Blog de Arinda

OBJETIVO :En este Blog vas a encontrar mis producciones en pintura y escultura. Además, material recopilado a través de mi trabajo como maestra, directora e inspectora, que puede ser de interés para docentes y estudiantes magisteriales .

viernes, 20 de febrero de 2026

20 DE FEBRERO NACÍA ELSA BORNEMMAN- CUENTO -LA EDAD DEL PAVO

 


LA EDAD DEL PAVO

ELSA BORNEMMAN

 

 

 

 

 


Como tantísimos príncipes y princesas de los cuentos, la princesa de éste también estaba mortalmente triste, había perdido su risa y languidecía -hora tras hora- sin que nadie en el palacio supiera qué hacer para remediar ese mal.

-Mi Nunila se está consumiendo ... -gemía la reina.

-Mi adorada hijita desfallece ... -gemía el rey.

-La princesa está triste...  ¿qué tendrá la princesa? -susurraban los servidores.

-Los   suspiros se escapan de su  boca  de fresa... 2   -entonaban   los   cantautores palaciegos.

«Para      que   la   Nunila   está   harta   de   que   sus   padres   sean   tan ...    tan...    ejem ... extravagantes ...  algo bobalicones, vamos ... », así pensaba  Abacuca,  la sabia  de la corte.  «La princesita se da cuenta; ella sí que no tiene un pelo de tonta como ...  bueno ...  ejem ...  que -a Dios gracias- no heredó esa ...  esa tara ...  Vaya, no encuentro manera elegante para referirme a la personalidad de sus majestades, que por más que lo sean también son seres de carne y huesos y sus defectos tienen ... Además, Nunila está hartísima de que sus padres le contesten a todo que "sí, mi amor", sin prestarle atención a lo que dice ...  Hartísima del "SINUNILISMo",  eso es.»

Pero cuando -por fin- juntó  el coraje  necesario  para presentarse  ante la pareja real y exponerle  su teoría (muy,  muy suavizada para no provocar  su ira) perdió su trabajo en la corte y se le impuso sufrir el exilio en un reino vecino.

-¿Críticas a nosotros?  ¿Cómo te atreves?  [Insensata!  -le dijeron a dúo.

-¿Qué  otra palabra  sino «sí» deben escuchar  los nobles oídos de una princesa,  a partir de su nacimiento? -le protestó la reina.

-¿Qué  estúpido  pensamiento   ese  del  «sinunilisrno»  has  horneado   en  tu  cabeza  de zanahoria, como para  que oses decir que mi tesoro  está triste porque  todo  lo que ella opina merece  nuestra  aprobación  o a todo  lo que solicita  le contestamos  «Sí-Nu-ni-la»?  -rugió el rey.

 

 

 

 

 


 

Desesperada, la pareja real decidió -entonces- consultar a la hechicera del bosque, que así denominaban   a ese montecito cercano a palacio bastante ralo (con cuatro o cinco arbustos locos, a decir verdad) pero sin el cual esta historia no hubiese estado completa.

-Mil dólares la consulta -les informó la hechicera, no bien reina y rey llegaron a su casa rodante con la que se desplazaba de aquí para allá.

-¡Mil dolares!  ¡Mil dolares! -aulló el rey, que tenía casi todos sus caudales en seguro depósito -fuera del reino- y los codos permanentemente enyesados.

La hechicera no se alteró ante esa demostración de mal humor.

-Lo lamento, pero ni barato y -menos que menos- gratis logro acceder a ninguna en el mismo momento en que yo les revele el único remedio posible.

Una vez que le fueron aceptadas sus condiciones, la hechicera pasó a otro ambiente de su casa rodante y les pidió que aguardaran unos minutos.

Cuando volvió, poco quedaba de esa muchacha bonita y vestida a la moda, que había recibido a la pareja real momentos antes.

Una anciana horripilante se les apareció, arrastrando una mesita en la que se destacaba una enorme bola de telgopor blanco.

Los reyes se estremecieron.

-Eh, eh, no se asusten.  Soy la misma chica, con mi uniforme de trabajo. Me maquillé y me disfracé como corresponde, eso es todo.

Al rato, se le escuchó pronunciar estas palabras:

-En   vista de que en el destino de la niña hay dos...   dos -digamos- cosas «inmodificables» y de las que me está vedado hablar -y la hechicera los miró alternada y fijament pero ninguno de ellos se dio por aludido-.  Su hija Nunila...  sólo puede curarse...  si le hacen cosquillas en las plantas de los pies    con una pluma de algún pavo... que tenga - exactamente- su misma edad... al día de hoy   Además, Nunila deberá ver a otros dos pavos, volando.  Sí, eso es, dos pavos voladores y la cura será total.

-Nunila tiene siete años...  siete meses...  y siete días ...  -exclamó el rey, enojado después de hacer cuentas con los dedos-.  [La carne de pavo es muy apreciada, es un manjar!

-¡Jamás conseguiremos un pavo que haya alcanzado esa edad! -chilló la reina.

-¡Y mucho menos otros que vuelen!  [Los pavos no vuelan!  -protestaron ambos, al darse cuenta de lo absurdo del «remedio» indicado.

-Ése es problema de ustedes -sentenció la hechicera-.  Pero mis videncias son infalibles.  Bueno -agregó, empezando a quitarse el disfraz-, vayan preparando el cheque o los convierto en pavos reales a ustedes dos ...

-¡Qué excelente idea! -gritó el rey, que con tal de no pagar, algo era capaz de aceptar lo increíble-.  ¡Conviértanos en pavos de la misma edad de nuestra bija!  ¡Y voladores!  [La salvaremos con nuestro sacrificio!

-¡Con uno solo alcanza, no hace falta que me transforme a mí también!  -se quejó la reina, espantada ante la posibilidad de verse como una pava.

-Yo   soy hechicera vidente, no hago milagros -dijo entonces la hechicera-.  Y sería un milagro la transfiguración de cualquiera de ustedes, con lo cincuentones que son, en una criatura de siete años animal o humana...  Venga ese cheque de una ve y basta de pavadas.

Al rey no le quedó otra alternativa que firmar y entregar su cheque.

Al rato, él y su esposa   estaban   de regreso en el palacio con las noticias.

Como bien dicen que la esperan a es lo último que se pierde, los monarcas resolvieron seguir   las   indicaciones    de   la   hechicera, ilusionados    como    estaban    con    que    ya aparecería un pavo de la misma edad de su amada hija y otros dos capaces de volar.

Entre tanto,  Nunila  continuaba  de  risa perdida.   Pronto  -y   a  través  de  todos  los medios de difusión del reino- fue anunciado lo siguiente:

Será recompensado con su peso en lingotes de oro aquel que lleve al Palacio Real un pavo de siete años, siete meses y siete días y otros dos que puedan volar, aclarándose que el pesaje corresponderá al de las aves y no al de quien las presente.

Sus Altezas reales agradecen la colaboración de su pueblo para recuperar -de este modo- la sonrisa de su amada hijita Nunila, por más insólito que el pedido parezca.

(La reina había hecho fundir sus innumerables joyas de oro para que su marido consintiera -finalmente- en redactar la proclama.  Si así no hubiera sido, acaso esta historia hubiese concluido aquí... porque todavía estaríamos esperando que el rey volviera a gastar, rabioso como seguía por el pago que había tenido que hacerle a la hechicera.)

Al día siguiente de anunciarse la proclama real, una cola de varias cuadras.  Comenzaba -por supuesto- a las puertas del palacio.

Casi no  quedaba  vecino  de  aquella comunidad  que no  se hubiera  hecho presente, tentado por la recompensa y portando un pavo.

-Nos tiramos un lance, total ¿qué podemos perder? -comentaban-. Nuestros reyes son tan...  tan extravagantes ...  -y al decir «extravagantes» se miraban con risitas cómplices; nadie ignoraba las pocas luces mentales que destellaban en los cerebros de sus soberanos.

Así  se vieron  desfilar -ante  la pareja  real-  infinidad  de  estas  aves,  que  fueron rigurosamente inspeccionadas por una Comisión de Expertos en Pavos,  Gansos y Burros, creada -especialmente- para la ocasión.

Caro que la inmensa mayoría eran muy jovencitos,  de esos que -pobrecitos  ellos- se crían y se engordan para ser comidos ...  y ninguno podía volar -obvio-,  aunque sus dueños lo lanzaban al espacio jurando y rejurando que hasta un ratito antes sí,  que eran tímidos,  que estaban nerviosos por la prueba, que les dieran otra oportunidad...

El rey se puso furibundo y los echó a todos a los gritos de:

-¡Me  tratan como a un zonzo,  insolentes!  [Fuera  de aquí!  ¡Gm!  [Ninguna  de estas aves tiene siete años, siete meses y siete días como mi adorada Nunila al día de la predicción!

¡Y ninguna puede volar!  [Farsantes!

La princesita -apoltronada sobre un gigantesco almohadón ubicado cerca de los tronos reales de sus padres- observaba todo lo que sucedía  con una expresión de aburrimiento inmortal.

Los expulsados, del palacio  (personas y  pavos)  eran tantos,  tantos,  tantos,  que  el tumulto y el barullo que se produjeron en el recinto alteró todos los ánimos.

Menos el de Nunila -por cierto- que continuaba contemplando la escena con la misma indiferencia que de costumbre.

Entre empujones, griterío, plumas que volaban al azar, resbalones, protestas, toses y más plumas flotantes, el enorme salón fue -poco a poco- siendo desalojado.


 

Las miradas de padres y servidumbre siguieron -como en estado de hipnosis- la dirección que indicaba la niña.  Entonces todos -azorados- vieron aterrizar un helicóptero. Y más azorados se sintieron poco después, cuando -de la aeronave- vieron descender a Abacuca, la sabia de la corte. Agitaba una bandera blanca a la par que se iba aproximando al palacio. Majestuosa.

-¡Qué  hace  esa rufiana  aquí,  si yo la mandé  al exilio porque  no supo decirme  cómo curar a mi hija!  ¿Y cómo se atreve a presentarse sin mi permiso?  ¡Y en helicóptero!  ¡Esto es una invasión!  ¡Deténgala de inmediato!

E rey aullaba y pataleaba   -enojadísimo- junto   al ventanal, cuando Abacuca   se detuvo frente a él -del otro lado de los cristales- y lo miró a los ojos, tras una breve reverencia de cortesía.  Digna como siempre.  Sin ninguna muestra de temor ante las iras del rey.  Seguía agitando su bandera blanca e hizo señas de que necesitaba entrar al salón,  sin darse por enterada  de la guardia real que la rodeaba y que sí la iba a hacer acceder al recinto, pero en calidad de detenida.

-Calma, muchachos   -les susurraba-.  No hace falta que me sujeten.  Traigo la solución para la dolencia de la princesita Nunila.  Calma, calma ...  El rey padece una de sus habituales pataletas, eso es todo ...

Un momento   después, la corte en pleno   escuchaba   las palabras   de Abacuca.  En respetuoso silencio, menos el monarca -claro- que no lograba contener su rabia   seguía refunfuñando.

-Su majestad ...  -y la voz de la sabia profundizó aún más el silencio-.  He venido a comunicarte que descubrí cómo combati el mal que aqueja a la princesita. Largas noches sin dormir estuve, desde que me enviaste al exilio ...  Largas noches en las que no hice otra cosa que pensar y pensar en la recuperación   de la risa de tu bienamada hija.  Sin embargo, te confieso que no arribaba a ninguna solución.

El rey se encrespó:

-¿Y entonces, para qué demonios volviste?  ¡Al calabozo irás a parar esta vez! Abacuca no se dejó intimidar y prosiguió su monólogo.

-Regresé porque ahora sí que sé cómo curar a Nunila.  En las palabras mismas de la hechicera están las claves.  Manda traer el pergamino donde las copiaste y que tu paje las lea en voz alta, así te explico con claridad lo que descubrí.

Nunila pareció animarse un poco más al escuchar a la sabia.

Mientras el soberano enviaba a buscar el pergamino, Abacuca prosiguió:

-Las palabras de la hechicera son un enigma a resolver.  Verás que ...

La sabia fue interrumpida por el rey que -ya provisto del pergamino indicó al paje que lo leyera

-Que lo haga lentamente, que se detenga cada vez que yo palmee y que reanude cuando yo silbe -sugirió Abacuca.

El paje inició su lectura:

«En vista   de que   en el destino   de Nunila   hay   dos...   dos...   digamos...   "cosas" inmodificables y de las que me está vedado hablar... »

La sabia palmeó e intentó explicar el sentido de ese fragmento con suma delicadeza.

-Bien.  Con todo respeto -mi rey- debo revelarte que esas «cosas» misteriosas a las que se refiere la hechicera ...  son tú y tu esposa ...

La pareja real se puso verde y el monarca ya estaba a punto de estallar en una nueva pataleta, cuando oyeron -sorprendidos- la risita de Nunila.

Abacuca   aprovechó   el momento   de emoción   de los reyes para tratar de salva la situación, para evitar que se sintieran ofendidos.

-La  hechicera  dice «cosas»  debido  a su total respeto  por la investidura  real...  Existen vocablos  tan excelsos  -como rey o reina- que no pueden  ser pronunciados  por  labios tan vulgares...  como  los  de  una  hechicera...  cuando   ella  sabe  que  serán  registrados   en  un pergamino ...   Por  eso  agrega  que  «le  está  vedado  hablar»,   lo  tiene  auto  prohibido.  ¿Me explico?

-Sí.  ¿Pero, y lo de «inmodificables»?

-Seguramente  se refiere a que no ve necesaria ninguna cirugía estética ...

-Bien.  Continúa entonces.

Abacuca respiró aliviada y silbó, y el paje retomó la lectura:

«Su hija  Nunila  sólo puede  curarse ...  si le hacen  cosquillas  en las plantas  de los pies ... con una pluma de algún pavo que tenga -exactamente- su misma edad al día de hoy... »

 


 

La sabia palmeó pero no pudo continuar -de  inmediato-  con su exposición:  las risas de Nunila  se desgranaban  cantarinas.   ¡Así  que para  buscar  esa pluma  se había  organizado aquel disparatado  desfile de horas antes!

Ella  ignoraba  todo, pero  empezaba  a comprender  y no podía  resistir  la gracia  que le causaba  comprobar hasta qué punto llegaba la bobaliconería  de sus padres.  ¡Cosquillas en los pies!  ¡Qué ridículo!

La pareja  real volvió  a enternecerse  con lo que iban  considerando  un milagro:  ¡Nunila riéndose!  Y aunque no entendían por qué, se sentían satisfechos.

Abacuca volvió a la carga:

-¿Recuerdas -mi rey- la lujosa capa que mandaste  a confeccionar  para el día en que tu hija cumplía un año y que estrenaste durante la fiesta que se celebró esa misma noche?

-Más que la recuerdo.  La conservo como un valioso tesoro.  Está recamada en perlas y bordada con plumas de pavo real...

-Envía por ella ahora mismo -indicó la sabia-.  Las plumas pertenecen a un pavo que -casualmente- nació   el mismo   día que Nunila, en la casa del sastre que t la confeccionó.

-¿Dónde   está  ese  pavo?   [Tráiganlo   con urgencia   que así se cumple una de las sugerencias de la hechicera!  -gritó el rey-aunque ella no dijo nada de pavos reales ...  y mi capa ostenta plumas de pavo real...

Abacuca tragó saliva y le confesó que no, que eran verdosas con tonalidades metálicas, bellas plumas, sí, pero de un pavo común y silvestre porque no había sido posible conseguir el real, y que tanto ese pavo como el sastre al que pertenecía y que lo había criado -como el recuerdo más importante de su trabajo- estaban esperando en el helicóptero.

Nunila, radiante.  A medida que se iba enterando   de tantos disparates, sus mejillas comenzaban a tomar el colorcito de la alegría.

-¡Papá!   ¡Mamá!  -exclamó entonces-.  ¿No les parece que ésta es la tarde más divertida de nuestras vidas?

-¡No!  ¡De ninguna manera!  -le respondió el padre.

-¡No!  ¡No y réquete no!  -le contestó la madre.

«[Oh,  qué suerte!  ¡Por primera vez me contradicen!», pensó la nena.

La pareja  real se tragaba  la rabia por  el rumbo  que iban  tomando  los acontecimientos pero   lo  disimulaba:   todo   fuera   por   la   alegría   de  Nunila,   hasta   quién   sabe   qué   otra humillación ...


 

Abacuca hizo llamar al sastre, que enseguida  entró al gran salón empujando  un canastón sobre ruedas.  En él, el pavo de siete años,  siete meses y...  Era un ejemplar  simpatiquísimo  por lo gordo y grandote.  Créase o no, pesaba unos quince kilos y medía algo más de un metro de largo.  Se lo presentaron  a la pareja real...

El  sastre  reiteró  varias  veces  el  peso  del  animal,  imaginando   la  bolsa  de  oro  que recibiría por prometida  recompensa...

Enseguida  fue examinado  por la Comisión  de Expertos  en Pavos, Gansos y Burros que comparó  sus plumas  con las de la capa y dictaminó  que era cierto:  ese ave era una suerte de mellizo alado de Nunila.

-¡Qué cómico que es!  ¿Puedo quedármelo? -preguntó la princesita.

-No,  de ninguna  manera  -dijo  el rey,  muy  nervioso  porque  pensaba  en  los  quince kilos de oro que irían a parar a manos del sastre.

-No, no y réquete no -agregó la reina-. Una mascota debe criarse desde chiquita.

A una señal de Abacuca,  el sastre abrió nuevamente la canasta y extrajo -entonces• un pavito de apenas un mes.

-Éste es uno de los tataranietos, princesita. Un regalo de mi parte. Es tuyo.

Nunila estaba encantada. Abandonó -rápidamente- el almohadón y se dirigió junto al pavito bebé. Pronto lo tomó en brazos sin dificultades.

-Te vas a llamar Kabul -le murmuró. Y era como si el animalito la conociera desde siempre, porque -apenas la nena lo estrechó contra su pecho- le apoyó mansito su cabeza colorada y la miró fijamente.

Enseguida, los reyes y todo el personal del palacio los rodeó, muy sorprendidos.

Fue entonces cuando Nunila comenzó a hablarle y el bichito a contestarle, con un canto extraño, desigual en modulaciones, disonante para los oídos de todos menos para los de la princesita, que parecía escucharlo embelesada.

La increíble comunicación se extendió durante unos diez minutos, tiempo de maravillas que no fue interrumpido por ninguno de los presentes, tan asombrados estaban al ser espectadores de esa escena.

Al rato, entregada que le fue una de las plumas del pavo de quince kilos, Nunila misma se hizo cosquillas en las plantas de los pies.

Sus carcajadas eran fruto de lo absurda que le parecía esa indicación como remedio para su tristeza pero -absurda o no- lo cierto es que lograba su propósito.  ¿Cómo era posible que sus padres hubieran confiado en tamaña tontería?

Pasados esos instantes de jolgorio generalizado, Abacuca volvió a silbar y el paje a leer el tramo final del pergamino:

«Además, Nunila deberá ver a otros dos pavos volando.  Sí, eso es, dos pavos voladores y la cura será total.»

-¡Ahora sí que estamos fritos!  -se quejó el rey-.  ¡Los pavos no vuelan!  ¡Hoy lo comprobamos!

-Inútiles nuestras ilusiones de que trajeran siquiera uno que pudiera surcar el aire ... - acotó la reina, frunciendo los labios al hablar, como lo hacia cada vez que exageraba la expresión de sus sentimientos-.  ¡Los pavos no vuelan!

La sabia se aproximó a los tronos reales hasta casi rozarlos con su aliento.

-Sus Altezas ... -les susurró entonces-.  llegados a este fragmento final del enigma... desearía informarles su significado únicamente a ustedes dos... Se trata de un asunto privadísimo ...

Abacuca no tenía la menor intención de avergonzarlos públicamente.  Para ella también se trataba de un asunto privadísimo ...

Pero Nunila -curiosa como criatura inteligente que era- volvió junto a sus padres, dispuesta a no perderse ni media palabra de lo que allí se estaba cuchicheando. En sus brazos, Kabul.

El rey ordenó a todos los presentes que se alejaran y que se pusieran de caras hacia las paredes, como si estuvieran en penitencia.

-¡Ah, y tápense los oídos con las manos!  -añadió-.  ¡Abacuca va a confiarme un secreto!

Así fue como la sabia les descubrió -primero- el doble sentido de la palabra «pavo»:

-Si bien significa «ave gallinácea», del tipo de las que aquí vemos -les dijo-, también quiere decir «persona incauta» ... un poco tonta... No sé si me explico ...

Nunila contenía la risa, cuando opinó:

-Pero, Abacuca, aunque los otros dos pavos que indicó la hechicera deban ser personas, dos bobísimas personas ...  ¡   igual no podrán volar!

La sabia le acarició levemente una mejilla:

-No por sí mismas -claro- porque los seres humanos no estamos conformados para el vuelo ...  [pero sí en helicóptero! -y señaló el aparato estacionado en el parque.

Sería cosa de nunca acabar referir -ahora- todo el grotesco episodio que tuvo lugar después de que los soberanos se dieron cuenta -ofendidísimos- de que ellos dos eran los aludidos en el enigma de la hechicera como «pavos voladores».

[¡Menos mal que Nunila jugueteaba con Kabul y fingía no darse por enterada de tamaña revelación y que todos los asistentes continuaban contra las paredes del salón, tapándose las orejas!

-¡De lo contrario, al exilio nuevamente, maldita Abacuca! -vociferó el rey.

-¡Condenada sabelotodo! -chillaba la reina-.  [Merecerias eterno calabozo!

-Por favor, admitan que -en muchas ocasiones- han obrado con negligencia -les rogaba Abacuca-. Procedan con humildad siquiera por esta vez y -de ese modo- voy a convencerme de que no son tan...  tan...  extravagantes...  como muchos creen...  Por favor, queridas altezas ...

-Buah. Todo sea por la alegría de nuestra hija... -dijeron -al fin- resignados- y se prepararon para dar una vuelta en helicóptero.

Antes -como correspondía- recompensaron al sastre con los quince kilos de oro que se había ganado al traer su viejo pavo hasta el palacio.

Entretanto, Nunila seguía jugando con Kabul, más contenta que nunca:  ¡Sus  padres le habían dado permiso para que los danzarines y cantautores del palacio bailaran y cantaran para ella, durante el tiempo que durara el vuelo!  [Con lo que le gustaba la música!

En el mismo instante en que el helicóptero despegó del parque real -transportando a los dos soberanos para su vuelo «extraordinario»- los cantautores comenzaron a tararear unas estrofas compuestas especialmente para Nunila.


Mudos testigos como habían sido de todo lo sucedido en el palacio, bien comprendían ellos la recuperada alegría de la niña...

Y -entonces - mientras los bailarines danzaban al compás de la melodía y los dos «pavos voladores» cumplían con el último requisito de la hechicera y los ojitos de Nunila brillaban como soles...  en la amplia sala de la corte empezaron a resonar los versos de la canción que se titulaba:

Hay un pavo en cada raza,

 de cualquier edad y clase,

que perturba el universo

con las pavadas que hace...

 

Pavos de todos los credos,

de cualquier ideología,

asombrando al mundo entero

 con cada pavoteria.

 

Vuelan mariposas,

vuelan bajo el cielito asoleado...

(mas si los pavos volaran...

 [siempre estaría nublado!)

 

Brilla el sol y para todos

de luz el cielo un derroche

(mas si los pavos volaran...

[siempre sería de noche!)

 

No vuela la flor ni el árbol...

tampoco la gatería...

(pero si el pavo volara...

¡acaso usted volarial)

 

Vuelan moscas y gorriones

 y el ovni que alguno vio  .

(pero si el pavo volara  .

¡también.. ,  volaría yo....

 

Las risas de Nunila fueron campanillas repiqueteando en el anochecer.

Amparado en la calidez de su abrazo, Kabul dormía plácidamente, mientras su sueño se poblaba de miles, de millones de avecitas como él, volando... volando... volando ...


FIN

EL 20 DE ENERO DE 1952 NACÍA ELSA BORNEMMAN

 La Magia de las Palabras:



Elsa Isabel Bornemann nació el 20 de febrero de 1952  en Buenos Aires.

Fue una escritora argentina para niños, jóvenes y adultos,​ profesora de Letras y docente .

Era hija de Wilhelm Karl Henri Bornemann, un inmigrante alemán que llegó a Argentina para trabajar como relojero, y de Blanca Nieves Fernández, de ascendencia gallega y portuguesa.

Esta combinación cultural se reflejó en la vida y obra de Elsa, quien creció en un ambiente donde la lectura era fundamental.

Elsa fue la menor de tres hermanas, Hilda y Margarita, y desde pequeña mostró un gran interés por la escritura.

Su madre, Blanca, tenía una biblioteca que incluía libros prohibidos, lo que alimentó su curiosidad literaria.

La influencia de sus padres fue significativa en su desarrollo como escritora.

Wilhelm, conocido por su trabajo en relojería, representaba una figura paternal fuerte y amorosa, mientras que Blanca, con su nombre evocador, aportó un sentido de fantasía a la vida de Elsa.

Esta mezcla de realidades y cuentos se tradujo en su estilo literario, que a menudo combinaba elementos de la vida cotidiana con toques de magia y fantasía

Elsa Isabel Bornemann ingresó a la Escuela Normal Superior N° 11 Dr. Ricardo Levene a la edad de 6 años. Esta institución se convirtió en un lugar clave para su formación, donde desarrolló su pasión por la literatura y la escritura desde temprana edad.

Elsa completó su educación secundaria en la Escuela Normal Superior N° 11 Dr. Ricardo Levene, donde también había realizado su educación primaria. Posteriormente, continuó sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde se graduó como profesora en Letras.

En el año 1970 obtuvo el título de Maestra Normal Nacional en la Escuela Normal N° 11 Ricardo Levene.

En el año 1976 se recibió de Licenciada en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires,

En el año 1985 Elsa se doctoró en Letras y obtuvo varios diplomas de estudio en idioma inglés, alemán, italiano, latín, griego clásico y hebreo.

Algunas de sus obras como Socorro o Queridos monstruos vendieron más de cien mil ejemplares.​

Durante la última dictadura militar que gobernó Argentina, autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, su libro Un elefante ocupa mucho espacio fue censurado y pasó a integrar la lista de autores prohibidos.

Ese libro integró la Lista de Honor de 1976 de la Organización Internacional para el Libro Juvenil (International Board on Books for Young People, IBBY).

 Más tarde, El último mago o Bilembambudín y Disparatario fueron seleccionados para integrar la lista The White Ravens, distinción que otorga la Internationale Jugendbibliothek de Múnich, Alemania.

Realizó numerosos cursos y talleres sobre literatura con el profesor Manuel Kedes tanto en Argentina como en América, Europa y Japón.

Escribió poesía, novela y cuento, explorando temas como el amor, el humor y el terror.​

Muchas de sus obras han sido reproducidas en libros de lectura para la escuela primaria, en manuales de Literatura para distintos niveles, y en antologías argentinas y del exterior.​

En 2004 la Fundación Konex entregó diplomas al Mérito a cien personalidades destacadas de la década entre 1994 y 2003 en las Letras Argentinas.​

En los últimos veinte años, las ediciones de sus libros editados en Alfaguara superan los dos millones de ejemplares.​

 Falleció el 24 de mayo de 2013 en Buenos Aires, Argentina

OBRAS



El espejo distraído (1971)

Un elefante ocupa mucho espacio (1975)

Cuadernos de un delfín (1976)

El libro de los chicos enamorados (1977)

Cuentos a salto de canguro (1977)

El último mago o Bilembambudín (1979)

El niño envuelto (1981)

Disparatario (1983)

¡Nada de tucanes! (1985)

Los grendelines (1985)

Lisa de los Paraguas (1986)

¡Socorro! (1988)

La edad del pavo (1990)

Sol de noche (1990)

Continuación de Sol de noche (1990)

Queridos monstruos (1991)

No somos irrompibles (1991)

Los desmaravilladores (1991)

Lobo Rojo y Caperucita Feroz (1991)

No hagan olas (1993)

Socorro Diez (1994)

A la luna en punto (2000)

Mini-antología de cuentos tradicionales (2001)

Amorcitos sub-14 (2003)

Poemas para todos los días (2004)

Corazonadas (2005)

Treinta y cuatro lauchitas (2009)

Una trenza tan larga… (2009)

Mil grullas (2011)

Puro ojos (2014)

Un día, una brújula (2015)


PREMIOS

Premio "San Francisco de Asís", otorgado por la Sociedad Misionera de Escritores, 1977

Premio «Alicia Moreau de Justo», 1985

Mención Especial en el Premio Nacional de Literatura Infantil, 1986

Premio Konex de Platino, 1994 y 2004

Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), 1972

Premio Edenor y Radio Clásica de Buenos Aires, , 2000

Premio Konex de Platino, 2004

 

 UN LIBRO DE ELSA BORNEMMAN









“Cuello duro” de Elsa Bornemann.
En Lisa de los Paraguas
© Elsa Bornemann
Ilustraciones: María de los Ángeles Torme
Diseño de tapa y colección: Plan Nacional de Lectura


Ministerio de Educación de la Nación
Secretaría de Educación
Plan Nacional de Lectura 2010
Pizzurno 935 (C1020ACA) Ciudad de Buenos Aires
Tel: (011) 4129-1075/1127
planlectura@me.gov.ar - www.planlectura.educ.ar
República Argentina, 2010





Cuello duro

Elsa Bornemann

 

–¡Aaay! ¡No puedo mover el cuello! –gritó de repente la jirafa Caledonia.

Y era cierto: no podía moverlo ni para un costado, ni para el otro: ni hacia adelante ni hacia atrás...

Su larguísimo cuello parecía almidonado.

Caledonia se puso a llorar.

Sus lágrimas cayeron sobre una flor.

Sobre la flor estaba sentada una abejita.

–¡Llueve! –exclamó la abejita.

Y miró hacia arriba.

Entonces vio a la jirafa.

–¿Qué te pasa? ¿Por qué estás llorando?

–¡Buaaa! ¡No puedo mover el cuello!

–Quedate tranquila. Iré a buscar a la doctora doña vaca.

–Y la abejita salió volando hacia el consultorio de la vaca.

Justo en ese momento, la vaca estaba durmiendo sobre la camilla.

Al llegar al consultorio, la abejita se le paró en la oreja y

–Bsss... Bsss... Bsss... –le contó lo que le pasaba a la jirafa.

–¡Por fin una que se enferma! –dijo la vaca, desperezándose–. Enseguida voy a curarla.

Entonces se puso su delantal y su gorrito blancos y se fue a la casa de la jirafa,

 


caminando como una sonámbula sobre sus tacos altos.

–Hay que darle masajes –aseguró más tarde,

cuando vio a la jirafa–.

Pero yo sola no puedo. Necesito ayuda.

Su cuello es muy largo.

Entonces bostezó:

–¡Muuuuuuuaaa! –y llamó al burrito.

Justo en ese momento, el burrito estaba lavándose los dientes.

Sin tragar el agua del buche debido al apuro,

Se subió en dos patas arriba de la vaca.

¡Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear!

–Nosotros dos solos no podemos –dijo la vaca.

Entonces, el burrito hizo gárgaras y así llamó al cordero.

Justo en ese momento, el cordero estaba mascando un chicle de pastito. Casi ahogado por salir corriendo, se subió en dos patas arriba del burrito.

¡Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear!

–Nosotros tres solos no podemos –dijo la vaca.

Entonces, el cordero tosió y así llamó al perro.

Justo en ese momento, el perro estaba saboreando su cuarta copa de sidra.


 

Bebiéndola rapidito, se subió en dos patas arriba del cordero.

¡Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear!

–Nosotros cuatro solos no podemos –dijo la

vaca. Entonces, al perro le dio hipo y así llamó

a la gata. Justo en ese momento, la gata estaba

oliendo un perfume de pimienta.

Con la nariz llena de cosquillas, se subió en

dos patas arriba del perro.

¡Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear!

–Nosotros cinco solos no podemos –dijo la vaca.

Entonces, la gata estornudó y así llamó a don conejo. Justo en ese momento, don conejo estaba jugando a los dados con su coneja y sus conejitos.

Por eso se apareció con la familia entera: su esposa y los veinticuatro hijitos en fila. Y todos ellos se treparon ligerito, saltando de la vaca al burrito, del burrito al cordero, del cordero al perro y del perro a la gata.

Después, don conejo se acomodó en dos patas arriba de la gata. Y sobre don conejo se acomodó su señora y más arriba -también uno encima del otro- los veinticuatro conejitos.

–¡Ahora sí los masajes! –gritó la vaca–. ¿Están listos, muchachos?


 

–¡Sí, doctora! –contestaron los treinta animalitos al mismo tiempo.

–¡A la una... a las dos... a las tres!

Y todos juntos comenzaron a masajear el cuello de la jirafa Caledonia al compás de una zamba, porque la vaca dijo que la música también era un buen remedio para calmar dolores.

Y así fue como -al rato- la jirafa pudo mover su larguísimo cuello otra vez.

–¡Gracias amigos! –les dijo contenta–.

Ya pueden bajarse todos.

Pero no, señor.

Ninguno se movió de su lugar. ¡Les gustaba mucho ser equilibristas!

Y entonces -tal como estaban, uno encima del otro- la vaca los fue llevando a cada uno para su casa.

Claro que los primeros que tuvieron que bajarse fueron los conejitos, para que los demás no  perdieran el equilibrio...

Después se bajó la gata; más adelante el perro; luego el cordero y por último el burro.

Y la doctora vaca volvió a su consultorio, caminando muy oronda sobre sus tacos altos. Pero ni bien llegó, se quitó los zapatos, el delantal y el gorrito blancos y se echó a dormir sobre la camilla.

¡Estaba cansadísima! 


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.

 

 

 

 

 

 

ELSA BORNEMANN

Nació en Buenos Aires en 1952. Es narradora, guionista y traductora. Entre los numerosos e importantes premios que recibió por sus libros y por su trayectoria, se destacan la Faja de Honor de la SADE por El espejo distraído, y el Premio Nacional de Literatura Infantil.

Fue la primera escritora argentina que integró, en 1976, la Lista de Honor de IBBY por su libro

Un elefante ocupa mucho espacio.

 

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FUENTES