Blog de Arinda

OBJETIVO :En este Blog vas a encontrar mis producciones en pintura y escultura. Además, material recopilado a través de mi trabajo como maestra, directora e inspectora, que puede ser de interés para docentes y estudiantes magisteriales .

martes, 4 de julio de 2017

EL 4 DE JULIO DE 1804 NACÍA NATHANIEL HAWTHORNE

EL ESCRITOR DE ESTILO ELEGANTE Y DEPURADO


Nathaniel Hawthorne fue un novelista estadounidense conocido por sus numerosas historias de ficción gótica y romanticismo oscuro

Hacia 1830 Nathaniel Hawthorne escribió un cuento que Jorge Luis Borges no vaciló en calificar como uno de los mejores relatos de la literatura de todos los tiempos.
El cuento, asegura Hawthorne, le fue inspirado por una nota roja que leyó en un periódico o una revista de la época. Si la anécdota no fuera cierta, sería lo de menos y sólo atestiguaría el vuelo de la imaginación de un hombre que rara vez salía de su habitación. Por lo demás, la historia se cobija bajo la fascinante sencillez de los asuntos más complejos y enigmáticos
He aquí la historia.
Wakefield
[Cuento - Texto completo.]
Nathaniel Hawthorne





Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre -llamémoslo Wakefield- que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco -sin una adecuada discriminación de las circunstancias- debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. 


La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal -una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.
Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente, aunque manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que jamás se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano. Cada uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que ser verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando quiera que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena destinar algún tiempo para pensar en él. A este respecto, el lector que así lo quiera puede entregarse a sus propias meditaciones. Mas si prefiere divagar en mi compañía a lo largo de estos veinte años del capricho de Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en que habrá un sentido latente y una moraleja, así no logremos descubrirlos, trazados pulcramente y condensados en la frase final. El pensamiento posee siempre su eficacia; y todo incidente llamativo, su enseñanza.
¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra propia idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano de la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera asentado. Era intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba “algo raro” en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista.
Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el crepúsculo en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado, un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe partir en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría por la duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso, pero, dándole gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a interrogarlo con la mirada. Él le dice que de ningún modo lo espere en el coche de vuelta y que no se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en todo caso cuente con él para la cena el viernes por la noche. El propio Wakefield, tengámoslo presente, no sospecha lo que se viene. Le ofrece ambas manos. Ella tiende las suyas y recibe el beso de partida a la manera rutinaria de un matrimonio de diez años. Y parte el señor Wakefield, en plena edad madura, casi resuelto a confundir a su mujer mediante una semana completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella advierte que la entreabre de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a través de la abertura antes de esfumarse en un instante. De momento no le presta atención a este detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de viuda que de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos sus recuerdos del semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones incorpora la sonrisa original en una multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Por ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida aparece helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita ostenta una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el mundo se ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea viuda.
Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa de la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo pisando sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos superfluos, lo tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un pequeño alojamiento alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la calle vecina y al final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la buena suerte el haber llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún momento la muchedumbre lo detuvo precisamente bajo la luz de un farol encendido; que una vez sintió pasos que parecían seguir los suyos, claramente distinguibles entre el multitudinario pisoteo que lo rodeaba; y que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le pareció que pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo habían estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo inmenso! Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas. Acuéstate tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a tu casa y dile la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni siquiera por una corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si por un momento te creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de ella, para tu desdicha notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez.
Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar, Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño, extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado lecho.
-No -piensa, mientras se arropa en las cobijas-, no dormiré otra noche solo.
Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo que en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso, que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser capaz de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La vaguedad del proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a ejecutarlo son igualmente típicos de una persona débil de carácter. No obstante, Wakefield escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y descubre que está curioso por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo soportará su mujer ejemplar la viudez de una semana y, en resumen, cómo se afectará con su ausencia la reducida esfera de criaturas y de acontecimientos en la que él era objeto central. Una morbosa vanidad, por lo tanto, está muy cerca del fondo del asunto. Pero, ¿cómo realizar sus intenciones? No, desde luego, quedándose encerrado en este confortable alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la calle siguiente, está efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado toda la noche en la diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder todo el proyecto. Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema, al fin se atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una mirada presurosa al domicilio desertado. La costumbre -pues es un hombre de costumbres- lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de su pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas?
En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar siquiera en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte de prisa, jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y apenas sí se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo ha visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa -la recatada señora de Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito- persiguiendo por las calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando, después de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un lago o una obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos ordinarios esta impresión indescriptible se debe a la comparación y al contraste entre nuestros recuerdos imperfectos y la realidad. En Wakefield, la magia de una sola noche ha operado una transformación similar, puesto que en este breve lapso ha padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe. Antes de marcharse del lugar alcanza a entrever la figura lejana de su esposa, que pasa por la ventana dirigiendo la cara hacia el extremo de la calle. El marrullero ingenuo parte despavorido, asustado de que sus ojos lo hayan distinguido entre un millar de átomos mortales como él. Contento se le pone el corazón, aunque el cerebro está algo confuso, cuando se ve junto a las brasas de la chimenea en su nuevo aposento.
Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la concepción inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para ponerlo en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo, como resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por la reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de la señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de miedo. 


Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con un andar cada vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de ansiedad la frente. A la tercera semana de su desaparición, divisa un heraldo del mal que entra en la casa bajo el perfil de un boticario. Al día siguiente la aldaba aparece envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al caer la noche llega el carruaje de un médico y deposita su empelucado y solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield, de la cual emerge después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de un funeral. ¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha excitado hasta provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos, pero se mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su conciencia con el argumento de que no debe ser molestada en semejante coyuntura. Si algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas cuantas semanas ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se siente triste, acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o temprano, ya no arderá por él jamás. Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de la mente de Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable se abre entre su apartamento de alquiler y su antiguo hogar.
-¡Pero si sólo está en la calle del lado! -se dice a veces.
¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de un día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana no… probablemente la semana que viene… muy pronto. ¡Pobre hombre! Los muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas terrestres como el autodesterrado Wakefield.
¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado. Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años sin cruzar el umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el afecto de que es capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en el de ella. Hace mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de singularidad de su conducta.
Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos que atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura ostenta, para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un destino poco común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas arrugas. Sus pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor, pero más a menudo parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un indescriptible sesgo en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente entero al mundo. Obsérvelo el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos descrito y estará de acuerdo con que las circunstancias, que con frecuencia producen hombres notables a partir de la obra ordinaria de la naturaleza, han producido aquí uno de estos. A continuación, dejando que prosiga furtivo por la acera, dirija su mirada en dirección opuesta, por donde una mujer de cierto porte, ya en el declive de la vida, se dirige a la iglesia con un libro de oraciones en la mano. Exhibe el plácido semblante de la viudez establecida. Sus pesares o se han apagado o se han vuelto tan indispensables para su corazón que sería un mal trato cambiarlos por la dicha. Precisamente cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse, se presenta un embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en contacto directo. Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el pecho de ella contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a los ojos. Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su esposa.
Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La grave viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se detiene y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar, huye a sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama. Los sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le confieren un vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su vida se le revela de golpe. Y grita exaltado:
-¡Wakefield, Wakefield, estás loco!
Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la singularidad de su situación que, examinándolo con referencia a sus semejantes y a las tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio. Se las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto) para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin advertirlo. Se encontraba -digámoslo en sentido figurado- a todas horas junto a su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la tibieza del uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue el de conservar la cuota original de afectos humanos y verse todavía involucrado en los intereses de los hombres, mientras que había perdido su respectiva influencia sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso determinar los efectos de tales circunstancias sobre su corazón y su intelecto, tanto por separado como al unísono. No obstante, cambiado como estaba, rara vez era consciente de ello y más bien se consideraba el mismo de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban vislumbres de la realidad, pero sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir “pronto regresaré”, sin darse cuenta de que había pasado veinte años diciéndose lo mismo.
Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que un interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro ratito, juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer aplaudiría de dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste equivocación! Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio.


Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando suya. Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el pavimento y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas. Deteniéndose cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas de la sala del segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca de la buena señora de Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa cintura dibujan una caricatura admirable que, además, baila al ritmo ascendiente y decreciente de las llamas, de un modo casi en exceso alegre para la sombra de una viuda entrada en años. En ese instante cae otro chaparrón que, dirigido por el viento inculto, pega de lleno contra el pecho y la cara de Wakefield. El frío otoñal le cala hasta la médula. ¿Va a quedarse parado en ese sitio, mojado y tiritando, cuando en su propio hogar arde un buen fuego que puede calentarlo, cuando su propia esposa correría a buscarle la chaqueta gris y los calzones que con seguridad conserva con esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no es tan tonto. Sube los escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los bajó le han entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente, Wakefield! ¿Vas a ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La puerta se abre. Mientras entra, alcanzamos a echarle una mirada de despedida a su semblante y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la pequeña broma que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a Wakefield buenas noches.
El suceso feliz -suponiendo que lo fuera- sólo puede haber ocurrido en un momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral. Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen. En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.

lunes, 3 de julio de 2017

EL 3 DE JULIO DE 1927 LAS URUGUAYAS VOTAN POR PRIMERA VEZ

A 90 AÑOS DEL  PLEBISCITO QUE HIZO HISTORIA  EN URUGUAY Y LATINOAMÉRICA

Foto El País

La Constitución de 1917, le otorgó a las mujeres la totalidad de los derechos civiles y la potestad del voto. Pocos años después, la Ley de 1932 reglamentó esos derechos, y en 1938, la mujer votó por primera vez en el Uruguay en la elección nacional del 27 de marzo de ese año. Pero en Cerro Chato, la primera vez fue el 3 de Julio de 1927.

El 3 de julio de 1927, en la localidad de Cerro Chato, Uruguay las mujeres pudieron votar en un plebiscito local.
Uruguay, en ese momento, se convirtió en el primer país latinoamericano en que las mujeres ejercieron su derecho al voto.

Ubicación de Cero Chato donde  por primera vez votaron en un Plebiscito, la mujeres Uruguayas

Cerro Chato es una localidad que se formó en torno a una estación de trenes (línea Montevideo/Melo), sobre el lomo de la Cuchilla Grande, y según investigación se historiadores, por allí pasaba el camino de los indios guaraníes desde y hacia las misiones jesuíticas del norte. El pueblo se fue extendiendo alrededor de la estación por lo cual fue ocupando territorio de tres jurisdicciones distintas, de los departamentos de Treinta y Tres, Florida y Durazno.

En 1921, los representantes nacionales por el departamento de Treinta y Tres presentaron un proyecto de ley por el cual Cerro Chato quedaba bajo la jurisdicción municipal de su departamento. Este episodio desató de inmediato una gran polémica.

A raíz de eso, se formó un Comité de Durazno, otro de Treinta y Tres y una Asamblea de floridenses.
Tal fue la repercusión de la polémica que llegó a la órbita del Consejo Nacional de Administración y el 18 de abril de 1926 resolvió, primariamente, la anexión de Cerro Chato al departamento de Treinta y Tres.

Al día siguiente de tal resolución, el doctor Prando, ministro de Instrucción Pública de la época, se dirigió al Ministerio de Obras Públicas por nota, en los siguientes términos: “De acuerdo a lo resuelto por el Consejo Nacional de Administración en su sesión de ayer, este Ministerio debe proceder a la redacción de un Proyecto de Ley que será sometido a la Honorable Asamblea General, por el cual se eleva a la categoría de pueblo al grupo de casas conocido por Cerro Chato. Ahora bien, según los informes que tiene este Ministerio, la estación ferrocarrilera de Cerro Chato está enclavada en el Departamento de Durazno, y la población del mismo nombre se extiende hacia el Este, invadiendo los departamentos de Florida y Treinta y Tres. El propósito del Consejo Nacional de Administración es el de formar sobre la base del futuro pueblo de Cerro Chato una nueva sección judicial en el Departamento de Treinta y Tres; pero para esto, habría tal vez, la necesidad de modificar los límites de ese departamento, en forma que permita situar en aquel la sección Judicial de Cerro Chato”.

El Ministerio de Obras Públicas encomienda la tarea a una Comisión Técnica que el 21 de junio eleva un informe que concluye que Cerro Chato debe anexarse a Treinta y Tres.
También recomiendan modificar los límites departamentales en pocos kilómetros cuadrados, suficientes para crear una sección judicial.


Fuente de la imagen: "La primera vez que votó una mujer en Sudamérica. El plebiscito de Cerro Chato de 1927".
Saúl Moisés Piña. Almanaque del Banco de Seguros del Estado, 2006.

Con los informes recibidos, el 5 de agosto de 1926, el Consejo Nacional de Administración resolvió que el propio pueblo de Cerro Chato expresara a través de un plebiscito sobre a qué departamento querían pertenecer. 
Si bien desde lo jurídico carecía de valor real, desde lo político y lo social podía alivianar tensiones que se daban desde tiempo atrás.
Esta resolución produjo reacciones contrarias, por cierto, ya que los comités de cada departamento, representados por pobladores de Cerro Chato, se enfrascaron en una lucha localista que no parecía tener fin.


El 3 de enero de 1927, la Corte Electoral emite una Circular al respecto y el 31 de mayo reglamenta el plebiscito, estableciendo ” que cualquier persona, sin distinción, que desee intervenir en el plebiscito deberá previamente inscribirse en el Registro que abrirá la Comisión Especial Plebiscitaria el 5 de junio, y lo cerrará el 28 de junio próximo.” Asimismo, disponía que “los Consejos Departamentales de Durazno, Florida y Treinta y Tres podían designar delegados ante dicha Comisión Especial a fin de controlar el acto plebiscitario”. 

 
Cerro Chato: la casa donde por primera vez la mujer votó en Sudamérica. Foto: V. Rodríguez
Cerro Chato, la vieja casona que data de 1924-1926, ubicada en una esquina de calle 25 de Agosto, donde en el año 1927 votaron por primera vez, las mujeres uruguayas.

El plebiscito en Cerro Chato se realizó el 3 de julio de 1927.
Votó el 94% de la población y el resultado fue que Cerro Chato pasaría a formar parte del departamento de Durazno. Este resultado fue anulado ese mismo año por lo cual en Cerro Chato hoy funcionan: tres Juntas Locales, tres Juzgados y tres Seccionales Policiales.

La primera mujer que votó en Latinoamérica lo hizo en esta ocasión y se llamaba Rita Rebeira, una afrodescendiente, inmigrante brasileña y tenía noventa años.

En el año 1932 la ley 8.927 reglamentó el derecho al voto de la mujer.
Si bien el derecho al sufragio femenino se había formalizado, con el golpe de Estado de Terra del año 1933 hizo que esperaran 6 años para votar.

El 27 de marzo 1938, la mujer votó por primera vez en el Uruguay en la elección nacional en las que fue electo Alfredo Baldomir.

En febrero de 1943, ingresaron mujeres por primera vez en el Parlamento. Ellas fueron: Sofía Álvarez de Demicheli en la Cámara de Senadores, y Julia Arévalo junto con Magdalena Antonelli Moreno en la Cámara de Representantes.

El 11 de setiembre del año 1946, se aprobó finalmente la Ley 10.783 que declaró la igualdad de los derechos entre los sexos, esto implicó, entre otras cosas, que las mujeres comenzaron a administrar sus bienes, hasta ese entonces a cargo de padres o maridos.

FUENTES 
Almanaque del Banco de Seguros 1966
www.lr21.com.uy
 http://www.elpais.com.uy

EL 3 DE JULIO DE 1920 NACÍA WASHINGTON BARCALA

ARTISTA LÍRICO Y ANTIRRETÓRICO



Barcala, Washington  nació en Montevideo el 3 de julio de 1920. 
Fue un pintor cuya obra se vinculó inicialmente al constructivismo de Torres García para evolucionar más tarde hacia un lenguaje próximo a las dicciones de la vanguardia internacional. En su itinerario creativo podemos reconocer a un artista lírico y antirretórico, constructor de delicados fragmentos de vida con sus materiales más humildes y efímeros.
El lenguaje de Barcala no sólo es de pintor, sino que se despliega en las vecindades de otras disciplinas. Se puede afirmar que es un pintor de los límites, de las fronteras.
Barcala logró una obra personal, coherente y rigurosa, utilizando un lenguaje íntimo y, en ocasiones, hermético.
Su producción se ha desarrollado en torno a tres estilos: la pintura figurativa (1946-1950), seguida por un intermedio de ocho años sin actividad plástica; la pintura abstracta e informalista (1961-1964) –es la etapa de las Chatarras–, y su estilo más personal, durante la última etapa de su carrera artística, desde 1967 (etapa de las Cajas).
Para expresar su pensamiento, Barcala no utiliza ni los tradicionales lienzos, ni las ortodoxas pinturas sino que hace acopio de otros materiales con los que se siente libre, con los que logra crear su estilo, su lenguaje.


Se crió como hijo único, en el seno de una familia con ascendencia española e italiana, se formó compartiendo juegos y estudios con tareas en la fábrica de cajas de cartón propiedad de sus padres. Allí trabajó con una materia prima que, muchos años más tarde, emplearía en su obra.
Barcala se familiarizó entonces con el cartón, con la máquina de coser, y con las cajas, todas palabras clave para entender el mundo creativo de su madurez. 


Atardecer- 1939
Óleo/tela- 60 x 80 cm
Museo Nacional de Artes Visuales - Montevideo - Uruguay
Foto: Colección Museo Nacional de Artes Visuales, Montevideo - Uruguay

1940,  Anochecer en el Central, 
Técnica: óleo, 
Firmado: abajo izquierda, 
Ubicación: Palacio Legislativo, Montevideo, Uruguay
Salón Nacional 1940, Premio Cámara de Senadores, 

Los temas del ferrocarril los descubrió una tarde de verano en que salió con el camión y lleguó hasta la calle Laguna Merín que cruzaba las vías, desde allí vió la fábrica de portland , era una tarde serena un atardecer lleno de violetas, azules, lilas, rosas y rojos sobre las vías con humos al fondo de la ciudad que se levantaban perezosamente. Con unode estos cuadros fue la primera vez que ganó el premio Fernando García, luego seguió con el tema de las vías ganando premios hasta que pronto lo dejó porque sentía que lo "amaneraba.”


 1940, Título: Cantina (autorretrato), 
Técnica: óleo sobre tela, 
Medidas: 86 x 68 cm, 
Ubicación: Museo Nacional de Artes Visuales. Montevideo, Uruguay 


Así recordaba Barcala su infancia.
"Recuerdo que de muy pequeño, como todos los pintores, comencé dibujando en las tapas de los cuadernos y libros. Dos temas me obsesionaban, uno era los autobuses, eran los primeros y corrían como locos para sacarse los pasajeros, no tenían horarios. Me parecían autos de carreras en sus pasajes frente a mi casa. Además aquellos bólidos con nombres como “La Espada”, “Valle Muñoz” hacían volar mi pensamiento preguntándome que paisajes irían acumulando en su recorrido, a que misterioso mundo llegaban cuando los veía que iban calle arriba o calle abajo.

El otro tema eran los golkipers volando y atrapando la pelota. Hoy me doy cuenta que como soñaba con aquellos recorridos misteriosos de aquellos autobuses también había misterio, magia en aquel hombre que volaba y mágicamente atrapaba aquella pelota que iba a un rincón desconocido, ...igual que aquellos autobuses.

Así pasé dibujando hasta que por un altercado entre mi madre y la maestra pública, mis padres me pasaron a una escuela privada y allí viví una de las emociones más grande de toda mi vida.
El día que entré a esta escuela, fui a una sala grande donde en una mesa también grande una profesora daba clase a niños pequeños y más grandes. La puerta de la habitación estaba abierta y por ella entraba un olor de pintura y aguarrás que a mí me parecía el manjar más delicioso al que podía aspirar. Desde ese día mi atención se dividió entre las cuentas, la ortografía a la que debía atender y aquel rincón debajo de una escalera donde una mujer jorobada, pequeñita enseñaba a pintar copiando postales, de allí provenía aquel olor maravilloso a pintura. Aquel rincón era para mí la alfombra mágica que transportaba mi imaginación en viajes al color, que me hacía soñar en mundos maravillosos. Había magia para mí en esas dos personas calladitas como conspirando, que con los pinceles y los tubos de color hacían aparecer paisajes, flores, animales sobre una tela blanca. Mundo maravilloso que solo disfrutaba de lejos hasta que un día me enviaron a estudiar al Liceo Francés y entonces sí pude comenzar, como premio a conspirar con aquella jorobadita para también yo hacer aparecer paisajes desde la pintura de mis dedos.

Allí pasé 3 años pintando todas las tardes de los sábados sobre tela, sobre platos de madera y sobre todo pintando sobre raso para que mi madre llenase luego la casa de almohadones con paisajes chinos o nevados con renos. También cuando ya era más hábil pinté algunas cabezas de perros, pero llegó el momento que aquella jorobadita le dijo a mi madre que no me mandase más ya que no tenía nada más que aprender. La tarde de los sábados me quedaron libres y ya me sentía un pintor.

Por ese tiempo también jugaba al fútbol y no fue casualidad que lo hiciese de golkipper, es que sentía como cuando dibujaba en las tapas de los cuadernos, el milagro de volar, era la magia de los músculos, la magia de realizar las paradas más difíciles por los goleros más famosos del fútbol uruguayo. Yo sentía una gran admiración, eran casi sobrenaturales en sus atrapadas más maravillosas, para mí era magia como la de los pintores. En ese tiempo en que el fútbol llenaba mis ratos libres quiso el destino que al lado de un terreno baldío en el que jugábamos viniese a vivir un pintor. Desde ese momento como en la escuela que aprendí repartía el tiempo de juego con el que pasaba vichando a través de los agujeros de una tapia los cuadros que colgando de las paredes las tapizaban de color. Allí veía en aquellas telas una fuerza de color como nunca había visto, paisajes al medio día, atardeceres llenos de azules, violetas y rosados, soles amarillos y lunas azules. Entonces comencé a esperar que aquel pintor saliese con su caballete y caja de pintura para seguirle siempre a distancia de unos 80 o 100 metros, así en vez de quedarme a jugar al fútbol en aquel terreno iba a parar a campos cercanos o al Prado. Veía como aquel pintor armaba su caballete y se ponía a pintar, después de dejar pasar un tiempo respetable me iba acercando, nunca hasta al lado, sino a una distancia apropiada que aunque desde lejos me permitiese ver su pintura.
Así pasé tiempo, diría que mucho tiempo, hasta que en uno de mis primeros viajes de pantalón largo al centro pasé por una galería y encontré en ella aquellas pinturas, hablé con aquel pintor, era Zoma Baitler y ese día me aconsejó que entrara a estudiar en el Círculo de Bellas Artes.
Desde que había dejado de aprender con aquella mujer pequeñita con joroba hasta que entré en el Círculo transcurrieron unos 5 años que me dieron tiempo de pintar una cantidad de paisajes de verdes ácidos y cielos fríos. Fueron años perdidos en los que copiaba postales y trataba de copiar también la naturaleza, 8 años perdidos. Dejé de estudiar y dejé el fútbol cuando entré al Círculo, a los 8 años sin saber en realidad nada de pintura y allí en los primeros meses se me abrió el mundo de la otra pintura, de la verdadera. Tuve como profesor a Guillermo Laborde, pienso que nunca simpatizó conmigo, yo veía el tiempo y la simpatía que dedicaba a los otros y conmigo era distante y frío. Hoy pienso que como no podía absorberme, imponerme su manera de pintar, sí lo hacía con los otros y que apenas entrando al Círculo tuve distinciones en los Salones Nacionales le había llevado a tener esa frialdad conmigo. En esos 4 años que iba al Círculo falleció Laborde y tuve muy poco tiempo a Cúneo como profesor.

Durante estos años de estudiar en el Círculo de Bellas Artes, fueron los años 39, 40, 41 y 42 mantenía relación con Zoma Baitler al que siempre visitaba en su estudio. Un día me dijo que iba a la casa de Joaquín Torres García y me preguntó si quería acompañarlo, le dije que sí y allí fuimos.
La casa de Don Joaquín me pareció un santuario, aquel viejo de barba grande y blanca parecía un sacerdote. Hablaba con Zoma Baitler y yo escuchaba, no recuerdo aquella conversación pero Don Joaquín vivía tanto la pintura que me sentí atraído por aquel hombre, sobretodo cuando terminó la charla y nos dijo “vayan a pintar y luego me traen lo que hayan hecho”. Fuimos por el Prado y allí armamos los caballetes frente a un chalet viejo y lo pintamos. Torres García me corrigió esa obra con dos pinceladas en 2 columnas de la galería del chalet, fue lo único que corrigió. En la segunda obra que le llevé no corrigió nada, la encontró bien, esa fue la última vez que le ví, ya que en esos días había una reunión en el taller para prohibir hacer envíos al Salón Nacional. Como quiero mucho mi libertad me levanté y dije buenas tardes y me fui de la reunión. Solo había apenas alcanzado a pasar por el taller."

Desde 1938 y 1941 estudió en el Círculo de Bellas Artes bajo la Dirección del Profesor Guillermo Laborde .
Entre los años 1939 y 1942 estudió en el Círculo de Bellas Artes  junto a Laborde y Cúneo.
Estuvo sólo dos meses en el taller de Torres García y asistió a la Academia de San Fernando en Madrid.
Comenzó a exponer en 1938 en muestras colectivas.
 

Por el año 1948 se conoció con Espínola Gómez  en el Círculo de Bellas Artes, conversando le dijo que se radicaba en Montevideo, entonces hablaros de formar un grupo, como él no conocía a nadie Barcalá se comunicó con dos pintores que conocía y en los que creía, uno era Juan Ventayol que vivía en Montevideo y el otro Luis Solari que vivía en Fray Bentos. Solari. 
Espínola conoció después a estos dos pintores, todos formaron el grupo “Federico Saez”, exponiendo juntos en Amigos del Arte en el año 1948 y 1949.


En el año 1950 el grupo de Ventayol, Espínola y Solari volvió a exponer  dejando constancia en el catálogo de la ausencia  de barcala debido a su viaje por Europa.
 

En 1950 realizó su primer viaje a Europa y residió durante un año en Madrid, donde asistió a las clases de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Pasó un año y medio recorriendo museos y viendo obras por cuanto rincón había. Vivió unos meses en Madrid escapando al frío de noche y preparando un boceto que luego envió a Montevideo, aprovechó ese tiempo haciendo algunos estudios como grabado y afresco en la academia de San Fernando. También de tarde dibujaba en la clase de modelo vivo grandes carbones de los que no pudo conservar ninguno ya que los destrozaba el profesor con trazos curvos, blandos y amanerados después de decirle que su dibujo tenía mucha fuerza, que se parecia a los muralistas mexicanos.
La clase de afresco la dictaba el pintor Vazquez Díaz, pintor famoso en España, andaluz lleno de gracia que  contaba sus historias de París con Juan Gris, Roden y otros.
En París concurrió a la Sala de croquis de la Academia Grande Chamiere en Mont Parmasse y como vivía en el mismo barrio de noche concurría al café Selet donde noche a noche veía en mesa cercana a la suya a Zakine y Giacometti, también solía ver en este café pintores españoles de la escuela de París. 
En Venecia, en la sala de una exposición montada para protestar contra la Bienal de Venecia vió a De Quirico. En esa Bienal vió por primera vez la obra de Pollok.
Fue un año y medio de viaje por la vieja Europa, viendo día a día las maravillas del arte desde las cuevas de Altamira y Lascaux hasta las pinturas de Pollok.

Encontró a Chagall dos veces, la primera en un Salón de pintura en Ville France, ciudad a la que había llegado donde él debía embarcarse para Montevideo.

En el año 1953 vuelve a Montevideo.

En el año 1955 volvió a Europa con intensiones de quedarse pero no pudo por problemas familiares, en este viaje volvió a Francia y España. En París visitando una muestra de Giacometti en la galería Macglot conoció a Picasso, estaba comentando la obra de Giacometti con el galerista, la obra le entusiasmaba a Picasso. Salió y entró a otra galería donde se exponían cuadros cuyo tema era Nueva York; sintió una conversación, era Picasso que había llegado. Siguió parado en el medio de la sala y Picasso se acercó, se paró casi pegado a él, vio sus famosos ojos de los que tanto se hablaba y ciertamente eran brillantes y de gran vivacidad. Pegado a él recorrió con la mirada las cuatro paredes y se retiró, fue evidente que no le interesó nada. 


En el año 1958 volvió al ritmo de trabajo de  antes, pintó un cuadro que
 obtuvo el Primer Premio del Salón Nacional

En el año 1960 envió y ganó el Gran Premio en un salón de arte en Minas, luego dejó otra vez de pintar hasta el 1967 que realizó un par de obras para el Salón General Electric. 

Una vez más sigue sin trabajar hasta el 1973 que realizó una témpera pequeña que integra un envío de pintura uruguaya a Buenos Aires. 

En el año 1974 sin obra en la mano y sin saber que camino a tomar en la pintura regresó a España, a Madrid a los 54 años para correr la aventura que siempre había postergado por diferentes razones, comenzar a vivir como pintor, enfrentar las dificultades y en un medio exigente como el europeo develar el misterio que siempre le había acompañado, si realmente su obra valía algo.
 Desde ese año reside en España y vive de la pintura, pero más importante que vivir de la pintura es el prestigio ganado como artista por los juicios de pintores, críticos y galeristas españoles.




1960 - Chatarra, 
Medidas: 54 x 70 cm
Técnica: témpera sobre papel
Ubicación: colección familia, Barcala, Montevideo Uruguay

Fue a mediados de los años 60, después de haberse iniciado en el mundo del arte como pintor figurativo y abstracto, cuando comenzó a explorar su lenguaje creativo más personal. En España encontró el lugar y los estímulos propicios para su aventura creativa, contenida en sus cajas, objetos pictóricos construidos con trozos de madera, telas, hilos, cartón, palos, papeles, puntadas..., proponiendo silenciosos y sutiles paisajes emocionales.
Fue el ganador dell Gran Premio del Salón de Artes Plásticas del 60.
A comienzos de los sesenta se destacó por su serie "Las chatarras", que lo vinculó al informalismo español y el expresionismo abstracto.
Exhibió su mejor conjunto de obras en el envío al 1er. concurso del premioBlanes en el año 1961.
Hacia 1967 inició su trabajo del collage y las cajas blancas, que llamó ordenaciones, y cuyas dos primeras muestras se destruyeron en un depósito, luego del Salón de la Vanguardia de General Electric. 



 Adán y Eva - 1974. 
Gouache sobre cartón. 11 x 16,5 cm. 
Colección Miguel Rodríguez Larrosa.

1974-Pareja,
 Medidas: 40 x 35 cm
 Técnica: carbón y tempera sobre papel
Firmado: abajo a la izquierda
Ubicación: colección particular, Madrid España
Desde el año 74 se radica en España y vive de la pintura, pero más importante que vivir de la pintura es el prestigio ganado como artista por los juicios de pintores, críticos y galeristas españoles.”  Dice Barcala “Los temas del ferrocarril lo descubrí una tarde de verano que salí con el camión y llegué hasta la calle Laguna Merín que cruzaba las vías, desde allí ví la fábrica de portland , era una tarde serena un atardecer lleno de violetas, azules, lilas, rosas y rojos sobre las vías con humos al fondo de la ciudad que se levantaban perezosamente. Con este cuadro fue la primera vez que gané un premio ( Fernando García ), luego seguí con el tema de las vías ganando premios hasta que pronto lo dejé porque sentía que me amaneraba".
En esta época, en España,  participò  en 13 muestras individuales, y expuso además en París, Río de Janeiro, Buenos Aires, Bogotá, Washington, Nueva York y Miami.
Siguió visitando Uruguay y representándolo en envíos a Alemania Federal, la URSS o la Bienal de San Pablo.



 Washington Barcala, Madrid, 1975
Foto: Carlos Ruiz-Castillo
 

 1975 -Sin título
 Medidas: 65 x 44 cm, 
Técnica: mixta sobre madera, 
Firmado: abajo a la izquierda 

Sin título - 1975
T. mixta/contrachapado -50 x 35 cm
Museo Nacional
Centro de Arte Reina Sofía, Madrid
Foto: Archivo Fotográfico -Museo Nacional - Centro de Arte Reina Sofía, Madrid
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 Washington Barcala y su mujer María Elena Campo en Madrid, 1982.


Sin Título- 1986. 
Técnica mixta. 55 x 22 cm. 
Colección Carlos Ruíz Castillo.

 El dibujante y sus dibujos - 1991-92. 
Técnica mixta. 29 x 42 cm. 
Colección Familia Barcala.

Cículo muy limpio -1991-93. 
Técnica mixta. 60 x 82 cm. 
Colección Familia Barcala. 

Historia C.T.O. - c. 1993
T. mixta/tela - 57 x 93 cm
Colección particular. Cortesía Galería Guillermo de Osma, Madrid
Foto: Archivo Galería Guillermo de Osma

Washington Barcalá fallece en Montevideo el 8 de diciembre de 1993.
La esposa María Elena Campo falleció el 16 de abril de 2011.

FUENTES
http://www.washingtonbarcala.com
http://pintura.aut.org
http://www.artemercosur.org.uy