Blog de Arinda

OBJETIVO :En este Blog vas a encontrar mis producciones en pintura y escultura. Además, material recopilado a través de mi trabajo como maestra, directora e inspectora, que puede ser de interés para docentes y estudiantes magisteriales .

viernes, 20 de marzo de 2026

20 DE MARZO INICIO DEL OTOÑO - CUENTOS

 CUENTOS CORTOS DEL OTOÑO

CUENTO:  EL OTOÑO CANSADO

ARINDA  GONZÁLEZ 


En una ciudad balnearia, donde las olas del mar siempre cantaban canciones suaves y el aire olía a sal y a magia, había una escuela muy especial, la Escuela del Viento Dorado.

Era un lugar donde los niños aprendían a leer, escribir, y también a escuchar los secretos de la naturaleza.

Los árboles, las flores y las estaciones hablaban con los estudiantes, y todo estaba rodeado por un ambiente tan mágico que los maestros siempre decían que, en este balneario, las estaciones tenían un trabajo importante, pero a veces... ¡se ponían un poco traviesas!

Una mañana fresca de marzo, cuando los primeros vientos de otoño empezaban a soplar, los niños de la escuela se reunieron en el gran salón para escuchar la historia de la estación que estaba por llegar.

La maestra Brisa, una mujer muy sabia con gafas redondas y cabello enrulado, se paró frente a la clase y dijo con voz suave:

- Niños, el otoño ha comenzado a acercarse a nuestra ciudad, pero... ¡algo raro está pasando!

- ¿Qué pasa, maestra?” preguntó Gabriel, un niño curioso con grandes ojos brillantes.

- La verdad es que... el otoño no quiere hacer su trabajo este año, - dijo la Maestra Brisa, mirando a los niños con cara seria.

- Cada año, el otoño viene a poner las hojas doradas en los árboles, a enfriar el aire, y a preparar todo para el invierno. Pero este año... ¡el otoño está escondido!

- ¡¿Escondido?! ¡¿Cómo puede esconderse?! - exclamó Sofía, una niña con un vestido de flores y una mirada llena de asombro.

- ¡Pues parece que el otoño se ha ido de vacaciones! Y si no se presenta pronto, no tendremos hojas doradas, ni rojas, ni marrones ni anaranjadas, ni viento fresco, ni nada de lo que hace al otoño tan especial - dijo la maestra Brisa, suspirando.

- ¡Eso no puede ser!  ¡Tenemos que encontrar al otoño y hacer que venga a trabajar! - exclamó Manuel, un niño con una capa roja que siempre pensaba que podía ser un superhéroe.

- ¡Síiiiii! - gritaron todos los niños al unísono, y comenzaron a aplaudir y saltar emocionados.

Así que, decididos a resolver el misterio, un grupo de valientes niños, Gabriel, Sofía, Lucas, y la pequeña Mercedes, que siempre llevaba una mochila llena de cosas mágicas, salieron al patio de la escuela a buscar al otoño.

El patio de la escuela estaba lleno de árboles que, aunque aún no tenían hojas doradas, ya comenzaban a susurrar con el viento.

Los niños caminaron entre ellos, buscando señales de su amigo el otoño.

De repente, Gabriel señaló algo extraño

- ¡Miren! Allí hay un montón de hojas apretaditas como si ocultaran algo... en aquel árbol, ¡ están como muy pegadas a las ramas!


Los niños se acercaron, y al ver con más detalle, vieron una figura pequeña y acurrucada, escondida detrás de las hojas. ¡Era el otoño, pero se veía muy perezoso!

- ¡Otoño! ¡¿Qué haces escondido?! ¡Tienes un trabajo importante que hacer! Las hojas necesitan caer y los días deben volverse frescos. ¡No puedes quedarte aquí descansando! - llamó Gabriel con voz fuerte.

El otoño, que era un pequeño duende con chaqueta anaranjada, bufanda amarilla y un gorro marrón , se asomó lentamente entre las hojas.

- Oh, hola, niños… Es que... no tengo ganas de trabajar hoy. Todo el año he estado viajando por el mundo, llenando de colores los árboles, y ahora... quiero un descanso - dijo el otoño dando un enorme bostezo.

- ¡¿Un descanso?! ¡Pero todos te estamos esperando!¡Las hojas no pueden caerse solas! dijo Sofía, cruzando los brazos con decisión.

- Y sin ti, el invierno no podrá llegar. ¡Y si el invierno no llega, el año será un lío! -  dijo Mercedes frunciendo el ceño.

 


El otoño suspiró profundamente, se recostó contra una rama y dijo:

- Es cierto, pero estoy tan cansado. Este año he trabajado mucho y, la verdad, no quiero seguir repartiendo hojas de colores ni enfriando el aire... Pero... bueno, si ustedes realmente quieren que yo haga mi trabajo, tendrán que convencerme - respondió el otoño, levantándose de repente.

Los niños se miraron entre ellos y luego comenzaron a pensar.

- ¿Cómo podemos convencer al otoño?- preguntó Mercedes.

- ¡Tengo una idea! Vamos a hacerle una fiesta para el otoño, pero será una fiesta de trabajo - dijo Sofía, levantando la mano como si fuera una maestra.

- ¿Una fiesta? – preguntó Lucas confundido.

- ¡Sí! Tendremos una fiesta en la que todos ayudarán a preparar el aire fresco y las hojas doradas, rojas, marrones y anaranjadas. ¡De esa manera, NO SOLO DESCANSARÁ, ¡SINO QUE TAMBIÉN CUMPLIRÁ SU MISIÓN! – remató Gabriel.

El otoño se mostró interesado.

- ¿Y qué tipo de fiesta es esa?

- ¡La mejor fiesta de otoño! - dijo Mercedes.

- Con música, baile y un montón de hojas doradas para decorar. Pero todo el mundo tiene que trabajar un poquito: algunos pueden ayudar a hacer caer las hojas, otros a preparar el viento, y yo... yo me encargaré de dar pinceladas rojas y anaranjadas al follaje de los árboles – dijo Gabriel.

El otoño pensó por un momento, y luego sonrió ampliamente.

- Sí, ¡Una fiesta de hojas! ¡Voy a bailar con ellas, cantar con el viento y descansar un poquito!  ¡Eso suena divertido! ¡Me gusta la idea! Pero, si lo hacemos, tenemos que hacer que todos los árboles se preparen para el gran baile. ¿Están listos?

Los niños asintieron emocionados, y en un abrir y cerrar de ojos, las hojas comenzaron a caer de los árboles, pero no de manera desordenada.

No, esta vez caían con gracia, como si estuvieran participando en un ballet. El aire se volvió fresco y comenzó a soplar suavemente, ayudando a las hojas a danzar.

Con la ayuda de todos, el otoño hizo su trabajo y, al mismo tiempo, tuvo la fiesta más alegre y mágica de todas.



 Los niños bailaron entre las hojas doradas, rojas, marrones y anaranjadas, el viento cantó canciones, y el otoño, ahora feliz, volvió a su tarea con gusto. Las ramas de los árboles se llenaron de hojas brillantes, y el cielo se tornó de un color dorado y naranja.

Al final del día, el otoño, satisfecho y descansado, les dio las gracias a los niños.

- Gracias por ayudarme a encontrar mi energía otra vez. Ahora, puedo seguir trabajando para preparar el invierno.

Y así, en la Escuela del Viento Dorado, todos aprendieron una lección importante: a veces, incluso las estaciones necesitan un descanso, pero cuando todos trabajan juntos, las tareas se hacen más divertidas y mágicas.

El otoño, finalmente, había hecho su trabajo y se quedó a vivir en el patio de la escuela durante tres meses porque en ese lugar los niños le habían devuelto el entusiasmo.

FIN




POR QUÉ ALGUNOS ÁRBOLES NO PIERDEN LAS HOJAS?
Leyenda tradicional de origen europeo. 
Se trata de una historia infantil muy entretenida a través de la cual los niños podrán saldar algunas de sus dudas acerca del otoño. El cuento comienza con el inicio del otoño, cuando el frío empieza a calar los huesos mientras los pájaros parten hacia destinos más cálidos. 

Todos, menos un pobre pajarito que tenía un ala rota. El pajarillo pensaba que si no encontraba pronto un lugar donde refugiarse, moriría de frío. Miró alrededor y divisó a lo lejos algunos árboles que le prestarían cobijo seguro. Saltando y aleteando como mejor pudo, llegó hasta los árboles y se paró justo enfrente de un gran roble que parecía lo suficientemente fuerte como para cobijarlo, así le pidió permiso para refugiarse entre sus ramas hasta que volviera a llegar el buen tiempo. Sin embargo, el roble le negó su ayuda diciéndole que si le dejaba cobijarse allí, terminaría picoteando sus bellotas. El pájaro vio otro árbol precioso de hojas plateadas, un álamo, y pensó que le daría refugio. Llegó hasta él y le contó su problema pero el álamo también le echó diciéndole que le iba a manchar sus bonitas hojas y su blanco tronco. Muy cerca había un sauce pero este, al igual que los demás, lo rechazó argumentando que no trataba con desconocidos.
El pajarito empezó a saltar como podía con su ala rota sin rumbo fijo hasta que un abeto le vio y le preguntó que le pasaba, el pobre le contó su desgracia y el abeto le ofreció sus ramas para que se resguardara del frío. El pino, que estaba cerca del abeto, también se ofreció para protegerlo del viento ya que sus ramas eran más grandes y fuertes, mientras que el enebro le ofreció sus bayas para que no muriera de hambre. El pájaro se preparó un lugar bien abrigado en la rama más grande del abeto y, protegido por el pino y alimentado por el enebro, se dispuso a pasar el invierno. Fue una temporada muy feliz pero, una noche el viento comenzó a soplar muy fuerte arrastrando a su paso las hojas de los árboles. Todos se asustaron pero, antes de que el viento llegara a estos árboles, el Rey de los Vientos lo frenó y le pidió que no desnudara a quienes habían ayudado al pajarillo. El viento los dejó en paz y así fue como desde entonces el abeto, el pino y el enebro conservan sus hojas durante todo el otoño y el invierno.
FIN


EL VIAJE DE LAS TRES HOJAS
Anónimo
Se trata de un cuento infantil muy divertido que narra el viaje de tres hojas durante el otoño. Todo comienza cuando llega la época otoñal y las hojas abandonan el árbol que les dio vida, para quedar a merced del viento. 
Las hojas se sentían muy felices de ser libres y de bailar cada vez que el viento soplaba. Volando descubrieron parajes bucólicos maravillosos que ni siquiera podían imaginar. 
A mitad del camino algo llamó su atención: notaron que ya no eran verdes como una vez sino que estaban tomando un color ocre y rojizo, igual que las hojas que estaban debajo de otros árboles. Intrigadas por aquel cambio, le preguntaron al viento pero este no supo contestar, entonces se dirigieron a la lluvia pero tampoco obtuvieron respuesta. 
A lo largo de su camino le preguntaron a todos aquellos con quienes se encontraban, pero no encontraron una explicación satisfactoria.

Así, pasaron los días, hasta que encontraron a Don Otoño, que descansaba en una rama, y decidieron preguntar una vez más. “Díganos señor Otoño ¿por qué cambió nuestro color cuando nos desprendimos del árbol?” 
El señor Otoño, con voz ronca y serena les explicó: “Cuando yo llego, conmigo han de llegar la lluvia que moja el árbol y el viento que ha de soplar. Por eso, amigas mías, no os debéis preocupar. 
Transcurridos unos meses todo esto pasará, vendrán otras hermanas y de nuevo al señor árbol de verde se cubrirá”. 

Las hojas comprendieron todo lo que estaba sucediendo, agradecieron al señor Otoño y continuaron felices su viaje hasta el suelo.
FIN



La zorra y las uvas
ESOPO
Esta historia hará reflexionar a los niños sobre el otoño, pero también sobre el orgullo y la arrogancia. 
El cuento comienza en otoño, cuando el frío inicia y los animales apenas salen de sus madrigueras para buscar comida. Este problema también lo tenía una zorra, que vivía en una madriguera del bosque y que solo podía conseguir algunos ratones para alimentarse. La zorra hubiese preferido comerse una buena gallina, pero hacía tiempo que el guardián del gallinero era un perro muy fiero, por lo que era mejor contentarse con lo que el bosque ofrecía: ratones, ranas y algún lirón. Sin embargo, una mañana la zorra se despertó con un enorme deseo de comer algo refrescante. Pensó que un racimo de uvas no le vendría mal, por lo que se dirigió hacia los racimos de uvas que podían ver a lo lejos.

Encontró muchos racimos, pero estaban muy altos. Así que la zorra empezó a saltar para intentar alcanzarlos. Saltó una, dos, tres veces… pero no consiguió alcanzar los racimos. La zorra no se desanimó, cogió impulso y volvió a saltar, pero no había forma. Cada vez las uvas parecían más altas. Jadeando y cansada por el esfuerzo, la zorra se convenció de que era inútil seguir intentándolo. 


Sin embargo, cuando estaba a punto de renunciar, se percató de que un pajarillo la había estado observando desde una alta rama. Pensó que había hecho el ridículo, la gran depredadora del bosque no había conseguido alcanzar las uvas. Sin embargo, encontró una salida airosa: “Me han dicho que estaban maduras, pero veo que aún están verdes. No serán un manjar digno de mi exquisito paladar”. Y se fue, segura de haber salido dignamente de la situación, mientras el pajarillo reía para sus adentros.
FIN

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