Los pocillos
Mario Benedetti
Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y
además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de
Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de
cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de
otro. «Negro con rojo queda fenomenal», había sido el consejo estético de
Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido
que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.
«El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?», preguntó Mariana. La
voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este
parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: «Todavía no. Esperá un
ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo.» Ahora sí ella miró a José Claudio y
pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.
La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá.
«¿Qué buscás?», preguntó ella. «El encendedor.» «A tu derecha.» La mano
corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado
afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama
no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba
infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió
un fósforo y vino en su ayuda. «¿Por qué no lo tirás?» dijo, con una sonrisa
que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la
voz. «No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana.»
Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con
la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue
en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía veía. Habían almorzado en
casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con
mejillones, y después se habían ido a caminar por la playa. Él le había pasado
un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz
o algo semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado
lentamente, morosamente, como besaba antes. Habían inaugurado el encendedor con
un cigarrillo que fumaron a medias. Ahora el encendedor ya no servía. Ella
tenía poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo,
¿qué servía aún de aquella época?
«Este mes tampoco fuiste al médico», dijo Alberto.
«No.»
«¿Querés que te sea sincero?»
«Claro.»
«Me parece una idiotez de tu parte.»
«¿Y para qué voy a ir? ¿Para oirle decir que tengo una salud
de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el
ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya?
Estoy podrido de mi notable salud sin ojos.»
La época anterior a la ceguera, José Claudio nunca había
sido especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha
olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este
resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni
quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a
valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un
silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aún cuando se
rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí.
«De todos modos deberías ir», apoyó Mariana. «Acordate de lo
que siempre te decía Menéndez.»
«Cómo no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido.
Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree en Milagros. Yo tampoco creo en
milagros.»
«¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano.»
«¿De veras?» Habló por el costado del cigarrillo.
Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha
para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba
otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo,
había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad
que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor desgracia era
que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda
de Mariana. Él menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido
—sinceramente, cariñosamente, piadosamente— protegerlo.
Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado
con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la
atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo
constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo
eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita.
Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión
cualquiera. Él estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro,
a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble cómo hallaba a
menudo, aún en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera,
la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y
siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de
muro de contención para el incómodo estupor de los otros.
Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal.
«Que otoño desgraciado», dijo, «¿Te fijaste?» La pregunta
era para ella.
«No», respondió José Claudio. «Fijate vos por mí.»
Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al
margen de José Claudio, y sin embargo, apropósito de él. De pronto Mariana supo
que se había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto se ponía linda. Él se
lo había dicho por primera vez la noche del veintitrés de abril del año pasado,
hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José Claudio le había
gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste,
durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado el hombro de
Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto
esa capacidad para entender a la gente? Ella estaba con él, o simplemente lo
miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. «Gracias»,
había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios
directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor
hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con
toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer había sido siempre
un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los
buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido, tan
sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro,
en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más
absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.
A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la
generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y,
sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su
gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de
su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un
solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación
superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea discreción en los
umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad
algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su
hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba
encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había obtenido la
confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda
posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.
«Y ayer estuvo Trelles», estaba diciendo José Claudio, «a
hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una
vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se
embroma y viene a verme.»
«También puede ser que te aprecien», dijo Alberto, «que
conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén
preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te parece
de un tiempo a esta parte.»
«Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo.» La sonrisa
fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de
ironía.
Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de
protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de
que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan
necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos
y quizás de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a
sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no
decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en
su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a
la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho
transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos
insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado
dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran
a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más
importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de
pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso:
Alberto y ella.
«Ahora sí podés calentar el café», dijo José Claudio, y
Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito. Por un
momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de
cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.
Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo
que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué
delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos,
afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se
había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con
los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había impedido
disfrutar de la caricia. Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le
parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.
Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente,
casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en
una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar
el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano acarició el
pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el
mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella,
como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un
instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo.
Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre
un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de
esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan
perfecta como silenciosa.
«No lo dejes hervir», dijo José Claudio.
La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse
sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio,
llenó los pocillos directamente desde la cafetera.
Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy
sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella.
Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero antes de dejarlo en
sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Se encontró además,
con unas palabras que sonaban más o menos así: «No, querida. Hoy quiero tomar
en el pocillo rojo.»
FIN
Análisis literario de Los pocillos,
de Mario Benedetti
1. Datos generales
- Autor:
Mario Benedetti (1920-2009)
- Nacionalidad:
uruguaya
- Género:
narrativo
- Subgénero:
cuento
- Modalidad:
cuento psicológico y de relaciones humanas
- Narración:
predominantemente en tercera persona
- Espacio:
principalmente el apartamento de Mariana y José Claudio.
- Tiempo:
contemporáneo al momento narrado, aunque aparecen numerosos recuerdos del
pasado.
- Personajes
principales: Mariana, José Claudio y Alberto.
- Objeto
simbólico central: los seis pocillos de colores.
El relato pertenece a una narrativa característica de
Benedetti: utiliza situaciones cotidianas y un lenguaje aparentemente
sencillo para revelar conflictos humanos profundos.
2. Argumento
El cuento presenta una reunión aparentemente rutinaria entre
Mariana, su esposo José Claudio y Alberto, hermano de este.
Los tres se encuentran en el apartamento tomando café. José
Claudio es ciego, pero su ceguera no constituye el único problema de su vida.
Desde que perdió la visión se ha vuelto una persona amarga, resentida y
distante, lo que ha provocado un progresivo deterioro de su matrimonio.
Mariana recuerda cómo, en un comienzo, intentó cuidarlo y
protegerlo. Sin embargo, con el tiempo, el vínculo matrimonial se fue vaciando
de afecto.
Paralelamente, Mariana ha desarrollado una relación amorosa
con Alberto. Él se convirtió en su apoyo emocional durante uno de los momentos
más difíciles de su matrimonio y, posteriormente, ambos iniciaron encuentros
secretos.
La ceguera de José Claudio parece permitirles mantener esa
relación delante de él sin que descubra lo que ocurre. Alberto puede acariciar
discretamente a Mariana mientras José Claudio permanece sentado frente a ellos.
El relato termina cuando Mariana intenta entregarle a José
Claudio el pocillo verde que habitualmente corresponde a él. Sin embargo, José
Claudio sorprende a todos al pedir:
«No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo.»
El final revela que José Claudio probablemente ve o ha
recuperado la visión, o, al menos, que conoce perfectamente la distribución
de los pocillos. El lector comprende entonces que muchas situaciones que
parecían explicarse por su ceguera adquieren un significado completamente
diferente.
3. Estructura narrativa
El cuento posee una estructura muy cuidadosamente
construida.
A. Situación inicial
La narración comienza con un objeto cotidiano:
“Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos
verdes...”
Esta presentación parece trivial. Sin embargo, desde el
comienzo Benedetti está colocando delante del lector la clave del cuento.
Se presentan también los tres personajes que participan de
la escena: Mariana, José Claudio y Alberto.
B. Desarrollo
A través de la conversación y de los pensamientos de Mariana
conocemos progresivamente el conflicto.
Descubrimos:
- que
José Claudio es ciego;
- que
rechaza la ayuda de Mariana;
- que
se ha vuelto agresivo;
- que
el matrimonio se ha deteriorado;
- que
Mariana está emocionalmente vinculada con Alberto;
- que
existe una relación secreta entre ambos;
- que
la ceguera de José Claudio funciona aparentemente como una protección para
los amantes.
El cuento no explica todo de manera directa. El lector
debe reconstruir la historia a partir de recuerdos, gestos, conversaciones y
pensamientos de Mariana.
C. Clímax
El momento culminante llega cuando Mariana toma el pocillo
verde para entregárselo a José Claudio.
Hasta ese instante, la ceguera parece ser una certeza.
Pero José Claudio dice:
«Hoy quiero tomar el pocillo rojo.»
Ese momento modifica radicalmente nuestra interpretación de
lo anterior.
D. Desenlace
El cuento termina inmediatamente después de esa frase.
Benedetti no explica qué sucede después.
No sabemos con certeza:
- desde
cuándo ve José Claudio;
- si
ha recuperado recientemente la visión;
- si
nunca estuvo realmente ciego;
- cuánto
ha visto;
- si
conoce la relación entre Mariana y Alberto;
- qué
hará después.
Esta ausencia de explicación es deliberada.
El final abierto obliga al lector a participar activamente
en la construcción del significado.
4. El título: “Los pocillos”
El título parece insignificante, pero es fundamental.
Los pocillos funcionan en varios niveles.
Nivel literal
Son las pequeñas tazas utilizadas para tomar café.
Hay seis:
- dos
rojos;
- dos
negros;
- dos
verdes.
Nivel simbólico
Los pocillos representan las relaciones entre los
personajes y el orden aparentemente estable de sus vidas.
Cada persona tiene un color asignado en determinados
momentos. Mariana incluso cambia la distribución de los colores:
“Todos los días cambiaba la distribución de los colores.”
Ese detalle adquiere enorme importancia al final.
Cuando José Claudio elige precisamente el rojo, rompe
la distribución que Mariana había preparado.
El color rojo puede asociarse simbólicamente con:
- pasión;
- amor;
- deseo;
- peligro;
- revelación;
- transgresión.
Por eso resulta especialmente significativo que José Claudio
elija el pocillo que, en ese día, correspondía a Mariana.
No se trata solamente de escoger otra taza: es una forma
indirecta de intervenir en el secreto de Mariana.
5. El gran tema: ver y no ver
Uno de los aspectos más interesantes del cuento es que
Benedetti utiliza la ceguera física para hablar de formas mucho más
profundas de ceguera.
José Claudio no solamente tiene problemas con la visión.
También parece estar emocionalmente encerrado en sí mismo.
Mariana, por su parte, puede ver físicamente, pero durante
mucho tiempo parece no comprender completamente lo que está sucediendo en su
matrimonio.
Alberto observa a Mariana y comprende su sufrimiento.
Por eso existe una oposición constante:
|
Ver físicamente |
Ver emocionalmente |
|
José Claudio aparentemente no ve |
Pero puede percibir más de lo que los demás creen |
|
Mariana ve |
Pero no comprende del todo a su esposo |
|
Alberto ve |
Comprende el sufrimiento de Mariana |
|
Los amantes creen estar ocultos |
José Claudio puede estar observándolos |
Esta
inversión constituye uno de los principales mecanismos literarios del cuento.
6. La ceguera como símbolo
La ceguera de José Claudio tiene un valor mucho mayor que el
de una simple enfermedad.
Representa:
El aislamiento
José Claudio se ha encerrado en sí mismo.
El narrador dice:
“Se había escondido en sí mismo.”
La frase es fundamental porque transforma la ceguera física
en una ceguera interior.
El resentimiento
Después de perder la visión, José Claudio no acepta
fácilmente su situación.
Rechaza la ayuda y desarrolla una actitud agresiva.
La incomunicación
Deja de hablar de sí mismo y establece una barrera entre él
y Mariana.
La apariencia
Los demás creen saber qué puede y qué no puede percibir.
Pero el final demuestra que las apariencias pueden engañar.
7. Mariana: análisis del personaje
Mariana es probablemente el personaje psicológicamente más
complejo.
Al principio aparece como una mujer dedicada a su marido.
Ella quiere protegerlo:
“Y Mariana hubiera querido —sinceramente, cariñosamente,
piadosamente— protegerlo.”
Pero poco a poco su actitud cambia.
El cuidado comienza siendo afectuoso y termina
convirtiéndose en una obligación mecánica.
El narrador explica:
“Primero fue un decaimiento de la ternura.”
Después aparecen:
- cansancio;
- miedo;
- frustración;
- necesidad
de afecto;
- búsqueda
de comprensión;
- enamoramiento
de Alberto.
Mariana no es presentada simplemente como “la esposa
infiel”. Benedetti permite comprender cómo llega emocionalmente a esa
situación.
Esto no significa que el relato la presente como
completamente inocente. Existe una dimensión moral compleja: Mariana mantiene
una relación secreta con el hermano de su esposo.
Su conflicto es precisamente ese: ama, pero también
oculta; cuida, pero también traiciona; siente culpa, pero también necesita
afecto.
8. José Claudio: análisis del personaje
José Claudio es presentado inicialmente como:
- inteligente;
- brillante;
- lúcido;
- sagaz.
Antes de la ceguera, Mariana lo admiraba.
Después, sin embargo, aparece transformado.
Se vuelve:
- resentido;
- irónico;
- agresivo;
- distante;
- orgulloso;
- incapaz
de aceptar fácilmente la ayuda.
Su problema no es solamente la pérdida de la visión.
La verdadera tragedia es que rechaza emocionalmente a la
persona que intenta acompañarlo.
Una frase particularmente importante es:
“La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por
todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana.”
Aquí aparece una idea central del cuento: una persona
puede necesitar afecto y, al mismo tiempo, rechazarlo.
El final vuelve a transformar al personaje. De repente deja
de ser únicamente el marido ciego y se convierte en una figura enigmática.
9. Alberto: análisis del personaje
Alberto es el hermano de José Claudio.
Es descrito como:
- tranquilo;
- respetuoso;
- equilibrado;
- comprensivo;
- solitario.
Su función narrativa es fundamental porque representa para
Mariana aquello que ya no encuentra en su matrimonio: comprensión y
seguridad emocional.
Alberto escucha y acompaña.
Pero existe una contradicción moral: aunque inicialmente
parece desempeñar el papel de protector, termina convirtiéndose en el amante
secreto de la esposa de su hermano.
Esto hace que el personaje sea ambiguo.
No es simplemente “el bueno” frente al marido “malo”.
También participa de una situación moralmente problemática.
10. El triángulo amoroso
El cuento construye un triángulo:
Pero no se trata de un triángulo amoroso convencional.
Lo interesante es que los vínculos se relacionan con
diferentes necesidades:
- José
Claudio y Mariana: matrimonio, pasado compartido, cuidado, frustración.
- Mariana
y Alberto: comprensión, afecto, refugio.
- Alberto
y José Claudio: fraternidad y respeto, pero también una relación
atravesada por el secreto.
Por eso la situación resulta especialmente tensa.
Alberto está enamorado de la esposa de su propio hermano.
Y Mariana ama a Alberto mientras permanece casada con José
Claudio.
11. La relación entre Mariana y Alberto
El origen de esta relación también es significativo.
Mariana se acerca a Alberto cuando necesita:
“protección, de consejo, de cariño”
El vínculo comienza como una forma de apoyo emocional.
La propia Mariana reconoce que su amor por Alberto tuvo
inicialmente un componente de gratitud.
Esto introduce una reflexión interesante sobre el amor: ¿puede
un sentimiento nacido de la gratitud convertirse en amor verdadero?
Para Mariana, sí.
Ella considera que la gratitud fue solamente el comienzo.
Después surge una relación afectiva más profunda.
12. La ironía
La ironía es uno de los recursos fundamentales del cuento.
José Claudio parece ciego.
Sin embargo, es posible que sea justamente quien más sabe
de lo que ocurre.
Mariana y Alberto creen estar protegidos por su ceguera.
La situación contiene una ironía dramática muy poderosa:
los que creen que no son vistos quizá son precisamente
los observados.
Además, José Claudio utiliza constantemente la ironía
verbal.
Por ejemplo, cuando Alberto intenta defender las visitas de
los trabajadores, José Claudio responde con sarcasmo:
“Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo.”
Su manera de hablar revela su amargura.
13. El simbolismo de los colores
Los colores cumplen una función importante.
Rojo
Puede representar:
- pasión;
- amor;
- deseo;
- peligro;
- conflicto.
Es particularmente importante porque Mariana lo utiliza para
sí misma en la escena final.
Negro
Puede relacionarse simbólicamente con:
- oscuridad;
- muerte
de una relación;
- secreto;
- ocultamiento.
Resulta especialmente significativo que Alberto tenga ese
color en la distribución final.
Verde
Puede sugerir:
- esperanza;
- renovación;
- vida.
Es el color que Mariana había elegido para José Claudio.
Sin embargo, la elección del rojo por parte de José Claudio
destruye esa organización.
No debemos interpretar los colores como equivalencias
rígidas —Benedetti no dice explícitamente que cada color tenga un único
significado—, pero su utilización permite una lectura simbólica muy rica.
14. Los objetos como elementos narrativos
Benedetti utiliza objetos cotidianos para representar
cuestiones profundas.
Los pocillos
Representan la distribución de los papeles y relaciones.
El encendedor
Tiene un fuerte valor simbólico.
Fue un regalo de Mariana y pertenece a una época feliz del
matrimonio.
Mariana recuerda el momento en que lo estrenaron juntos.
Ahora el encendedor ya no funciona.
Esto puede interpretarse como una imagen del matrimonio:
algo que alguna vez produjo una llama ahora ha dejado de
funcionar.
Sin embargo, José Claudio se niega a tirarlo:
“No lo tiro porque le tengo cariño.”
Esta frase puede interpretarse como una posible señal de
que, pese a su resentimiento, todavía conserva algún vínculo afectivo con
Mariana y con su pasado.
15. El encendedor como símbolo de la relación
matrimonial
Este es uno de los símbolos más importantes del relato.
El encendedor:
antes: funciona → relación viva.
ahora: no funciona → relación deteriorada.
Pero José Claudio conserva el objeto.
Esto introduce una contradicción:
Aunque el matrimonio está emocionalmente destruido, el
pasado todavía existe.
El objeto funciona como memoria de una época en la que José
Claudio y Mariana fueron felices.
16. El café como elemento cotidiano
El café contribuye a crear una atmósfera de normalidad.
Todo parece rutinario:
- preparar
el café;
- encender
el mechero;
- distribuir
los pocillos;
- conversar;
- fumar.
Pero debajo de esa rutina existe una enorme tensión.
Esto es típico de la narrativa de Benedetti: lo
extraordinario se esconde dentro de lo cotidiano.
La escena doméstica funciona como una especie de escenario
teatral donde los personajes representan papeles mientras ocultan lo que
realmente sienten.
17. La importancia de los gestos
Benedetti concede mucha importancia a pequeños gestos:
- Mariana
mira a Alberto.
- José
Claudio tantea el sofá.
- Alberto
enciende el fósforo.
- Mariana
se inclina sobre la mesa.
- Alberto
acaricia el cabello de Mariana.
- Mariana
besa la palma de Alberto.
- José
Claudio permanece aparentemente ajeno.
Estos gestos construyen la tensión sin necesidad de
explicaciones directas.
El lector debe leer los gestos igual que lee las palabras.
18. El silencio
El silencio tiene un papel fundamental.
José Claudio ha dejado de hablar de sí mismo.
Su silencio funciona como una barrera.
Pero el cuento contiene una paradoja:
el personaje que menos parece comunicarse es quizá el que
más está percibiendo.
El silencio también permite que la relación entre Mariana y
Alberto se desarrolle casi delante de él.
Por eso el silencio no significa necesariamente ignorancia.
Puede significar también observación, espera y
ocultamiento.
19. La técnica narrativa
Benedetti utiliza una técnica muy eficaz: combina la escena
presente con recuerdos de Mariana.
La narración no sigue un orden estrictamente cronológico.
En el presente:
- toman
café;
- conversan;
- Alberto
está allí.
A partir de determinados estímulos, Mariana recuerda:
- el
cumpleaños de José Claudio;
- los
años felices;
- la
aparición de la ceguera;
- el
deterioro matrimonial;
- su
acercamiento a Alberto.
Esto constituye una estructura de presente + analepsis o
retrospección.
20. El tiempo
Podemos distinguir dos tiempos.
Tiempo presente
La escena del café.
Es relativamente breve.
Tiempo psicológico
Es mucho más amplio porque Mariana recuerda años de
matrimonio y acontecimientos ocurridos anteriormente.
Por eso el tiempo del cuento no coincide con el tiempo
cronológico.
Una conversación de pocos minutos permite reconstruir una
historia afectiva mucho más extensa.
21. El narrador
El cuento está narrado fundamentalmente en tercera
persona, pero existe una fuerte focalización sobre Mariana.
El narrador conoce sus pensamientos:
- sus
recuerdos;
- sus
emociones;
- sus
dudas;
- sus
interpretaciones.
El lector recibe gran parte de la información a través de la
conciencia de Mariana.
Esto es importante porque el lector sabe lo que Mariana
sabe, pero no necesariamente lo que sabe José Claudio.
Ese procedimiento permite construir el suspense.
22. El punto de vista
Predomina una focalización interna asociada a Mariana.
La perspectiva de Mariana domina el relato.
Por eso creemos inicialmente en su interpretación de la
situación.
Ella considera que la ceguera de José Claudio los protege.
El lector tiende a aceptar esa interpretación.
Pero la última frase rompe esa seguridad.
El relato demuestra así que la perspectiva de un
personaje puede ser limitada o engañosa.
23. La caracterización indirecta
Benedetti no necesita decir continuamente cómo es cada
personaje.
Los conocemos por:
- lo
que dicen;
- lo
que piensan;
- sus
gestos;
- sus
reacciones;
- la
manera en que tratan a los demás.
Por ejemplo, José Claudio se caracteriza a través de su
ironía y sus respuestas cortantes.
Alberto se caracteriza mediante su serenidad.
Mariana se caracteriza principalmente mediante sus
pensamientos y recuerdos.
24. El lenguaje
El lenguaje es:
- claro;
- cotidiano;
- coloquial;
- preciso;
- psicológico;
- cargado
de ironía.
Aparecen expresiones propias del habla rioplatense, como:
- “Esperá”;
- “Acordate”;
- “¿Qué
buscás?”;
- “podés”.
Esto contribuye a la naturalidad de los diálogos y sitúa
culturalmente el relato.
El lenguaje no es excesivamente ornamental. Benedetti
consigue intensidad mediante la precisión psicológica y la selección de
detalles.
25. El ambiente
El espacio principal es un apartamento.
No hay grandes desplazamientos.
La acción ocurre prácticamente dentro de un espacio cerrado.
Esto contribuye a la sensación de:
- encierro;
- intimidad;
- tensión;
- vigilancia.
El apartamento funciona casi como una cápsula psicológica.
Los personajes están juntos físicamente, pero emocionalmente
se encuentran separados.
26. El espacio cerrado como símbolo
El apartamento puede interpretarse como representación del
matrimonio.
Es un espacio compartido, pero dentro de él existen:
- secretos;
- resentimientos;
- silencios;
- deseos;
- recuerdos;
- traiciones.
Los tres personajes están juntos, pero cada uno vive una
realidad diferente.
27. El gran contraste: apariencia y realidad
Todo el cuento está construido sobre esta oposición.
Parece que:
José Claudio no puede ver.
Pero:
el final hace dudar de ello.
Parece que:
Mariana está cuidando a su esposo.
Pero:
también mantiene una relación secreta con Alberto.
Parece que:
Alberto está simplemente visitando a su hermano.
Pero:
está participando de una relación clandestina.
Parece que:
José Claudio está aislado y desconectado.
Pero:
puede estar mucho más consciente de lo que sucede de lo que
Mariana imagina.
La literatura del cuento se apoya precisamente en esa
distancia entre lo que parece suceder y lo que realmente podría estar sucediendo.
28. El final
El desenlace es extraordinariamente eficaz.
La frase:
«Hoy quiero tomar el pocillo rojo.»
funciona como una revelación indirecta.
José Claudio no dice:
“Ya puedo ver.”
Tampoco acusa a Mariana ni a Alberto.
Simplemente pide otro pocillo.
Pero esa petición es suficiente para que todo cambie.
El lector inmediatamente piensa:
¿Cómo sabe que el rojo está allí?
Y entonces comienza a reinterpretar el cuento.
29. ¿José Claudio ve realmente?
El texto permite diferentes interpretaciones.
Primera interpretación: José Claudio ha recuperado la
visión
Puede haber recuperado parcialmente la vista y haberlo
ocultado.
Segunda interpretación: nunca fue completamente ciego
Esta interpretación es más radical, aunque el cuento no la
confirma expresamente.
Tercera interpretación: está utilizando una información
que ya conoce
Podría recordar dónde está cada pocillo, aunque esta
explicación pierde fuerza por el modo en que Benedetti construye el final.
Cuarta interpretación: el cuento deja deliberadamente la
respuesta abierta
Esta es probablemente la opción literariamente más
importante.
Benedetti no necesita resolver el misterio.
Lo esencial es que el lector comprende que la seguridad
de Mariana era falsa.
30. ¿Qué significa realmente la frase final?
La frase puede entenderse como una especie de advertencia.
José Claudio podría estar diciendo indirectamente:
“Sé más de lo que creés.”
No necesita formular una acusación.
Su elección del color basta.
Y precisamente porque no explica nada, el final resulta más
inquietante.
31. La función del suspenso
El cuento no es un relato policial tradicional, pero utiliza
procedimientos propios del suspenso.
El lector se pregunta:
- ¿José
Claudio sabe algo?
- ¿Mariana
corre algún peligro emocional?
- ¿Alberto
sospecha algo?
- ¿La
ceguera es realmente completa?
- ¿Qué
significa la elección del rojo?
La respuesta final no resuelve todas las preguntas.
Por eso el suspenso continúa después de la última línea.
32. Temas principales
32.1. La incomunicación
Es uno de los temas centrales.
Mariana y José Claudio viven juntos, pero ya no logran
comunicarse emocionalmente.
32.2. La soledad
Los tres personajes son, de diferentes maneras, seres
solitarios.
José Claudio se encierra en sí mismo.
Alberto es presentado como solitario.
Mariana se siente sola dentro de su matrimonio.
32.3. El deterioro del amor
El matrimonio no termina mediante un acontecimiento único.
Se va deteriorando progresivamente:
ternura → cuidado → obligación → miedo → distancia →
ruptura emocional.
32.4. La necesidad de ser comprendido
Mariana encuentra en Alberto aquello que considera que le
falta en José Claudio: comprensión.
32.5. La traición
El cuento presenta una infidelidad, pero no desde una
perspectiva moral simplista.
La situación está relacionada con años de frustración,
soledad y falta de comunicación.
32.6. El orgullo
El orgullo de José Claudio le impide aceptar la ayuda de
Mariana.
Su rechazo contribuye al deterioro de la relación.
32.7. La apariencia
Los personajes creen controlar lo que los demás saben.
Pero el final demuestra que las apariencias pueden ser
engañosas.
33. Temas secundarios
También aparecen:
- la
enfermedad o discapacidad;
- la
esperanza;
- la
memoria;
- la
culpa;
- la
gratitud;
- el
deseo de protección;
- el
resentimiento;
- el
paso del tiempo;
- la
pérdida de la felicidad;
- la
necesidad de reconocimiento;
- la
fragilidad de las relaciones humanas.
34. Conflicto principal
El conflicto central puede formularse así:
Mariana se encuentra atrapada entre un matrimonio
deteriorado con José Claudio y el amor que ha desarrollado por Alberto.
Pero existe un conflicto más profundo:
los personajes son incapaces de expresar abiertamente
aquello que sienten.
Por eso el cuento está lleno de silencios, indirectas,
gestos y dobles significados.
35. Conflictos secundarios
José Claudio vs. su propia situación
No acepta fácilmente la pérdida de la visión.
Mariana vs. su matrimonio
Ya no encuentra en él satisfacción afectiva.
Alberto vs. su conciencia
Ama a la esposa de su hermano.
Mariana vs. su culpa
Quiere a Alberto, pero sabe que está traicionando a José
Claudio.
Los personajes vs. la verdad
Todos mantienen una realidad parcialmente oculta.
36. Una posible interpretación psicológica
Desde una lectura psicológica, el cuento muestra cómo una
crisis puede transformar una relación.
La ceguera de José Claudio parece provocar una profunda
herida en su autoestima.
Su reacción es encerrarse y rechazar la ayuda.
Mariana inicialmente responde con cuidado.
Pero ese cuidado, al no ser correspondido, se desgasta.
Ella comienza a necesitar también ser cuidada.
Entonces aparece Alberto.
La historia puede entenderse como una cadena:
pérdida → aislamiento → resentimiento → incomunicación →
soledad → búsqueda de afecto → nueva relación → secreto → revelación.
37. Una posible interpretación social
El cuento también puede leerse como una reflexión sobre las
expectativas dentro del matrimonio.
Mariana siente que debe ser:
- cuidadora;
- comprensiva;
- paciente;
- protectora.
Pero ella también tiene necesidades emocionales.
Benedetti plantea indirectamente una pregunta:
¿Qué sucede cuando una persona queda reducida dentro de
una relación al papel de cuidadora y deja de sentirse compañera?
El cuento no ofrece una respuesta moral sencilla.
38. La dimensión ética
La relación entre Mariana y Alberto plantea un problema
moral.
Aunque comprendemos las razones emocionales que los acercan,
ambos están ocultando una relación a José Claudio.
Además, Alberto es su hermano.
Por eso el lector puede experimentar sentimientos
contradictorios:
- comprender
a Mariana;
- sentir
simpatía por su sufrimiento;
- cuestionar
su decisión;
- comprender
a Alberto;
- sentir
rechazo hacia algunas actitudes de José Claudio;
- preguntarse
qué derecho tiene cada personaje.
La riqueza del cuento está precisamente en que ningún
personaje queda reducido completamente al papel de héroe o villano.
39. La ambigüedad moral
Benedetti evita juzgar explícitamente.
No dice:
“Mariana tiene razón.”
Tampoco dice:
“José Claudio es culpable.”
Presenta una situación compleja y deja que el lector
construya su juicio.
Esto es característico de una literatura centrada en la
psicología humana.
40. El título como clave del desenlace
Al finalizar el cuento, comprendemos por qué Benedetti
eligió como título algo tan aparentemente insignificante.
Los pocillos son un instrumento de percepción.
José Claudio puede identificar un color que aparentemente no
debería poder identificar.
Por lo tanto, el objeto cotidiano se convierte en la prueba
de que la realidad no es la que Mariana cree.
41. El número seis
También puede resultar interesante observar que existen seis
pocillos, aunque solamente tres personas participan en la escena.
Hay dos de cada color.
La duplicación puede interpretarse como una especie de
reflejo:
- dos
rojos;
- dos
negros;
- dos
verdes.
En un cuento preocupado por las apariencias, las
duplicaciones y los reflejos, este detalle contribuye a una sensación de
simetría y de doble realidad.
No debe considerarse necesariamente un símbolo intencional
por parte del autor, pero sí forma parte de la arquitectura del relato.
42. La frase “aquellos ojos no parecían de ciego”
Esta observación de Mariana aparece muy temprano y adquiere
enorme importancia después.
Ella piensa:
“aquellos ojos no parecían de ciego.”
En la primera lectura puede parecer simplemente una
observación.
Después del final, se convierte en una pista
retrospectiva.
El lector descubre que Benedetti había colocado la
posibilidad de la duda desde el principio.
43. Las pistas anticipatorias
El cuento está lleno de pequeños indicios.
Entre ellos:
- Mariana
duda de que los ojos de José Claudio parezcan de ciego.
- José
Claudio conoce detalles de conversaciones y visitas.
- Su
actitud parece demasiado consciente en ciertos momentos.
- Su
manera de comportarse no corresponde necesariamente a alguien
completamente ajeno a lo que sucede.
- Finalmente
identifica el pocillo rojo.
Estas pistas permiten que el desenlace parezca sorpresivo
pero no arbitrario.
44. La economía narrativa
Benedetti consigue contar una historia extensa utilizando
pocos personajes y un espacio reducido.
No necesita describir grandes acontecimientos.
La intensidad surge de:
- conversaciones;
- recuerdos;
- gestos;
- objetos;
- silencios;
- pensamientos.
Esto demuestra una característica esencial del cuento
moderno: la acción externa puede ser mínima mientras la acción psicológica
es enorme.
45. La atmósfera
La atmósfera comienza siendo cotidiana y relativamente
tranquila.
Pero gradualmente aparecen:
- tensión;
- incomodidad;
- nostalgia;
- tristeza;
- deseo;
- secreto;
- peligro
emocional.
Al final, la atmósfera cambia completamente.
La simple taza de café se convierte en el centro de una
situación cargada de incertidumbre.
46. Recursos literarios principales
Metáfora
La ceguera funciona metafóricamente como aislamiento y
dificultad para comprender.
Símbolo
Los pocillos, el encendedor, el café y los colores adquieren
significados adicionales.
Ironía
La situación de un hombre supuestamente incapaz de ver que
quizá es quien realmente ve constituye la ironía central.
Antítesis
Se contraponen:
- ver
/ no ver;
- amor
/ resentimiento;
- cuidado
/ rechazo;
- cercanía
/ distancia;
- apariencia
/ realidad;
- silencio
/ conocimiento.
Retrospección
Los recuerdos de Mariana interrumpen la acción presente y
explican el pasado.
Elipsis
Benedetti omite acontecimientos y explicaciones importantes,
obligando al lector a reconstruirlos.
Final abierto
La historia termina sin explicar las consecuencias.
Diálogo
Permite caracterizar a los personajes y revelar tensiones.
Monólogo interior o discurso interiorizado
Permite acceder a los pensamientos de Mariana.
47. Una característica fundamental: el lector como
detective
Aunque Los pocillos no sea un cuento policial,
Benedetti convierte al lector en una especie de investigador.
Tenemos que juntar las piezas:
encendedor + ceguera + pocillos + recuerdos + gestos +
colores + frase final.
La última pieza cambia la interpretación de las anteriores.
Esta técnica se denomina con frecuencia relectura
retrospectiva: después de conocer el final, el lector vuelve mentalmente al
comienzo y descubre nuevos significados.
48. ¿Quién es realmente el personaje que “ve”?
Esta pregunta puede considerarse el núcleo filosófico del
cuento.
José Claudio tiene aparentemente una discapacidad visual.
Mariana ve físicamente, pero no comprende que quizá su
marido sabe más de lo que ella cree.
Alberto ve y comprende emocionalmente a Mariana.
Por eso “ver” deja de ser solamente una capacidad física.
El cuento plantea:
¿Es realmente capaz de ver quien posee ojos, o quien
comprende lo que sucede a su alrededor?
49. Interpretación del final desde la perspectiva
de Mariana
Hasta el último momento, Mariana se siente segura.
La ceguera de José Claudio le permite relajarse.
Incluso piensa:
“La ceguera de José Claudio era una especie de protección
divina.”
La frase es tremendamente importante.
La ceguera, que inicialmente fue una desgracia, se convierte
para ella en una protección.
Pero la frase final destruye esa seguridad.
La supuesta protección puede haberse convertido en una
trampa.
50. El giro final
El cuento produce un giro narrativo sin recurrir a
una revelación explicativa.
La elección del pocillo rojo funciona como un golpe de
efecto.
Es una técnica muy eficaz porque:
1.
el lector cree conocer la situación;
2.
aparece un detalle aparentemente pequeño;
3.
ese detalle contradice lo que creíamos saber;
4.
todo el relato cambia de significado.
51. El final como amenaza implícita
La última frase también puede percibirse como una amenaza,
aunque Benedetti nunca la formula explícitamente.
José Claudio podría estar comunicando:
“Sé qué pocillo estás tomando.”
Y quizá también:
“Sé más de lo que pensás.”
El silencio posterior es mucho más poderoso que una
discusión.
52. ¿Por qué Benedetti no explica qué ocurre
después?
Porque explicar demasiado reduciría la fuerza del cuento.
Si José Claudio dijera:
“Los he visto durante meses y sé que son amantes”,
el misterio desaparecería.
En cambio, al limitarse a pedir el pocillo rojo, Benedetti
deja que el lector imagine:
- la
reacción de Mariana;
- la
reacción de Alberto;
- lo
que José Claudio sabe;
- lo
que sucederá con el matrimonio.
El cuento continúa en la imaginación del lector.
53. Mensaje o enseñanza
El cuento no presenta una moraleja explícita, pero permite
extraer varias reflexiones:
- La
convivencia no garantiza la comunicación.
- Una
persona puede sentirse sola incluso estando acompañada.
- El
resentimiento puede destruir una relación.
- Las
apariencias pueden resultar engañosas.
- Las
necesidades afectivas no desaparecen por las dificultades de la vida.
- Los
secretos pueden crear una falsa sensación de seguridad.
- No
siempre sabemos cuánto perciben los demás.
- Las
relaciones humanas suelen ser mucho más complejas que las categorías de
“culpable” e “inocente”.
54. Valor literario del cuento
Los pocillos es un excelente ejemplo de cuento
psicológico porque Benedetti consigue que una situación mínima contenga una
historia emocional enorme.
No necesita grandes acontecimientos.
Un café, tres personas, unos pocillos de colores y un
encendedor son suficientes para construir:
- un
matrimonio deteriorado;
- una
relación clandestina;
- un
conflicto entre hermanos;
- una
crisis personal;
- un
problema de comunicación;
- un
misterio;
- y
un final abierto.
55. Esquema de relaciones entre los personajes
Podemos representarlo así:
Pero debajo de ese esquema existe otro:
José Claudio → necesita afecto pero lo rechaza.
Mariana → necesita comprensión y protección.
Alberto → necesita afecto y compañía.
Los tres personajes son, en definitiva, personas
necesitadas de los demás, aunque sus necesidades se manifiesten de maneras
diferentes.
56. Una lectura más profunda: la ceguera como poder
La ceguera de José Claudio parece colocarlo en una posición
de vulnerabilidad.
Pero puede producir el efecto contrario.
Los demás se comportan delante de él como si no pudiera
observarlos.
Por eso la ceguera puede convertirse paradójicamente en una
forma de poder.
Si José Claudio realmente ha recuperado la visión y la
oculta, posee una información que los otros desconocen.
En ese caso, quien parecía ser el personaje más vulnerable
se convierte en quien tiene mayor control sobre la situación.
57. La inversión final de poder
Al comienzo:
Mariana y Alberto saben algo que José Claudio
aparentemente ignora.
Al final:
José Claudio parece saber algo que Mariana y Alberto
ignoran.
Se produce así una inversión perfecta:
Ellos creían observar a un ciego; quizá el ciego era
quien los observaba a ellos.
Esta es probablemente una de las claves interpretativas más
poderosas del cuento.
58. Conclusión
“Los pocillos” es un cuento sobre la dificultad de
conocer verdaderamente a otra persona.
Mario Benedetti construye una historia aparentemente
sencilla alrededor de una escena cotidiana: tres personas, café y unas pequeñas
tazas de colores. Sin embargo, debajo de esa normalidad existen un matrimonio
destruido, una relación clandestina, viejas heridas, soledad, resentimiento y
necesidad de afecto.
La ceguera constituye el gran símbolo del relato. Al
principio representa la desgracia de José Claudio; posteriormente parece ser la
condición que permite a Mariana y Alberto ocultar su relación. Finalmente, esa
misma ceguera se transforma en el centro del misterio: la elección del pocillo
rojo hace sospechar que José Claudio ve más de lo que los demás creen.
El encendedor, que alguna vez funcionó y ahora ya no,
puede leerse como símbolo de un amor matrimonial que perdió su antigua llama
pero cuyo recuerdo todavía permanece. Los pocillos, por su parte,
funcionan como objetos aparentemente insignificantes que terminan revelando una
verdad escondida.
El mayor logro de Benedetti está en que no explica el
desenlace. La última frase obliga al lector a completar la historia. De
esta manera, el cuento termina físicamente, pero continúa psicológicamente en
la mente de quien lo lee.
En definitiva, Los pocillos plantea una paradoja
profundamente benedettiana: tener ojos no significa necesariamente ver, y no
ver no significa necesariamente ignorar. La verdadera visión del cuento es
la capacidad de percibir aquello que los personajes intentan ocultar, y en ese
juego de apariencias, silencios y secretos, Benedetti convierte una sencilla
taza de café en el instrumento de una revelación.

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