ventana de la cocina. El capataz,
más amigo de Miranda que de Farías, se entendió con aquél con sólo una mirada.
Para alejarlos del lugar, levantándose, desperezó sus brazos y entre una
saltarina rueda de perros que le festejaban, exclamó decidido:
—¡Bueno, compañerazos, al campo! Caminó hasta su caballo, un
gateado cabezón y coludo. Revisó la cincha, encendió su pucho y previo un golpe
con su manopla en la badana del recado, montó. El gateado era escarceador y
saltarín. Los perros alcanzaban con sus hocicos las botas del capataz. Saltaban
alegres, porque una salida al campo en día de rodeo enardecía a los perros.
Miranda ajustóse el cinto, corriendo un ojal, en cuyo agujero no le fue fácil
ensartar la uña de la hebilla. Farías, en un trapo sucio, limpió el cuchillo,
andando hacia su caballo.
—Este alazán debe estar apestau ... no hace más que dar
vuelta la coscoja con la cabeza cáida. . . — dijo Miranda al montarlo.
—Algún haya, siguramente . . . —sentenció el capataz,
alejándose al tranco.
Tras suyo, Miranda seguía comentando la posible enfermedad
de su alazán. Para evitar un golpe en la cabeza, de una rama baja de paraíso,
Farías inclinó el cuerpo hasta rozar la cara con las crines paradas del
rabicano. Aprovechó aquel accidente, que ya habían salvado sus compañeros, para
mirar hacia atrás. Y alcanzó a ver a Floriana, de pie, vestida de blanco, en la
vereda que circundaba a la casa. Al ponerse otra vez erguido, creyendo no ser
visto, sacó su sombrero, en un gran saludo
a la muchacha. Miranda le vio. Como no era hombre de pelear por una pollera,
pero sí de ganarla con astucia y malicia, sonrió, tosiendo.
Al trote entraron en la invernada de Ñapindá.
Hasta ellos llegaba el balido de la hacienda, puesta ya en
rodeo. Ni el uno ni el otro enamorado se atrevió a mirar la casa del patrón,
que quedaba a sus espaldas. El capataz sí, dióse vuelta y vio a Floriana en el
frente de la casa, a la entrada del jardín. Sin duda alguna, estaba enamorada
de uno de los avestruceros. El capataz sofrenó un poco su gateado y mirando a
los hombres, pensó:
—A cuál de estos dos mirará la Floriana. . .
Y espoleando su caballo, como si arriase a los dos
avestruceros, rompió en un galope, seguido inmediatamente por el alazán y el
rabicano.
II
El rodeo "parado” ponía una movible mancha roja sobre
la cuchilla. El campo, en toda su extensión, estaba limpio, desierto. En la
rinconada, sobre la zanja, se podía ver un hombre a caballo luchando para
llevar hasta el rodeo un novillo, sin duda rengo o abichado. Y un poco más
arriba,casi sobre la divisa, dos hombres de a pie —el Lechuza y su acompañante—
colocando la manga.
Los avestruceros acompañaron al capataz hasta el rodeo. Ya
que el hombre había anticipado un aparte, para facilitar la avestruciada
reuniendo en rodeo los novillos, decidieron acompañarle a fin de ver el estado
de la hacienda.
El capataz tenía un aire de propietario que se afirmaba más
con la ausencia del patrón. Quería enseñarles la invernada.
Mientras el hombre —seguido de Miranda— se metía en medio
del rodeo mirando a uno y otro lado, en reconocimiento, Farías daba vueltas en
torno, evitando la dispersión.
—Novillada pareja —dijo Farías para entrar en conversación
con el sota - capataz, que andaba como él, al tranco, rodeando la novillada.
—Media flaquerona . . . Está muy trabajau el potrero este .
. . —agregó el sota—. Vamo a ver si haciendo un aparte se aliviana el campo . .
.
Volvió un silencio agujereado de balidos a molestar a
Farías. A su lado jamás se hablaba. El sota, como despreciándole, se alejó so
pretexto de reintegrar un novillo al rodeo. Farías vio al capataz conversar
animadamente con Miranda. Este reía, mientras hablaba, como si contase una
historia graciosa. Fastidiado, Farías dejó caer su arriador sobre el lomo de un
novillo. El chucaro animal se metió entre los otros, provocando la dispersión
de algunos. Avanzaron al mismo tiempo, como si Farías los hubiese azuzado, los
perros tras del novillo. Alejado del rodeo, tuvo que "espueliar" su
rabicano y lanzarse tras él. El vacuno mañereaba, acosado por la jauría. Rumbeó
hacia una pendiente. Por allí tuvo que correr Farías, hasta pechar el novillo y
enderezarlo para el rodeo. El rabicano daba saltos sacudiendo el cuerpo del jinete.
Nadie se había comedido a ayudarle. Y desde el rodeo le miraban, esperando
seguramente verle caer o fracasar.
Farías comprendió y enderezando hacia el capataz le gritó a
Miranda:
—¡Vamos, que ya tendieron la red!
En aquel momento comenzaba el aparte. Dos peones cruzaron
por su lado con un novillo en medio, que intentaban llevar a pechadas. A unos
cincuenta metros, dos señuelos negros aguardaban, cuidados por un peón, la
llegada de los novillos flacos. El capataz, que iba indicándoles a los peones
los animales a apartar, suspendió la tarea para decirle al sota, mientras los
avestruceros se alejaban:
—Aquí va a haber riña entre esos bichos; la Floriana esa los
ha tomau del p ic o ...
Pasó en ese instante por su lado un flaco novillo chúcaro,
seguido de los peones. Envueltos en una nube de polvo, el capataz y el sota
sujetaron sus encabritadas cabalgaduras. Sofrenando su caballo, el sota pudo
agregar:
—¡Se la va a ganar el pueblero, si es brujo!
El aparte continuaba, no obstante la aparente distracción de
los hombres. El capataz, con la vista, apenas haciendo una “entrada” con su
gateado, iba indicando cuáles eran los novillos del aparte.
L a red estaba tendida. Farías, de a pie, recorrió estaca
por estaca, toda la manga. Miranda, de a caballo, inspeccionaba la bolsa,
espacio circular en donde confluían los dos brazos abiertos de la red. El Lechuza
y el comedido, llamado Cirilo, se guros de haber hecho las cosas bien, se
ocupaban en adiestrar y preparar sus caballos. Farías había encargado que
cinchasen el suyo. Después de la corrida en el rodeo, el rabicano se le había
ido la cincha a las verijas. El Lechuza, teniendo la rienda de su caballo
sostenida en el antebrazo junto con el "cabresto” del rabicano, acomodaba
el recado del avestrucero. Tiraba con los dientes del “corrión” de cuero. Con
las manos tomaba por las cabezadas el recado y lo sacudía, a Ein de ajustar todo
lo posible la cincha. Luego introdujo los dedos bajo la carona y trató de
acomodar el pellejo de la panza del rabicano, hecho un rollo bajo la cincha.
Los caballos estaban listos, revisada la red. Soplaba una
brisa leve, que apenas agitaba las puntas de los "mío-mío” . Por suerte,
no dispersarían la pluma.
Farías se acercó a su caballo, y probó el recado con un par
de sacudones. Acomodó el "cabresto” y montó. Su compañero, impasible,
desde su alazán, abarcaba con ojos tamaños la extensión de los campos. En dos
bandadas estaban divididos los avestruces. Una, la mayor, al fondo del campo.
La otra, dispersa en la ladera de una cerrillada, iba subiendo la cuesta.
Los cuatro hombres partieron al troté. Farías detuvo su
caballo y le dijo al Lechuza:
—Vení conmigo vos y agarremos para el lado de la divisa. .
—No —objetó Miranda—; si agarran contra el alambrau, no
vamos a poder juntarlas todas. . . M ejo r...
—¿Mejor qué? —interrumpió violentamente Farías. ..
—Mejor es reunirías, así caen todas ju n ta s... Primero las
de la ladera... —continuó tranquilamente Miranda.
—Déjeme no más —concluyó Farías.
Y dirigiéndose al Lechuza ordenó:
—Vení conmigo, agarramos por el lado de la divisa y ustedes
repuntan las otras para el centro del campo... Después atropellamos con las dos
bandadas reunidas.
Se separaron... Miranda, socarronamente, sonrió, diciéndole
a Cirilo, el comedido:
—Me va a enseñar éste a encerrar ñanduces.
Partieron rumbo al monte, a galope tendido. El caballo de
Cirilo era roncador y marcaba los saltos de su carrera con un bufido que le
hacía temblar el morro.
—¡Parece una vieja rezongona! —exclamó Miranda—. Buena
musiquita para dormir en el matungo ...
El comedido no se atrevió a comentar.
L a bandada más numerosa se fue uniendo. Los avestruces, al
ver a los cuatro jinetes rodeándoles, se juntaban ya desconcertados. Imaginaban
un círculo en donde no había espacio para escapar.
Alargaban el pescuezo, unos. Otros, gambeteando, corriendo
de un lado para otro y deteniéndose repentinamente, daban señales de
desconcierto. Serían unos cuarenta, bien emplumados. Desde los mayores —los
machos sin duda— corrían arrastrando las alas, como los paisanos cuando se
hacen los guapos y arrastran el poncho en compadrada de gaucho pendenciero.
Volvían a reintegrarse al grupo sin saber qué rumbo tomar. De un lado —al Oeste—
tenían el monte; en el Norte y el Sur, dos parejas de jinetes. Su única
escapatoria era ende rezar para el centro del campo, en dirección a la otra
bandada. Y así lo hicieron. Volcáronse en veloz carrera hacia el medio del
campo, enfilados de dos a dos y llevando a la cabeza un macho que había plegado
las alas en resuelta carrera. La bandada menor, que iba tranquilamente subiendo
la cuesta del rodeo, comenzó a inquietarse. Se podían ver corridas como de
ensayo entre los de ese grupo.
Miranda y Cirilo se alejaron de la bandada en marcha.
Galopaban hacia la ladera en busca de los otros ‘‘ñanduces” . Arriándolos hacia
el centro del campo, reunirían a todos. Pero, de pronto, Miranda vio a Farías
emprenderla con la primer bandada. Seguido de perros y a gritos furiosos, aquél
y el Lechuza espantaban los avestruces en dirección a la manga. Los cascos de
los caballos sonaban en tierra. Una nube de polvo tras de cada jinete y adelante
el torbellino de avestruces en dirección a la manga. Los rezagados, sesgando,
arrastraban las alas en veloces zig-zags. Chocaban, al parecer, o se cruzaban
en la carrera. Alargados los pescuezos, los cuerpos apretados y finos. Las
patas, al correr, eran levantadas hasta ponerlas casi a la altura de los
cuerpos. La bandada gris era una mancha movediza, con relámpagos blancos que daban
los cuerpos por momentos descubiertos por los alones. Daban la impresión de que
fuesen perdiendo y recuperando sus plumas, como si el viento en la velocidad
que llevaban, les voltease las alas.
La embestida de Farías y El Lechuza había sido eficaz. Los
brazos de la manga apresaron a todos los avestruces. En aquel embudo se redujo
el torbellino. Ciegos, algunos, chocaban en la manga, la costeaban en seguida y
confluían en la bolsa.
Allí dentro se daban unos contra otros, haciendo cimbrar con
el peso de sus cuerpos las cuerdas de la tirante red. Inmediatamente, en la
boca de entrada, se detuvieran, encabritados, los dos jinetes.
El Lechuza se apeó para cerrar “la boca” . Su maltrecho
caballo respiraba con fatiga, haciendo sacudir las estriberas, que oscilaban
como péndulos.
A su alrededor aullaban los perros. Dos de ellos se metieron
dentro del círculo de la bolsa. Como eran de la estancia, no obedecían a la voz
de Farías. Hubo que sacarlos a rebencazos.
Dentro de la red, la bandada era un torbellino de patas y
pescuezos. Unos, despatarrados, con los picos abiertos: otros, con las cabezas
metidas en la red. Sobre los caídos, las recias extremidades de los demás se
afirmaban dando patadas. Farías, para evitar que se estropeasen, estrechó el
círculo con un apéndice de red, que servía para cerrar la entrada.
Silencioso, Farías, apoyándose en uno de los postes, esperó
el arribo de Miranda. Cuando éste se apeó, quiso explicarle su precipitación.
—Iban a ser demasiadas, si las juntábamos. Total, tenemos
tiempo esta tarde, o mañana...
Miranda no discutía jamás. Comprendió que el deseo de Farías
era prolongar lo más posible aquella avestruciada. Y entró decidido en el
círculo, desenvolviendo el maneador con el cual trabajaba.
Había que empezar con el desplume.
Cirilo, dirigiendo la vista hacia el alambrado de la divisa,
le dijo a Farías:
—Áyá en el alambrau, se enredó unita. . . Está colgada, ¿quiere que la desenriede?
Farías miró hacia la divisa y comprobó el caso.
Había allí un ñandú patas arriba. Se hallaba en redado entre
los alambres.
—Dejá no más —contestó Farías— yo voy a ir a sacarla.
Montó en su rabicano y galopó hacia el lugar.
El avestruz, al ver que se acercaba un jinete, comenzó a
agitar las patas. Sacudía, al mismo tiempo, sus alones caídos. Había metido
ambas extremidades entre los tirantes hilos de la divisa. Al volcar su cuerpo,
torció los alambres en tal forma que se apretaban a las patas como un cepo. Al
agitarlas, iba pelando el pellejo de ellas, hasta el punto de poder verse el
hueso de la canilla al descubierto. Los alambres estaban ensangrentados. El pico,
caído, llegaba hasta la tierra. Con la baba que le salía y el polvo, habíase
formado un barro que le cubría casi por entero la cabeza. Aquel espectáculo
hizo sufrir al avestrucero. Creyó lo más conveniente sacrificar el ñandú. Era
imposible, sin quebrarlas, sacar las patas de entre los torneados alambres. Y
le metió la punta del cuchillo en la garganta, degollándolo como a una gallina.
Torcióle el pescuezo y el avestruz dejó de sacudir las patas. Quedó colgado del
alambrado, inmóvil. . .
Al cabo de un escaso cuarto de hora, las hábiles manos del
avestrucero sacaron el cuero del avestruz como quien quita un guante pegado a
la mano de un muerto. Con el pellejo sobre las ancas.,trotó hacia el lugar del
desplume.
Habían llegado los peones de la estancia con el capataz. El
rodeo iba bajando el cerro como si se desmoronase lentamente. Poco a poco, la
mancha colorada de la hacienda reunida se derramaba por la verde ladera.
Los peones de La Ventana secundaban la tarea de los
avestruceros. Para algunos era una nove dad. El Lechuza andaba de un lado para
otro, con una bolsa, recogiendo las plumas pequeñas desparramadas. Los que
desplumaban hacían apretados mazos con las plumas. Aseguraban fuertemente las patas
de las aves con maneadores y apretaban con pies y rodillas los grandes alones.
En algunas plumas, al arrancarlas, aparecían gotas de sangre. Cada uno de los
trabajadores tenía un plumero en las manos. Las aves desplumadas, blancas como ovejas
recién esquiladas, huían despavoridas del lugar gambeteando por la verde
llanura. A lo lejos, eran locos puntos blancos, que ora se detenían, ora huían
unos tras otros, sin rumbo fijo, asustados aún.
Caía el sol sobre los campos verdes de temprana primavera.
Farías, en cuclillas, fuera de la red, apretaba los mazos de pluma, atándolos
con hilo.
A pocos pasos, el rabicano, con las riendas caídas, pastaba.
Quedaba un solo ñandú por desplumar.
Uno de los peones de la estancia intentó jinetearlo,
horquetándose en su cuerpo. El avestruz sostuvo un segundo al muchacho y aflojó
luego sus patas, dejándose caer. Montado en ella, el peón fue arrancando las
plumas. Las contaba. Como sus tirones eran poco hábiles, los alones quedaban ensangrentados
.
Miranda hablaba con el capataz, armando un cigarrillo de
chala. Ahora Farías amontonaba los mazos de pluma. El capataz quiso saber por
qué habían dividido el trabajo en dos corridas. Comprendió, previas las explicaciones
de Miranda, cuáles eran las intenciones del avestrucero. Quería, a no dudarlo,
prolongar la estada en La Ventana.
Al medio día rumbiaron para las "casas”. Farías "se
cortó” adelante, solo. Llevaba el sombrero caí do sobre la nuca. De las ancas
del rabicano pendían los alones del ñandú sacrificado. La cola del caballo,
mientras el avestrucero andaba al trote, iba haciendo una “s” que viboreaba.
Tras de Farías los peones jaraneaban. Se escuchaba la coscoja de un freno.
Miranda hacía sus cálculos, con la mirada fija entre las orejas de su alazán. .
.
III
Después de la comida, Farías dejó al capataz y a su
compañero en el comedorcito de los huéspedes de trabajo. Salió a fumar al
patio, seguido del peno del capataz. El animal parecía husmear los pasos del
avestrucero. Le había seguido toda la tarde y ahora, por la noche, le miraba
largamente, como si esperase algo de sus manos.
A unos cincuenta metros, entre la oscuridad que abrazaba la
línea de casuarinas, se veía la casa de los patrones. En un muro aparecía el
ojo de una ventana, derramando luz sobre
la vereda de piedra de loza. De tiempo en tiempo veíase cruzar las figuras de
dos mujeres tomadas del brazo. Quebraban la luz al pasar frente a la ventana,
proyectando sombras movedizas en el espeso follaje. Floriana —que era una de
ellas— torcía, al parecer, su cabeza, para mirar por encima del hombro de su protectora.
Escudriñaba la oscuridad. Y veía... veía extrañada la brasa del cigarrillo del
avestrucero, que bajaba y subía de los labios a la cintura.
A veces más bajo, hasta alcanzar, con una caricia en la
punta de los dedos, la cabeza levantada del perro.
Farías se recostó a la pared. Levantó un pie, hasta calzar
en el zócalo el taco de la bota. Su cabeza descubierta recibía el fresco
nocturno. El viento hacía silbar el silencio de la noche en las hojas como
agujas de las casuarinas. Se oyó el ladrido sonámbulo de un perro mal dormido;
un relincho lejano, el resoplar de un caballo recién de; sensillado, el ruido
del agua de una vasija al ser arrojada desde la puerta de la cocina de los peones,
una tos ronca, luego un silbido, y siempre el viento nocturno en las ramas de
las casuarinas.
La pareja de mujeres había pasado muchas veces frente a la
ventana iluminada. Rodeaban la casa, paseando. Se detuvieron en la ventana. La luz
se apagó estando ellas allí y luego continuaron el paseo. Los ojos de Farías se
acostumbraban ahora a las tinieblas. Creyó oír voces, palabras entre cortadas,
murmullos. El perro se echó a sus pies, con la cabeza a ras de tierra. En la
oscuridad, las dos mujeres se hacían fantasmas en los ojos del hombre. Se dio a
soñar, a calcular, a proyectar. Se veía paseando por aquella vereda. Floriana
le había mandado buscar para agradecerle el emplumado cuero del ñandú enviado
aquella tarde como obsequio suyo a la muchacha. Se veía allá, en la casa, con
los patrones, mirando hacia la casita del capataz, hacia los galpones, hacia el
campo.
Cuando la colilla del cigarro le quemó los dedos, arrojóla
por encima del perro, el cual dio un salto y se alejó. En ese momento vio
aparecer, en el lampo de luz que salía del comedor de los huéspedes, las
sombras de Miranda y el capataz. Este les dio las buenas noches y caminó hacia
su cuarto. A su lado quedó Miranda, terminando un cigarrillo y desperezándose.
Al entrar el capataz en su cuarto, lo alcanzó el peón. —¿Mañana ensillo pa' los
avestruceros? —preguntó.
-]A h ! -exclamó el interpelado saliendo al patio y
dirigiéndose a F arías-. ¿Van a salir temprano, don Pedro?
—B u e n o ... Sí —dijo entrando en su pieza— ensillá pa'
todos y hay que cuidar la pasada del correo, mirá que hay cartas.
El peón, recostado en el marco de la puerta, como si
estuviese borracho, hizo una pregunta más.
El capataz, dejando sobre su mesa de luz el cinto con el
revólver y el cuchillo, contestó sin mirarle.
Los dos avestruceros se fueron a la cama. Miranda dormía en
una pieza contigua a la del capataz. En la de huéspedes, solo, Pedro Farías.
IV
Apagada la luz de su cuarto, Farías volvió a acodarse en la ventana, como en el amanecer.
Esperaba ver a Floriana, cuando todos se hubiesen recogido. La escena del corso
de Carnaval vivía íntimamente en su recuerdo. El ramo que ella le había
tendido, con una mirada de lo más significativa, le daba ánimo para esperar.
Luego el obsequio del pellejo, con sus dos alones magníficamente emplumados,
debía haberle impresionado bien. Pensando en ella, en lo que podía significar
para su vida una unión semejante, llegó a sufrir más que nunca su pobre
condición. Aquellos cuartos de huéspedes de las estancias, que eran el limite
hasta donde podía llegar él, le hacían padecer. En La Ventana, lo mismo que en
El Mirador, que en El Paraíso, que en El Fondo. . .
En todas las estancias le enseñaban el cuarto de huéspedes,
como diciéndole: Más allá está la gente "deveras”, los ricos, las mujeres,
la mesa bien servida ... Hacia atrás están los galpones, la cocina de los
peones, la mugre, los indios, la resaca. . .
Aquí está usted, en el punto medio, tiene una cama, una botella con
agua, un vaso, un retrato del toro campeón, la fotografía de un padrillo, una
lámpara a kerosene, una mesita. . .
Solían ser terribles sus noches en las estancias. En la ciudad existían las
casas grandes y chicas, de ricos y pobres; pero allí era un lugar pobre, en una
casa rica. . . ¡Ah, si Floriana se
animase a repetir la escena del corso! Al fin y al cabo, ella era como él, una
hija del pueblo. Ella lo sabía, por eso tal vez buscase en él su compañero.
Farías contemplaba la casa de los patrones como si le
hubiesen encomendado su vigilancia. Observaba las puertas, las ventanas, la
tapia del patio posterior, el arco del aljibe. De pronto, una luz lamió el
marco de la ventana antes iluminada. Las rejas vibraron en la sombra. Alguien
iba de una pieza a la otra con una lámpara en las manos.
Volvió a hacerse oscuridad en torno. Creyó oír una tos
nerviosa y a continuación un ladrido suelto, como la palabra de un dormido que
sueña en alta voz. Lejos, los teros salpicaban la noche con sus gritos de
alarma. El viento arrancó un lamento mayor a las casuarinas. Por el patio cruzó
el perro del capataz, un trecho arrastrando las patas rígidas, entumecidas por
el primer sueño. Dejó caer fuera de la ventana la ceniza de su tercer cigarrillo.
Miranda vio la brasa del pucho. Hacia un buen rato que estudiaba los
movimientos de Farías. Asomó su bigotuda faz en la ventanuca de su cuarto. Una
sonrisa se le enredó en los bigotes al comprender que aquella noche era la
decisiva.
Volvióse hacia adentro y el capataz, que entredormido le
preguntó: “¿Qué hay?”, le dijo socarronamente:
—Va a embromar poco el flaco ese. . .
—¿Vas a dir? —volvió a preguntar el capataz.
—Me la va quitar si es brujo ... ¡Claro que voy!
Sacó una de las sábanas de su lecho, la envolvió y metiósela
bajo el saco.
—¡Cuidau que no te desconozca la perrada! —le murmuró por lo
bajo el capataz.
Miranda ya había salido al patio. Ahora camina hacia la casa
de los patrones. Anda entre los árboles. Farías, al verle, se le crispan los
dedos en el marco de la ventana. Miranda avanza, a la vera del sendero bordeado
de naranjos. Cuando el hombre da vuelta en el último arbolito, en dirección el
patio del aljibe, Farías no puede más y sale de su pieza cautelosamente. Camina
escondiéndose tras de las ramas caídas de los frutales. Le sigue el perro del
capataz que olfatea, indiferente, los terrones y las piedras colocadas al borde
del sendero. Avanza el hombre cuatro, cinco, seis árboles.
En el último se detiene. Puede observar los pasos de Miranda
sin el peligro de ser visto. Pero Miranda ha oído los suyos, el ruido de sus
botas en los terrones, las agitadas hojas de los naranjos ...
Miranda se acerca a una ventana. Al parecer habla con alguien;
sin duda alguna llama a Floriana. El corazón de Farías le da un vuelco. Miranda
se aleja unos pasos y entra en la despensa de la casa, un cuarto reducido, cuya
puerta halla entreabierta. Miranda busca la barrica de yerba. Hace un
envoltorio, para salir con él en caso de que le sorprendan. Luego se agacha y
gatea, protegido por la tapia que se levanta a un metro del suelo.
Sin ser visto, anda hacia la cocina. Allí despliega la
sábana, se envuelve en ella y cruza velozmente el patio, metiéndose en la
despensa. Entorna la puerta. Espía. . .
Su compañero aparta las ramas del último naranjo en donde está escondido
y avanza hacia el patio. Miranda le espera. Le ve acercarse. En caso de ... Se
palpa el cuchillo y sonríe. A pocos metros de la puerta se desliza la figura
cautelosa de Farías. Miranda, desde la puerta entreabierta, simula un diálogo
amoroso: “ ¡Floriana, Floriana, Florianita, tenés que decirle a tu madrastra!”
Y así, palabras entrecortadas, amorosos murmullos, y la diestra sobre el mango
del cuchillo, inmóvil, dispuesta, capaz...
Farías titubea un instante; luego reacciona. Camina hacia el
aljibe y bebe haciendo ruido con el jarro del agua en el balde, sacudiendo la cadena. . . Farías quiere que ellos sepan que él ha
presenciado la entrevista. Tosiendo y arrastrando los pies, como si se sacase
el barro de las botas, se aleja para su pieza. Desde la ventana vuelve a
observar. Floriana, toda de blanco, velozmente huye de la cita. A los pocos
minutos, Miranda, chato, retacón, sale con un paquete de yerba en las manos.
Avanza por el camino bordeado de naranjos. Un perro le olfatea y reconociéndole
le sigue. Ha entrado en su pieza. Sacude el cuerpo dormido del capataz que,
somnoliento, le pregunta:
—¿Qué hay? ¿Y salió bien la cosa?
—Lo engatusé, compañero, lo reventé. . . Pero me vi mal cuando se acercó, |lo esperaba
para tumbarlol. . .
—[Bárbaro! —dijo el capataz, y dándole la espalda, le
pidió—: dejame dormir, ¡qué loco! ¡Mirá si se alarma la patronal
Cuando Miranda tiró sobre la cama la estrujada sábana, ya se
oían los profundos ronquidos del capataz. Farías, en su pieza, se tumbó en
cama, de bruces, e hizo fuerzas para no llorar.
Ladraron los perros. Las casuarinas silbaban tristemente.
Cruzó, con un chistido largo, una lechuza. Uno tras otro, se oyeron los tres
silbidos de la viudita. A lo lejos mugió una vaca; desde el corral del encierro
partió la respuesta hambrienta de un ternero.
Cuando se levantaron los peones de La Ventana, el
avestrucero llevaba ya, sorbidas en el mate, tres calderas de agua. El peón
casero le miró de reojo . Pedro Farías estaba cabizbajo, bajo la mañanaprimaveral,
radiante, toda llena de pájaros...
Su vida no variaba. Estaba fatalmente destinado a ser
avestrucero siempre. Una próxima corrida en los campos de Ñapindá y muchas
otras, planeadas en los cuartos de huéspedes. . . Eso era todo.
En la casa de los patrones, un ruido de puertas y ventanas
que se abrían. . .
El cuento “Avestruceros”, dentro de La trampa del pajonal de
Enrique Amorim, es una pieza que merece un análisis minucioso porque condensa varios
rasgos de su narrativa: el retrato del mundo rural, la ironía como recurso
estilístico y la tensión entre lo cómico y lo social.
Contexto y ambientación
Amorim sitúa la acción en el ámbito rural uruguayo, donde la
caza de avestruces era una práctica conocida. El paisaje aparece descrito con
realismo, pero no como un mero telón de fondo: es un espacio que condiciona la
vida de los personajes, sus rutinas y sus obsesiones. El campo es vasto, áspero
y a la vez fuente de recursos, y en ese entorno los cazadores se convierten en
figuras típicas, casi folclóricas.
Personajes y caracterización
Los protagonistas son los avestruceros, cazadores que
persiguen a las aves con una mezcla de destreza y torpeza. Amorim los retrata
con un tono caricaturesco: exagera sus gestos, su fanfarronería y su manera de
hablar. El humor surge precisamente de esa exageración, que convierte a los
personajes en tipos humanos reconocibles dentro del imaginario rural.
Floriana importa porque condensa dos planos a la vez: por un
lado, está incorporada a la casa y al afecto de los estancieros; por otro,
sigue siendo una joven situada dentro de un orden jerárquico rural. Esa
ambivalencia vuelve más compleja la mirada de Farías: no se trata solo de
“conquistar a una mujer”, sino de acercarse a una figura que representa otro
lugar social posible.
Farías ve en Floriana dos cosas al mismo tiempo: deseo
amoroso y posibilidad de ascenso social. No la desea solo por su juventud o
belleza, sino porque la imagina como una salida de su condición humilde, casi
como una vía para “mejorar de vida”.
La importancia de Miranda
La astucia de Miranda cambia el sentido de la escena. Él no
compite con Farías de manera abierta, sino que manipula la situación y le hace
creer en un encuentro con Floriana, lo que termina en una humillación muy
fuerte para Farías. Eso vuelve a Miranda una figura de control y cálculo,
frente a la ilusión más ingenua o desesperada de Farías.
El sentido de la decepción
La decepción final de Farías no es solo sentimental. También
es social y simbólica: se derrumba la fantasía de que Floriana pudiera ser una
puerta de salida de su mundo. Por eso el episodio tiene tanto peso en el
cuento; condensa deseo, desigualdad, rivalidad masculina y frustración.
El cuento se apoya en un lenguaje coloquial, cargado de
giros camperos y expresiones populares. Los diálogos son esenciales: allí se
despliega la ironía y la exageración, y el lector percibe la comicidad en la
obstinación de los protagonistas.
Aunque el cuento es humorístico, el humor no es un fin en sí
mismo. Amorim lo utiliza como un medio para iluminar la vida rural desde una
perspectiva crítica.
El cuento "Avestruceros", de Enrique Amorim, constituye una de las manifestaciones más representativas de la narrativa rural rioplatense del siglo XX. En este relato, el autor no se limita a narrar las peripecias de dos hombres dedicados a la caza del avestruz americano (ñandú), sino que construye una profunda reflexión sobre la vida en el campo, la desigualdad social y la dura lucha por la supervivencia. Como en buena parte de su obra, Amorim sitúa la acción en el paisaje rural uruguayo, un espacio que deja de ser un simple escenario para convertirse en una fuerza que condiciona el destino de los personajes y determina sus acciones. Su narrativa se caracteriza por un realismo intenso, atento a las injusticias sociales y a las tensiones propias del mundo campesino.
Desde el punto de vista estilístico, Amorim combina una descripción minuciosa del paisaje con una narración dinámica que mantiene la tensión narrativa. Las escenas de acción alternan con momentos descriptivos que permiten comprender el contexto social y psicológico de los personajes. Esta combinación otorga equilibrio al relato y demuestra el dominio técnico del autor. Su realismo evita tanto el sentimentalismo como la idealización, privilegiando una representación verosímil y profundamente humana de la vida rural.
En conclusión, "Avestruceros" es mucho más que un
cuento sobre cazadores de ñandúes. Se trata de una obra que explora la relación
entre el hombre, la naturaleza y la sociedad, utilizando una historia
aparentemente sencilla para denunciar las desigualdades del mundo rural y
reflexionar sobre la lucha permanente por la supervivencia. Mediante un
lenguaje sobrio, personajes verosímiles y una ambientación de gran fuerza
expresiva, Enrique Amorim construye un relato que combina el realismo social
con una profunda dimensión simbólica. El resultado es un cuento que continúa
siendo relevante porque expone conflictos humanos universales: el trabajo, la
pobreza, la dignidad y la búsqueda incesante de un futuro mejor.

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