Blog de Arinda

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sábado, 4 de julio de 2026

4 DE JULIO DE 1804 NACÍA NATHANIEL HAWTHORNE - BIOGRAFIA

 


NATHANIEL HAWTHORNE: FIGURA CLAVE DE LA LITERATURA NORTEAMERICANA






Nathaniel Hawthorne nació el 4 de julio de 1804 en Salem, EE UU.
Fue un novelista y cuentista estadounidense. Es considerado figura clave en el desarrollo de la literatura norteamericana en sus orígenes.

Casa natal en Salem, de Nathaniel Hawthorne.


Nació en el seno de una familia de vieja estirpe puritana, tanto su vida como su obra se vieron marcadas por la tradición calvinista. Su temprana vocación literaria lo obligó a afrontar numerosos problemas económicos, ya que sus obras no le daban lo suficiente para vivir.
Era hijo de Elizabeth Manning Hathorne y de Nathaniel Hathorne, un capitán de barco que falleció a los pocos años de su nacimiento.
Su abuelo era John Hathorne (el escritor incorporó en su juventud la letra W al apellido), juez en los famosos procesos de brujería de Salem acontecidos en el siglo XVII.

La muerte de su padre sumió a su madre,Elizabeth, de creencias puritanas, en una profunda soledad, pues pasó generalmente su existencia encerrada en su hogar y siempre vestida de riguroso luto.


Nathaniel cursó estudios en el Bowdoin College de Maine y trabajó como inspector de aduanas en Boston antes de dedicarse plenamente a la labor literaria. Con anterioridad había colaborado escribiendo artículos y relatos en la revista “Democratic Review”.
 

 En 1828 redactó “Fanshawe”, su primera novela, cuya publicación fue financiada por el propio Hawthorne.

La novela “Fanshawe” de Nathaniel Hawthorne, es su primera obra literaria y está basada en sus experiencias como estudiante universitario en Bowdoin College.

El argumento gira en torno a:

Dr. Melmoth, presidente del ficticio Harley College, quien acoge a Ellen Langton, la hija de un amigo que está en el mar.

 Ellen, joven y hermosa, atrae la atención de dos estudiantes: Edward Walcott, un joven fuerte pero inmaduro, y Fanshawe, un intelectual tímido y reservado.

Durante un paseo, los tres se encuentran con un personaje misterioso llamado "el pescador" o "el ángulo", que tiene intenciones siniestras hacia Ellen.

Fanshawe descubre que el pescador ha llevado a Ellen a una caverna en un acantilado con la intención de mantenerla cautiva.

En un enfrentamiento en el precipicio, el pescador muere al caer cuando intenta luchar contra Fanshawe.

Fanshawe rescata a Ellen y regresa con ella a la ciudad.

 Fanshawe está enamorado de Ellen, pero consciente de que su vida será corta debido a su salud débil, rechaza casarse con ella para no dejarla viuda joven.

Ellen finalmente se casa con Walcott, quien madura y abandona sus conductas inmaduras, aunque la pareja no tiene hijos.

La novela combina elementos románticos con una atmósfera de misterio y aventura, y explora temas como el amor no correspondido, el sacrificio personal y la lucha entre la inocencia y el peligro. 

Además, refleja las dudas y tormentos de un joven escritor, anticipando los temas y el estilo que Hawthorne desarrollaría en obras posteriores.



En el año 1837 publicó " Cuentos contados dos veces" o " Historias dos veces contadas".

“Cuentos contados dos veces” (originalmente Twice-Told Tales) es una colección de relatos breves de Nathaniel Hawthorne, que reúne historias previamente publicadas en revistas y anuarios.

La obra es una colección de relatos que, a través de historias diversas, profundizan en la condición humana, la moral y el misterio, con un estilo que mezcla lo gótico, lo romántico y lo filosófico.

El contenido de esta obra no es un único argumento, sino una serie de cuentos que exploran temas recurrentes en Hawthorne, como:

 La libertad humana

 El misterio del mal

 La culpa y la redención

 La inmortalidad del alma

 La trascendencia y la moralidad

 Los relatos están impregnados de un tono melancólico y reflexivo, con un fuerte componente filosófico, moral y religioso, y a menudo se ambientan en la Nueva Inglaterra puritana, mostrando la tensión entre la tradición y el cambio social.

Muchos cuentos presentan personajes comunes enfrentados a dilemas éticos o situaciones fantásticas que revelan la complejidad de la naturaleza humana y la psicología, con una atmósfera enigmática y alegórica.

 Por ejemplo, el cuento más conocido, “Wakefield”, narra la historia de un hombre que se aleja misteriosamente de su esposa durante veinte años, explorando temas de soledad y alienación.

En conjunto, Cuentos contados dos veces es una obra fundamental para entender la sensibilidad literaria de Hawthorne, su capacidad para combinar simbolismo, psicología y crítica social, y su estilo narrativo que ha influido en la literatura posterior.


En  el año 1839, Hawthorne entró a trabajar en la aduana del

 puerto de Boston.

 
Sophia Amelia Peabody,

 Niños de Natanael y de Sophia Hawthorne. De izquierda a derecha: Una, Julian y Rosa. 

En el año 1842 contrajo matrimonio con la pintora trascendentalista Sophia Amelia  Peabody .

El matrimonio se trasladó a Concord, Massachusetts. Allí tuvieron de vecinos a los escritores Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau.

Con ella  tuvo tres hijos.


 
 
En 1846 publicó el libro de cuentos “Musgos De Una Iglesia”, libro conocido también como “Musgos De Una Vieja Rectoría”.

“Musgos de una vieja rectoría” es una colección de relatos cortos de Nathaniel Hawthorne que reúne 26 cuentos alegóricos, fantásticos e históricos, en los que el autor profundiza en temas como el mal, la conciencia moral, el pecado y la naturaleza humana.

 No es una novela con un argumento lineal, sino una antología que incluye historias emblemáticas como:

 La hija de Rappaccini, sobre un amor fatal entre un joven estudiante y la hija venenosa de un jardinero misterioso.

 El joven Goodman Brown, un relato sobre brujería y crisis de fe.

 Feathertop, una historia moral sobre la creación artificial de vida.

 La marca de nacimiento, que narra la obsesión de un científico por la perfección física de su esposa.

Estos cuentos exploran la oscuridad del alma humana, la lucha entre el bien y el mal, y la fragilidad de la felicidad, todo ello envuelto en un tono gótico y romántico con una visión pesimista pero profundamente poética del mundo.

Musgos de una vieja rectoría es una obra fundamental para entender la imaginación y la visión moral de Hawthorne, que utiliza la metáfora y la alegoría para reflejar la complejidad y el conflicto interno del ser humano.



En el año 1850  publicó “La Letra Escarlata”  uno de los grandes clásicos de la novela estadounidense.

La letra escarlata es una novela de Nathaniel Hawthorne ambientada en la Nueva Inglaterra puritana del siglo XVII que narra la historia de Hester Prynne, una mujer acusada de adulterio por haber concebido una hija fuera del matrimonio.

  Como castigo, es obligada a llevar una letra “A” escarlata bordada en el pecho como símbolo público de su pecado.

Hester se niega a revelar la identidad del padre de su hija, lo que genera tensión en la comunidad y provoca el sufrimiento tanto de ella como del hombre involucrado, el reverendo Dimmesdale, quien vive atormentado por la culpa en secreto.

Otro personaje clave es Chillingworth, el esposo de Hester, que regresa con una nueva identidad y busca vengarse del amante de su esposa.

La novela explora temas profundos como el pecado, la culpa, la hipocresía social, la redención y la lucha interna entre la moralidad estricta y la compasión.

Hawthorne utiliza la letra escarlata como un símbolo complejo que representa tanto la condena social como la fortaleza y dignidad de Hester frente a la injusticia.

La historia también aborda la soledad, el sufrimiento espiritual y las consecuencias personales y sociales de las acciones humanas.

La letra escarlata es un estudio psicológico y social sobre el impacto de un acto de pasión en la vida de tres personajes y en la comunidad puritana, destacándose por su riqueza simbólica y su crítica a la rigidez moral de la época.




“La Casa De Los Siete Tejados”  fue publicada en el año 1851.

La casa de los siete tejados es una novela gótica de Nathaniel Hawthorne publicada en 1851, ambientada en una antigua mansión de Salem, Massachusetts, que arrastra una maldición desde su construcción en el siglo XVII.

 La casa de los siete tejados es una alegoría sobre la herencia del pecado, la justicia y la posibilidad de redención, todo ello enmarcado en una mansión que simboliza el peso de la historia y la lucha por la libertad individual frente a las cadenas del pasado.

El eje de la historia es la familia Pyncheon, marcada por una serie de desgracias que se remontan al origen de la casa: el coronel Pyncheon, un puritano ambicioso, se apropia del terreno tras lograr la ejecución por brujería de su propietario original, Matthew Maule. Maule, antes de morir, lanza una maldición sobre la familia: “¡Dios le dará sangre para beber!”.

El mismo día de la inauguración de la mansión, el coronel muere misteriosamente, lo que sella la leyenda de la casa y la condena de sus descendientes.

La novela transcurre principalmente en el siglo XIX, cuando la mansión está habitada por Hepzibah Pyncheon, una anciana soltera empobrecida, y su hermano Clifford, recientemente liberado tras años de encierro injusto.

 Para sobrevivir, Hepzibah abre una pequeña tienda en la casa, rompiendo con el orgullo aristocrático familiar.

 La llegada de Phoebe, una joven pariente alegre y trabajadora, revitaliza el ambiente y aporta esperanza y renovación a los habitantes de la casa.

La trama se complica con la presencia del juez Jaffrey Pyncheon, un pariente poderoso y ambicioso, que recuerda al cruel antepasado y cuyas intenciones oscuras amenazan a los protagonistas. 

Además, la casa alberga a Holgrave, un joven daguerrotipista que representa las ideas progresistas y el cambio social.

A lo largo de la novela, Hawthorne explora temas como:

 La culpa heredada y la redención

El peso del pasado y la posibilidad de renovación

 La crítica a la soberbia y la hipocresía social

El contraste entre la rigidez puritana y la espontaneidad vital

El ambiente está impregnado de misterio, elementos sobrenaturales y una atmósfera opresiva, mientras la historia avanza hacia una resolución donde la esperanza y el amor permiten romper el ciclo de fatalidad familiar.



 “El Libro De Las Maravillas Para Chicos y Chicas”  fue publicada en el año 1852, consistiendo en relatos de mitología griega.

“El libro de las maravillas para chicos y chicas” de Nathaniel Hawthorne es una colección de mitos griegos adaptados para niños. 

La obra presenta relatos clásicos de la mitología griega de manera accesible y didáctica, con el objetivo de acercar a los jóvenes lectores a estas historias llenas de aventuras, dioses, héroes y criaturas fantásticas.

En esencia, el libro ofrece un recorrido por los mitos más conocidos, narrados con un lenguaje sencillo y atractivo para que los niños puedan comprender y disfrutar las maravillas de la antigüedad clásica.

Así, combina entretenimiento con enseñanza, fomentando el interés por la cultura y la literatura clásica desde la infancia.

 




 

En el año 1852 publica " Blithedale ".

La novela “Blithedale Romance” de Nathaniel Hawthorne, narra la experiencia del narrador y poeta Miles Coverdale en una comunidad utópica llamada Blithedale, inspirada en la Granja Brook, un experimento real de vida comunal y socialismo utópico cerca de Boston.

El argumento se centra en la convivencia de un grupo de idealistas que buscan crear una sociedad basada en la fraternidad, la igualdad y el trabajo colectivo. Entre los personajes principales están:

 Miles Coverdale, el narrador, un poeta observador y reflexivo.

 Hollingsworth, un reformador obsesionado con un proyecto para la regeneración de criminales, que sacrifica sus relaciones personales por su ideal.

Zenobia, una joven escritora apasionada y fuerte, defensora de los derechos de la mujer.

Priscilla, una muchacha humilde y tímida, protegida por Zenobia y Hollingsworth, con un pasado misterioso.

 A lo largo de la novela, Hawthorne explora la tensión entre el idealismo utópico y la realidad humana, mostrando cómo las ambiciones personales, los celos, las pasiones y las contradicciones internas afectan la armonía del grupo.

 La historia se desarrolla en un ambiente cargado de simbolismo y misterio, con una atmósfera que combina romance, crítica social y reflexión filosófica.

El desenlace revela las limitaciones y fracasos del experimento comunitario, así como las tragedias personales que surgen de la lucha entre los sueños idealistas y las imperfecciones humanas.

Blithedale Romance es una novela que critica la utopía idealista a través de la historia de una comunidad reformista, explorando los conflictos entre ideales sociales y la naturaleza humana, y mostrando cómo las pasiones y obsesiones individuales pueden deshacer incluso los proyectos más nobles.


En 1853, Hawthorne  fue nombrado cónsul estadounidense en Liverpool, en donde vivió hasta 1857. En ese momento era presidente de los Estados Unidos su amigo de la infancia, el demócrata Franklin Pierce,


En 1853 publicó “Cuentos de Tanglewood”.

La obra “Cuentos de Tanglewood” de Nathaniel Hawthorne es una colección de relatos que, junto con El libro de las maravillas, constituye una de sus mejores recreaciones de la mitología griega para niños y jóvenes.

El argumento no es lineal ni de una novela tradicional, sino que se estructura en torno a un grupo de niños guiados por el joven estudiante Eustace Bright, quienes a lo largo de diversas veladas y excursiones descubren y escuchan relatos de mitos clásicos como los de Perseo y Medusa, el rey Midas, la caja de Pandora, Hércules en el jardín de las Hespérides, Teseo y el Minotauro, y Ulises y Circe.

Estas historias se presentan como un mundo mágico y lleno de prodigios, que revela los secretos de la naturaleza y la condición humana a través de la mitología antigua.

La narración combina el humor, el sentido épico y la enseñanza moral, haciendo accesibles para los jóvenes lectores los mitos griegos y sus enseñanzas.

Cuentos de Tanglewood es una obra que introduce a los niños en la mitología griega mediante relatos encantadores y didácticos, con un enfoque en la maravilla, la aventura y la reflexión sobre la naturaleza humana y el misterio de la vida.



En 1857 renunció a su cargo y viajó por Francia e Italia con su

 familia y regresó en 1860.

En el año 1860 publicó “El Fauno De Mármol”.

El fauno de mármol es una novela de Nathaniel Hawthorne que mezcla elementos góticos, filosóficos y de reflexión artística. La trama se desarrolla en una Roma evocadora y está centrada en cuatro personajes principales:

Donatello, un joven noble italiano de gran ingenuidad, apodado "el fauno de mármol" por su parecido con la estatua de Praxíteles.

 Miriam, una misteriosa pintora estadounidense, marcada por un pasado oscuro y un secreto que la atormenta.

 Hilda y Kenyon, también artistas estadounidenses, que forman parte del círculo de amistades.

La historia comienza cuando estos tres jóvenes artistas americanos conocen a Donatello en Roma y se establece entre ellos una relación peculiar. 

El eje central de la novela es el vínculo entre Donatello y Miriam: Donatello se enamora profundamente de ella, pero Miriam está perseguida por un personaje siniestro que representa su pasado y su culpa. 

En un momento decisivo, Donatello, movido por el deseo de proteger a Miriam, comete un asesinato arrojando al acosador por un precipicio.

 A partir de ese hecho, la novela explora las consecuencias morales y psicológicas del crimen: el sentimiento de culpa, la pérdida de la inocencia, la transformación interior de los personajes y la dificultad de redención. Hawthorne utiliza este argumento para reflexionar sobre la relación entre la vida y el arte, la naturaleza del pecado y la complejidad de la conciencia humana.

La obra está impregnada de descripciones detalladas de la Roma clásica y renacentista, y contiene numerosas digresiones sobre el arte, la religión y la cultura italiana, reflejando la experiencia personal de Hawthorne durante su estancia en Italia.

 El ritmo es pausado y la estructura narrativa incluye frecuentes excursos filosóficos y artísticos.

El fauno de mármol trata sobre la inocencia, la culpa y la transformación moral, utilizando como trasfondo la belleza y el misterio de Roma y el arte, y presenta una profunda meditación sobre la condición humana y el peso del pasado.


Tumba de Hawthorne




Hawthorne cayó enfermo poco después, probablemente de cáncer de estómago. Falleció en Plymouth, New Hampshire, el 19 de mayo de 1864 mientras viajaba junto a Pierce.
Tenía 59 años. Fue  enterrado en Concord.

Tumba de Sophia
Su esposa que tenía una salud muy frágil murió en Inglaterra en 1877.  



HOMENAJES 




Estatua de Nathaniel Hawthorne, en Salem. Salem está cerca del extremo noreste de la ruta 128, antes de llegar a Beverly y cabo Ann. Era hogar de muchos comerciantes ricos del comercio de té de China y hogar de Nathaniel Hawthorne, uno de los escritores más importantes de la literatura norteamericana.

Sello postal


Museo de Nathaniel Hawthorne- Salem, Massachusetts, E.E.U.U.

Adyacente a la Casa de los Siete Tejados se encuentra el lugar de nacimiento de Nathaniel Hawthorne. La casa estaba situada originalmente en el número 27 de Union Street, pero fue trasladada a su localización actual en 1958. Actualmente es un museo que se visita por libre de manera conjunta a la Casa de los Siete Tejados.

LEGADO


El legado de Hawthorne perdura en la vigencia de sus temas, la profundidad psicológica y moral de sus personajes, y su influencia en la literatura y la crítica social.

  Sus obras continúan invitando a lectores y escritores a cuestionar los valores sociales y a explorar la complejidad de la naturaleza humana

Nathaniel Hawthorne sigue siendo relevante hoy por varias razones fundamentales:

 

Exploración de la moralidad y la psicología humana:

Hawthorne es célebre por su análisis profundo de los dilemas morales, la culpa, el pecado y la redención, temas que siguen siendo universales y vigentes en la literatura y la sociedad contemporáneas.

Su obra más conocida, La letra escarlata, examina las consecuencias sociales y personales del juicio moral y la hipocresía, cuestiones que aún resuenan en debates actuales sobre ética, justicia y estigmatización social.

 

Crítica a la moralidad puritana y sus efectos:

Hawthorne utilizó la herencia puritana de Nueva Inglaterra como un marco para cuestionar la rigidez moral, la represión y la intolerancia, mostrando cómo estos valores pueden generar sufrimiento y alienación.

Este enfoque abrió un espacio en la literatura estadounidense para la reflexión crítica sobre los valores y prejuicios arraigados en la sociedad, algo que escritores y pensadores siguen explorando hoy.

 

Influencia en la literatura posterior:

Su estilo, marcado por el uso de simbolismo, alegorías y elementos góticos, así como su capacidad para retratar los aspectos más oscuros de la condición humana, ha influido profundamente en escritores como Herman Melville, Henry James y William Faulkner, y sigue inspirando a autores contemporáneos.

 Relevancia en la crítica social: 

Además de su ficción, Hawthorne abordó en sus ensayos y relatos problemas sociales de su época, como la esclavitud y la discriminación, invitando a la reflexión sobre injusticias y prejuicios que aún persisten.


FUENTES


EL 4 DE JULIO DE 1804 NACÍA NATHANIEL HAWTHORNE- CUENTO Y ANÁLISIS

 CUENTO Y ANÁLISIS  DEL ESCRITOR NATHANIEL HAWTHORNE



Nathaniel Hawthorne fue un novelista estadounidense conocido por sus numerosas historias de ficción gótica y romanticismo oscuro

Hacia 1830 Nathaniel Hawthorne escribió un cuento que Jorge Luis Borges no vaciló en calificar como uno de los mejores relatos de la literatura de todos los tiempos.
El cuento, asegura Hawthorne, le fue inspirado por una nota roja que leyó en un periódico o una revista de la época. Si la anécdota no fuera cierta, sería lo de menos y sólo atestiguaría el vuelo de la imaginación de un hombre que rara vez salía de su habitación. Por lo demás, la historia se cobija bajo la fascinante sencillez de los asuntos más complejos y enigmáticos
He aquí la historia.

Wakefield
[Cuento - Texto completo.]
Nathaniel Hawthorne





Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre -llamémoslo Wakefield- que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco -sin una adecuada discriminación de las circunstancias- debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. 


La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal -una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.
Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente, aunque manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que jamás se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano. Cada uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que ser verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando quiera que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena destinar algún tiempo para pensar en él. A este respecto, el lector que así lo quiera puede entregarse a sus propias meditaciones. Mas si prefiere divagar en mi compañía a lo largo de estos veinte años del capricho de Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en que habrá un sentido latente y una moraleja, así no logremos descubrirlos, trazados pulcramente y condensados en la frase final. El pensamiento posee siempre su eficacia; y todo incidente llamativo, su enseñanza.
¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra propia idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano de la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera asentado. Era intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba “algo raro” en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista.
Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el crepúsculo en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado, un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe partir en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría por la duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso, pero, dándole gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a interrogarlo con la mirada. Él le dice que de ningún modo lo espere en el coche de vuelta y que no se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en todo caso cuente con él para la cena el viernes por la noche. El propio Wakefield, tengámoslo presente, no sospecha lo que se viene. Le ofrece ambas manos. Ella tiende las suyas y recibe el beso de partida a la manera rutinaria de un matrimonio de diez años. Y parte el señor Wakefield, en plena edad madura, casi resuelto a confundir a su mujer mediante una semana completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella advierte que la entreabre de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a través de la abertura antes de esfumarse en un instante. De momento no le presta atención a este detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de viuda que de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos sus recuerdos del semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones incorpora la sonrisa original en una multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Por ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida aparece helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita ostenta una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el mundo se ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea viuda.
Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa de la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo pisando sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos superfluos, lo tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un pequeño alojamiento alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la calle vecina y al final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la buena suerte el haber llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún momento la muchedumbre lo detuvo precisamente bajo la luz de un farol encendido; que una vez sintió pasos que parecían seguir los suyos, claramente distinguibles entre el multitudinario pisoteo que lo rodeaba; y que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le pareció que pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo habían estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo inmenso! Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas. Acuéstate tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a tu casa y dile la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni siquiera por una corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si por un momento te creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de ella, para tu desdicha notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez.
Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar, Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño, extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado lecho.
-No -piensa, mientras se arropa en las cobijas-, no dormiré otra noche solo.
Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo que en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso, que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser capaz de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La vaguedad del proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a ejecutarlo son igualmente típicos de una persona débil de carácter. No obstante, Wakefield escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y descubre que está curioso por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo soportará su mujer ejemplar la viudez de una semana y, en resumen, cómo se afectará con su ausencia la reducida esfera de criaturas y de acontecimientos en la que él era objeto central. Una morbosa vanidad, por lo tanto, está muy cerca del fondo del asunto. Pero, ¿cómo realizar sus intenciones? No, desde luego, quedándose encerrado en este confortable alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la calle siguiente, está efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado toda la noche en la diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder todo el proyecto. Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema, al fin se atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una mirada presurosa al domicilio desertado. La costumbre -pues es un hombre de costumbres- lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de su pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas?
En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar siquiera en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte de prisa, jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y apenas sí se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo ha visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa -la recatada señora de Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito- persiguiendo por las calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando, después de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un lago o una obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos ordinarios esta impresión indescriptible se debe a la comparación y al contraste entre nuestros recuerdos imperfectos y la realidad. En Wakefield, la magia de una sola noche ha operado una transformación similar, puesto que en este breve lapso ha padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe. Antes de marcharse del lugar alcanza a entrever la figura lejana de su esposa, que pasa por la ventana dirigiendo la cara hacia el extremo de la calle. El marrullero ingenuo parte despavorido, asustado de que sus ojos lo hayan distinguido entre un millar de átomos mortales como él. Contento se le pone el corazón, aunque el cerebro está algo confuso, cuando se ve junto a las brasas de la chimenea en su nuevo aposento.
Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la concepción inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para ponerlo en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo, como resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por la reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de la señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de miedo. 


Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con un andar cada vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de ansiedad la frente. A la tercera semana de su desaparición, divisa un heraldo del mal que entra en la casa bajo el perfil de un boticario. Al día siguiente la aldaba aparece envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al caer la noche llega el carruaje de un médico y deposita su empelucado y solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield, de la cual emerge después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de un funeral. ¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha excitado hasta provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos, pero se mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su conciencia con el argumento de que no debe ser molestada en semejante coyuntura. Si algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas cuantas semanas ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se siente triste, acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o temprano, ya no arderá por él jamás. Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de la mente de Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable se abre entre su apartamento de alquiler y su antiguo hogar.
-¡Pero si sólo está en la calle del lado! -se dice a veces.
¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de un día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana no… probablemente la semana que viene… muy pronto. ¡Pobre hombre! Los muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas terrestres como el autodesterrado Wakefield.

¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado. Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años sin cruzar el umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el afecto de que es capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en el de ella. Hace mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de singularidad de su conducta.
Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos que atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura ostenta, para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un destino poco común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas arrugas. Sus pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor, pero más a menudo parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un indescriptible sesgo en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente entero al mundo. Obsérvelo el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos descrito y estará de acuerdo con que las circunstancias, que con frecuencia producen hombres notables a partir de la obra ordinaria de la naturaleza, han producido aquí uno de estos. A continuación, dejando que prosiga furtivo por la acera, dirija su mirada en dirección opuesta, por donde una mujer de cierto porte, ya en el declive de la vida, se dirige a la iglesia con un libro de oraciones en la mano. Exhibe el plácido semblante de la viudez establecida. Sus pesares o se han apagado o se han vuelto tan indispensables para su corazón que sería un mal trato cambiarlos por la dicha. Precisamente cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse, se presenta un embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en contacto directo. Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el pecho de ella contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a los ojos. Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su esposa.

Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La grave viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se detiene y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar, huye a sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama. Los sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le confieren un vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su vida se le revela de golpe. Y grita exaltado:
-¡Wakefield, Wakefield, estás loco!

Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la singularidad de su situación que, examinándolo con referencia a sus semejantes y a las tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio. Se las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto) para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin advertirlo. Se encontraba -digámoslo en sentido figurado- a todas horas junto a su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la tibieza del uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue el de conservar la cuota original de afectos humanos y verse todavía involucrado en los intereses de los hombres, mientras que había perdido su respectiva influencia sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso determinar los efectos de tales circunstancias sobre su corazón y su intelecto, tanto por separado como al unísono. No obstante, cambiado como estaba, rara vez era consciente de ello y más bien se consideraba el mismo de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban vislumbres de la realidad, pero sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir “pronto regresaré”, sin darse cuenta de que había pasado veinte años diciéndose lo mismo.

Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que un interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro ratito, juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer aplaudiría de dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste equivocación! Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio.


Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando suya. Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el pavimento y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas. Deteniéndose cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas de la sala del segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca de la buena señora de Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa cintura dibujan una caricatura admirable que, además, baila al ritmo ascendiente y decreciente de las llamas, de un modo casi en exceso alegre para la sombra de una viuda entrada en años. En ese instante cae otro chaparrón que, dirigido por el viento inculto, pega de lleno contra el pecho y la cara de Wakefield. El frío otoñal le cala hasta la médula. ¿Va a quedarse parado en ese sitio, mojado y tiritando, cuando en su propio hogar arde un buen fuego que puede calentarlo, cuando su propia esposa correría a buscarle la chaqueta gris y los calzones que con seguridad conserva con esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no es tan tonto. Sube los escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los bajó le han entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente, Wakefield! ¿Vas a ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La puerta se abre. Mientras entra, alcanzamos a echarle una mirada de despedida a su semblante y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la pequeña broma que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a Wakefield buenas noches.

El suceso feliz -suponiendo que lo fuera- sólo puede haber ocurrido en un momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral. Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen. En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.

Análisis literario del cuento Wakefield de Nathaniel Hawthorne

Introducción

Wakefield es un cuento publicado en 1835 por Nathaniel Hawthorne. La obra relata la extraña decisión de un hombre casado, Wakefield, quien abandona su hogar sin una razón aparente y vive durante veinte años en una casa ubicada muy cerca de la suya, observando en secreto cómo continúa la vida de su esposa sin intervenir. A través de esta historia, Hawthorne explora la complejidad de la naturaleza humana, la identidad, el aislamiento y las consecuencias de las decisiones aparentemente insignificantes.

Resumen

Wakefield, un hombre común de mediana edad, anuncia a su esposa que se ausentará por un breve viaje de negocios. Sin embargo, en lugar de partir lejos, alquila una habitación en una calle cercana y permanece allí durante veinte años, contemplando desde la distancia la vida de su esposa y de la comunidad. Con el paso del tiempo, su ausencia deja de ser un acontecimiento extraordinario y la vida continúa sin él. Finalmente, un día decide regresar a su hogar como si nada hubiera ocurrido, poniendo fin a su inexplicable experimento.

Personajes principales

Wakefield: Es el protagonista. Representa al individuo que rompe voluntariamente con su vida cotidiana para observar las consecuencias de su ausencia. Es un personaje enigmático, egoísta, curioso y profundamente contradictorio.

La esposa de Wakefield: Aunque apenas participa de manera directa en la narración, simboliza la estabilidad, la fidelidad y la capacidad del ser humano para adaptarse a la pérdida. Su reacción demuestra cómo el tiempo modifica el dolor y permite continuar con la vida.

El narrador: Tiene un papel fundamental, ya que constantemente reflexiona, interpreta y formula hipótesis sobre las motivaciones de Wakefield. No se limita a contar los hechos, sino que invita al lector a analizar el comportamiento humano.

Temas principales

La identidad personal: El cuento plantea cómo la identidad depende de las relaciones sociales. Al desaparecer de su entorno, Wakefield pierde progresivamente el lugar que ocupaba en el mundo.

El aislamiento: La separación voluntaria convierte a Wakefield en un observador de la vida ajena. Aunque permanece físicamente cerca de su hogar, emocionalmente queda completamente apartado.

El paso del tiempo: Hawthorne muestra que el tiempo transforma tanto a las personas como sus vínculos. La ausencia prolongada hace que Wakefield deje de formar parte de la vida de quienes lo conocían.

La curiosidad y el egoísmo: La decisión del protagonista nace de un impulso irracional y egoísta. Su deseo de observar las consecuencias de su desaparición termina afectando su propia existencia.

La condición humana: El autor reflexiona sobre la fragilidad de las relaciones humanas, la rutina y la facilidad con que una persona puede desaparecer de la vida de los demás.

Ambiente

La historia se desarrolla en una ciudad inglesa, principalmente en las calles cercanas a la vivienda de Wakefield. El ambiente es cotidiano, urbano y aparentemente normal, lo que contrasta con la conducta extraordinaria del protagonista. Esta oposición hace que el relato resulte aún más inquietante.

Tipo de narrador

El cuento presenta un narrador en tercera persona omnisciente que conoce los hechos, pero también expresa opiniones, interpreta el comportamiento de los personajes y dialoga indirectamente con el lector. Su intervención constante convierte el relato en una reflexión filosófica más que en una simple narración.

Estilo literario

El estilo de Hawthorne combina una narración detallada con comentarios morales y psicológicos. Utiliza un lenguaje elegante y reflexivo, propio del Romanticismo estadounidense, y privilegia el análisis de la mente humana sobre la acción. La ambigüedad es un rasgo importante, ya que nunca explica completamente las razones de Wakefield.

Símbolos

  • La casa: Representa el hogar, la estabilidad y la identidad personal.
  • La distancia física mínima: Simboliza la enorme distancia emocional que puede existir entre las personas.
  • Los veinte años de ausencia: Reflejan el paso irreversible del tiempo y las consecuencias permanentes de las decisiones humanas.
  • El regreso: Simboliza la imposibilidad de recuperar completamente el pasado, aunque aparentemente todo vuelva a la normalidad.

Mensaje de la obra

Hawthorne transmite que una decisión aparentemente pequeña puede alterar profundamente la vida de una persona. También muestra que el ser humano construye su identidad a través de sus vínculos con los demás y que el aislamiento voluntario puede conducir a la pérdida del sentido de pertenencia. El cuento invita a valorar la importancia de las relaciones humanas y a reflexionar sobre las consecuencias de vivir como un simple espectador de la propia existencia.

Conclusión

Wakefield es un cuento que trasciende su argumento inusual para convertirse en una profunda reflexión sobre la identidad, la soledad y el paso del tiempo. La figura de Wakefield representa la tendencia humana a alejarse de los demás y a observar la vida desde la distancia, sin comprender que la verdadera existencia se construye mediante la participación activa en la realidad. Gracias a su riqueza psicológica y simbólica, esta obra continúa siendo una de las narraciones más representativas de Nathaniel Hawthorne y un clásico de la literatura universal.