El
pirata Garrapata
Juan
Muñoz Martín
Ilustraciones de Antonio Tello
Premio
«El Barco de Vapor» 1979
Premio
Doncel de Cuento Infantil 1966
Índice
1 Garrapata - La taberna del Sapo Verde - Chaparrete - El «Salmonete» .......................
2 El tonto de Carafoca - La caza del cocinero - Una bandera en el puchero ..................
3 ¡Hombre al saco! – Aspirinas en aceite - Los billetes falsos - El almirante Pescadilla - La hermosísima Floripondia ...........................................................................................
4 Juanetes y cangrejas - ¡Echad el freno! - Polvorones - ¡Conduzca por la izquierda! - Pimentón a granel - El motín de las sardinas ................................................................
5 Primer desmayo - Segundo desmayo - Fuego a bordo - Tercer desmayo - Se acaba la comida - Se acaba el agua - Cuarto desmayo ..................................................................
6 La tormenta - Otra vez los juanetes - Quinto desmayo - Ladrones de sardinas - Jugando con la pólvora ...................................................................................................
7 Hambre - Potaje de zapatos - Tocinete en peligro - El chino en peligro - Ochenta grados a la sombra - La pesca de la patata ......................................................................
8 Chocolate a la marinera - Sexto desmayo - Agujeros con sacacorchos - Ochenta pies
de agua - ¡Tierra! - En el cementerio de barcos -¡Barco a la vista! ................................
9 El barco misterioso - Setas venenosas - La armadura automática - El esqueleto del pajarito - El coco - Los fantasmas ...................................................................................
10 En busca de Carafoca - Pulpos con cloroformo - El moro Mustafá - Marineros azules - Arbustos antropófagos - Lloviendo a cántaros - Una goleta ........................................
11 Lluvia de polvorones - Preparados para el potaje - La cabeza de Garrapata - Una corbata inglesa - Sacos de ratas - Garrapata enamorado - Desmayo de Floripondia – Otro desmayo
12 Huele a traición - Juicio de guerra - Desmayo de Floripondia - Nuevo mareo - Limas y timones - El orinal - La comba - El cepillo de dientes - Los frailes capuchinos...........
13 El entierro - Pepinillos en vinagre - El lobo de mar y el cangrejo de río - La isla del Boquerón - La idem de las Tortugas - Un elefante en la sopa ........................................
14 Piernas arriba - Piedras que andan - La cueva espeluznante - Una araña gigante - El tesoro
15 Pedruscos en el cofre - Al fondo del mar - Reparto del botín - Piratas de refresco - Robo del tesoro robado - El traidor Pistolete ..................................................................
16 Garrapata contra Pistolete - Nuevo desmayo - «Salmonete II» - El almirante Nelson
- La batalla naval de la isla de las Tortugas - ¡Quemad los colchones! - La explosión...
17 La victoria - Pena de muerte - Nuevo desmayo - Londres - Adoquines en el cofre - Otra vez el «Salmonete I» - Lucha de Salmonetes - Rumbo a África - ¡Que se acaba el cuento! - ¡Que no se acaba! - Se acabó - Hasta la vista -
CAP 1
Garrapata - La taberna del Sapo Verde - Chaparrete
- El «Salmonete»
GARRAPATA era un hombre feroz
y barrigudo que tenía una pata de palo y un garfio de acero en vez de mano. Era
el terror de Londres. Tenía la nariz gorda y colorada como una berenjena y la
cara picada de viruelas. Le faltaba media oreja y llevaba un parche negro para
taparse un ojo de cristal. Por lo demás, no era demasiado feo. Vivía escondido
en una alcantarilla y sólo salía por las noches a las tabernas del puerto,
llenas de forajidos como él. Casi siempre iba a la taberna del Sapo Verde, que
tenía siete puertas, para poder huir en caso de peligro. Era el mejor jugador
del puerto. Jamás perdía. Y si perdía, pegaba cuatro tiros al que le ganaba.
Bebía mucho ron, ginebra y aguardiente, pero nunca se emborrachaba. Sólo
algunas veces lo hacía con gaseosa.
La taberna del Sapo Verde
estaba en una callejuela. Aquella noche, Garrapata estaba jugándose las
pestañas con cuatro individuos de mala catadura. Iba perdiendo una bolsa de
dinero cuando se levantó, tiró la mesa patas arriba, dio un puñetazo a un
jugador y le puso la cara del revés.
—¡Toma, por tramposo!
El jugador sacó una navaja.
Garrapata empuñó la pistola, le sacó brillo con el pañuelo, y de un pistoletazo
lo dejó tieso en el suelo.
—Me han matado —dijo el
hombre; y estiró la pata.
Garrapata sacó una carta del
zapato del muerto, enfundó la pistola y se sentó tranquilamente en una mesa. El
posadero metió al muerto en un saco y se lo llevó. Los hombres de las mesas
siguieron bebiendo y uno dijo:
—¡Qué tío! Lleva ocho muertos
esta semana.
—Eso no es nada.
—¿Por qué?
—Porque la otra semana liquidó
a dieciséis.
En ese momento, un abrigo
negro dio un puntapié a la puerta y fue a sentarse junto a Garrapata. El abrigo
llevaba una gran bufanda y un sombrero negro de ala ancha. Por debajo se veían
solamente unos zapatos.
—Buenas noches, Garrapata.
—¿Quién es usted? —dijo
Garrapata.
—Un desconocido.
—Entonces, mucho gusto en
conocerle.
—¿Jugamos una partida? —dijo
el abrigo.
—¿Al mus? ¿A las siete y
media?
—A las ocho.
—Está bien. ¡Posadero, una
barajaaa...!
El posadero trajo la baraja,
un barril de ron y dos vasos. Garrapata puso el revólver encima de la mesa y el
desconocido dijo:
—Muertos no, honorable
Garrapata.
Una multitud de curiosos se
reunió alrededor, ávidos de ver otro muerto. El posadero preparó el saco.
Garrapata disparó al aire y los curiosos salieron corriendo por la puerta.
—Gracias —dijo el abrigo.
—De nada —dijo Garrapata.
—¿Sabe quién soy?
—Sí. El jefe de policías y
ladrones, lord Chaparrete.
—¿Cómo lo ha sabido?
—Por la nariz.
—¿Qué le pasa a mi nariz?
—Que es más larga que un día
sin pan.
El desconocido se quitó el
sombrero y quedaron al descubierto una nariz de tres palmos y dos ojos
pequeñitos como cabezas de alfiler.
—¡Qué feo es usted, caramba!
—dijo Garrapata—. ¿Por qué es tan feo?
—Para asustar a los ladrones.
—Pues a mí no me asusta.
—Porque usted no es un ladrón
vulgar, usted es el hombre más criminal y más osado de Londres.
Lord Chaparrete era alto y
huesudo como un espantapájaros. Sacó un cuadernillo y un lápiz y preguntó:
—Garrapata, ¿cuántos muertos
lleva con el de esta noche?
—Cuatrocientos quince.
—¿Cuántos heridos?
—Ninguno. Yo al que mato no se
levanta.
—¿Cuántos robos?
—Trescientos veintisiete.
—¿Cuántas bofetadas?
—Tres mil ochocientas dos.
—¿Alguna cosilla más?
—Sí. Una patada en el trasero
a un guardia de la porra.
—Está bien, sumemos.
El hombre echó la cuenta en el
cuaderno y exclamó:
—¡Cuatro mil quinientos
cuarenta y seis!
—Cuatro mil quinientos
cuarenta y cinco. No exagere... —dijo Garrapata.
—Es la propina. ¿Quiere poner
aquí debajo las huellas animales?
Garrapata mojó la mano en vino
y la plantó en el cuaderno.
—¿Le pongo el pie también?
—No, basta con la mano —dijo
lord Chaparrete. Y añadió—: ¿Sabe lo que le digo?
—No, no lo sé.
—Pues que es usted el hombre
que busco. Un hombre feroz, sanguinario, ladrón, astuto, criminal, bruto, cojo,
tuerto, picado de viruelas y con un gancho tan horrible como el suyo.
—Hombre..., gracias. ¿Y para
qué quiere una fiera tan corrupia?
—Para hacerle capitán de un
buque pirata.
—¿De qué buque?
—Del Salmonete.
—¿Cuál? ¿Ese Buick que está
anclado en el puerto?
—Sí. El mismo.
—¡Pero si ya tiene capitán!
—Le mataremos y usted ocupará
su puesto.
—¡Pero si yo no he visto un
buque en mi vida!
—No importa. Usted tiene su
pata de palo, su gancho, su ojo de vidrio...
¡Será un pirata estupendo!
—¡Pero si yo no sé nadar, y
además me mareo en seguida!
—No importa. Aprenda en la
bañera de su casa.
—No tengo. Además, ¿cómo se
conduce el barco?
—Con el timón.
—¡Pero si yo no sé ni qué es
eso!
—¡Ya aprenderá! Aquí tiene varios libros: Cómo navegar en un día de tormenta, Cómo no
darse cacharrazos con los otros barcos...
—¿Y si, a pesar de todo, nos
los damos?
—Para eso, aquí tiene otro
libro estupendo: Cómo echarle un parche a un barco en alta mar.
—Está bien. Pero ¿y qué saco
yo de todo esto?
—El cinco por ciento de lo que
robemos.
—¿Es que va a ir usted
también?
—Sí. Yo iré de contramaestre.
—¿Y eso qué es?
—No lo sé, pero ya lo
aprenderemos.
—Y el cocinero, ¿de dónde lo
sacamos?
—Lo robaremos.
—¿Y los marineros?
—Los robaremos también.
—Está bien. ¿Cuándo empezamos?
—Mañana mismo. Nos
encontraremos en la taberna del Chino.
—¿A qué hora?
—A las doce de la noche.
El tonto de Carafoca - La caza del cocinero - Una bandera en el puchero
LORD CHAPARRETE desapareció y Garrapata, muy preocupado, se fue a dormir a su alcantarilla. Allí le esperaba su amigo Carafoca, un hombre sin nariz, bajo y regordete, con unos bigotes y una cara tan inexpresiva como una foca.
—Hola, Carafoca.
—Buenas noches. ¿Qué tal he
hecho el muerto hoy en la taberna?
—Muy bien, pero te has caído
antes de que sonara el tiro.
—Es verdad...
—Oye. ¿Cuántas veces te he
matado ya?
—Cuatrocientas. Y cada vez me
muero mejor.
—Sí. Pero ¿sabes que estoy
metido en un lío? —dijo Garrapata.
—No. ¿Qué lío?
—Pues que como todo el mundo
cree que soy un criminal, el jefe de policía quiere convertirme en un pirata.
—¡Qué emocionante!
—¿Emocionante? Pero si yo no
sé matar ni robar..., y, lo que es peor, no sé nadar ni he visto un barco por
dentro en toda mi vida.
Los dos hombres se echaron a
dormir, mientras miles de policías pasaban por encima de la alcantarilla
buscándolos, y miles de ratones les roían los zapatos.
Al día siguiente se dirigieron
a la taberna del Chino. Eran las doce de la noche. Chaparrete se acercó a
Garrapata y le dijo:
—¡Buenas! ¿Quién es éste?
—Carafoca. Es de confianza.
—¿A cuántos ha matado?
—A ciento ochenta y tantos.
—No está mal. Mucho gusto,
Carafoca.
—El gusto es mío, milord.
—Lo primero que vamos a hacer
es buscar un cocinero.
—Buena idea. Comer es lo
primero.
—¿Les gusta la comida china?
—No, no la puedo tragar.
—¿Por qué?
—Por las chinas.
—Pues se aguanta. Entremos en
la taberna del Chino.
Entraron en la taberna. Estaba
casi a oscuras. Un chino estaba haciendo una paella en la cocina; llevaba una
larga coleta y un kimono.
—¡Qué mono! —dijo Carafoca
tirándole de la coleta.
—¿Qué quielen los señoles?
—Nalanjitas y limones —dijo
Carafoca, dándole con el rodillo de la cocina en la cabeza.
—¡Madle mía, qué galotazo!
—dijo el chino cayéndose al suelo.
Garrapata lo metió en un saco
y cargó con él. Aprovechando la noche lo llevaron a la bodega de la taberna del
Sapo. Luego, el jefe de policía dijo:
—Vamos por el barco.
—¿Dónde está?
—Al final del puerto.
Los tres hombres corrieron
sigilosamente hasta donde estaba el barco, reparando una avería en la quilla.
Todo estaba tranquilo. En la oscuridad se veía un buick como de cuatrocientas
cincuenta toneladas, con tres palos y las velas recogidas. En la cangreja
ondeaba la bandera de Su Majestad Británica. Iba bien armado, con tres cañones
en la proa, dos a popa, siete a babor y otros siete a estribor, que podían
disparar balas de diez o doce libras, a una distancia de cinco millas. Una
escala de cuerda pendía de un costado del buque.
—¿Por dónde subimos? —preguntó
Garrapata.
—Por esa escala —replicó
Chaparrete.
—¿Y si me rompo las narices?
—Le presto las mías —exclamó
lord Chaparrete.
Garrapata comenzó a gatear por
la escala, pero, al ir por la mitad, ésta se rompió y Garrapata se dio un
morrón contra el suelo.
—¡Vaya birria de escalera!
Cuando yo sea capitán pondré una de piedra.
—¿Por dónde subimos ahora?
—dijo Carafoca.
—Por la cadena del buque.
—¿No se romperá?
—No creo.
Los tres hombres treparon por
la cadena silenciosamente, pero, al llegar arriba, Carafoca se resbaló y se
cayó de cabeza al agua.
—¡Socorroooo! ¡Que me ahogooo!
—¡Majadero! Agárrate a la
cadena del ancla y no grites. Carafoca trepó de nuevo por la cadena.
Los tres hombres se
encaramaron por el espolón y entraron en el buque.
Todo estaba oscuro. Pasaron el puente y se asomaron a la puerta
del sollado. Una luz tenue se veía al fondo de la escalera, donde se hallaba el
camarote del capitán Picatoste. Se oyó un
ruido apagado como si alguien subiese de puntillas; los tres hombres contenían
la respiración. De pronto, unas garras se clavaron en la garganta de Carafoca,
que cayó hacia atrás dando gritos sofocados:
—¡Zape, zape! ¡Demonio de
gato! ¡Fuera!
Los tres hombres, repuestos
del susto, bajaron las escaleras y se asomaron por una ventanilla iluminada.
Vieron a dos hombres inclinados sobre un mapa.
—¿Quiénes son? —preguntó
Garrapata.
—El capitán Picatoste y su
segundo, un tal Calzadilla.
Los tres hombres abrieron
despacio la puerta y, acercándose de puntillas con dos sacos abiertos, en un
abrir y cerrar de ojos metieron en ellos a los dos oficiales.
—¿Los matamos? —dijo lord
Chaparrete.
—No. Los pondremos «en
conserva».
Garrapata les dio un golpe con
el rodillo de la cocina. Los llevaron luego entre los dos a la despensa y los
encerraron con llave. Recorrieron el barco de cabo a rabo y no encontraron un
alma. El barco estaba ya reparado, pero las bodegas estaban vacías. La
tripulación, en su mayor parte, se había repartido entre otros barcos de
guerra, que habían salido para luchar contra Francia. El resto de la
tripulación estaba de permiso en la ciudad mientras acababan de reparar el
barco.
Los tres hombres volvieron al
camarote, rebuscaron por los armarios y encontraron el diario de navegación. La
fecha de salida estaba fijada para dos días después, a las doce de la mañana.
Había que buscar hombres para completar la tripulación y llenar la bodega de
víveres.
—Lo primero es encontrar una
bandera de piratas —dijo Carafoca revolviendo los baúles del capitán.
—Pues aquí sólo hay toallas y
calcetines —dijo lord Chaparrete.
—¿Hay alguna sábana? —preguntó
Garrapata.
—Sí, aquí hay una.
—Estupendo; la pintaremos de
negro.
—¿Con qué?
—Con tinta china.
Buscaron tinta china y no la
encontraron.
—Vete a la cocina y trae una
caja de betún —dijo Chaparrete.
Carafoca buscó en la cocina,
pero allí no había más que polvo, un soplillo y un paquete grande de pimentón.
—¿La pintamos con pimentón?
—¡Ni hablar! Tiene que ser una
bandera negra.
—Se me ocurre una idea —dijo
Carafoca.
—¿Cuál?
—Pescar un calamar.
—¿Para qué?
—Para cogerle la tinta. Como
es negra, servirá.
—Es verdad. ¡Estupendo!
Carafoca corrió a cubierta,
buscó un sedal, lo cebó con un poco de tabaco de mascar y lo echó al mar. Al
rato bajó corriendo muy contento y gritó:
—Ya está el calamar.
—¡Pero si eso es un besugo!
—gritó Chaparrete.
Después de muchas tentativas,
Garrapata trajo un hermoso calamar. Lo cocieron bien y metieron la sábana en el
puchero. Quedó más negra que el carbón, pero olía que apestaba.
—Ahora hay que pintar un
esqueleto en medio —dijo Garrapata.
—Basta con una calavera
—exclamó míster Chaparrete.
—¿Y con qué la pintamos?
—Con tiza.
Pintaron en medio del lienzo
una calavera feísima con unos dientes muy largos y unos huesos torcidos.
—¿Le ponemos bigotes? —dijo
Carafoca.
—Sí, es buena idea —dijo
míster Chaparrete.
Guardaron la bandera en un
baúl, bajaron del barco y se dirigieron a la ciudad.
—Vamos a cazar marineros —dijo
Garrapata.
Míster Chaparrete tocó con
fuerza un silbato y cinco o seis policías acudieron presurosos.
—A sus órdenes, míster
Chaparrete.
—Venid conmigo.
Todos juntos fueron a la
taberna del Sapo, que estaba llena hasta el tejado de hombres bebiendo vino.
CAP. 3
¡Hombre al saco! – Aspirinas en aceite – Los billetes
falsos - El almirante Pescadilla - La hermosísima Floripondia
CHAPARRETE se acercó a un
hombre, abrió el saco y dijo:
—¿Has visto lo que hay en este
saco?
—No.
El hombre asomó los hocicos, y
Garrapata, de un empujón, lo metió dentro. Así cazaron más de una docena de
incautos. Los policías de Chaparrete los llevaron al barco.
—Metedlos en la bodega —ordenó
Chaparrete.
—Vamos por más —dijo
Garrapata.
Un hombre estaba fumando en
una esquina. Carafoca le dijo:
—Si te tiras de cabeza contra
esa pared te doy diez céntimos.
—¡Vaya cosa! —y el hombre se
tiró contra la pared y quedó sin sentido.
—Metedlo en el saco y vamos
por más.
En una noche reunieron
cuarenta hombres.
—Ahora vamos por un médico
—dijo Chaparrete.
—Iremos por el doctor Cuchareta.
El doctor Cuchareta vivía en una casucha junto
a la
torre de Londres. Estaba ya en pijama para saltar a la cama cuando
sonaron unos golpes tan fuertes que se cayeron varios frascos al suelo.
—¿Qué quieren a estas horas?
—gritó asomándose a la puerta de la calle.
—Medio kilo de aspirinas en
aceite.
—Sólo las tengo en vinagre.
—Pues ¡tome!, ¡chupe del
frasco! —dijo Garrapata dándole con el rodillo en
la cabeza.
—Metedlo en el saco.
Cargaron luego en un carro las
medicinas, los armarios, la cama y hasta la mesilla de noche.
—¿El palanganero también?
—No. En el mar no hace falta
lavarse.
Por el camino encontraron a un
hombre que estaba sentado en una plaza mirando al cielo con un telescopio. El
hombre movía el cabeza desesperado.
Garrapata se acercó y le
preguntó cortésmente:
—¿Qué le ocurre, milord?
—Que hay mucha niebla y no se
ve nada.
—¿Quiere ver las estrellas?
—Sí, quisiera ver las
estrellas.
—Pues, ¡tome!
Garrapata le dio tal porrazo
con el rodillo, que el pobre hombre vio las estrellas, los satélites y los
cometas. Luego, lo cargó en el carro con telescopio y todo y dijo:
—Ya tenemos vigía.
Al día siguiente Chaparrete
quiso llenar la bodega de víveres. Acompañado de sus dos amigos llegó a una
tienda de comestibles. Sacó un fardo de billetes falsos y dijo:
—Póngame la tienda entera.
El hombre llenó veinte cajones
de chorizos, jamones, garbanzos, latas de sardinas y mil cosas más. La tienda
quedó vacía.
—¿Le pongo la balanza también?
—dijo el hombre.
—Sí, señor, y el mostrador.
En la tienda del verdulero
pasó lo mismo.
—Quiero patatas para tres años
—dijo Garrapata.
El verdulero llenó la bodega
del barco y recibió un saco de billetes falsos. Mientras tanto, el puerto
estaba lleno de actividad. Había muchos barcos que cargaban y descargaban
mercancías. El muelle estaba repleto de naranjas, plátanos, gallinas...
—«Afanad» lo que podáis
—ordenó Garrapata.
El puerto quedó
desplumado. Los obreros
embarcaban en el Salmonete carros y más carros de provisiones.
De vez en cuando, Garrapata les tiraba una bolsa de dinero para que trabajaran
más a gusto. En la bodega, Garrapata había montado una máquina de hacer
billetes falsos y tenía una habitación llena. Por la tarde llegaron los
marineros que estaban de permiso.
—¿Dónde está el capitán
Picatoste? —preguntaron.
—En el hospital.
—¿Y qué le pasa?
—Tiene el sarampión.
—¿Y quién será nuestro
capitán?
—Yo —dijo Garrapata.
—¡Vaya facha que tiene!
—murmuraron entre sí.
—Bebed, bebed a mi salud
—ordenó Garrapata.
Los marineros tomaron por su
cuenta unos barriles de ron, y a la media hora estaban durmiendo la mona.
Por la noche el buque estaba
preparado, y las bodegas repletas de víveres, municiones y pólvora para tres
años.
—¿Falta algo? —preguntó
Garrapata.
—Sí. Un herrero y un
carpintero.
Carafoca fue a cazarlos al
puerto. A medianoche, unos gritos y pataleos anunciaron que la cacería había
tenido éxito. Con una polea izaron dos sacos. De uno salió un magnífico
ejemplar de carpintero, con un serrucho en la mano. Del otro, un enorme herrero
con su yunque y su martillo.
Al amanecer, Garrapata, Chaparrete y Carafoca
se lavaron con
un dedo y
Garrapata gritó:
—¡Que venga lord Agujeta!
El sastre llegó con su metro y
sus tijeras.
—Trae corriendo los trajes de
los oficiales prisioneros —ordenó Garrapata.
—Pero, señor, si los tienen
puestos...
—¡Pues que se los quiten!
El sastre llegó con los tres
trajes.
—Arréglalos para nosotros en
un periquete.
—No da tiempo.
—Pues, como tardes, te corto
la nariz con tus mismas tijeras —rugió Garrapata.
A la media hora estaban
preparados. Los tres hombres se vistieron de repicapunta y se armaron hasta los
dientes.
—Cerremos la llave de la
armería —dijo Carafoca. Rodeados de los cinco policías, bajaron a la bodega.
—Desatad los sacos —ordenó
Chaparrete.
Los hombres que habían cogido
en la taberna salieron de su encierro, doblados como pescadillas.
—¡Formad en cubierta!
Los antiguos marineros, medio
borrachos, formaron en seguida. Los
nuevos subieron dando patadas en las paredes. El chino lloraba.
—¡Yo quielo ilme de aquí!
El doctor Cuchareta cogió su
maletín, hizo una gran reverencia y, quitándose el sombrero, dijo:
—Hasta luego. Voy por tabaco.
Carafoca lo agarró del brazo y
lo puso en su sitio.
—¡Vestíos de marineros!
—ordenó Carafoca.
Chaparrete repartió camisetas
con rayas coloradas, y un gorro.
—¿Y los zapatos? —dijo
Cuchareta.
—No hay zapatos —respondió
Garrapata.
—¡Pues vaya olor a quesos!
Garrapata se subió a un tonel y gritó:
—¡Marineros, yo soy vuestro
capitán!
—¡Hurra! —gritaron todos.
—¿Juráis obedecerme?
—Sí, hasta la muerte.
—El que no quiera seguirme,
que se marche.
Los marineros dieron media
vuelta y se dirigieron en tropel a las escaleras. Carafoca sacó la pistola y
gritó:
—¡Cada uno a su puesto, o lo
dejo frito!
Garrapata, con lágrimas en los
ojos, dio las gracias a todos por quedarse voluntariamente en el barco. Luego presentó a su segundo, Carafoca, y al
contramaestre, Chaparrete.
—Y ahora, a trabajar.
Unos marineros comenzaron a
limpiar el barco con unos cubos de agua, jabón y estropajo; otros tensaban las
cuerdas; otros sacaban brillo a la cadena del ancla. A las doce ya estaba el
barco dispuesto para zarpar. Garrapata, en su camarote, estudiaba nerviosamente
un libro muy gordo con las instrucciones para echar a andar el barco. En el
puerto había una animación enorme. La gente se había ido apiñando alrededor del
buque para verlo partir. Algunas mujeres lloraban y chillaban al ver que se llevaban
a sus hijos y a sus maridos a la guerra. A las once de la mañana, las bandas de
música atronaron el espacio y se oyó una salva de cañonazos.
—¿Qué pasa? —dijo Garrapata
temblando.
—Tenemos visita —contestó
míster Chaparrete palideciendo, mientras observaba con el telescopio una
comitiva que venía entre la muchedumbre del puerto.
—¿Quién será?
—¡Atiza! ¡El almirante
Pescadilla!
—¿Y a qué vendrá?
—A pasar revista antes de
partir.
—Yo me voy a mi pueblo —dijo
Garrapata.
—Ya es tarde, están llegando.
En efecto, unas cuantas
carrozas se paraban frente al barco, y de ellas descendían el almirante
Pescadilla y muchos oficiales con casacas de galones dorados y grandes
sombreros llenos de plumas.
—Yo me tiro de cabeza al agua
—dijo Garrapata.
—¡Ni se te ocurra!
—¿Por qué?
—Porque no sabes nadar.
—¡Es verdad! Y ahora, ¿qué
hacemos?
—Largarnos con el barco antes
de que suban.
—¡Ya están subiendo!
—Entonces, a formar.
—¡A formar! —gritó míster
Chaparrete poniéndose los zapatos y el sable a toda prisa.
Los marineros formaron sobre
cubierta y los músicos tocaron el himno del
Salmonete a bombo y platillo.
El almirante Pescadilla llegó
a la cubierta echando los bofes. Era un hombre menudito y miope que miraba a
través de gruesos cristales.
—¡A sus órdenes, almirante!
—dijo Garrapata poniéndose más tieso que el mástil.
El almirante le miró de arriba
abajo con su monóculo, y, como era tan corto de vista, le confundió con
Picatoste.
—¡Caramba! ¡Cómo habéis
crecido, querido Picatoste!
—Es que tomo pelargón todos
los días —dijo Garrapata disimulando.
El almirante empezó a recorrer
el barco seguido de sus oficiales. Como no veía tres en un burro, se dio de
narices contra una puerta, pensando que estaba abierta. Al pasar junto al palo
mayor le dio un abrazo, creyendo que era un marinero amigo suyo.
—¡Hola, Pascasio! ¿Qué haces
tú por aquí?
—Señor, no es Pascasio. Es el
palo mayor.
—¡Caramba! ¡Qué distraído soy!
Pasaron luego delante de la
despensa y abrió la puerta para ver lo que había. Se puso la lente y exclamó:
—¡Caramba! ¡Cuánta gente hay
aquí!
—Señor, no es gente. Son sacos
de patatas.
—¡Caramba, es verdad!
En ese momento, el chino, que
estaba atado en un rincón, comenzó a chillar:
—¡Socolooo, socolooo!
—¿Quién grita?
—Es el loro, señor.
—¡Caramba, si habla en chino!
—Es que ha nacido en Pekín.
El almirante Pescadilla subió
muy complacido a cubierta. Una carroza lujosa
se detenía en ese instante al pie de la escalerilla del barco. Iba tirada por siete
caballos percherones. De ella descendió
una joven hermosísima, de cabellos dorados como las espigas y dulces ojos
verdes como el mar salado. La acompañaba una señora alta y seca de unos
cuarenta años. Los lacayos empezaron a bajar baúles y más baúles y a subirlos
al barco. La joven subió graciosamente las escaleras. Pescadilla salió
corriendo a su encuentro y la besó tiernamente. Luego, dirigiéndose a
Garrapata, le dijo:
—Señor Picatoste, os presento
a mi hija Floripondia.
—A sus pies, milady. Es un
placer inmenso conoceros. La joven hizo una graciosa reverencia y dijo:
—¿Sois vos el capitán
Picatoste?
—Sí, milady —respondió
Garrapata.
—No sabía que fuerais tan feo.
—Y vos tan hermosa —añadió
Garrapata.
—A sus pies, señorita —dijo
Carafoca desde el suelo.
—¿Quién sois? —preguntó miss
Floripondia.
—Soy Carafoca.
—Os cuadra muy bien el nombre,
pues parecéis una foca.
—Y a vos el vuestro, miss
Floripondia, pues parecéis una bella flor — añadió, galante, Garrapata.
—Dejaos de cumplidos —dijo
Chaparrete—. Hay que partir.
El almirante Pescadilla abrazó
a su hija con lágrimas en los ojos y se la confió al capitán, diciendo:
—La dejo en vuestras manos,
capitán Picatoste.
—¡Pues la dejáis en buenas
manos! —murmuró Carafoca riendo por lo bajo. El almirante se sonó las narices y
añadió:
—Mi hija va a reunirse con su
prometido, lord Pistolete.
—¿Dónde está?
—En la isla de Jamaica.
—Y eso, ¿por dónde cae?
—Pero ¿es que no lo sabéis?
¡Caramba!
—Ni idea.
—Pues... según se sale, a la
derecha.
Lord Pescadilla abrazó otras
doscientas veces a su hija y, dirigiéndose a la mujer alta y seca que aguardaba
en un rincón, dijo:
—Por favor, miss Laurenciana,
cuidad mucho de mi hija.
—Así lo haré, lord Pescadilla.
El almirante, mientras la
orquesta tocaba otra vez el himno del Salmonete, quiso buscar la puerta. Se
confundió y se cayó de cabeza al mar.
CAP. 4
Juanetes y cangrejas - ¡Echad el freno! - Polvorones
- ¡Conduzca por la izquierda! - Pimentón a granel - El motín de las sardinas
LA SALIDA era a las doce. En
aquel momento eran las once y media. De pronto empezaron a oírse gritos entre
la gente. Eran los comerciantes, que se habían dado cuenta de que el dinero del
capitán del Salmonete era falso. Empezaron a subir, chillando, por la
escalerilla del barco, pero Garrapata los tiró a empujones al agua.
—¡Levad el ancla! —gritó
Garrapata a los marineros.
El ancla comenzó a subir con
gran ruido. Luego, Garrapata fue corriendo por su libro de guiar barcos y lo
abrió por la página primera.
—¡Encended las velas!
—¿Con qué?
—Con una cerilla, ¡por cien
mil diablos!
—Pues se van a quemar.
—¡Apagad las velas!
—¿En qué quedamos? —decían los
marineros corriendo de un lado para otro.
—¡Timón, cuatro grados a
babor! —gritó Garrapata.
—¡Timón, cuatro grados a
estribor! —repitió Carafoca.
—¡Soltad los juanetes! —dijo
Garrapata.
—¡Recoged los juanetes!
—repitió Carafoca.
—¡Pobres juanetes! —decían los
marineros.
—¡Desplegad las cangrejas!
—¡Replegad las cangrejas!
—Nos quedamos sin cangrejas
—decían los marineros, agotados de tanta orden y contraorden.
El viento era favorable, pero
el barco no avanzaba.
—¿Por qué no avanza el barco?
—gritó Garrapata.
—Porque no hemos soltado las
amarras.
—¡Atiza! ¡Es verdad! Se me
había olvidado. ¡Soltad las amarras!
—No se puede, están muy
tensas.
—Cortadlas con un cuchillo.
Llamad al cocinero.
El chino vino corriendo con un
cuchillo afilado y, con muchos esfuerzos, cortó las amarras. La última que quedaba
se rompió de golpe y el Salmonete salió disparado en dirección a una goleta de
guerra anclada a unas pocas brazas. Los marineros de la goleta, al ver llegar al
Salmonete, se lanzaron precipitadamente al agua. Sólo quedó sobre cubierta el capitán, porque
se mareó del susto. Garrapata se tapó los ojos y gritó:
—¡Echad el freno!
Los marineros echaron el ancla
de popa y el Salmonete, dando una brusca sacudida, pasó rozando a cuatro
centímetros de la goleta.
—¡Hurra! —gritaba la gente del
puerto agitando sus pañuelos.
El almirante Pescadilla no
perdía detalle con su anteojo, maravillado de aquella habilísima maniobra.
Garrapata, que se había caído de espaldas, se levantó, miró desde el puente y
gritó:
—¡Timón, cuatrocientos grados
a estribor!
—Señor —respondió el timonel—,
no puede ser. Son muchos grados.
—Pues quita media docena.
El barco viró en redondo y
comenzó a dar vueltas como una peonza. Algunos marineros salieron despedidos
por el aire. El chino subió furioso a cubierta y gritó:
—¡Señol Galapata, ya está bien
de vueltas!
—¿Por qué, maldito chino?
—Polque se han lompido todos
los platos.
Mandó echar otra vez el ancla
y el barco paró en seco, pero en seguida empezó a dar vueltas en sentido
contrario. Garrapata gritó entonces que enderezaran el timón y el barco quedó
quieto. Los marineros, inclinados sobre el mar, echaban la papilla. El capitán
ordenó cargar los cañones para dar la despedida.
—¿Con pólvora, señor?
—No, con polvorones.
Los artilleros cargaron los
cañones con gruesas balas y prepararon las mechas.
—¡Fuego! —grito Garrapata.
Las balas volaron por encima
del agua. La gente agachó la cabeza y una bala fue a caer en la taberna del
Sapo, llevándose la chimenea; otra entró por la ventana de la casa del
almirante Pescadilla, se metió debajo de la cama y rompió el orinal; otra cayó
en el fortín del puerto y le dio en las narices a un general. Todos los barcos
del puerto tocaron las sirenas en señal de despedida, y Garrapata y Carafoca se
subieron al sobrejuanete, saludando con su pañuelo.
—¡Basta de tonterías! —gritó
Chaparrete—. ¡Vamos a izar ya la bandera pirata!
Sacaron la bandera del baúl,
se pusieron los trajes de pirata que les había hecho Tijereta y subieron al
puente. Los marineros se quedaron con los pelos de punta y se daban pellizcos,
creyendo que estaban soñando. Garrapata mandó poner la bandera negra y cantar
un himno que había compuesto con Carafoca:
Somos terribles piratas,
cruzamos el mar salado. Siempre comemos patatas y los jueves, «bacalado».
El almirante Pescadilla se
quedó blanco como el papel al ver la bandera negra con la calavera. ¡Así que
eran piratas! Todos los barcos del puerto salieron en persecución del
Salmonete, pero no se atrevían a abrir fuego porque iba en él la hija del
almirante Pescadilla, la infortunada Floripondia. Garrapata, desde la toldilla,
se partía de risa y mandó disparar los cañones contra los barcos que le
seguían.
—¿Los cargamos con pólvora?
—¡No, con polvorones! —gritaba
Garrapata dando saltos.
Se oyó un ruido terrible y los
polvorones empezaron a caer sobre la goleta en que iba el almirante Pescadilla.
Tenía éste un puro en la boca y, cuando lo iba a encender, un polvorón le pasó
rozando y le encendió la punta.
—¡Gracias! —gritó Pescadilla.
—¡De nada! —gritó Garrapata.
El Salmonete navegaba por el
Támesis en dirección al mar. Era un barco muy velero, el más rápido del mundo.
Garrapata, desde la proa, le sacaba la lengua a Pescadilla y gritaba:
—¡Rabia, chincha! ¿A que no me
coges?
Garrapata mandó sacar de su
encierro al capitán Picatoste y a Calzadilla, les pidió perdón por las
molestias y los desató de sus ligaduras. Desayunó con ellos té y mermelada y
luego subieron a cubierta. Garrapata los abrazó con mucho cariño y respeto.
Después les dio un empujón y los tiró al agua, les arrojó las maletas y gritó:
—¡Buen viaje, amigos!
Pescadilla paró el barco para
recogerlos, mientras el Salmonete, a todo trapo, quería comerse los cincuenta
kilómetros que le separaban del mar. Garrapata iba por la derecha, cosa
prohibida en Inglaterra, y los barcos que subían hacia Londres tenían que
desviarse para no chocar.
—¡Borrico, ve por tu
izquierda! —gritaban los capitanes.
—¡No me da la gana!
De pronto, en un recodo
apareció un barco cargado de pimentón. Garrapata tocó la bocina, pero el barco «pimentonero»
no pudo virar a tiempo y el Salmonete lo partió por la mitad. El pimentón formó
una polvareda tremenda.
—Parecemos cangrejos cocidos
—dijo Carafoca sacudiéndose.
Con el choque, el Salmonete
encalló en la orilla del río.
El almirante Pescadilla lanzó
desde su barco una risotada y se preparó para el abordaje.
Garrapata mandó recoger unos
sacos de pimentón y ordenó cargar los cañones con ellos.
—¡Disparad el pimentón!
Una nube espesa y rojiza
ocultó al Salmonete. El barco pirata, amparado en ella, pudo maniobrar y
escapar río abajo.
El Salmonete siguió a todo
trapo por el río, hasta que a lo lejos se divisó el mar del Norte. Garrapata
miró por el telescopio y gritó:
—¡Uf! ¡Cuánta agua! ¿Se ha
roto una cañería?
—Es el mar, majadero —dijo
Carafoca.
Entre tanto, el chino había
puesto la mesa y tocó la campana para comer. Los marineros corrieron como una
manada de tiburones, pues hacía muchas horas que no comían. En el comedor de
oficiales se reunieron Garrapata, Carafoca y el teniente Lechuguino, sobrino de
Garrapata. En esto se abrió la puerta y apareció miss Floripondia.
—Señorita, siéntese aquí
—gritó Garrapata.
—Siéntese aquí —gritó
Lechuguino.
—Aquí, aquí —gritó Carafoca.
—Yo no alterno con piratas. Me
voy —dijo Floripondia, dando un portazo al salir.
—Mejor, así tocamos a más
—dijo Garrapata.
Mientras comían, comenzó a
oírse en el comedor de los marineros un gran ruido de cucharas que golpeaban
furiosas contra las mesas. Corrió el contramaestre y se encontró a los hombres
enfadados y todo el suelo lleno de sardinas.
—¿Qué pasa aquí? —rugió
Chaparrete.
—¡Que estamos hartos de
sardinas!
—¿Pues qué queréis?
—Merluza a la vinagreta.
—¡Cómete esa sardina! —gritó
Chaparrete a Comadreja, un marinero que había lanzado una sardina contra el
techo.
—¡Que se la coma su abuela!
Chaparrete mandó formar a toda
la tripulación sobre cubierta para dar un escarmiento general. Formaron todos,
y entonces apareció Garrapata en el puente, de muy mal humor, comiéndose una
pierna de cordero.
—¿Qué porras pasa aquí?
—Que no quieren sardinas
fritas —dijo Chaparrete.
—Pues dales boquerones.
—Tampoco los quieren.
—Entonces, ¿qué quieren?
—Merluza a la vinagreta.
—Pues dádsela —contestó
Garrapata.
Chaparrete mandó traer a
Comadreja y le ató las manos a un madero. Luego cogió el látigo de las siete
colas y preguntó:
—Comadreja, ¿quieres merluza?
—Sí.
—Pues toma.
Chaparrete le empezó a dar
zurriagazos en la espalda con todas sus fuerzas. El infeliz Comadreja gritaba y
la tripulación tenía los pelos de punta viendo retorcerse al marinero.
CAP. 5
Primer desmayo - Segundo desmayo – Fuego a
bordo - Tercer desmayo - Se acaba la comida - Se acaba el agua - Cuarto desmayo
CUANDO ya iban quince
latigazos, apareció en cubierta Floripondia, asustada por los gritos. La joven
corrió hacia el desdichado Comadreja para impedir el castigo y, arrodillándose
ante Chaparrete, gritó:
—Piedad, señor, no le peguéis
más.
El látigo cayó sobre la joven
y ésta cayó desmayada.
—¡Basta! —gritó Garrapata—.
¡Soltad al reo!
Chaparrete soltó a Comadreja
de mala gana y mandó llevar a la joven a su camarote. El teniente Lechuguino y
otros marineros la bajaron con mucho cuidado y la instalaron en su lecho. Miss
Laurenciana, al verla sin sentido, empezó a gemir y, cogiendo un paraguas, echó
a todos del camarote con cajas destempladas:
—¡Fuera de aquí, borregos,
manada de gansos! ¡Pobre Floripondia! Garrapata, mientras tanto, se encaró con
los marineros y, cogiendo el látigo, gritó:
—¿Queréis más merluza?
—¡No, no, ya no!
—¿Os gustan las sardinas?
—¡Sí, están riquísimas!
—Pues a comerlas.
Los marineros bajaron al
comedor, cogieron las sardinas de debajo de las mesas y se las comieron con
raspas y todo.
El Salmonete se adentró en el
mar. Un viento fuerte soplaba de popa. Las velas hinchadas
amenazaban rasgarse y
los masteleros de
juanete y sobrejuanete gemían
como si se fueran a partir.
—¡Arriad los juanetes! —gritó
Garrapata.
—¡Arriados los juanetes!
—gritaron los marineros.
Cuando cesó el viento,
Garrapata se sentó en una mecedora en la toldilla, sacó la pipa y mandó al
chino traer un poco de café. El chino subió con un saco cargado a la espalda y
dijo:
—Señol Galapata, aquí está el café.
—Échamelo.
El chino le echó el saco de
café por la cabeza y Garrapata salió corriendo tras el chino. Este se encaramó
por el palo mayor, pero Chaparrete subió detrás de él, lo cogió por la coleta,
le hizo bajar y levantó el látigo de las siete colas.
—¿Qué vas a hacer? —dijo
Garrapata.
—Darle sesenta y seis
latigazos.
—Son muchos; dale seis.
—Le daré siete.
—¡He dicho seis!
—¡Cinco! —dijo Carafoca.
—¡Cuatro! —gritó Lechuguino.
—¡Tres! —dijo miss
Laurenciana.
—¡Dos! —gritó el loro.
—¡Uno! —imploró miss
Floripondia, llorando.
—¡Ninguno! —dijo el chino,
dando un salto y escapándose.
El látigo empuñado por
Chaparrete se abatió sobre Floripondia, que cayó al suelo desmayada.
—¡Bruto! —gritó Garrapata,
dando un puñetazo a Chaparrete.
El teniente Lechuguino bajó a
la desdichada Floripondia a su camarote. Miss Laurenciana se tiraba de los
pelos y amenazaba a todos con el paraguas:
—¡Os ahorcarán a todos!
Los marineros se sentaron en
cubierta y se pusieron a fumar. Garrapata, que estaba muy enfadado, dio una patada
en el suelo y gritó:
—Aquí sólo fumo yo.
Los hombres tiraron los
cigarros y Garrapata mandó clavar en las paredes unos letreros que decían: «Se
prohíbe fumar», «Se prohíbe estornudar», «Se prohíbe rascarse». Los marineros
estaban hartos. Comadreja dijo:
—¡Nos van a prohibir hasta
hacer pipí!
Garrapata ató al chino con la
coleta a la pata de su cama, y de cuando en cuando le daba con el cinto.
Una noche, un humo terrible y
un calor insoportable despertaron a todos.
—Se habrán quemado las judías
—dijo Carafoca.
—¡Fuego, fuego! —gritó
Chaparrete, corriendo hacia el puente.
Garrapata tocó la campana y
los marineros acudían alocados, en calzones.
—¡Coged los cubos!
Los marineros cogieron los
cubos.
—¡Llenadlos de agua!
Por medio de sogas cogían agua
del mar y una fila de marineros se pasaban los cubos de uno a otro. Al abrir la
escotilla mayor, una llamarada surgió en la noche.
—¡Cerrad la escotilla!
El capitán mandó cerrar todas
las escotillas y tapar los resquicios con brea para que el fuego se extinguiese
por falta de aire. Floripondia se
había desmayado y miss Laurenciana la subió a la toldilla para respirar
aire puro. Los marineros sacaron de la despensa unos barriles de carne, otros
de bizcochos y una vaca que tenían atada y que se llamaba Filomena.
Al amanecer apenas se podía
entrar en el interior del buque. Miss Laurenciana
preguntó al capitán:
—¿Qué pasa, señor Garrapata?
—Que se han quemado las
judías.
—¡Pues vaya humo!
A miss Floripondia la
instalaron en un camarote de popa, y los marineros pusieron sus colchonetas en
el puente y en la toldilla. Por la noche se oían crujidos de maderas quemadas.
Algunas ratas salían despavoridas con el rabo chamuscado. Aquellos días, el
gato se hartó de comer ratas asadas.
El fuego lento seguía minando
el buque. Dos marineros bajaron a la despensa por la noche, pues tenían hambre.
—¿Queda algo? —preguntó
Garrapata.
—No. Todo se ha estropeado.
El chino hizo una cocinilla en
el puente y allí asaba algún pez volador que cogía con el paraguas cuando
cruzaba volando sobre cubierta. Una tarde pescó un bonito en escabeche, que
hizo las delicias de todos. Garrapata revisó las provisiones y se quedó
asustado.
—Queda un barril con cien
libras de bizcochos.
Carafoca hizo el cálculo con
los dedos y tocaba a un cuarto de libra por persona durante diez días.
—¿Cuánta carne salada?
—preguntó Carafoca.
—Otras cien libras —calculó el
chino.
—Pocas libras para tantos
dientes...
—También queda un barril de
aceitunas.
—Eso, para aperitivo —dijo Carafoca.
—¿Qué tal andamos de agua?
—Muy bien. Fíjate toda la que
hay —dijo Carafoca señalando el mar.
—Bobo, esa es salada.
—¡Y yo qué sabía! Entonces
sólo tenemos dos barricas.
—¿Cuánto toca por cabeza?
—dijo Garrapata.
—Medio litro al día.
—¡Pocos litros son ésos!
—¡Tenemos hambre! —gritaban
los marineros.
—Pues yo os hartaré a trabajar
—dijo Garrapata—. ¡A barrer el barco! Los marineros barrieron el barco.
—¡Mojad la cubierta!
Los marineros echaron cubos de
agua para refrescar las tablas.
—¡Apagad el fuego!
Los marineros abrieron un
agujero en el suelo, pusieron en él un embudo y empezaron luego a echar cubos
de agua.
—¡Echad más cubos!
—Vamos a secar el mar
—protestaron los marineros hartos de tanto trabajo.
—¿Estáis hartos ya? —rugió
Garrapata.
—Sí, estamos hartos.
—Pues todos a la cama.
Los días fueron pasando. El
fuego seguía su lenta labor en la bodega del barco. El agua que echaban por el
embudo era insuficiente para sofocarlo. Una mañana, miss Laurenciana preguntó:
—¿Apagaron ya las judías?
El capitán se rascó la cabeza
y tuvo que decir la verdad:
—Milady, este humo no es de
las judías.
—¿Pues de qué es?
—De la bodega. Se ha
incendiado.
—¿Y por qué no lo apagan de
una vez?
—Porque no se puede. Si
abrimos la escotilla, el fuego quemará las velas y los mástiles en un
santiamén.
—Entonces, ¿qué esperan?
—Que se apague solo.
Miss Floripondia, que había
escuchado desde su camarote la conversación, dio un grito y cayó desmayada.
6 La tormenta -
Otra vez los juanetes - Quinto desmayo - Ladrones de sardinas - Jugando con la pólvora
POR LA noche, el horizonte se
pobló de luces azules. Se acercaba una tormenta. Aún no se oían los truenos.
Sobre el mar rodaban nubes de vapor y aquello parecía una caldera cuando
empieza a hervir. El mar, no obstante, era todavía una balsa de aceite, pero
poco a poco se fue agitando. Garrapata fue por su Manual de conducir barcos y a
la luz de una vela estudió el capítulo de las tormentas.
—¡Arriad las velas! —gritó
Garrapata.
Los marineros se precipitaron
a las drizas y enrollaron las velas para que el viento no hiciera zozobrar el
barco.
—¿De dónde viene el viento?
—preguntó Garrapata. Carafoca sacó el pañuelo, lo observó atentamente y dijo:
—De muy lejos.
—¡Cinco grados a babor!
—ordenó Garrapata.
—¡Cinco gramos de jamón!
—repitió Carafoca.
Un viento huracanado comenzó a
soplar, y Garrapata, sin perder su sangre fría, consultó el libro y gritó:
—¡Ponerse a la capa!
—¡Ponerse las capas! —repitió
Carafoca. Los marineros se pusieron las capas.
—Majaderos, he dicho ponerse a
la capa.
—¡Ah, bueno, eso es otra cosa!
Los marineros hicieron girar
el barco, poniendo la proa al norte para resistir el viento. Como las bodegas
del Salmonete iban muy cargadas y, por tanto, el centro de gravedad era muy
bajo, el barco empezó a cabecear y los mástiles a gemir. La quilla crujía. Era
necesario levantar las velas altas.
—¡Desplegad los juanetes!
—gritó Garrapata.
—¡A rascarse los juanetes!
—repitió Carafoca.
Los marineros se quitaron los
zapatos, y el capitán se puso hecho una furia.
—¿Qué hacéis?
—Rascarnos los juanetes.
—He dicho que despleguéis los
juanetes —rugió Garrapata.
—¡Ah, bueno, eso es otra cosa!
—dijeron los marineros, precipitándose a las jarcias.
Con las velas altas, el barco
se estabilizó. De pronto, un trueno horrible sonó sobre el barco y una luz
brillante iluminó todo el mar.
—¡La tormenta! —gritó el
hombre del anteojo desde la cofa—. ¡Que viene la tormenta!
—Ya lo sabemos —chilló
Carafoca.
—¡Agarraos a las cuerdas!
—ordenó Garrapata.
Una ola más grande que una
montaña cayó sobre el barco como el puñetazo de un gigante. Después, la nave
fue levantada como una cáscara de nuez a lomos de la ola y se inclinó más de
cuarenta grados en el abismo.
—¡Los barriles! —gritó
Garrapata.
Los barriles rodaron por la
cubierta y se precipitaron al mar. Carafoca dio un salto, pero sólo pudo coger
una tapadera. Un viento huracanado se estrelló de pronto contra el barco.
—¡El huracán! ¡Que viene el
huracán! —gritó el del anteojo.
—¡A buenas horas, mangas
verdes! —gritó Carafoca. Un golpe terrible hizo un siete en los juanetes.
—¡Mi sombrero! —gritó miss
Floripondia.
Carafoca dio
un salto y sólo pudo
coger la cinta.
El sombrero quedó colgado en el palo mayor.
—¡Arriad los juanetes! —ordenó
Garrapata.
—¡Arriados los juanetes!
—respondieron los marineros.
El viento entraba por las
tablas del casco y atizaba el fuego como un soplillo. Los rayos seguían
brillando. Uno cayó sobre el barril de carne salada, y la carne quedó asada a
la parrilla. Otro cayó encima de un marinero y lo partió por la mitad.
La tempestad cedió de pronto y
salió la luna.
—¡La luna! —exclamó Calabacín,
el del telescopio.
—Voy a pasar revista —dijo
Garrapata.
—Faltan tres marineros
—observó Carafoca.
—¿Dónde están?
—A uno lo partió un rayo
—afirmó Carafoca.
—Otro salió volando con el
huracán —añadió Chaparrete.
—¿Y el otro?
—Se lo llevó una ola, señor.
—¿Y Floripondia? —preguntó
Garrapata, colorado.
—Está mareada.
—¿Han quedado provisiones?
—Sólo un barril de carne asada
a la parrilla.
—¿Asada? —se extrañó
Garrapata.
—Sí..., por el rayo.
—¿Y el barril de bizcochos?
—Se lo llevó la ola.
—¿Y las barricas de agua?
—Salieron trotando. Sólo queda
una.
El barril de aceitunas seguía
allí, pero las aceitunas habían volado. Sólo quedaban los huesos.
—¿Quién se ha comido las
aceitunas? Nadie respondió.
—¿Y las sardinas?
La caja de sardinas no
aparecía por ninguna parte, pero los rincones estaban llenos de raspas.
—Habrá sido el gato —dijo
Carafoca.
—Coged las escobas —ordenó
Garrapata. Los marineros cogieron las escobas.
—¡Escobas a babor!
Los marineros empezaron a dar
escobazos, mientras el gato corría a la otra banda del barco.
—¡Escobas a estribor!
Los escobazos cayeron a
estribor, y el gato subió por el palo de mesana y se refugió junto a la
bandera. La caja de sardinas apareció junto al timón, pero faltaban la mitad.
Garrapata dividió las provisiones que quedaban para que durasen veinte días.
—Cada uno comerá la mitad de
cuarto de carne —dijo Garrapata.
—¡Pues nos vamos a indigestar!
—comentó Carafoca.
El agua también se racionó, y
Garrapata, después de hacer sus cálculos, dijo:
—Cada día nos tocará a una
cucharada.
—Es suficiente —dijo
Comadreja—. Nos podremos lavar hasta los pies.
La bodega seguía en su lenta
combustión. La madera crujía como si se estuviesen asando castañas.
—Poned más embudos.
Los marineros llenaron la
cubierta de agujeros. Pusieron un embudo en cada agujero, y no paraban de echar
agua del mar por ellos. Habían pasado quince días desde que empezó el incendio.
—Si encontráramos tierra...
—dijo Garrapata, mirando al horizonte.
—¡Tierra a babor! —gritó
Carafoca.
—¿Dónde?
—¡Ahí, en ese tiesto! ¡La he
encontrado yo!
Garrapata, furioso, le dio la
espalda y se fue a su camarote muy preocupado.
El fuego era tan intenso que
no se podía pisar sobre cubierta.
—Va a explotar la pólvora
—dijo de pronto Comadreja.
—Vamos a tirarla al agua
—dijeron los marineros, asustados.
—No —repuso Garrapata.
—¿Por qué?
—Por si nos atacan. ¿Cómo nos
defenderemos?
—A puñetazos —respondió
Comadreja.
Los marineros no quedaron muy
convencidos.
Una noche, Comadreja y otros
amigotes se levantaron sigilosamente, quitaron la llave a Garrapata, que dormía
como un ceporro, y se dirigieron a la santabárbara.
—¡Maldita sea! ¡Si es la llave
de la despensa! —exclamó Comadreja.
—Lompamos la puelta —dijo el
chino.
—Sí, sí, a patada limpia.
Cuando saltó la puerta,
cogieron un saco de pólvora y se lo llevaron arrastrando.
—¡Alto! —gritó Garrapata.
—¡Bajo! —rugió Comadreja.
Garrapata agarró el saco por
una punta mientras Comadreja lo agarraba
por la otra. La mitad de la
tripulación tiraba de cada lado del saco.
—Yo voy con Garrapata
—chillaban unos.
—Yo voy con Comadreja
—chillaban otros.
—Yo no voy con ninguno —dijo
Cuchareta, sentándose encima del saco.
—¡Trae los huesos! —ordenó
Garrapata, en voz baja, a Carafoca. Carafoca fue por los huesos de aceituna.
—Échaselos a los pies —sugirió
Garrapata.
Los de Comadreja resbalaron y
cayeron patas arriba. Garrapata guardó el saco otra vez, y ordenó:
—Carpintero, clava la puerta.
A Comadreja le dio un pescozón
y le castigó a cinco días de calabozo en el palo de mesana.
CAP. 7 - Hambre -
Potaje de zapatos
- Tocinete en peligro - El chino en peligro - Ochenta grados a la sombra - La
pesca de la patata
PASABA el tiempo y el hambre
apretaba. Por la mañana, Garrapata mandaba repartir las raciones.
—Ponelos en cola —ordenaba el
chino.
—¿A cuánto toca?
—A un moldisquito de calne.
Los marineros, con las narices
dilatadas, se abalanzaban sobre su ración y la devoraban como fieras.
—Despacio. Hay para todos
—gritaba Garrapata.
—Tenemos sed —protestaban los
marineros.
El chino tomaba el barril y
repartía una cucharada de agua por barba.
—¡Bebedla a sorbitos! —decía
Garrapata.
—Sí, no sea que os ahoguéis
—se burlaba Comadreja.
Una noche oscura, cuando todos
roncaban, unas sombras avanzaron por entre las colchonetas.
—¿Quién va? —preguntó, medio
en sueños, Garrapata.
—Unas sombras —respondieron
las sombras.
Garrapata se volvió a dormir. Unas voces terribles le despertaron.
Comadreja, el chino y otros cuantos se disputaban la carne del barril.
—¡Atrás! —gritó Garrapata.
—¡Adelante! —rugió Comadreja.
Los hombres, como una manada
de chacales, daban feroces dentelladas en la carne.
—¡Ay, que me has mordido a mí!
—gritó el doctor Cuchareta.
Garrapata y Carafoca se
abalanzaron también, para no quedarse sin nada de carne.
—¡Allá voy! —gritó miss Laurenciana,
abriéndose paso a paraguazos.
—¡Qué canallas! ¡Se han comido
hasta el barril!
Al día siguiente, los marineros hicieron perezosamente la digestión. Pero a los dos días, el hambre excitó de nuevo a los piratas.
—Me pica el estómago —dijo
Comadreja.
—Pues ráscatelo —le respondió
Cuchareta.
—¡Una rata! —gritó Carafoca.
—¿Dónde?
—Debajo de esa cesta.
—¡Zafarrancho de combate!
—ordenó Garrapata.
Una multitud de brazos y
piernas se lanzaron contra la pobre rata.
—¡Ha subido por el palo mayor!
—¡A por ella!
—¡La cogí, la cogí! —gritó
Comadreja desde lo alto, junto a la bandera. Comadreja se tiró al mar y se la
comió tranquilamente. El gato estaba asustado al ver las miradas torvas de los
marineros.
—¡Qué gordo está él! —comentó
Comadreja un día.
—¡Y qué flacos nosotros! —dijo
Carafoca.
—Como que se come «nuestras»
ratas —dijo Cuchareta.
—¡A por él!
El gato se subió a la cofa y
sacó las uñas. Comadreja y sus secuaces se presentaron ante Garrapata y
dijeron.
—Queremos la vaca Filomena.
—No hay vaca —dijo Garrapata—.
Comed sardinas.
—¡Antes la muerte!
El barco siguió a la deriva.
El viento se inclinó a suroeste y el Salmonete marchó ligero, dejando una larga
estela. Las velas iban todas desplegadas, y el sastre Tijereta cosió con hilo los
sietes de los juanetes. Una mañana, los
hombres, hambrientos y con terribles dolores de estómago, encendieron fuego y
pusieron a cocer los zapatos y las botas. El chino llenó la cacerola con agua
del mar, echó unas hojitas de laurel y un poco de pimentón y sirvió la mesa.
Los marineros devoraron los zapatos, dejando sólo los clavos. El plato estaba
exquisito, pero los zapatos se acabaron en unos días. Los últimos fueron los de
miss Floripondia, que estaban tiernos y sabrosísimos. Los marineros echaron
mano de los cinturones, de las carteras y de los sombreros de cuero que, bien
cocidos y sazonados, aliviaron no poco el hambre. Pero todo se acabó. Una
tarde, Comadreja, en un ataque de hambre, empezó a morder el palo mayor; daba
terribles dentelladas y masticaba frenéticamente la madera.
—¿Está buena? —preguntaron los
marineros. Y se lanzaron contra el palo y empezaron a morderlo vorazmente.
—¡Atrás! —gritó Garrapata,
restallando el látigo.
—¡Adelante! —gritó furioso
Comadreja, dando una feroz dentellada en el palo.
Había peligro de que el palo,
carcomido por aquellos feroces mordiscos, se viniera abajo. Afortunadamente,
los marineros cesaron en su intento. Algunos se revolcaban en el suelo atacados
por agudos retortijones.
—¡Comed sardinas! —gritaba
Garrapata.
—¡No, antes la muerte!
Mientras tanto, la sed
atormentaba a la tripulación más que el hambre. El calor apretaba cada vez más,
pues el barco iba derivando hacia el sur y era pleno verano. La lengua estaba
reseca, las encías y el cielo de la boca parecían de cartón. Hacía un calor
horrible.
—¿Cuánto marca el termómetro?
—preguntó Garrapata.
—Ochenta grados a la sombra
—gritó Cara-foca.
—Debe de estar estropeado
—observó el capitán.
—No; es que estaba en la
bodega, junto al fuego.
Garrapata quiso doblar la
ración de agua aquel día y se quedó perplejo: el agua había descendido
notablemente.
—Se habrá evaporado —dijo
Comadreja.
—No; alguien se la ha bebido.
—Imposible. La tapa tiene un
candado.
—Es rarísimo —dijo Garrapata.
El capitán descubrió un
agujero en un lado del barril. Alguien lo había abierto y lo había disimulado
después con un tapón.
—¡Miserable! ¿Quién habrá
sido?
Garrapata repartió el agua que
quedaba y llenó el barril con agua del mar. Por la noche, una sombra se deslizó
por cubierta, se acercó al barril y se tumbó junto a él. Primero se oyó un
gluglú y luego, de pronto, un grito horrible:
—¡Está salada!
Era Comadreja. Garrapata le
dio unos latigazos y gritó:
—¿Eras tú el que se bebía el
agua?
—Sí. Estoy sediento. Tú tienes
la culpa.
—¿Por qué?
—Porque nos has traído aquí a
la fuerza, canalla.
—¡Cállate!
—¡No quiero! Los demás son una
manada de borregos, pero yo no.
—¡Queremos la vaca! —gritaron todos, amenazando a los oficiales
con martillos, serruchos y ganchos.
—Venid por ella —exclamaron
los oficiales, sacando las pistolas.
Los marineros se retiraron, y
Floripondia se puso de rodillas y suplicó a Garrapata:
—Señor. Dadles la vaca para
que coman.
—No, milady. La vaca es aquí
una persona más. Tiene derecho a vivir como los demás.
—Comed sardinas fritas —ordenó
Garrapata.
—¡No, antes la muerte!
—gritaron los marineros, formando un corro junto al timón y empezando a
discutir. De pronto, Tocinete, un marinero grueso y sonrosado, echó a correr
presa del pánico.
—¡Que me comen! ¡Que me comen!
Comadreja, con los ojos fuera
de las órbitas, corría detrás de él y le dio un mordisco en un brazo. Los demás
corrían gritando, abriendo y cerrando la boca.
Garrapata disparó al aire y
los hombres, hambrientos, se desparramaron por los rincones. Tocinete tuvo que
refugiarse junto a la vaca, y los tres oficiales y el contramaestre no cesaban
un momento de montar la guardia con las pistolas cargadas. Por la noche,
Comadreja reunió a sus más íntimos detrás del castillo de proa y preguntó:
—¿Y si cazamos al chino y nos
lo comemos?
—Debe de estar muy duro —dijo
el carpintero.
—No importa. Lo coceremos con
sal.
—Buena idea —dijo el herrero,
cogiendo un martillo.
Los marineros avanzaron
cautelosamente, amordazaron al chino y prepararon la cacerola. Encendieron
fuego y llenaron la olla con agua del mar. Después metieron en ella al chino y
dijeron:
—Estáte quieto. Vamos a jugar
a un juego.
—¿A cuál?
—Al de los antropófagos.
—¿Y eso qué es?
—Pues nada, que te cocemos y
luego te comemos.
—¡Socoloooo! —gritó el chino,
dando un salto.
Los marineros corrieron detrás
de él, hasta que salió Garrapata y puso orden a pistoletazo limpio. El chino se
escondió junto a la vaca y la noche transcurrió sin más incidentes. Por la
mañana, Garrapata mandó traer un sacacorchos y ordenó:
—Haced un agujero en la
cubierta.
—¡Qué tontería! —gritaron
todos.
—¡Haced un agujero, he dicho!
El carpintero hizo un agujero
y por allí empezó a salir humo, como si fuera una chimenea.
—Traed un hilo y un anzuelo.
—¿Qué va a pescar?
—Patatas asadas.
La bodega estaba llena de
patatas que, por efecto del fuego, debían estar asadas. En efecto, Garrapata
comenzó a sacar patatas, que los hombres devoraban con avidez. Todo el día
siguió la pesca milagrosa, y la comida no se interrumpió desde la mañana a la
noche.
—Nos vamos a empatatar —dijo
Comadreja.
—¡Ojalá no nos falten!
—replicó un marinero llamado Lechuza Flaca, que tenía el sobreapodo de «el
Gafe», porque siempre traía mala pata. Nada más decir esto se oyó un estrépito
en la bodega y salieron chispas del agujero. Garrapata sacó una patata y gritó:
—¡Está quemada!
Sacó otra y salió negra.
Parecía un trozo de carbón. Toda la noche resultó infructuosa la pesca. El
fuego había requemado la única comida que parecía inagotable.
—¡Maldito Gafe! —gritó
Comadreja.
CAP. 8-
Chocolate a la marinera -
Sexto desmayo - Agujeros con sacacorchos - Ochenta pies de agua - ¡Tierra! - En
el cementerio de barcos - ¡Barco a la vista!
GARRAPATA no se desanimó. Mandó
echar una cuerda por el costado del buque, se descolgó y llegó casi hasta el
nivel del agua. Sacó un sacacorchos del bolsillo, hizo un agujero y empezó a
salir un chorro de chocolate. Era el que estaba almacenado en la bodega y que
se había derretido con el calor. Garrapata puso un grifo que se pudiera abrir y
cerrar, y llenando un caldero, mandó subirlo a cubierta. El carpintero hizo
serrín con la lima y el chino hizo tortas de serrín para comerlas con el
chocolate.
—¡Se acabó el hambre! —gritó
Carafoca.
—¿Para cuántos días habrá
chocolate? —preguntó miss Laurenciana.
—Supongo que para un mes;
llevamos unas novecientas libras en la bodega.
El buen humor contagió a toda
la tripulación. El chino repartió las tortas de serrín y puso los platos para
el chocolate. Garrapata sirvió galantemente a miss Floripondia.
—Gracias, mi querido capitán.
Garrapata se puso colorado
hasta las orejas y casi se le cayó el caldero. Repartió el chocolate y dijo:
—Tomadlo. Ahora subiremos más.
Los marineros se lo tragaron
de un golpe, pero por poco echan los hígados.
—¡Está salado como perros!
—¡Qué porquería! —gritó miss
Laurenciana, poniéndose amarilla y luego verde.
El agua vertida en la bodega,
al mezclarse con el chocolate, le había comunicado su sabor amargo. Los
marineros, abatidos, tiraron el chocolate y las tortas de serrín al agua.
Garrapata abrió el grifo del
chocolate y el barco iba dejando una estela color marrón que se disputaban los
tiburones con avidez.
—¡Que aproveche! —gritó
Comadreja, tirándoles a la cabeza las tortas de serrín.
Mientras tanto, el buque
amenazaba con arder de un momento a otro. Grandes chasquidos sonaban en el
interior. Comadreja corrió hacia la chalupa, largó las trapas y sacó la
embarcación fuera del barco. Los
marineros se lanzaron hacia la canoa, y diez o doce maniobraron las poleas y se
descolgaron al mar.
—¡Cobardes! —gritó Garrapata.
En el Salmonete todo era
confusión. Miss Floripondia cayó sin sentido en brazos de su aya.
—¿Y si echáramos el barco a
pique? —dijo Chaparrete.
—Es verdad, así se apagaría el
fuego —dijo Carafoca.
—¡Imbéciles, y nos ahogaríamos
todos! —rugió Garrapata.
El capitán ordenó a varios
hombres que se lanzaran al agua y abrieran unos agujeros en el casco. Los
marineros se tiraron y abrieron quince boquetes con el sacacorchos.
—¡Ya entra el agua! —gritaron.
El barco empezó a hundirse en
el mar.
—¡Que nos hundimos! —gritó
Carafoca.
—¡Poned unos tapones en los
agujeros! —ordenó Garrapata. El agua cesó de entrar.
—¡Abrid la escotilla!
Un humazo negro salió por la
abertura.
—Bajad a la bodega y
limpiadla.
Las balas de algodón estaban
casi quemadas. Había mucha agua.
—¡Todos a las bombas! —ordenó
Garrapata. Carafoca fue al polvorín y trajo varias bombas.
—¿Qué haces, majadero?
—Traer bombas.
—¡De cañón, no! ¡Bombas de
agua! —rugió Garrapata.
Las bombas de achique
empezaron a trabajar. El agua salía a chorros por una manga, pero Carafoca, en
vez de echarla al mar, la volvía a echar a la bodega. Garrapata le regañó
severamente.
—¿Cuántos pies hay de agua?
—preguntó Garrapata.
—Ocho pies y una mano —dijo
Chaparrete.
—Son muchos pies. ¡Pegadle
fuerte a las bombas!
Los marineros se partían los
riñones dando a la manivela. Las bombas se taponaron con el algodón quemado.
—¡Traed los cubos!
Carafoca repartió cincuenta
cubos. Unos estaban llenos de agujeros, otros no tenían fondo. A las cinco, los
marineros que habían huido en la chalupa volvieron, al ver apagado ya el fuego.
—¿Hay que trabajar? —preguntó
Comadreja.
—Sí.
—Pues entonces nos vamos otra
vez. Garrapata se enfureció:
—¡A trabajar, gandules!
—¿Cuántos pies hay? —preguntó
Garrapata.
Carafoca empezó a contar los
pies de los marineros y gritó:
—Ochenta, sin contar los del
gato.
Garrapata sacó el látigo de
las siete colas y animó a los marineros.
—¡A trabajar, gandules, que
nos hundimos!
A las cinco de la mañana sólo
quedaban dos pies, los pies de Carafoca, que trabajaba como un negro. Los demás marineros se estaban comiendo las
gallinas y conejos asados que encontraron en la bodega.
El carpintero puso unas tablas
que faltaban y el barco pasó el peligro.
—¿Cuántos días llevamos en el
mar? —preguntó Garrapata.
—No sabemos. Se ha quemado el
calendario.
El barco, con viento
favorable, corría como una liebre en dirección suroeste.
—¿Dónde estaremos? —dijo Chaparrete.
—A lo mejor, en el desierto
del Sahara —dijo Garrapata.
—No puede ser. ¿Y los
camellos? No veo ninguno.
—Yo vi uno ayer —exclamó
Garrapata.
—¿Cómo era? —preguntó
Carafoca.
—Tenía ocho o diez patas —dijo
Garrapata.
—¿No sería un pulpo?
—Sí, eso es, un pulpo a la
marinera.
—Entonces, está claro: estamos
en el mar.
—Sí, pero, ¿en qué mar?
—En el mar Muerto —supuso
Carafoca.
—Pues no se ve ningún
esqueleto.
—Entonces será el mar Negro.
—Tampoco se ve ningún negro.
—Entonces, ¿dónde estaremos?
—dijo Garrapata.
—¡Caramba! Usted
es el capitán, usted debería
saberlo —protestó Comadreja.
—¡Y yo qué sé! Como no hay
ningún letrero...
En ese momento, el vigía gritó
con voz estentórea:
—¡Tierra a babor!
Los marineros empezaron a
saltar. Todo eran abrazos.
—¡Tiela, tiela! —gritó el
chino, abrazándose a Tocinete.
Comadreja, el taimado
Comadreja, dio un apretón de manos al capitán y, con lágrimas en los ojos,
gritó:
—¡Al fin comeremos!
Luego abrazó a la vaca y le
dio un beso en los morros.
Efectivamente, a unas siete
millas se veía una masa confusa; parecía una mancha en el océano. Garrapata
pidió el telescopio y pudo observar algo así como unos árboles verdes que
sobresalían un poco sobre el nivel del mar.
—¡Cinco grados a babor! —gritó
Garrapata.
—¡Cinco gramos de jamón!
—gritó Carafoca.
—¡Soltad trapo! —gritó
Comadreja.
Los marineros desplegaron
todas las velas. La mar estaba en calma y el Salmonete avanzaba muy despacio.
Después de dos horas, Garrapata tomó el telescopio y estuvo largo rato mirando.
—¿Qué me dice? —preguntó el capitán, alargando el anteojo a
míster Cebollino.
—¡Que no es tierra!
—¿Qué es, entonces?
—Una especie de algas o
plantas gigantes que crecen en este Mar de los Sargazos.
—Entonces, ¿es o no es tierra?
—No, y estamos lejísimos de
ella.
—¿Dónde estamos?
—En el cementerio de los
barcos.
—¿Y eso qué es?
—Un mar lleno de algas
larguísimas y de plantas flotantes, en donde los buques no pueden manejarse. El
viento apenas sopla y los navíos se quedan inmovilizados y se mueren.
—¡Caramba! ¡Vaya sitio adonde
hemos ido a parar!
Los marineros estaban con la
boca abierta. El mar se iba poblando de grandes plantas de unos quince metros
de altura. Unos frutos redondos y brillantes, rojos, amarillos y azules salían
de las aguas como un bosque extraño. Las ramas eran como brazos de gigantes y
parecían olivos retorcidos. Plantas grandes como árboles flotaban entre unas
algas espesas de centenares de pies de largo. Garrapata quiso volver atrás y no
pudo. Era tarde. El timón apenas obedecía, inmovilizado por aquellas algas. Las
velas pendían lacias sin un soplo de viento.
Caía la tarde. El cielo,
teñido de rojo, cambió su manto por otro de tono amoratado, y llegó de pronto
la noche.
—¡Barco a la vista! —chilló
míster Cebollino desde la cofa.
—¡Cañones de estribor! —gritó
Garrapata.
—¡Cañamones con jamón!
—repitió Carafoca.
—¡Zafarrancho de combate!
—ordenó el capitán.
—¡Preparaos los tomates!
—repitió Carafoca.
El barco enemigo navegaba
tranquilamente por un claro de aquel extraño
bosque. Unas sombras blancas
se agitaban sobre cubierta. El buque era un bergantín que corría con amuras a
babor, parecía muy viejo y ondeaba una extraña bandera blanca cruzada por unas
cadenas.
—¿Qué pabellón lleva?
—preguntó Chaparrete.
Garrapata consultó su libro,
ojeó la página de banderas y exclamó:
—Es una bandera rarísima. No
viene en el libro.
Garrapata maniobró hábilmente
para esconderse detrás de un árbol gigante.
—Esperaremos a que se haga de
noche —dijo Garrapata.
El barco enemigo apenas se movía.
No parecía haber notado la presencia del Salmonete, pues la tripulación paseaba
tranquilamente sobre cubierta.
—¡Preparados para el abordaje!
—gritó Garrapata.
—¡Preparad el equipaje! —gritó
Carafoca.
CAP. 9
El barco misterioso - Setas venenosas – La armadura
automática - El esqueleto del pajarito - El coco - Los fantasmas
LLEGADA la noche, amparado por
las sombras, el Salmonete se acercó al extraño buque.
—Me huele a puchero enfermo
—dijo Lechuza Flaca.
—¡Cállate! —ordenó Garrapata.
El Salmonete avanzaba en
silencio, con las luces apagadas. Aunque la luna no brillaba, aquellos arbustos
proyectaban una luz blanquecina y tenue.
—Echad los garfios —ordenó en
voz baja Garrapata.
Los garfios del Salmonete
agarraron al buque, y los marineros, de puntillas, conteniendo la respiración,
saltaron sobre cubierta. Llevaban los cuchillos preparados y las pistolas
cargadas.
—Están durmiendo —dijo
Carafoca.
—¡Mejor! Los cogeremos por
sorpresa —susurró Lechuguino.
Las maderas crujían al menor
movimiento. Abrieron la puerta del sollado y un largo gemido le puso la carne
de gallina a Garrapata.
—Alguien ha gritado —murmuró
Garrapata.
—Han sido los goznes de la
puerta —dijo Carafoca.
—¡Adelante!, no seáis cobardes
—ordenó Garrapata, temblando. Los marineros bajaron por unas escaleras
carcomidas.
—¿Quién me ha tocado la cara?
—preguntó Chaparrete.
—¡A mí también! ¿Quién habrá
sido? —exclamó Garrapata.
—Son murciélagos —observó
míster Cebollino.
—Mala señal, son aves de mal
agüero —sentenció Lechuza Flaca.
Todos los marineros iban
temblando. Llevaban las pistolas preparadas. Carafoca alumbraba con un candil.
Llegaron al comedor de marinería y no había ni un alma. Sólo se oía el crujido
de las viejas maderas del barco. Unos cincuenta platos vacíos se alineaban en
las mesas.
—Vamos a la despensa —sugirió
Comadreja.
—Eso, eso, nos hartaremos de
comer —palmoteó, alegre, el doctor Cuchareta.
Cruzaron un largo pasillo y
abrieron una puerta que rechinó con un lamento prolongado. Olía a humedad y
moho. Grandes telarañas pendían de las vigas, y un farol mortecino oscilaba en
una cuerda.
—¿Qué tendrán esos sacos?
—preguntó Lechuguino.
—¡Atiza, son setas! ¡Qué
ricas! —dijo Carafoca.
—No las toquéis —exclamó
Garrapata.
—¿Por qué?
—Porque lo pone en el saco.
¿No veis?: No tocar, peligro de entierro.
Cuchareta abrió su maletín,
sacó una cucharilla de plata, la metió en el saco y se puso más negra que el
carbón.
—¡Son venenosas!
—¿Por qué las tendrán aquí?
—preguntó Garrapata.
—Es extraño —dijo Cuchareta—. Una
seta de éstas puede matar a un caballo percherón.
Garrapata salió al pasillo
seguido de sus marineros. De pronto
vieron abrirse una puerta. Una gigantesca armadura de hierro salió y avanzó
lentamente por el pasillo, moviendo los brazos y las piernas al compás.
—¡Huyamos a la despensa!
—gritó Garrapata.
Los marineros se dirigieron en
tropel a la despensa y cerraron la puerta. Se miraron unos a otros y Chaparrete
gritó:
—Falta Carafoca. ¿Dónde está
Carafoca?
—¡Socorro! —se oyó un grito angustioso.
—¡Corramos! Es Carafoca.
Los marineros salieron
precipitadamente y vieron cómo la armadura llevaba entre sus brazos a Carafoca. Corrieron pasillo adelante, pero la armadura
había desaparecido.
—¡Vamos al camarote del
capitán!
Subieron por unas escalerillas
y llegaron al camarote. Era una gran pieza rodeada de ojos de buey. En el
centro había una pesada mesa de cedro con un jarrón lleno de flores secas.
Pegada a la pared, una mesa de despacho. Un tintero con tinta seca, una
chimenea con unos troncos apagados, una jaula con el esqueleto de un pájaro.
—Veamos el diario de
navegación —dijo Garrapata.
Encima de la mesa había un
libro rojo lleno de polvo. Garrapata lo abrió y leyó: «Diario del Pepinillo,
bergantín de tres palos, construido por J. S. Arthur, en Liverpool, por cinco
mil libras y tres peniques.»
Garrapata pasó la primera hoja
y leyó algo que estaba escrito en lápiz rojo. Garrapata dio una patada en el
suelo y tiró el libro al mar por un tragaluz.
—¿Por qué ha tirado el libro?
—dijo Chaparrete, enfadado.
—Por lo que ponía ahí.
—¿Y qué ponía?
—«Tonto el que lo lea».
—Ha hecho bien. ¡Que se ría de
su tía!
Garrapata, muy preocupado, se
sentó en una silla. La silla rechinó y se redujo a polvo. Garrapata se cayó
patas arriba.
—¡Qué delicadas son estas
sillas! —dijo Chaparrete.
—No me gusta nada este barco
—exclamó Garrapata.
En esto, el pájaro se puso a
cantar y Chaparrete dijo:
—¡Qué bien canta ese pajarito!
—No es un pajarito, es el
esqueleto de un pajarito.
—¡Vámonos! —dijo Chaparrete,
con los pelos de punta. En esto se oyeron unos gritos angustiosos:
—¡El coco! ¡El coco!
Garrapata y todos los
marineros se escondieron debajo de la mesa.
—¡El coco! ¡El coco!
Comadreja llegó blanco como el
papel y se sentó en una silla. La silla crujió, se derrumbó y sólo quedó un
montoncito de serrín.
—¡El coco! —gritó Comadreja
levantándose del suelo.
—¿Has visto al coco?
—No. El co-co... co-me...
—¿Te ha comido el coco?
—¡No! El co-co... ¡El comedor!
—¿Qué pasa en el comedor?
—Que hay fan...
—¿Que hay un flan?
—¡No! Fan... fan... fan...
fantasmas.
—¡Lo que faltaba! —exclamó
Chaparrete.
—¡Qué tontería! Yo no creo en
fantasmas —se burló Garrapata.
—Pues yo los he visto —musitó
Comadreja, muerto de miedo.
—¿Cómo son?
—Blancos.
—¿Y qué hacen?
—Están comiendo en el comedor.
—Los fantasmas no comen.
—Pues éstos sí.
—¿Qué están comiendo?
—Setas venenosas.
—Lo que tú tienes es fiebre,
Comadreja.
—Y usted, miedo.
—¿Miedo yo? ¡Vamos al comedor!
Garrapata subió las escaleras
de puntillas, seguido de los demás marineros.
Se oía ruido de cucharas.
Garrapata se volvió y dijo a Chaparrete:
—¡Vaya, me he dejado la pipa!
Siga usted, que yo vengo ahora mismo.
—La pipa la lleva en la boca,
querido Garrapata.
—Entonces, voy por mi
sombrero.
—No hace falta. Lo lleva en la
cabeza.
—Es verdad. Voy por los
zapatos.
—Ninguno llevamos zapatos.
—¡Caramba! Pues yo me voy por
lo que sea, pero me voy.
—¿Tiene miedo?
—¿Yo miedo? ¡Qué tontería!
¡Sigamos!
Garrapata abrió la puerta del
comedor y gritó, dirigiéndose a los fantasmas:
—¡Señores, que aproveche!
Los fantasmas no contestaron y
siguieron comiendo. Unos cincuenta fantasmas subían y bajaban la cuchara al
mismo tiempo y cada uno se estaba zampando un buen plato de setas. Medían como
metro y medio de estatura, tenían la cabeza picuda y unos ojos redondos. El
cuerpo era como un cucurucho de tela gelatinosa, blanda y fofa.
—¡Qué feos son! —dijo
Garrapata.
—¡Y qué poca educación tienen!
—dijo Chaparrete. Garrapata se quitó el sombrero y repitió:
—¡Que aproveche, señores!
Los fantasmas siguieron como
si tal cosa, come que te come.
—Deben de ser más sordos que
un besugo metido en un baúl —dijo Chaparrete.
Garrapata se plantó en medio
del comedor y gritó:
—¡¡¡Que aprovecheee!!!
—¡Gracias! —dijeron los
fantasmas, y siguieron tragando como si nada. Tenían unas manos puntiagudas y
muy cortas, sin dedos; no usaban
servilletas y se limpiaban en
el cuerpo las manos llenas de grasa.
—¡Cochinos! —murmuró
Chaparrete.
El jefe, que debía de ser uno
que había por allí, amarillo y con bigote, arrugó un poco la cara. Comadreja le
pellizcó a ver si estaba hueco y todos los fantasmas empezaron a saltar y a
aullar:
—¡Uh, uh, uh, uh, uh, uh!
Garrapata salió corriendo por
las escaleras en dirección a cubierta. Los marineros iban detrás. Todos estaban
temblorosos y se escondían detrás de los palos.
—Conque no había fantasmas,
¿eh? —se burló Comadreja.
—Sí, pero no hacen nada —dijo
Garrapata.
Los fantasmas salieron en
tropel agitando su cuerpo y arrastrando unas pesadas cadenas. Las cadenas
llevaban una bola de hierro en la punta.
—Parecen presidiarios —comentó
Lechuguino.
Los fantasmas comenzaron a
sacudir unos terribles coletazos; las cadenas se agitaban como si fueran
látigos y las bolas cruzaban el aire con gran fuerza.
—¡Sacad los sables! —rugió
Garrapata.
Los marineros desenfundaron
los sables y se liaron a mandobles. Las cuchilladas no hacían mella en aquellos
cuerpos gelatinosos. Solamente dándoles
en mitad de los ojos o cortándoles la cola por encima de la cadena se desplomaban.
Pero era difícil, por su continuo movimiento y por los terribles coletazos que
sacudían.
—¡Madle mía! ¡Mi coleta!
¡Galapataaa!
Un fantasma había cogido al
chino por la coleta y lo llevaba arrastrando por la cubierta. Garrapata dio una
patada en el trasero al fantasma y lo tiró al mar. El fantasma se hundió
haciendo «glu, glu, glu».
La batalla duró más de una
hora. Los marineros mostraban terribles cardenales en el cuerpo. Algunos tenían
las piernas partidas por los golpes de los fantasmas. Sobre cubierta yacían unos treinta fantasmas. Otros habían echado a volar y se habían
posado en las vergas. Al doctor Cuchareta le mordió uno en un brazo y el doctor
le dio en la cabeza con el maletín y lo arrugó como un acordeón. Chaparrete
perdió la espada y se defendió con su larga nariz a narizazo limpio.
—¡Socolooooo!
Dos fantasmas habían cogido en
volandas al chino y lo habían subido al sobrejuanete. Garrapata mandó ir por
una sábana, y varios marineros la sostuvieron por las puntas. Los fantasmas
tiraron al pobre chino de cabeza. Los marineros pusieron la sábana debajo, pero
ésta se partió y el chino se hizo un chichón «de padle y muy señol mío».
CAP. 10 -
En busca de Carafoca - Pulpos con cloroformo - El moro Mustafá - Marineros azules - Arbustos antropófagos - Lloviendo a cántaros - Una goleta
—VAMOS por Carafoca —dijo
Garrapata.
—¿Quién va el primero?
—preguntó Chaparrete.
—El más tonto —dijo Garrapata.
—Entonces, el chino.
—No quielo, echalemos a
sueltes, ya está bien de abusal.
Los marineros echaron a
suertes y le tocó al chino. Cogió éste un cucharón
y comenzó a descender por la
escotilla. Los marineros fueron detrás. Lechuza
Flaca, que era un gafe, iba
diciendo:
—Esto va a acabar como el
rosario de la aurora.
Nada más decir esto se hundió
una trampa y desaparecieron el chino, Chaparrete y tres marineros.
—Ya lo decía yo —dijo Lechuza
Flaca.
—¡Cállate de una vez! —ordenó
Garrapata.
—Me callo, pero esto me huele
muy mal.
Efectivamente, de la bodega
subía un olor nauseabundo.
Los marineros bajaron al
comedor. Los platos habían desaparecido. Oyeron un ruido de pucheros y
cacharros y todos bajaron a la cocina. La armadura estaba fregando los
cacharros. De pronto se volvió con los brazos abiertos y avanzó hacia los
marineros.
—¡Alto, o disparamos!
Una risotada se oyó dentro de
la armadura. Los hombres dispararon y las balas atravesaron la coraza.
—¡Está hueca! —gritó
Garrapata.
La armadura cogió en sus
brazos a Comadreja. Este gritaba y pataleaba:
—¡No me mate, tengo doce
hijos!
Los gritos no ablandaron a la
armadura y desapareció pasillo adelante con el desgraciado marinero.
—Aquí hay una puerta —dijo
Chaparrete.
—Tiradla abajo.
Los marineros tomaron
carrerilla, y ya iban a chocar contra ella cuando se abrió sola. Los marineros entraron
de cabeza en una habitación profunda y sin escaleras. Unos brazos descomunales
los atraparon.
—¡Son pulpos! ¡Son pulpos
gigantes!
Los marineros sacaron los
cuchillos, pero aquellos terribles animales parecían de goma. Cuchareta sacó un
frasco de cloroformo, untó el pañuelo y dijo a un pulpo:
—Toma, rico, límpiate los
mocos.
El pulpo dejó caer los brazos
y se mareó. Cuchareta hizo lo mismo con los otros cuatro pulpos, y pronto
quedaron los marineros en libertad. Encendieron linternas y encontraron una
puerta. En un cartel ponía: «Pasen sin llamar».
—Entremos —dijo Cuchareta.
—¡No! ¡Es una trampa! —gritó
Garrapata.
—Abramos con el bastón.
Empujaron con el bastón y una
piedra de cien kilos cayó del techo con gran estruendo.
—Pasemos ahora.
Los hombres entraron en una
habitación, alumbrada por un candil. Un hombre vestido de moro escribía de
espaldas.
—¡Ahí va! ¡Está sentado en el
aire!
—¡Y el tintero está vacío!
—¡Qué cosas tan lalas! —dijo
el chino.
—Siéntense —dijo el moro.
Los marineros se fueron a sentar
en unas sillas, pero éstas desaparecieron y nuestros amigos se dieron un
trompazo.
—¿Dónde está Carafoca?
—preguntó Garrapata, enfadado.
—¿Quién? ¿Uno con cara de
tonto? —dijo el moro.
—Sí.
—Ahí, encerrado.
Garrapata abrió un baúl y se
encontró con un esqueleto.
—¡Pobre Carafoca! ¡Qué viejo
está ya! —exclamó Garrapata.
—Ese no es Carafoca —dijo el
moro.
—Entonces, ¿dónde está?
—Allí, encerrado en aquel
frasco.
Los marineros sacaron a
Carafoca de una botella muy grande.
—¿Qué hacías ahí? —preguntó
Chaparrete.
—Nada, me metió el moro para
ponerme en alcohol.
—¿Y Comadreja?
—Está puesto en aceite en
aquel bote.
Los marineros lo sacaron
empapado de aceite. El moro se levantó y gritó:
—¡Fuera de aquí!
—¡No nos da la gana!
El moro dio un silbido y se
abrió un armario. La armadura apareció moviendo los brazos.
—¡Mátalos! —ordenó el moro.
La armadura avanzó hacia
Garrapata, pero de pronto se quedó quieta: se le había parado la cuerda. El
moro corrió hacia ella con una llave, pero cien manos cayeron sobre él.
Garrapata, una vez que le hubo quitado la llave, preguntó:
—¿Quién es usted?
—Yo soy Mustafá. Yo iba de
cocinero en este barco, el Pepinillo, pero un día envenené a toda la
tripulación y la tiré al mar.
—¡Muy bonito! ¿Es suya la
armadura?
—Sí, la robé en una tienda de
El Cairo.
—¿Y anda sola?
—Tiene una llave para darle
cuerda. Es muy obediente.
Garrapata dio cuerda a la
armadura y ésta empezó a hacerle reverencias y dijo:
—A sus órdenes, honorable
Garrapata.
—Dale una patada al moro
—ordenó Garrapata.
La armadura le dio un patadón
y cargó con un cofre que guardaba los planos de un tesoro escondido. Los
marineros subieron detrás llevándose todos los utensilios que pudieron. El moro
fue atado y conducido a la fuerza al Salmonete. El Pepinillo fue abandonado.
El buque pirata comenzó a
moverse despacio. No soplaba casi viento. Los marineros, después de tantas
emociones, cayeron rendidos en sus camas.
—¿Qué serán estas manchas que
tengo en las piernas? —dijo Garrapata.
—Eso es que no te lavas
—contestó Carafoca.
—Yo también tengo manchas
—intervino Chaparrete. El doctor Cuchareta las observó y dijo:
—Es el escorbuto.
—¿El escorbuto? ¿Qué es eso?
—Es una enfermedad que se
adquiere por no comer más que cosas secas.
—¿Y con qué se cura?
—Comiendo frutas frescas.
—¿Y de dónde las sacamos?
—Esos arbustos tienen frutos.
—¡Ja, ja, ja! Son venenosos
—gritó el moro. Cuchareta se rascó la cabeza y dijo:
—Se los daremos al gato, a ver
si se muere.
—Los gatos no comen fruta.
—Entonces, al loro.
El loro comió uno, que era de
color azul, y no se murió. Pero sus plumas se volvieron azules.
—Comamos —dijeron los
marineros.
Comieron de aquellos frutos y
las manos y la cara se volvieron azules. Los que comieron frutos rojos se
volvieron de color rojo, como cangrejos cocidos. Otros comieron frutos
amarillos y se pusieron color calabaza. Carafoca se puso verde como un melón y
Chaparrete morado como una berenjena. Los que comían varios frutos de distintos
colores tenían la piel a rayas, también de distintos colores. El teniente
Lechuguino parecía una cebra. Comadreja, que se había comido un fruto con
pinchos, parecía un puercoespín. El
doctor Cuchareta lo arregló
cociendo los frutos
con bicarbonato y
aspirinas machacadas. Con todo ello el escorbuto fue desapareciendo.
A todo esto, Garrapata deseaba
salir del mar de los Sargazos, pero las algas y los arbustos flotantes
atenazaban al Salmonete.
—No saldréis —aullaba el
moro—. Moriréis conmigo.
De aquella maraña vegetal
salían unas hojas gigantes con grandes dientes, capaces de comerse crudos a los
marineros. Otras tenían grandes trompas como elefantes y daban unos trompazos
terribles. Por todo ello, un día...
—¡Preparen las baterías!
—gritó Garrapata.
—¡Carguen los cañones!
—¡Apunten!
—¡Fuego!
¡Pumba! Los catorce cañones
dispararon a la vez, vomitando fuego y metralla. Los arbustos rugieron y se
retorcieron, soltando su presa. El Salmonete quedó libre. El aire, sin embargo,
no soplaba. Garrapata mandó hacer al carpintero unos remos y los marineros
remaron con todas sus fuerzas.
Con todo, el Salmonete no se
movía.
—¿Habéis quitado el ancla?
—preguntó Garrapata.
—No.
—Entonces, ¿cómo va a moverse
el barco?
Levantaron el ancla y el barco
se movió pesadamente. Los hombres,
debilitados por tantas privaciones
y sedientos por la falta de agua, no podían con los remos.
—¡Si lloviera un poco...!
—dijo Garrapata.
El sol echaba lumbre. Una
calma chicha tenía clavado al barco. El chino, tumbado en cubierta, cantaba una
canción oriental. Cantaba muy mal y Garrapata le regañó:
—No cantes, que va a llover...
Una nubécula empezó a formarse
encima del barco. Garrapata miró al chino y se rascó una oreja.
—¿Y si cantásemos todos?
—preguntó.
—A lo mejor, llovía —dijo
Lechuguino.
Garrapata reunió a toda la
tripulación y les ordenó que cada uno cantara lo peor que pudiera. Los
marineros empezaron a cantar. Gruesos nubarrones invadieron el cielo. El
barómetro descendió a 700 milímetros y un viento pesado y húmedo sopló del sur.
El mar se encrespó.
—¡Cantad peor aún y más
fuerte! —rugió Garrapata.
Los marineros así lo hicieron
y Garrapata tuvo que taparse los oídos. Un temblor horrible sacudió el barco de
arriba abajo y un rayo hizo astillas el palo mayor. Las nubes se hartaron y
empezó a llover a cántaros. Los cántaros caían sobre la cubierta con un ruido
ensordecedor. A Carafoca le cayó uno en la cabeza y le dejó sin sentido.
—Recoged los que podáis —gritó
Garrapata.
La bodega quedó repleta de
cántaros llenos de agua.
—Desplegad las velas —ordenó
Garrapata.
El viento venía de popa y el
Salmonete empezó a surcar las aguas rapidísimamente. Llegó la noche y una
niebla espesa cubrió el mar. Garrapata mandó al hombre del anteojo que oteara
el horizonte, pero era imposible distinguir un burro a tres palmos. Por la
mañana se produjo un claro en la niebla y míster Calabacín gritó:
—¡Barco a la vista!
—¿En qué dirección?
—Dos millas a barlovento.
—¿Y eso qué es? —preguntó
Garrapata.
—Por donde sopla el viento,
¡caramba! —dijo Calabacín.
—¿Y por dónde sopla?
—¡Y yo qué sé! —contestó
Calabacín.
—¿Qué clase de barco es?
—preguntó Garrapata.
—Una goleta, o un bergantín.
—¿Una maleta o un maletín?
—Sí, capitán.
—¿Es francesa?
—No, es inglesa.
—Bueno, es lo mismo.
¡Marineros, a por ella!
—¡Marineros, la paella! —dijo
Carafoca.
La goleta se puso un momento
al pairo para esperar. Un cañonazo avisó al Salmonete que sacara su bandera.
—¡Sacad la bandera! —ordenó el
capitán Garrapata.
Los marineros sacaron la
bandera. Al ver la goleta que era la bandera negra de los piratas, salió
huyendo.
CAP. 11-
Lluvia de polvorones - Preparados para el potaje - La cabeza de Garrapata - Una corbata inglesa - Sacos de ratas - Garrapata enamorado - Desmayo de Floripondia - Otro desmayo
—¿QUÉ velocidad llevamos?
—Cinco millas, mi capitán.
—Son pocas. ¡Haced más millas!
—gritó Garrapata.
—¡Haced más sillas! —gritó
Carafoca.
Los marineros cogieron
serruchos y martillos y empezaron a hacer sillas. Pronto la cubierta se llenó
de sillas. Garrapata se tiraba de los pelos:
—¿Qué estáis haciendo,
majaderos?
—Estamos haciendo más sillas.
—Imbéciles, yo dije que
hicierais más millas.
—¡Ah, bueno, eso es otra cosa!
—dijeron los marineros. El Salmonete, a golpes de remo, se acercó a la goleta.
—¿Cuántos cañones lleva la
goleta? —preguntó Garrapata.
—Quince —contestó Calabacín.
El Salmonete viró en redondo,
Garrapata sacó el pañuelo y saludó:
—¡Hasta mañana! ¡Son muchos
cañones!
La goleta, al ver huir al Salmonete,
lanzó una andanada que llenó de agujeros los juanetes.
—¡Cochinos! Me las pagaréis
—rugió Garrapata.
Garrapata dio una patada en el
suelo, escupió por un colmillo y ordenó:
—¡Novecientos grados a babor!
El Salmonete empezó a dar
vueltas vertiginosamente.
—¡Disparad los polvorones!
Los cañones vomitaron fuego.
Como el barco giraba, unas veces disparaban contra la goleta los cañones de
babor, otras los de estribor, otras los de popa, otras los de proa. Los
marineros de la goleta estaban bizcos.
—Echad el freno —gritó
Garrapata.
El Salmonete se paró junto a
la goleta.
Unos garfios como unas manazas
de hierro cayeron sobre los parapetos de la goleta enemiga.
—¡Preparaos para el abordaje!
—rugió Garrapata.
—¡Preparaos para el potaje!
—repitió Carafoca.
Los marineros del Salmonete
cayeron como lobos sobre los soldados de la goleta. Estos eran gordos y
barrigudos y poco diestros en luchar. Iban vestidos de colorado y salían a
borbotones de la bodega.
—Deben de tener una fábrica de
soldados —dijo Garrapata. Las balas cruzaban el aire en todas direcciones.
—¡Sacad los sables! —gritó
Garrapata.
Se luchó cuerpo a cuerpo entre
aullidos y mordiscos. La cubierta estaba llena de brazos, piernas, orejas,
narices y cabezas. El doctor Cuchareta ponía parches, repartía aspirinas y
pegaba brazos, piernas y narices. Con un bote de cola y una brocha hacía
maravillas.
A un soldado le puso la cabeza
del revés, a Lechuguino le pegó la nariz en la frente, a un soldado le puso
cuatro piernas y parecía un caballo. En un rincón estaban apilados los
muertos. La batalla era terrible. Garrapata perdió la espada, pero se
desatornilló la pata y empezó a golpes con ella. De pronto, la armadura
apareció en cubierta y los soldados gritaron:
—¡Una armadura! ¡Ahí va! ¡Una
armadura!
Los soldados se lanzaron sobre
ella. La armadura se sentó a fumar un cigarro mientras le llovían los golpes
encima.
—¿Me dan fuego, caballeros?
—¡Tome fuego! —dijeron los
soldados, disparando sus pistolas.
—Gracias.
La armadura quedó como un
colador. Se levantó tranquilamente y empezó a coger soldados por el cogote y a
echarlos al agua.
—¡Al comedor! —gritó
Garrapata, una vez acabada la refriega.
Los marineros cayeron sobre la
comida como chacales. Allí no había educación por ninguna parte.
—No pongáis los pies encima de
la mesa —gritaba Garrapata.
—Entonces, ¿en dónde los
ponemos?
—Oro, oro —gritó en ese
momento Carafoca.
La bodega estaba llena de
sacos de oro que transportaba el barco desde América. Los soldados cogieron cada uno un saco y se
lo cargaron a las espaldas.
—¡Llevadlo al Salmonete!
—ordenó Garrapata.
El capitán de la goleta, un
hombre muy gordito, no paraba de gritar:
—¡Os ahorcarán a todos,
ladrones, bandidos!
—Ahorcadle a él —ordenó
Garrapata.
Los piratas cogieron una
cuerda y la colgaron de un palo. Miss Floripondia se puso de rodillas y
suplicó:
—Perdonadle, señor, vos que
sois generoso.
Garrapata se puso encarnado
como un tomate y ordenó:
—Soltadlo.
El capitán de la goleta se
levantó y, acercándose a miss Floripondia, le besó la mano:
—Gracias, hermosa joven, me
habéis salvado la vida. Luego, dirigiéndose a Garrapata, le preguntó:
—¿Sois vos el pirata
Garrapata?
—Sí.
—¿Sabéis que toda Inglaterra
os busca?
—Es un honor que me busque
tanta gente.
—¿Sabéis que han puesto precio
a vuestra cabeza?
—No. ¿Cuánto dan por ella?
—Cinco mil libras y tres
peniques.
—¡Caramba! Valgo una fortuna.
Por los brazos solos, ¿cuánto dan?
—No, nada.
—¡Qué roñosos!
—¡Barco a la vista! —gritó
Calabacín desde la cofa.
—¡Todos al Salmonete! —ordenó
Garrapata.
Garrapata abrazó al capitán,
recogió cerdos, gallinas y todo lo que pudo y de un salto pasó al Salmonete.
—¡Levantad los garfios!
Los garfios de abordaje se
levantaron y Garrapata cambió impresiones con Carafoca y Chaparrete.
—¿Cuántas libras hemos cogido?
—Medio millón.
—¿Cuántas gallinas?
—Cincuenta.
—No está mal. ¿Y cerdos?
—Quince.
—Ahora que hablamos de cerdos,
¿ha muerto algún marinero?
—Sí. Diez.
—Mejor. Así tocaremos a más.
—¡El barco se acerca! —gritó
desde arriba Calabacín.
—¿Qué es?
—Una corbeta.
—Dirás una corbata.
—Bueno, ¿qué más da? Una
corbata inglesa.
—¿Cuántos nudos lleva?
—Un montón. Se dirige aquí a
toda velocidad.
—¿Qué tal nuestro timón?
—Está roto. No podemos dar la
vuelta. Nos cogerán.
—¿Qué tal andamos de juanetes,
Carafoca?
—Muy mal. Casi no puedo andar.
—¡Imbécil! Digo los del barco.
—Mal, también; están llenos de
agujeros.
—Entonces, desplegad las
cangrejas —rugió Garrapata.
Garrapata corrió a la bodega y
tardó un rato en salir. Después ordenó preparar dos chalupas.
—Llevad estos sacos de oro a
cubierta y cargadlos en las chalupas. Los marineros hicieron lo ordenado.
—Botad las lanchas en el agua.
Las lanchas fueron bajadas y
quedaron flotando a merced de las olas. La corbeta, que venía ya muy cerca,
paró. El vigía había visto los sacos de oro y el capitán había ordenado
recogerlo.
—Nos quedamos sin oro —se
lamentó Chaparrete a lágrima viva.
—No —dijo Garrapata—. Los
sacos están llenos de piedras y ratas.
Un griterío horrible se oyó
allá en la goleta. Los soldados, al meter las manos en los sacos, habían sido
mordidos por los asquerosos roedores.
—Soltad todas las velas —gritó
Garrapata.
El Salmonete escapó y se
internó en un banco de niebla. Los marineros bajaron las velas para que miss
Floripondia las remendase.
—¿Os gusta cómo han quedado?
—dijo Floripondia.
—Sí —dijo Garrapata, rojo como
un pimiento.
—¿Hay algo más que coser?
—dijo Floripondia.
—Sí... Mi corazón... Está
destrozado por vos.
—Caballero, sois un insolente
—dijo la joven dándole una sonora bofetada. La joven se retiró a su camarote y
cerró dando un portazo, con tal fuerza que el timón viró tres grados a
estribor.
—¡Tres grados a babor! —ordenó
enderezar Garrapata.
—Y una bofetada a estribor
—dijo Carafoca.
De pronto el mar empezó a
poblarse de velas a lo lejos.
—La tierra se acerca —dijo
Calabacín.
—Sí, pero ¿qué tierra será?
—dijo Garrapata.
—Vamos a preguntarlo.
El Salmonete ocultó su
bandera. Un bergantín se acercó.
—¿Sabe si está cerca Jamaica?
—preguntó Garrapata al capitán del bergantín.
—Sí. Tire por la derecha,
tuerza luego a la izquierda, la cuarta empezando por la cola. ¿Entendido?
—Sí, siete pasos a la
izquierda, ocho para la derecha, un paso al frente, dos atrás y cuando llegue a
la esquina...
—¡Estupendo! Así llegará a la
Cochinchina —dijo el capitán.
—¡Tirad «palante»! —rugió
Garrapata.
Al enterarse Garrapata de que
Jamaica estaba cerca, mandó arreglar el barco de arriba abajo.
—A pintar el barco —gritó.
—¿De qué color?
—De verde.
—¿Y las puertas?
—De rojo.
—¿Y el casco?
—De azul.
La pintura pringaba por todos
los sitios. El chino pintaba con la coleta. Pintó los pucheros de la cocina, la
escoba, los platos, las sillas. A Garrapata le embadurnó la pata de amarillo.
El loro lo pintó de colorado y el gato de verde. Garrapata mandó luego fregar
el suelo y darle cera. Después ordenó:
—Lavad la ropa.
Los marineros se quedaron en
calzoncillos y cada uno lavó su ropa.
—¿Dónde la tendemos?
—En los mástiles.
El barco estaba precioso: las
camisas, los calcetines, los calzones y los pañuelos colgaban como banderolas.
Garrapata, muy satisfecho, recorrió el barco.
—¡Tierra a la vista! —gritó
entonces Calabacín.
Los marineros empezaron a
saltar de alegría. Miss Floripondia cayó desmayada de emoción. El Salmonete
enfiló entre dos barcos que estaban muy cerca y se llevó el timón de uno. Un
mercante estaba desembarcando barriles de vino y el Salmonete, de un topetazo,
los desembarcó todos de una vez.
—¡Gracias! —gritó el capitán
del mercante.
—¡Echad el freno!
Los marineros echaron el ancla
por la borda.
—¡Cuidado! —gritó un pescador
desde su lancha.
El ancla le había caído en un
pie y le había hundido la barca.
El Salmonete se detuvo. El
puerto, lleno de gente, se venía abajo de pañuelos y de aplausos. Un barco de
guerra disparaba veintiún cañonazos de bienvenida con salvas de pólvora.
—¿A quién dispara? —preguntó
Garrapata.
—Yo creo que a nosotros —dijo
Chaparrete.
—Mándale un polvorón.
Chaparrete disparó un cañonazo
y el cañón del buque de guerra voló hecho migas. En esto, un joven rubio y alto
subió por las escalerillas y dio un abrazo a Chaparrete.
—Hola, mi querida Floripondia,
soy Pistolete, tu prometido.
—¡Yo no soy Floripondia,
caballero!
—Entonces, ¿dónde está mi
Floripondia?
—Estará donde siempre, mareada
en algún rincón. Míster Pistolete dio un abrazo al chino, y éste gritó:
—¡Señol, que yo tampoco soy!
¡Cómplese unas gafas!
El joven abrazó a toda la
tripulación hasta que encontró a miss Floripondia, desmayada en una silla.
Floripondia abrió los ojos,
vio a Pistolete y volvió a caer desmayada por la emoción.
CAP. 12 -
Huele a traición - Juicio de guerra - Desmayo de Floripondia - Nuevo mareo - Limas y timones - El orinal - La comba - El cepillo de dientes - Los frailes capuchinos
AQUELLA noche hubo cena de
gala en el palacio de Pistolete. El gobernador de la isla, sir Almohadilla,
llegó arrastrando su sable de tres metros. Saludó a todos con grandes
inclinaciones de pescuezo. El taimado Comadreja se sentó a su lado y le susurró
unas palabras al oído. El gobernador no hacía más que mirar a Garrapata y se
mordía el bigote.
—Aquí huele a traición —dijo
Garrapata a Chaparrete.
—Pues a mí me huele a pavo
asado —dijo Chaparrete. De pronto, sir Almohadilla se levantó y gritó:
—¡Garrapata, daos preso!
—Que te crees tú eso —dijo
Garrapata sacando su espada.
Se abrió la puerta y se
precipitaron en la sala varios soldados montados a caballo, que prendieron a
Garrapata y a Chaparrete y los llevaron a la prisión del Moro.
Los guardianes llenaron de
cadenas a los dos piratas y los bajaron a unos oscuros calabozos llenos de
telarañas y ratas.
—Ponedles los grillos —ordenó
Pistolete.
—Grillos no, que me molesta la
música.
—¡Ponédselos, he dicho!
Los guardianes les pusieron
unos pesados grillos.
—¿Dónde está la cama? Quiero
dormir.
—No hay cama —rugió Pistolete.
—¿Y el colchón?
—No hay colchón.
—¿Y dónde me siento? ¿En el
suelo?
—No hay suelo.
—¡Pues vaya una cárcel! No
tiene más que ratas…
Al día siguiente, Garrapata
fue llevado al palacio del gobernador. En una carroza blanca tirada por dos
mulas negras cruzó la ciudad. Miles de personas esperaban su llegada. El
capitán se sentó en el banquillo de los acusados. Unos jueces vestidos de negro
y con grandes pelucas blancas se sentaron muy serios detrás de una mesa.
Garrapata se levantó, les dio
la mano y les dijo:
—Los acompaño en el
sentimiento, señores. ¿Por quién van de luto?
—¡Siéntese y cierre la boca!
—rugieron los jueces. Garrapata se sentó y cerró la boca.
Sir Almohadilla preguntó con
voz cavernosa:
—¿Sois vos el feroz Garrapata?
Garrapata no contestó.
—¿Por qué no contesta?
—Porque no puedo hablar con la
boca cerrada.
—Entonces ábrala y conteste.
—Pues sí, señor, yo soy
Garrapata.
—¿Es verdad que se apoderó del
Salmonete?
—Sí, señor.
—¿Es verdad que atacó barcos
ingleses?
—Sí, señor.
—¿Es verdad que robó varios
sacos de oro?
—Sí, señor.
—Entonces, pena de muerte.
—¡Qué pena! —dijo Garrapata
llorando.
En ese momento, Floripondia,
que estaba entre la gente, cayó desmayada. Comadreja soltó una risotada y el
público se tapó la cara con las manos.
—¿Queréis morir a garrote vil?
—preguntó sir Almohadilla.
—No, no me gustan los
garrotazos.
—¿Preferís el hacha del
verdugo?
—No, que hace mucho daño.
—Entonces, moriréis ahorcado.
—¿Cuándo? —preguntó Garrapata.
—Dentro de cuatro días.
Garrapata sacó un cuaderno y
lo apuntó. Luego dijo:
—¿A qué hora?
—A las tres de la tarde.
—¿No podía ser a las cuatro?
—¿Por qué?
—Porque me gusta dormir la
siesta.
—Entonces, a las cuatro.
Garrapata fue llevado de nuevo
a la prisión, en compañía de Chaparrete, a quien habían condenado también a
morir ahorcado.
Por la tarde llamó el
carcelero a la puerta y entró:
—Una hermosa joven pregunta
por usted, Garrapata.
Garrapata se estiró la
chaqueta, se limpió los zapatos con saliva y dijo:
—Que pase.
Era Floripondia, que entró con
los ojos enrojecidos.
—No lloréis, milady. No
merezco una lágrima vuestra.
—Dejadme que llore. Vais a
morir.
—Soy un pirata feo, malo y
patituerto.
—Pero tenéis el corazón de
oro.
—Cuando haya muerto, ¿os
acordaréis de mí? —dijo Garrapata.
Floripondia empezó a sollozar.
Garrapata tomó la mano de la joven y la estrechó contra su pecho.
—¡Os amo, miss Floripondia!
Moriré pensando en vos.
Floripondia, roja como una
amapola, entregó a Garrapata un paquete y un saco. En esto llegó el carcelero y
gritó:
—Se pasa el tiempo, señorita.
Despedíos.
Floripondia, transida de
dolor, cayó desmayada en el suelo. El carcelero se la llevó y cerró la puerta.
Garrapata lloraba agarrado a los barrotes.
La luna se ponía en el
horizonte. Pasó un rato y el carcelero volvió. Era un hombre feroz, mal
afeitado y siniestro. Vio el saco en el suelo y preguntó:
—¿Qué hay en el saco? ¿No
serán limas?
—No, señor, son limones.
—Está bien. ¡Que aprovechen!
El carcelero se marchó y
Garrapata abrió el saco.
—¿Qué hay en el saco?
—preguntó Chaparrete.
—Un pico y una pala.
—¿Y para qué los queremos?
—Para escaparnos, majadero.
—Pues manos a la obra.
Los dos piratas empezaron a
picar en el suelo. Pasaron toda la noche
haciendo un túnel muy grande.
—¡Atiza, un orinal! —dijo
Garrapata.
—¿Dónde estamos? —preguntó
Chaparrete.
—Debajo de una cama.
—¿De quién será?
—De míster Longaniza, el
director de la cárcel.
—¡Qué mala pata!
Míster Longaniza encendió un
candil y preguntó malhumorado:
—¿Quién anda ahí?
—Nosotros.
—¿Y qué quieren?
—Nada. Pasábamos por aquí y
queríamos despedirnos.
—¿Dónde van?
—A la calle. Nos vamos a
escapar.
—¿Que se van a escapar? ¡Ja,
ja! Yo soy muy listo.
Míster Longaniza dio un salto
y los cogió del pescuezo. Luego los llevó a la celda y les mandó tapar el
agujero. Garrapata se sentó abatido en el suelo. Cogió entre sus manos el
paquete que le entregó Floripondia y lo abrió:
—¿Qué es?
—Son dos bocadillos. Al menos,
comeremos.
Chaparrete dio un mordisco y
se rompió un diente.
—¡Caramba, qué carne tan dura!
Garrapata dio un mordisco y se
rompió otro diente.
—¡Atiza! Hay una lima dentro.
—Floripondia se ha burlado de
nosotros —dijo Chaparrete—. En vez de jamón nos ha metido dos limas.
Garrapata y Chaparrete tiraron
las limas a un rincón y terminaron su bocadillo. Una enredadera trepaba por la
pared. Sus florecillas azules se asomaban por las ventanas. Un pajarito saltaba
alegre al sol del atardecer.
—¡Qué hermosa es la libertad!
—dijo Garrapata.
—¡Me gustaría ser un pájaro
para volar! —dijo Chaparrete.
—Pues a mí me gustaría ser un
pez sierra —dijo Garrapata.
—¿Para qué?
—Para serrar estos barrotes.
—Es verdad. ¡Si tuviéramos
unas limas...!
Los piratas se acostaron en el
suelo sobre un poco de paja. Al día siguiente, al barrer la celda, el carcelero
encontró las limas en el rincón:
—¿Qué hacen estas limas aquí?
—exclamó furioso.
—Venían dentro de los
bocadillos.
—¿No las tendréis para limar
los barrotes?
—No, señor. Para limarnos las
uñas.
—Está bien. Pero ojo, que a mí
no me la da nadie con queso.
—Se la daremos con jamón.
Cuando el carcelero se fue,
Garrapata y Chaparrete se lanzaron sobre las limas y empezaron a limar los
barrotes. Eran muy gordos.
Al ruido, acudió el carcelero.
—¿Qué estáis haciendo? —rugió.
—Limando los barrotes.
—¿Para qué?
—Para que entre aire.
—¡Ah, bueno! Pero ojo, que yo
no tengo un pelo de tonto.
El carcelero se fue a comer.
Los piratas siguieron con su trabajo, un poco preocupados.
—Creo que se está escamando un
poco —dijo Garrapata.
Por la noche ya estaban rotos
los barrotes.
—Y ahora, ¿dónde encontraremos
una cuerda?
—La pediremos al carcelero.
—¡Carceleroooo! Una cuerda.
El carcelero trajo una soga y
preguntó:
—¿Para qué la queréis?
—Para jugar a la comba.
Se fue el carcelero y los dos
piratas se descolgaron por la ventana. La cuerda se partió y por poco se rompen
la cabeza.
—¡Atiza! ¡Tenemos que volver!
—dijo Garrapata.
—¿Por qué?
—Porque se me ha olvidado el
cepillo de dientes.
—¡Qué fastidio! Vamos por él
—dijo Chaparrete.
Llamaron, y el portero abrió
de malas pulgas la puerta de la cárcel.
—¿Qué queréis a estas horas?
—Pues que nos habíamos escapado
y veníamos por el cepillo de dientes.
El portero
abrió y tocó
la campana. Míster
Longaniza bajó corriendo rodeado de guardias y apresó a los
piratas:
—¡Ja, ja! Es muy difícil
escapar de mí. Yo soy muy listo. A los piratas los encerraron en una celda sin
ventanas.
—¿Cuánto falta para cortarnos
el gañote? —dijo Chaparrete.
—Dos días.
Mientras tanto, en el
Salmonete, Carafoca se mordía las uñas de impaciencia.
—¿Cuándo se escapará
Garrapata? —pensaba.
Aquella tarde, sir Almohadilla
y el traidor Comadreja se presentaron con una fuerte escolta para apoderarse
del Salmonete.
Subió Comadreja el primero y
Carafoca le dio un golpe con el rodillo de la cocina.
—Metedlo en el cuarto de las
ratas.
Subieron los soldados todos en
tropel, pero la escalera se partió. Los
soldados se cayeron y se dieron un morrón descomunal.
—¡Cuidado, que os caéis!
—gritó Carafoca.
Al día siguiente dos frailes
capuchinos llegaban a
la cárcel del
Moro. Longaniza los llevó ante la celda de los piratas.
—Pasen sus reverencias. Pero
cuidado, que muerden. Pasaron los frailes y el carcelero cerró la puerta.
—Ave María purísima —dijeron
los frailes.
—Sin pecado concebida
—respondieron los piratas, dando un estacazo a los frailes.
—¡Pronto, pongámonos sus
trajes! —dijo Garrapata. Llamaron luego al carcelero. Este abrió y preguntó:
—¿Qué? ¿Han sido buenos?
—Sí. Son unos angelitos. Están
durmiendo.
—Quisiera su bendición —dijo
el guardián poniéndose de rodillas.
—Tenemos prisa. Otro día.
—Por favor, denme su
bendición.
—Pues ¡toma castaña!
Los piratas le dieron un golpe
y le quitaron las llaves. Longaniza salió a su encuentro y dijo:
—Hermanos, ¿me dan una
estampita?
—¿Grande o pequeña?
—Cuanto más grande, mejor.
—Pues ¡toma estampita!
Longaniza salió rodando por el
suelo. Garrapata y Chaparrete abrieron la puerta y echaron a correr.
—¡Alto! —gritó el guardia.
Pistolete se acercó:
—¿Dónde van tan corriendo?
—Es que se quema el convento y
vamos a apagar el fuego.
—Monten en mi carroza. Yo les
llevaré.
Subieron al pescante y
Garrapata restalló el látigo. Dando trompicones, la carroza corría cuesta
abajo. Una rueda se salió y se metió en un portal.
—¡Cuidado, se ha roto una
rueda! —gritó Pistolete.
—No importa, aún quedan tres.
Al dar una vuelta, la carroza
se llevó una esquina por delante. Una piara de cerdos que cruzaba la calle
quedó convertida en salchichón.
—¿Queda alguna rueda?
—preguntó Pistolete.
—No, pero ya llegamos.
La carroza se estrelló contra
unas tinajas de vino que había en la puerta de una taberna.
—¿Hemos llegado?
—preguntó Pistolete sacando
la cabeza por
la ventanilla.
—Sí —dijo el posadero dándole
un puñetazo en un ojo. Los dos piratas salieron corriendo.
—¡Es Garrapata! —exclamó
Pistolete—. ¡A por él!
Los piratas cruzaron el mercado
derribando los puestos de tomates y repollos. Garrapata se pisó el hábito y
cayó en una cesta de huevos.
—¡Ya es nuestro! —gritó
Pistolete lanzándose sobre Garrapata.
Pero resbaló con una cascara
de plátano y cayó de cabeza en un barreño de miel.
—¡Huyamos!
Los dos piratas sacudieron
unos sacos llenos de harina y desaparecieron detrás de la polvareda.
—Vamos a quitarnos los hábitos
—dijo Garrapata.
—Sí, ya no nos sirven.
CAP. 13
El entierro - Pepinillos en vinagre - El lobo
de mar y el cangrejo de río - La isla del Boquerón - La idem de las Tortugas -
Un elefante en la sopa
PASABA un entierro. Varias
personas iban detrás llorando. Los piratas se acercaron a la comitiva. Unos
soldados abrieron la puerta de la muralla y se quitaron el sombrero. Los
piratas sacaron sus pañuelos y, llorosos y compungidos pasaron delante de las
narices de los guardianes.
—¿Quién es el muerto?
—preguntó el guardia a Garrapata.
—No sabemos. No le hemos visto
nunca.
—Entonces, ¿por qué lloran?
—Porque le queríamos mucho.
¡Era tan bueno!
Los guardias se quedaron un
rato rascándose la cabeza. Luego, salieron
detrás de los piratas.
Empezaron a tiros, el entierro se disolvió y el muerto se quedó solo. Pasaba un
carro de cubas vacías.
—Vamos a meternos en una cuba
—dijo Garrapata.
—Sí, así no nos cogerán.
El carro siguió camino del
puerto. Al llegar, una patrulla de soldados paró el carro. Los soldados
subieron, abrieron la tapadera donde estaba Garrapata y preguntaron:
—¿Qué hay aquí?
—¡Vino de Jerez! —gritó
Garrapata.
Los soldados se pegaron un
susto. Luego abrieron otra cuba y preguntaron:
—¿Qué hay en esta cuba?
—Pepinillos en vinagre —dijo
Chaparrete sacando la cabeza.
—Está bien —respondieron los
soldados.
Se bajaron del carro y
preguntaron al cochero.
—¿Has visto a dos tipos
sospechosos?
—No. Yo soy sordo y no los he
visto.
—Ni nosotros tampoco —dijeron
los piratas sacando la cabeza.
—Bueno, sigan su camino.
Él carro llegó al puerto. Los
dos piratas se bajaron y dieron las gracias al cochero. En el muelle había
mucho movimiento. El Salmonete estaba anclado como a dos tiros de fusil. Sir
Almohadilla, rodeado de generales, hablaba en un grupo. Los oficiales daban
órdenes a cientos de soldados. Garrapata se puso la pipa en la boca, cogió una
red y se acercó a una barca como si fuera un lobo de mar.
—¿Dónde van? —preguntó un
oficial.
—Vamos a pescar.
—¿Quiénes son ustedes?
—Yo soy un lobo de mar —dijo
Garrapata.
—Y yo un cangrejo de río —dijo
Chaparrete.
—Atrás. No se puede salir.
Los piratas se sentaron en
unas cestas de gallinas.
—¿Cómo saldremos de aquí?
—Ya veremos.
En un
almacén había centenares de
carneros que balaban
impacientes. Garrapata dijo:
—Vamos dentro.
Entraron en el almacén,
dejaron la puerta abierta y pincharon con un alfiler a los carneros. Estos
salieron corriendo y tiraron las cestas y los tenderetes. Los dos piratas se
pusieron a cuatro patas y se mezclaron con los carneros.
—¡Beeeeee! ¡Beeeeee! —decían
los carneros.
—¡Beeeeee! ¡Beeeeee! —decían
Garrapata y Chaparrete.
Los carneros embistieron a los
soldados y los echaron al mar. Sir Almohadilla chillaba en el agua mezclado con
los carneros. Los dos piratas nadaron con todas sus fuerzas hacia el Salmonete.
—Ponte un carnero encima —dijo
Garrapata.
—Buena idea. Así no nos verán
—dijo Chaparrete.
Cuando llegaron al barco,
Carafoca y sus compañeros saltaron de júbilo.
—Dejad de saltar y larguémonos
en seguida —rugió Garrapata.
Todos los barcos del puerto
venían por el Salmonete. Los cañones del fuerte disparaban. Era noche cerrada.
No había luna y no se veía nada.
—Lanzad una barca llena de
faroles —rugió Garrapata.
Los marineros echaron al mar
una barca llena de faroles y el Salmonete, amparado en la oscuridad, enfiló la estrecha
boca del puerto. Los barcos disparaban sobre la barca creyendo que era el
Salmonete.
—¡Rumbo a mediodía! —gritó
Garrapata.
—¡Un cubo de judías! —repitió
Carafoca.
—¡Largad las cangrejas! —rugió
Garrapata.
—¡Escoged las lentejas! —gritó
Chaparrete.
Los marineros se sentaron en
el suelo de cubierta y empezaron a escoger las lentejas.
—¿Qué hacéis, imbéciles?
—preguntó Garrapata, repartiendo latigazos a diestro y siniestro.
El barco corría ligero.
Carafoca cogió de los pelos a Comadreja y lo llevó a Garrapata. Este le dio una
bofetada y le volvió la cara del revés.
—¿Le ahorcamos por traidor?
—dijo Chaparrete.
—No, eso es poco. Ponedle una
semana a pan y sardinas.
—¡Antes la muerte! —gimió
Comadreja.
El marinero fue encerrado en
el calabozo con un cajón de sardinas fritas. A la mañana siguiente Garrapata
mandó subir al moro con el cofre, extendió los planos y preguntó:
—¿Dónde está el tesoro?
—Aquí, en la isla del Boquerón
—dijo el moro.
—Mentira —dijo el loro de
Garrapata. Garrapata cogió al moro por las barbas.
—Dime dónde está o te arranco
la barba.
—Aquí, en la isla de las
Tortugas.
—¿Dónde cae eso?
—Cuatro esquinas más abajo.
Según se va a Oceanía, a la derecha.
—Tirad «palante» —ordenó
Garrapata.
—¡Un elefante! —gritó
Carafoca.
Los marineros, asustados,
corrieron a los cañones.
—¿Dónde está? —preguntó
Garrapata.
—Ahí, en la sopa.
Garrapata miró en la sopa y no
lo encontró.
—¡Será en la popa! ¡Ah, sí,
ahí está! ¡Pero eso es una ballena, majadero!
—¿Qué velocidad llevamos?
—Tres leguas por hora.
—¡Sacad más leguas! —gritó
Garrapata.
—Sacad la lengua —ordenó
Carafoca.
Los marineros sacaron la
lengua y Garrapata los metió en el calabozo por hacerle burla.
Al cabo de treinta días
llegaron a la isla de las Tortugas. El Salmonete atracó en un pequeño puerto
natural, abrigado por grandes rocas.
—¿Bajamos a tierra?
—Sí. Preparad las armas.
Los marineros bien armados
abandonaron el barco y llegaron a tierra en una barca que, luego, escondieron
en la orilla. Subieron por una pendiente empinada, caminaron largo rato y, al
final, llegaron a un valle Heno de una vegetación exuberante. A duras penas
avanzaban entre los matorrales.
CAP. 14 -
Piernas arriba - Piedras que andan – La cueva
espeluznante - Una araña gigante - El tesoro
ANDUVIERON mucho tiempo de aquí para allá, explorando el terreno. Al salir de los matorrales, una voz gritó:
—¡Manos abajo!
Los hombres bajaron las manos.
—¡Piernas arriba!
Todos levantaron las piernas y
se dieron un morrón en el suelo.
—¡Quietos, o disparo!
Pasaron dos horas y los
marineros se cansaban de estar con las piernas para arriba.
—¿Quién será? —preguntó
Garrapata asustado.
—Es un papagayo. ¿No lo ves en
el árbol?
—¡Adelante, cobardes! —rugió
Garrapata—. Sois una manada de imbéciles. Los marineros llegaron junto al
barco. Se sentaron en unas piedras y se
dispusieron a comer.
—¡Estas piedras se mueven!
—dijo Garrapata temblando.
—¡Es verdad! ¡Y se dirigen al
mar!
—¿Será un terremoto?
Algunos marineros cayeron al
agua.
—Estas piedras tienen patas
—gritó Carafoca.
—¡Como que son tortugas!
—exclamó Garrapata.
Los marineros salieron
corriendo y se subieron a los árboles.
—¡Socorrooooo, tortugas!
—chillaba Carafoca.
—¡Bajad, miedosos, que no
pican! —ordenó Garrapata.
Los marineros subieron al barco
unas cien y el chino hizo una buena sopa de tortuga. Garrapata preguntó al moro
Mustafá:
—¿Sabes dónde está el tesoro?
—Debe de estar en una montaña
con una chimenea.
—¿Lo dice el plano?
—Lo dice el plano y lo digo
yo.
—En marcha —ordenó Garrapata.
Se formó una expedición.
Primero iba Garrapata y detrás los demás. Garrapata, cuando dio algunos pasos,
se quedó solo. Miró para atrás y vio a los marineros arrastrándose pesadamente
sobre el suelo.
—¿Qué pasa? —rugió Garrapata.
—Es el mal de la tortuga, señor
—respondió el doctor Cuchareta andando a cuatro patas.
—¿Y por qué lo tienen?
—Porque se han atracado de
sopa de tortuga.
—¿Y cómo se cura?
—A base de lechuga y perejil.
Garrapata no podía perder más
tiempo. Ordenó coger varias tortugas y obligó a los marineros a subir sobre
ellas. Los piratas cogieron unos látigos y azuzaron a los animales.
—¡Ponedlas al trote! —ordenó
Garrapata.
—¡Rascarse el cogote! —repitió
Carafoca.
Las tortugas se pusieron a
trotar por la playa. A mediodía,
Garrapata preguntó:
—¿Qué velocidad llevamos?
—Tres centímetros por hora.
—¿Y cuándo llegaremos al
monte?
—Dentro de tres años.
—Bajad de las tortugas —rugió
Garrapata.
—¿Qué hacemos? —preguntó
Chaparrete metiendo la cabeza en la camisa como si fuera una tortuga.
—Echarnos la siesta —aconsejó
el doctor Cuchareta.
Los marineros obedecieron
inmediatamente y se pusieron a roncar con un ruido espantoso. Se puso el sol, se puso la luna, salieron las
estrellas, se pusieron los cometas y como si nada.
—¡Arriba, gandules! —exclamó
Garrapata después de cuatro días. La enfermedad se curó con cuatro latigazos.
—¡Adelante! —gritó el látigo
de Garrapata.
La expedición se reanudó
penosamente y la caravana llegó a las faldas de un monte.
—¡El monte! —gritó Garrapata.
Los piratas subieron en fila
india. De pronto una lluvia de piedras y fuego empezó a caer por todas partes.
—¡Mirad, sale humo de la
chimenea! —gritó Carafoca.
—¡Como que es un volcán! —dijo
míster Cebollino.
—¡Sacad los paraguas! —ordenó
Garrapata.
Los hombres abrieron los
paraguas. Las piedras rebotaron en la tela. Al chino le cayó una en la cabeza y
le hizo un chichón.
—Atrás —gritó una voz desde
arriba.
—No hagáis caso, debe de ser
otro papagayo —dijo Garrapata.
Los hombres siguieron su
marcha. De pronto una gran piedra cayó
rodando por el monte y dejó planchados a dos marineros.
—¡Caramba con el papagayo!
—dijo Carafoca.
Un hombre con una larga barba
apareció entonces, dio un salto y se metió por una cueva.
—¡La cueva del tesoro!
—exclamó el moro.
—¡Hurraaa! —gritaron los
marineros.
—¿Quién entra el primero?
—El más valiente —dijo
Garrapata.
Los piratas empujaron al
chino, que no quería entrar, y el chino, pataleando, desapareció en la caverna.
—¡Qué valiente es! —dijo
Carafoca.
—¿Quién entra ahora?
—Todos a la vez.
Entraron todos y resbalaron
por una pendiente muy escurridiza, que no se acababa nunca. Al fin cayeron en
una sala grandísima.
—¿Se ha roto alguno algo?
—Sí, yo —dijo Carafoca
llorando—; los pantalones.
—¡Encended las antorchas!
Era una gruta inmensa que no
tenía salida. El suelo estaba lleno de huesos esparcidos y de calaveras.
—Nosotros nos vamos a casa
—dijeron los piratas.
—No tengáis miedo, son huesos
de aceituna —dijo Garrapata.
—¿Y esas calaveras? —preguntó
Chaparrete.
—Son de mentira, no muerden.
El moro sacó el plano y gritó:
—¡Esta es la cueva de las
arañas! ¡Aquí está el tesoro!
—¿Dónde? —gritaron los
marineros.
—Debajo de esta piedra.
Entre todos los marineros
empujaron la piedra y, después de muchos esfuerzos, la movieron un poco.
—¡Culebras! —gritaron los
marineros horrorizados.
Miles de sapos y culebras
salieron de debajo de la roca, sacando la lengua y escupiendo veneno.
El sastre sacó las tijeras y
fue cortando una por una las cabezas de las serpientes. Después el moro señaló
un lugar y dijo:
—Cavad aquí.
Los piratas empezaron a cavar
e hicieron un agujero de cinco metros. El tesoro no aparecía. De pronto,
Garrapata se quedó blanco.
—¿Dónde está Lechuguino?
—preguntó.
—Hace un momento estaba aquí
—contestó Chaparrete. Lo buscaron por todas partes y no lo encontraron:
—¡Pobrecillo! ¡Tan joven como
era!
Los marineros siguieron
cavando y se pararon para limpiarse el sudor.
—¿Dónde está Chaparrete? —dijo
Garrapata alarmado.
—Ha desaparecido también. Aquí
están sus botas.
Los hombres
guardaron las botas
como recuerdo, regándolas con abundantes lágrimas. Luego siguieron
cavando para quitarse el miedo.
—Debemos de estar llegando al
centro de la tierra —dijo Garrapata. Los marineros se sentaron a descansar.
—¡Atiza! ¿Dónde está Carafoca?
—preguntó Carafoca asustado.
—¡Imbécil, si estás ahí!
—¡Qué miedo! Creí que no
estaba.
De pronto el chino empezó a
patalear y a subir por el aire.
—¡Socolo, que me voy!
—¿Adónde vas?
—No lo sé. Cuando llegue os
esclibilé.
Una enorme araña, más grande
que un buey, había cogido con sus patazas al chino. El insecto subía por un
hilo de seda tan grueso como una soga. Garrapata dio un salto y cogió al chino
por la coleta. Pero la araña siguió subiendo, arrastrando a los dos hombres.
—¡Que se va Garrapata! —gritó
el moro asiéndose al capitán por la pata de palo.
—¡Que se va el moro! —gritó un
marinero agarrando al moro por una pierna.
Los demás marineros se fueron
cogiendo unos a otros, pero la araña subía lentamente hacia el altísimo techo.
Diez marineros colgaban dando gritos atroces. Cuchareta cogió un fusil y
disparó a la cabeza de la araña. El animal abrió sus patas y soltó al chino.
Los marineros cayeron al suelo dando tumbos. La araña se descolgó por el hilo
lanzando chillidos y con los ojos llenos de fuego.
—¡Matadla! —rugió Garrapata.
Los marineros la mataron a palos.
—Seguid cavando —ordenó
Garrapata.
Por fin golpearon una cosa
hueca y Chaparrete exclamó:
—¡Un cofre!
Los marineros lo sacaron del
hoyo y se pusieron alrededor. Después de mucho trabajo, lograron abrir la tapa.
Carafoca miró al interior y un puño, accionado por un resorte, le dio un
puñetazo en las narices que le hizo rodar al agujero:
—¡Seguid cavando!
Los marineros picaron de mala
gana y apareció otro cofre. Lo abrieron, y
Carafoca salió de nuevo
rodando por el suelo por efecto de otro puñetazo.
CAP. 15
Pedruscos en el cofre - Al fondo del mar - Reparto
del botín - Piratas de refresco - Robo del tesoro robado - El traidor Pistolete
—¡SEGUID cavando!
Apareció un tercer cofre y lo
abrieron.
—¡Está lleno de pedruscos!
—exclamaron todos llorando.
—¡Imbéciles! Son piedras
preciosas —exclamó Garrapata.
—¿Cuánto valdrán? —dijo
Carafoca.
—Mil millones de libras —dijo
el moro.
—¡Somos ricos!'—gritaron todos
abrazándose llenos de alegría.
—Yo me compraré unos
pantalones nuevos —dijo Carafoca.
—Y yo un sombrero de copa
—dijo Chaparrete.
—Y yo unas babuchas de
terciopelo —exclamó el moro.
—¡Vámonos! —ordenó Garrapata.
Los marineros cargaron el
cofre. Por un lado, de la caverna corría un río muy profundo.
—¡Mirad: lagartos! —exclamó
Carafoca.
—¡Bobo, son caimanes! —dijo
Garrapata.
—¿Y pican?
—Ponles el dedo en la boca y
verás.
Los caimanes abrían una boca
de dos metros y se relamían mirando al chino.
—Tienen hambre —dijo el chino
tirándoles un cacahuete. Los caimanes se liaron a dentelladas por coger el
cacahuete.
—¡Qué angelitos! —dijo
Carafoca.
Junto al río había unos
troncos. Garrapata ordenó que cada uno se montara en un tronco, como en un
caballo, y se echaron al río, dejándose llevar por la corriente.
Cada vez se veía más luz. De
pronto, en un recodo del camino apareció una gran abertura por donde se veía el
cielo. Un ruido enorme de agua que se despeñaba llenaba la caverna.
—¡Cuidado, una catarata!
—gritó Garrapata.
—¿Y eso qué es? —preguntó
Carafoca.
—Ahora lo verás.
El agua empezó a girar
vertiginosamente, se acercaba el precipicio.
—¡Preparados para la caída!
—gritó Garrapata.
Los marineros se agarraron
bien a los troncos y se precipitaron al vacío.
¡Cataplum!, los veinte hombres
volaron por el aire y cayeron al mar.
—¡Que me mojo! —gritó Carafoca
en el fondo de las aguas.
—Encoge los pies —dijo
Garrapata.
«Glu, glu, glu», los marineros
asomaron las cabezas echando agua por narices y orejas.
—¿Estamos todos? —preguntó
Garrapata.
—No; falta Carafoca.
Los marineros rezaron un
padrenuestro por Carafoca.
—Descanse en paz —dijo
Garrapata.
—Amén —respondió Carafoca,
asomando a la superficie con su tronco.
—¿Qué te ha pasado?
—Nada, que he tenido una
avería en el timón.
El grupo de piratas se dirigió
hacia la playa en donde habían escondido la barca.
Los hombres, extenuados, se
echaron a dormir sobre la arena. Garrapata y el moro abrieron el cofre e
hicieron la cuenta.
—Tocamos a treinta millones y
pico cada uno —dijo el moro.
—¿Cuánto pico? —preguntó
Garrapata.
—Tres reales.
—Está bien, para tabaco.
—¿Y el cofre vacío?
—Para Comadreja.
—¡Barco a la vista! —gritó de
repente Garrapata, temblando.
Un barco se acercaba a toda
vela. Garrapata miró y se quedó blanco:
—¡Es una goleta pirata!
—Serán los dueños del tesoro
—dijo el moro.
—¡Atiza, se dirigen al
Salmonete!
La goleta había visto al
Salmonete y se dirigía como una flecha hacia donde estaba anclado y vacío. Un
rato después unos cañonazos indicaron que los piratas enemigos estaban
destrozando el Salmonete.
—¡Canallas! Debían ahorcar a
todos los piratas —dijo Chaparrete llorando.
—Esconded el tesoro en un hoyo
—ordenó Garrapata. Los piratas escondieron el cofre junto a un árbol.
—¡Subíos a los árboles!
—ordenó Garrapata.
Pasó una hora y la goleta
fondeó junto a la montaña de la cueva. Unos terribles cañonazos barrieron la
playa.
—A ver si terminan de barrer
—refunfuñó Carafoca sacudiéndose el polvo. Los nuevos piratas bajaron dando
alaridos e invadieron la playa. Se
dirigieron luego a la gruta y desaparecieron.
—Habrá que ver cuando salgan.
—Sí, habrá que taparse los
oídos.
A los cinco minutos se oyeron
unos gritos horribles.
—Ya salen —dijo Carafoca.
Los piratas de la goleta
salieron dando saltos y aullando ferozmente.
—¡Cuidado! ¡Que muerden! —dijo
Garrapata.
Uno, sobre todo, era el más
terrible; era muy feo y daba mordiscos a los árboles.
—¡Atiza, si es Pistolete!
—dijo Garrapata.
Pistolete, vestido de pirata,
saltaba furioso por las peñas. Los piratas rechinaban los dientes y se tiraban
de cabeza contra el suelo.
—Deben celebrar alguna fiesta
—dijo Carafoca.
—¿Hay alguien en la isla?
—rugió Pistolete.
—¡No! —dijo Carafoca.
Garrapata le dio un codazo.
Los piratas enemigos miraron a los árboles.
—Los árboles están llenos de
monos —dijo Pistolete.
—El mono lo serás tú —gritó
Carafoca, disparando su trabuco.
—¡Cuidado, los monos están
armados! —exclamó Pistolete.
Los «goleteros» se refugiaron
en la montaña. Desde allí echaban a rodar enormes piedras que se llevaban los
árboles por delante. Algunos hombres de Garrapata cayeron malheridos.
—¿Cuántos son ellos? —preguntó
Garrapata.
—Unos cuarenta y cinco —dijo
Calabacín.
—¿Y nosotros?
—Sólo veinte.
—Nos asarán a pedradas.
En ese preciso instante el
volcán, que era intermitente, entró de nuevo en erupción.
Una masa de fuego y piedras
salió por la chimenea.
—¡Que nos tostamos! —gritaron
los «goleteros».
—Todos a los botes —ordenó
Pistolete.
Los «goleteros», con la cabeza
chamuscada, corrieron a los botes y, rema que te rema, se fueron a su barco, el
Pepinillo.
—¡Cochinos! —gritó Garrapata.
—¡Cerdos! —vociferó Pistolete
desde su lancha. En esto se oyeron unos gritos:
—¡Socolo, socolo!
El chino estaba colgado por la
coleta en una rama de un árbol.
—¿Y el tesoro? —rugió
Garrapata.
—Se lo han llevado.
—¿Quién?
—Comadleja me ató al álbol y
avisó a Pistolete.
—¡Maldición! ¡A por ellos!
Los piratas corrieron hacia su
lancha, que seguía escondida. Era ya casi de noche. Allá en la goleta sonaban
risas y carcajadas.
El vino y la gaseosa corrían a
raudales.
—Remad despacio y en silencio
—ordenó Garrapata.
La barca avanzó
silenciosamente en la oscuridad. Chaparrete encendió una cerilla y Garrapata
gritó:
—¿Qué haces, majadero?
—Es que se me han perdido
cinco céntimos.
—¡Idiota, apaga la cerilla!
¡Todavía si fueran diez...! La barca llegó junto al costado de la goleta.
—No respiréis siquiera —ordenó
Garrapata en voz baja.
Pasaron algunos minutos y los
marineros empezaron a caer con la cara amoratada.
—¿Qué pasa?
—Que se están asfixiando por
no respirar —dijo Cuchareta.
—Imbéciles, respirad fuerte.
Carafoca respiró fuerte y dio
un estornudo que casi hizo zozobrar a la goleta.
—¡Subamos!
Los marineros lanzaron unas
cuerdas con ganchos y subieron a la cubierta. Montones de piratas estaban
tirados por los rincones, durmiendo la mona. Grandes cubas de gaseosa y
limonada rodaban por el suelo.
—¡Buenas noches! —dijo la
armadura.
—¡Anda, un hombre en conserva!
—dijeron los de la goleta restregándose los ojos.
Garrapata y sus marineros
asomaron por un ventanillo y vieron a Pistolete y a su compinche, sir
Almohadilla. Tenían piedras encima de una mesa y se las repartían. Pistolete
decía:
—Una para mí y otra para ti.
Dos para mí y ninguna para ti.
De cuando en cuando se liaban
a tortazos por culpa de las piedras. Por fin acabaron de repartírselas y
subieron a cubierta. Garrapata y los «garrapateros» se escondieron detrás de
unas cubas. Pistolete y Almohadilla se remangaron y empezaron a tirar por la
borda a sus marineros borrachos.
—Así no pedirán nada —dijo
Pistolete.
—Es verdad, los muertos no
hablan —respondió Almohadilla.
Pistolete los cogía por los
pies y Almohadilla por los brazos.
Siempre decían lo mismo:
—Uno por aquí, otro por allí. —Uno
por acá, otro por allá.
CAP . 16
Garrapata contra Pistolete – Nuevo desmayo -
«Salmonete II» - El almirante Nelson - La batalla naval de la isla de las
Tortugas - ¡Quemad los colchones! - La explosión
CUANDO terminaron se
sacudieron las manos. Pistolete dio un empujón a sir
Almohadilla y lo tiró por la
borda, diciendo:
—Tú por allí, yo por aquí.
Pistolete se secó el sudor,
dio un brinco y gritó:
—Al fin, solo.
—Buenas noches —dijo
Garrapata.
Pistolete dio otro brinco del
susto y sacó su espada. Una batalla terrible se originó entre los dos piratas.
Los aceros echaban chispas. Pronto se pusieron al rojo vivo de tantos golpes.
Algunos mandobles cortaban las cuerdas del barco y las velas caían sobre
cubierta. Un golpe de Garrapata por poco corta el palo mayor. Al final tiraron
las espadas y lucharon a puñetazos.
—Uno por aquí —rugió
Garrapata.
—Otro por allí —contestó
Pistolete.
Garrapata quedó tendido en el
suelo. Un ventanillo se abrió y asomó la cabeza de Floripondia, que lanzó un
grito desgarrador:
—¡Garrapata, no te mueras!
Garrapata dio un salto,
embistió con la cabeza a la tripa de Pistolete y lo metió en una cuba vacía. La
cuba rodó y cayó por la borda.
—¡Bote al agua! —gritó
Garrapata.
—¡Hurra! —gritaron los
marineros de Garrapata, levantando en hombros a su capitán.
Este corrió al camarote de
Floripondia y la abrazó con ternura. Floripondia cayó desmayada.
—¡Qué raro! ¡Se ha desmayado!
Garrapata mandó lanzar las
cubas vacías al agua, y los goleteros se subieron en ellas y huyeron a la isla.
—¡Soltad el freno! —ordenó
Garrapata.
La goleta echó a andar.
Garrapata mandó pintar en la popa el nombre del barco.
—¿Cómo lo llamaremos?
—Salmonete II.
—¡Hurra! —gritaron los
marineros.
—¿Dónde vamos ahora? —preguntó
un marinero.
—A Inglaterra —contestó
Garrapata.
—Pero nos cortarán la cabeza a
todos por piratas...
—Entonces tendremos
que seguir dando
vueltas al mundo
—dijo Garrapata.
—Pues nos vamos a marear.
—¡Escuadra a la vista! —gritó
Calabacín. Garrapata miró por su anteojo y se quedó blanco.
—Es el almirante Nelson con
dos barcos más.
—¡Huyamos! —gritaron los
marineros.
—Si nos coge, nos ahorca —dijo
Carafoca.
—¡Por las barbas de Alí Baba!
—gritó Garrapata—. Diez barcos franceses van a atacarle.
—Huyamos más deprisa —gritaron
los marineros.
—Cobardes, hay que ayudarle.
¿No sois ingleses?
—Sí, capitán.
—¡Pues a ayudar a Inglaterra!
Nos cubriremos de gloria.
—¡Hurra!
La batalla había comenzado.
Los barcos franceses rodeaban a los tres ingleses. Los cañones retumbaban. Era
una batalla feroz. Los ingleses no podían con tantos enemigos.
El Salmonete II se lanzó a
toda vela en dirección a los barcos franceses. El almirante Rabanet, jefe de
los franceses, gritó:
—¡Cuidado, que viene otro!
El Salmonete II embistió a un
bergantín francés y lo partió por la mitad.
—¡Cuatrocientos grados a
babor! —rugió Garrapata.
El barco
empezó a girar
vertiginosamente, con aquella
«táctica del molinillo» que en el
siglo XVIII hizo célebre a Garrapata en el mundo entero.
—¡Polvorones al por mayor!
—gritó Garrapata. Un círculo de fuego rodeó a la goleta pirata.
—¡Cuidado, que nos dais a
nosotros! —gritó el almirante Nelson con el sombrero agujereado.
—Perdón, mi almirante. ¡Echaré
el freno!
El Salmonete II se paró en
seco. Los navíos franceses, repuestos del susto, atacaron con todas sus
fuerzas. El navío corsario tenía al lado dos barcos que lo asaban a tiros. Uno
a babor, otro a estribor. Garrapata ordenó:
—¡Quemad los colchones!
—¿Y dónde dormimos?
—¡Imbéciles! ¡Quemad los
colchones!
Los marineros quemaron los
colchones y un humo terrible llenó el aire. Amparado por la humareda, el
Salmonete II se quitó de en medio. Los dos barcos franceses siguieron
disparando a través del humo y se echaron a pique el uno al otro.
—¡Y van tres! —dijo Garrapata.
La batalla era cada vez más
terrible. Los franceses eran valientes y querían derrotar al famoso Nelson y al
feroz Garrapata, terror de los siete mares. Una enorme fragata francesa estaba
desarbolando al Chesterfield, donde iba el almirante Nelson. Este se defendía
con su habitual pericia, pero no podía con tres barcos franceses a la vez.
—¡Allá voy! —dijo Garrapata
tomando carrerilla.
—¡Al abordaje!
Los marineros «garrapateros»
echaron los garfios y subieron al bergantín enemigo. Los franceses se defendían
bien con sus espadas.
Ya iban a huir los
garrapateros, cuando aparecieron dos pájaros voladores.
Eran dos
fantasmas supervivientes que
habían seguido a
los piratas revoloteando por el
aire.
—¡Animales de trapo a babor!
—chilló asustado Rabanet.
Los franceses empezaron a
tirar del bigote a los fantasmas. De pronto, éstos empezaron a repartir bolazos
y tiraron patas arriba a diez soldados.
Fue entonces cuando Garrapata se acordó de la armadura. Fue por ella, le
dio cuerda, y el hombre en conserva comenzó a repartir leña a diestro y
siniestro.
¡Qué manera de sacudir estopa!
Unos marineros saltaron por el
aire y quedaron colgados en los juanetes. Un cañón fue a parar al barco del
almirante Nelson. A un marinero que tenía dolor de muelas, los fantasmas le
saltaron todas de un bolazo.
Mientras tanto, Carafoca entró
en la santabárbara y puso una cerilla encima de los barriles de pólvora. Salió
luego, cerró la puerta y se sentó en un barril sobre la cubierta para ver la
batalla, mientras comía unos cacahuetes.
—¡Vaya susto que se van a dar!
—¿Qué pasa? —preguntó
Garrapata.
—Nada, que he puesto una
cerilla en el polvorín.
—¡Buena idea! ¿Me das un
cacahuete?
De pronto, Garrapata dio un
brinco y saltó al Salmonete II.
—¡Tonto el último! —gritó.
Los piratas, la armadura y los
fantasmas dieron un salto y se lanzaron de cabeza a su querida goleta
salmonetera.
—¿Qué ocurre? —preguntó
Carafoca sentado en su barril.
—Imbécil, salta —rugió
Garrapata.
Carafoca dio un brinco. Nada
más dar el brinco, el bergantín francés voló hecho pedazos.
El barco se hundió y el
almirante Rabanet lloraba nadando entre las olas.
Garrapata le consoló y le dio
el pésame.
El Salmonete II no paraba de
lanzar andanadas.
¡Pumba! Chaparrete disparó y
otro barco francés se fue a pique. La goleta maniobró y se colocó detrás de
otro buque francés que hostigaba al almirante Nelson. ¡Pumba! Dos cañonazos, y
el barco se fue a pique.
—¡Y van seis! —gritó Carafoca.
El almirante Nelson estaba con
la boca abierta observando los movimientos del Salmonete II.
De pronto un barco se echó
encima para cortar al Salmonete II por la mitad. Chaparrete dio un golpe de
timón y una terrible embestida de popa del navío corsario convirtió al barco
francés en astillas. Los pocos buques franceses que quedaban huyeron a todo
trapo.
CAP. 17
La victoria - Pena de muerte - Nuevo desmayo - Londres - Adoquines en el cofre - Otra vez el «Salmonete I» - Lucha de Salmonetes - Rumbo a África - ¡Que se acaba el cuento! - ¡Que no se acaba! - Se acabó - Hasta la vista -
—¡HURRA! —gritaron todos los
soldados ingleses.
El almirante Nelson mandó
llamar a los piratas a su barco.
—Limpiaros los zapatos —ordenó
Garrapata, nervioso.
—No tenemos zapatos.
—Lavaros las manos.
—No tenemos jabón.
—Peinaros esos pelajos.
—¿Para qué? Nos van a cortar
la cabeza.
Los piratas se presentaron en
el barco llenos de miedo. El almirante salió de su camarote, abrazó a Garrapata
y dijo a sus soldados:
—Preparad el cuchillo.
—Nos van a cortar la cabeza
—dijo Carafoca sudando.
—Preparad el pescuezo —rugió
el almirante.
Los piratas se pusieron de rodillas
y prepararon el pescuezo.
—¡Matadlos!
Los piratas cerraron los ojos
y rezaron un padrenuestro. Unos mugidos lastimeros llenaron el barco.
—¡A la caldera, con tomate!
—ordenó el almirante Nelson.
Los piratas se levantaron y se
dirigieron a la caldera. Garrapata dio un bofetón a Carafoca y gritó:
—¿Dónde vais, imbéciles?
—A la caldera. Nos han mandado
a la caldera.
—Pero no es a vosotros.
—Entonces, ¿a quién?
—A esos terneros que acaban de
matar.
La alegría fue general. El
banquete fue suculento y el almirante brindó con Garrapata por aquella
resonante victoria.
—Señor, somos unos piratas
—dijo Garrapata.
—Pero habéis sido buenos. Si
delvolvéis el oro, Inglaterra os perdonará.
—¿Lo devolvemos? —preguntó
Garrapata.
—Sí —contestaron los piratas.
—¡Rumbo a Inglaterra! —ordenó
el almirante.
—¡Doscientos grados a babor!
—grito Garrapata.
Con un tiempo magnífico llegó
la pequeña flota a Londres. El puerto estaba abarrotado de gente y lleno de
banderas. Al divisar a la ballena y al Salmonete II, el gentío prorrumpió en
vítores y aplausos.
—¡Viva Garrapata! —gritaban.
—¡Viva! —respondía Garrapata
emocionado.
Tan emocionado iba que el
Salmonete fue a estrellarse contra el muelle.
—¡Echad el freno! —gritó
Garrapata.
Cuando aparecieron en cubierta
la armadura y los dos fantasmas y empezaron a repartir caramelos, el entusiasmo
de la muchedumbre fue indescriptible. En esto, Pescadilla subió a cubierta
rodeado de generales. Floripondia se echó a sus brazos, llorando:
—¡Padre mío!
—¡Floripondia, hija mía!
Pescadilla abrazó luego a
Garrapata y dijo:
—Sois todo un caballero.
¿Queréis casaros con mi hija?
—Con mil amores. ¡Si ella
quisiera...!
Garrapata se acercó, colorado
como un pimiento, a la joven:
—¿Queréis casaros conmigo?
Floripondia cayó desmayada por
la emoción en los brazos de su padre. Al día siguiente todos los marineros
fueron con el cofre al Banco de Londres.
—Vamos a devolverlo —dijo
Garrapata.
—¡Cuánto pesa! —decían los
marineros.
El dueño del Banco salió a
recibirlos. Garrapata abrió los siete candados del cofre y levantó la tapadera.
—¡Bah! ¡Si son adoquines!
—dijo el dueño del Banco.
—¡Maldición! ¡Alguien los ha
cambiado! —gritó Garrapata.
—Ha sido Comadreja. ¿Dónde
está Comadreja? —dijo Carafoca.
—Yo le vi merodear por el
puerto —dijo el doctor Cuchareta.
—¡Corramos al puerto! —ordenó
Garrapata.
Los piratas corrieron al
puerto, atropellando a la gente. Un barco levaba anclas y largaba velas.
Garrapata exclamó:
—¡Atiza! ¡Es el Salmonete I!
¿Quién lo habrá traído?
—Yo —dijo Pistolete asomando
por la borda—. Lo saqué del agua, le eché cuatro parches y aquí estoy,
majaderos.
—¡No te escaparás! —rugió
Garrapata.
—¡Ja, ja! Me llevo el tesoro y
a Floripondia.
—¡A por él! —ordenó Garrapata,
subiendo en el Salmonete II—. ¡Levad anclas!
Los piratas levaron anclas y,
catapúm, el barco se fue a pique, porque
Comadreja le había hecho un
agujero en el fondo.
—¡Imbéciles! —chilló
Comadreja, muerto de risa.
La hermosa Floripondia cayó
desmayada en brazos de Comadreja.
—¡Rumbo a África! —ordenó Pistolete.
El pobre Garrapata, agarrado a
un madero, se estaba ahogando, pues no sabía nadar.
—¡Socorro! ¡Un bote! ¡Echadme
un bote!
Comadreja le tiró un bote de
tomate a la cabeza y le hizo un chichón. Carafoca se tiró para salvar a su
capitán y empezó a hundirse él también.
—¡Atiza, si yo tampoco sé
nadar! —dijo Carafoca.
Al fin, el chino les echó la
coleta y los sacó del agua. El Salmonete I salía del puerto.
—¡Rumbo a África! —ordenó
Pistolete.
Los garrapateros crujieron los
dientes, sacaron sus cuchillos y dijeron:
—Esto no puede quedar así. Los
seguiremos al final del mundo.
—Lo malo es que el cuento se
está acabando —dijo Carafoca alarmado.
—¡Corramos a buscar al autor!
Los piratas corrieron por la
última página a la taberna del Sapo. El autor escribía sus últimas líneas.
Garrapata sacó su pistola y gritó:
—Siga escribiendo o le aso.
—No puedo. No tengo tinta
—dijo el autor temblando.
—¡Adiós nuestro tesoro!
—dijeron los piratas tirándose de los pelos—. Nos cortarán la cabeza.
—¡Pobre Floripondia! —gimió
Garrapata llorando en un rincón. El autor, conmovido, se levantó y dijo:
—No os preocupéis. Buscaremos
el tesoro y a la bella Floripondia en el próximo cuento.
—¡Hurra! —gritaron los piratas
entusiasmados.
—Tabernero. Dos jarras de
tinto para cada uno —gritó Garrapata—. Y una jarra de tinta para el autor.
FIN

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