CUENTO: EL OTOÑO CANSADO
Era un lugar donde los niños aprendían a leer, escribir, y
también a escuchar los secretos de la naturaleza.
Los árboles, las flores y las estaciones hablaban con los
estudiantes, y todo estaba rodeado por un ambiente tan mágico que los maestros
siempre decían que, en este balneario, las estaciones tenían un trabajo
importante, pero a veces... ¡se ponían un poco traviesas!
Una mañana fresca de marzo, cuando los primeros vientos de
otoño empezaban a soplar, los niños de la escuela se reunieron en el gran salón
para escuchar la historia de la estación que estaba por llegar.
La maestra Brisa, una mujer muy sabia con gafas redondas y
cabello enrulado, se paró frente a la clase y dijo con voz suave:
- Niños, el otoño ha comenzado a acercarse a nuestra ciudad,
pero... ¡algo raro está pasando!
- ¿Qué pasa, maestra?” preguntó Gabriel, un niño curioso con
grandes ojos brillantes.
- La verdad es que... el otoño no quiere hacer su trabajo
este año, - dijo la Maestra Brisa, mirando a los niños con cara seria.
- Cada año, el otoño viene a poner las hojas doradas en los
árboles, a enfriar el aire, y a preparar todo para el invierno. Pero este
año... ¡el otoño está escondido!
- ¡¿Escondido?! ¡¿Cómo puede esconderse?! - exclamó Sofía,
una niña con un vestido de flores y una mirada llena de asombro.
- ¡Pues parece que el otoño se ha ido de vacaciones! Y si no
se presenta pronto, no tendremos hojas doradas, ni rojas, ni marrones ni
anaranjadas, ni viento fresco, ni nada de lo que hace al otoño tan especial -
dijo la maestra Brisa, suspirando.
- ¡Eso no puede ser!
¡Tenemos que encontrar al otoño y hacer que venga a trabajar! - exclamó
Manuel, un niño con una capa roja que siempre pensaba que podía ser un
superhéroe.
- ¡Síiiiii! - gritaron todos los niños al unísono, y
comenzaron a aplaudir y saltar emocionados.
Así que, decididos a resolver el misterio, un grupo de
valientes niños, Gabriel, Sofía, Lucas, y la pequeña Mercedes, que siempre
llevaba una mochila llena de cosas mágicas, salieron al patio de la escuela a
buscar al otoño.
El patio de la escuela estaba lleno de árboles que, aunque
aún no tenían hojas doradas, ya comenzaban a susurrar con el viento.
Los niños caminaron entre ellos, buscando señales de su amigo
el otoño.
De repente, Gabriel señaló algo extraño
- ¡Miren! Allí hay un montón de hojas apretaditas como si
ocultaran algo... en aquel árbol, ¡ están como muy pegadas a las ramas!
Los niños se acercaron, y al ver con más detalle, vieron una
figura pequeña y acurrucada, escondida detrás de las hojas. ¡Era el otoño, pero
se veía muy perezoso!
- ¡Otoño! ¡¿Qué haces escondido?! ¡Tienes un trabajo
importante que hacer! Las hojas necesitan caer y los días deben volverse
frescos. ¡No puedes quedarte aquí descansando! - llamó Gabriel con voz fuerte.
El otoño, que era un pequeño duende con chaqueta anaranjada,
bufanda amarilla y un gorro marrón , se asomó lentamente entre las hojas.
- Oh, hola, niños… Es que... no tengo ganas de trabajar hoy.
Todo el año he estado viajando por el mundo, llenando de colores los árboles, y
ahora... quiero un descanso - dijo el otoño dando un enorme bostezo.
- ¡¿Un descanso?! ¡Pero todos te estamos esperando!¡Las hojas
no pueden caerse solas! dijo Sofía, cruzando los brazos con decisión.
- Y sin ti, el invierno no podrá llegar. ¡Y si el invierno no
llega, el año será un lío! - dijo
Mercedes frunciendo el ceño.
El otoño suspiró profundamente, se recostó contra una rama y
dijo:
- Es cierto, pero estoy tan cansado. Este año he trabajado
mucho y, la verdad, no quiero seguir repartiendo hojas de colores ni enfriando
el aire... Pero... bueno, si ustedes realmente quieren que yo haga mi trabajo,
tendrán que convencerme - respondió el otoño, levantándose de repente.
Los niños se miraron entre ellos y luego comenzaron a pensar.
- ¿Cómo podemos convencer al otoño?- preguntó Mercedes.
- ¡Tengo una idea! Vamos a hacerle una fiesta para el otoño,
pero será una fiesta de trabajo - dijo Sofía, levantando la mano como si fuera
una maestra.
- ¿Una fiesta? – preguntó Lucas confundido.
- ¡Sí! Tendremos una fiesta en la que todos ayudarán a
preparar el aire fresco y las hojas doradas, rojas, marrones y anaranjadas. ¡De
esa manera, NO SOLO DESCANSARÁ, ¡SINO QUE TAMBIÉN CUMPLIRÁ SU MISIÓN! – remató
Gabriel.
El otoño se mostró interesado.
- ¿Y qué tipo de fiesta es esa?
- ¡La mejor fiesta de otoño! - dijo Mercedes.
- Con música, baile y un montón de hojas doradas para
decorar. Pero todo el mundo tiene que trabajar un poquito: algunos pueden
ayudar a hacer caer las hojas, otros a preparar el viento, y yo... yo me
encargaré de dar pinceladas rojas y anaranjadas al follaje de los árboles –
dijo Gabriel.
El otoño pensó por un momento, y luego sonrió ampliamente.
- Sí, ¡Una fiesta de hojas! ¡Voy a bailar con ellas, cantar
con el viento y descansar un poquito!
¡Eso suena divertido! ¡Me gusta la idea! Pero, si lo hacemos, tenemos
que hacer que todos los árboles se preparen para el gran baile. ¿Están listos?
Los niños asintieron emocionados, y en un abrir y cerrar de
ojos, las hojas comenzaron a caer de los árboles, pero no de manera
desordenada.
No, esta vez caían con gracia, como si estuvieran
participando en un ballet. El aire se volvió fresco y comenzó a soplar
suavemente, ayudando a las hojas a danzar.
Con la ayuda de todos, el otoño hizo su trabajo y, al mismo tiempo, tuvo la fiesta más alegre y mágica de todas.
Los niños bailaron entre las hojas doradas, rojas, marrones y anaranjadas, el viento cantó canciones, y el otoño, ahora feliz, volvió a su tarea con gusto. Las ramas de los árboles se llenaron de hojas brillantes, y el cielo se tornó de un color dorado y naranja.
Al final del día, el otoño, satisfecho y descansado, les dio
las gracias a los niños.
- Gracias por ayudarme a encontrar mi energía otra vez.
Ahora, puedo seguir trabajando para preparar el invierno.
Y así, en la Escuela del Viento Dorado, todos aprendieron una
lección importante: a veces, incluso las estaciones necesitan un descanso, pero
cuando todos trabajan juntos, las tareas se hacen más divertidas y mágicas.
El otoño, finalmente, había hecho su trabajo y se quedó a
vivir en el patio de la escuela durante tres meses porque en ese lugar los
niños le habían devuelto el entusiasmo.
FIN









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