22 de agosto Día de Conmemoración de las Víctimas de
Actos de Violencia basados en la Religión o las Creencias
El
22 de agosto es el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas
de Actos de Violencia basados en la Religión o las Creencias, una jornada
oficial de las Naciones Unidas instituida en 2019 para honrar a quienes han
sufrido o perdido la vida por motivos religiosos o de convicción, y para llamar
a la protección de la libertad de religión o creencia como derecho humano.
Origen y marco jurídico
- Fue establecido
por la Asamblea General de la ONU mediante la Resolución
A/RES/73/296, adoptada el 28 de mayo de 2019, a propuesta
de Polonia.
- La
resolución condena los actos continuos de intolerancia y
violencia basados en la religión o las creencias, incluidos los que
afectan a personas pertenecientes a comunidades y minorías
religiosas en todo el mundo.
- Designa el 22
de agosto como fecha anual de conmemoración e invita a Estados
miembros, organizaciones internacionales, sociedad civil y sector privado
a observarlo.
Propósito y qué busca lograr
La
jornada tiene varios objetivos centrales:
- Honrar
y recordar a las
víctimas y sobrevivientes de actos de violencia motivados por religión o
creencias, que a menudo permanecen olvidados.
- Reconocer
la importancia de brindar
apoyo y asistencia adecuados a las víctimas y a sus familias, conforme al
derecho aplicable.
- Fomentar
la libertad de religión o creencia como derecho humano fundamental y promover la
tolerancia, la no discriminación y el fin de la impunidad.
- Sensibilizar sobre el aumento de incidentes de intolerancia
y violencia, muchos de los cuales pueden tener características
internacionales y ser de naturaleza criminal.
Contexto y evolución desde su creación
Desde
su adopción en 2019, expertos de la ONU y organizaciones han señalado un aumento
alarmante del odio, tanto en línea como fuera de ella, dirigido a minorías
religiosas y de creencias, así como a personas LGBTI, lo que refuerza la
relevancia de esta conmemoración. En sus mensajes anuales, el Secretario
General de la ONU ha subrayado la necesidad de llevar a la justicia a
los responsables de crímenes violentos basados en la religión y
de hablar contra el discurso de odio y la discriminación.
Libertad
de religión o de creencias:
derechos
que se necesitan mutuamente
para combatir la intolerancia
La libertad de religión o de
creencias no puede entenderse como un derecho aislado. Forma parte de un
conjunto de libertades fundamentales que permiten a cada persona construir su
identidad, expresar sus convicciones, relacionarse con otras personas y
participar activamente en la sociedad. La libertad de opinión y de
expresión, el derecho de reunión pacífica y la libertad de asociación están
estrechamente vinculados con la libertad de religión o de creencias. Juntos
conforman un entramado de derechos que hace posible una sociedad plural,
democrática y respetuosa de la dignidad humana.
Estos derechos están
reconocidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos, adoptada
por las Naciones Unidas en 1948. Su importancia trasciende la protección de las
personas creyentes: también protege a quienes no profesan ninguna religión, a
quienes cambian de religión o de creencia y, en general, a toda persona que
tiene derecho a formar libremente sus convicciones y a vivir de acuerdo con
ellas sin sufrir discriminación.
La
libertad de religión o de creencias:
una
dimensión esencial
de la
dignidad humana
La libertad de religión o de
creencias parte de una idea fundamental: cada persona debe poder decidir
libremente qué piensa y qué cree en materia religiosa, espiritual o de
conciencia.
Esto comprende tanto el
derecho a profesar una religión como el derecho a no profesar ninguna. También
incluye la posibilidad de cambiar de religión o de creencia y de manifestar las
propias convicciones, individualmente o junto con otras personas.
El artículo 18 de la
Declaración Universal de Derechos Humanos reconoce el derecho a la libertad de
pensamiento, de conciencia y de religión. Esta formulación es especialmente
importante porque demuestra que la protección no se limita a una religión
determinada. El derecho pertenece a todas las personas, independientemente de
cuáles sean sus convicciones.
Por eso, la libertad de
religión o de creencias no significa otorgar privilegios a una determinada
confesión. Significa garantizar un espacio de libertad e igualdad en el
que las distintas convicciones puedan coexistir.
Una sociedad que protege esta
libertad debe permitir que una persona pueda creer, no creer, practicar,
cambiar de creencia o decidir no participar en una práctica religiosa, sin ser
perseguida, excluida o discriminada por ello.
La
libertad de opinión: el derecho
a
formar nuestras propias convicciones
La libertad de religión o de
creencias está profundamente relacionada con la libertad de opinión.
Antes de expresar una
convicción, las personas necesitan poder formar sus propias ideas. Las
opiniones, convicciones filosóficas, religiosas y espirituales forman parte de
la autonomía y de la identidad de cada individuo.
Nadie debería ser obligado a
adoptar una determinada creencia simplemente porque es la mayoritaria, porque
pertenece a la tradición de su familia o porque es promovida por quienes
ejercen poder.
La libertad de opinión protege
precisamente ese espacio interior en el que cada persona puede preguntarse,
reflexionar, aceptar, cuestionar o rechazar determinadas ideas.
Esto es particularmente
importante en sociedades diversas. La convivencia democrática no requiere que
todos pensemos igual. Por el contrario, requiere que podamos pensar de
manera diferente sin convertir la diferencia en una causa de exclusión.
La diversidad de opiniones y
creencias no constituye, por sí misma, una amenaza para la convivencia. El
verdadero desafío consiste en construir mecanismos de diálogo que permitan
gestionar esas diferencias de manera pacífica y respetuosa.
La
libertad de expresión:
hacer
visibles las convicciones
La libertad de opinión y la
libertad de expresión están relacionadas, pero no son exactamente lo mismo.
La libertad de opinión protege
la posibilidad de tener determinadas ideas y convicciones. La libertad de
expresión permite comunicar, compartir y debatir esas ideas.
En el ámbito religioso y de
las creencias, esto puede incluir conversaciones, publicaciones, actividades
educativas, manifestaciones culturales, debates públicos y otras formas
pacíficas de comunicar las propias convicciones.
Sin libertad de expresión,
muchas creencias quedarían confinadas al ámbito privado y determinadas
comunidades podrían tener enormes dificultades para participar en el debate
público.
Pero la libertad de expresión
también cumple otra función esencial: permite cuestionar prejuicios.
Los estereotipos religiosos
pueden mantenerse durante generaciones precisamente porque no son discutidos.
Cuando las personas pueden hablar de sus experiencias, explicar sus tradiciones
y responder a las ideas falsas que circulan sobre ellas, se crean oportunidades
para reemplazar el prejuicio por conocimiento.
Por eso, escuchar la voz de
las minorías religiosas o de quienes sostienen creencias diferentes puede ser
una herramienta poderosa contra la discriminación.
Reunirse
pacíficamente para
vivir
las propias creencias
La libertad religiosa tampoco
se desarrolla exclusivamente de manera individual.
Muchas religiones y sistemas
de creencias tienen una dimensión comunitaria. Las personas pueden necesitar
reunirse para celebrar ceremonias, realizar actividades educativas, compartir
espacios de reflexión o desarrollar acciones sociales.
Aquí adquiere especial
importancia el derecho de reunión pacífica.
La posibilidad de reunirse con
otras personas permite que una convicción individual se transforme en una
experiencia colectiva. Una persona puede practicar determinadas creencias por
sí sola, pero muchas otras expresiones religiosas y culturales requieren la
participación de una comunidad.
La reunión pacífica también
permite que diferentes grupos hagan visibles sus preocupaciones y participen en
la vida pública.
Por ejemplo, personas de
distintas comunidades religiosas pueden reunirse para promover la convivencia,
organizar actividades de solidaridad, defender la igualdad o manifestarse
pacíficamente contra la discriminación.
De esta manera, el derecho de
reunión no solo protege la libertad individual: fortalece la participación
ciudadana y la construcción de comunidades inclusivas.
La
libertad de asociación: organizarse para participar en la sociedad
Otro elemento fundamental es
la libertad de asociación.
Las personas pueden compartir
determinadas creencias y decidir organizarse con otras para desarrollar
objetivos comunes. Las asociaciones religiosas, culturales, educativas y
comunitarias pueden desempeñar un papel importante en la sociedad.
La asociación permite que las
personas no permanezcan aisladas y que puedan trabajar colectivamente en
defensa de valores y objetivos legítimos.
En materia de lucha contra la
intolerancia, esto puede ser especialmente relevante. Las comunidades pueden
organizar campañas educativas, actividades interculturales, encuentros entre
diferentes confesiones y proyectos destinados a promover el respeto y la
convivencia.
La asociación convierte así la
libertad individual en una capacidad colectiva de participación.
¿Por
qué se dice que estos derechos
son
interdependientes?
La palabra interdependientes
expresa una idea fundamental: estos derechos se necesitan mutuamente.
Pensemos en una persona que
pertenece a una determinada religión.
Tiene derecho a mantener sus
convicciones. Pero si no puede expresar públicamente sus ideas, su libertad
queda limitada.
Puede expresarlas
individualmente. Pero si no puede reunirse pacíficamente con otras personas que
comparten sus creencias, muchas de sus prácticas comunitarias pueden resultar
imposibles.
Puede reunirse con otras
personas. Pero si no puede asociarse libremente para organizar actividades,
proyectos o instituciones, su participación colectiva queda debilitada.
Y si no puede formar
libremente sus propias opiniones y convicciones, tampoco existe una verdadera
libertad religiosa.
Por eso hablamos de un sistema
de libertades relacionadas.
La libertad de religión o de
creencias se fortalece cuando existe libertad de opinión. La libertad de
opinión encuentra una dimensión pública mediante la libertad de expresión. La
expresión colectiva puede ejercerse mediante la reunión pacífica y la
asociación. Y todas ellas contribuyen a que las personas puedan participar
plenamente en una sociedad plural.
Interrelacionados
y
reforzándose
mutuamente
Además de ser
interdependientes, estos derechos están interrelacionados.
Esto significa que no
funcionan como compartimentos separados. Lo que ocurre con uno puede afectar
directamente a los demás.
Cuando una sociedad garantiza
la libertad de expresión, por ejemplo, facilita que las personas puedan
explicar sus creencias y cuestionar prejuicios. Cuando garantiza la reunión
pacífica, permite que esas personas puedan encontrarse con otras y construir espacios
de diálogo. Cuando protege la asociación, facilita que esos grupos desarrollen
proyectos permanentes.
Cada derecho aporta algo
diferente, pero todos contribuyen a un mismo objetivo: crear las condiciones
para que las personas puedan vivir con dignidad, libertad e igualdad dentro de
una sociedad diversa.
Esta relación puede
representarse como un círculo:
Libertad de pensamiento y de
creencias → libertad de opinión → libertad de expresión → reunión pacífica →
asociación → participación social → mayor comprensión y respeto →
fortalecimiento de las libertades.
Cuando este círculo funciona
adecuadamente, la diversidad deja de ser considerada un problema y puede
convertirse en una característica normal de la vida democrática.
El
papel de estos derechos en
la
lucha contra la intolerancia
La intolerancia religiosa
aparece cuando las diferencias de religión o de creencias son utilizadas como
motivo para despreciar, excluir, hostigar o discriminar a otras personas.
Puede manifestarse de
diferentes maneras: mediante prejuicios, estereotipos, discursos
discriminatorios, exclusión social, obstáculos para practicar determinadas
creencias o actitudes que presentan a un grupo religioso como inferior o
peligroso.
Los derechos humanos ofrecen
una respuesta basada en un principio esencial: ninguna persona debe perder
su dignidad ni sus derechos por causa de sus convicciones religiosas o de sus
creencias.
En este contexto, la libertad
de expresión puede permitir que las comunidades expliquen quiénes son y
combatan prejuicios. La reunión pacífica puede generar espacios de encuentro.
La asociación puede organizar iniciativas contra la discriminación. Y la
libertad de opinión garantiza que cada persona pueda formar sus propias
convicciones sin imposiciones.
La lucha contra la intolerancia,
por tanto, no consiste únicamente en prohibir determinadas conductas
discriminatorias. También implica crear condiciones sociales para que el
conocimiento, el diálogo y el respeto puedan desarrollarse.
El
diálogo como herramienta
contra
los prejuicios
Uno de los principales
enemigos de la convivencia es el desconocimiento.
Cuando una persona nunca ha
tenido contacto con alguien que pertenece a una tradición religiosa diferente,
puede construir su imagen del otro a partir de rumores, prejuicios o
estereotipos.
El diálogo permite romper ese
mecanismo.
Escuchar directamente a
personas de diferentes comunidades ayuda a comprender que detrás de una
etiqueta religiosa existen individuos con historias, experiencias,
preocupaciones y formas de pensar diversas.
Por ello, el ejercicio
conjunto de la libertad de expresión, reunión y asociación puede favorecer
espacios de diálogo interreligioso e intercultural.
Estos espacios no requieren
que las personas abandonen sus propias convicciones. Al contrario: el verdadero
diálogo parte del reconocimiento de que podemos mantener nuestras diferencias
y, al mismo tiempo, reconocer la dignidad y los derechos de los demás.
Dialogar no significa pensar
igual.
Significa aprender a
convivir con quienes piensan diferente.
La
igualdad como
principio
inseparable
La libertad de religión o de
creencias tampoco puede separarse del principio de igualdad.
No basta con afirmar que todas
las personas son libres si algunas reciben un trato diferente debido a su
religión, sus creencias o la ausencia de ellas.
La protección debe alcanzar
tanto a las mayorías como a las minorías.
Una democracia respetuosa de
los derechos humanos debe prestar especial atención a aquellas comunidades que
pueden encontrarse en situaciones de vulnerabilidad o enfrentar prejuicios
sociales.
La igualdad significa que la
dignidad de una persona no depende de cuántas personas compartan sus
convicciones.
Una creencia no se vuelve más
legítima porque tenga millones de seguidores, ni una persona pierde sus
derechos porque pertenezca a una minoría religiosa o no tenga ninguna religión.
Proteger
la libertad también
significa
proteger la diversidad
La diversidad religiosa y de
creencias es una realidad presente en numerosas sociedades.
En una misma comunidad pueden
convivir personas pertenecientes a diferentes religiones, personas que
practican distintas tradiciones espirituales y personas que no profesan ninguna
religión.
La respuesta democrática ante
esta diversidad no debería ser imponer uniformidad, sino garantizar un marco
común de derechos.
Ese marco permite que cada
persona pueda desarrollar su identidad respetando los derechos y libertades de
los demás.
De esta manera, la libertad de
religión o de creencias no debe entenderse solamente como la posibilidad de
practicar una determinada religión. Es también la garantía de que nadie será
obligado a adoptar una determinada religión o creencia y de que todas las
personas podrán participar en la sociedad en condiciones de igualdad.
Una responsabilidad
que alcanza
a toda
la sociedad
La protección de estos
derechos corresponde en primer lugar a los Estados y a las instituciones, pero
la construcción de una cultura de tolerancia también requiere la participación
de toda la sociedad.
Las familias, las
instituciones educativas, los medios de comunicación, las organizaciones
sociales y las propias comunidades religiosas pueden contribuir a combatir los
prejuicios.
La educación tiene aquí un
papel especialmente importante.
Conocer la diversidad religiosa
y cultural permite comprender que las diferencias forman parte de la
experiencia humana. Aprender a dialogar, escuchar y argumentar respetuosamente
desde edades tempranas puede ayudar a prevenir actitudes discriminatorias.
También es importante enseñar
que la libertad tiene una dimensión de responsabilidad: ejercer los propios
derechos no debe convertirse en una justificación para negar los derechos
fundamentales de otras personas.
La
libertad de creer
y la libertad de no creer
Un aspecto que merece especial
atención es que la libertad de religión o de creencias protege tanto a quienes
tienen una religión como a quienes no la tienen.
Una sociedad verdaderamente
libre debe permitir ambas posibilidades.
Una persona puede encontrar
sentido en una tradición religiosa; otra puede adherir a una concepción
espiritual diferente; otra puede cambiar de religión a lo largo de su vida; y
otra puede no identificarse con ninguna creencia religiosa.
Todas forman parte del
pluralismo protegido por los derechos humanos.
Por eso, defender la libertad
religiosa no significa defender una religión concreta. Significa defender la
libertad de conciencia y la dignidad de todas las personas.
Los
derechos como
una
red de protección
Podemos imaginar estos
derechos como una red.
La libertad de religión o de
creencias constituye uno de sus elementos fundamentales. La libertad de opinión
aporta la posibilidad de construir convicciones. La libertad de expresión
permite comunicarlas. La reunión pacífica permite encontrarse con otros. La
asociación permite organizarse y actuar colectivamente.
Si uno de estos elementos
desaparece, la red se debilita.
Por eso, la protección de los
derechos humanos requiere una mirada integral. No basta con proteger una
libertad mientras se restringen injustificadamente las demás.
La verdadera libertad necesita
espacio para pensar, creer, expresarse, reunirse, asociarse y participar.
Una
condición para la
convivencia
democrática
La convivencia democrática no
significa ausencia de conflictos o diferencias.
Significa disponer de
herramientas pacíficas para gestionarlos.
Las sociedades plurales
inevitablemente tendrán desacuerdos sobre religión, filosofía, valores,
política, cultura y muchos otros asuntos. El objetivo de los derechos humanos
no es eliminar esas diferencias, sino garantizar que puedan ser expresadas y
debatidas sin que las personas sean discriminadas o privadas de su dignidad.
En este sentido, la libertad
de religión o de creencias, la libertad de opinión y expresión, el derecho de
reunión pacífica y la libertad de asociación constituyen herramientas
esenciales para una democracia viva.
Permiten que las personas sean
no solamente receptoras de derechos, sino también participantes activos en la
construcción de la sociedad.
Conclusión:
proteger la diferencia para proteger la libertad
La defensa de la libertad de
religión o de creencias no consiste en conseguir que todos crean lo mismo.
Tampoco consiste en evitar que existan debates, desacuerdos o diferencias.
Consiste en garantizar que nadie
sea discriminado por aquello que cree, por aquello que decide no creer o por la
manera en que forma sus convicciones, dentro del respeto a los derechos de
los demás.
La libertad de opinión permite
pensar.
La libertad de expresión permite hablar.
La libertad de reunión permite encontrarse.
La libertad de asociación permite organizarse.
La libertad de religión o de creencias permite construir y vivir las propias
convicciones.
Juntas, estas libertades
forman una estructura indispensable para combatir la intolerancia y la
discriminación.
En definitiva, defender la
libertad religiosa no significa defender solamente la libertad de las
religiones: significa defender la libertad de conciencia y la dignidad humana.
Y una sociedad que protege esa
libertad no exige que sus ciudadanos sean iguales en sus creencias. Les
garantiza algo mucho más importante: el derecho a ser diferentes y, al mismo
tiempo, iguales en dignidad y derechos.
Participantes
en el evento especial "Armonía interconfesional: implementando una agenda
del cambio hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible", coorganizado por
la Alianza de Civilizaciones de la ONU (UNAOC) y la ONG Comité de Religiosos,
2016. - Foto:ONU/Manuel Elias.
Cómo se conmemora
- La fecha se
marca cada año con declaraciones, comunicados y eventos de
la ONU, oficinas de derechos humanos (como ACNUDH), embajadas y
organizaciones de la sociedad civil.
- Se utilizan
para recordar casos concretos de persecución y violencia,
y para exigir acciones de protección, prevención y
justicia.
FUENTES
https://www.un.org/es/observances/religious-based-violence-victims-day/