Blog de Arinda

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miércoles, 4 de noviembre de 2026

4 DE NOVIEMBRE DE 1908 NACÍA CIRO ALEGRÍA - CUENTO INFANTIL

 

EL SAPO Y  EL URUBURÚ

Ciro Alegría




Cuento chileno

 

¿Saben, niños, por qué el sapo tiene manchas y protuberancias  en  el  lomo?  Pues  porque  se golpeó.

 

Antes de tal accidente mostraba, sin duda, una espalda pulida y lustrosa, de la cual se enorgullecería  ante  los  otros  animales acuáticos, pues ya sabemos que el sapo anda siempre hinchado de vanidad.

 

Sucedió que el sapo y el urubú, o sea, el buitre, fueron  invitados  a  una  fiesta  que  se  iba  a realizar en el cielo de los animales.

 

El urubú,  después  de hacer  sus preparativos, fue donde el sapo con el fin de burlarse de él. Lo encontró entre los juncos de un charco, croando  de la manera  más melodiosa  que le era posible. Es que estaba adiestrando la voz.

 

—Compadre   —le   dijo   el   urubú—,   me   han

contado que irás a la fiesta del cielo.

 

—Desde luego —contestó el sapo, muy satisfecho—, saldré mañana temprano hacia allá. Me invitan debido a mi gran habilidad de cantante…


—Yo también iré —afirmó el urubú, para que el sapo  se  dejara  de  jactancias  ante  un  testigo que lo iba a sorprender mintiendo.

 

—¡Magnífico!  —exclamó  el  sapo—,  y  espero

que estarás ensayando tu instrumento.

 

Se   refería   a   la   guitarra,   a   la   que   era   muy

aficionado el urubú.

 

Como éste lo mirara un tanto asombrado, pues no  esperaba  tales  alardes,  el  sapo  agregó, dándose importancia:

 

—Sí, compadre, iré. Una ascensión me será bastante útil para el vigor del cuerpo y el esparcimiento    del    espíritu,    pues    la    vida rutinaria me disgusta…

 

Enseguida volvió las espaldas al urubú y siguió croando a voz en cuello. Al oírlo se estremecían hasta los juncos.

 

El  urubú  se  quedó  convencido  de  que  el  sapo era un gran farsante.

 

Al otro día, muy de mañana, el urubú estaba posado en la rama de un arbusto y se alisaba las negras plumas, preparándose para el viaje, cuando  se  le  presentó  el  sapo.  La  guitarra  se


encontraba en el suelo, ya lista, pues el urubú la estuvo templando durante la noche.

 

—Buenos días —saludó el sapo.

 

—Buenos   días   —le   contestó   el   urubú,   con cierto tono de burla.

 

—Como yo avanzo con mucha lentitud — exclamó el sapo—, he resuelto irme primero. Así es que ya nos veremos. Hasta luego…

 

—Hasta luego —respondió el urubú, sin mirar al   sapo,   y   pensando   que   salía   con   esa propuesta para escabullirse por allí y no quedar en vergüenza.

 

Pero   lo   que   hizo   el   sapo   fue   meterse,   a

escondidas, en la guitarra.

 

El urubú se pasó el pico por las plumas hasta que quedaron  relucientes  y, enseguida,  cogió su instrumento y levantó el vuelo.

 

Entusiasmado como iba con la perspectiva de la fiesta, no advirtió que su guitarra tenía más peso que el de costumbre. Volaba impetuosamente,  y pronto dejó tras de sí las nubes y luego la luna y las estrellas.


Al llegar al cielo, que, como ya hemos dicho, era el cielo de los animales, le preguntaron por el sapo.

 

—¿Creen   que   va   a   venir?   —contestó   el urubú—. Veo que ustedes se han olvidado del sapo.  Si  en  la  tierra  apenas  marcha  a  saltos,

¿piensan   que   puede   remontarse   hasta   esta altura? Es seguro que no vendrá…

 

—¿Por qué no lo trajiste? —demandó el pato, que tenía cierta simpatía por el sapo debido a su común afición al agua.

 

—Porque no acostumbro cargar piedras — respondió el urubú. Dicho esto, dejó a un lado su guitarra y, esperando  que llegara el momento  de  la  música,  se  puso  a  conversar con el loro.

 

Entonces el sapo salió de su escondite y apareció  de  improviso  ante  la  concurrencia, más hinchado  y orgulloso  que de costumbre. Como es natural, lo recibieron con gran asombro,  en  medio  de  aplausos  y felicitaciones.  Al  mismo  tiempo,  se  reían  del urubú. 

Alguien contó, por lo bajo, la forma en que  viajó  el sapo,  y  el  urubú,  al  notar  que rezongaban de él, se sentía muy incómodo. 

Después comenzó la fiesta.

Repetimos que ése era el cielo de los animales. Todos estaban allí felices y contentos.

 

El burro ya no sufría los palos del amo ni el caballo  los  espolazos,  pudiendo  ambos  estar quietos o galopando según su gusto.

 

El   león   conversaba   tranquilamente   con   la oveja, que disfrutaba de un verde prado.

 

Del  mismo  modo,  el  puma  se  entendía  bien con el venado, y el ñandú corría solamente cuando  se  le  antojaba,   pues  no  había  allí gauchos que lo persiguieran con boleadoras.

 

Los monos tenían árboles cuajados de frutos, que compartían con pájaros felices, pues nadie les robaba sus nidos.

 

En  fin,  no  había  animal  que  se  encontrara triste,   por   falta   de   alimentos    o   por   la persecución de otro animal o del hombre.

 

Las palomas revoloteaban sobre ese cuadro de felicidad, llevando en el pico la rama del olivo de la paz con más éxito que en la tierra.


Para mejor, todos se dedicaban a cultivar el canto, el baile o el instrumento de su preferencia. Y era precisamente para lucir sus habilidades que se realizaba la fiesta.

 

Llegado el momento, el elefante soplaba el clarinete, los pájaros hacían sonar las flautas, la serpiente de cascabel agitaba uno muy grande, la jirafa se entendía con el saxófono, el grillo tocaba su violincito de una sola cuerda y la tortuga    golpeaba    el    bombo    con    mucha compostura.

 

En cuanto a canto, el león rugía una melodía severa  y  profunda,  el  caballo  relinchaba  un aria, el gato maullaba una patética serenata, y el gallo, de todos modos, lo hacía mejor que cuando quiso actuar en Bremen.

 

No nos hemos olvidado del burro, que tiene también potente voz, pero haciendo honor a su nombre, no había logrado perfeccionarse, por lo cual los demás animales le pidieron que no desafinara.      Estaba      por      allí      tocando, discretamente, el triángulo.


La  música  celestial  contaba  también  con  el silbo, a cargo de la vizcacha, que lo hacía tan bien como el mirlo.

 

Quien bailaba era el oso, bamboleándose muy gustosamente,  sin  tener  que  obedecer  ya  el látigo del gitano.

 

También hacían piruetas los monos, a quienes fue  imposible  sujetar,  y ni  que  decir  que  las ardillas se movían más que nunca.

 

Desde luego que el buitre, invitado para refuerzo de la orquesta, rasgueaba su guitarra con gran entusiasmo, y el sapo, que era partidario de formar un orfeón, daba unos “do de  pecho”  con  una  voz  de  tenor  bastante apreciable.

 

A todo esto, el loro hablaba y lanzaba vivas en todos los idiomas.

 

El sapo no las tenía todas consigo pensando en la vuelta y por eso, aprovechando un momento en que eran mayores la alegría y el alboroto, se metió de nuevo en la caja de la guitarra.

 

Terminada la fiesta, nadie notó su ausencia a la hora de despedirse. Nadie, salvo el urubú, que le   guardaba   rencor   por   haberlo   puesto   en ridículo.

 

Éste echó a volar al fin hacia la tierra y, como ya estaba receloso, advirtió el mayor peso de su instrumento.

 

Como no residía de firme en el cielo, tenía aún malos sentimientos, y se propuso vengarse del sapo que, por la misma razón de no vivir allí, se encontraba aún a merced de las trapacerías de sus enemigos.

 

El urubú voló sin hacer ninguna investigación hasta que le fue posible distinguir el suelo. En ese momento  estaba también bajo la luna y, dando inclinación a la guitarra para que la luz entrara  en  la  caja,  distinguió  al  pobre  sapo acurrucado en el fondo de ella.

 

—Sal de ahí —gritó el urubú.

 

—Por   favor,   no   me   eches   —rogó   el   sapo,

angustiosamente.

 

—¿No  eres  capaz  de  volar  hasta  el  cielo?  Sal, sal pronto —insistió el urubú.

 

—No, no puedo salir, porque tú me arrojarás…

—se lamentaba el sapo.


El urubú continuó exigiéndole que saliera, cosa que  no  pudo  conseguir,   pues  el  sapo,   de ningún modo quería exponerse a caer. Por último, el urubú volteó y agitó la guitarra hasta que    consiguió    disparar    por    los    aires    al clandestino ocupante.

 

El      sapo      movía      las      patas,      cayendo

vertiginosamente.

 

Por mucha que fuera la velocidad, la distancia era  también  muy  grande,  y  el  choque demoraba.   El   pobre   sapo   tuvo   entonces tiempo para pensar y lamentarse:

 

—Ojalá no caiga en rocas ni piedras —decía—. Ojalá caiga en una laguna…, o en arena…, o en blanda yerba…

 

El urubú, entretanto, le gritaba:

 

—¡Qué rápido vuelas!… ¡Sin duda fue un águila tu madre!… El pobre sapo ni le oía.

 

En  cierto  momento  le  pareció  que  caería  en una   laguna,   pero   un   ventarrón   lo   alejó, haciéndole perder esa esperanza.

 

Luego creyó que se precipitaba sobre un prado, y,  por  último,  sobre  un  frondoso  ombú;  mas siguió  apartándose  de  la  dirección  de  estos lugares.

 

Ahí estaban unos largos y duros caminos. Ahí, unos roquedales. Ahí, el patio de una casa. Descendía   dando   volteretas,   pues   el   viento arreció.  

Por  último,  cerró  los  ojos,  prefiriendo  no ver el sitio en el cual iba a estrellarse.

 

Al fin llegó. Se dio contra el suelo, de espaldas, en un lugar lleno de piedras.

 

Quedo sin sentido y, cuando despertó, andaba rengueando más que nunca, y pasaron muchos días antes que se repusiera completamente.

 

Pero el golpe había sido tan fuerte que la espalda  le  quedó  para  siempre  manchada  y llena de protuberancias.

 

He ahí, pues, la razón por la cual el pobre sapo tiene tan fea presencia. También dicen que debido al golpe se le malogró la voz, pero esto no se puede asegurar.

 

FIN

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